Era casi mediodía y frente al teatro del Marais había una línea de veinte chicas con vestidos brillantes y manuscritos enrollados en las manos. Combeferre pasó entre ellas pensando que las mejores obras teatrales de la época no debían tratarse con tan poco decoro. Se podía decir que el actor era algo maniático con la literatura. Después de todo, leer era un privilegio que pocos se podían permitir.
Al atravesar las cortinas rojas que separaban el escenario de las alcobas, que una vez habían sido gradas de una cancha de tenis, Combeferre se preguntó qué sucedía para que Mabeuf mantuviera a tantas chicas en la calle todavía. Entonces escuchó los gritos. Una chica de no más de dieciocho años agitaba los brazos con indignación. El actor pudo escuchar vagamente lo que decían:
–¿No decía la ley que cualquier mujer podría interpretar a otra mujer?
–Escuchadme, señorita. Estamos buscando una dama elegante, una Desdémona –le decía Mabeuf con cierta diplomacia–. No se trata de escoger a cualquier chica que quiera hacer la prueba.
–¡Pero no me dejáis intentarlo! –dijo ella con desesperación–. ¿Es por mi aspecto? ¿Porque no soy burguesa?
Aquello desconcertó a Combeferre y tuvo que intervenir. Salió de entre la tela de terciopelo como si acabara de llegar y vio cómo Mabeuf le pedía ayuda con los ojos. La muchacha estaba de espaldas, pero cuando se dio la vuelta, Combeferre vio la furia de su mirada.
–Señorita –dijo Combeferre con dulzura. No se hablaba con desdén a las niñas, aunque no fueran nobles.
–Señor, escuchadme. Sólo quiero hacer la prueba. –Sus manos se unieron en una plegaría y el vestido se le subió de los tobillos. La tela no era bonita ni cara.
–Monsieur Mabeuf, ¿no la habéis hecho leer? –preguntó Combeferre, y el hombre enrojeció ligeramente–. Oigamos unos versos y decidamos si puede volver.
Sólo Combeferre podía convertir una orden en un gesto desenfadado, casi como una sugerencia. Mabeuf asintió y se sentó en una de las butacas. La muchacha subió al escenario y se colocó el vestido.
Combeferre se sentó al lado del dueño del teatro, apoyando las manos en el asiento de delante, dispuesto a escuchar.
–Muy bien, señorita…
–Thenárdier –dijo ella con la boca pequeña.
Combeferre miró a Mabeuf y susurró:
–¿Es…?
–La hija de Thenárdier, el ratero. ¿Ahora me comprende? –le dijo Mabeuf–. Casi me sorprende que sepa leer, pero luego recordé que esos niños saben demasiado.
–Escuchemos, quizás no sea lo único que os sorprenda esta mañana, monsieur–contestó Combeferre.
Ambos se volvieron hacia el escenario y Combeferre le ofreció una sonrisa a la muchacha para que empezara a recitar.
Desde luego no era como Enjolras. No tenía esa delicadeza, esa sobreactuación propia de los hombres que querían resultar femeninos, y sin embargo era fuerte. Llenaba el escenario de ímpetu y había tanta verdad en sus sentimientos que hasta Mabeuf se quedó de piedra.
–"Aunque habléis de esa manera, espero no me matéis" –gritó la aspirante como si intentara zafarse del propio destino–. "Da una muerte contranatural el que mata porque ama".
La hija de un ratero le estaba dando voz a Desdémona. Le estaba dando decisión propia.
Cuando la chica terminó, juntó las manos delante de su falda. Eran huesudas y descuidadas como las de un obrero. Bajó la mirada antes de hablar:
–He terminado, mis señores. Sólo espero que guarden sus burlas para cuando me haya marchado.
La chica se dispuso a irse, pero Combeferre la cogió del brazo.
–Nunca bajéis la cabeza ante Shakespeare –le dijo–, y mucho menos ante tal interpretación. Vuestra Desdémona es…
–¿Vulgar? –respondió ella. Quizás estaba acostumbrada a que todo el mundo le dijera que su sueño era una estupidez, pero no quería trabajar limpiando pescado, o bolsillos.
–Real –le dijo. Ella sonrió. Así parecía más joven y más hermosa.
- Volved mañana y entonces decidiremos –dijo Combeferre, y volvió al escenario.
Mabeuf no dijo nada en las dos horas que pasaron viendo al resto de Desdémonas. Ninguna era tan natural como mademoiselle Thenárdier.
…
Combeferre volvió a casa pasadas las seis de la tarde. Estaba cansado y se sentía agitado. Por un lado, no dejaba de ver a Enjolras en su cabeza, y por otro, había tanto talento entre las muchachas de París… ¿No merecían ellas también disfrutar del teatro?
No se dio cuenta de que lo esperaban en la puerta. Era Courfeyrac.
–Monsieur, me habéis asustado. ¿Qué os hace vagar durante la noche? –le dijo Combeferre mientras se acercaba a sus alcobas. Tenía ganas de acostarse, pero ver una cara amiga lo reconfortaba.
El muchacho parecía más tímido que de costumbre, empalidecido por la vergüenza. Sus ojos se asemejaban a dos aceitunas maduras.
–No sé por qué he venido –dijo Courfeyrac con tanta premura que tembló su voz en cada palabra–. No me preguntes. Aquí estoy. En tu espacio, en tu casa, tuteándote desde hace semanas… sin dejar de pensar en ti.
Ese final... Combeferre no esperaba ese final y enmudeció entre Courfeyrac y su puerta.
–No hables. Déjame decirlo, porque me siento estúpido. –Courfeyrac abrió las manos y un quejido dramático abandonó sus labios–. No me has dejado dormir estas dos noches, y el barón vendrá mañana con su prometida y yo no seré un Romeo digno. ¿Entiendes mi problema?
–¿Estáis diciendo que soy yo el problema? –Combeferre se acercó a él sonriendo. No estaba ni a medio metro cuando Courfeyrac volvió a hablar.
–Libérame. Dime qué debo hacer –susurró. Su brazo se tensó. Estaba tan cerca, y había dormido tan poco con esa sonrisa en su memoria. Recordaba el calor de su mano como si fuera ayer. ¿Sería raro si volvía a cogerla? ¿Le pegaría Combeferre?
–Pareces tan atrevido, monsieur Courfeyrac. Haces que sea difícil olvidarte.
Courfeyrac abrió y cerró los ojos dos veces. Las pestañas le hicieron cosquillas en las mejillas, pero apenas podía notarlo. Su piel se había quedado helada, sin sangre. Combeferre lo estaba tuteando como a un amigo mientras sonreía como una estrella brillante de verano.
–Deja entonces que seamos amigos. Te aprecio –dijo al fin Courfeyrac–. ¿Es eso demasiado? ¿Sería demasiado si pidiera algo más? –añadió.
Combeferre ladeó la cabeza. Courfeyrac era hermoso. Había tantos jóvenes hermosos haciendo teatro en París, tantos escritores con la lengua azucarada y las manos abiertas, pero Courfeyrac era distinto. Era la brisa del Mediterráneo en Marsella, era la chispa del fuego en invierno. Era hermoso de un modo completo y original.
Combeferre no podía decírselo, y sin embargo, Courfeyrac no se había callado que pensaba en él. ¿Qué significaba?
–¿Sería demasiado si yo… si yo lo aceptara? –titubeó Combeferre. Su rostro se ocultaba por la sombra del cabello revuelto por sus dedos.
No hubo respuesta. No hubo voz que demostrara sus afectos, sólo el brazo firme de Courfeyrac que lo agarraba, y Combeferre notó cosquillas. Las pestañas de Courfeyrac eran tan largas sobre su piel, que habría sido una hermosa Julieta. Sus labios rojos de juventud lo atraparon y el mundo, el Marais y Enjolras se alejaron de su mente. Fue un beso inocente y dulce como chocolate, de esos que convierten la lluvia en sol ardiente.
Era dulce, adictivo, prohibido. Combeferre lo tomó del brazo y lo alejó de él; sus mejillas todavía se rozaban. Quería besar a Courfeyrac hasta que su mirada dubitativa desapareciera, pero no podía.
–Aquí no –suspiró. Las sílabas nacieron lánguidas entre sus labios.
–Soy un irresponsable –le dijo Courfeyrac mirando al brazo que aún lo sujetaba–. Me he emocionado, y no dejo de pensar que apenas te conozco. ¿Qué me pasa?
Combeferre lo miró a los ojos y sonrió. Ese chico iba a matarlo.
–Romeo y Julieta no necesitaron más que una mirada. Yo, sólo una sonrisa –le dijo Combeferre al oído. Apenas había espacio entre ellos. Parecía que se sujetaban mutuamente tras demasiado alcohol.
–Yo sólo una cara cubierta de betún –contestó Courfeyrac. Combeferre rió sonoro y abrió la puerta. En el cuarto todo era más fácil. Ambos recorrieron la estancia sin soltarse, hasta que Courfeyrac cayó sobre la cama, su cabello chocolate esparcido sobre la sábana.
Combeferre se deleitó ante la imagen que tenía debajo, y las piernas empezaron a temblarle como dos árboles ante el viento otoñal. Sentía calor, y frío. Tenía miedo de hacerlo mal, o de no hacerlo, apenas podía separar ambos.
Courfeyrac se levantó y lo abrazó. Sus manos rodearon su espalda y su cabeza ocupó el espacio entre el cuello y su clavícula. Era un peso agradable.
–Lo siento –murmuró Combeferre con tormento, pero Courfeyrac no lo soltó.
–El hombre que anda muy rápido, no disfruta el camino –le dijo mientras le daba un beso en la frente.
Combeferre nunca había hecho algo parecido. Era disciplinado con el trabajo y a veces dejaba que las señoritas del público lo agasajaran, pero en esa alcoba se hablaba de enamorarse, de entregarse a alguien de todas las formas posibles.
Pero, aunque todo fuera nuevo para él, para ambos, quería explorarlo con todo su corazón. Era lo único que la sonrisa de Courfeyrac le hacía sentir.
Los ojos grises de Combeferre mostraron la calma. Sus piernas volvieron a recobrar su fuerza. Tumbó de nuevo a Courfeyrac sobre su lecho y lo cubrió de una manta de besos algo castos, sólo un poco atrevidos, y así se durmieron. La noche los abrazó y en la madrugada enredaron las piernas.
…...
El sol lo hizo despertar.
Hacía demasiado tiempo que no despertaba tan sonriente, con el sueño reparador que parecía haber durado años, y sin embargo un suspiro. La claridad adornaba a Courfeyrac como hilos de oro y Combeferre acarició su espalda con un dedo. No hubo dudas entonces, aunque sí algo de miedo. El chico abrió los ojos y ambos se miraron. La mañana era más clara que la noche y no desenredaron las piernas, mirándose en silencio.
–Quédate un rato –suspiró Courfeyrac. Parecía asustado de romper el hechizo que se había formado entre ellos–. Quédate toda la vida.
–Estoy en casa –le respondió Combeferre, que no entendía las metáforas del amor como alguien que había amado cada segundo de su vida.
–Y yo –Courfeyrac se sonrojó y bajó la mirada.
Combeferre le levantó la cabeza con un dedo en la barbilla. Ahora que había aprendido a mirarlo de otro modo, no quería dejar de hacerlo.
– "Concédeme tan sólo una dulce mirada, y eso me bastará para desafiar el furor de todos" –recitó Courfeyrac. Conocía esa frase como conocía sus dedos.
A Combeferre se le encogió el corazón y sintió que no podía respirar, que todo el aire no era suficiente para calmar los tambores que retumbaban en sus oídos. Se levantó de un impulso con los codos sobre la cama y lo besó. El beso fue más apasionado que la noche anterior, tras las horas de reflexión y paz, tras las respiraciones compartidas y el roce de pieles.
–Ámame como me amas ahora –susurró Courfeyrac sobre sus labios –. No preciso más.
–No deseo más que complacerte –le respondió Combeferre con la voz ronca.
…..
En una alcoba cercana, Enjolras no quería comer. Se enfadaba escandalosamente cuando Grantaire lo obligaba, y a veces gritaba con tanta fuerza que quería perderlo de vista que el asistente sólo podía obedecer.
–¡No servís para nada, sois inútil! –gritaba esa mañana tras tirarle el pan a la cabeza–. No me siento mejor. La comida no me hace ningún bien, ¿entendéis?
–Entiendo muchas cosas, mi señor –le dijo Grantaire intentando mantener el tono cordial–. Entiendo que no os sentís importante, que vuestro mundo está roto, pero también que tenéis qué comer. Hay muchos mundos rotos ahí fuera.
–¿Vos? ¿Vos, decís? –le contestó Enjolras con veneno en la voz–. ¿Vos, que sólo disfrutáis del calor de una botella? Quién sabe qué otros calores precisáis… Nunca habláis de ellos, y sin embargo me obligáis a creer.
–Quizás porque antes, admiraros encima de un escenario era lo único que me hacía creer –le dijo Grantaire con exasperación.
–¡Eso ha acabado, Grantaire!
Grantaire se fue como tantas mañanas. Combeferre había sido magnánimo con sus horarios y Mabeuf simplemente no había dicho nada, pero Grantaire quería volver al teatro. Quería volver a sentir Otelo en su piel. Sabía, sin embargo, que nadie le robaría el corazón en ese escenario como Enjolras, y a la vez buscaba una forma de levantarlo de la cama.
Por la tarde bebía en el Corinto con Bahorel, y a veces dejaban que Bossuet, el tabernero, les contara historias de cómo había encandilado a la hija del peletero un año atrás.
–Le di un trabajo y la cubrí de flores. Dios sabe que es mejor con el vino que yo, y así gano su compañía. ¿A qué otra mujer iba a impresionar aquí recluido?
–Vienen muchas señoras a beber por la noche –le decía Bahorel con el ánimo demasiado decaído y la voz pastosa.
–Sólo dos tipos de mujeres aparecen por aquí entonces y, ¡o te cobran su amor o tienen bigote!
El tabernero fue el único en reír su propia gracia.
Grantaire volvió a casa de Enjolras aquella noche. No estaba tan borracho como deseaba y por desgracia iba a notar la incomodidad de su cama improvisada en medio del salón de la pequeña morada . Sólo había una cama decente y la ocupaba el dueño.
Cuando entró en la casa, Grantaire pudo notar el silencio. Aporreó la puerta del cuarto, esperando que Enjolras le gritara, pero no escuchó nada, de modo que la abrió. Enjolras estaba acostado en una tina que usaba para asearse. Era grande, aunque no tanto como una bañera y los pies le colgaban en un extremo. La tina estaba llena de agua y Enjolras estaba desnudo dentro.
Grantaire corrió hacia él pensando que se había ahogado. La luz de un candelabro no le dejaba ver sus ojos color cielo y enmudeció. Al acercarse vio que tenía la cabeza fuera del agua y los ojos cerrados. Se había quedado dormido.
Su tosquedad hizo que Enjolras se despertara y al ser consciente de que estaba desnudo enrojeció, pero no salió del agua. Gramtaire se agachó a la altura de su cabeza.
–Creía que os había perdido –le dijo a Enjolras con genuina preocupación.
–Estoy cansado –contestó Enjolras con un hilo de voz, y ladeó la cabeza para mirar mejor a Grantaire–. ¿Cómo lo hacéis?
–¿Cómo hago qué? –respondió el cínico. Pensaba que iba a hablarle de cómo era capaz de vivir con toda esa decepción, pero Enjolras se encogió de hombros. Su cuello perlado abandonó la tina mientras se incorporaba.
–¿Cómo es ese contacto tan íntimo? ¿Cómo dos personas se funden y se conocen con las manos y con…?
–¿Me estáis preguntando sobre sexo? –respondió Grantaire antes de que terminara la frase. Enjolras parecía enfermo, febril en aquel baño de agua, su voz débil y sus brazos descoordinados.
–He estado pensando en mi Desdémona. No sólo en la escena de la muerte. Era tan… delicada –dijo Enjolras tras pensarlo bien–, sin embargo nunca fue una mujer que amara a Otelo, que deseara a Otelo, porque yo nunca… yo no sé cómo es.
–Oh, Enjolras, salid de ahí antes de que el frío os mate. No sintáis culpa. Dejad que os busque ropas –Grantaire se levantó, pero Enjolras le tomó la mano. ¿Estaría delirando? Parecía embriagado.
–¿Me enseñaréis? –dijo con los ojos brillantes y los dedos arrugados por el agua.
Grantaire no quiso imaginarlo. ¿Enseñarle a qué exactamente? Era tan obvio qué estaba enfermo, que había estado demasiado tiempo en aquel baño, quizás intentando sentir algo después de aquellos días.
–Dejad que os cuide primero –le contestó Grantaire mientras robaba una manta de la cama y envolvía a Enjolras, que empezó a tiritar–, y escuchadme, aunque quizás no lo recordaréis. No importa –añadió–. Os lo repetiré cada día si hace falta. No había nada malo en vos. No había luz que brillara con más fulgor en el Marais, ni siquiera en todas esas damas enjoyadas. Los tiempos han cambiado y esa es la única verdad. Vos queréis igualdad y encontraréis un modo de volver al teatro y tener eso a la vez. Si hay alguien que puede, sois vos. Y yo creo en vos, Enjolras. –Aquel discurso brotó con rapidez, acompañado del miedo que sentía Grantaire a que Enjolras no le dejara hablar.
Para cuando hubo terminado, el actor se había dormido.
….
Una vecina preparó una confitura de frutos rojos que dejó en la mesa del doctor Joly aquella mañana. No eran raras esas muestras de reconocimiento y pago en aquella casa. Sin ellas, el joven médico no habría sobrevivido solo ni el primer mes.
Estaba el médico tomando las frutas con pan. El sol se reflejaba en las lavandas que había colocado la tarde anterior en la ventana, dando un tono azulado a la parte baja de la casa, cuando Prouvaire bajó las escaleras. A Joly, la alegría se le notó en el rostro.
–Mi joven poeta, venid, sentaos. –Joly no quería pensar en la tarde anterior y en las letras de Prouvaire. Las tardes que habían compartido juntos no habían servido para hablar de amores perdidos sino para alegrar sus corazones.
–Si me lo permitís –dijo el joven mientras se sentaba. Una de las madres de los niños a los que se había empeñado en enseñar a leer le había cosido unos pantalones de su talla y le había cortado el pelo. Había quedado algo irregular, pero no había en él sombra de Julieta.
–Por favor. No tengo demasiado pero…
Jehan le puso una mano en el brazo y sonrió. Para él era más que suficiente.
Comieron en silencio, como si ninguno de los dos quisiera dejar escapar una palabra. Jehan tenía algo que decir, pero en el fondo de su ser quería postergarlo.
–Ya estoy bien –dijo cuando terminaron, aunque seguían sentados observando el sol.
–Lo sé –respondió Joly. Al volverse hacia los rayos de luz, sus ojos parecían amarillos como una luna dorada que se había visto una vez encima del Sena.
–Debería marcharme. No puedo seguir aprovechándome de vuestra hospitalidad mucho más, doctor.
El médico lo miró; su semblante se había entristecido.
–¿Tenéis familia a la que volver? –le dijo con un hilo de esperanza, intentado buscar algo que lo mantuviera allí, pero sin decirlo directamente.
–Mi única familia está en el teatro –dijo Jean frotándose las manos. Era un gesto de nerviosismo en el joven–. Mis padres no aceptan mi profesión. Courfeyrac estará muy preocupado, pero las preparaciones lo mantendrán ocupado, y Bahorel…
Joly vio cuánto se entristecía al pronunciar su nombre.
–El joven que os dejó conmigo–confirmó Joly sin necesidad de preguntar.
–Me quiere, pero no me ama. Ahora lo sé. No ha venido porque cree que debo olvidar esta sandez, esta estúpida obsesión pueril.
Joly le tomó la mano temblorosa y lo miró a los ojos. Nunca había sido tan sincero, y quizás lo que iba a hacer fuera una locura, pero recordó esos días pasados y aquello le dio fuerzas.
–¿Podéis volver a amar de nuevo? –le dijo con esperanzador deseo. Jean lo miró titubeante y tembloroso, los ojos abiertos y fijos en él–. ¿Podéis amar esta casa y este pueblo? ¿Amaríais a esta gente? Porque creo que ellos ya os aman. Amaréis mis libros. Los leeremos veinte veces si os place, y podéis amar escribir bajo el cielo anaranjado y amar el amor, pero lo más importante, ¿podéis amarme a mí? –Joly hizo una pausa para tragar saliva o se ahogaría de emociones–. No ahora, en este momento, pero amadme cada día un poco más y yo os regalaré mi amor, mis libros y mis manos. Si creéis en esto que os digo, quedaos y dejad que os enamore.
Las lágrimas hacían ríos en las mejillas de Prouvaire. Sus ojos parecían dos mares azules bañados por la luz de la mañana. Entre balbuceos encontró su voz, perdida como arena en un desierto.
–¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? –consiguió decir.
–Porque estaba perdido, solo, y un día recibí un rayo de luz, como un regalo. No quise mirarlo y al hacerlo me cegó –recitó el doctor–. Cada día me levanto porque sé que él me sonríe, y ya no puedo imaginar una vida sin sus palabras. Porque sé aceptar el destino cuando es terco y cruel, y aún más cuando es maravilloso.
–Ahora sois vos el poeta –respondió Prouvaire en sus brazos
