Bueno les traigo una adaptacion de un libro que termine de leer hace poco, los personajes pertenecen a Isayama y la idea es de Nancy Kilpatrick


Capítulo 4

— ¡Vaya, mira lo que ha traído el murciélago!

Nada más entrar Hanji y Levi, una chica delgada, vestida de blanco y negro, de unos veinte años, se acercó. Era pelinegra y tenía los ojos oscuros. Su aspecto era serio

— ¿Es para mí? — preguntó la chica al tiempo que alargaba una mano hacia Hanji.

Llevaba en el dedo índice un anillo de plástico, con la forma de una paleta de pintor y vivos colores por el borde. Hanji dio un paso atrás.

— ¡Eh, tú!, ¿qué haces?

Levi se interpuso entre las dos.

— Mikasa, lárgate. ¡Eren!

El hombre al que acababa de llamar se presentó de inmediato en el vestíbulo. Era alto, y debía tener también alrededor de veinte años. Su pelo era castaño y sus ojos eran de un color verde, y vestía con distintos tonos de marrón. Sus ojos se fijaron enseguida en los pies sanguinolentos de Hanji.

— ¡No te acerques a ella! — exclamó Levi, molesto.

Reacio, Eren desvió la vista de las heridas de Hanji para mirar a la chica, Mikasa, cuyos labios carnosos se curvaron en una sonrisa burlona. La pelinegra se abalanzó sobre él, se agarró a su brazo y lo besó en la mejilla, restregando todo su cuerpo contra el de él como si fuera un gato.

— Era solo una broma — dijo Mikasa con un gemido seductor — Eres tan serio... — añadió, guiñándole el ojo a Eren, que sonrió.

Algo le decía que ninguno de aquellos dos la ayudaría. Aun así, estaba a punto de exigirles, o al menos rogarles que la dejaran marchar cuando un hombre mayor entró por otra puerta.

Sus cortos cabellos rubios enmarcaban un rostro oval y destacaban el atuendo: una chaqueta azul pálido. Sus ojos, del color del lapislázuli, eran almendrados y de expresión inquisitiva. Levi y él hablaron en francés. Había entre ellos cierto parecido; la forma de la frente, de la barbilla, los ojos de expresión inteligente.

Hanji observó el vestíbulo. Era una casa antigua. La parte superior de las paredes estaba empapelada con un papel de discretas flores en tonos azules: nomeolvides. La parte inferior llevaba un revestimiento de madera barnizada. Una moqueta gris clara cubría el suelo, y las escaleras que daban a la planta de arriba y la barandilla eran de madera de roble bien pulida. Sobre sus cabezas colgaba un pequeño candelabro, y había tres apliques de bronce con globos de cristal en las paredes. Del vestíbulo partían cuatro puertas, todas ellas cerradas. Hanji se preguntó cuál de ellas daría a la parte posterior de la casa y a la otra salida.

El hombre mayor se aproximó, y Hanji intuyó algo extraño en el. En realidad, los cuatro tenían algo extraño. Su piel era quizá demasiado brillante, casi reflectante, y todos ellos tenían ese atractivo aire hipnotizante, apenas humano, que había advertido en Levi: eran cuatro perfectos maniquíes vivientes. Todos ellos rebosaban seguridad en sí mismos, casi arrogancia, pero Levi se llevaba la palma.

El hombre mayor contempló a Hanji de arriba abajo, de la cabeza a los pies, sonrió, y le dijo a Levi:

Elle est belle. Ne perds pas de temps à la baiser.

Todos, incluyendo Levi, se echaron a reír.

— ¿Qué has dicho? — exigió saber Hanji.

No estaba dispuesta a que le tomaran el pelo. El hombre se volvió hacia ella y le dirigió una mirada larga e intensa a los ojos. Hanji se sintió arrastrada hacia aquel azul. El volvió a sonreír, y el gesto animó su rostro y rompió el hechizo instantáneamente.

— He dicho que eres un encanto, y también le he sugerido a Levi que te meta pronto en la cama, porque estás bien madurita.

Hanji notó que se ruborizaba. Mikasa sonrió enseñando unos dientes incisivos tan largos y afilados como los de Levi. Eso la dejó de piedra.

—¡Mmmm...! — exclamó la pelinegra, pasándose la lengua por los labios — ¡Nada como un vampiro en el sobre! ¡Qué placer, cuando esos largos y gruesos dientes penetran la carne! — añadió seriamente y gimiendo.

El hombre llamado Eren rió, enseñando unos dientes aún más largos que los de Mikasa. Hanji estaba aterrada. Sin duda ellos tenían que saber que Levi estaba loco, se dijo Hanji, pero parecían tan locos como él. De pronto se le ocurrió la terrible idea de que aquella podía ser una de esas extrañas sectas secretas que rendían culto a la sangre, y que ella sería su siguiente víctima. Sin embargo, prefirió olvidarlo antes de que cundiera el pánico. Entonces, incapaz de controlarse, saltó:

— ¿Qué tomas de postre, bonita, bebés?

Mikasa dejó burlarse, pero le lanzó a Hanji una larga mirada despectiva y condescendiente antes de abandonar el vestíbulo.

— Vamos, Eren, tomemos asiento en primera fila para asistir a la parte sonora del espectáculo.

Levi la agarró del brazo con firmeza y la guió hacia las escaleras. Hanji iba descalza, con las piernas llenas de magulladuras y heridas. Y una de las del pie derecho parecía seria. Esperaba mancharle toda la alfombra de sangre.

Una vez en el segundo piso, entraron en la primera puerta a mano derecha. La habitación era enorme, y tenía su propio baño a un lado. En la zona más pequeña había un sofá tapizado en verde oscuro, una mesita de caoba delante y un sillón rosa oscuro junto a la chimenea. La parte más grande estaba amueblada con un vestidor de madera de cerezo, un armario, un pequeño espejo, un lavamanos de latón y una cama antigua (también de latón), sobre la que había un enorme cuadro al óleo abstracto de colores apagados. Todo estaba decorado con tonos verdes y rosas excepto la alfombra, que era de color azul turquesa.

Aparte de la puerta por la que habían entrado y la del baño, había otra que Hanji supuso sería de un armario. Y, por supuesto, había varias ventanas, ninguna de las cuales estaba abierta. La única opción que quedaba era la ventana del baño, si es que la había, cosa que Hanji no podía ver desde el ángulo en el que estaba. En el techo había instalado un sistema completo de detectores de incendios y rociadores automáticos.

— Te quedarás aquí las dos semanas — dijo Levi —. Y tendrás que cambiar tu horario para acomodarte al mío: dormirás de día y vivirás de noche. La comida te la traerá una sirvienta, pero habrá comidas también a otras horas. Y no trates de escapar de esta habitación. De todos modos, es imposible. Las ventanas son de metacrilato; no podrías romperlas. Y las puertas permanecerán cerradas. Yo tengo la llave. Además, hay un sistema de alarma instalado en la habitación.

— ¿Y si te ocurre algo a ti?

— ¡Qué más quisieras tú! — exclamó Levi mientras se dirigía a la chimenea — ¿Sabes encender el fuego?

— Sí.

— Bien, pues enciéndelo. Lo quiero encendido todas las noches antes de entrar yo aquí.

Hanji se acercó a la chimenea sin dejar de preguntarse en qué clase de lío se había metido. Estaba muerta de miedo, así que, para ocultarlo, se concentró en encender la chimenea. Abrió las puertas de cristal, comprobó que el tubo de la chimenea estuviera abierto y apiló palos y papel de periódico arrugado. Junto a la chimenea había herramientas: un fuelle, una pequeña pala y un atizador.

Cuando creyó que había sido ya lo suficientemente amable, preguntó:

— ¿Tienes cerillas, o prefieres que frote una piedra contra otra?

Levi cogió una caja de cerillas muy largas de la repisa de la chimenea y se la tendió, diciendo:

— Tienes una lengua afilada, tan sarcástica como la mía. Seguro que nos llevamos bien.

Hanji encendió la pila de papel y palos y, cuando hubo prendido, añadió dos leños pequeños, ayudándose con el atizador para colocarlos exactamente donde quería. Encender el fuego para escapar no era tan mala idea. La alarma contra incendios saltaría, los bomberos se presentarían y con un poco de suerte, los rociadores automáticos del techo evitarían que se chamuscara entera. Podía quemar la puerta del dormitorio y luego...

— No creas que puedes escapar de aquí quemando la habitación. Hay un escrupuloso sistema de control de la temperatura instalado en toda la casa, y los rociadores automáticos están programados para saltar al menor cambio. Además, todas las habitaciones se inundarían inmediatamente.

Una vez que los dos pequeños leños prendieron, Hanji echó al fuego otro más grande y cerró las puertas de la chimenea. Se quedó de pie, con el atizador en la mano.

— ¡Quítate la ropa!

Él estaba también de pie, a menos de un metro de distancia. Hanji se sintió intimidada. Un rápido vistazo a su alrededor la convenció de que no había pasado por alto ninguna otra vía de escape. Y Levi la estaba viendo con el atizador en la mano. ¿Qué posibilidades tenía de hacerle verdadero daño, cuando él esperaba el ataque?, y ¿qué pasaría después, si no lo conseguía? La alternativa era poco viable, así que dejó el atizador en su sitio.

Se quitó el abrigo despacio, lo dobló y lo dejó sobre una silla cercana. Llevaba un vestido color crema muy sencillo, de manga y falda larga y cintura ajustada. Se desabrochó el vestido, el cinturón, y dejó que la prenda se deslizara al suelo. Dobló también con cuidado y muy lentamente el vestido y lo dejó en la misma silla. Después se quitó la combinación desgarrada con la misma lentitud. Se sentía violentada. Los ojos de Levi se quedaron fijos sobre sus pechos cuando se desabrochó el sujetador. Finalmente se bajó las bragas por las caderas. Lo dobló todo con sumo cuidado, lo ordenó, y por último lo llevó todo a la mesita de café, tratando de hacer tiempo.

— Yo me lo llevaré todo — dijo él sin dejar de mirarla de arriba abajo. Hanji casi podía sentir una ola de calor tras otra recorrer todo su cuerpo — Quiero que estés siempre desnuda, esperándome.

Eso la dejó atónita, y sin duda su rostro lo reflejó.

— Es mi fantasía lo que hay que representar, ¿recuerdas? — añadió él — Y ahora, desnúdame.

Hanji dio dos pasos adelante, hacia él, pensando que era el momento de decirle que posiblemente tuviera el sida. Pero ¿cómo sacarlo a relucir en ese preciso instante?, ¿y si él le hacía daño? Esperaría un momento más oportuno.

Levi llevaba una chaqueta de cuero fina, y tanto la chaqueta como el pantalón eran de color gris marengo, a tono con sus ojos. Hanji le quitó la chaqueta y luego la camisa amarilla. Tenía el pecho musculoso y los hombros anchos: parecía estar en muy buena forma, como un atleta. Hanji se preguntó si levantaría pesas. Se agachó, tiró de sus botas y calcetines y se puso en pie. Trataba de mostrarse segura y sensual, y no dejaba de repetirse en silencio que aquello no era más que una representación; pero había llegado la hora de la verdad, era el momento de poner en práctica su parte en el compromiso, y estaba perdiendo los nervios.

Hanji le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de sus pantalones y tiró de ellos y del calzoncillo hacia abajo, por las piernas. Una vez más, tratando de hacer tiempo, dobló cada una de las prendas y las apiló cuidadosamente sobre la silla.

Levi la tomó de los hombros y la llevó de espaldas hasta la cama, y luego la tumbó.

El corazón de Hanji latía salvajemente, tenía el estómago agarrotado de miedo. Tragó. Él no le hacía daño. Debía tenerlo presente. Además, era tarde. Aquello no duraría mucho. Levi se sentó a horcajadas sobre su cuerpo y sujetándole el cuello, alzó su cabeza. Hanji sabía lo que quería, así que comenzó a besarlo, consciente en todo momento de la suavidad de su piel.

Pero enseguida Levi se giró y los hizo rodar por la cama a los dos hasta quedar ella encima de él. Tiró de Hanji hacia abajo y la lamió y besó, mientras ella hacía lo mismo con él.

No era tan terrible, se dijo a sí misma, tratando de convencerse. Al menos él no se mostraba brutal. Y ni siquiera estaban teniendo un verdadero intercambio sexual, de modo que el riesgo de contagio era mínimo. Se lo diría cuanto antes.

Levi fue excitándose, su pene se hizo paulatinamente más grande y más firme. Hanji lo lamió a lo largo. Y lo que él le hacía a ella tampoco estaba nada mal. Su lengua entraba y salía rápidamente, la lamía justo en los puntos más sensibles, y luego volvía a entrar y salir. Sentía la excitación esparcirse a partir de los labios por todo su cuerpo, quemarle los muslos. Y sabía que estaba húmeda, mojada. Él la estaba volviendo loca, pensó, atónita ante su propia reacción.

Hanji comenzó a jadear, consciente de que estaba perdiendo el control. Todo se aceleró de tal modo que, antes de que pudiera detenerlo, él la tumbó boca arriba y la penetró con una larga y firme embestida. Solo tuvo tiempo de doblar las rodillas, porque sin darse cuenta se puso a gemir y a atraerlo hacia sí para la embestida final.

Levi permaneció un rato encima de ella, dentro de ella, y Hanji comenzó a quedarse dormida. Estaba un poco desorientada. Cuando él se levantó, ella entreabrió los ojos y lo observó borrosamente. Se movía por la habitación, se vestía, echaba leña a la chimenea y recogía la ropa de ella.

— ¿Tu verdadero nombre es Levi? — preguntó ella en un susurro, medio dormida.

Él se giró. Hanji pensó que su aspecto era diferente, más pálido, quizá más humano.

— Sí.

— Y ¿por qué crees que eres una especie de vampiro? — Levi no contestó, así que ella añadió — Oye, tengo algo que decirte...

Pero él se había marchado.

No era tan malo. Eso fue lo último que pensó antes de quedarse dormida. Un poco raro, pero buen amante. Mucho mejor de lo que lo había sido Lemus jamás. Y las posibilidades de haberle transmitido el sida en una sola ocasión eran escasas. Se lo diría al día siguiente. Sin falta.

Hanji bostezó. Quizá incluso aquellas dos semanas resultaran espléndidas.

Se despertó a media tarde. La ventana del baño era demasiado pequeña para escapar, aunque era la única que quizá pudiera romper con facilidad; lo había intentado ya con las otras dos del dormitorio. Levi no había mentido. Eran de metacrilato, al menos por la parte de dentro. Por fuera había otro acristalamiento de color. Y la puerta seguía cerrada.

Hanji se duchó, comió algo de fruta, pan y queso que encontró sobre la mesita del café, y se envolvió en una enorme toalla verde. Pasó toda la tarde pensando en Lemus y hojeando revistas en inglés. Justo después de la puesta de sol, mientras estaba cómodamente sentada contemplando las fotos de un número antiguo del Paris Passion, entró en su habitación una mujer gordita con una bandeja de comida. Tenía un aspecto muy distinto del resto. Fuerte, bajita y de cabello oscuro, parecía completamente concentrada en su tarea. Cerró la puerta con llave después de entrar, se colgó la llave del cuello y metió el colgante por dentro del vestido. Luego dejó la bandeja sobre la mesa del café.

Hanji se puso en pie de un salto.

— Escucha, tienes que dejarme salir. ¡Ayúdame! — rogó Hanji, pronunciando la frase despacio y señalando la puerta.

Por la expresión de sus ojos, no la había entendido; ni siquiera parecía haberla oído. O bien era sorda, o bien le habían ordenado no responder.

La mujer se dirigió hacia la puerta y mientras la abría, Hanji echó a correr. Ambas lucharon. Entonces la mujer empujó a la castaña sin miramientos dentro de la habitación para poder cerrar la puerta y echar la llave.

Zoe suspiró y se dejó caer sobre una silla. Levantó la tapa que mantenía caliente el plato y encontró un cuenco de verduras cocidas con ternera. Había también pan caliente y una taza de té de jazmín. Tenía más hambre de la que creía, así que se lo comió todo.

Nada más terminar volvió a intentar abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. No tenía nada que hacer, de modo que se entretuvo mirando por una de las ventanas. Desde aquella habitación insonorizada no se oía en absoluto el océano. La poderosa marea se había retirado, dejando las aguas grises en calma. Desde un ángulo de la ventana podía ver el garaje. Levi y un hombre con uniforme de chofer entraron, y poco después vio salir la limusina plateada. Luego vio a Mikasa, Eren y el hombre mayor marcharse en un coche deportivo verde, todos juntos. Todos se habían ido, así que era el momento de romper lo que hiciera falta.

Hanji tomó una silla y la estampó contra una ventana. Rebotó contra el cristal como si fuera de goma. Volvió a golpear la ventana. Nada. Tras media docena de golpes más, comprendió que aquellos cristales estaban hechos a prueba de bombas. Y había roto una de las patas de la silla en el intento.

A continuación dobló las puntas del tenedor y trató de abrir la cerradura de la puerta. En realidad no sabía cómo o en qué dirección debía forzarla, pero de todos modos resultó imposible.

Se le ocurrió la idea de quemar la puerta, pero tenía la sensación de que Levi no le había mentido sobre los rociadores automáticos. Y siempre cabía la posibilidad de que se quemara a sí misma.

Las horas fueron pasando, y él no volvía. Hanji comprobó nueve veces que su reloj iba bien, comparándolo con las campanadas del reloj de la planta baja. Las diez, las once... Se estaba poniendo nerviosa, impaciente, caminaba de un lado a otro por la habitación. Había encendido la chimenea y los leños se estaban acabando.

Entonces comprendió lo que le iba a ocurrir. Debía de haberse vuelto loca, se dijo, porque quería volver a verlo. Solo de pensar en el sexo de la noche anterior se estremecía. Pero ¿por qué no? Estaba viviendo la más increíble de sus fantasías: encerrada como una prisionera, se abandonaba a sí misma en manos de un amante francés rico durante dos semanas. Él no estaba nada mal, a pesar de que se creyera un vampiro. Y el hecho de que le sacara un poco de sangre no era tan terrible como creía. Había conocido a muchos hombres en el teatro que, al final, eran un fiasco, y algunos incluso se enorgullecían de ello. Y era muy probable que el hombre mayor hubiera muerto de un ataque al corazón. Además, no tenía elección, se dijo en silencio con una sonrisa, sintiéndose ligeramente manipulada al mismo tiempo por pensar así. Sin embargo, secretamente, Hanji ardía en deseos de abandonarse a sí misma como jamás lo había hecho con Lemus o con los dos hombres con los que se había acostado antes de él. Lo cierto era que ninguno de ellos era como Levi. ÉL era tan directo, tan salvaje, tan... animal, casi... se veía forzada a sentir y pensar intensamente solo en el cuerpo, lo cual resultaba al mismo tiempo excitante y perturbador. Los otros hombres habían sido amables, pero no apasionados precisamente. De hecho con Lemus, la mayor parte de las veces, el sexo se había limitado a poner en práctica las preferencias de él: más que nada sexo oral, excepto si ella insistía en otra cosa. Ella se había sentido desilusionada, ligeramente preocupada por el hecho de sentir que se perdía algo, que se estaba conformando con poca cosa. En ese momento deseaba no haberse acostado jamás con él. Así que no tenía nada que perder y en cambio, sí podía ganar algo.

Pensar en Lemus siempre le recordaba el virus. Tenía que decirle a Levi que quizá fuera portadora. Fuera él quien fuera, o hiciera lo que hiciera, simplemente no era justo. Aquella misma noche tenía que sacar a relucir el tema para que él se protegiera.

Al sonar las doce en el reloj del piso de abajo, Carol oyó que alguien abría la cerradura de la puerta. Se puso en pie de un salto, sintiéndose como una tonta, consciente de su enorme sonrisa.

Levi entró en la habitación y de inmediato volvió a cerrar. La miró. Esa mirada acabó con la sonrisa de Hanjil.

Él cruzó la habitación a grandes zancadas y le quitó bruscamente la toalla.

— ¡Te he dicho que me esperes desnuda! ¿Es que vas a desafiarme?

Hanji quería decirle que estaba haciendo todo lo que él quería, que solo llevaba una toalla, pero la expresión salvaje de sus ojos la hizo callar.

Él vio la pata de la silla rota enseguida, y la furia lo dominó.

— ¡Esa mirada! ¡Siempre la misma! ¿Qué es, tenacidad o rebeldía? ¡Ve allí! — ordenó él, señalando la cama.

Hanji comenzó a sentir pánico. El pulso se le aceleró, le costaba respirar. A pesar de ello quería aligerar la situación, ponerlo de buen humor.

— Lo pasé bien anoche, ¿y tú?

— La única razón por la que estás aquí es para darme placer, ¿o es que lo has olvidado? ¡Te he dicho que vayas para allá!

La Zoe no podía moverse. Desvió la mirada hacia el atizador, apenas a un par de pasos. Se giró instintivamente hacia él, pero, según parecía, él le leyó el pensamiento.

Le bloqueó el paso a la velocidad del rayo y la agarró de la muñeca. Su mano era como una esposa metálica, capaz de romperle el hueso. Hanji lo miró a los ojos y vio en ellos un turbulento y gris océano Atlántico antes de la tormenta. Entonces intuyó la violencia que se desataría si se resistía. Él señaló el otro extremo de la habitación. Hanji sintió que su tensión era tal, que estaba a punto de estallar.

— Quizá quieras que te ate.

Ella sacudió la cabeza en una negativa.

— ¡Entonces muévete! ¡Ya!

Hanji cruzó la habitación muerta de miedo. Por el rabillo del ojo lo vio desabrocharse el cinturón que llevaba puesto.

— ¡De rodillas! ¡Date la vuelta! — ordenó él con una voz fría y casi inhumana, dejándola paralizada del miedo — ¡Más acá!

Ella se giró y se acercó a los pies de la cama hasta que sus rodillas estuvieron casi al borde del colchón.

— ¡Baja la cabeza! Vas a recibir un curso rápido de sumisión.

Hanji inclinó un poco la cabeza, pero él se la empujó hasta el colchón, forzándola a levantar el trasero en el aire como si se tratara de una perversa ofrenda. Se sentía absolutamente abochornada y vulnerable, y sin embargo era incapaz de creer lo que estaba pasando.

— ¿Por qué? — preguntó ella, tratando de controlar el temblor de su voz y luchando por comprender.

— ¿Por qué, qué?

— ¿Por qué estás haciendo esto?, ¿solo porque llevaba puesta una toalla?

— ¿Ya quieres deshacer el trato? Pues dilo. Deja de quejarte y los dos ahorraremos tiempo y energía.

— No es eso — contestó Hanji. Se sentía como un niño al que hubieran castigado por una falta insignificante, pero estaba convencida de que si se rebelaba las consecuencias serían aún peores — Solo quiero saber por qué, eso es todo.

— ¡Claro que quieres saberlo! ¿Y si te digo que no hay ninguna razón, que simplemente soy cruel con las mujeres por naturaleza? ¿Crees que podrías aceptarlo?, ¿sigues dispuesta a mostrarte complaciente, Hanji? — preguntó él con voz burlona.

Mientras terminaba de desnudarse detrás de ella, él añadió con una entonación muy peculiar de la voz:

— Podrías influir en mí, ¿sabes?

Eso la tranquilizó, pero de inmediato Hanji preguntó:

— ¿Cómo?

— ¡Inténtalo suplicando!

De nuevo Hanji comprendió por puro instinto que si hacía lo que él sugería iba a lamentarlo. Sabía que despreciaba a las personas que suplicaban. No tenía más remedio que soportar lo que él quisiera hacer y tratar de mantenerse de una pieza.

— No voy a suplicar — contestó ella en un susurro, apenas capaz de hablar.

— Eres fuerte, bien. No te doblegas, sabes mantener el control. ¡Y eres una puta, como todas las mujeres!

El duro cuero azotó su carne desnuda. Hanji gritó y su cuerpo se sacudió. Pero antes de que pudiera siquiera sentir la intensidad del dolor, él la azotó con el cinturón por segunda vez. Por un momento Hanji se quedó tan atónita que no reaccionó. El dolor y la humillación, junto con el terror, le arrancaron lágrimas.

Al tercer golpe, con la piel cada vez más sensible, Hanji apretó los dientes y permaneció muda.

Pero no podía soportar un cuarto latigazo, y hacerse la dura comenzaba a dejar de ser una opción interesante. Abrió la boca dispuesta a suplicar entre sollozos pero, de pronto, las palabras se negaron a salir de sus labios. Era como si su parte más cabezota se hubiera rebelado ante la idea de dejarse degradar absolutamente.

De pronto algo muy dentro de sí, algo que estaba más allá de su control, cedió como un resorte, desatado por la fuerza de un huracán. Era como si se hubiera dividido en dos personas diferentes, porque de súbito se encontró a sí misma gritando incoherencias, llorando y jadeando... hasta perder la cabeza.

Recordaba que después, en algún momento, él le había ordenado abrir los ojos. No podía ver a Levi; las lágrimas le nublaban la vista. Pero sí le oyó decir:

— Así que, después de todo, era tenacidad. Lástima.

Cuando él por fin hubo terminado, Hanji permaneció tumbada en la cama de lado, sollozando, hecha un ovillo: con la cabeza completamente agachada, las rodillas dobladas contra el pecho y los brazos protegiendo todo su cuerpo. No lo oyó marcharse. Y tampoco oyó a la sirvienta entrar con el desayuno cuando despuntó el día. No quería oír absolutamente nada.


Y apareció nuestro querido (notese la ironía) puritano...un saludo al grupo de face ;)

Muchas gracias por los review