Holaaaaa! :D Paso por aqui para actualizar el coso este. Y bueno, que digo lo de siempre: espero que os guste!
Capítulo 3
—500 Días Juntos.
—¿500 Días Juntos? ¿En serio?
—Venga, es de las pocas pelis románticas que no te hacen vomitar. Es tan… real.
—Y acaba tan mal.
—No acaba mal. Acaba… como tiene que acabar. No es una historia de amor, Castle. Es una historia sobre el amor. No todo es un camino de rosas en una relación.
—Me he divorciado dos veces, no me cuentas nada nuevo —Beckett pasa a mirarlo inquisitiva, básicamente porque pensaría que él estaría de acuerdo. Suena cruel e incluso se siente mal por dentro, pero es así—. Pero ahí está la gracia, en creer que la próxima vez será la definitiva. Poner todas tus esperanzas en una relación. El amor es magia.
—Leer es magia —refuta, con tono evidente.
—También —ella sonríe, Castle se encoge de hombros, medio complacido pero dispuesto a seguir rebatiendo su opinión—. Pero… el amor es el máximo impulsor de todo. Lees porque sientes una especie de devoción hacia los libros, y los escritores sentimos esa misma devoción por crear ese mundo idealizado. El amor mueve el mundo, Beckett. Por eso las pelis románticas deberían tener un final feliz; para darnos ese pequeño empujoncito y creer en la posibilidad de encontrar a tu alma gemela, a esa única y exclusiva alma gemela que te complementa de todas las formar posibles. Para darnos ese empujoncito y para creer en la magia.
—Venga ya, dime que esa cursilería que acabas de soltar la tenías apuntada en algún lado —suspira, medio en broma. Castle la mira resentido, pero sin apartar esa atontada sonrisa de su boca—. Oh, no. Resulta que eres un romántico empedernido y no me había dado ni cuenta.
—Pues deberías prestar más atención.
Beckett supone que el escritor la veía tan aburrida que decidió hacerle preguntas sin fundamentos a saco para hacerle el viaje más ameno. Le dijo que se fuera a dormir. Que las camas eran cómodas, individuales y que, por si se quedaba más tranquila, él no roncaba. Pero Beckett dijo que no, no quería irse. No todavía.
Mira su reloj de reojo y le indica que son las tres de la mañana. Llevan casi cinco horas en el aire, hablando de todo y nada en particular. Hasta que a Castle se le ha ocurrido preguntarle cuál es su comedia romántica favorita. Ella no se lo pensó ni dos veces.
—Seguro que la tuya es 50 Primeras Citas —deduce con todo jocoso.
—Perdona, pero esa peli es buenísima, Beckett.
—Si no eres diabético o algo parecido. Podrías morir ahí mismo de una sobredosis de cursilería.
—Pero es buenísima. ¿Tú no querrías tener a alguien como a Henry Roth?
—Si eso implica tener amnesia anterógrada, creo que no. Además, es… muy idílico, Castle. Es un romance de película —suelta una suave carcajada—. No creo que queden hombres así.
Antes de acabar la frase, lo mira escéptica y convencida de cada palabra que ha salido por su boca. No quedan hombres así, y más bien lo suelta porque es el tópico que se suele decir en estos casos para justificar esa carencia a la hora de mantener una relación estable. Ese pequeño comodín que no se apoya en ningún fundamento y que sirve de auto consolación a corto plazo, porque a la larga pierde todo el sentido.
Pero ella sabe que no es así.
Sigue mirando a Castle y se pone nerviosa porque parece que va a decir algo. Lo hace en cuanto quita esa sonrisa de su boca y su expresión se relaja, sus ojos se oscurecen como si se estuviera preparando para algo. Y Beckett se tensa, Castle traga saliva y dice: —Eso no lo sabes.
Beckett se pone aún más nerviosa. Se miran fijamente durante tres o cuatro segundos que se eternizan horriblemente. A Castle le tiemblan los labios y Beckett no sabe si le preocupa más esa acción instintiva o el hecho de que se haya dado cuenta porque tiene sus ojos puestos en ellos, como si se los fuera a comer de un momento para otro. Él también mira los suyos y sin quererlo, Beckett está deseando que la situación se les vaya de las manos. Beckett está deseando que a Castle le dé un arrebato de esos de valentía, tan típicos de él; tan imprudentes, tanto que solo conseguiría llevarles cuesta abajo.
Beckett está deseando que no se lo piense ni dos veces y cometa la insensatez de turno por ella, porque está demasiado abrumada como para encargarse de eso mover ficha, y necesita ese pequeño incentivo.
Al final apartan sus miradas. A la vez, tan sincronizados que hasta a la detective le ha dado miedo. Y no hacen nada, ni pretenden seguir hablando de ello.
—Pero no es mi comedia romántica favorita —Beckett lo mira de reojo, agradeciendo silenciosamente esa habilidad para actuar con normalidad cuando es evidente que nada lo ha sido. Es forzoso y antinatural, pero les basta para excusarse—. Es Amélie.
Beckett tarda dos o tres segundos en recomponerse, pero vuelve a hablar— Sí, te pega. Te pega más que 50 Primeras Citas.
—¿Y eso por qué?
—Porque tienes esa tendencia por lo absurdo, Castle. Y por el amor idealizado, eres un romanticón.
—Esa película es una obra de arte. Engloba mi idea de amor —Beckett enarca una ceja, con una sonrisa socarrona—, pero sin… fotomatones ni cosas raras. Quiero decir, mira a Amélie, le cuesta dar el paso pero al final decide ir a por el chico, a pesar de todos sus miedos. Me gusta porque… lucha. Porque parece que se rinde pero no, y se decanta por dejar de lado sus inseguridades y tirarse a la piscina —ella traga saliva, sintiéndose levemente incómoda por alguna razón—. Y vale, sí, ¿qué pasa? Me mola lo absurdo.
El pequeño discurso improvisado le ha quedado tan bonito que a Beckett le da pena burlarse de él. Lo tiene a tiro de piedra y sirve como pretexto para alejar esa extraña sensación de sentirse magnetizada por él. Para alejarse de ese factor que les tienta hacia a lo inmanejable. Necesita con desesperación rebajar la creciente tensión que en estos momentos la ahoga.
Pero no dice nada. Solo se le queda mirando embobada con la boca medio abierta y la respiración poco normalizada.
—Oye, no me mires así. Sé que ha sonado pretencioso, pero ¿tanto? Venga, Beckett. Ni que tú no tuvieras un poco de cursilería dentro de ti.
—No, no —sonríe, nerviosa. Aparta su mirada enredando su dedo índice entre los tirabuzones de su cabello con cierta inseguridad—. Es solo que…
—¿Qué…?
Es solo que le gustaría saber por qué Castle no exterioriza ese tipo de cosas normalmente. Por qué tiene unos esquemas mentales tan correctamente construidos que a la hora de la verdad no lleva a la práctica. Lo piensa porque lleva toda su vida rodeándose de rubias pechugonas, frívolas y artificiales —sobre todo artificiales— con las que no dura ni un par de días y que le hacen quedar a la altura de un gilipollas comparado con lo que realmente es. Y Beckett no sabe a santo de qué viene esa denigración de su propia persona.
—Que hace mucho que no veo Amélie. No te la habrás traído, ¿verdad?
—No, pero como buen novelista que soy he traído mi portátil. Ya me darás las gracias.
Se pregunta si él será como ella. Si huirá de todas esas relaciones para no recaer en eso que en un pasado le hizo demasiado daño; para no tener que cargar con idea de ver cómo algo tan sólido y necesario se esfume como el humo. Se pregunta si Castle odiará echar de menos la sensación constante de deshacerse emocionalmente, tener el corazón latiendo como si tuviera pilas y el estómago hecho un placentero desastre.
Suspira y deja de mirarlo antes de seguir desnudándose emocionalmente delante de él.
Beckett mira por la ventana del avión, puede ver con evidente claridad Las Vegas. Luminosa, ostentosa; se la llama ciudad del pecado por alguna razón y Beckett no lo cuestiona. Las luces hacen una especie de carrera serpenteante irisada como si fuera algún tipo de constelación terráquea; centelleante, irregular, pero que le quita el aliento. Es una vista preciosa. Puede ver el mar limitando con la costa oeste de EEUU y las Montañas Rocosas. Hay pequeñas capas de nieve en los picos más altos y se pregunta cómo es posible que en una parte tan calurosa y oceánica como esa sea capaz de mantenerse la temperatura tan baja como para permitir que la nieve no se derrita.
—Oye, Castle —hace un sonido interrogativo y ella sigue mirando por la ventana—, eres un cursi.
Él suspira— Dios mío, deja de castigarme por eso. O… castígame bien, ya sabes —lo dice en un tono tan sugerente que Beckett se contiene una carcajada—. No, en serio, la próxima vez me… me callaré. Eso.
—¿Tú? ¿Callado? Hoy no dejas de sorprenderme.
—Vale, muy bien. Soy un cursi. ¿Y?
Sonríe, ya han pasado la costa oeste. Mira el reflejo de su rostro proyectado en la ventana y el de Castle detrás de ella, mirándola con recelo mal fingido. Incluso estando de coña se le da mal intentar inducir ese sentimiento de culpabilidad. Se le marcan ligeramente los hoyuelos de su sonrisa en la mejilla —le encanta cuando Castle sonríe tanto que saca a relucir ese tipo de rasgos— y Beckett sonríe también, observándolo a través del reflejo.
—Nada. Que… me gusta, ¿sabes?
—Katherine Beckett, qué habré hecho yo para que me la tengas tan jurada.
Arquea una ceja, desafiante— Lo he dicho en serio, Castle.
Lo ha dicho más en serio que nunca. Sabe que el escritor es un tipo muy humano —probablemente el más humano que ha conocido en su vida—, no cabe duda de eso y tiene cuatro años a sus espaldas donde ha tenido infinidad de veces para ratificarse eso a sí misma. Pero le gusta verlo sacando su lado metafórico sobre la vida y dejándose llevar por todas esas florituras tan propias de su trabajo como novelista, y más sobre un tema tan relevante como ese. Le gusta ver que tiene un corazón frágil y unos impulsos que lo mueven. Le gusta comprobar que él también tiene miedo.
Le hace sentirse segura por algún motivo.
—Es una de las cosas que me gustan de ti. Que te pongas cursi —repite, pensando que se arrepentirá en un futuro de ser tan sincera, pero ahora le da igual.
Al principio se sorprende, la detective pronuncia su sonrisa y él se da cuenta. Se aparta tímidamente para que Beckett deje de tener una perspectiva delatadora de él y se encoge pensativo y abrumado sobre el asiento. Pero la detective lo conoce demasiado bien y sabe que está sonriendo a sus espaldas mientras la mira de reojo, eufóricamente inflado por el despliegue emocional de la situación.
Sabe que está sonriendo como un tonto sin remedio ni causa. Y solo de imaginárselo, ella sonríe de la misma manera también.
Se reincorpora, dejando de mirar porque solo ve el vasto océano entremezclado con alguna que otra nube a medio condensar y de noche pierde todo su encanto. Suspira, jugueteando con los dedos de sus manos. Le ha salido del alma. Le encanta picar a Castle, pero sobre todo le encanta ver la cara que se le queda cuando le da rienda suelta a lo que se suele tragar para ahorrarse un momento incómodo. Le encanta porque le hace sonreír como no le ha visto nunca y la reconforta de alguna manera.
Se pregunta si en realidad Castle y ella no son tan diferentes como siempre ha pensado.
El avión se agita tan bruscamente que la despierta de golpe. Asustada, respirando aire agitadamente como si se fuera a morir y con el corazón a mil por hora desbordándose bajo su pecho, Beckett no se da cuenta de que ha usado el hombro de su compañero como almohada improvisada durante su pequeña siesta. No es consciente de ello hasta que recupera el aliento; recuerda que está en un jet camino de no se sabe dónde y nota la calidez que irradia el escritor sobre su cuello, condimentada por su perfume seductivo envolviéndola e impregnándose sobre su propia ropa.
—No te preocupes, son turbulencias. Pero tranquila, saldremos de ésta vivos. O eso creo.
Se separa de él con la misma violencia con la que el avión se zarandea durante su vuelo, medio ruborizada y sintiéndose toda una adolescente con las hormonas a flor de piel, pero está tan desorientada y somnolienta que ahora mismo le trae sin cuidado. Se masajea la sien con suavidad, apoyando el codo sobre su muslo, agachando su cabeza.
Bosteza ligeramente mientras con la otra mano se acaricia su nuca, tiene un dolor fatigador cargando sobre esa zona. Castle le dice que es normal después de ver la postura tan rara que se gasta cuando se echa a dormir.
—Cuando lleguemos te doy los masajes que quieras —ofrece, con un trasfondo medio tentador—, para mí será todo un placer.
—Castle —le da una mirada desaprobatoria, incorporándose y estirándose levemente sobre el asiento. Mira su reloj, son las cinco.
—Eh, lo he dicho en serio. Luego se te forman contracturas y es horrible.
La detective lo mira con suspicacia. Castle tiene su portátil apoyado sobre la mesita auxiliar. Cree que lo cogería mientras estaba dormida. La luz de la pantalla es lo poco de la sala que los ilumina y hace un juego interesante de luces sobre el rostro del escritor. Su sonrisa sugerente, el blanco azulado y artificial del carísimo aparato reflejándose en el perfil de su rostro y sobre sus ojos hace que la mirada de Castle sea más penetrante de lo que suele ser y eso le preocupa. Se siente instigada y derritiéndose por dentro, lenta pero vigorosamente. Tanto que tiene miedo de que le dé otro arrebato de sinceridad.
—No te fíes del reloj, habremos cambiado no sé cuántas veces de huso horario —dice Castle, volviendo a dirigir su atención sobre la pantalla, tecleando.
—¿Qué haces?
—He aprovechado para escribir un poco. Viéndote ahí, dormidita con ese rostro tan angelical que pones ha hecho que me entre la inspiración.
—Te la estás jugando mucho.
Castle suelta una carcajada moderada. Podría sentirse incómoda con eso. Debería sentirse incómoda. Es lo normal y lo correcto en estos casos porque no está segura de todo lo que dice el escritor, y menos cuando es algún tipo de juego sensual entre ellos.
Le convendría sentirse incómoda porque eso le permitiría estar alerta y captar todos esos mensajes subliminales que cualquiera pasaría por alto, y establecer la típica cortina de humo o la distancia de seguridad; esas cosas que evitan que se le llene la cabeza de pájaros. Pero no lo está. No se siente incómoda. Se siente ella misma y hacía demasiado tiempo que no tenía esa sensación. Así que le da igual.
—Es Calor Helado, ¿no?
—Sí. Están planificando una ERMTC. Va a ser maravilloso, o casi.
—¿Una qué? —Castle niega con la cabeza, sin dejar de mirar a la pantalla.
—Ya lo entenderás cuando lo leas, pero a grosso modo te diré que entre recado y recado aprovechan para darse un revolcón.
Arruga sus labios, fingiendo estar poco convencida. La sonrisa alimentada por la anticipación del escritor no la relaja— Te recuerdo que soy su inspiración. No te pases con ellos.
—Pero si, en realidad, te encanta. Tendría que verte la cara que pones cuando lees una de esas… escenas entre Rook y Nikki. Seguro que es épica.
Lo golpea en el hombro con suavidad, empujándolo. Protesta, pero no lo niega porque sabe que es verdad. Quizá por el morbo de la situación, independientemente de quienes sean en realidad, o quizá porque lo lee siendo consciente de que son ellos dos en algún punto de la libidinosa pero jodidamente prodigiosa que da gusto imaginación del escritor. Sea o no moralmente correcto, es irrefutable el hecho de que a Beckett se le remueve el estómago cuando sabe a qué determinados lugares del libro llega. No lo dice en alto, pero es irrefutable.
—Déjate de rollos y dime, ¿dónde van?
—Eso es spoiler, detective. Un spoiler muy grande.
—Contesta —lo mira, inquisitiva y amenazadora. Castle traga saliva, firme pero acaba cediendo.
—A París —contesta, medio refunfuñando, cruzándose de brazos—. Oye, en serio, ¿alguna vez te dejas llevar por las sorpresas? Le quitas la gracia a todo.
—Si me convences puede que algún día me deje llevar.
Lo dice con doble sentido, a propósito. Espera a que el escritor encuentre el doble sentido a pesar de estar ofuscado por la escritura, y por la cara que pone cuando la mira parece que sí. Parece que va a decir algo porque mueve sus labios ligeramente, pero se acaba callando.
Beckett decide volver a intervenir y quitarle un poco de peso.
—Así que a París. ¿Debo asumir que me vas a llevar ahí para inspirarte mejor? Ah, ya sé —chasquea sus dedos pulgar y corazón—, este viaje es por eso. Sí, eso es. Ese es el motivo, Castle. ¿A que sí?
—Sí, claro, a París tirando por oriente —ironiza, Beckett le da una mirada reprobatoria—. Seguro que eres de las que, para ir a un sitio, van en línea curva en vez de recta.
Pone los ojos en blanco, mordiéndose la lengua y evitando a toda costa meterse en el trapo— Entonces ¿dónde?
—Ríndete ya, Beckett.
Castle sonríe brevemente con malicia, mirándola por el rabillo del ojo antes de volver a ponerse a escribir. Ella resopla, no está demasiado tensa, pero no le gusta contemplar la posibilidad de que el factor sorpresa no esté a su favor. Conoce a Castle lo suficiente como para no dudar de su palabra y saber que no se va a exponer a ningún tipo de situación a la que no quiera hacer frente —Castle siempre ha sido muy precavido en cuanto a eso y sabe bien por dónde limitan las inseguridades de Beckett—, pero no le gusta ir a ciegas.
Es simplemente un mecanismo de autodefensa. Con Castle todo es demasiado ambiguo y paradójico. Ni lo quiere demasiado involucrado en su vida personal ni demasiado desentendido con ella.
—Castle, llevamos… siete u ocho horas encerrados en el avión.
—Vale, está bien —ladea su cuerpo lo necesario para hablar con comodidad con su compañera—, te daré una pista: estaremos allí en ocho horas.
Después de soltar un ¿qué? que se oye por todo el avión, Beckett entierra su rostro entre sus manos y deja deslizar su espalda sobre la tela del asiento, encorvándose desesperadamente fatigada. Un minuto más dentro de ese vehículo y sentirá que no le queda espíritu suficiente como para auto considerarse un ser pensante.
—Siéntate bien, estas manos tienen que descansar entre masaje y masaje.
Beckett separa su cara de sus manos lo suficiente como para dedicar una suspicaz mirada al escritor que hace que trague saliva y se encoja de hombros. Este se acerca más a ella y la detective suspira, siente todos sus músculos agarrotados. Siente que lleva demasiado tiempo en el aire, a merced de las turbulencias y sin saber en qué hora vive, ni en qué parte del mundo.
—Castle, ¿ocho horas más?
—¿Quieres que te lleve a dar una vuelta por el avión? Hay un jacuzzi detrás, por cierto.
Prefiere hacerse la sueca ante la oferta tan tentadora, al menos de momento, así que pone su mejor mirada desaprobatoria— ¿En serio?
—Tranquila, solo te estaba informando —hace un gesto de calma, levantando ambas manos enfrente de su cara. Beckett no se lo cree, pero pasa.
—Castle, ocho horas es mucho. ¿Qué clase de viaje dura quince horas?
—Te he dicho una pista —cierra su portátil, dejándolo sobre la mesita auxiliar, bostezando y estirándose perezosamente, para luego acurrucarse sobre el asiento—. Creo que me voy a dormir.
—Castle, ¿en qué parte del mundo estamos?
—Una pista por día, gracias —la sonrisa de Beckett se tuerce mientras observa como Castle hace un gran esfuerzo por abandonar su sitio e ir a los compartimentos, estirándose cuando se pone de pie. Este se da la vuelta y le tiende su mano.
—No te voy a sacar nada, ¿verdad? —la toma y se levanta, siguiéndolo.
—Duérmete, Beckett. Las camas son cómodas y cuando te quieras dar cuenta ya habremos aterrizado.
Habría protestado, pero está demasiado cansada como para hacerlo. Tiene los músculos agarrotados, la zona lumbar sobrecargada y siente que sus piernas han dejado de ser sus piernas, notando esa desagradable sensación de hormigueo recorriéndolas. Así que solo se encoge de hombros, pensando que tiene demasiados días para cobrar su venganza y darle el tostón al escritor, pero ahora que se ha puesto de pie, reconoce que se muere de sueño.
Castle le dice que las habitaciones están al fondo y Beckett se pregunta si tendrán esas ostentosas camas de agua. Esas cosas de las que no se suelen privar los pijos remilgados. La detective lo sigue con los ojos entrecerrados, sintiéndose más somnolienta cuanto más avanza, apoyándose en las paredes porque el avión no deja de menearse.
—Es aquí —indica el escritor, abriendo la puerta.
Castle se queda quieto mirando la habitación y ella casi se choca contra su espalda. Bosteza ligeramente, observándolo extrañada mientras se pone de puntillas para mirar por encima de su hombro y descubrir qué es lo que no encaja.
Cuando obtiene la visión perfecta de la lujosa estancia, resopla malhumorada. Se ha desvelado totalmente.
—No, no, eh. No vayas a echarme la culpa —Castle se da la vuelta, entrando en la habitación de espaldas y poniéndose a la defensiva, alejándose de la oscura vibración que irradiaba la detective en un intento de protegerse—, ¡no he tenido nada que ver, lo juro!
—No, tú nunca tienes nada que ver —le reprocha, cruzándose de brazos. Castle sigue retrocediendo hasta que sus pantorrillas chocan contra los pies de la cama, cayéndose sobre esta y alejándose más. Beckett suspira, indignada pero aburrida.
—Bob me dijo que había camas individuales, ¿yo qué sabía que me la iba a colar? —Beckett arquea una ceja, interrogativa— Sí, Bob, ya sabes. El alcalde, Robert Weldon.
—Pues te la ha colado. En otras circunstancias probablemente me estaría riendo de ti porque merecido te lo tienes. ¿Cómo se te ocurre levantarle su propio avión al alcalde?
—Fue en una partida de póker, se la jugó mucho —explica, sonriendo con picardía, mirando al infinito mientras revivía un vago recuerdo—. Y no se lo he levantado, solo le he pedido… una vuelta. Una larga vuelta. Bueno, el caso es que–
—El caso es —le interrumpe— que abriste demasiado la boca y el tío aprovechó para devolvértela.
—Eh, ¿qué estás insinuando?
—¿Yo? —se encoge de hombros, arqueando sus labios con pasividad. Rodea la cama y se sienta sobre el borde de esta— Nada. Tú sabrás, Castle.
Castle se gira levemente, con prudencia, como si tuviera miedo de que Beckett tuviera algún tipo de superpoder mental con el que fulminarlo. A ella le pone tan nerviosa ese uso de la parsimonia que descarga su peso sobre el cabecero de la cama, sentándose con las piernas cruzadas sobre el colchón, inspirando profundamente y poniendo su expresión más comprensible y expectante sobre su cara. Castle se remueve un poco antes de terminar de darse la vuelta, quedándose enfrente de ella.
—A ver, deja de mirarme como si fueras un perro y dime, ¿qué te pasa?
—Estás enfadada, ¿verdad?
Lo pregunta dándolo por hecho, en un hilillo de voz tímida y titubeante y mirándola con esa expresión de dolencia y arrepentimiento tan bien gesticulada que le da hasta pena seguir riéndose de él.
Kate se cuestiona a sí misma lo adorable que pudo llegar a ser cuando era un crío, con esos ojos de condenado. Se lo imagina haciendo cualquier puchero y se derrite por dentro de solo hacerse la imagen.
—No estoy enfadada —sus ojos se abren, inquisitivo y ella mira hacia otro lado con desquicio—. No lo estoy. Si me hubieras pillado en otro momento a lo mejor te habría hecho dormir en el suelo, pero estoy cansada y tengo demasiado sueño como para enfurruñarme ahora contigo.
—¿Entonces puedo dormir en la cama? —su mirada se ilumina y su sonrisa se engrandece. Ella pone sus ojos en blanco, mirándolo.
—Ah, me alegra saber que esa era tu mayor preocupación, de verdad.
—Sí, bueno. Esa y que no aguantes más y no puedas contenerte conmigo. Quiero decir, soy todo tuyo, Beckett. Pero si me avisas, mejor. Un servidor tiene que estar preparado.
Rebufa, incrédula pero sonriendo. Es una de esas sonrisas de suficiencia y escepticismo. Es Castle, se tendría que haber esperado algún acto de valentía de ese nivel viniendo de él, de lo contrario se le haría demasiado raro. Así que se descalza, se tumba sobre la cama, dando la espalda al lado en el que él dormiría e intenta relajarse. Reza para que consiga dormir ocho horas del tirón.
—¿Qué haces?
—Pues… ¿dormir? ¿A ti qué te parece? —se acomoda sobre el colchón, reconociendo para sí misma que para ser toda una pijotada es bastante cómodo— Apaga la luz, anda.
—Vale. Oyasumi-nasai.
—¿Y eso a qué ha venido?
—Te pone, ¿eh? —vuelve a suspirar— No lo niegues. El japonés es monísimo. Por cierto, es buenas noches. Por si no lo sabías.
—Sí lo sabía —responde, cortante.
—Ah. Pues… eso. Y contente, ¿eh? O avisa. Aunque me gustan las sorpresas, sobre todo si vienen de ti.
—Castle, no te aproveches del hecho de que no me haya traído la pistola porque sé defensa personal. No me obligues a utilizarla en mitad del sueño, por favor.
Cierra los ojos, enredando sutilmente una pierna entre las sábanas. Nunca ha sido capaz de quitarse esa costumbre de dormir bajo una sábana aunque se esté muriendo de calor.
—Oye, Beckett.
Resopla, con cansancio— ¿Necesitas que te lea un cuento?
—¿Es erótico? —resopla una vez más dando a entender que no está en condiciones de aguantar demasiado— Perdón, perdón. Solo iba a decirte que… ¿no te recuerda esto a cuando estuvimos esposados aquella vez?
—Castle.
—¿Sí?
—Cierra la boca y déjame dormir, por favor.
Está tan sofocada que el sueño se le corta repentinamente y se despierta casi dando un salto de la cama. Su cuerpo le tiembla y no sabe si odia el hecho de no poder controlar ese movimiento instintivo o el motivo que le ha hecho sentirse tan incómoda y fuera de lugar en ese momento.
La sensación es desagradable. No debería, pero es desagradable. Las gotas de sudor discurren por todo su cuerpo, nota ambas mejillas enrojecidas, irradiando un calor que solo hace que la sensación térmica empeore. Solo tiene una pierna arropada y aun así jadea levemente esperando que eso haga que la frescura entre por algún lado.
Había tenido esa conversación con Lanie anteriormente. Le dijo que un día Esposito se echó una colonia tan fuerte —de esas de las que el moreno presume porque marcan toda su virilidad— que cuando se quedó a dormir en su casa dejó el olor impregnado sobre las sábanas y la almohada. A la noche siguiente Lanie tuvo el sueño erótico más vivido y pasional que puede haber recordado. Dijo que era algo infalible.
Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano. Le echaría la culpa al escritor por llevar colonias que dejan ese olor tan repetitivo, pero el pobre hombre no tendría mucho que ver en eso y lo sabe.
Y se replantea si Castle tenía razón en eso de ser capaz de contenerse.
—¿Castle? —susurra, comprobando lo muy o poco dormido que pueda estar.
Su padre le ha dicho alguna vez que habla en sueños; no le apetece tener que cargar con el peso de haberle quitado el sueño a Castle por haber gritado de manera repetitiva su nombre orgásmicamente en medio de la noche, sin motivo aparente.
Castle no contesta. Suspira, medio aliviada. Parece que no. Aún así, sigue estando demasiado nerviosa, así que cierra los ojos, intentando relajarse. Puede oír el sonido del reactor del avión al chocar contra el aire de frente, los latidos de su corazón golpeando en su oído. Y a Castle. Oye la respiración profunda y estabilizada de Castle a sus espaldas. Honda pero relajada, y demasiado cerca.
En un impulso, no sabe cómo ni por qué, decide darse la vuelta. Efectivamente, estaba demasiado cerca. Tanto que su respiración choca débilmente contra la suya. No sabe si se moverá mucho en sueños o habrá aprovechado la ocasión para arrimarse lo necesario, y casi que prefiere concederle el beneplácito de la duda por ahora.
Suspira, mordiéndose el labio.
Lo más sensato sería darse la vuelta como si nada, pero Beckett no hace eso. Lo que hace es quedarse quieta y admirar el rostro apaciguado de su compañero dejándose llevar por el sueño. Tiene los labios entreabiertos y la expresión solemne, y le hace gracia esa forma que tiene su flequillo de caer sobre su frente, revuelto pero sin dejar de quedarle bien.
Y sus labios. Eso es lo que no deja de llamarle la atención.
Se resiste a la tentación de rozarlos con su sus dedos porque sabe que no es apropiado. Porque Castle podría despertarse y asustarse. O peor, podría asustarse ella y no quiere hacer que el escritor pase por ese mal trago. Se resiste y a la vez le duele acordándose de lo que le dijo Lanie cuando Castle le propuso el viaje.
No ha podido olvidarlo. Nunca ha podido. Ni con Demming, ni con Josh, ni con cincuenta copas de vino en sangre ni nada. Y viéndolo dormir con esa calma y esa expresión tan inocente hace que se dé cuenta de lo mucho que valoraría esa estampa cada mañana. Despertarse, verlo a su lado y no tener miedo de rozarle los labios. Ni besárselos.
Ni hacer todo eso por lo que se lleva condenando durante todos estos años.
Hacer realidad su sueño. O pesadilla, porque a esas alturas no sabría de que tacharlo exactamente. Pero se acuerda de lo tangible que era de inicio a final y es como si echase de menos algo que nunca ha tenido. Echar de menos su piel contra la suya, cálida y húmeda; su aliento jadeante sobre su cuello, haciéndole cosquillas y sus labios subiendo por la piel de este hasta acabar sobre los suyos.
Parece tan fácil cruzar esa línea. Pero no.
Cierra los ojos, rompiendo la imagen de Castle enfrente durmiendo plácidamente, esforzándose por hacer lo mismo ella también y rezando para no tener que volver a revivir el mismo sueño.
No es que le desagrade. Solo le hace sentir un poco mal consigo misma.
—Beckett.
Oye su voz guiarla en sueños por algún lado. Algún lado al que no quiere llegar todavía, pero hay demasiada luz y no está tan cansada como para seguir ahí, así que nota cómo todo empieza a desvanecerse.
—Beckett, despierta.
Murmura algo que ni ella misma ha entendido, zarandeándose suavemente cuando percibe esa sensación de empezar a ser consciente de que eso ya no es un sueño, y sonríe al roce de su mano, que empieza a acariciarle el hombro en un intento por espabilarla más. Como una suave cosquilla.
Entreabre los ojos, la claridad de la habitación le molesta y la obliga a parpadear un par de veces más para acostumbrarse a eso. Deja de sonreír cuando se acuerda de que puede estar viéndola derretirse ante el tacto de su piel, y no quiere crear otra cortina de humo por una tontería como esa. Se despereza ligeramente estirándose sobre la mullida superficie y se sienta sobre esta, frotándose los ojos con el dorso de sus manos.
—Castle, apaga la luz.
—Cuando termines de levantarte. ¿Has dormido bien?
La pregunta va con la mayor inocencia de la que Castle es posible hacer uso, pero ella ahora mismo no tiene de eso, y menos después de ese sueño. Aún así, se esfuerza por mostrarse agradable a pesar de no estar tan sobria como le gustaría y contestar a eso con la amabilidad que el escritor se merece recibir.
—Sí, bueno. No está nada mal para ser un avión. Y tenías razón, no roncas.
—Te podrás quejar de dormir al lado de alguien como yo, Beckett.
Lo mira de reojo, cuestionándolo. Castle finge ofenderse con dramatismo.
—Sí, me quejo porque me has despertado —prefiere omitir detalles—. Así, de repente. ¿Tú sabes lo mal que me sienta eso?
—Bueno, tranquila. Allá tú si quieres quedarte aquí, pero yo prefiero bajarme del avión.
—Espera, ¿ya hemos llegado?
Castle tuerce los labios, pensativo, pero acaba asintiendo. Beckett mira por la ventanilla del compartimento y se le hace extraño que siga siendo de noche; casi parece que no ha dormido nada. Se levanta, intentando obtener una vista mejor, pero solo ve el mar.
—¿Te estás quedando conmigo? —lo mira, con suspicacia. Castle se dirige hacia ella, señalando el interior del jet.
—En serio, estamos a punto de aterrizar. Tú siéntate y ponte el cinturón.
Resopla, pero obedece. Lo sigue por la habitación y a través del pasillo para sentarse donde habían estado horas antes. Mira hacia arriba, en los monitores y ve los avisos sobre cómo ponerse el cinturón y qué hacer en caso de emergencia, así que supone que Castle tenía razón.
—Agárrate bien, el aeropuerto está en un sitio pequeño. A lo mejor te da algo de impresión.
—¿Impresión?
—Asómate a la ventana.
—Castle, ¿dónde me llevas?
—Al paraíso. O parecido, muy parecido.
Arruga sus labios, poco convencida. A falta de algo mejor que eso, se queda embobada mirando el mar. Intenta visualizar algo más allá de lo que puede ver, y percibe cómo aquel jet se balancea e inclina su trayectoria como si empezase a bajar el vuelo, y a Beckett le recorre una sensación extraña en el estómago.
—Te va a encantar. No es por hacerme el chulo, pero… te va a encantar.
—¿Y cuándo no te haces tú el chulo, Castle? —aparta su mirada del cristal para mirarlo a él— Sorpréndeme.
—Vale, vale. Deja el odio a un lado y mira. ¿Empiezas a ver algo?
Está demasiado oscuro como para eso, pero sí que hay algo que destaca. Como una especie de mancha iluminada, muy iluminada. Multicolor, demasiado similar a Estados Unidos. Le recuerda a lo que vio después de despegar. Siguen bajando, la mancha de hace más visible y de ahí deduce que es una isla. Una isla, en medio del mar. Brillante, pequeña. Alargada.
—¿Castle? —pregunta, en su tono de voz se aprecia cierto matiz ilusionado. Él la mira sonriendo como si disfrutara con eso, y Beckett no le niega ese placer.
—¿Ya empiezas a adivinarlo?
—Pero… ¿en serio? —vuelve a mirar hacia el cristal, ya puede distinguir algunos edificios, los más altos. Su corazón acrecienta la velocidad y cree que va a echar vuelo en cualquier momento— ¿Sabes que es uno de los lugares a los que siempre he querido ir?
—Entonces me alegro de haber acertado.
El jet empieza a rozar la costa de la estrecha península. Las luces de las islas se suman a la iluminación interior del jet que crece por momentos, y su sonrisa se va ensanchando al distinguir el elevado pico, espolvoreado con una leve capa de nieve en el centro de la isla principal. El paraje parece sobrecogedor incluso para ella.
—Dios, Castle. Esto es… dios —murmura. Mira un poco más por la ventana antes de apartarse al ver la pista de aterrizaje. Cuando va a mirar a Castle, este sostiene entre sus duelos algo parecido a un pañuelo, de un negro satén como si se lo estuviera enseñando. Ella frunce el ceño— ¿Perdona?
—Esto debería haberlo hecho antes, pero bueno. Nunca es tarde —se lo tiende. Beckett lo observa arrugando la nariz como si no estuviera demasiado convencido.
—Castle, ¿dónde me estás metiendo? ¿Y qué me vas a hacer?
Él resopla— Confía en mí, ¿vale? —ella arruga sus labios— Dios, Beckett. La duda ofende. ¿De verdad me ves capaz de algo así?
Lo sigue escrutando con suspicacia solo porque le hace gracia ver esa cara de continua desesperación en Castle, pero acaba obedeciendo. Él suspira aliviado cuando toma el pañuelo entre sus manos y ella suelta una leve carcajada antes de atarse el suave pañuelo y dejar que todo lo que ve se tiña de color negro.
—¿Falta mucho, Castle?
—No demasiado. O no sé, tampoco es que me conozca esto.
—Oh, venga ya. Llevo horas con esto puesto.
—Tampoco exageres, no han sido ni dos.
Beckett no sabe cuánto, aproximadamente, pero se le está eternizando demasiado y la ilusión que cobra fuerza, adornada con su impaciencia no ayuda a tomarse eso con calma, y que así se le haga más llevadero.
Desde que se ha bajado del jet no ha visto ni oído nada. Solo ha sido capaz de percibir a Castle agarrándole la mano mientras desembarcaban cuando casi rueda escaleras abajo, meterse en el mismo coche en el que está ahora y sentarse a esperar a que ocurra el grandioso milagro de saber dónde se dirigen, hacia dónde va todo eso y por qué Castle ha decidido sacar su lado más intimista.
—Vale, si te sirve de consuelo, ya estoy viendo dónde nos vamos a alojar.
—Genial, creo que se me van a saltar las lágrimas.
Ha intentado no parecer demasiado ilusionada porque no quiere que Castle baje la guardia tan temprano. Solo acaban de empezar, y su relación siempre ha estado definida por eso. No se trata de desagradecer un detalle como si no tuviera algún significado importante, sino de hacerlo de una manera tan sutil que alguno de los dos acabaría hecho una mata de nervios.
Castle lo sabe. Ella lo sabe. Es el principal juego de rol que llevan asumiendo desde que se conocieron. No les desagradada ni quieren perder esa esencia ahora; aunque caminen paralelamente a la línea que nunca se han sentido preparados para cruzar, rozándola como una especie de tentación.
Aunque algo ajeno a ellos les provoque a cambiar toda esa dinámica hacia algo con mucho más movimiento. Ella sabe que si ninguno lo ha hecho todavía es porque se volverían locos antes de saber ponerse de acuerdo en cómo aguantar el ritmo de todo eso.
—Oye, Kate.
—¿Qué pasa?
—Al sitio al que vamos… —en su voz se aprecia inseguridad, y ahora mismo le gustaría poder verle la cara solo para saber la gravedad del asunto— bueno, he reservado todos tus días de vacaciones.
—¿Q–qué? —pregunta, escandalizada.
—Pues eso, que si quieres te puedes quedar aquí hasta el día antes de volver a la comisaría.
—Pero ¿por qué? ¿Y para qué necesitamos tanto tiempo?
—Solo quería ponerte a prueba —resopla, inquisitiva—, ver si eres capaz de aguantar hasta el final.
—O sea, que me has secuestrado.
—No, no, para nada. Secuestrar no. Retener para… fines lúdicos.
—Sí, eso. Tú decóralo como si no pareciera grave. Al menos eso se te da bien.
—Vamos, te va a acabar gustando, Beckett. Así que dime, ¿aceptas el desafío?
—¿Si dijese que no me harías caso?
—Vamos, no soy tan mezquino. Pero intentémoslo, solo será un mes.
Exhala un largo suspiro que carga el ambiente de una sofocante tensión. Castle se mantiene en silencio; no puede verlo pero sabe que se estará removiendo sobre su asiento, con la vista al frente mirando a todo y nada en particular y pensando en que quizá, y solo quizá se ha ganado el infierno con ella. Se muerde el labio, con culpabilidad, e irracionalmente pone el foco de todas sus preocupaciones sobre él.
Y no sabe si condenarse por ser tan poco permisiva con él o por serlo demasiado y enfrascarse momentáneamente en cualquier nimiedad que guarde una relación con él. Como ahora.
Tan enfrascada que ni se ha dado cuenta de que el coche se ha detenido y él la está llamando.
—Vamos, pero todavía no te quites el pañuelo.
Abre la puerta con cuidado, poniendo especial atención en sus pies. Oye a Castle diciendo que la espere y posteriormente nota su mano agarrar la suya. Ese contacto se le hace extraño, pero anhelado como si lo hubiera estado esperando en todo momento, y siente una extraña incomodidad sobre su cuerpo. No desagradable, sino reconfortante.
Caminan un poco, unos pasos más allá del coche hasta que Castle dice "ya", deteniéndola. Le suelta la mano, ella empieza a echar de menos ese gesto. Toma aire, intentando alejar esa sensación de su cuerpo cuando nota al escritor aflojando el lazo de su pañuelo, que termina cayendo sobre su cuello. Parpadea un par de veces, observa el paisaje y, en ese momento, siente que el mundo se detiene.
—Dios mío —murmura, y al instante pierde toda capacidad para articular otra palabra.
La luna decora el cielo como si fuera una especie de pendiente, y se refleja ondeante en el lago que puede visualizar a lo lejos. Piensa que Castle diría que como un trozo de melón o algo así, típico de él y sonríe, mordiéndose la lengua. Los farolillos de las épocas medievales de aquella región iluminan con una atenuada intimidad los caminos serpenteantes y los árboles que se alzan a ambos lados de este.
Y al fondo, poco apreciable a causa de la oscuridad, pero visible, se levanta ese pico que había visto en el avión, con la nieve que resalta a causa del brillo de la luna.
—¿El monte Fuji, Castle? ¿En serio?
—Bienvenida a Japón. ¿A que me he lucido? —ella suelta una carcajada, complacida— Oye, sobre lo de antes… lo siento.
Lo observa embobada por última vez antes de darse la vuelta y seguir el rastro de la confundida voz de Castle. Lo tiene justo enfrente de ella, cerca. Lo suficiente como para sentir el golpe de aire de su respiración sobre la suya; lo suficiente como para sentirse insegura. Pero no se siente. Lo mira a los ojos, sonriendo. Como si el escritor no tuviera un motivo para dudar mucho más de todo eso y ella se lo quisiera ratificar.
—Vale, hecho. Me quedaré un mes. Y vas a ver cómo soy capaz de aguantar.
—Eso está bien, detective —la mira desafiante, pero ilusionado. Y ambos saben que es lo que querían desde un principio—. Así me gusta.
Lo dice como una promesa. Como si fuera capaz de quedarse ahí todo un mes, con él, y no sabe si calificarlo como un arrebato de valentía o de insensatez. Pero a estas alturas le da igual y menos después de haberle dicho por activa y por pasiva que se acaba de enamorar del país nipón y su acto de generosidad, y no va a echarse atrás ahora mismo. Menos cuando ve los ojos de Castle hundidos de esperanza, clavados en ella con esa expresión rebosante de felicidad como si hubiera sido la primera cosa que hace bien en su vida, y siente una pequeña punzada en el estómago.
Se acuerda del día de su tiroteo, y de él desenterrando el secreto que llevaba guardándose durante dios sabe cuánto. Se acuerda de cuando se vieron por primera vez después de eso y cómo Castle la miraba no con esa misma expresión, pero parecida. Como si estuviera salvo. Como si no le hiciera falta seguir teniendo miedo.
Desvía inconscientemente su atención hacia sus labios, que se entreabren dudosos como si fuera a decir algo, y vuelve a mirarlo a él. La luna se refleja en el azulado iris de sus ojos que los dota con cierto misticismo y una belleza que pocas veces ha sido capaz de apreciar, y en ese momento siente que ha perdido el aliento.
—Yo… lo siento, Kate.
Siente algo empujándola a inclinarse sobre él— Ya está, Castle. No pasa nada.
—No —interrumpe, y lo ve tragar saliva—. Siento haberme ido sin decir nada.
Es algo que ya había oído antes, pero no con la misma intensidad. No con ese mismo peligro que los acecha y tienta para terminar lo que algún día empezaron. Ella se zarandea inquieta, sin ser capaz de romper el contacto visual como si quisiera ver hasta dónde pueden estirar eso sin que todo se les rompa.
—Castle.
Se da un tiempo para pensar antes de decir nada. Suspira, se atraganta con la saliva, se siente torpe y cree que va a morir ahí mismo como siga luchando contra el impulso interior de lanzarse sobre él y devorar sus labios.
—¿Por qué te fuiste? —él la mira con lástima, medio negando con su cabeza como si no quisiera dar una respuesta, o al menos no estuviera preparado. Ella insiste— ¿Por qué me has traído aquí?
Castle la mira con intensidad un poco más como si le fuera a dar la respuesta, pero sin saber si es lo correcto. Beckett medio lo entiende porque incluso para ella es difícil juzgar si es lo correcto. Al menos por ahora, porque solo acaban de empezar. Al final, Castle termina con todo eso, apartando la mirada y alejándose de ella, dirigiéndose por el camino serpenteante. En el momento en el que deja de sentir su calor corporal envolviéndola, aprieta sus dientes como si pudiera percibir el dolor de que algo de su cuerpo se despegase bruscamente.
—Rick —lo llama, suplicante. Él se da la vuelta, sonriendo amargamente, y saben que los dos cojean por el mismo pie.
—Pregúntamelo otro día, ¿vale?
No se rinde, pero asiente. Poco convencida, pero lo hace. Por ahora, piensa ella. Y va hacia él siguiéndolo por la senda sinuosa.
