Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de propiedad de Hajime Isayama.
Advertencias: Violaciones, incesto, lenguaje vulgar, torturas, golpes, lemon, OoC, Angst, AU, Rapefic, depresión, problemas psicológicos.
El escenario estaba en silencio, solo las luces me iluminaban y el único sonido era el de mi voz, fuerte, clara y potente. Podía notar en la primera fila al Jefe del Departamento de Medicina, Dot Pixis, a su lado izquierdo al Decano de la Facultad, Darius Zackly, y al lado derecho a la doctora que me ayudó con mi tesis, Rico Brzenska. Por lo que pude observar mientras exponía, habían sonrisas satisfechas en sus rostros.
Atrás de ellos, en las butacas del centro, estaban mis amigos: Armin, Annie, Mikasa, Jean, Sasha, Marco y Connie, dándome el apoyo que tanto necesitaba en ese momento.
Cerca de la mitad de mi presentación, la puerta del auditorio se abrió y, a pesar de estar concentrado en la exposición, noté de reojo a la persona recién llegada.
Levi.
Tragué saliva, mi boca reseca, pero me obligué a seguir hablando a pesar de que mi mente era un caos total. Había logrado aprender todo de memoria, por lo que prácticamente era un autómata mientras exponía.
Había pasado una semana desde que apareció.
Tu hermano está muerto. Erik se suicidó por tu culpa.
Las palabras se repetían en mi mente a cada momento, siendo incapaz de procesar algo más allá de eso.
Erik me necesitaba. Erik estaba enfermo. Y yo no fui capaz de ayudarlo.
Y también esas palabras invadían mi mente a cada segundo, junto con un vacío en mi estómago que me estremecía a toda hora.
Al principio, pensé que Levi estaba bromeando. Conocía su retorcido sentido del humor, entonces, ¿por qué no aplicarlo ahora para castigarme? Pero en sus ojos se leía que aquella no era ninguna broma enferma y terminé vomitando en unos arbustos.
—En la carta que te envié —decía Levi detrás de mi mientras vomitaba—, te decía que tuve que ingresarlo a un centro psiquiátrico, porque necesitaba ayuda. Te pedía, te rogué que volvieras a ayudarlo. Y cuando te llame —no quería mirarlo, sabía que había reproche en su mirada—, era el día de su funeral. Solo fui yo, Eren. Ni siquiera su hermano menor estuvo presente.
Seguí vomitando, aunque no había nada en mi estómago, así que solo expulsaba la bilis de mi estómago.
—Pensaba contarte todo cuando te atrevieras a volver, Eren —continuó Levi, con toda probabilidad sabiendo que sus palabras me afectaban—, incluso si no volvías en cinco años. Quería ver tu rostro cuando te enteraras que, por tu culpa, Erik se suicidó. Quería ver como pasabas de esta estúpida burbuja de felicidad a la cruda realidad —sentía mis mejillas húmedas y no necesité más para saber que estaba llorando.
—¿Por qué… estás a-aquí, entonces? —balbucee, inclinado todavía contra el arbusto, pero ya sin vomitar nada.
—Estoy por cosas de trabajo —me espetó calmado—. Además, todavía está el tema de la herencia. Erik te dejó todo, por supuesto. Si no la cobras en un mes, pasará al banco automáticamente. No creo que lo quieras, considerando que son los recuerdos que tienes de tu infancia.
Me quedé unos minutos en silencio, solo respirando, hasta que tomé el valor suficiente y me giré tratando de ocultar todo el dolor que sentía en mi interior.
Muerto, muerto, muerto. Por mi culpa. Por mi maldita culpa. Yo no quería esto.
Levi estaba de pie frente a mí, tranquilo, sin una mirada de interés. Frío como siempre.
—Quédatela —susurré con la voz temblando—. Quédate con todo.
Pasé a su lado, sintiendo unas terribles ganas de esconderme en algún lado para no salir de allí nunca más. No quería ver a nadie, no quería estar cerca de nadie. Solo deseaba que esta espantosa y grotesca pesadilla terminara pronto, porque yo ya no podía seguir más.
—No me estás entendiendo, mocoso de mierda —gruñó Levi, y me giré a mirarlo—. Si no vuelves conmigo, ¿sabes que haré? Mataré a Armin. Mataré a Annie. Mataré a Mikasa. Mataré a Jean. Mataré a Marco. Mataré a Sasha. Mataré a Connie.
Retrocedí dos pasos, aterrorizado, sintiendo mi corazón latiendo a mil, mis manos tiritando, mi estómago retorciéndose por la ansiedad.
—¿Cómo–?
—Cuando tu vienes, Eren, yo voy de vuelta —me observó con un brillo en sus ojos que no supe identificar si era burla o desafío. Quizás un poco de los dos—. Sé que son tus amigos. Sé que te has acostado con tres de ellos. Sé que lo disfrutabas —pasó a mi lado, y antes de que pudiera echarme atrás, me acarició la mejilla—. Una semana. Da tu tesis. Cuando tengas tu título, nos volveremos.
No lo vi hasta este momento.
Media hora después, di por finalizada la presentación. Pixis, Zackly y Rico lucían satisfechos mientras me aplaudían, al igual que mis amigos. Al tratar de mirar más arriba, noté que Levi se marchaba. Suspiré en mi interior por el alivio.
Pixis me felicitó por el trabajo, diciendo que no esperaba menos de mí, y que desde ahora tendría que dirigirse hacia mí como el Doctor Jaeger. Zackly me dijo que lo había hecho bastante bien a pesar de ser tan joven y que si buscaba trabajo como profesor en la universidad o en alguna clínica del país, que no dudara en comunicarme con él. Rico fue la más estoica, pero ya la conocía, y al verla con una leve sonrisa supe que todo estaría bien. Al menos en lo referente al ámbito académico.
Luego de unos minutos, los profesores se retiraron y mis amigos se me lanzaron para felicitarme. Jean, para molestar un poco, dijo que había estado bastante bien aunque no entendió ni mierda de lo que hablé.
Entonces, vino la parte incómoda.
—Eren, ¿vamos a beber algo esta noche? —me preguntó Armin riendo—. Tenemos que celebrar tu logro. Nosotros te invitamos, ¿eh?
Fue, en ese momento, mientras reían y conversaban sobre lo que beberían esa noche, que me di cuenta de algo. De algo que siempre estuvo ahí pero me negué a ver.
Había un abismo entre nosotros. Un gran abismo que nos separaba por mucho, una gran grieta que jamás iba a desaparecer y que no podría cruzar aunque luchara por intentarlo. Mientras ellos se adelantaban, hacían bromas sobre lo poco que entendieron de mi presentación y pensaban en ir a jugar bolos para luego ir al bar, lo entendí.
Nunca los podría alcanzar. Porque ese mismo día yo iba a irme y ellos seguirían con sus vidas; porque yo me convertiría en un dulce recuerdo de la universidad y de vez en cuando se preguntarían qué fue de mí para luego pensar que estaba bien, con un trabajo estable, una dulce esposa y un montón de niños revoltosos; porque yo no podía decirles por todo lo que había pasado, ya que recibiría miradas de sorpresa, lástima y rechazo, y no quería eso, no quería que dejaran de mirarme como si fuera una persona que les hacía felices; porque ellos se tenían entre sí, mientras que yo lo único que siempre tuve fue a Erik y Levi; porque aunque yo me fuera, ellos iban a continuar caminando y yo… yo volvería al pasado.
Cuando se giraron para preguntarme porque no iba con ellos, les sonreí sintiendo lágrimas en mis ojos.
Les sonreí, y les dije que viajaría esa noche por asuntos familiares urgentes, que me habían avisado esa mañana. Enseguida se preocuparon, me preguntaron si todo estaba bien, que qué era lo que había pasado. Con tranquilidad, les expliqué que mi hermano quería reconciliarse conmigo –les había comentado brevemente que ya no hablaba con él– y que podía pasar un tiempo con él y su nueva familia, que no quería perderme.
Ellos comprendieron, e incluso parecieron alegrarse al saber de la situación. Una dulce mentira era mejor que una verdad amarga.
Me ayudaron a hacer la maleta e incluso me fueron a despedir al aeropuerto. Dijeron que nos debíamos mantener en contacto ya fuera por Facebook o Whatsapp, y que incluso más adelante, cuando todos tuvieran sus carreras listas, podíamos viajar por el mundo, mochilear por los distintos países y culturas.
A todo les dije que sí, aunque fueran solo mentiras.
El pasaje que Levi me había enviado era de un asiento al lado de una de las ventanas. Cuando ya estuve acomodado, apareció él sentándose a mi lado, sin decir nada, sin dejar de fruncir el ceño, y extendió una mano hacia mi rostro.
Lo manotee y prácticamente le gruñí.
—Volveré —susurré para que nadie más oyera—, pero no quiero que me toques. Si lo haces, juro que te mataré apenas tenga la oportunidad.
Impasible, se alejó y miró al frente, sus labios sellados.
El avión despegó.
Todo estaba exactamente igual. Las calles, el auto de Levi, el aeropuerto, incluso el tiempo era como lo recordaba. Cerré los ojos y, por unos segundos, dejé que el ambiente ya conocido me absorbiera, dejando que los recuerdos volvieran y ahogaran el año y medio que pasé fuera.
Levi me murmuró que iríamos primero al cementerio a dejarle algunas flores a Erik. Sabía que también lo decía para no hacerme desconfiar sobre sus palabras, porque la duda seguía por debajo, si fue real lo que me dijo o había sido solo una manera para traerme devuelta.
El cementerio estaba vacío. Compré unas camelias de diversos colores, queriendo decirle que lo iba a querer por siempre, a pesar de lo que hizo. Levi compró un ramo de gladiolos, pero no le dije nada aun cuando sabía su significado: te extraño.
Me guio a través de las tumbas, callado, pensativo y meditabundo. No sabía que estaba pensando, su expresión no me dejaba ver nada, y el ambiente deprimido del lugar estaba causando estragos en mí. Una creciente ansiedad –a la que ya estaba acostumbrado– se instaló dentro de mi cuerpo, pero me obligué a relajarme, buscando pensar en algo que me ayudara a seguir adelante.
Levi se detuvo por lo que terminé chocando con él.
—Hola, Erik —susurró, su voz repentinamente suave.
Temblé antes de ver la tumba.
Erik Johan Jaeger.
Amado hijo, hermano y amigo.
1987-2015
La lápida era blanca, impoluta, limpia; las letras eran suaves, finas, delicadas. No tenía que preguntar para saber que Levi escogió el diseño.
La culpabilidad se instaló inmediatamente en lugar de la ansiedad en mi estómago. La culpabilidad y la recriminación. Esto no estaría pasando si no me hubiera ido. Esto no estaría pasando si hubiera visto los mensajes a tiempo. Esto no estaría pasando si hubiera contestado los correos. Esto no estaría pasando si hubiera leído la carta. Era mi culpa. Era solo mi culpa.
Rompí a llorar cuando dejé las flores a los pies de la tumba. Mi cuerpo entero se sacudió, temblando por completo, y no fui capaz de ahogar las lágrimas, de callar mis gemidos. El típico raspón en la garganta era imposible de soportar, lo único que quería era que alguien me abrazara, que alguien estuviera ahí conmigo.
Busqué a Levi a tientas, una pequeña vocecita en mi cabeza chillando que no lo hiciera, pero hice caso omiso. Te había dicho que dependía bastante de mis amigos, ¿cierto? Seguía dependiendo de ellos. Pero no estaban, y Levi estaba ahí, tranquilo, suave, templado, como si hubiera predicho aquella acción. Me encerró en sus brazos, dejando que apoyara mi cabeza en su pecho y llorara entre gritos de disculpa y dolor.
Era lo único que me quedaba. Era lo único que tenía en ese momento.
Piensas que soy estúpido, ¿cverdad? Lo soy. No es necesario que me lo digas. Viéndolo en retrospectiva, haber hecho fue marcar mi destino definitivamente. Había querido demostrarles que no los necesitaba, que los quería lejos de mí, pero al ir a los brazos de Levi solo hice lo contrario. Indirectamente, les di la razón: los necesitaba, los quería a mi lado. El amor que Erik y Levi me entregaron era lo único que conocía, lo único que recibí alguna vez en mi vida –sin contar la amistad que me dieron mis amigos de la universidad–, y a pesar de que me hacía daño, de que doliera muchas veces, estaba dispuesto a aceptarlo para que no me dejaran nunca.
No se lo dije a Levi. Lo entendí más adelante.
El psicólogo de la universidad me había dicho que, con la poca información que le entregaba, era bastante obvio que alguien me dañó y estaba huyendo de esa persona. Que el daño fue tan grande que terminó por convertirme en una persona insegura y depresiva, necesitada de amor y afecto, que iba a depender de la gente que se acercara mucho y estaría presto a tratar de ser feliz con cualquier tipo de amor que me entregaran, aunque fuera enfermizo o, en su defecto, no fuera amor sino obsesión o celos maquillados con esa palabra. Si había momentos en los que me sentía amado, olvidaría todo el daño hecho; así, si tenía a una pareja y ésta me maltrataba, iba a aceptar dicho maltrato porque creería que me lo merecía siempre que me entregara amor, aunque fueran migajas o ni siquiera fuera amor.
Cuando Levi me abrazó, me hizo sentir amado.
Por unos segundos, todo lo que me hizo, los golpes, la indiferencia, las violaciones, desaparecieron. Solo éramos él y yo, de pie ante la tumba de mi hermano, una persona que me hizo sufrir tanto pero ahora estaba dispuesto a perdonar con tal de que reviviera. Quería retroceder el tiempo para abrir la carta a tiempo, regresar a la jaula y lograr que Erik no se suicidara. Si para hacerlo debía entregarme a ellos, lo haría con gusto.
Levi me llevó a la casa, mi prisión, donde me duché y fui directo a la cama. El azabache no dijo nada, solo me arropó para luego salir con una mirada de lástima.
En el momento en el que me arropó, le dije que tratara de no tocarme.
A pesar de querer volver a sentirme amado, todavía no lo olvidaba todo por completo. Cuando dejó de abrazarme, el dolor que me hicieron sentir por tantos años volvió.
El psicólogo tenía razón en muchas cosas, por supuesto, menos en esa. Sí, quería amor, pero no olvidaría todo el sufrimiento. Era una marca a fuego vivo tanto en mi mente como en mi piel.
Esa noche, tuve pesadillas.
Y a la siguiente.
Y a la siguiente.
Y a la siguiente.
El sótano aparecía constantemente, un cuerpo balanceándose colgado por el cuello desde una viga. Cuando me veía, notaba que era Erik. Luego me notaba a mí mismo.
La misma pesadilla, siempre. Incluso ahora.
Una semana desde mi llegada, me animé a coger mi teléfono y encenderlo. Me sorprendía que Levi me hubiera dejado conservarlo, pero entonces pensé que él ya no me dominaba como antes. Si bien su presencia seguía siendo fuerte, Levi no se acercaba más de la cuenta. Solo entraba a mi habitación para dejarme comida que yo no le pedía y luego se marchaba.
Tenía muchos mensajes, todos de mis amigos preguntándome si llegué bien, cómo estaba, por qué no contestaba. Les di respuestas rápidas y concisas para luego mirar la hora. Medio día, sábado. Levi estaba en casa.
Silenciosamente, bajé al comedor. El azabache tenía la televisión prendida, a volumen bajo, unos lentes en su rostro mientras leía uno de sus miles de informes. La casa seguía igual que siempre. Incluso la mancha con sangre que dejé en la alfombra cuando me dieron la paliza por el tema de Historia seguía allí. Al verla, solté una carcajada desquiciada.
—Mierda, me asustaste —gruñó Levi dejando su informe en la pequeña mesita. Me dirigió una mirada y arrugó la nariz—. Anda a bañarte, apestas.
Infantilmente, me crucé de brazos.
—Oblígame —solté yendo a sentarme al sofá.
Él solo suspiró, quitándose los lentes con aspecto agotador.
—Los papeles de la herencia —dijo extendiéndome una carpeta. Lo miré interrogativamente—. Me hice cargo de ello como tu abogado. Necesito que firmes y estará todo bien.
—No te necesito como abogado —murmuré abriendo la carpeta.
—¿Tienes dinero para otro, mocoso de mierda?
Resoplé, pero tenía razón. Aquello me hizo pensar en muchas cosas.
—Enviaré mi currículum a los hospitales durante la próxima semana —pensé en voz alta. Al darme cuenta, me giré con lentitud hacia Levi, esperando verlo enojado. Pero solo miraba sus papeles, aburrido—. ¿No me dirás nada?
Me observó, sus ojos plateados llenos de cálculo logrando que la ansiedad volviera a mí.
—¿Debería decírtelo? Yo solo quería que volvieras, nada más —contestó indiferente. Por algún extraño motivo, aquello me dolió—. Sal a trabajar si quieres. Debes hacerte cargo de las cuentas para cuando yo me consiga un apartamento.
Vacío. Vacío en mi estómago ante sus palabras. Podía sentir que temblaba, que me ponía pálido, que comenzaba a sudar por el miedo.
—¿No te quedarás… acá? —susurré abrazándome, mi boca seca.
Me miró con frialdad, estoico e imperturbable.
—¿Por qué debería hacerlo? ¿Tú y yo somos algo?
Las palabras salieron de mi boca antes de pensarlas.
—¡Eres mi violador!
Luego, solo silencio. Me encogí al ver la mirada llena de rabia de Levi, sus ojos chispeando con la ira. Iba a pedir perdón mientras me preparaba para recibir el golpe, pero el azabache solo se puso de pie con fuerza y recogió sus papeles.
—Vete al diablo, Eren —masculló girándose para ir a su pieza.
La furia también se instaló en mí. ¿Hacía conmigo lo que quería para luego abandonarme? Lo odiaba, lo odiaba.
—¡No te necesito, hijo de puta! —le grité con la voz quebrada.
Cuando sentía que no podía oírme, comencé a llorar.
Patético. Miserable. Necesitado.
Eso era. En eso me había convertido.
Levi y yo no volvimos a tocar ese tema. En sí, apenas conversamos de algo, solo nos saludábamos al vernos, nada más. Dos desconocidos viviendo en una casa, a ese punto llegamos.
Durante la siguiente semana, fui tanto a los hospitales públicos como a los privados a dejar mi currículum. Las pesadillas seguían. Esperaba que me llamaran para las entrevistas. Hablaba brevemente con mis amigos. Levi no me miraba. La vida seguía. Y el vacío en mi estómago aumentaba.
Al mes, recibí una llamada de una clínica, diciendo que querían entrevistarme. Las cosas parecían ir mejorando de a poco, incluso me animé a hablarle a Levi, aunque recibía respuestas cortas y sin interés alguno. Todavía me dolía, por supuesto, pero trataba de convencerme de que era lo mejor, porque Levi me había hecho daño y tenerlo cerca no me hacía bien. Entonces, ¿por qué estaba tan desesperado para que me tomara en cuenta?
La entrevista, a pesar de haber ido bien, me hizo sentir peor. No me contrataron, a pesar de mis notas y mi tesis, ya que buscaban a alguien con más experiencia. Aquello me hizo entrar en mis episodios de baja autoestima que nunca logré solucionar con el psicólogo porque él quería más información sobre mi pasado y yo nunca se la di. Apenas llegué a casa, fui directo a mi habitación sin saludar a Levi, le puse llave a mi pieza y me metí bajo las frazadas de la cama. Mi mente, como siempre, empezó a divagar en el silencio que había, pensando en mil cosas distintas.
¿Quién iba a querer contratar a un mocoso como yo? ¿Por qué siquiera había pensado en sacar una carrera si no era capaz de encontrar trabajo? Quizás Erik y Levi tuvieron razón, quizás no tuve que seguir estudiando, solo debí haberme quedado en casa, sin hacer nada, siendo un inútil como siempre, dejando que ellos me mantuvieran. Si no hubiera sido tan terco con el tema de la universidad, no habría conocido ese otro mundo –un mundo que no era para mí, un mundo al que no pertenecía– y no habría huido, por lo que Erik no se habría suicidado y todavía estaría acá conmigo. No habríamos sido una familia perfecta, pero seguiría vivo, seguiría a mi lado.
Comencé a llorar por todos los sentimientos que comenzaron a inundarme mientras las imágenes me golpeaban. La culpa, el dolor, la pena, el abandono, todo se juntaban en mí y hacían que quisiera desaparecer de este mundo, me hacían desear nunca haber nacido.
Con esos pensamientos, me dormí para despertar a la madrugada con una pesadilla, lleno de sudor, temblando y llorando. Me sobresalté al escuchar golpes en mi puerta, y a paso tambaleante, fui a abrirla para encontrarme con un Levi demasiado despierto. Solo me miró unos segundos para luego tomarme de la mano y llevarme a la cama.
—¿Qué… qué haces? —balbucee cuando se acostó a mi lado.
—Yo igual tengo pesadillas —dijo lacónico.
Al oír aquello, mi cuerpo se movió automáticamente hacia él, dejando que me abrazara, y me acurruqué a su lado permitiendo que su calor me inundara.
Entonces, como la primera vez, cometí un error.
—Levi —susurré, la necesidad apoderándose de mí, aferrándome a él—, por favor, por favor, no te vayas. No me dejes solo. Por favor.
Él solo me miró, impasible, acariciando mis cabellos, y asintió en silencio.
Le sonreí como no le sonreía desde hace años, como si hubiera sido un niño pequeño al que le regalan un dulce, y pude ver su expresión atónita. La última vez que le sonreí así fue cuando todavía era un chiquillo puberto de catorce años. Levi me apretujó y el resto de la noche dormí sin pesadillas.
Jesús, era tan idiota. Un par de abrazos, una mirada de comprensión y Levi me tenía en sus manos otra vez. No lo noté en ese momento ni más adelante, pero cuando me percaté de ello, ya era tarde.
Las cosas siguieron su rumbo normal por otro mes. Levi y yo volvimos a hablar, no mucho, pero el ambiente ya no era incómodo. El control que ejercía sobre mí era suave, casi no se veía, pero estaba allí. Lo dejaba pasar porque no me molestaba, incluso lo llegaba a asociar a que era amor y cariño. Me decía varias veces que todo estaría bien si Levi era mi amigo. Si él me apoyaba, si estaba conmigo, todo estaría bien.
Fue por eso que, luego de no haber conseguido trabajo, me acerqué a él durante la cena. Estaba frustrado, molesto y fastidiado porque mis deseos de poder trabajar se acumulaban más y más, y al no conseguir empleo, esas ganas se convertían en ansiedad para luego pasar a depresión y más dependencia.
—Levi —el aludido levantó la vista de sus miles de informes que todos los días leía y revisaba—, ¿te puedo pedir un favor? —pregunté tímido y nervioso.
—Depende —contestó volviendo a mirar las hojas.
—Tú… tienes contactos, ¿cierto? —solté sintiendo el temor en mi interior—, entonces si tienes contactos, porque como eres abogado, tú… podrías hablar con ellos para que… si ellos pueden–
—Escúpelo, Eren.
Tomé aire, tratando de relajarme.
—¿Tienes contactos con los superiores de los hospitales? —pregunté en voz baja.
Volvió a mirarme, impasible y tranquilo mientras sentía como los nervios carcomían mi estómago.
—¿Quieres que te consiga una entrevista con ellos? —asentí frenéticamente, mirándolo con esperanza. Él suspiró—. Está bien —las comisuras de mi boca se estaban elevando en una sonrisa de felicidad cuando agregó—. Pero quiero algo a cambio.
El estómago se me revolvió ahora, sentí la garganta apretada y moví mis manos nerviosamente. Podía decir que estaba a punto de tener un ataque de pánico.
—¿Q-quieres… —tartamudee respirando con velocidad— q-que me acu-ueste cont-tigo?
—Eren —Levi, con una expresión indescifrable, se acercó—, no te voy a pedir eso, así que deja de mirarme de esa forma —frunció el ceño mientras me forzaba a relajarme—. Mañana quiero que vayas a cenar conmigo. Tú y yo. Solo eso. No hay trampas, lo prometo. Una cena y listo.
Tragué saliva y asentí con la cabeza, convenciéndome a mí mismo que una cena no le haría daño a nadie.
Fue mi segundo error.
En la cena, Levi mostró otra cara suya –o la inventó, mejor dicho. Más tierna, suave y amable. Incluso varios de sus comentarios me hicieron reír, algo que no había hecho antes.
Conversamos mucho, de diversos temas, pero el que más recuerdo, fue que le pregunté sobre Erik. En esos tres meses que llevaba allí, no me había atrevido a hacerlo por temor a lo que pudiera decir. Le pregunté qué pasó cuando me fui, porque no fue a buscarme. Al principio, Levi parecía reacio a decirme algo, alegando que no quería herirme, sin embargo le insistí tanto que al final acabó cediendo.
—Creímos al principio que simplemente querías un rato a solas —dijo Levi con calma—, así que no nos preocupamos mucho, aunque Erik estaba más ansioso que de costumbre, murmurando que eras demasiado inmaduro y merecías que te agarráramos con más fuerza para que vieras lo que hacíamos por ti. Nos dimos cuenta de la nota que le dejaste a la mañana siguiente, cuando pensamos que tal vez te quedaste con un amigo y fuimos a cambiarnos ropa.
—¿Cómo… reaccionaron? —susurré.
—¿Honestamente? Fui el único que pude mantener la calma, Eren. Tu hermano enloqueció por completo. Empezó a gritar que eras un malagradecido, que iba a matarte apenas te encontrara, que te haría sufrir como nunca antes lo había hecho, e incluso estaba dispuesto a recorrer todo Berlín para encontrarte —sentí como perdía la sangre de mi cara—. Cuando descubrí donde estabas, agradecí que estuvieras lo suficientemente lejos como para que Erik no te hiciera daño. Acepté que te habías ido para tomarte un tiempo y darte cuenta de que… —tomó mi mano y la acarició—, en el fondo, te queríamos.
Nauseas me invadieron y tuve el impulso de ponerme de pie para chillarle que todo lo que me hicieron no era amor, que solo me hicieron daño, pero me contuve. Me contuve porque las cosas estaban bien ahora, no quería arruinarlas, y eso era tema del pasado. Quizás ahora Levi podía entender que la obsesión que sentían por mí no era amor, y estaba dispuesto a perdonarlo si se disculpaba por todo lo que hizo.
—¿Y luego?
—Los primeros meses fueron difíciles —prosiguió Levi—, tu hermano pareció comprender que, si te dábamos tu espacio, ibas a volver pronto. De todas formas, dejó el trabajo y se la pasaba encerrado en tu pieza. Nuestra relación igual estaba quebrada, a pesar de que nos esforzábamos en que no fuera así —hizo una mueca divertida que me dejó atónito.
Sentía ganas de preguntarle qué había sido él para Erik, qué era yo para él, pero no tuve las agallas para hacerlo. ¿Y si no me gustaba la respuesta?
—Cuando pasaron seis meses desde que te fuiste, tu hermano colapsó. Se volvió loco y empezó a destrozar tu habitación, rompiendo parte de tus ropas, volcando el colchón, tirando tus útiles, cuadernos, libros por todos lados, gritando que eras una desgracia, que te iba a hacer pagar, que te destrozaría con sus propias manos. Lo hizo cuando yo estaba en el trabajo, por supuesto. Y cuando llegué… bueno, fue su primer intento de suicidio. Tuve que internarlo en la clínica psiquiátrica después de eso.
Mis labios temblaron y sabía que si no hacía algo estaría a punto de llorar. Otra vez la culpa apareció con aquellos pensamientos llenos de dolor: si hubiera vuelto, Erik seguiría vivo; si hubiera vuelto, todavía tendría a mi hermano aquí; si hubiera vuelto…
—Le hicieron varios exámenes para ver que ocurría con él. La obsesión insana que sentía por ti no se limitaba solo a eso, sino que también sufría de sociopatía, es decir, su personalidad antisocial le hacía huir de las normas, de querer hacer lo que quería sin medir las consecuencias, además de carecer de empatía y remordimiento. No llegaba a ser psicopatía, pero el trastorno estaba ahí.
Lo podrías haber ayudado. Si no fueras tan malagradecido, si hubieras pensado en tu hermano, habrías vuelto para ayudarlo. Pero solo hiciste que se hundiera en su miseria como te hundiste tú cuando te encerraron en el sótano por cinco días. ¿Qué te hace mejor que ellos?, pensé mareado, los ojos plateados de Levi absorbiéndome, dejando que mis pensamientos se confundieran entre ellos.
—Erik… te necesitaba para que el tratamiento resultara. Si tú le pedías que lo hiciera, lo habría hecho, ya que a mí no me hacía caso. Pero tú no respondías los correos y yo no podía viajar porque el buffet de abogados entró en crisis justo en ese momento, así que decidí enviarte una carta. Sabía que si te llamaba, me cortarías apenas supieras que era yo —Levi también lucía inquieto, sus ojos vagando por todo el restaurante—. En la carta te expliqué todo.
Maldito bastardo miserable, no mereces nada de lo que tienes ahora. Lo único que has hecho es hacer daño, tú mismo hiciste que estuvieras solo en este momento.
—Tú hermano no lo soportó mucho y, en un descuido de las enfermeras, se suicidó —volvió su vista a mí, y me encogí en mi asiento—. Se ahorcó con las sábanas en la misma clínica.
No lo soporté más: de golpe me puse de pie, corrí al baño y vomité la cena. Levi no fue detrás de mí y fue lo mejor, porque me sentía más patético que nunca.
Salí diez minutos después, luego de tratar de arreglar mi rostro descompuesto lo mejor posible. El azabache ya me esperaba listo, con la cena pagada para retirarnos. No le dije nada en el camino de regreso ni cuando nos acostamos, aunque me volví a acurrucar a su lado.
Levi no se disculpó por lo que me hizo en esos casi diez años.
Él no intentó nada luego de esa cena. Las cosas siguieron su rumbo, hablábamos, él se iba a su trabajo, yo esperaba a que me llamaran de alguno. La entrevista, al igual que la primera que tuve, quedó descartada por el tema de la experiencia. Como los sentimientos de frustración y fracaso se sentían más intensos, comencé a salir y frecuentar distintas cafeterías para pasar el rato, donde leía algún libro mientras tomaba algo con el dinero que Levi dejaba para que mantuviera la casa.
Fue una de esas tardes cuando lo vi acompañado de una linda chica de cabellos color miel, pálida y ojos grandes e intensos. Pasaron por afuera de la cafetería y no me vio, pero lo que me dejó realmente mal fue al verlos besándose. Levi la miraba como me miraba cuando teníamos sexo: como si yo fuera lo único que necesitaba para hacerlo feliz.
Quedé destrozado, mi baja autoestima empeoró y la ansiedad y tensión se apoderaron de mi cuerpo. ¿Por eso Levi no me tocaba? ¿Por qué ya no me quería como antes? ¿Siquiera me quería ahora? ¿O se quedaba conmigo por lástima? Era obvio que era por ello. ¿Quién iba a querer estar conmigo? Estaba sucio, era un mocoso, era patético, era asqueroso. Tenía problemas de autoestima, fui abusado y violado por años, maltratado y convertido en nada más que un trapo sucio. ¿Por qué alguien se fijaría en mí?
Estuve caminando por Berlín por horas, el frío otoñal colándose a través del abrigo y haciéndome sentir hueco. Llegué a eso de las doce a mi casa, sintiéndome más miserable que nunca. Mis papás me dejaron solo, Erik me dejó solo, Levi me dejaría solo en poco tiempo.
Esperaba que Levi estuviera dormido para así no enfrentarlo, pero el azabache estaba en el living, viendo una película. Iba a pasar directo a mi habitación, sin embargo, fue más rápido y me tomó de la mano.
—¿Ocurre algo? —no me giré a verlo, solo quería que dejara de tocarme.
—Nada —murmuré—. Iré a dormir.
—Tus orejas están rojas.
Al oírlo decir eso, solté una carcajada lastimosa. Mis orejas. Por supuesto.
—¿Ya no me quieres? —solté como un niño pequeño.
¿Acaso podía llegar a ser más patético?
—No te entiendo —Levi comenzó a alejarse, pero antes de que me abandonara por completo, lo abracé.
Patético. Patético.
—Levi —sollocé cuando me devolvió el abrazo—. Levi, por favor, no te vayas. Por favor.
—Creí que no querías que te tocara.
Entonces, el tercer error. El tercer y último error. El peor de todos.
—Levi —me alejé unos centímetros para mirarlo a los ojos, para dejar que el color plateado que poseía me absorbiera por completo—, hazme tuyo. Hazme el amor. Hazme el amor y nunca me dejes. Por favor. Por favor. Haré lo que quieras, pero nunca me abandones.
Te diste cuenta, ¿no? Cuán necesitado estaba. Cuán solo me sentía. Y quizás estés pensando que soy más que patético, que soy miserable, que quizás me merecí todo lo que pasó. Incluso hay momentos en los que sigo pensando aquello. Pero tenía tanto miedo, tanto terror de perder lo único que me quedaba, que no lo estaba pensando bien. Que no estaba pensando en las consecuencias de mis acciones.
Levi, con una sonrisa casi imperceptible, me besó con fuerza, con posesión y exigencia. Gemí al sentir su lengua en mi boca, al sentir sus manos en mi cintura, al sentir su entrepierna contra la mía. Quería más, necesitaba más.
En un dos por tres, estábamos en su pieza, en su cama, él sobre mí, quitándome el abrigo, el suéter, la playera, comenzando a jugar con mis pezones mientras mis gemidos eran más y más fuertes. Cubrí mi boca en un intento para callarme unos segundos, pero Levi solo me manoteó el brazo, sus ojos llenos de lujuria y deseo.
—No, quiero oírte —gruñó con la voz ronca.
Se quitó la camisa, volviendo a mis pezones, y me retorcí desesperado. Me quitó los pantalones para proseguir con los suyos y lamió por sobre mi ropa interior, causándome espasmos en el cuerpo.
—Quiero que me la chupes y te prepares a ti mismo —susurró exigente.
Automáticamente obedecí, queriendo complacerlo para que así nunca volviera a mirar a otra persona, para que solo tuviera ojos para mí y me amara más que a nadie en el mundo.
Él dirigió las estocadas en mi boca mientras yo introducía uno, dos, tres dedos en mi interior, ansioso por tenerlo detrás de mí, encima de mí, en todas las posiciones que Levi quisiera para hacerlo feliz.
Me penetró de golpe, haciendo que jadeara, y me besó cuando comenzó a moverse, mi mente quedándose en blanco por el cúmulo de sensaciones placenteras que habían en mi cuerpo.
Levi me susurraba al oído mío, mío, y por primera y única vez en mi vida, me sentía feliz de serlo.
Te diste cuenta otra vez, ¿no?
Sí, perdí el control.
Le entregué el control en bandeja de plata.
Y hasta el día de hoy me arrepiento de eso.
Nota 1: La sociopatía es un trastorno mental a menudo confundida con la psicopatía, sin embargo, son claramente distintas. El sociópata es una persona que puede mentir bastante bien y no mostrar emociones cuando las ocasiones así lo ameritan; pasa por encima de los demás sin pensar en sus consecuencias ni acciones, saben muy bien obtener lo que quieren, pero también poseen comportamientos riesgosos e impulsivos, llegando a lo irresponsable; un ejemplo de ello, es cuando Erik deja a Eren en el sótano a pesar de que éste se encontraba malherido y con necesidad de atención médica. El sociópata también nunca reconocerá sus errores ni lo incorrecto que puede a llegar ser una situación, y no le gusta sentirse a cargo de alguien más, negando las autoridades que puedan estar por sobre él. Carecen de empatía y remordimiento, y se diferencia de la psicopatía ya que ésta va de la mano con episodios de psicosis, el disfrute del sufrimiento ajeno, crueldad y tienen menor control de los impulsos.
Nota 2: Disculpen si Eren les llegó a parecer un poco depresivo e incluso desesperante en algunos momentos. Fue un capítulo difícil de escribir, muy complicado. El trastorno psicológico del que sufre Eren es el neuroticismo, no se limita solo a "depresión" o "baja autoestima", como él piensa. El neuroticismo incluye estos dos aspectos junto con graves cuadros de ansiedad, tensión y culpabilidad. La relación obsesiva que vivió con Erik y Levi, la presión constante a la que era empujado todos los días, los malos tratos y los abusos sexuales hicieron que se vuelva vulnerable y temoroso del mundo, viviendo en un persistente estado de nervios, ansiedad y tensión que derivaron a la depresión y a una visión deformada de sí mismo. Claramente, el psicólogo de la universidad no iba a poder decirle lo que tenía pues Eren se negaba a hablar de todas las cosas que le pasaban, así que no conoce el verdadero diagnóstico y no puede seguir un tratamiento (por ahora).
Buaaaaaaaaaaano, tienen suerte de que me dio el tiempo para publicarlo porque hoy tuve que viajar ya que mañana comienza mi segundo año universitario y quería quedarme en mi hogarcito para siempre :'c Pero no se preocupen, como es comienzo de año no hacemos nada el primer mes y les traeré los últimos dos capítulos los domingos correspondientes, porque sí, lo he decidido, ya tengo prácticamente escritos (en mi mente) el final y cómo llegar a él. ¿Un spoiler? Se avecina dolor, mucho dolor (?) Okno xD
Quiero darle las gracias a toooooodas las chicas que me dejaron review, las amo, son las mejores, me hacían sonreír como una estúpida al leer sus comentarios. Así que muchas gracias a Blue (tus ciber-galletas son las mejores), a Kate Eli, a Yenessis Kutsenova Tetsuya, a Nily, a cris, a Lovyrs, a Nicot (cuando leí tu review chillé como nena porque leí tu fanfic "El hermano de la novia" y déjame decirte que lo adoro, entonces cuando te vi fue como asdfghjklñ), a dayyechelon1 y a Genevieve Phantomhive (con quien igual chillé porque también leo su fanfic "Me perteneces" y leí tu review y luego actualizaste después de pocos -miles- de años y también fue tan asdfghjklñ). Muchas gracias bebés, son las mejores, no saben cuánto las adoro :33
Ya saben, dejen un review con sus opiniones y comentarios ya sean buenos o malos, me gusta leer lo que piensan *-*
Nos vemos el próximo domingo, tengan una bella semana
