The witch, the demon, the hunter

The Witch: Parte IV

«Eras una de las mejores. Pero también fuiste siempre una puta mentirosa.»

-Tammi. 3x09 -

Ruby se despertó con los gritos de Joseph no mucho después de haberse acostado.

Despacio, se levantó del banco duro cubierto por mantas donde dormía y se dirigió a la habitación de su antiguo cuñado. La luz de la mañana se colaba por entre los postigos cerrados de las ventanas y caía sobre la cama de Joseph. El aire estaba viciado y tenía un olor rancio, como a enfermedad. Él estaba tumbado en su cama, con las mantas por la cintura y la casaca blanca con la que dormía pegada al cuerpo sudoroso.

Ruby ni siquiera le dirigió una mirada hasta que abrió la ventana, permitiendo entrar la luz y la brisa fresca de la mañana. Joseph se echó a temblar y se miró las manos vacías con expresión de horror. Las llagas que salpicaban las comisuras de su boca parecían haber empequeñecido y estaban cubiertas por costras blanquecinas de pus reseca.

-¿Y bien? ¿Qué te ocurre? –le preguntó Ruby con impaciencia, sin acercarse a la cama.

-¡Mira esto! ¡Mis manos! –exclamó él con el temblor del llanto contenido en la voz -¡La enfermedad sigue avanzando!

Ruby se acercó despacio y miró la palma de las manos que Joseph tendía hacia ella. Un puñado de ronchas de tono rosáceo con aspecto rugoso se extendían por toda la cuenca de la mano y el reverso de sus dedos.

-Vaya –murmuró con voz neutra, haciendo grandes esfuerzos por contener una sonrisa de satisfacción. El temblequeo constante de los hombros de Joseph y sus ojos brillando como los de una rata asustada no le daban lastima. Al contrario, disfrutaba de cada espasmo de miedo, de cada pensamiento aterrorizado reflejándose en su cara.

-Me…me duele tragar –continuó él, señalándose la garganta –y creo…creo que tengo fiebre.

Ruby arrugó la frente y un mohín de pena curvó sus labios. Dio un par de pasos hasta la cabecera de la cama del enfermo y alargó una mano hasta su rostro cubierto por la transpiración. Sintió su piel ardiendo y humedeciéndole la palma. Sin duda tenía fiebre, una fiebre muy alta.

Al cabo de tres segundos contados con minuciosidad, soltó un suspiro de falsa preocupación e hizo ademán de apartar la mano, pero los dedos de Joseph le rodearon la muñeca con tanta fuerza que Ruby pudo sentir cada erupción sifilítica contra la piel, produciéndole una sensación repugnante.

-Lo disfrutas, ¿verdad? –le escupió Joseph traspasando su perpetuo temblor al brazo de Ruby –Te gustaría que muriera, ¿no es cierto?

Había desprecio en sus ojos negros, rezumantes de una excitación sexual que los volvía turbios, como pozos de agua sucia.

Ruby le aguantó la mirada asaetándole con el odio que antes había intentado ocultar.

-Sí –le espetó y tiró de su brazo para liberarlo del agarre de Joseph. Pero él no la soltó y aumentó el apretón de su mano ponzoñosa, haciendo alarde de una gran fuerza a pesar de la debilidad típica de la fiebre. Ejerció toda su presión para acercar la mano de Ruby a su rostro. Cuando ella comprendió su intención la cerró en puño, forcejeando violentamente por soltarse, pero no pudo impedir que Joseph restregara su dorso por los chancros supurantes que tenía alrededor de la boca. Ruby sintió un escalofrío de repulsión bajando por su columna vertebral cuando notó las llagas en los nudillos, sus secreciones manchándole la piel.

-¡Suéltame, bastardo! –le gritó.

Él obedeció y la soltó tan bruscamente, que Ruby casi perdió el equilibrio. Se apartó inmediatamente y se restregó la mano por la falda para limpiarla, con una mueca de caso. Joseph dejó caer pesadamente el brazo con le que la había sujetado, agotado, pero se las apañó para dedicarle una sonrisa burlona de labios agrietados y dientes grises.

-Puede que yo muera, preciosa –le dijo, respirando superficialmente –pero tú lo harás conmigo.

Ruby le dirigió una mirada colérica. Joseph había intentando contagiarla. Sabía que tenía muchas posibilidades de morir y había usado sus últimas fuerzas para tratar de enfermarla a ella. Si su sífilis tuviera un origen natural, lo hubiera logrado. Pero lo que él no sabía, pensó con violento deleite, era que no podía infectar a nadie si ella no le daba permiso.

-Eso ya lo veremos, Lyford –anunció con tono amenazador, después le dedicó una sonrisa torcida y salió de la habitación para lavarse.

o0o

El reverendo Lyford amaneció con cefalea, fiebre y envuelto en sudor frío esa misma mañana. Envió a Anne a buscar a su hija Martha, la cual acudió a regañadientes y apenas cruzó el dintel de su puerta por temor a contagiarse de su dolencia. Prometió pedirle a su marido John que fuera a la ciudad a buscar al doctor Brewster y desapareció sin intención de regresar hasta que su padre estuviera sano. O muerto.

Viendo esto, el anciano mandó a Anne a buscar a su hermana para liberarla de su estado de cuarentena de modo que pudiera encargarse también de cuidarle a él.

-Ha dicho que como no estás enferma todo será como antes –le explicó Anne, llena de ingenuo agradecimiento –podrás volver a dormir conmigo, ¿verdad, Ruby?

-Claro, Anne –murmuró ella.

o0o

Al día siguiente, Martha Lyford se despertó con los mismos síntomas que su padre. Su esposo, temeroso de que él o su hijo pudieran contagiarse, llevó a su mujer a casa del reverendo para que Ruby y Anne la cuidaran a ella también y se marchó, aliviado.

No hubo misa ese domingo y todo el pueblo hablaba de las enfermedades que asolaban a los Lyford, santiguándose con temor a que se extendieran y pudieran verse afectados. Aunque Anne y Ruby iban de casa de Lyford padre a Lyford hijo y viceversa, y continuaban encargándose del huerto y del ganado, todos los habitantes del pueblo las evitaban, excepto Alice.

Las dos Carver se dedicaban a cambiar y lavar sábanas constantemente, a ponerles paños húmedos en la frente a los enfermos y a cocinarles caldos y sopas calientes, mientras esperaban la llegada del doctor Brewster. Día a día, los síntomas se agravaban.

Las ronchas se habían extendido de las manos a todo el pecho y la espalda de Joseph dando a su piel un aspecto anciano y arrugado. Se negaba a comer y el cabello graso y oscuro le caía en mechones espesos sobre la almohada humedecida por sus continuos sudores fríos. Decía que la cabeza le dolía tanto que no podía dormir, hirviendo de fiebre constantemente. Ruby había comenzado a aplicarle las salvas de mercurio ella misma en vista de que Joseph no tenía suficiente fuerza para hacerlo. Sabía que eso no le curaría, pero no quería que ni Anne ni nadie pudieran sospechar nada. Así que armándose de valor, extendía la crema por su pecho, su espalda, su boca y sus genitales ayudada por un paño grueso. Se consolaba pensando que Joseph no lo disfrutaba, demasiado enfermo para ser totalmente consciente de ello.

A su padre y a su hermana no les iba mucho mejor. Después dos días de fiebre, cefalea y debilidad, el reverendo despertó a las hermanas Carver, llamándolas a gritos con voz estrangulada. Cuando las dos acudieron a su cuarto, lo encontraron empapado de sudor y abriendo y cerrando la boca con desesperación como un pez sacado del agua que intenta filtrar oxígeno por las agallas. Tenía una mano sobre el corazón y la otra alzada y crispada, como si intentara aferrarse a algo invisible.

Sus ojos oscuros y febriles se movieron hacia las muchachas, clamando auxilio.

-No…puedo…resp…resp…

Anne, sobrecogida, corrió junto a la cama del reverendo y le tomó una mano en un impulso vano de reconfortarlo. Ruby, disimulando su indiferencia, abrió los postigos de la ventana dejando que la brisa nocturna primaveral entrara en el cuarto. Después apartó las sábanas húmedas que cubrían al reverendo y le hizo una seña a Anne para que se apartara.

-Sólo necesita un poco aire –le explicó con suavidad. Anne obedeció rápidamente y se alejó unos pasos para no robarle aire al anciano. El pecho esquelético del reverendo subía y bajaba con rapidez, sin llegar a llenarse de oxígeno, agotándose en el intento. La casaca que usaba como camisón se adhería a su cuerpo como una segunda piel de tal modo que Ruby podía percibir cada una de sus costillas bajo la tela. Las rodillas y sus pantorrillas llenas de abultadas venas oscuras en relieve se le antojaron ridículamente flacuchas y débiles.

El reverendo que tanto temían Anne y los muchachos del pueblo, que tanto respetuoso miedo producía en sus fieles parroquianos, ahora era sólo un viejo patético a las puertas de la muerte. Y Ruby se descubrió incapaz de sentir nada al respecto, ni alegría ni pena. Nada.

Después de unos largos minutos de inspiraciones incompletas y expiraciones rápidas, el reverendo pareció ir calmándose poco a poco y su cuerpo se relajó. Anne, después de pedirle permiso a Ruby con una mirada, se acercó a la cama del enfermo y tomó la Biblia arrugada y manoseada que había en su mesita.

-Si lo desea puedo leerle algún pasaje para ayudarle a conciliar el sueño, reverendo –se ofreció. El hombre miró a Anne con algo que de venir de otra persona, tal vez Ruby hubiera interpretado como afecto, cerró los ojos y asintió lentamente. Anne se acercó al candil, abrió la Biblia y comenzó a leer un fragmento al azar.

Ruby observaba, sintiéndose ajena a la escena, como si no formara parte de ese cuadro casi familiar. Escuchaba las palabras de Anne y en seguida reconoció la lectura.

Lucas, versículo siete, 36-50. Maria Magdalena, la mujer pecadora que se arrepintió y fue perdonada por Jesús. La mujer de la que el Mesías expulsó a siete demonios.

Ruby apretó los labios y salió de la habitación.

o0o

Harry Bishop, que había sido enviado a la ciudad a buscar al doctor por orden del marido de Martha, regresó días después en un caballo agotado. Todo el pueblo se congregó a su alrededor cuando desmontó, escuchando con curiosidad e interés la noticia de que el doctor tardaría varios días aún en poder acudir al pueblo.

Por lo visto, un brote de peste negra había surgido en Plymouth, traído por las ratas de un buque comerciante inglés. Se hablaba de una Gran Plaga en Inglaterra y todo Plymouth estaba aterrorizado ante la idea de que la enfermedad se extendiera por la ciudad como lo había hecho en Londres.

Eso dio de que hablar a los habitantes de Falmouth durante días. Mientras tanto, los tres Lyford seguían empeorando. Aunque los chancros de la boca y genitales de Joseph comenzaban a cicatrizar y desaparecer, las ronchas se extendían hasta las plantas de sus pies y carecía por completo de apetito. Perdía cada vez más cabello y peso.

La enfermedad del reverendo y su hija se acentuaba con largos ataques de tos que no les permitían siquiera dormir. La fiebre nunca remitía, se negaban a comer y pasaban los días dando vueltas en la cama, cubiertos de sudor y apáticos.

Ruby se encargaba de cuidar de todos los Lyford con la misma diligencia que Anne, disfrazando su indiferencia cada vez que el esposo de Martha o algún habitante del pueblo se acercaba a preguntar por la salud de los enfermos (desde una distancia prudencial, por supuesto). La Señora Martin les llevó una cesta de manzanas sanas como obsequio, con todos sus buenos deseos para los Lyford. Ruby se las agradeció profusamente, recordando cada pieza de fruta podrida que la mujer había arrojado a su madre en el patíbulo. El herrero les llevó leche de su vaca y le pidió a Ruby que le transmitiera sus recuerdos a los Lyford. Ruby tomó la jarra de leche, le sonrió y le agradeció su atención con dulzura, escuchando en su mente la voz cascada del hombre pidiéndole al reverendo que se diera más prisa en ahorcar a su madre.

Harry Bishop, el mismo que había llamado a su madre bruja el día del juicio, y Andrew Winslow, quien había dicho a Anne que Elizabeth mataba a bebés por orden del diablo, pasaban por delante de las casas del reverendo y de Joseph Lyford para cotillear, sin duda enviados por sus madres. Cuando veían a Ruby y a Anne se interesaban por el estado de salud de los Lyford. Ruby les contestaba con un sarcasmo disfrazado de amabilidad, que los dejaba con la extraña sensación de que se estaba riendo de ellos de manera encubierta. Asentían, incómodos, y después se marchaban, cuchicheando.

Ella no había tenido ningún remordimiento ni ninguna preocupación hasta que unos días después encontró a Anne acurrucada en la cuadra, sobre un montón de paja, con expresión triste y la mirada pérdida.

-Anne, ¿qué te ocurre? –la interrogó Ruby, preocupada. Anne miró a su hermana y el labio inferior le tembló, como si estuviera resistiéndose a arrugarse en un puchero.

-Ruby, ¿el reverendo se va a morir? –preguntó la niña con voz congestionada.

Ruby abrió la boca, pero no respondió. No porque no conociera la respuesta, sino simplemente porque jamás había esperado esa pregunta, ver esa pena en el rostro de su hermana por un hombre que les había quitado tanto.

¿Era posible que Anne apreciara de algún modo al reverendo? ¿A ese hombre cruel, desequilibrado y estricto? Se echaba a temblar cada vez que lo veía durante su primer año en la casa y aún tiempo después, bastaba que el reverendo le lanzara una mirada acerada para que ella obedeciera sumisamente cada una de sus órdenes aunque fueran contradictorias o contraproducentes. Ruby, que jamás había albergado ningún sentimiento mínimamente positivo hacia el hombre que las había acogido, no podía comprender que su hermana sí los tuviera.

-Anne –dijo lentamente –ese hombre es malvado. Hemos sido sus sirvientas durante años.

-Pero él nos ha acogido, Ruby –replicó Anne, encogiéndose ante las palabras de su hermana como si el mero hecho de decirlas fuera un pecado –ha sido generoso y benévolo con nosotras. Nos dio un techo cuando no teníamos a donde ir.

-No teníamos a donde ir porque él se quedó nuestra casa –repuso Ruby, incapaz de contenerse –y hemos trabajado de sol a sol para él cada día desde que murió mamá. Hemos vaciado su orinal y ahora incluso le bañamos y le cambiamos la ropa, Anne. No le debemos nada.

Anne se quedó callada durante unos instantes, después se rodeó las rodillas con los brazos y apoyó la boca en ellas, evitando la mirada de Ruby.

-Aún así, no quiero que muera –murmuró con la voz amortiguada por sus rodillas, como si no se atreviera a decírselo abiertamente a su hermana.

Ruby se pasó pensativa toda esa noche, incapaz de dormir. Al amanecer, ayudó al reverendo a sentarse en una silla y se puso a cambiar las sábanas de su cama, sin dejar de darle vueltas a su conversación del día anterior con Anne. Ruby nunca había pretendido matar al reverendo, quería que sufriera, que sintiera aunque fuera un poco del dolor que él le había producido a su familia, quería asegurarse de que no las dejara en la calle, pero no quería acabar con su vida.

No era eso lo que la preocupaba. Lo que la inquietaba era el hecho de que Anne le profesara afecto porque no podía comprenderlo. Sentía que eso las alejaba y que en cierto modo era una pequeña traición a ella y a la memoria de su madre.

-Ruby –murmuró el reverendo, su pecho inflándose con debilidad bajo el camisón, su cabeza caída hacia atrás con el cogote apoyado en la pared como si no pudiera sostenerla erguida por sus propios medios.

-Ya voy –replicó ella, ausente, guardando la última esquina de la sábana bajo el colchón. Se volvió hacia el anciano, le rodeó el cuerpo con un brazo y lo ayudó a ponerse en pie de nuevo. El reverendo, que siempre había sido de complexión delgada, era ahora poco más que un saco de huesos. Pesaba lo mismo que Anne, que sólo tenía once años.

A Ruby casi le dio pena verle tan desmejorado, cuando hizo que se tumbara sobre las sábanas limpias y frescas. Ni bien su cabeza brillante y recubierta por una leve capa de pelo blanco tocó la almohada, el reverendo comenzó a toser. Se tapó la boca con una mano y le hizo gestos a Ruby con la otra para que se apartara de él. Ella fue hasta la mesilla de noche y vertió el agua fresca de una jarra en un vaso. Cuando el anciano logró dejar de toser, Ruby le acercó el vaso a los labios. Lyford lo aferró con sus dedos huesudos y torcidos y por primera vez Ruby vio manchas de la edad en su piel. Las manos le temblaban tanto que se derramó agua por la barbilla y la pechera de la casaca hasta que Ruby cogió el vaso con firmeza y le ayudó a beber. Una vez terminó, el reverendo dejó caer pesadamente su cabeza sobre la almohada, respiró profundamente un par de veces y miró a Ruby, de un modo que hizo que se detuviera cuando ya se disponía a irse.

-Ruby… -repitió él con voz tan baja que ella tuvo que acercarse para poder escucharle –Ruby…

-Le escucho, reverendo –respondió ella con impaciencia. Se sentía incómoda, quería huir. Algo estaba horadando su caparazón de odio, amenazando con abrir una pequeña grieta.

-Reza, aunque no te guste, para que yo no muera, Ruby –murmuró él y tosió con debilidad un par de veces –porque si lo hago…no podré cuidar de vosotras, hija. No sé qué sería de ti y de tu hermana si… -más toses –yo no estuviera para acogeros.

Ruby se apartó, luchando por tomarse las palabras del reverendo como una última amenaza maliciosa, pero en la mirada del hombre no había una advertencia fría, sino una preocupación que parecía casi sincera, real.

Ruby se marchó rápidamente, para analizar en la intimidad el tamaño de la grieta.

o0o

Cuando lograba conciliar el sueño, Martha llamaba a su hijo John con una voz que despertaba a Ruby y la estremecía en el acto. Era una voz desesperada, como una especie de maullido agónico salpicado de una preocupación y una angustia incomprensible para la joven.

Tranquilizaba a Anne que se despertaba asustada al escucharla, le besaba la frente y bajaba a sacar a Martha de su pesadilla. La veía abrir los ojos a la tenue luz de una vela, alerta, derrotada, preocupada. Miraba a Ruby con su rostro cada vez más chupado y tendía una mano hacia ella, con ansiedad.

-¿Cómo está mi hijo? –le preguntaba.

Ruby lo veía a veces, sentado al principio del huerto que trabajaba su padre, llorando hasta que se ponía colorado e hilillos de mucosidad bajaban desde su pequeña nariz hasta su boca. Tenía poco más de dos años y echaba en falta su mamá. Su padre no le prestaba mayor atención, como si ni siquiera escuchara sus llantos. A veces, Rebeca Bishop se lo llevaba a su casa con su hija por unas horas para encargarse de él, pero no se le permitía ver su madre porque podría resultar contagiado.

Si tenía que ser franca consigo misma, a Ruby le daba pena el crío. Él no sabía que su madre era taimada, hipócrita y maliciosa. No sabía que su madre tenía la culpa de que Ruby se hubiera quedado totalmente huérfana y tampoco le importaba. Simplemente la necesitaba como Ruby y a Anne habían necesitado a Elizabeth cada día desde su muerte.

Así, no exenta de cierta compasión incómoda, dolorosa e inútilmente rechazada, Ruby mentía a Martha y le decía que su hijo estaba bien.

o0o

Unos días después de que Ruby descubriera a Anne al borde de las lágrimas, de que el reverendo le pidiera que rezara por él y de que Martha la despertara por sexta vez preguntando por su hijo, tomó una decisión. Salió de la cama con sigilo, dejando a su hermana dormida, se echó un mantón sobre los hombros y fue a reunirse con Alice en el granero. Se congregaban allí dos o tres noches por semana, para hacer más rituales y ofrendas de sangre animal a fin de mantener el efecto de las bolsas de vudú, según le había explicado Alice.

Pero esa noche, Ruby no quería hacer un ritual. Quería dejar de conjurar contra al reverendo y su hija. No era capaz de sentir compasión por Joseph y además sabía que si permitía que se recuperase, él volvería a intentar atacarla. Pero sí sentía cierta lastima por la desesperación maternal de Martha, por el sufrimiento de su hijo inocente. Y de algún modo sabía que el reverendo no las iba a echar cuando sanara. Además, Anne se alegraría si se curaba.

Así que con esas intenciones se presentó en el granero esa noche de Abril. Alice sonrió al verla y tomó su cuchillo para cortar el cuello de otra pequeña liebre que sujetaba por las orejas.

-No –la detuvo Ruby –hoy no. Tenemos que hablar.

Alice achicó los ojos, dándole a su mirada un aire amenazador que Ruby nunca había percibido antes.

-¿Qué ocurre? –preguntó, con cautela.

-Alice, quiero parar esto –expuso Ruby, algo cohibida. De algún modo intuía que a Alice no le iba a gustar su decisión –No del todo. Quiero que sigamos encargándonos de Joseph… pero creo que el reverendo y su hija ya han…sufrido bastante.

-¿Quieres decir que ya han sufrido tanto como tú? –inquirió Alice en tono melifluo. Posó la liebre en el suelo, que extrañamente se quedó quieta donde la dejó, sin intentar huir, y se acercó a Ruby con el cuchillo aún en la mano y los ojos fijos en ella.

No, sin duda el reverendo y Martha no habían sufrido tanto como ella. No habían visto morir ahorcada a su madre sabiendo que era inocente, no habían tenido que trabajar como esclavos para alguien a quien detestaban, no había intentando violarles el ser más repugnante que conocían. Pero la única manera de que sintieran el mismo sufrimiento que ella, exactamente el mismo, era que vivieran su vida. Y eso era imposible.

Dos semanas de agonía cercana a la muerte eran tal vez lo más cercano que sentirían al sufrimiento de Ruby, y aunque quizás no fuera suficiente, ella ya no quería más. Porque más significaría matarles.

-No –dijo lentamente, sosteniendo la mirada de Alice –pero no quiero que mueran.

-Por favor, Ruby, no morirán –replicó la pelirroja, irritada –podemos alargar su enfermedad tanto como queramos. Podemos hacer que sigan así semanas, meses. Incluso años –insistió, excitándose con cada referencia temporal.

Ruby apartó la mirada, rechazando interiormente las palabras de Alice. No quería pasarse años de su vida cuidando de los cuerpos raquíticos y sudorosos del reverendo y su hija, no quería seguir viéndoles deteriorarse, continuar escuchándoles rezar o llamando a sus seres queridos. No quería seguir viendo al pequeño John llorando a pleno pulmón desde su ventana con tierra, lágrimas y mocos mezclándose en su cara.

-¿Es que te da pena el crío de Martha Lyford? –inquirió Alice, con un desprecio en la voz que no pudo ocultar, como si le hubiera leído el pensamiento.

Exactamente como si le hubiera leído el pensamiento.

-Echa de menos a su madre, como yo –replicó Ruby, alzando la barbilla con obstinación, sin avergonzarse.

-Qué tierno –el tono de Alice era dulce pero con un tinte burlón que hizo que Ruby se tensara -¿y por qué echas de menos a tu madre, Ruby? Dímelo.

Las dos conocían la respuesta, pero Alice quería que la dijera en voz alta. Que la verbalizara por si había olvidado todo su dolor. Como si pudiera hacerlo.

-Porque está muerta. Porque Martha la acusó de brujería y el reverendo la colgó en la horca –dijo despacio, escupiendo cada palabra envuelta en odio.

-¿Y eso es todo lo que te han hecho, Ruby? –insistió Alice, comenzando a caminar en círculos alrededor de la joven rubia.

-No –murmuró Ruby, apretando los puños.

-No te escucho, Ruby.

-¡No! –gritó ella. No era todo. También la habían despreciado y explotado durante años. El reverendo la había acusado de tentar a su hijo cuando le sorprendió intentando violarla. Los dos la culparon de la enfermedad de Joseph. Lyford había amenazado con echarla, Martha llevaba buscando que lo hiciera desde el primer día.

-Entonces, Ruby, explícame por qué sientes lastima por ellos –pidió Alice, con una nota de acero en la voz –Porque no lo entiendo. Ellos no la tuvieron contigo.

Ruby temblaba, ligeramente mareada por las vueltas que Alice daba a su alrededor. Sus ojos la seguían automáticamente, primero a su derecha, luego en frente, a la izquierda…para desaparecer y reaparecer de nuevo a la derecha.

-Dijiste que confiarías en mí –susurró Alice cerca de su oreja derecha, pero cuando Ruby giró el rostro para mirarla, la pelirroja ya estaba a su izquierda -¿Confías en mí, Ruby? –ahora su voz le llegaba desde atrás, a su espalda.

Ruby cerró los ojos, abrumada. Intentó centrarse, pensar en Alice. Ella la había ayudado desde siempre…desde que Elizabeth murió. Le había dado los medios para poder vengarse…

-He arriesgado mucho por ayudarte, Ruby, mucho. ¿Y ahora ya no confías en mí? –insistió su voz, dolida.

Ruby abrió los ojos de golpe. Alice estaba frente a ella, el cuchillo brillando en su mano. Podía oír su respiración, aguardando una respuesta. Alerta.

-Sí –respondió Ruby al cabo de unos segundos.

Alice sonrió y toda la tensión acumulada en el ambiente pareció aflojarse y desaparecer. Fue hasta la liebre agazapada, la cogió por las orejas y regresó junto a Ruby. Le tendió el arma y la miró con fijeza.

-Entonces esta vez…hazlo tú –pidió, con una suave sonrisa en sus facciones dulces.

Y los dedos de Ruby se cerraron sobre el cuchillo.

o0o

El doctor Brewster finalmente llegó a Falmouth. Aunque apenas había pasado un mes desde que lo había visto por última vez, a Ruby le pareció que había envejecido diez años de golpe. Tenía ojeras bajo los ojos, una barba incipiente y descuidada y la camisa arrugada. Su rostro tenía una expresión de cansancio y abatimiento permanente, después de que se le hubieran muerto más personas en las manos durante las dos semanas anteriores que durante toda su vida ejerciendo la medicina.

Ruby le guió rápidamente hasta las habitaciones de los enfermos. El doctor se encerró con ellos por separado y los examinó detenidamente. Si eso era posible, a Ruby le dio la impresión de que había envejecido aún más después de verlos. Le pidió a Ruby un vaso de agua, dejó su maletín de cuero desgastado sobre la mesa de la cocina y se sentó en una silla, derrotado.

-El reverendo y su hija Martha tienen tuberculosis, Ruby –anunció, con tristeza.

-¿Tiene cura? –preguntó Ruby automáticamente, acercándole el vaso.

-Bueno…existen tratamientos –murmuró él, tomó el vaso pero evitó la mirada de la chica –hay quien prueba con azufre, arsénico o mercurio. Incluso con té o cacao…pero mi experiencia me dice que nada de eso funciona.

-¿Eso significa que van a morir? –continuó ella. No necesitaba pensar qué pregunta debía hacer para parecer realmente interesa, qué preguntas haría la agradecida protegida del reverendo. Le salían de manera automática. Mentir formaba parte de su vida cotidiana con la misma normalidad que hacer la colada o cocinar.

El doctor vació el vaso de tres tragos, antes de responder.

-No necesariamente. Algunas personas sobreviven, otras no. Aún no se sabe por qué. Lo único que puedes hacer es intentar que su padecimiento sea lo más llevadero posible. Cambia sus sábanas a menudo, enfríales con paños húmedos, intenta que coman… Y Ruby…ten cuidado con su tos, podrías contagiarte…

-Descuide.

El doctor se puso en pie y miró a Ruby con gravedad.

-La tuberculosis es mucho más fácilmente contagiosa que la sífilis, Ruby.

El doctor parecía casi preocupado por ella. Que alguien que no fuera Anne o Alice se interesara por ella era una sensación tan olvidada que casi le parecía desconocida. Y eso hizo que se sintiera aún más culpable, porque el pobre doctor Brewster temía que se contagiara de una enfermedad que ella había provocado.

Rehuyó su mirada y se acercó a la chimenea para vigilar el puchero en el que hervía un caldo de puerros. El doctor aguardó unos segundos y al ver que Ruby no decía nada, se despidió y fue a casa de Joseph a examinar sus avances.

Regresó media hora después, más pálido y hundido aún, desconcertado.

-No lo entiendo –murmuró.

-¿El qué?

-La enfermedad de Lyford hijo…no avanza a un ritmo normal. No es sólo que el tratamiento no le haga efecto, es que ha pasado de la primera etapa a la segunda en cuestión de semanas. Los chancros aún no han desaparecido del todo y ya tiene clavos sifilíticos… -divagó. Miró a Ruby y entonces se dio cuenta de que lo que decía no tenía mucho sentido para ella –Lo normal es que las ronchas que tiene por todo el cuerpo aparezcan cuatro o cinco semanas después de la desaparición de las llagas. La sífilis es una enfermedad relativamente lenta, ésta no sigue el curso natural. Es muy extraño.

Ruby removió el contenido del puchero despacio, dedicando toda su atención a ello.

-Entonces, tal vez se trate de otra enfermedad –sugirió, fingiendo un tono torpe y vergonzoso, como si considerara un atrevimiento o una estupidez hacer una cábala tal ante un médico. El tono que debían usar las mujeres cuando hablaban de cosas que "no entendían" o "cosas de hombres", lo cual solía ser lo mismo y aludía a casi cualquier asunto. Un tono con el que disculparse implícitamente por atreverse a pensar.

El doctor replicó con un murmullo y continuó rezongando para sí durante un buen rato mientras Ruby cocinaba. Al cabo de puso en pie y recogió su maletín. Parecía nervioso y las manos desnudas le resbalaron sobre el asa de cuero cuando Ruby se volvió hacía él. Se pasó una mano por la frente y los ojos, miró a la joven de reojo y soltó aire, capitulando interiormente ante algo.

-Ruby, hay algo que debería contarte. Algo que tal vez debería haberte dicho tiempo atrás pero…bueno, no te he visto mucho desde…desde…

-Que mataron a mi madre –comentó ella con tono neutro. El doctor se estremeció levemente y asintió con movimientos rígidos.

-Sé que acusaron a tu madre de brujería, pero ella no era una bruja. Durante estos años me ha apenado pensar que tal vez tú creíste lo que el reverendo y el resto de la gente del pueblo pensó: que tu madre era una mala mujer que hacía tratos con el diablo y drogaba a las jóvenes con malas intenciones.

Ruby sintió el impulso de decirle que ya sabía que su madre no era una mala mujer, pero algo en su interior le dijo que simplemente le dejara hablar, tensándola con una extraña expectación.

-No es así, por supuesto, pero la gente de los pueblos es muy supersticiosa… Es cierto que tu madre conocía hierbas y plantas que funcionan como sedantes naturales…pero eso es porque yo, bueno, yo se lo enseñé en secreto. Tengo conocimientos básicos de la medicina indígena –dijo, y aferró con fuerza el maletín, como si estuviera preparado para huir de un momento a otro. Su cuerpo estaba echado hacia atrás, demostrando claramente que quería irse de allí cuánto antes, acabar con ese trámite incómodo.

La cuchara de madera cayó de las manos de Ruby. El doctor, pensando que estaba impresionada por la noticia de que los conocimientos de medicina de su madre no provinieran del diablo, se apresuró a recoger la cuchara y con amabilidad, hizo que Ruby se sentara sobre una silla de madera. Pero en realidad, no alcanzaba siquiera a imaginar el porqué de la palidez repentina y espectral de Ruby, su expresión consternada.

Alice le había mentido. Su madre jamás había usado ese libro de hechicería. Ni para hacer el bien, ni para hacer el mal. Ruby supo que el libro mágico de Alice jamás había estado oculto debajo de un colchón o tras una tabla falsa de su casa. Que su madre supiera utilizar hierbas con fines medicinales tenía una explicación tan sencilla que era ridículo que no se le hubiera ocurrido antes: el doctor la había enseñado. Seguramente durante los largos paseos que daban en cada una de sus visitas, en los que Elizabeth le ponía al día de todos los partos, muertes y dolencias de los habitantes del pueblo.

Tardó unos largos minutos en reaccionar a la voz del doctor, que le preguntaba una y otra vez si se encontraba bien. Cuando Ruby volvió en sí, el hombre se deshizo en disculpas, le recordó a la joven los cuidados que debía darle a los enfermos, le encomendó que fuera precavida para no contagiarse y desapareció rápidamente.

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Una vez sola, lágrimas ardientes y pesadas comenzaron a brotar de los ojos de Ruby, de forma incontenible. No lloraba, simplemente le caían lágrimas entre las pestañas, recorrían la curva de su mejilla y se transformaban en un cerco redondo sobre la tela de su blusa o en la madera del suelo. Un caos de pensamientos y sentimientos se arremolinaban en su cabeza, yendo de un lado a otro, sin parar de surgir, mezclarse y cambiar. Pensaba en Alice y en su mentira. Se sentía traicionada y ultrajada, como si le hubieran robado su inocencia sin permiso. Le había mentido a renglón seguido de pedirle que confiara en ella. Había repudiado sus reticencias respecto al libro mágico argumentando que Elizabeth lo había usado, sabiendo que eso era prácticamente una garantía para Ruby de que lo que hiciera con el instrumento del que su madre se valió en su día era totalmente lícito. Y cuando dudó, cuando quiso parar, reavivó todo el odio que Ruby guardaba en su interior para que siguiera adelante con una venganza que sentía haber alcanzado ya.

No obstante, Ruby intentó analizar la situación con frialdad. Seguramente Alice le había mentido para que no se asustara como cualquier pueblerina ignorante y cándida ante la idea de que unos rituales pudieran hacer enfermar o incluso matar a la gente. Y a fin de cuentas, Alice la había ayudado como había prometido hacer. Cuando más desesperada estaba, le dio una salida. No la había obligado a hacer nada, Ruby lo sabía. No obstante no podía librarse de la inquietante sensación de haber sido manipulada, utilizada para algún fin. Porque, ¿qué había sacado Alice de ayudarla? Aparentemente nada. No tenía ninguna razón para odiar a los Lyford, Alice conocía trapos sucios de todos los habitantes del pueblo y no les embrujaba, aunque podría hacerlo.

Algo latía en su pecho, expandiéndose, como una especie de premonición. Estremecida y asustada sin razón aparente, Ruby subió corriendo las escaleras hasta la habitación del reverendo. El anciano yacía adormilado, a medio camino entre el sueño y la vigilia. Se movió cuando Ruby irrumpió en su cuarto, pero no abrió los ojos ni habló, como si estuviera demasiado débil para hacerlo.

Ruby no se molestó en ser sigilosa. Se acuclilló a los pies de la cama y levantó la ropa hasta descubrir el borde del colchón. Unas puntadas de fino hilo cerraban un tajo hecho con cuchillo semanas atrás en la tela que guardaba la paja y plumas. Ruby arrancó las puntadas con sus propios dedos y metió una mano en el interior del colchón para buscar el saquito de cuero. Lo encontró, con una mezcla de alivio y tensión, y su corazón empezó a latir a toda velocidad, como si no le quedara tiempo. Con un tiro brusco, cubrió el colchón con las sábanas y salió presurosa del dormitorio. Bajó los peldaños de dos en dos, estrujando el saco de cuero en una mano. Irrumpió en la cocina y lo arrojó al fuego que ardía en la chimenea a toda velocidad, como si temiera que Alice fuera a aparecer para impedírselo. Las llamas se le antojaron insoportablemente lentas oscureciendo el cuero y llegando al interior de huesos, dientes, hierbas y tela con un suspiro ahogado. Un humo negro y denso brotó de la hoguera y se fue diluyendo lentamente en la estancia y desapareciendo por la chimenea hasta que no quedaron más que las llamas y cenizas, salpicadas de huesos y dientes calcinados.

Ruby se sintió ligeramente aliviada, como si hubiera liberado al reverendo de la mano invisible de Alice. Se llevó una mano a la cofia y pensó en su siguiente paso. El saco de vudú con la tela de un vestido de infancia de Martha que Ruby había encontrado en un baúl del ático, estaba enterrada a los pies de su casa, justo bajo la ventana de su dormitorio conyugal. No había necesitado llevarlo más cerca de Martha cuando la trasladaron a casa de su padre, era como si el poder de ese pequeño costal supiera a quién debía afectar, estuviera cerca o no. El problema era que Ruby no podía ir a desenterrarlo en plena tarde. La gente podría verla y desconfiar. O peor aún, Alice podría sorprenderla.

En teoría la venganza era de Ruby, ella debería poder terminarla cuando quisiera, pero algo en ella sabía que Alice no lo aceptaría así como así. Durante un segundo, durante menos de un segundo, la noche en que había querido parar con eso, cuando Alice la contemplaba fijamente con el cuchillo en la mano, Ruby había llegado a pensar que su amiga la mataría si no confiaba en ella. Pero había desechado la idea con la misma rapidez con que había surgido porque Alice siempre la había ayudado, siempre había cuidado de ella, nunca le haría daño…

O tal vez sí. Porque si algo había aprendido Ruby después de todo, era a desconfiar de la gente.

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Esa noche, Anne se durmió muy contenta porque el reverendo había tenido el ánimo suficiente para cenar la sopa de puerros que Ruby había estado haciendo. De hecho, la fiebre parecía haberle bajado y la tos remitía lentamente.

Ruby, inquieta, salió de la cama en cuanto su hermana cayó rendida a los sueños. Sin molestarse en coger un mantón, bajó las escaleras y abandonó la casa del reverendo, iluminada sólo por un par de estrellas. Afortunadamente, la casa de Martha y su marido estaba tan sólo a unos metros, al final del huerto. Ruby se deslizó como una sombra hasta ella y se agachó al llegar a la ventana del dormitorio. Hundió las manos en la tierra y se puso a excavar, buscando frenéticamente el saco de vudú vinculado a Martha. Al cabo de un par de minutos dio con él, tapó el hoyo rápidamente y regresó corriendo a su casa. No se sintió segura hasta que cerró la puerta con suavidad y recogió el candil que había dejado en el aparador. Fue hasta la cocina, cogió una olla y regresó a la entrada. Subió unos peldaños de las escaleras y se sentó allí, lejos de cualquier ventana. Examinó el saquito cubierto de tierra por unos instantes y después lo dejó colgando sobre la vela, sujetándolo por el mechón de su propio cabello con que lo había atado. El cuero comenzó a arder muy despacio ante los lametazos de la llama hasta que ésta llegó a la tela del vestido que estaba en el interior. Entonces Ruby lo dejó caer dentro de la olla y contempló en silencio como el cuero se retorcía y se carbonizaba poco a poco junto las hierbas de matalobos y las plumas de cuervo, dejando al final como poso los dientes de conejo y los huesos de pájaro quemados.

Entonces, Ruby volvió a la cocina, vació el contenido de la olla entre las cenizas de la chimenea y regresó silenciosa como un ratón a su habitación.

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A la mañana siguiente, cuando Anne y Ruby se levantaron para atender al reverendo y a su hija, vieron tímidas muestras de su mejoría. Desayunaron un poco de leche aguada y de pan rancio y el reverendo incluso pudo inclinarse por sus propios medios. En cambio, cuando Ruby acudió a casa de Joseph, él continuaba igual. Sin apetito, febril, perdiendo peso y pelo. Aunque había liberado al reverendo y a Martha de su enfermedad, no pensaba hacer lo mismo con Joseph, no aún. Sabía que si permitía que se recuperase, él intentaría terminar lo empezado una vez se hubiera repuesto así que Ruby había decidido prologar su sufrimiento. Su capacidad de sentir remordimientos estaba atrofiada cuando se trataba de él. Ni una vez había preguntando por su padre o su hermana desde que supo que ellos también habían enfermado, así que Ruby no le informó de sus mejoras. Le aplicó la salva de mercurio y cubrió su desnudez con una sábana hasta su cintura. Después se marchó al bosque a recoger las setas que habrían brotado después de unos días de lluvias primaverales. Llevaba una tosca cesta de mimbre y un cuchillo oxidado para extraer los hongos de raíz. Ruby conocía el bosque casi como la palma de su mano después de entrar tantas veces en él. Su madre le había enseñado que las setas solían crecer en los lugares más húmedos del bosque, como el musgo, así que Ruby siempre realizaba el mismo itinerario para buscarlas.

Encontró un macizo de setas comestibles debajo de una gran piedra húmeda y cubierta de liquen y se agachó para recogerlas. Estaba colocándolas en la cesta cuando intuyó, más que sintió, una presencia tras ella.

Se volvió bruscamente y por alguna razón no sintió alivio al darse cuenta de que se trataba de Alice. La joven estaba muy seria y miraba a Ruby con una fijeza funesta, sin parpadear.

-Hola, Ruby –la saludó con el tono dulce y arrullador de siempre, pero que a Ruby le sonó perverso.

-Alice –respondió con naturalidad y siguió recogiendo setas. Estaba nerviosa, notaba el pulso acelerado y una pequeña opresión sobre el corazón, pero no podía permitirse exteriorizarlo. Por alguna razón sentía que estaba en peligro y que huir como un animalillo asustado no haría sino empeorar las cosas. Debía mantener la calma y hacer eso que últimamente se le daba tan bien: mentir.

-¿Cómo están los Lyford? –preguntó Alice con curiosidad. Esa sola pregunta, hizo que Ruby supiera con certeza que Alice intuía lo que había hecho.

-Enfermos –repuso, neutra.

-¿De verás, Ruby? –Alice se acercó a ella –porque he oído que el reverendo y su hija han mejorado notablemente.

-¿Ah, sí? Pues ya sabes más que yo –Ruby habló con un descaro no ofensivo, desenterrando un par de setas con pulso firme. Pero entonces notó la mano de Alice cerrándose en sus mandíbulas con una fuerza descomunal para una muchacha de apenas dieciocho años que seguía conservando el mismo aspecto infantil de cuando tenía quince. Ruby, incapaz de girar el rostro, movió los ojos para mirarla y las setas se escurrieron entre sus dedos terrosos.

Alice tenía los ojos oscurecidos y los labios apretados. Tiró de la barbilla de Ruby, haciendo que se levantara del suelo como si fuera de paja, hasta que estuvo a su altura.

Ruby no intentó liberarse, tan sólo le sostuvo la mirada, sin encogerse siquiera cuando Alice se acercó tanto a su boca que podría haberla besado.

-Estás mintiendo –escupió Alice, furiosa –y eso me disgusta.

Y dicho esto la soltó con tanta fuerza, que Ruby retrocedió un par de pasos. Se irguió entonces, se frotó la mandíbula y miró a Alice con una mezcla de miedo y desafío. No podía explicarse la fuera inhumana de su amiga pero por alguna razón su comportamiento antinatural no la sorprendía. Sentía que por primera vez estaba viendo a la verdadera de Alice bullendo bajo esa superficie angelical. La Alice que había intuido ya antes pero que nunca se había mostrado.

-Si sabes la verdad, entonces no sé para qué preguntas, Alice –dijo Ruby con frialdad.

-Ten cuidado con lo que dices, Ruby –amenazó Alice, ladeando el rostro –o tendré que frotarte la lengua con ortigas.

-Esta es mi venganza y he decidido pararla –la informó Ruby sin titubear. Sentía que mostrarse categórica e inalterable, como si la nueva Alice no la asustara, era su única oportunidad –Agradezco tu ayuda pero ya no la necesito más.

Alice la miró unos instantes con los ojos muy abiertos y después se echó a reír a carcajadas, mostrando todos sus dientes, blancos como la leche, perfectamente alineados, sin picar.

-¿De verdad, Ruby, eres tan estúpida? –preguntó, con lágrimas en los ojos de tanto reír -¿De verdad crees que tú, una insignificante pueblerina huérfana, tienes algún poder sobre lo que está pasando? –dejó de reír y repentinamente seria, graznó –Yo decidiré cuando acabará esto.

Ruby sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, pero se mantuvo firme.

-He quemado las bolsas de vudú, ya no tienes poder sobre ellos.

Alice hizo un mohín apenado y negó con la cabeza como un padre decepcionado de su único hijo.

-Tenías mucho potencial, Ruby, muchísimo. Un corazón negro de odio, pocos escrúpulos, buena capacidad para mentir… pero eres como el resto de los humanos. Menos santurrona pero igual de ignorante. ¿De verdad crees que era ese libro el que te daba el poder de enfermar a los Lyford, Ruby? –Alice dio un paso para acercarse a ella –Era yo.

Ruby abrió la boca sorprendida e intentó retroceder pero Alice le hundió las uñas en el antebrazo, paralizándola.

-Está bien, no quiero quitarte méritos –continuó Alice, con tono acariciador –Supiste destruir las bolsas de vudú, olvidé que te había dicho cómo hacerlo. Buen punto. Pero tu esfuerzo ha sido en vano porque podría partir ahora mismo sus frágiles cuellos con sólo chascar los dedos, sin moverme de aquí. No obstante, quédate tranquila, los Lyford no me interesan, querida.

-¿Quién eres? –preguntó Ruby, entre dientes. Esa joven no era Alice. Sí era la Alice que se había acercado a ella en la iglesia, el mismo día que juzgaron y mataron a su madre. Pero no la Alice de piernas y manos regordetas que trepaba a los árboles con los niños del pueblo durante su infancia. Era como si alguien o algo se hubiera metido dentro de la Alice en la que no había reparado durante sus primeros trece años de vida.

-¿De verdad quieres saberlo, Ruby? –preguntó Alice con un matiz peligroso en la voz –Bien, te complaceré.

Alice bajó el rostro, como si hubiera caído repentinamente en una especie de trance. Pero cuando volvió a alzarlo, Ruby vio sus ojos completamente negros. Sin iris, sin pupila, sin cornea blanquecina, sólo negrura espesa y brillante.

La más absoluta ausencia de luz.


Veamos. Como ya comenté a través del doctor Brewster, una sífilis normal tardaría casi un mes de pasar de la primera fase a la segunda (un mes sin síntomas) y aún más en llegar a la tercera parte, cuyos efectos son irreversibles. La tuberculosis en cambio, es una enfermedad que en el siglo XVII no tenía cura, así como la Peste. La elegí antes que la Peste Negra (que en la época de la historia estaba causando estragos en Inglaterra) porque la peste es mucho más rápida, mata a las personas en cuestión de días. En cambio la tuberculosis iba más lenta y había casos de personas que la superaban. Según mis informaciones, existían tratamientos que no funcionaban, como lo que cita el doctor. Por otro lado, en este capítulo he querido darle un poquito de humanidad al reverendo y en su hija Martha. Sobre todo al primero, un hombre que de no haber nacido en ese clima tan fanático, posiblemente no hubiera sido un mal tipo. Y Martha por muy egoísta y maliciosa que sea, es una madre con todo lo que eso conlleva. Eso es lo que Ruby vio en ellos (que no vio en Joseph), lo que la hizo dudar cuando se dio cuenta de que su hermana apreciaba a Lyford. En la última parte del ciclo The Witch (que sí, prometo que la siguiente será la última) explicaré aún más cosas sobre Alice. La mayoría habéis adivinado quién es exactamente y creo que este capítulo ha sido bastante revelador Y bueno, no quiero hablar de más para no estropear lo que queda. Quería hacerlo todo en un capítulo pero ya es bastante largo asi y podría estropear el final si me apresuro. Así que un poquito más de paciencia, por favor :)

Gracias por todo :)

Con cariño, Dry