Capítulo 4
La misión no había ido tan mal. De hecho había sido un éxito. Astrid estaba encantada con Desdentao, habían encontrado el nido de los dragones y averiguado el misterio que entrañaban. Sólo faltaba presentarle a Ariel sin que corriera la sangre y tendría una preocupación menos respecto a su decisión.
-¡Tiene mucho sentido! –venía diciendo Astrid –Es como una colmena, ellos son los obreros y ella es su reina. Vamos a por tu padre. –finalizó, descabalgando.
-¡No! Matarían a Desdentao, no Astrid, tenemos que pensarlo con cuidado.
-Hipo, hemos encontrado el nido de los dragones, algo que los vikingos buscamos desde que llegamos a esta isla. ¿Y tú quieres guardarlo en secreto? ¿Para proteger a tu querido dragón? ¿Vas en serio? –preguntaba Astrid asombrada.
-Si –fue la respuesta dura y decidida de Hipo. Tenía una mirada valerosa que nunca había visto en él antes. Se sitió intimidada.
-Bueno, y ¿Qué hacemos ahora?
-Tu dame hasta mañana.
-Vale. Esto por secuestrarme. –dijo dándole un puñetazo. El chico miró a su amigo con extrañeza. Pero la sorpresa real se la dio un segundo más tarde. –y esto, por todo lo demás. –continuó tras besar la mejilla del muchacho, para a continuación salir corriendo dejando a un traspuesto Hipo a sus espaldas.
-¿Y..y tú qué miras? –interrogó a su reptil.
-La cara de tonto que se te ha quedado. –contestó una voz femenina a sus espaldas. –Parece que le gustas. Tu sigue así rompe corazones. –continuó pasando al lado de Hipo para acariciar al dragón.
-¿Pero qué dices? Si apenas puede verme.
-Ya, claro. Hipo, seré de otra especie, pero sigo siendo chica y no miramos así a ningún chico si no nos gusta, aunque sea un poco.
Hipo giro la cabeza dubitativo, por lo que Ariel decidió cambiar de tema para dejar de incomodar a su hermano.
-Bueno, que plan descabellado se te ha ocurrido.
-Voy a enseñarles que se puede entrenar a cualquier dragón, vamos algo sencillo y de todos los días. –respondió con sarcasmo.
-¿Quieres que vayamos contigo? –dijo ahora Ariel seria.
-No. Sólo quiero que me prometas que si algo me pasa cuidaras de Desdentao.
-Desde luego, pero sólo si tu nos avisas de que algo pasa.
-Está bien. –respondió Hipo, viendo el cariño sincero en los ojos de la que él consideraba su hermana. –Será mejor que vayamos a dormir. Mañana va a ser un día duro.
-Vale. Suerte. –le deseó Ariel besando la mejilla opuesta a la de Astrid.
-Gracias. –y con estas palabras emprendió el camino a la aldea y su amiga pensaba que al amanecer se prepararía para cualquier cosa.
Durante el trayecto solo pensaba en las últimas semanas. Había despertado la admiración de sus congéneres, se había ganado el respeto, incluso de su padre, y lo más importante; ya no estaba solo. Y todo gracias a esos dos seres que vivían en la cala.
Cuando amaneció fue incapaz de ingerir nada por los nervios, se puso su nuevo casco y se dirigió hacia la arena y paseó por el recinto hasta que oyó aproximarse a las primeras personas, que decidió ocultarse en el corredor de entrada hasta que finalmente el estadio quedó repleto. Mientras escuchaba a su padre dar un discurso a cerca de lo orgulloso que se sentía notó que alguien se acercaba.
-Ten cuidado con ese dragón –dijo Astrid.
-No es el dragón lo que me preocupa –le respondió. –¡Astrid! Si algo saliera mal… encárgate de que no encuentren a Desdentao. –pidió Hipo.
-Lo haré, pero prométeme que todo saldrá bien. –pidió en reciprocidad, pero Bocón entró a interrumpir el momento evitando que hiciese promesas que no sabía si podría cumplir.
Se aproximo al expositor de armas entre aplausos de la multitud que se había reunido allí, tomo el escudo y un cuchillo.
-Estoy listo –dijo situándose frente al puerta que abrieron segundos más tarde.
El pesadilla monstruosa salió envuelto en llamas y escupiendo fuego hacia las gradas trepando por el techo y buscando la forma de salir hasta que vio a Hipo, una de las criaturas que le habían encerrado en esa cámara durante tanto tiempo. Se aproximo a él lenta e intimidatoriamente. Pero para su sorpresa ese humano tiro las armas que portaba y extendió las manos hacia él pidiéndole con voz amable que se tranquilizase. –No soy como ellos –le dijo lanzando el casco a un lado. Era un cachorro, así que dejo de gruñirle.
-Que paré el combate –ordenó Estoico.
-¡No! Quiero que todos veáis esto –le desafió su hijo. –No son lo que nosotros creemos que son. No hace falta matarlos –contaba con la mano cerca del hocico del temible dragón que estaba bastante tranquilo.
-He dicho… ¡Qué pare el combate! –repitió el jefe aporreando la jaula con su martillo y desencadenando el caos, pues el ruido metálico asustó al pesadilla monstruosa, que atacó a Hipo, no dejándole al muchacho otra opción que huir mientras daba un alarido.
El caos se desencadenó, Astrid entró en la arena e intentó desviar la atención del pesadilla para dar ventaja a Hipo. Estoico también entró para sacar de ahí a los dos adolescentes, la primera Astrid que era la más cercana, Hipo en cambio se encontraba en serio peligro, ya que el dragón apenas le dejaba margen de maniobra.
Por otro lado en la cala Desdentao escucho el grito de su amigo y presintió el peligro, por lo que nervioso empezó a intentar escalar la roca. Cuando Ariel lo vio se acerco al furia nocturna.
-¿Qué pasa Desdentao?
Él rugió en respuesta.
-Es Hipo, le ha pasado algo a Hipo. –dedujo subiéndose a lomos de su amigo. –Vamos a ayudarle. –y emprendieron el vuelo hacia la aldea dejando que Desdentao se guiase por los sonidos. Cuando se acercaban vieron en un ruedo a Hipo siendo perseguido por otro dragón y a la multitud muy alterada. Desdentao rugió y lanzó una bola de plasma que destruyo las cadenas del techo y ambos amigos entraron al ruedo para ayudar al humano.
-¡Cuidado Hipo!
-¡Qué alguien entre ahí a ayudarle! –Eran los gritos de los habitantes de Mema, y el miedo por el chico fue mayor cuando el polvo comenzó a disiparse y se vio…
-¡Un furia nocturna! –exclamó Bocón.
Entre tanto, en la arena, Desdentado se había arrojado sobre el pesadilla quitándolo de encima de Hipo y Ariel saltó del lomo del dragón para apartar a su amigo de la disputa. En ese momento se oyó el grito de Bocón y supo que eran visibles por lo que no convenía utilizar su magia. Efectivamente, la gente se extrañó al ver a una desconocida pelirroja salida de la nada.
-No uses tus armas. –advirtió Hipo en un susurro. –Pero da un par de patadas si puedes –le sonrió.
-Descuida.
Desdentao consiguió hacer huir al pesadilla, dando lugar a la parte más difícil de la lucha para Hipo. Contra su propia gente.
-Huid –pidió Hipo, pero no hubo tiempo, ya que tan pronto vieron disminuido el peligro, muchos de los vikingos que se encontraban en las gradas saltaron a la arena para atrapar al misterioso dragón. Patoso, el padre de Patán llevaba la delantera e iba a asestar un duro golpe a Desdentao con su martillo cuando, como caído del cielo, fue él quien cayó derribado de un fuerte golpe en la cabeza.
Todos habían olvidado la misteriosa aparición de Ariel, hasta que esta, al ver las intenciones para con su amigo, le asesto una fuerte patada en la cara que lo dejó inconsciente, pero no fue al único.
Ariel pateaba dejando sin aliento a sus adversarios o derribándoles, también daba algún puñetazo, y mordisco ocasional, pero finalmente fue apresada por un par de vikingos que se lanzaron sobre ella aplastándola con su peso.
Hipo aun no tenía la suficiente fuerza, pero empujaba todo lo lejos que podía a los que se acercaban a su amigo y pateaba cuanta espinilla podía.
Desdentao se las apañaba bastante bien, luchaba contra varios vikingos al tiempo, pero uno pelirrojo especialmente persistente no le dejaba en paz. Cuando finalmente le tuvo entre sus patas traseras fue a lanzarle una bola de plasma, ya que él había incitado a los humanos a atacarle a él y a sus dos amigos.
-¡No! –grito Hipo al ver al situación entre Desdentao y su padre. No quería que su padre muriera y si Desdentao le mataba nunca podría demostrar que era un magnifico dragón.
Todo se detuvo hasta que varios vikingos saltaron sobre Desdentao poniéndole un bozal y atándole de patas y alas. Al mirar a su alrededor Hipo vio a Ariel también amarrada de pies y manos, semiinconsciente en el suelo.
-¡Encerrarle con los demás! ¡y metedla en el calabozo! –ordenó Estoico, quien tomo a Hipo del hombro y le llevo arrastras hasta el Gran Salón.
-Debí haberlo supuesto.
-Papá, yo…
-¡Teníamos un trato!
-¡Lo sé! Pero eso fue antes de… ¡Dios todo es un desastre! … enfádate conmigo, pero por favor, no les hagas daño.
-¿El dragón y la chica te preocupan? ¿No la gente que casi matan? –gritaba Estoico cada vez más furioso.
-¡Me estaban protegiendo! ¡Si no os hubierais lanzado sobre ellos no os habrían hecho nada! –defendía Hipo con ahincó.
-¡Han matado a cientos de los nuestros!
-¡Y nosotros a miles de los suyos! –explotó Hipo. –¡Se defienden nada más! ¡Nos saquean porque tienen que hacerlo! ¡Si no llevan suficiente comida a casa se los comen vivos! Hay algo más en su isla papá…
-Su isla. –fue lo único que estoico registró. –¿Has estado en su nido?
-¿He dicho nido? –dijo intentando hacerse el loco.
-¿Cómo lo has encontrado? –vociferaba su padre.
-Pero no he sido yo, fue Desdentao. Sólo un dragón puede encontrar el nido. –y tras estas palabras Hipo vio el momento exacto en el que el cerebro de su padre hizo clic llegando a una conclusión. –Ay no papá, no sabes a lo que te enfrentas nunca has visto nada igual. –intentaba disuadirle al muchacho sabiendo que si iba moriría. –No, ¡Por una vez en tu vida haz el favor de escucharme! –dijo tratando de sujetarle, pero pesaba muy poco y de una sacudida su padre le lanzó al suelo, pero no fue eso lo que más le dolió.
-Te has compinchado con ellos. No eres un vikingo. No eres mi hijo. –fue el golpe de gracia de Estoico.
Hipo se quedo tirado en el suelo, destrozado. Por primera vez en su vida no podía pensar. Nadie entró en el Gran Salón ya que querían evitar a la gran vergüenza de Mema y los que querían no lo intentaron pues sabían que se les impediría de inmediato.
Estoico mando preparar las naves para ir a atacar el nido de los dragones y encadenar al dragón a la proa de su barco. Esta vez llegarían en dos días y sin perderse. Por otra parte, se sentía mal consigo mismo. Había sido muy duro con Hipo, pero no debía mostrarle un trato diferencial. Cuando volviese a casa le haría comprender que los dragones eran el enemigo. ¿Y quién era esa extraña chica que peleaba de forma tan peculiar como efectiva? Luchaba tan raro cuerpo a cuerpo que fue difícil doblegarla.
Movido por su curiosidad se acerco al calabozo. En la celda continuaba la chica tendida en el suelo. Tenía una peculiar melena rojo fuego que le cubría parcialmente el rostro donde se apreciaban varios arañazos de la pela, vestía unas ropas que se le hacían conocidas sin ser del todo las acostumbradas por ninguna de las tribus de alrededor.
-¿Podría darme agua? –dijo una voz dulce y melódica, casi hechizante. Volvió a dirigir la mirada al rostro de la muchacha y vio que se había retirado el pelo de la cara mostrando la otra mejilla sucia, pero eran los ojos del color del mar en calma los que llamaban la atención. -¿Podría darme un poco de agua? Esto empieza a escocer y me gustaría lavarlo para que no se infecte, pero no he oído venir a nadie desde que desperté.
Estoico tomo un cuenco viejo y una jarra y vertió agua fría en él y lo pasó entre los barrotes para dejarlo cerca de la chica.
-Gracias –dijo Ariel incorporándose. –¿Usted es Estoico verdad? El padre de Hipo. –Estoico no respondió –Tiene la misma nariz, y la forma de los ojos también es parecida, aunque el color sea distinto. –continuó con una sonrisa que Estoico no pudo por menos que calificar como tierna. –Ha criado usted a un gran chico. Les debo a él y a Desdentao mi vida.
-Los dragones son asesinos por naturaleza. No sé en qué pensabais tu y mi hijo al arrimaros a uno. –saltó Estoico.
El semblante de la chica dejó de ser dulce y tierno para volverse duro, frio y calculador. Tomo el cuenco con sus manos atadas y lo alejo de Estoico.
-Voy a decirle una cosa. Su hijo es como mi hermano y Desdentao mi mejor amigo. Ellos me acogieron y protegieron cuando fui repudiada por los míos al ser diferente. Y debe saber que no permitiré que nada ni nadie les haga daño si yo puedo evitarlo –contestó con unos ojos que habían pasado al color del mar embravecido y se habían vuelto fríos como agujas de hielo.
-¿Me estás amenazando? –preguntó un furioso Estoico.
-No. Le estoy advirtiendo –respondió serena la pelirroja. Estoico no quiso continuar aquello y se marcho en dirección al muelle.
En cuanto desapareció Ariel manipuló el agua con sus dedos para hacer filosas y duras hojas de hielo con las que cortó la soga de sus manos. Estaba débil y sospechaba que al aplastarla le habían roto alguna costilla. Con sus dagas y el dominio del agua no le habrían puesto un dedo encima, pero no quería complicar más las cosas. Formó una burbuja de agua y tomo corteza del árbol del té en polvo de su cinturón y la espolvoreó para después formar un remolino que lo mezclase todo y fue pasándolo suavemente por sus heridas. El agua tenía de por sí un efecto curativo en ella y mezclado con el antiséptico la sanación era instantánea.
A continuación mezclo con el resto del agua pétalos de rosa secos y vara de oro y se lo bebió para curar hemorragias internas. Después se tumbó un rato para que la curación hiciese efecto y recuperar las fuerzas.
Entre tanto Hipo había visto desde lo alto del muelle como encadenaban a su mejor amigo y él, su padre y la mitad de los habitantes de Mema desaparecían en el horizonte alejándose hacia una muerte segura. Cuando se habían perdido de vista, llegó Astrid quien se había empeñado en saber por qué no mató a Desdentao, pero él no quería responder.
-¿Qué más da? No quise. Trescientos años y soy el primer vikingo que no quiere matar dragones.
-El primero en montar en uno también ¿Y bien?
-No quise matarlo porque parecía tan asustado como yo. Le miré a los ojos y me ví a mi mismo. –contesto tras reflexionar unos instantes.
-Ahora sí que estará asustado. ¿Qué vas a hacer?
-Nada. Supongo que una estupidez.
-Bueno, pero eso ya lo has hecho.
-Y también una locura. –dijo Hipo mientras salía corriendo. Iba a ir a salvarlos a todos de ese horrible dragón.
-Eso me gusta más. –susurró Astrid y fue a buscar al restó de aprendices para llevarlos a la arena, ya que se imaginaba a donde se dirigía el vikingo.
El muchacho fue al cuarto de la herrería a por su traje de vuelo y enfiló corriendo hacia la arena. Iba a ponerse a abrir las jaulas cuando.
-Si quieres que te maten yo apostaría por el gronkel.
Al volverse todos sus compañeros estaban allí.
-Has hecho bien en llamar al arma más mortífera del mundo. Soy yo. –dijo brusco acercándose, pero fue apartado de un empujón por Patán.
-¡Me encanta este plan! –exclamó entusiasmado para después golpearse la cara con su propia mano gracias a Brusca, quien le dijo.
-¡Estás loco! –me gusta. Pero Astrid tenía suficiente con la pelirroja desconocida como para dejar que su amiga también hiciese ojitos a Hipo, así que la apartó de un tirón de pelo.
-Bueno, ¿Cuál es el plan? –preguntó a Hipo.
-Vais a aprender a volar. –dijo con convicción abriendo la puerta del pesadilla monstruosa y entrando en su cubículo. Le acercó la mano al hocico sin llegar a tocarle en señal de respeto. El dragón le olió y fue aproximándose con cuidado y avanzando hacia el exterior cada vez más confiado. Conocía el aroma del chico y antes no le había hecho nada. Una vez fuera, Hipo tomó la mano de Patán y la coloco con delicadeza entre las fosas nasales del gran reptil. Le fornido vikingo estaba aterrado, pero al ver la tranquilidad del dragón él también se relajo bastante, hasta que Hipo se alejo.
-¡Espera! ¿A dónde vas?
-Vais a necesitar algo a lo que agarraos. Y hay que ir a sacar a Ariel del calabozo. No tenía buena pinta cuando se la llevaron. –contesto con preocupación.
-No te preocupes hermanito, ya me he encargado yo de eso.
Se giraron para ver entrar a la chica de larga melena roja.
-¿Te encuentras bien? Me tenías preocupado.
-Sí, me hice un par de remedios curativos y me puse bien a la hora. Después partí las puertas de la mazmorra de un cuchillazo y me largué. Aunque habrá que darse prisa, noqueé a un hombre con un cubo en la cabeza y a otro tipo más bajito y en cuanto recuperen el sentido darán la alarma.
-Entonces no hay tiempo que perder. –interrumpió Astrid, un tanto enfadada por la aparición de la bonita pelirroja.
-Estoy de acuerdo Astrid.
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Mi hermanito me habló de ti, además te vi en la laguna.
-¿Hermanito?
-Las explicaciones más tarde y os presentáis durante el viaje. Démonos prisa.
-¡Vale!
Lo prometido es deuda, este es el capítulo 4, por fin Ariel muestra que aun siendo la dulce princesa sirena que todos conocemos tambiéntiene su carácter.
Por motivos de falta de tiempo y de que no voy a tener Internet, no publicaré hasta después de semana santa.
Como siempre los Reviews son bienvenidos y muchas gracias a kirara213 por los ánimos con la historia, se lo agradezco y aprecio su opinión.
