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El ultimo exorcismo del Padre Merrin

Washington DC. Georgetown.

Interior de un dormitorio. El pasado.

Pazuzu reía, y lo hacia a través del cuerpo de Regan. La niña estaba atada a su cama, vestida con un sencillo camisón blanco. Su rostro, generalmente dulce y angelical, era ahora una mascara deforme, una parodia de una cara. Su piel y sus labios lucían cuarteados y sus ojos eran amarillentos, animales. No se quitaban de encima del viejo sacerdote de sotana larga y alzacuello, quien con manos trémulas y avejentadas, sostenía abierta su Biblia.

-Vas a perder – dijo el demonio, con voz gutural. Merrin no respondió. Pasó las paginas de su libro, inmutable – Vas a perder… esta zorra va a morir y su alma va a ser mía. ¿Y sabes qué, Merrin? No hay nada que puedas hacer al respecto.

Rió. Era como si una hiena lo hiciera.

Merrin continúo ignorándolo. Volvió su vista hacia la puerta del dormitorio. El Padre Karras se encontraba afuera en ese momento, con la madre de la niña.

El demonio y él estaban solos.

Pazuzu se largó otra carcajada, quizás si cabe, más horrible que las anteriores.

-Vas a perder, Merrin – le recordó – Ya estas viejo.

-Quizás esté viejo, pero todavía puedo patearte bien el culo – Merrin cerró su Biblia y se sacó sus lentes. Sonrió.

-Déjate de tonterías, predicador – siseó el demonio, sonriendo a su vez. La suya era una sonrisa sardónica, burlona – Estas viejo y punto. ¿Acaso crees que esto va a ser como aquella vez en África? Te equivocas. Ahora será diferente a nuestro primer encuentro… ahora, te venceré y llevaré el alma de esta puerca a Mi Señor Satanás. ¡Imagina lo contento que va a ponerse mi maestro cuando vea que lindo regalito le traigo!

Rugió. Fue como si lo hiciera un león enjaulado. Merrin lo miró. Sentía el odio fluir por sus venas.

-Me odias, ¿verdad? – preguntó el demonio, divertido – Sí… puedo sentirlo. Me odias. Con pasión. Eso es bueno. Llegué a creer que bajo esa sotana estabas castrado.

-¡Maldito hijo de puta! – estalló el sacerdote, temblando de rabia e impotencia - ¿Por qué no dejas en paz a esta familia? ¿Por qué no dejas a esta niña libre?

-¿Por qué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? – Pazuzu se encogió de hombros – Es un misterio, Merrin. Tu Dios tiene unos caminos muy misteriosos para llevar sus asuntos. Oh, no me malinterpretes, no me estoy quejando de ello. Admiro realmente su despreocupación por las cosas del mundo que creó. Con franqueza, si yo fuera Dios haría exactamente lo mismo – hizo una pausa. La sonrisa animal relampagueó otra vez por sus facciones – y, ¿Quién te dice que a lo mejor no soy yo el mismo Dios haciéndose pasar por un demonio, para probar el alcance de tu Fe? ¿Has pensado en eso alguna vez, cura piojoso?

Merrin lo abofeteó. Fue a consecuencia de su blasfemia.

La sonrisa de Pazuzu se desvaneció, reemplazada por ira.

-¡Me tocaste! – lo acusó - ¡Te atreviste a tocarme! – gruñó.

El cura retrocedió. Estaba haciendo todo lo contrario a lo que él había enseñado sobre exorcismos… se dejaba llevar por el juego del demonio, prestándole oído a sus mentiras y herejías.

Volvió a abrir su Biblia. Se colocó sus lentes. Miró de nuevo hacia la puerta del dormitorio. ¿Dónde estaba Karras? Era necesario continuar con el ritual.

Pazuzu habló. Lo hizo tal que atrajo toda la atención del cura.

-Voy a demostrarte mi poder – declaró – Ya que no me temes, comenzaras a hacerlo desde este instante.

Los ojos de Regan brillaron. Merrin quedó petrificado. Al rato, comenzó a temblar y a sudar. La Biblia resbaló de sus manos hasta el piso.

Un torrente de imágenes perversas comenzó a desfilar por su mente. Horribles pesadillas sobre la destrucción del mundo envolvieron al anciano.

-Conoce la verdadera razón por la que mi maestro Satán me envió a la Tierra – dijo Pazuzu – Observa lo que haré, una vez acabe contigo y con el idiota de Karras. ¡Haré trizas tu mundo! ¡Lo llenare de pestes y de plagas, tantas que todo quedara reducido a un páramo yermo!

-¡NO! – exclamó Merrin, aterrado. Se había desplomado de rodillas sobre la cama de Regan, envuelto en turbias imágenes de ciudades desoladas y de millones muriendo enfermos. Vio la maldad real de Pazuzu extendiéndose como un cáncer por el ancho mundo, provocando un holocausto de dimensiones colosales.

-¡SI! – Pazuzu sonó extasiado - ¡Cómo me deleitare arrasando con toda la raza humana! ¡No dejaré a ninguno con vida! ¡Sus almas serán tragadas por el infierno y atormentadas noche y día, por los siglos de los siglos! ¡Entonces todos sabrán que yo soy el Príncipe de las Tinieblas!

Rió. Merrin no lo resistió más. Las visiones eran tan apocalípticas que su corazón estaba a punto de detenerse en su pecho.

De repente, lo supo.

Pazuzu tenía razón. Estaba viejo. No podía detenerlo.

No podía oponerse a él.

-Quizás… quizás yo no pueda derrotarte… esta vez – jadeó – Pero… pero por Dios bendito, otro lo hará en mi lugar…

La risa del demonio lo acompañó mientras moría de un ataque cardiaco. Pese a no poder cumplir con su misión, solo le pedía a Dios que Karras tuviera éxito allí donde él falló.

…Por el bien de todos…