Contrato de Amor

-¡Te... odio! -exclamó-. No te atrevas a insultarme. Hice lo que pude. Incluso traté de ocultar el hecho de que, de no ser por el dinero, jamás me habría casado contigo aun si fueras el último hombre sobre la tierra. Y si tú tampoco me quieres, me parece muy bien. ¿Me oyes? Eres un tirano dominante e insensible. No me sorprende que haya tenido que ir a Japon a buscarte esposo... ¡no me sorprende!

Mientras hablaba, Yami quedó inmóvil.

-Ningun hombre con un coeficiente intelectual normal querría casarse contigo y quedar encadenado a ti por el resto de sus días, tratando de no mostrar su felicidad cuando te encuentres a miles de kilómetros de el...

-Creo que es hora de quitarte la borrachera -se inclinó hacia Yugi y este saltó de su asiento y gritó, sorprendiéndolo. Interpretando sus palabras como una amenaza; perdió el poco control que le quedaba. Se quitó un zapato y lo empuñó con la certeza de que necesitaba una arma con que defenderse.

La puerta de la cabina se abrió y la azafata y el camarero entraron. Yugi ya no sentía vergüenza. Lloraba sin poder contenerse. Yami se ruborizó y habló con el personal. Una vez solos, tomó el zapato de la mano de Yugi y lo aventó a un lado.

-Jamás usaré la violencia contigo -gruñó, altivo.

-Estoy insensible; de todos modos... no lo sentiría -tartamudeó.

Los fuertes brazos de Yami lo levantaron de su asiento.

-Estarás más tranquilo cuando hayas descansado -lo llevó al com partimento donde había una cama. Al sentir las manos de Yami tratando de quitarle la ropa, Yugi trató de escapar a sus cuidados.

-¿De veras crees que podría tomarte en mis brazos con pasión en este momento? -lo miró con enojo-. No siento deseo por un niño histérico.

Lo dejó en ropa interior y cubrió con una manta su cuerpo tem bloroso. Yugi ya estaba más recuperado y la invadía el remordimiento por haber hecho una escena semejante. Fue injusto haberlo afrontado frente a su personal. El resentimiento debía de dirigirlo a sus propios padres por haberlo hecho casarse con ese hombre.

¿Podía culparlos? Lo presionaron mucho, pero el fue quien estuvo de acuerdo en casarse con Yami. Por desgracia, ahora que estaba casado.

-No sé qué fue lo que me pasó.

-No hay nada que explicar. Estabas aterrado. . . debí reconocer tu miedo y disculparlo. Pero yo también tengo sentimientos, Yugi -habló con énfasis-. La ambición financiera se permite en una amante, pero no en un esposo. Es por eso que te he hecho las cosas difíciles.

Por vez primera, Yugi deseó saber qué sentía Yami. ¿Amargura? ¿Desilusión?

Ya no estaba molesto, sino dolido. No quería hablar del dinero, aunque a no ser por él, no estaría allí con ese hombre. Yami lo despreciaba por haberse casado sólo por ese motivo. Y si le revelaba que amaba a otro hombre, aumentaría su desdén. Más avergon zado que nunca, susurró:

-No hablé en serio.

-No soy tonto, pero te preguntaré: si esto es lo que sientes, ¿por qué te casaste conmigo?

Yugi no pudo hacerse el mártir y usar el pretexto de la necesidad de su familia.

Guardó silencio y Yami suspiró al apartarle un me chón de cabello Tricolor de la frente.

-Yo sí tuve motivos -habló con suavidad-. El verte me causó placer y, a pesar de que lo niegues, podría hacerte perder tu aversión con increíble rapidez... puesto que cuando me miras, me deseas.

-¡No es cierto! -la hostilidad renacía en el.

-Lo es, mi pequeño Yugi -lo contradijo y le acarició con diver sión el labio inferior con el índice.

La mente de Yugi se puso en blanco

-Ya no estás enojado -murmuró.

-Agradece que seas tan lindo. Hace mucho que aprendí que Ra no otorga la misma perfección -declaró-. Creo que no sabías lo que hacías. Si me hubiese dado cuenta, no te habría hablado con tanta dureza.

Yugi era consciente de la calma imperturbable y de la fuerte personalidad que yacían bajo la aparente frialdad del hombre. Este nunca perdió el control, ni frente a la histeria del chico.

Llamaron a la puerta.

-Creo que traen la comida que pedí. Comiste muy poco antes -le recordó-. También te ordené una bebida fortalecedora que Tristan me aseguró que cura la resaca. Tómala y duerme.

Desconcertado, Yugi no pudo mirarlo siquiera. La azafata entró y miró con nerviosismo a Yami. Era obvio que lo consideraba como un golpeador y Yugi se sonrojó. Debía admitir que Yami lo trataba con inusitada amabilidad. Recordó su inmadurez de ese día y se deprimió más.

Al despertar, se sintió muy relajado. Sólo que cuando se movió y tocó un muslo recordó en dónde estaba y abrió los ojos de golpe.

-Buenos días -Yami se apoyó en un codo. Al ver la reacción de Yugi se rió. Su cabello estaba revuelto. Era muy atrac tivo. Cabello tricolor, piel dorada, ojos violetas muy intenso... una combinación letal. El sonrió y tomó un mechón de cabello de Yugi-. Vuelve aquí. ¿O tengo que ir a atraparte?

-¿A... atraparme? -tartamudeó.

Yami alargó un brazo y le rodeó la delgada cintura y lo atrajo hacia él.

-¡No! -gimió, alarmado.

-Sí.

-No.. . no estoy bromeando -exclamó.

-Yo tampoco, Yugi -le pasó la otra mano bajo la nuca para mi rarle los asustados ojos. Lo pegó a su cuerpo-. Y no hay nada que temer, sólo mucho por descubrir –prometió y lo besó con suavidad. Yugi tembló y permaneció rígido como una estatua.

Yami besó con de licadeza su cuello hasta la clavícula mientras le acariciaba la suave piel de la espalda.

Sin darse cuenta, Yugi se relajó. Un calor extraño nació. Se estremeció cuando sintió la caricia en su cadera y cuando Yami se movió con sensualidad contra el, enseñándole la intensi dad de su excitación. Le besó la sensible piel detrás de la oreja y una oleada de sensaciones extrañas lo invadieron. Por fin, riendo con suavidad, volvió a besarlo en la boca, hasta que el deseo lo inundó.

Eso era todo lo que en secreto Yugi deseó siempre, salvo que... salvo que... No sabía qué. Las manos de Yami acariciaron lo acariciaron con maestría y erotismo excitantes. Yugi gimió sin que rer. Su cuerpo se arqueó de placer contra el calor y la potencia del cuerpo masculino junto a el. De pronto, quedó libre.

Yugi se percató de que tenía los dedos hundidos en el cabello de Yami. Los apartó de inmediato, impresionado.

Yami le acarició la boca hinchada y sus ojos brillaron

-Estoy tentado a disfrutar de las delicias del lecho conyugal ahora contigo –lo miró con intensidad-. Sin embargo, no sería prudente. Pero por lo menos, quizá ahora sepas apreciar que no necesitas temerme esta noche.

Se levantó de la cama. No parecía avergonzado por mostrarse des nudo. Esa noche. Yugi se ruborizó. Estuvo a su lado y permitió que. . .

Ahora, en los brazos de un extraño, descubrió todo aquello que pensaba que descubriría con Seto y eso lo impre sionaba mucho. Pero no era Seto. Eso fue como un balde de agua fría.

Y Yami lo hizo sentir algo muy diferente. Con la facilidad y pericia de un amante experto, le mostró lo que era el deseo físico, irracional e incompatible con cualquier escrúpulo. Yugi estaba disgustado consigo.

Yami se refería a la noche de bodas con increíble serenidad. De nuevo sintió pánico. ¿Qué había hecho al casarse con él? ¿Cómo podría soportarlo? ¿Cómo podría acostarse con un desconocido?

Estaba sentado cuando Yami salió de la ducha, secándose el pelo con una toalla. Se ruborizó al ver su cuerpo y fijó la vista en la cama.

-Necesitamos hablar -murmuró.

-Aquí estoy.

-Al parecer aclaraste que yo no era el esposo que deseabas -hizo una pausa-. Quizá preferirías poner un alto ahora.

-¿Un alto?

-Una anulación.

-Supongo que tratas de divertirme -rió. Yugi lo miró indignado. Yami estaba vestido como un verdadero príncipe llevaba su corona y su capa junto con un accesorio en su cuello que fue un regalo de su padre por ser el heredero al trono y por tradición ya que se pasaba al hijo mayor siempre y cuando fuera varon, era un rompecabezas dorado en forma de triangulo el que llevaba por nombre rompecabezas del milenio

-De hecho, trato de ser constructivo -afirmó.

-¿No crees que tu deseo de ser... constructivo -repitió la palabra con sequedad-, llega un poco tarde?

Yugi se mordió el labio.

-Pero dijiste que no me reconocerías como esposo -protestó.

-Dije muchas cosas en mi furia y no hablé en serio. Dudo que tengas problemas con el alcohol y, aun si los tuvieras, no encontrarás salida para ello en Egipto.

-No te comprendo -se frustró.

-Nuestros encuentros hasta ahora no nos han alentado a compor tarnos con naturalidad. Y hablar de anulación ahora que estamos casados, me parece ridículo.

-Ahora es el único momento en que podríamos hacerlo -se defendió-. No te importa lo que yo sienta, ¿verdad?

-¿Quieres que sea sincero? -la miró con ojos entrecerrados-. Fui a tu casa sin imaginar lo que me esperaba. No tenía ningún deseo de casarme.

-¿Perdón? -intervino.

-Creo que me oíste, Yugi. Tampoco puedo aceptar que la noticia te sorprenda.

No quería casarse con el.

-Entonces, ¿por qué fuiste a casa?

-Con la esperanza de que tú quisieras negarte ya que yo no podía hacerlo -Yami lo miró con cinismo-. Pero mi esperanza no duró mucho, ¿verdad? Sin importar mi conducta, mi propuesta habría sido aceptable para ti y tu familia. Pero no suelo luchar contra el des tino. Eres muy hermoso. Pudo haber sido peor.

Yugi estaba boquiabierto y una rabia irracional nubló su pensa miento.

-¿Cómo pudiste casarte conmigo y pensar eso? Pudo haber sido peor -repitió, furioso-. ¿Y... cómo te atreves... a acostarte conmigo?

-Puede que no nos entendamos muy bien, pero eso no nos afec tará, en el lecho marital. Allí, no te parecen ofensivas mis atenciones.

-No te atrevas a echarme eso en cara ahora. ¡No tenía idea de lo que pensabas en ese momento!

-Ya te expliqué mis sentimientos -habló con reprobación y frialdad-. Ahora te sugiero que te vistas para poder ver a mi padre. Aterrizaremos dentro de poco.

Yugi empezó a llorar y olvidó su ira. Yami se fue y el se quedó deshecho por lo que sabía. Era la broma del siglo. El príncipe Yami Atem Raizel tampoco quería casarse con el. ¡Maldito! Si era cierto, ¿por qué estaban allí ahora? ¿Por qué fue él a Domino? ¡Tenía ganas de gritar! Un sentido de honor lo hizo ir a verlo, evitó que le transmitiera su falta de disposición. Pero, ahora que lo confesaba y que era demasiado tarde, se lo aclaró con altivez, como si Yugi y su familia lo hubieran ido a cazar con una escopeta. Ahora recordó su conducta sombría del primer encuentro. Yami se equivocó. ¡Ese maldito arrogante trató de hacer que lo rechazara!

-La única solución es un divorcio tan pronto como sea posible -pronunció al entrar en la cabina. Llevaba un traje verde pálido que acentuaba sus delgadas curvas.

-No seas infantil, Yugi -Yami alzó la vista de los documentos que revisaba y apenas si lo miró. Yugi se cruzó de brazos, fúrico al ser ignorado.

-Si lo único que te hizo ir a Domino fue ese estúpido intento de asesinato de tu padre y la loca promesa que hizo en ese momento, no estoy siendo infantil.

-Debo decirte que si mi padre hubiera muerto, habría sido trá gico para la supervivencia y la estabilidad de mi país -replicó con enojo-. Pero estoy de acuerdo que yo también considero que esa promesa fue...bastante extraña. Mi padre no es un hombre dado a impulsos insensatos.

-Pero, al igual que él, crees en estas tonterías del honor

-Es un concepto que pocos estiman. Si se sigue ese prin cipio, rara vez se puede elegir un camino -declaró-. Hace sólo tres semanas que me enteré de la promesa hecha entre nuestros padres.

-¿Sólo hace tres semanas? -Yugi estaba atónito.

-No había motivos para que yo lo supiera antes.

Yugi no entendió el insulto de inmediato. Pero cuando entendió la insinuación, se ruborizó hasta la raíz del cabello, mientras Yami seguía hablando con el mismo tono, mesurado y frío.

-Mi padre no pudo haber creído en esa promesa hasta el grado que muestra ahora. De ser de otra manera, me lo habría informado hace muchos años -aseguró Yami-. Pero entiendo sus motivos y puedo decírtelos ahora, puesto que no es un secreto en el palacio. Desde hace mucho, mi padre ha querido obligarme a que me case de nuevo.