IV
Vicisitudes nocturnas
Buck's Row era como cualquier otra calle del distrito de Whitechapel; hedionda y atiborrada de malos hábitos. Hermione resistió varias veces la necesidad de usar un encantamiento casco-burbuja para protegerse del olor, aunque le habría sido más difícil evadir los trozos de mierda que yacían desparramados por la calle si lo hubiese hecho.
Afortunadamente, no había mucha gente a esas horas. Hermione notó que varios ojos la seguían con avidez, otros con curiosidad y algunos con absoluta desidia, pero nada de eso le importaba.
Pronto, halló lo que buscaba; un nutrido grupo de gente que parecía rodear algo... o alguien. Gracias a su sutileza con los encantamientos, se coló entre la gente y vio el horror de la muerte devolverle la cara con fría indiferencia. Se sentía indignada con las personas alrededor a causa del morbo que causaba la desgracia ajena. Decidió acercarse más para observar mejor el cadáver.
—¿Qué hace? —inquirió uno de los transeúntes.
—Oh, lo siento. Es que trabajo para el Departamento de Investigación Criminal.
Hermione, sorprendida por la mentira con la que se había sacado la sospecha de encima, examinó de cerca las heridas. Tenía varias de ellas; dos en el cuello, como era de esperarse, y varias en su abdomen. Una de ellas lucía como si el asesino hubiese tenido la intención de extraer los órganos y lo hubiera reconsiderado.
—Perdone, pero, ¿a qué fecha estamos?
—Emm... 31 de agosto —respondió una mujer que, a juzgar por sus atavíos, debía trabajar en una tienda de abarrotes.
—¿Y sabe cómo se llama la víctima?
—Mary. Mary Ann —dijo un hombre, como si ese nombre estuviera maldito.
Así que Mary Ann. Es la primera víctima conocida de Jack. Hermione estaba absorta en lo que aquello implicaba. Jack el Destripador no era un simple mito inventado por la prensa. Era un caso criminal sin resolver.
—Gracias por su cooperación —dijo Hermione, antes de irse a toda prisa del lugar. Su cabeza trabajaba sin parar, recordando todo lo que sabía acerca de los asesinatos de Whitechapel. Cinco de ellos fueron atribuidos a Jack y, si su memoria no le fallaba, el segundo iba a ocurrir dentro de una semana, en Hanbury Street. Lo único que no sabía era el lugar exacto en el que el asesinato iba a suceder, pero bastaba con un poco de anticipación para resolver el dilema.
Eran las tres de la mañana cuando Hermione llegó a su casa. Para su sorpresa, Luna seguía despierta y, lo que era más raro, seguía sentada en el mismo lugar.
—No puedes resistirte a resolver enigmas, ¿verdad? —dijo Luna sin ninguna clase de acusación. Hermione, sin embargo, se sintió como si lo hubiera hecho.
—Lo siento, Luna —se excusó Hermione, sintiéndose cansada y un poco choqueada por haber visto un cadáver desde tan cerca—. Sabes que siempre he estado fascinada con estos asesinatos.
—No te preocupes, no estaba criticándote —puntualizó Luna con una sonrisa—. ¿Sabes? Creo que puedo ayudarte con eso.
—¿Con qué?
—Con esos asesinatos —se explicó Luna, lo cual descolocó tanto a Hermione que, por momentos, no supo qué responder. Cuando vio que ella no decía nada, añadió—: Crees que seré más un estorbo que una ayuda.
—N-no. No dije eso —volvió a excusarse Hermione, quien, por alguna razón, se había sonrojado—. Bueno, sí, lo pensé, pero no me vendría mal una mano. No creo poder hacer esto sola.
—Eso pensé —dijo Luna, dando golpecitos al sillón—. Ahora, si más no recuerdo, me debes una plática.
Hermione no lo había olvidado. Decidió ir por unos refrescos y algo de comer para acompañar. Daba igual que fuese tan tarde, pues ninguna de las dos tenía que ir a trabajar el día siguiente. Podían amanecer dialogando, si querían.
—¿Cómo te diste cuenta que eras lesbiana? —preguntó Hermione, quien se moría por saber cómo Luna había tomado esa decisión, si es que así había sido.
—No es algo que puedas decidir, al menos no de forma fría —repuso Luna, mientras bebía un sorbo de jugo—. Tampoco es algo así como que los chicos son todos unos tontos insensibles e intentes buscar más sensibilidad en las chicas. Una mujer no se hace lesbiana por motivos tan pueriles. Simplemente, ocurre.
—¿Y si yo quiero experimentar?
—Te invito a que lo hagas —dijo Luna casualmente—. Pero si te gusta, no es garantía de que en realidad seas lesbiana. Lo eres cuando sientes que estás dispuesta a darlo todo por la chica que te gusta, o sea, cuando la amas de verdad.
Hermione notó cierta efusividad en cómo Luna se había expresado. Jamás la había escuchado hablar de ese modo, como si realmente sintiera lo que había dicho. También se dio cuenta que Luna la miraba fijamente a los ojos mientras hablaba. Aquello le dio escalofríos. Era extraño que una chica se sintiera así por otra, pero, Hermione pensó, era extraño para ella porque jamás había experimentado algo de esa naturaleza.
—Dijiste que habías tenido pareja. ¿Qué pasó con ella?
Luna tardó en responder. Era obvio, a juzgar por la expresión sombría de su rostro, que no era un buen recuerdo. Al final, Luna decidió ser breve, pues el dolor todavía persistía en su corazón.
—Ella se llamaba Shirley. También era lesbiana. Nos hicimos amigas de inmediato y, al mes después, estábamos saliendo juntas. Fuimos novias por un poco más de un año, hasta que una tarde, íbamos caminando por la calle, cuando un conductor ebrio le quitó la vida. Por primera vez en mi vida, no sabía qué hacer. Aún me duele pensar en ella y trato de no hacerlo.
Era sorprendente ver lágrimas rodar por los ojos de Luna Lovegood, pues era realmente difícil hacerla llorar. Hermione estaba atónita por lo fuerte que era ella, por ser capaz de soportar semejante dolor por años sin que siquiera se le notara.
—¿Y por qué no me contaste esto antes? Porque yo no sabía nada de eso.
—No necesitabas saber en ese momento —respondió Luna, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido—. Pero ahora las cosas son diferentes. La vida siempre nos da segundas oportunidades, y no quiero desaprovechar la que tengo ahora.
Hermione todavía no era capaz de decirle que sus sentimientos no eran correspondidos. En ese momento, lo que Luna necesitaba era apoyo. Se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos, palmeando suavemente su espalda y susurrándole que todo estaba bien, que el pasado ya no podía afectarle y que el presente era todo lo que importaba.
Cuando ambas se separaron, hubo un momento en el que se miraron mutuamente, como sin saber cuál era el siguiente paso. Al cabo de unos instantes, Hermione se fue alejando lentamente de Luna, pero ella tomó su cabeza para frenarla.
—Luna...
—¿Ves? Por eso me gustas.
Hermione se quedó mirándola, como sin entender.
—Eres sensible, atenta y amable. Me lo acabas de demostrar.
—Pero Ginny también lo es.
—Sí, pero es un poco temperamental —dijo Luna, alejándose lentamente de Hermione y recuperando su tono normal de conversación, aunque todavía tenía los ojos levemente hinchados—. Ser la menor de siete hermanos la hizo fuerte de carácter. No digo que no sea una buena amiga, pero a veces tiene poca paciencia, cosa que tú sí tienes. No dejas escapar un dilema hasta que lo resuelves.
Hermione soltó una carcajada.
—Parece que me tienes calada. Por cierto, ¿te encuentras bien?
—Sí, estoy mejor, Hermione. Gracias. Por estar ahí cuando te necesité.
—De nada —dijo Hermione, poniendo una mano sobre el hombro de Luna—. Por cierto, me siento halagada por lo que dijiste de mí. De verdad.
—Me alegro —repuso Luna, poniéndose de pie—. Bueno, es tan tarde que ya es temprano. Yo ordenaré esto. Tú ve a la cama.
—¿Estás segura?
—Estaré bien, no te preocupes.
