Capítulo 3

El Príncipe y el Dragón

La respiración de Draco era regular, pacífica.

El hijo de puta ni siquiera roncaba.

Harry frunció el ceño.

Primero y principal, no debería estar mirándolo mientras dormía.

¿Eso calificaría como voyerismo?

Todo lo que tenga que ver con Draco Malfoy era peligroso. Y Harry, sinceramente, no entendía qué mierda estaba haciendo.

Su pecho subía y bajaba a una tranquilidad envidiable, su rostro estaba sereno, la boca apenas abierta y desde el ángulo de Harry (desde su cama) se podían ver las pestañas rubias.

Parecía un ángel.

Con esa boca rosada, la piel pálida y el cabello rubio. Daba la sensación de ser un niño.

Pero cuando abría los ojos, siempre se convertía en un niño perdido.

Era, si mal no recordaba, la primera vez que Draco dormía bien. Bien en el sentido que no se movía entre sueños, ni gritaba, ni se rajuñaba a sí mismo. Simplemente dormía.

Y Harry había aprovechado.

Verlo dormir era como un eclipse, como pasar toda tu vida encerrado y por primera vez, ver la luz de la luna.

Porque era tan perfecto. No tenía casi ninguna falla, y si no fuera por las cicatrices, todo sería limpio.

No podía evitar mirarlo con curiosidad.

Como si buscara en ese rostro dormido de porcelana las respuestas, porque quería saber.

¿Dónde estaba el niño de once años que conoció en el tren? ¿El chico que había rechazado? ¿El que con todo su orgullo—herido—se había empecinado en hacerle la vida imposible? ¿Esto es lo que había detrás de esa máscara de frialdad? ¿Sólo tristeza y vacío?

Harry se negaba a creerlo.

Porque sabía, Merlín, sabía, que algo se le estaba escapando de las manos.

Draco frunció el ceño, seguramente en medio de un sueño, movió un poco la cabeza, mientras su respiración se agitaba y murmuraba cosas inextinguibles.

Harry se paró en silencio, como pudo se deshizo de las mantas que se habían enredado en sus pies, se sentó en la cama de Draco, que parecía cada vez más agitado.

El cabello rubio estaba desparramado sobre la almohada y a Harry le picaban los dedos de las ganas que tenía de pasar sus manos sobre él.

El pecho de Draco se empezó a agitar, mientras jadeaba en busca de aire, y él se empezó a preocupar.

Sus manos, casi con vida propia, acariciaron su cabello, que era suave como la seda. El pulgar trazó un camino, como un susurro, sobre su nuca pálida, mientras que sus dedos con callos exploraban con sutileza el cuero cabelludo.

Draco se fue calmando y una especie de calor arrasador se instaló en su pecho.

Con la palma de su otra mano acunó la mejilla pálida, y la cabeza de Draco se inclinó ante la caricia, mientras lanzaba un suspiro.

Ahora era Harry el que se sentía un tanto agitado.


—Jaque mate.

— ¡Mierda!

—Esa boquita, Potter.

— ¿Qué te haces el refinado vos?

Malfoy sólo soltó un resoplido que hizo que su flequillo bailara en el aire por un momento.

—La partida estaba casi regalada—suspiró dramáticamente—. Jugas fatal.

—Ya sé. Es como si empeorara cada año.

—No me extraña, de un inculto como vos.

Harry amplió la sonrisa hasta que le marcaron los hoyuelos, Draco apartó la mirada hacia el piso, con un color rosa en la cara.

La verdad no había sido fácil. Harry intentaba por todos los medios, pero lograr que Draco se exprese como solía hacerlo antes, había resultado un trabajo arduo.

Después de compartir el helado, había sido incómodo. Harry arregló la enfermería y Draco le dio las gracias. Harry no quería que le diera las gracias.

Ese no era Draco.

Estaba bien que le agradeciera…pero…pero era tan raro.

Ambos se habían sentido avergonzados, se notaba. Pero estaban solos e iban a estar solos por el resto del verano, lo mínimo que tenían que hacer era entretenerse. Porque Harry odiaba el aburrimiento. Porque una vez que había conseguido librarse de los Dursley no la iba a desaprovechar.

Draco— Malfoy, se corrigió en su mente, porque era Malfoy, no Draco— se veía abochornado, y Harry había pasado la mayor parte desde que había llegado observándolo.

Sabía que le incomodaba la bata transparente que se le veía el culo cuando se paraba e iba al baño, pero que la tenía que usar de todas maneras, porque casi todos los días tenían que repararle una parte de su cuerpo. Sabía que por momentos le costaba respirar y que era casi claustrofóbico. Sabía que despertaba por la mañana con las vendas esparcidas y la sangre manchando las sábanas porque las pesadillas no lo dejan en paz.

Harry sabía que Draco se avergonzaba, tal vez de sí mismo, no podría saberlo con certeza, pero no se sentía cómodo, ni con estar ahí, ni con que Harry esté ahí. O eso era lo que había pasado antes de que Harry le hablara. Porque había momentos, como ese, en donde la felicidad parecía asomarse por esos ojos, pero después el manto oscuro lo volvía a cubrir.

Y Harry tenía una curiosidad que lo mataba.

O eso es lo que se solía decir.

—Un día—dijo Harry de repente.

— ¿Eh? —Malfoy lo miró extrañado. Una expresión más que agendar. Draco no tenía muchas expresiones, a Harry le gustaba coleccionarlas en su retina.

—Eso, un día, eso es lo que te pido. Quiero que pases un día conmigo…

—Pero ya pasamos todas las benditas horas juntos ¿Qué más queres? ¿Compartir las horas en el baño?

—…en el mundo muggle.

— ¡Encima vos fuiste el que perdió la partida de ajedrez! ¿Por qué tengo que sacrificarme a ir al mundo de los mortales poco sofisticados?

Harry lanzó una carcajada.

Es que había veces en las que Malfoy decía cada estupidez.

Solía repetir la palabra mortal, como si él no lo fuera, como una especie de insulto. Si la decía significaba que no se sentía tan mal. Que el día iba a ser soportable.

Harry había pasado tanto tiempo con él que sabía lo que iba a decir incluso antes de abrir la boca.

—Bueno, pero, ¿no te aburrís de estar acá? —Malfoy evitó su mirada; era cantado que sí— Yo no me banco estar encerrado dentro de estas cuatro paredes como un prisionero. Aparte, tengo un montón de cosas que mostrarte.

Los ojos de Malfoy chispearon de curiosidad.

— ¿Qué cosas?

Harry le dio una sonrisa lobuna.

—Lo sabrás cuando me des el sí.

—Pff—rodó los ojos y con media sonrisa dijo: —. Está bien.

Harry le correspondió la sonrisa.

La verdad, sentado así, Malfoy se veía simplemente adorable.

Con la bata casi transparente que dejaba poco a la imaginación, por decirlo de alguna manera, las piernas cruzadas—como un indio— y los brazos en medio. Incluso las vendas en su cuello (que eran las únicas que le quedaban) lo hacían verse angelical.

A Harry le encantaba lo revuelto y largo que estaba su cabello. Todo despeinado, aunque no tanto como el de él, le daba un toque rebelde que hacía que su estómago se revolviera de una forma dulce.

Sus camas estaban un poco más cerca y en medio de ellas estaba el tablero de ajedrez, en donde las fichas negras de Harry se veían todas destrozadas, y las blancas de Malfoy casi intactas. Le hubiese gustado decir que había perdido a propósito, pero él nunca, ni siquiera por este Malfoy tan desequilibrado, dejaría ganar a alguien. Porque seguía siendo Malfoy después de todo. O eso esperaba. Porque ya no estaba seguro de nada.

—Y, si se puede saber, Señor Yo Lo Sé Todo, ¿cómo vamos a salir?, ¿o mejor dicho, escaparnos?

Harry fingió indignarse.

—No nos vamos a escapar, vamos a salir sin permiso—Draco lo miró como si fuera un estúpido—. Con una pequeña ayuda—añadió.

—No me importa como lo hagas, mientras yo no mueva un dedo, está bien.

Harry sólo sonrió.


Draco se aclaró la garganta.

—Bueno, y está todo listo, el único que no está listo para ser vos, ¿no te vestiste? Mira que no vamos a ir a un hospital. No podes ir así, a menos que quieras que los muggles te miren el culo.

— Cállate— y masculló algo que sonó como idiota—. Ya sé que no puedo ir así. Pero…eh…

—Hacela rápida que no tenemos mucho tiempo.

Y a Malfoy se le subieron los colores a la cara.

—Emm, bueno, y-yo no tengo.

— ¿No tenes qué? —preguntó impaciente.

—Ropa—agachó la cabeza, como si se avergonzara.

Harry frunció el ceño.

— ¿Cómo que no tenes ropa?

—Vos sí que sos estúpido—escupió irritado—. Está en la mansión, no tengo permitido ir ahí.

Malfoy se veía realmente incómodo.

Harry quiso abofetearse a sí mismo.

—Ah.

Se mordió el labio. ¿Y ahora qué? Malfoy definitivamente no podía ir así. Llamaría la atención más de lo normal.

Y sin entender por qué, eso lo irritaba.

—Bueno, supongo que puedo prestarte la mía—los ojos de Malfoy se abrieron del horror; Harry sólo rodó los ojos—. Aunque seguramente va a quedarte enorme, estás muy delgado.

Draco bajó la cabeza (otra vez).

Harry se dio una patada mental.


Después de un rato, mientras caminaban, dirigiéndose a Hogsmeade, Harry lo observó por el rabillo del ojo.

La ropa de Harry no le quedaba. Era como un niño con corbata, demasiado anticuado, no encajaba. Pero seguía viéndose adorable.

Sus mejillas estaban teñidas de color carmesí, y las ropas que Harry (que habían sido de Dudley) le había prestado le quedaban más grandes que a Harry mismo. Y eso ya era decir.

Pero después le compraría ropa, decidió. Dumbledore le había entregado dinero muggle y Harry había prometido devolvérselo más tarde.

No había sido muy difícil convencerlo. El director parecía encantado, con la única condición de que los aurores los estén vigilando constantemente. Con un rodar de ojos Harry había accedido, aunque supiera de antemano que tenía razón, no le agradaba la idea.

Cuando llegaron al traslador, Malfoy se veía nervioso.

— ¿Estás seguro de esto, Potter?

—Sí, ya te lo dije, está todo calculado.

—Dudo mucho de tu capacidad de planificar algo.

— ¿Por qué? ¿Tenes miedo, Malfoy?

Draco había soltado una risita, algo nerviosa, pero sin duda parecía un poco más calmado.

—Eso desearías.

Y ambos tocaron al mismo tiempo la roca—traslador que los llevaría al mundo muggle.

Harry sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo cuando rozó sus dedos con los de Draco.


Los dedos de Draco apretaban tanto su brazo que le estaba cortando la circulación.

Harry no dijo nada, porque el pobre se veía un poco asustado.

—Bien, comencemos—y sonrió mientras veía el pánico inundar el rostro pálido.

Lo primero que Malfoy le pidió fue ir a comprar algo de ropa, porque, según él, se sentía un elfo doméstico con esos trapos enormes que llevaba puesto.

—Quiero algo como ese chico—y señaló sin pudor a un muchacho que iba todo de negro con piercings, y el brazo lleno de tatuajes—. Claro que sin esos fierros que lleva—agregó con una mueca.

La gente los miraba. No era de extrañar, Malfoy era llamativo de nacimiento, y si bien parecía encantarle, ahora mismo sus reacciones eran completamente naturales y desmedidas.

Sin mencionar que parecía un modelo de ropa interior, salvo por la venda en su cuello y la ropa holgada que lo hacía verse extravagante. Su arrastrar de palabras y que caminaba como si fuera el príncipe de Inglaterra en una cena con la reina.

Harry agarró su mano, sin ver el sonrojo en sus mejillas pálidas, y lo arrastró a una tienda, antes de que hiciera el ridículo.

— ¿Todo negro? ¿Enserio?

Fue lo primero que dijo cuando entraron en esa tienda gótica, sinceramente no era el estilo de Harry, pero a Malfoy parecía gustarle.

—Vos también vas a probártelo.

— ¡¿Qué?! No, no, no. Yo sólo vine a acompañarte, yo estoy bien con lo que llevo puesto.

—Pero pareces un espantapájaros—y actos seguido arrugó la nariz, Harry hubiera dado saltitos de alegría, porque cada vez se parecía más a Malfoy, si no fuera por la locura que estaba diciendo—. Dale, vamos.

Y Malfoy estaba a punto de sacarse la ropa, ahí mismo, o hizo un ademán de hacerlo.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó alarmado Harry.

—Voy a probarme la ropa.

Harry suspiró, entre divertido e impaciente.

—Hay un lugar para que te cambies y pruebes la ropa, atrás de las cortinas, Señorito Exhibicionista.

Malfoy tuvo la decencia de parecer avergonzado.

Harry lo metió dentro del cubículo, le cerró las cortinas de un tirón y le arrojó la ropa por encima.

— ¡Bruto! —le gritó desde dentro y Harry sonrió, con los brazos cruzados.

Cuando salió, Harry decidió que el negro le quedaba bien.

— ¿Qué te parece? No me respondas, viendo tu sentido de la moda tu respuesta no me interesa.

—Creí que sólo las chicas tenían sentido de la moda—Malfoy entrecerró los ojos—. Está bien, está bien. Bueno, ¿nos vamos?

— ¿Qué? —Chilló escandalizado—Por supuesto que no, todavía me faltan probarme unos…—contó con los dedos, mientras murmuraba para sí mismo—Treinta.

Antes de que Harry replicara, cerró las cortinas, dejándolo con la boca abierta.

Malfoy parecía de buen humor, y Harry, sinceramente, disfrutaba de los comentarios que espetaba en el espejo cada vez que se probaba una prenda. Pensó que se aburriría, que estaría sentado en el sillón, irritado, mientras Malfoy se probaba sus treinta pares de todo tipo de roa (que resultaron cuarenta y cinco) mientras la vendedora le mandaba miradas llenas de lástima.

Pero resultó ser todo lo contrario. Harry realmente estaba disfrutándolo, le gustaba observar el cuerpo de Malfoy con distintos conjuntos sin parecer un voyerista.

Afortunadamente, Malfoy pasó tanto tiempo mirándose al espejo que se olvidó de que Harry se probara ropa.

Después de haber gastado literalmente un dineral en ropa oscura (aunque Harry logró convencerlo de medir los pocos colores que le gustaban, así no parecería un cuervo), se dirigieron a un centro de comida rápida.

Malfoy miró a Harry con gesto gracioso en la cara.

— ¿Vas a llevarme ahí? —y señaló el local con colores coloridos.

—Sí, ya verás que te va a encantar.

Harry realmente necesitaba sacarle una foto a Malfoy al lado de una hamburguesa.

—No voy a comerme esto. Quién sabe qué tendrá, y cuántas calorías hay dentro de esta cosa.

—Vamos, Reina del Drama, o ¿acaso tienes miedo?

— ¿Miedo de qué?

—De que te guste.

Malfoy entrecerró los ojos y con un gran suspiro probó el primer bocado.

La manera en que sostenía la hamburguesa, con los dedos meñiques alzados, hacía que Harry soltara risitas.

Dejándole un rastro de kétchup en la comisura de sus labios, Malfoy dijo:

—No está mal—y después se comió toda su hamburguesa, ignorando las risas de Harry.

—Tienes…—con el pulgar, Harry le quitó el pedacito de kétchup que tenía en la barbilla. Y aunque Malfoy se sonrojó furiosamente, Harry se sentía feliz.

Después fueron a varias atracciones de Londres, al autobús que recorre la ciudad entera, a una feria y un bazar. Malfoy observaba todo con los ojos abiertos y su cabeza miraba cada detalle, y aunque intentaba disimular su entusiasmo y curiosidad, parecía un niño en un parque de atracciones.

Comieron helado, porque ya era como una tradición, y Malfoy le hizo comprar un montón de cosas inútiles. Como un reloj cucú, chucherías, una pequeña estatua de una mujer griega, pulseras que insultaba, una grabadora, una máquina de escribir, libros, muchos libros, historietas, un tocadiscos, entre otros.

Incluso habían comprado ropa interior. ("No es mi culpa que los muggles tengan bóxeres tan malditamente buenos")

Harry se gastaría toda su cuenta de Gringotts con tal de que sonriera así todos los días.

Se estaba haciendo de noche y a los lejos, pudo distinguir la cabellera rosa de Tonks.

Tragó saliva, mientras buscaba a Malfoy con la mirada entre la multitud de libros, si no fuera porque llevaban un bolso reductor, podría encontrarlo con más facilidad, habían comprado tantas cosas que llenaría la biblioteca; se les estaba haciendo tarde.

Lo encontró en una zoma completamente apartada, con diversos libros a su alrededor.

—Tenemos que irnos.

—Compremos este libro.

Dijeron al mismo tiempo.

Harry suspiró.

—Ya compraste un millón de libros.

—Pero este es imprescindible—replicó.

—Eso dijiste de los últimos diez. Aparte creo que lo que más tenemos son libros.

Eso le recordó que Hermione no le había respondido ninguna de sus cartas. Tampoco Ron.

—Por favor.

Cuando decía por favor, y encima con esa carita de perro apaleado, Harry sabía que en verdad quería ese (bendito) libro.

—Está bien.

Malfoy sonrió diabólicamente y se dirigieron al mostrador.

Iba a llover.

Había tanta humedad en el aire, que a Harry le extrañaba que Malfoy no se quejara. El cielo estaba repleto de nubes negras y tonos grisáceos, ya debían de ser las diez. Cuando Harry iba a decir que ya era hora de que volvieran, Draco se detuvo en seco, enfrente de un local con llamativas luces fosforescentes.

— ¿Qué…?—empezó a preguntar.

—Entremos acá—dijo de repente, con un brillo extraño en los ojos.

— ¿En un local de tatuajes? ¿Estás loco? No me respondas.

—Sí, acá. Por supuesto que estoy loco, Potter. Ese es el punto.

Harry no entendía nada.

— ¿Q-queres hacerte un tatuaje? — no podía salir de su estupor.

—Sí.

Definitivamente Harry no entendía nada.

— ¿Por qué? ¿No es demasiado muggle para vos?

—Supongo. Pero quiero uno, y si quiero un maldito tatuaje voy a hacerme uno. Igual que vos.

—Perdiste la razón definitivamente. No voy a dibujarme el cuerpo con tinta permanente.

— ¿Por qué? ¿Tenes miedo? —sonrió maliciosamente, como solía hacerlo antes. A Harry le dio miedo de verdad, tantos cambios de humor no eran buenos.

—No, pero ya tengo suficientes marcas, como para encima hacerme una por voluntad propia.

—No aprecias el arte, Potter—y entró.

Harry lo siguió con resignación.

No necesitó ver, para saber, que Malfoy tenía una expresión de victoria en la cara.

Malfoy no se hizo algo pequeño como había pensado Harry, se tatuó un hermoso dragón en el omóplato derecho, con sumo detalle, en negro, como si estuviera dibujado con una letra fina.

Para que la chica (también, completamente de negro, con más piercings y tatuajes que piel) pueda hacer su trabajo, Malfoy se tuvo que quitar la remera (negra, por supuesto), y eso hizo que los pulmones de Harry se derritieran por un momento.

Malfoy era la Reina del Drama, sin embargo no se quejó ni una vez cuando la aguja tocó su cuerpo, se quedó en silencio.

Harry había empezado a apreciar a Malfoy, pero no iba más allá de curiosidad y un poco de complejo heroico (tal vez un pequeño afecto, pero nada más), y no iba a permitir que sólo por un capricho estético de Malfoy, iba a dejar una marca permanente en su piel.

No, no, por supuesto que no.

Ni en un millón de años.

Jamás.

…nunca…

Entonces, ¿por qué estaba sentado, sin camisa y permitiendo que una extraña dibuje en su omóplato izquierdo?

Draco le escogió un dibujo muy bonito, decía que le recordaba a él. Era una corona, como la de un príncipe, con adornos y, también, muy detallada, en medio de ella, estaba un león, pero era diminuto, como un agregado, un pequeño detalle de la corona.

Era bonita, decidió Harry. Le gustaba.

No perdía nada con hacérsela, accedió a tatuarse, principalmente porque no tenía nada que perder. Había muy pocas cosas que importaban ya.

¿Qué más daba?

Si total iba a terminar muerto, porque sinceramente, no tenía muchas esperanzas de nada.

Tal vez por eso es que estaba ahí con Malfoy. No tenía nada que perder.


Cuando volvieron a la enfermería, Draco se dedicó a desparramar por doquier todo lo que habían comprado, parecía un niño en navidad.

— Ten, esto es para ti—y le entregó la mitad de las bolsas.

— ¿Qué? Pero si yo no me probé nada.

— Sabía que te sentirías incómodo bajo mi ojo de buen gusto. Asique elegí una tanda para vos. También te compré obsequios, bueno, es tu dinero, asique técnicamente tú mismo te lo compraste, pero... —Harry tuvo el impulso de abrazarlo, pero se abstuvo, en cambio, le regaló una sonrisa radiante.

—Gracias.

Y cuando Draco se puso a mascullar todo nervio, excusándose, Harry se desconectó y sólo lo observó.

La remera negra le quedaba sensacional, pero el jean negro, ajustado en las piernas y suelto en las caderas, cortaba la respiración.

Enseguida se la sacó, la remera, debía de incomodarle por el tatuaje apenas hecho, pero ahora el incómodo, sin saber muy bien por qué, era Harry.

Que sin duda, también sentía una extraña picazón, pero se sentía demasiado avergonzado como para sacársela.

Ya con los pijamas puestos (nuevos también), todo desordenado, Malfoy se acostó en su cama, haciendo crujir las sábanas y suspiró cansado.

— Gracias— susurró bajito, con los ojos tapados por su antebrazo.

— No me digas gracias, haces que me dé escalofríos—Malfoy rió un poco, aún con los ojos tapados—. No fue nada, mañana Madame Pomfrey se va a pegar un susto de muerte.

—Lo siento—dijo Draco con voz amortiguada y aguda—. Lo siento.

— ¿Por qué? —frunció el ceño.

—Por todo. Por tu padrino.

—No importa—dijo bruscamente y Malfoy tembló un poco.

—Sí, sí importa. Yo…entiendo.

Harry no quería hablar de eso. Hablar lo hacía real. Hacía que sus inseguridades salgan a flote y se pregunte cosas, cosas que no estaba seguro de querer saber la respuesta.

— ¿¡Qué mierda podes entender vos!? —gritó. Y Malfoy pareció encogerse un poco.

Se quitó el brazo de la cara y lo enfrentó con ojos enfurecidos, tristes, desilusionados.

—Mucho más de lo que vos creer—dijo con voz dura—. Entiendo lo que es quedarse sin nada, sin familia, que todos te defrauden, que vos mismo te defraudes. Entender que así son las cosas. Y saber para qué fuiste elegido. ¿No te sentís usado? ¿Cómo un peón? ¿Una pieza más? La única diferencia es que vos sos el rey y yo soy solamente un peón del otro bando.

—Eso no es cierto—contestó un poco más calmado—. Y no podes comparar el ajedrez con la vida real, por mucho sentido que tenga.

—Sí, es cierto y lo sabes. Si yo muero no pasaría nada. Nadie se alarmaría, nadie lloraría, a nadie le importaría. Es una muerte más. Blanca y sin sentido—su voz era un poco desesperada y resignada, a Harry le entraron ganas de llorar—. Si vos morís, todo se pierde, lo definiría todo.

Malfoy no estaba llorando, pero sus ojos se veían como si ya lo hubieran hecho. Tal vez ya había aprendido a llorar con los ojos secos.

Harry se mordió el labio.

¿Por qué tenía que ser tan malditamente impulsivo?

Se acercó a su cama, trepó por ella, enfrentándolo.

—Lo lamento.

—Yo también, Harry, yo también.

Y el "lo siento", estaba cargado de:

«Lamento que seas un peón. Sé que lamentas que yo sea un rey.

Lamento ser tan estúpido e insensible.

Lamento que hayas sido torturado, porque estoy seguro (y por lo que me dijo Dumbledore) que eso fue lo que pasó.

Incluso lamento lo de tus padres, aunque Lucius se lo mereciera.

Lamento no ser lo que necesitas."

Tal vez, ese último lamento, era lo que más dolía».


A la mañana siguiente, no volvieron a jugar ajedrez.