Discleimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada, Toei Animation y nuevamente de Masami Kurumada quien después de ganar mucho dinero con Saint Seiya volvió a comprar los derechos sobre sus personajes...creo que jamás habrá un final u.u

Esta historia no persigue ningún fin de lucro, sólo Kurumada puede hacerlo, yo tomo sus personajes y les hago probar otras realidades porque mi imaginación vuela y no puedo detenerla. El contenido de este fic es 100% rosa, si eres diabético, alérgico al romance, a los fics heterosexuales, piénsalo dos veces antes de seguir leyendo.

Chocolates para ti

Por Mel-Gothic de Cáncer.

White Day, Gyaku choco para Miho

"Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida"

(Pablo Neruda)

Hyoga hizo todo lo posible para llevar a Seiya cuanto antes a la clínica de la Fundación Graude, pese a las protestas del enfermo quién insistió hasta el cansancio para que lo dejaran tranquilo en el hospital.

- ¿Dónde está Miho? ¡No creo que haya autorizado esta estupidez!- reclamaba una y mil veces, intentando levantarse de la camilla en que era trasladado hasta que el Caballero del Cisne se atrevió a decirle la verdad.

- Deja de armar ese escándalo, Miho no vendrá, nos escuchó Seiya, sabe todo acerca de la maldición de Saori y decidió alejarse de ti para que no murieras-

- Mientes, Miho no haría algo como eso- Seiya apretó los puños con fuerza lleno de impotencia- ¡Maldición! ¿Por qué tuvo que escucharnos? Ella no tenía que enterarse de esto, no quiero que se aleje, si muero mi deseo es que esté junto a mí, seré mucho más feliz de esa manera que viviendo una eternidad sin ella- un par de lágrimas rebeldes salieron de sus oscuros ojos, lo cual no pasó desapercibido para el Caballero del Cisne.

- Tarde o temprano ella se enteraría, además, si mueres la siguiente en ser atacada por la maldición será ella, lo dijiste, se marchitará y también morirá sobre tu tumba ¿Quieres que eso pase? Por favor Seiya, sé razonable alguna vez y acepta su sacrificio, encontraremos una solución pero primero debes recuperarte- insistió Hyoga, pero su amigo se quedó en silencio, no había considerado que la vida de Miho también corría peligro.

- Miho también morirá- pensó- que buena jugada has hecho Saori, casi nos tienes en tus manos.

El brillo en los ojos de Seiya se perdió de repente, un mutismo desolador se apoderó de él, ya no existía nadie más a quién pudiera acudir para que le ayudara, su vida se estaba extinguiendo de a poco, luego seguiría la de la mujer que amaba, su única alternativa era tal como dijo Hyoga, ir a Grecia e implorar la piedad de Athena, él sabía que su amor era lo que ella deseaba, no había otra cosa que Saori aceptara a cambio, una vida sin Miho le parecía vacía, y amar por la fuerza a otra mujer también. Unas horas después, se encontraba en una habitación mucho más cómoda en la clínica de la Fundación Graude, todos le trataban como a un honorable Kido más, pero él no deseaba hablar con nadie, ni siquiera con Hyoga quien no lo había dejado sólo ni por un segundo.

- Aquí estarás bien, al amanecer llegará un especialista en enfermedades extrañas para evaluarte. Con un diagnóstico concreto llamaré a Saori para informarle, y en cuanto estés más estable viajaremos de regreso a Rodorio, hemos tenido suerte tus ataques han sido muchos pero con menor intensidad- el Caballero del Cisne hablaba sólo, consciente de que Seiya lo escuchaba pero se negaba a dirigirle la palabra, pensaba que esa era una señal de que estaba aceptando el sacrificio de su novia y que pronto estarían en el santuario con Saori para que rompiera la maldición- ya son las tres de la madrugada, iré por un café, regresaré pronto para hacerte compañía- dijo saliendo de la habitación, incómodo con el mutismo de Seiya.

- ¿Las tres de la madrugada? Ya es catorce de Marzo, es el White Day, esperaba impaciente esta fecha para darte un obsequio Miho, para agradecer el amor que me das, pero el destino ha querido que estemos separados- lleno de rabia y tristeza, Seiya cerró los ojos para intentar dormir.

Las horas pasaron rápidamente, Hyoga se quedó dormido en una silla junto a la cama de su amigo, sus preocupaciones eran múltiples, la enfermedad de Seiya, el extraño comportamiento de Saori, el sacrificio de la inocente Miho, pero más importante aún desde un plano personal, su relación con Eris.

- ¿Por qué has estado tan distante conmigo? Algo pasa, lo intuyo, dime que es, soy tu novia no quiero que guardes tus problemas sólo para ti como Seiya lo hizo con Miho-

En medio de sus sueños podía escuchar la voz de ella, esa había sido la conversación de la noche anterior cuando él la acompañó a buscar un taxi para regresar al orfanato. No quiso terminar con ella, porque no era el momento apropiado, con la tragedia que se avecinaba sobre Seiya y Miho era más que suficiente. Esperaría un poco hasta que las cosas se tranquilizaran, pero por otro lado, sentía en lo más profundo que no deseaba hacerlo, no quería separarse de Eris y mucho menos hacerla sufrir.

- Eris- murmuró su nombre mientras abría torpemente sus ojos. Los rayos del sol se filtraban por las cortinas de la ventana, el día era frío, pero la luz cálida le daba algo de alegría. Rápidamente se desperezó, el médico que estaría a cargo de Seiya llegaría pronto para examinarlo, pero al voltear a darle los buenos días a su amigo se dio cuenta que él se había desconectado de todas las máquinas y no estaba- ¡Seiya!

Por más que lo buscó por toda la clínica no logró encontrarlo y para colmo Seiya había escondido su cosmos para no ser detectado.

- ¿Dónde rayos se habrá metido?- pensó.

En el orfanato, Miho despertó agotada, el sueño no había logrado reponer sus fuerzas pero a pesar de todo debía trabajar, esa era la única cosa que alejaba sus pensamientos de Seiya, al menos cuando partió a Grecia hace ya poco más de ocho años. Eris había preparado el desayuno para Ritsu, Miho y ella, la cocinera llegaría un poco más tarde y los niños aún dormían.

- ¿Cómo estás Miho?- preguntó Ritsu preocupada al ver a la joven con el rostro cansado, Eris le había sugerido que no preguntara por Seiya, pero el teléfono sonó y la rubia dejó la sopa de miso servida en la mesa y corrió a atender.

- ¡Miho! Es Hyoga, dice que Seiya escapó de la clínica- habló con voz alarmada Eris tan pronto recibió el mensaje. Miho fue hacia ella y tomó el auricular, Hyoga repitió la terrible noticia y esta vez preguntó si sabía o tenía alguna pista de dónde podía estar Seiya. La joven no tenía idea de nada, todo aquello era totalmente inesperado. Inmediatamente se inició una búsqueda del enfermo, pero al llegar las dos de la tarde no se había logrado encontrar ni una señal de él.

- ¿Dónde estás Seiya?- pensaba Miho quien ante la noticia había salido a recorrer la ciudad para encontrarlo. Aunque estaba consciente de que no debía acercarse, no podía estar tranquila sabiendo que había escapado de la clínica, Seiya era un rebelde cuando se sentía oprimido, siempre se salía con la suya, pero enfermo no podía llegar muy lejos, podía pasarle algo malo como uno de esos terribles ataques producto de la maldición. Mientras caminaba sin dirección, preguntando a todo el mundo si habían visto a un joven de cabellos castaños con ropa de la clínica de la Fundación Graude, vio en la terraza de una cafetería como algunas parejas de enamorados festejaban el White Day, entonces, recordó algo muy importante, Seiya quería llevarla de visita al Parque Ueno ese día, si había un lugar donde quizás podría estar sería ese, de inmediato llamó a Eris para decirle que viajaría hasta ese lugar, y luego tomó un taxi.

Hyoga por su cuenta, fue a inspeccionar la pensión donde vivía Seiya, la casera le dijo que había estado ahí durante la mañana, había dicho que estaba de paso buscando algo de ropa para llevar a la clínica, entró a su habitación y luego había salido con un haori azul marino puesto sobre su ropa y llevaba un paquete en sus manos.

- Me pareció extraño porque no se cambió de ropa, bajo el haori seguía llevando los pantalones y la bata de la clínica- comentó la señora mientras Hyoga se dio cuenta que dentro de la habitación estaba todo intacto salvo que sobre la mesa había pegamento, papel de regalo y cintas de colores- Seguramente visitará a su novia por el White Day antes de regresar.

- ¿White Day?- Hyoga recordó ese día alarmado- ¡Seiya irá a buscar a Miho!

Pidiéndole a la casera que si veía a Seiya no dudara en llamar a la clínica de la Fundación Graude, el Caballero del Cisne partió inmediatamente rumbo al orfanato pensando que allí encontraría a su amigo.

Aunque el viaje para Miho resultó ser demasiado largo, sentía que cada vez estaba más cerca de Seiya. Al bajar del taxi no sabía por dónde empezar a buscarlo, el Parque Ueno era un lugar enorme, tenía demasiados espacios públicos y edificios que eran el centro de interés para muchos turistas tanto extranjeros como del país. La joven miraba impresionada, a pesar de que venía de visita algunas veces durante el año por el orfanato, siempre tenía que estar pendiente de los niños y cuidarlos, jamás disfrutaba plenamente ni siquiera del paisaje, todo era realmente bello, comprendía por qué Seiya insistía tanto en querer llevarla hasta allá, él trabajaba como jardinero desde su regreso de Grecia y siempre le mencionaba que irían juntos durante la primavera, y aunque aún faltaban unos días para que ella llegara de forma oficial, él le había dicho que el White Day era el apropiado para una cita y que quería almorzar con ella.

Pero ya eran más de las cuatro de la tarde, Miho no lograba recordar el lugar exacto donde tenía que reunirse con Seiya y comenzó a caminar sin dirección, su corazón era el único guía en ese momento. Era difícil saber dónde podría estar, además, el parque estaba lleno de personas celebrando el White Day, y había también indigentes que buscaban refugio en cualquier espacio. La joven tenía un poco de miedo, no sólo de que Seiya estuviera en algún problema, temía además de que pudieran asaltarla o secuestrarla en cualquier momento.

- A Seiya le gusta venir a los santuarios sintoístas porque le recuerdan a Seika- pensó- tal vez esté en el santuario Toshogu o quizás en el santuario Futarasan.

Miho caminó en dirección a aquellos lugares con la esperanza de encontrar a Seiya, entonces, de la nada sintió su pecho oprimido y comenzó a correr con todas sus fuerzas. Miles de lágrimas resbalaban por sí solas de sus mejillas, pero prefirió no darles importancia, avanzó por gran parte del parque, estaba cansada pero no quería ni debía detenerse. Entonces vio frente a ella un viejo puente que estaba en desuso desde hacía mucho tiempo, pero un atrevido visitante se encontraba en medio de él, aferrado a los bordes viendo cómo corrían las aguas del río, ese hombre llevaba puesto un haori de color azul marino, un pantalón y una bata de hospital de color blanco y sus pies estaban completamente descalzos ¿Cómo había logrado llegar hasta ese lugar sin que nadie lo notara? Era lo que Miho pensó por unos segundos, pero ya no importaba, al fin lo había encontrado, la joven corrió por el puente hasta llegar a aquella persona.

- ¡Seiya!- gritó desesperada, mientras él volteaba a verla, su rostro estaba completamente demacrado, el cuerpo volvía a dolerle con fuerzas y la respiración se dificultaba más a cada segundo, pero la alegría que sentía de tan sólo verla podía mucho más que todo aquello.

- Miho- sonrió débilmente, un pequeño ataque de tos lo invadió, pero Seiya intentó controlarlo y caminó con paso lento hasta ella y la abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban.

- ¿Por qué lo hiciste? Si estamos juntos morirás- decía entre lágrimas la joven. Seiya por su lado acercó su rostro hasta el pecho de su novia.

- Si debo morir, quiero que estés a mi lado…- murmuró con suavidad encendiendo su cosmos- me gusta oír los latidos de tu corazón…no permitiré que mueras tu también, ella puede acabar conmigo, pero haré lo que sea para salvarte.

- Por favor detente, quiero que vivas y que seas feliz, aunque debas vivir con otra mujer-

- No podría, eso sería vivir en un engaño- Seiya intentó afirmarse nuevamente en uno de los extremos del puente, Miho le ayudó y el tomó su mano con ternura- Este río se llama Daiya y este puente es el sagrado puente Shinkyo, cuando éramos niños vine con Seika de visita a este lugar, me gusta ver el agua correr tan veloz e imparable, deseaba venir aquí contigo. La vida es como un río Miho, fluye sin detenerse, en su recorrido hay rocas de muchos tamaños intentando detenerlo, o incluso alterando su recorrido, pero a pesar de todo logra pasar por ellas hasta llegar al mar. Esta maldición es como esas piedras, pero no logrará hacernos daño, aún si debo morir lo haré feliz, porque tú estás a mi lado, entonces te protegeré para que no estés sola y puedas formar ese hogar con el que ambos hemos soñado.

- ¡Seiya!- Miho lo abrazó una vez más, no podía parar de llorar, sabía que esa era una despedida.

- Perdóname por haber sido tan egoísta, debí haberle hecho caso a Saori y evitarte todo este sufrimiento-

- No, no puedo perdonar egoísmo donde no lo hay, siempre he estado dispuesta a seguirte hasta el final, decidas lo que decidas, estos meses juntos han sido los más hermosos que he tenido, naciste para ser libre Seiya y decidir por ti mismo, la única que ha sido egoísta he sido yo por querer alejarme de ti sabiendo que lo único que deseabas era estar a mi lado- Miho entre lágrimas intentó sonreír para calmar a su novio, pero no consiguió esbozar ese gesto.

- Miho, no llores, esto es para ti, gracias por darme tu amor y tu comprensión- Seiya tenía el regalo de Miho en una de las mangas del haori, lo sacó y lo entregó a su novia- feliz White Day.

La joven recibió el paquete con una mezcla de ternura y dolor, lo abrió con delicadeza y encontró dentro de él una caja con bombones de chocolate blanco que tenían forma de corazón.

- Son tus chocolates favoritos Seiya- dijo mientras recordaba que él solía devorarlos en tan sólo unos segundos. Seiya tomó con debilidad uno de los bombones y lo condujo hasta la boca de Miho.

- Estos son chocolates para ti- la joven abrió la boca con timidez ante ese gesto tan íntimo, y probó el corazón de chocolate blanco. Su dulzura invadió pronto su lengua y su paladar, entonces, Seiya cogió a la joven por la cintura y la besó con desesperación, pensando en que esa sería la última vez que podría hacerlo. Sus labios permanecieron unidos por un instante, opacando el dulce sabor del bombón, así como el calor del cuerpo de Seiya atenuaba el de los rayos del sol del atardecer, todo el ambiente parecía estar envuelto en una especie de magia, el aire fresco, el ligero sonido del agua fluyendo por el río, el cantar de los pájaros de los árboles enormes de los santuarios aledaños. Hasta que en medio de aquel candoroso beso, tras el suave gusto del chocolate, remplazando el perfume masculino del cuerpo de Seiya, el penetrante sabor y olor de la sangre invadió el paladar de Miho, las lúgubres campanadas de los templos budistas resonaban al mismo tiempo espantando y haciendo volar a los cuervos, su estridente canto simbolizaba la hora en que el sol declinaba, pero también representaba en la mitología japonesa, la intervención de los dioses en los asuntos de los mortales.

- Nunca olvides que te amo…- el cuerpo de Seiya se volvió muy pesado, y cayó sobre la joven completamente inerte, mientras una lágrima brillante como un cristal resbalaba por su mejilla.

- Seiya, abre los ojos, resiste, dijiste que habías regresado por mí, que querías que te ayudara a tener hijos ¿Recuerdas? No me dejes, mira, estos son tus chocolates favoritos, si quieres los comeremos juntos bajo nuestro árbol, pero no te vayas…Seiya... ¡Seiya!- un grito desgarrador asustó a los cuervos, el sol se ocultaba con la vida del joven jardinero, Miho sintió una enorme punzada en el corazón y cayó desmayada junto a él. Si la maldición de Saori se cumplía al pie de la letra, sería la próxima en morir.


Miho se encontró de pronto en una oscura habitación, llevaba puesto un sobrio kimono de color negro, estaba completamente sola sin nadie que pudiera hacerle compañía, lo sabía, ese era el precio que debía pagar por provocar la ira de una diosa. Pero no le importaba, amaba a Seiya, lo último que podía hacer en ese momento por ese noble y puro sentimiento sería velar su cuerpo, y prepararlo para el funeral. Miró en todas direcciones buscando una puerta que le permitiera salir de esa habitación para esperar a la funeraria que traería el ataúd de madera blanca en el cual había que poner el cuerpo de su novio, y vio que a través de una de las correderas que comunicaban con un patio interior se filtraba la luz de la luna llena, dando algo de claridad al lugar. Al centro, recostado sobre tatami estaba Seiya con los ojos cerrados, vestido con un kimono ceremonial blanco, cubierto por un futon. Sólo faltaba ocultar su rostro bajo un paño de color blanco que Miho notó que sostenía entre sus manos, caminó con paso lento hacia él, pensando en lo que necesitaría para poder despedirlo correctamente, primero, una fotografía que iría ubicada sobre el ataúd, la única que ella poseía era aquella vieja imagen de Seiya en el torneo galáctico, la misma que la acompañaba cada vez que lloraba por él esperando su regreso, desteñida por el tiempo y por la pena, según la tradición debía además agregar en el ataúd objetos que recordaran al difunto, el único gran objeto que Seiya había utilizado en los momentos más decisivos de su vida era la armadura de Pegaso, como había renunciado a su vida de Caballero, la armadura no estaba junto a él.

Miho decidió entonces que más tarde buscaría su pequeña pala de jardinero favorita, sus últimos momentos había decidido vivirlos como un hombre normal, ser jardinero en el Parque Ueno era lo mejor que le había podido suceder, después de tantas muertes alrededor de su existencia, al menos eso era lo que Seiya había dicho, también debía traer ofrendas, agua, arroz y sal, que acompañarían a la fotografía y la pala. Pero había dos objetos sumamente importantes que la joven debía conseguir para que su difunto novio pudiera unirse a los dioses y convertirse en uno de ellos, un pequeño cofre de madera blanca llamado Mitamaya, que significa "Casa de augustas almas" y dentro de él poner una tabla de madera también blanca llamada Tamashiro o "Marca de almas", en ella debían ir escritos los nombres de los antepasados de Seiya, y por supuesto, su nombre también debía estar incluido, la joven no sabía con exactitud quiénes eran los antepasados de su novio, ni siquiera conocía el nombre de su madre, el jamás la había mencionado, aunque si escuchó que el señor Mitsumasa Kido era el verdadero padre de Seiya, pero él se negaba a aceptarlo como tal, después de todo, no merecía figurar como un antepasado de él, Seika, era la única que tendría ese honor. La vida de un huérfano era así, su hermana era todo para él, el resto, era un conjunto de parientes de los cuales no sabía si realmente existían, Miho lo comprendía, ella tenía una situación similar, sin un pasado que recordar, sólo un presente por el cual vivir, y un futuro con el cual soñar.

Sentía un fuerte dolor en todo su cuerpo mientras más se acercaba a su novio, como si tuviera enterradas miles de finísimas agujas.

- Pronto te convertirás en un kami, pero, yo quiero que estés aquí conmigo- las lágrimas de Miho cayeron sobre el pálido y sereno rostro de Seiya. Su oscuro y sedoso cabello, enmarcaba su imberbe y varonil faz, sus largas pestañas le daban esa belleza que sólo la muerte da a quienes se lleva con ella. Esto conmovió profundamente a la joven, quien depositó un suave beso sobre sus gélidos labios, y entonces intentó ocultar con el paño blanco esa expresión de paz para siempre, pero no pudo, el dolor era demasiado grande y se negaba a creer que él había muerto, a pesar de tener su cadáver frente a ella.

- Seiya… ¿Por qué no abres tus ojos? Dime que todo esto es una broma, ríete de mí, como cuando éramos unos niños, me prometiste que iríamos a ver los cerezos en flor, y que en el festival de verano atraparías peces de colores para los niños del orfanato, que querías ir a la playa, partir una sandía con una sola mano y ver los fuegos artificiales juntos, tenemos tanto que hacer, tanto que vivir…Seiya- Miho hablaba casi en súplicas, el frío del exterior parecía estar entrando en la habitación al igual que una luz tenue que poco a poco se hacía más intensa. De golpe se abrió la corredera, dando paso a una silueta envuelta en un potente haz de luz, que opacaba por completo a la luna y las estrellas. La joven se asustó, y adolorida, se alejó un poco de Seiya mientras que la silueta tomaba una forma física femenina junto a él.

La visitante era una joven y hermosa mujer, de piel suave, blanca, sin imperfecciones, sus labios eran de un rojo carmesí, sus mejillas de un rosa muy pálido, el castaño cabello iba recogido en un alto peinado adornado con hojas de laurel, y una diadema dorada adornaba su frente. Su cuerpo era esbelto como una finísima estatua de mármol, vestía una túnica de color blanco sin mangas que dejaba a la vista sus delgados brazos. Con delicadeza puso su oído en el pecho de Seiya, tratando de escuchar los latidos de su corazón, luego juntó su frente a la de él y sonrió después de unos segundos, abriendo sus largas pestañas, sus ojos eran de un color dorado.

- He llegado a tiempo, Átropo aún no ha cortado el hilo de tu vida, pero lo está tensando con mucha fuerza, debe ser porque tu alma se niega a salir de tu cuerpo, aún estando bajo el efecto de una maldición sigues oponiéndote a nuestra voluntad, por eso Athena te ama, la fuerza de tu espíritu es admirable- comentó con voz cantarina, luego dirigió su deslumbrante mirada a Miho.

- No me tengas miedo, no he venido a llevarme a este mortal, no soy la diosa apropiada para esta tarea. El amor puro y casto que existe entre ustedes ha conmovido a mi madre Hera, reina de los olímpicos, quien rige sobre el matrimonio y a mi tía Hestia, señora del fuego del hogar, ellas me han enviado hasta aquí para ayudarles porque no comparten el castigo que Athena les ha dado-explicó con dulzura.

- ¿Quién es usted?- preguntó Miho con timidez.

- Mi nombre es Hebe, hija de Zeus y Hera, diosa de la juventud y quien custodia el néctar de Ambrosía- la deidad se puso de pie y caminó hasta quedar frente a la joven japonesa- Tu tablilla en ese santuario sintoísta fue acogida por el dios Toro que habita en ese lugar, ese es uno de los animales que sirven a mi madre, ella ha observado los pasos de Athena en esta encarnación, y aunque ha logrado proteger a la humanidad de una manera formidable, ha crecido entre mortales aprendiendo de ellos tanto sus virtudes como sus defectos, en parte ha sido culpa de mi hermano Ares, por eso mi madre se siente responsable. Saori Kido, como es llamada entre ustedes, se obsesionó con el legendario amor entre Athena y el Caballero de Pegaso, lo cierto es que en cada era, ellos renacen para encontrarse, pelear por la justicia y tener una relación especial, pero, desde tiempos inmemoriales este amor se ha dado de formas diferentes, algunas veces intenso y pasional, en otras basado en el respeto y la más pura admiración, eso es lo que ha sucedido en esta última reencarnación, pero ella se niega a comprenderlo, y su corazón se encuentra herido ante el rechazo de su Caballero de Pegaso, por eso lo ha maldito, he sido enviada para decirte que aún existe una forma de salvarlo pero debes perdonar a Athena, y a la mujer que ha maldito en su nombre ¿Estás dispuesta a hacerlo?.

- Es difícil lo que usted me pide- suspiró Miho- pero si existe una forma de salvar a Seiya, estoy dispuesta a perdonar a Saori Kido y también a Athena.

- Veo que hablas con la verdad- la diosa miró mucho más allá de los ojos de la joven, intentó llegar hasta el fondo de su corazón, y lo que vio le dejó complacida- Entonces, escucha bien lo que te diré, tenemos poco tiempo, debes actuar con rapidez y jamás dudar, de lo contrario perderás a Seiya para siempre, la maldición no se romperá y la siguiente en morir serás tú- Hebe se expresó con una profunda sinceridad y seriedad.

- Dígame lo que debo hacer- Miho desconfiaba de los dioses con los que Seiya había tenido que combatir, pero la diosa de la juventud le pareció tan imponente, tan sincera, ella no podía ser mala o al menos nada que viniera de ella podría dañar a su novio más de lo que ya estaba, debía creer, los milagros existían, pero si cerraba su mente nada sucedería.

- He traído una pequeña botella de cristal que contiene Ambrosía, el néctar que le otorga a los dioses la vida eterna, obviamente, en el estado en que está Seiya no podrá darle esta virtud, pero sí logrará liberarlo de la maldición, su alma se niega a abandonar aún su cuerpo, Átropo no ha podido cortar el hilo de la vida porque la constelación de Pegaso está entregándole parte de sus energías a Seiya aunque parezca que ha fallecido, pero esto no durará por mucho tiempo, cuando Helios, el Sol, aparezca con su carruaje dorado, y tome el lugar de Aurora, y el lucero del alba desaparezca, será su fin, Pegaso de día no podrá continuar dándole fuerzas, y Átropo al fin podrá cortar el hilo de su vida. Debes hacer que beba la Ambrosía antes de que eso ocurra, si así sucede y tu amor y tu voluntad son tan fuertes como los de Seiya, ambos se salvaran ¿Crees que podrás hacerlo?-

- Amo a Seiya, haré todo lo que sea con tal de que él pueda regresar a mi- contestó Miho llena de valor.

- No será fácil, la maldición ya está actuando sobre tu cuerpo, mientras más te acerques a Seiya, el dolor se volverá insoportable, sólo se detendrá cuando él la haya bebido por completo- la diosa hizo aparecer la pequeña botella de cristal y la puso en manos de Miho- No podemos hacer nada más, ahora tu destino y el de Seiya dependen de ti, debes saber que aunque logres salvarlo, siempre será de esa manera, la vida misma constituye un desafío, y más aún para quienes desean compartirla juntos, que Tiké, señora de la fortuna te proteja.

Hebe sonrió con amabilidad y desapareció en un enorme haz de luz, dejando a Miho completamente a oscuras.


Seiya sentía un frío enorme, su cuerpo ya no le dolía, no sentía malestar alguno, atrás quedó el sudor helado, el sabor a sangre en su boca, las punzadas de dolor por todo su ser. Se sintió muy liviano, y entonces, se percató que estaba en una sala de hospital muy distinta a las otras en que estuvo interno. Había una luz muy tenue, muchos compartimientos, como si fueran casilleros, sobre un mesón yacía una serie de implementos quirúrgicos, comenzó a recorrer el lugar tratando de saber dónde estaba, cuando tropezó con una camilla que tenía un cuerpo completamente cubierto con una sábana blanca, le invadió una curiosidad enorme, tomó la sábana y la levantó con cautela. Un grito aterrador salió de sus labios al ver quien estaba sobre la camilla.

- ¿Sorprendido?- escuchó decir a alguien, volteó para saber de quién se trataba. Frente a él, había una mujer hermosa, pero por su cabello completamente canoso, se notaba que era mucho mayor que él- No me mires así, sabes que ese es tu cuerpo, estás muerto Seiya.

- ¿Quién eres? ¿Cómo puede ser eso posible? Yo estoy aquí…- intentó comprender confundido en voz alta.

- ¿No te has dado cuenta? Poco a poco te conviertes en un ser etéreo, tú eres el alma del que yace en esa camilla, ha llegado tu hora- la mujer caminó hasta quedar frente al alma de Seiya- Mi nombre es Átropo, una de las señoras del destino o Moiras, soy quien corta el hilo de la vida- explicó mientras tomaba con delicadeza un cordón plateado que nacía del ombligo del cuerpo de Seiya y llegaba hasta el ombligo etéreo de su alma.

- Aléjate, no permitiré que me lleves- dijo con decisión tratando de evitar que la mujer tocara el cordón- Aún tengo mucho que hacer en esta vida, quiero formar una familia con Miho, tener hijos, vivir de una manera tranquila, se lo prometí a Seika y también me lo prometí a mi mismo- insistió.

- Muchos al igual que tú, comprenden lo que perdieron durante sus vidas en este preciso momento, pero todo tiene su tiempo Seiya, incluso tú, a quien he estado a punto de cortar el hilo de su vida innumerables veces- dijo la diosa con una expresión de compasión- así es la vida de ustedes los mortales, son sólo un breve suspiro en medio de la eternidad.

- ¡Pero yo quiero vivir! ¿Acaso no he arriesgado mi vida por la humanidad? Tengo derecho a ser feliz, aún me queda mucho por hacer junto a Miho- insistió desesperado Seiya.

- La maldición de Athena es muy poderosa, fuiste en contra de la voluntad de una diosa, este es el precio que ella te ha hecho pagar, acéptalo- Átropo hizo aparecer unas viejas y mohosas tijeras y cogió el cordón de plata del joven y comenzó a tensarlo.

- ¡Suéltame! No quiero morir, antes debo encontrar la forma de salvar a Miho, debo protegerla- Seiya se abalanzó contra la diosa para golpearla, pero su ser traspasó a la mujer, como si estuviera hecho de aire.

- Me habían dicho que eres obstinado, en varias ocasiones los dioses han deseado tu muerte, pero tu fuerza de voluntad ha evitado que este hilo se corte, para asegurarme de que esta vez no suceda he venido a cortarlo directamente de tu cuerpo- comentó Átropo abriendo las tijeras para cortar y separar el alma de Seiya de su cuerpo, estas comenzaron a cerrarse con lentitud, la diosa hacía su trabajo con calma, mientras que el joven comenzó a sentir su cuerpo cada vez más liviano. La sensación que esto producía en él, generaba una calma enorme, desde donde estaba, veía su cuerpo cubierto por la sábana, con los ojos cerrados, como si sólo estuviera dormido, tal vez, eso era lo mejor, no volvería a sufrir, se reuniría con Seika una vez más, descansaría finalmente sin más guerras santas, sin más sacrificios, sin más dolor.

Átropo continuó cortando despacio el cordón de plata.

La sensación de bienestar se multiplicaba en el alma de Seiya mientras más avanzaba la tijera de la diosa de lo inevitable. Una multitud de recuerdos acudieron a su mente, los hechos de su vida aparecieron delante de él como una película, todo cuanto había hecho, desde que Seika cuidaba de él en el orfanato, la estancia en la mansión Kido, el entrenamiento en Grecia bajo la tutela de Marín, sus enemigos, las grandes batallas que había lidiado, las doce casas, Asgard, el templo de Poseidón en las profundidades del océano, el Hades, donde la espada del dios del inframundo atravesó su pecho, otras guerras con diversos dioses del Olimpo, la muerte de su hermana, quien apenas lograba recordarlo, su renuncia a la Orden de Athena, la maldición de Saori, y un reencuentro en una playa de arena gris, con las estrellas titilando en la distancia, todas ellas, brillantes, y en medio, la constelación de Pegaso iluminando a una mujer que lloraba junto al mar, sus cabellos eran negro azulados, su piel blanca estaba algo bronceada por el trabajo diario, sus ojos claros le miraban con sorpresa, él corrió hacia ella, ambos cayeron al agua, pero luego se levantaron, se reconocieron y se besaron.

- ¡Estás vivo, Seiya! Y has vuelto, bienvenido a casa-

- Bienvenido a casa- murmuró recordando aquella palabra, su condición de huérfano jamás le dio la oportunidad de tener una casa, o algo a lo que pudiera llamar hogar, pero esa palabra resonó en su ser etéreo como si fuera realmente importante- Bienvenido a casa- dijo esta vez un poco más alto, mientras el cordón plateado que salía de su ombligo flotaba cada vez más libre de su atadura física, Átropo estaba terminando su tarea.

- Bienvenido a casa- Seiya habló con voz clara y potente- mi casa, mi hogar, mi familia está junto a Miho, decidí que así sería, por favor, Pegaso, aunque renuncié a ti, sólo por esta vez, dame de tus fuerzas, no quiero morir, quiero estar junto a ella una sola vez más, te prometo que no desperdiciaré esta oportunidad.

En el preciso instante en que Átropo iba a dar el corte que separaría definitivamente el cuerpo de Seiya de su alma, un potente haz de luz que llegó desde el infinito y rodeó el cordón de plata la interrumpió. La tijera no logró hacer el corte, por más que la diosa lo intentaba.

- ¿Qué está sucediendo? Jamás ha fallado mi tijera con ningún mortal ¿Acaso eres un dios?- Átropo retrocedió en vista de que no había logrado cortar el cordón de plata- ¡Eso es imposible!

- No soy un dios, es Pegaso, mi constelación ha escuchado mis súplicas y ha venido en mi ayuda- Seiya sostenía el cordón, el cual resplandecía como la luz de las estrellas.

- Ya veo- Átropo sonrió acariciando sus tijeras- No eres un dios pero ese no es motivo para que no te rindas en la adversidad, incluso en la muerte eres admirable, no me agrada la idea de cortar un hilo tan valioso, pero debo cumplir con mi tarea, para eso es que existo, si tienes suerte, quizás alguien te socorra a tiempo, Pegaso sólo podrá protegerte mientras resplandezca en el firmamento, al llegar el día y Helios opaque su brillo, no podrás detener mis tijeras, hasta entonces esperaré- la diosa desapareció de aquella sala, mientras el alma de Seiya regresaba por un instante a su cuerpo.


- ¡Miho, Miho, Miho despierta!- la voz de Eris trajo de regreso a Miho del mundo de los sueños a la realidad. En cuanto Hyoga llegó al orfanato preguntando por la joven, Eris dijo que había ido al Parque Ueno, y ambos se dirigieron hacia allá con la esperanza de encontrar a la pareja a salvo, más no fue así. Seiya estaba tendido en medio del puente Shinkyo sin ningún rastro de signos vitales, y Miho estaba abrazada a él, aparentemente desmayada. Tan rápido como pudieron, llamaron a la clínica de la Fundación Graude para trasladarlos de urgencia. Pero todo fue en vano. Los médicos constataron el deceso de Seiya, y después de hacerle exámenes a Miho le diagnosticaron Leucemia, claro que la joven desconocía esta condición, porque mientras le revelaban la terrible noticia a Eris y a Hyoga, ella dormía en una de las habitaciones del recinto. La rubia estaba entristecida, y al ver a su amiga tan tranquila, tendida en la cama, le habló en voz alta temiendo que estuviera también muerta.

- ¿Fue un sueño?- pensó mientras habría los ojos, pero luego sintió algo entre sus manos, era la botella de cristal con Ambrosía que la diosa Hebe le había dado para salvar a Seiya, al comprender que todo era verdad, Miho se levantó de inmediato- ¿Dónde está Seiya?

- Miho…Seiya, Seiya está…- los ojos de Eris se llenaron de lágrimas, no sabía cómo decirle a su amiga lo que había pasado con Seiya.

- Eris ¿Qué hora es? ¿Ha salido el sol?- preguntó Miho pero su amiga era incapaz de responder aquella interrogante, la joven no perdió su tiempo, y a pesar del dolor de su cuerpo, se levantó y abrió las cortinas de la habitación, percatándose que poco a poco el cielo comenzaba a aclarar y las estrellas a desaparecer, pero, para su fortuna el lucero del alba aún estaba en su lugar.

- Miho, has despertado- escuchó decir a Hyoga, y desesperada se dirigió a él.

- ¿Dónde está Seiya? ¡Sé cómo salvarlo, pero tengo poco tiempo!- Al escucharla, Hyoga y Eris se miraron entre sí con preocupación, pensaban que la joven se negaba a aceptar la muerte de Seiya.

- Lo siento, pero ya no podemos hacer nada- contestó con pesar el caballero del Cisne mientras se le nublaban los ojos y trataba de contener las lágrimas.

- ¡No me entienden! Seiya aún se resiste a morir- Miho salió corriendo fuera de la habitación, de seguro tenían a Seiya en la morgue, tenía que encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde.

- ¡Miho!- Eris intentó detenerla por su estado de salud, pero Hyoga lo evitó.

- Quizás acepte su partida si ve su cuerpo inerte-

Guiada por su corazón, por las señal éticas del hospital y por el dolor de su cuerpo, sus articulaciones y la fiebre que comenzó de pronto, Miho logró subir a un ascensor que conducía a la morgue en el subterráneo del edificio. Al mismo tiempo, el sol, Helios, avanzaba inexorablemente sobre la bóveda celeste, mientras que el lucero del alba se extinguía junto con la vida de Seiya.

- ¿Quién es usted?- preguntó el encargado de la morgue al ver a Miho vestida con un camisón de la clínica caminando a duras penas.

- Soy la novia de Seiya Kido ¡exijo ver su cuerpo ahora mismo!- contestó sin siquiera pensarlo, y a pesar de que el encargado insistió que necesitaba la autorización de algún médico de turno, la joven lo ignoró por completo y entró decidida a la sala.

Seiya estaba recostado sobre una camilla, completamente desnudo, cubierto por una sábana de color blanco. Dentro de poco le harían una autopsia para determinar las causas de su muerte.

- ¡Seiya!- Miho se aproximó hacia él, cada paso era un suplicio enorme, la visión se ponía borrosa mientras más se acercaba, el dolor de su cuerpo era insoportable, pero tenía que salvarlo. Cuando estuvo frente a él, sacó la botella con Ambrosía- ya estoy aquí, por favor, resiste.

Ante los reclamos del encargado Miho levantó la sábana hasta el pecho de Seiya, sujetó su cabeza con suavidad y le dio a beber el elixir, en el preciso momento en que el lucero del alba desaparecía por completo y Átropo, sigilosa, aparecía con sus tijeras en mano sosteniendo el cordón de plata que venía a cortar. El corazón de la joven latía con fuerza, estaba desesperada, dentro de sí suplicaba a los kami que protegieran a Seiya y que la ambrosía pudiera salvarlo. En ese instante Hyoga y Eris entraron a la sala.

- Miho ¿Qué estás haciendo?- preguntó la rubia asustada al verla junto al cadáver de Seiya, observándolo fijamente.

- Es demasiado tarde, él ya no está con nosotros- Hyoga puso una mano en su hombro, mientras la ambrosía resbalaba por la boca de Seiya hacia afuera.

- Seiya- dijo casi en susurros y lloró con amargura junto a él- Lo siento, lo siento tanto, perdóname, me esperaste hasta el final y te he fallado.

- ¿De qué hablas Miho?- Eris miró a Hyoga sin comprender las palabras de su amiga, esa situación era demasiado alarmante, ella había enloquecido- es mejor que salgamos de aquí, hay que hacer los preparativos para lo que se viene- dijo con cautela para no mencionar la palabra funeral.

- Miho, debes descansar, tu salud no es muy buena en este momento- intentó decir Hyoga para sacar a la joven de la morgue.

- ¡No quiero! ¡He descansado toda mi vida sin poder hacer nada por Seiya, mientras él arriesgaba su vida para protegernos de esos dioses! ¡No es justo!- Eris abrazó a Miho con fuerza, estaba llena de tristeza, el dolor de haber perdido a quien amaba era terrible, sentía como si le hubieran arrancado una parte de su cuerpo, ya no le importaba nada ni siquiera la muerte. Hyoga tomó a la joven por los hombros con suavidad y la condujo fuera de la morgue mientras Eris los seguía, cuando llegaron a la puerta una voz los detuvo.

- Esperen…no quiero quedarme aquí-

Esa voz era familiar para los tres, al igual que el cosmos que junto a los rayos del sol del nuevo día comenzaba a arder brillante, con una renovada y enorme fuerza.

- ¡Seiya!-

Mientras los tres corrían hacia el joven, Átropo sonreía oculta a la vista de todos con sus tijeras en mano.

- Ambrosía, muy inteligente jugada, pero aunque usaran ese elixir, nadie puede escapar al destino impuesto por las Moiras, ni siquiera los mismos dioses, por esta vez, y en vista de la injusta decisión de Athena, he decidido dejarte vivir, pero nos volveremos a ver algún día Seiya, hasta entonces-


El renacimiento del cosmos de Seiya fue enorme, la explosión de energía atravesó cordilleras, ríos, lagos, ciudades y mares, aquellos quienes eran santos de Athena o que alguna vez estuvieron involucrados en alguna guerra santa lograron percibir aquella rareza en el ambiente. En Rodorio, Saori se encontraba serena bebiendo una copa de vino junto a una fuente de agua, acompañada por Shun.

- ¡Ese cosmos es de…!- al sentir la energía de Seiya, Shun trató de disimular su alegría, sabía sobre la maldición de Athena, pero no podía revelar aquel acto de la diosa a los demás caballeros de la orden, si eso sucedía, la diosa perdería el respeto de todos aquellos quienes juraban servirle, así se lo hizo entender Saori, junto a otros detalles más que sólo consiguieron que él terminara sirviendo a su lado como un mero espectador de la desgracia de su amigo, por eso intentó ayudar en secreto a Seiya para que viajara lejos de la diosa y pudiera encontrar una solución, pero en lugar de hacer eso, el obstinado Seiya se había marchado a Japón para buscar a Miho, Shun sabía que eso sería una muerte segura, pero justo en ese momento, al sentir su cosmoenergía se dio cuenta que la maldición se había roto.

- Las Moiras no lograron llevárselo al Hades ¿Por qué? Mi maldición fue bastante clara- Saori dejó el cáliz dorado en el que estaba bebiendo, y miró las aguas de la fuente, en ellas se reflejaba Seiya de pie cubierto hasta la cintura por una sábana blanca y Miho abrazándolo entre lágrimas.

- Athena, sabes que ningún dios controla las decisiones de las Moiras, además, ellas no son las únicas que estaban en contra de la maldición que arrojaste sobre Seiya- comentó Shun con seriedad.

- Hera, Hestia, Hebe, Iris…todas ellas están en mi contra, siempre ha sido así, ellas no me preocupan, tampoco que mi maldición se haya roto. Todos ustedes, los que han sobrevivido a todas las batallas en contra de los dioses, quienes me han ayudado a restablecer la paz, me pertenecen, Seiya está deslumbrado por querer tener una vida normal, pero la verdad es que siempre tendrá que regresar a mi, veré que lo entienda, su vida y su destino son míos lo quiera o no- Saori cogió nuevamente su cáliz dorado y derramó el vino sobre la fuente, la imagen de Seiya besando a Miho quedó cubierta por el rojo del vino, mientras ella se retiraba a sus aposentos. Shun levantó el cáliz que la diosa había dejado y notó que se había puesto de color negro.

- Saori está furiosa, parte de su energía oscura fue absorbida por el oro de este cáliz, ya nada es como antes, nuestra diosa ha sucumbido ante las imperfecciones de los mortales, deberás estar alerta Seiya, Athena hará lo que sea para traerte de regreso o destruirte-


Transcurrió exactamente un mes para que los médicos se decidieran a darle el alta oficial a Seiya después de hacerle muchos exámenes, Miho salió mucho antes debido a que los nuevos resultados sobre su leucemia indicaban que había una equivocación y la joven gozaba de muy buena salud. El caso del joven japonés le dio la vuelta al mundo, en particular por haber regresado a la vida después de habérsele declarado desahuciado. Sin embargo, Seiya se negó a dar entrevistas y conferencias a programas de televisión o periódicos.

Hyoga habló escuetamente con Saori, informándole de todo lo sucedido, con excepción de la maldición que ella le había arrojado a Seiya. El Caballero del Cisne ignoraba por completo que la diosa sabía a la perfección todo con lujo de detalles, y le comunicó que dadas las circunstancias tardaría en regresar al santuario, por lo menos hasta asegurarse que su amigo de verdad estaba mejor de salud.

La primavera había llegado, el Parque Ueno estaba en todo su esplendor, Seiya se había tomado el día libre y había llevado a Miho, a Hyoga y a Eris de visita a ese lugar. Mientras caminaba con su novia en dirección a uno de los santuarios sintoístas para agradecer a los kami por haber intervenido ante la diosa Hera, Hyoga y Eris los esperaban sentados bajo unos cerezos en flor, junto a un riachuelo por donde se veían pasar botecillos con gente en ellos.

- Aún no puedo creer que Seiya se haya salvado de esa maldición, esto parece una historia de ficción- reflexionaba el Caballero del Cisne- esta vez los dioses realmente fueron misericordiosos.

- ¿De verdad crees que fue obra de ellos?- preguntó Eris- yo pienso que ellos vieron el enorme amor que hay entre Seiya y Miho, eso les conmovió, algo tan puro y sincero pocas veces se ve en estos tiempos, si ellos no eran capaces de proteger algo tan bello no serían dignos de llamarse dioses, en el fondo, de no ser por la fortaleza de ambos, por creer el uno en el otro, y en ese sentimiento mutuo, la maldición no se habría roto y ni Seiya ni Miho estarían aquí con nosotros.

- No lo había visto de esa manera- Hyoga, quien estaba tendido sobre el césped, se incorporó para quedar sentado junto a Eris- Por cierto, hay algo de lo que quiero hablarte, lo he pensado desde hace algún tiempo y ahora que tengo las ideas más claras siento que debo preguntártelo-

Estas palabras provocaron un terrible escalofrío que recorrió de pies a cabeza a Eris, su relación con el Caballero del Cisne había mejorado mucho el último tiempo, incluso, aunque con un par de semanas de retraso le había llevado un obsequio por el White Day ¿Por qué quería hablar de algo justo en ese momento si era un día tan bonito?

- ¡Vas a terminar conmigo!- dijo cubriéndose los oídos con las manos y cerrando los ojos para no verlo.

- Eris, escúchame por favor- insistió Hyoga tomando las manos de la joven- sé que he estado un poco distante, lo siento, pero todo lo que sucedió con Seiya me ha dejado mucho en qué pensar, desde el principio creí que para no hacerte sufrir lo mejor era terminar, porque aunque te amo no puedo darte una vida como la de tus revistas y novelas románticas, soy un caballero de Athena, mi deber es protegerla y también a la humanidad, pero me di cuenta que dentro de esa humanidad estás tú, no puedo darte la vida que deseas pero si me aceptas prometo esforzarme para hacerte feliz, Eris, quiero que seas mi esposa, no puedo vivir el resto de mi vida sabiendo que tuve el verdadero amor a mi lado y lo dejé ir.

Ante la declaración de Hyoga, sus palabras cargadas de sinceridad y amor, Eris comenzó a sollozar con fuerza mientras él se rascaba la cabeza sin comprender qué había hecho mal.

- ¿Eso es un no? ¿Es porque no te lo pedí de rodillas y con una sortija en la mano? Te compraré una, aunque no tengo mucho dinero, ¡ya sé! Haré una de hielo- comenzó a hablar nervioso Hyoga ya que todos los transeúntes los estaban mirando, pero la rubia quien ya se había calmado puso uno de sus dedos en la boca de su novio para que se quedara callado.

- Acepto-

- ¿Qué?- Hyoga abrió sus ojos asombrado por la respuesta.

- Entiendo cuáles son tus deberes de caballero, si no los comprendiera y aceptara, significaría que no te amo de verdad, nada es perfecto en esta vida, para que las cosas funcionen siempre hay que poner de nuestra parte y de vez en cuando hacer pequeños sacrificios, no sé cómo será nuestro futuro pero sé que te quiero en él- Eris abrazó a Hyoga, y ambos se besaron bajo los cerezos en flor, como símbolo del compromiso que nacía entre ellos.

Otro mes pasó, y un caluroso catorce de Mayo, con una sencilla ceremonia en una de las pocas capillas católicas que hay en Tokyo, Eris y Hyoga se casaron, la pareja se veía completamente radiante, y la joven al fin había cumplido su sueño de llevar un hermoso vestido de novia. Dentro de los invitados se encontraban Seiya y Miho, quienes fueron padrinos, él del novio y ella de la novia, también estaban los niños del orfanato quienes arrojaron granos de arroz y pétalos de flores a los novios a la salida de la iglesia, símbolo de la prosperidad en el hogar. Nadie, fuera de Seiya, acudió a la boda desde el santuario, en parte porque Hyoga quiso mantener su boda en secreto, Saori no estaba dentro de sus cabales, esa era su conclusión, no quería cometer riesgos con su amada Eris, hablaría con su diosa después de la boda.

- No puedo creer que Eris esté casada, su revista decía que Hyoga era difícil de convencer- comentó Ritsu a Miho durante el banquete.

- Así es, pero luego de que releyó la revista unas cincuenta veces más encontró un par de párrafos que decían: "Un acuario jamás olvida a su primer amor" y "Jamás un hombre acuario será igual a otro de su mismo signo"- explicó ella sonriente.

- ¡Chicas, arrojaré el ramo!- gritó eufórica la rubia quien había ensayado muchas veces ese ritual antes de la boda, para que Miho o Ritsu lo atraparan, pero con horror después de lanzarlo se dio cuenta de que el ramillete de flores había caído en manos de Seiya- ¡Oye, esto es sólo para chicas!

- Deberías tener una mejor puntería, pobre Hyoga la que te espera con una esposa así- se quejó el aludido.

- Será mejor que le des ese ramo para que lo lance de nuevo o lo pondrán de adorno en tu funeral- comentó Hyoga en tono de burla.

La tarde avanzó con rapidez y la fiesta de boda terminó. A la mañana siguiente los recién casados se encontraban en el aeropuerto con destino a Siberia donde vivirían desde ahora en adelante, eso sí, Hyoga visitaría el santuario para anunciar su matrimonio después de su luna de miel.

- Miho, te extrañaré, intentaré llamarte todos los días- lloraba Eris abrazando a su amiga- Gracias por cuidarme y soportar mis locuras.

- Me basta con que seas feliz junto a Hyoga y que no perdamos contacto entre nosotras, no llores- sonrió Miho correspondiendo al abrazo de la rubia- también debo agradecerte por acompañarme en los momentos más difíciles de mi vida.

- ¡Te escribiré todos los días, aunque tenga la entrada al correo prohibida!-

- Es hora de abordar- dijo Hyoga con amabilidad tomando la mano de su esposa- Gracias por todo Seiya y también a ti Miho, en cuanto lleguemos a Siberia trataré de llamarles para que sepan que estamos bien.

- ¿Perderás tu tiempo en eso? Deberías aprovechar mejor tu luna de miel, en otras cosas- se burló Seiya haciendo énfasis en lo último, mientras que Hyoga y Eris enrojecían hasta las orejas.

- ¡No digas esas cosas Seiya!- le regañó Miho.

- Ya tenemos que irnos, Seiya, está de más que te diga que te cuides- sonrió Hyoga estrechando la mano de su amigo y de paso le habló a través de su cosmos- Si Saori está decidida a alejarte de Miho es mejor que estés siempre preparado, no prometo nada, pero intentaré hablar con ella.

- Lo sé- Seiya abrazó a su novia por la cintura- no te preocupes, mientras Miho este conmigo y nos cuidemos mutuamente, estaremos bien-

- Entonces puedo irme tranquilo, nos volveremos a ver- Hyoga y Eris se despidieron y partieron rumbo a su nuevo hogar. Seiya por su lado le pidió a Miho pasar de visita a aquel santuario sintoísta donde ella había puesto una tablilla hace poco más de dos meses.

- ¿Por qué me traes hasta aquí Seiya?- preguntó la joven.

- Yo también quiero poner una tablilla al dios Toro que nos ayudó- comentó él mientras escribía en la madera y luego la colgaba junto a la de Miho.

"Soy el único que hará feliz a Miho, así que deseo que nunca permitas que me alejen de ella".

Miho leyó el deseo de Seiya y se ruborizó, él tomó su rostro con ternura y la besó con suavidad.

- Te ves linda enojada, pero así me gustas mucho más. Ahora, creo que debemos discutir sobre nuestra boda- dijo Seiya alejándose un poco de los labios de su novia.

- Seiya, no juegues conmigo-

- Hablo en serio, cuando logre ahorrar algo de dinero compraré una casa o un pequeño departamento, nos casaremos y te necesito para que me ayudes a tener hijos, con unos once tendremos un equipo de fútbol familiar, yo seré el director técnico…- Seiya alegremente no paraba de hacer planes para el futuro mientras Miho lo escuchaba, en el corazón de ambos, las heridas del sufrimiento poco a poco cicatrizaban, habían sobrevivido a la maldición de una poderosa diosa, y ahora tenían un enorme camino que recorrer juntos. La primavera estaba en todo su esplendor, pronto llegaría el verano, luego el otoño y después el invierno. El tiempo avanzaba inexorablemente, las ciudades, las personas, todo cambiaba una y otra vez, pero el amor, a pesar de todo seguía habitando en el alma de los seres humanos, lo que no era capaz de destruirlo era capaz de fortalecerlo.

FIN.

Palabras raras que no fueron explicadas en este fic:

Haori: chaqueta similar a un kimono pero más corta.

Al fin queridos lectores este fic ha concluido, disfruté mucho escribiéndolo por un instante Seiya y Miho no lograban ver la luz, de hecho, Melpómene la musa de la tragedia me decía "mátalos, mátalos" pero pude controlar mi cuerpo y no los maté jajaja. Quisiera a futuro escribir la continuación de esta historia desde otra perspectiva que no tenga que ver con el día de San Valentín ni con el Día Blanco, sino más enfocada a una relación de pareja entre Seiya y Miho, con Saori nuevamente como la villana, basada quizás en mis shoujo predilectos, karekano, mermelade boy, clannad, sé que a la media de los fans no les gusta el Seiya/Miho pero a mi me gusta darles una oportunidad. Por eso agradezco que les haya motivado leer esta historia, espero les haya gustado el final. Un cariñoso y cordial saludo a Alyshaluz y a Inatziggy Stardust, gracias por su apoyo, también a la querida Fabiola Brambila y a June Star grandes amigas que conocí aquí en esta página.

Debido a mi tesis y la presión de la sociedad sobre mi por terminar mi carrera, me tomaré unas vacaciones de si todo sale bien hasta Diciembre y regresaré para dedicarme a Saint Rockers y a Paralelamente que los he tenido descuidados, y por supuesto a continuar con más historias que mi imaginación me dicte y que Melpómene no trate de convertir en tragedias, ser su habitáculo no es fácil. Saludos a todos y gracias por leer.

Mel-Gothic de Cáncer.