Disclamair: Cada personaje a sus respectivos autores, de parte de la novela Os dez mandamentos, basada en los libros de la biblia.
No era bueno que Aaron albergara pensamientos así, siendo el sumo sacerdote, y menos por una jovencita que tendría edad para ser su hija, pero Joana había cambiado tanto que ya no miraba a la misma niña que se quejaba por todo y cuestionaba a Dios, ahora era una mujer hermosa y madura, que amaba, era alegre y compasiva, y su sabiduría se acrecentaba cada día.
Cierta vez, mientras hablaban después de la pascua, notó sus labios carmines, muy resplandeciente a sus ojos, pero intentó ignorarlos en todo lo que quedó de su charla, aunque le fuera imposible. La verdad, es que Aaron no sentía algo especifico hacía Joana, ella no era más que una muchacha, nada más. Pero hasta hace poco, se sentía tan raro cerca suyo, comenzaba a tener pensamientos que no eran puros cuando, sin querer, en sus charlas, desviaba sus ojos a sus labios rojizos. Se preguntaba, que sería sentirlos, pero sacudía su cabeza y desviaba esos pensamientos.
Lo peor de todo es que Joana empezaba a vestirse con tonos de rojo, a diferencia de antes que se vestía en tonos azules. El tono rojo en sus vestidos, resaltaban más sus labios.
Sus sentimientos a ella no eran de amor. No, no los era, su hijo Eliazar, estaba equivocado. Sus sentimientos no eran más que una gran preocupación y respeto. Por eso, cuando supo del secuestro de mujeres, suspiró de alivio de saber que a ella no se la llevaron, pero una enorme angustia lo invadió en cuando se enteró de que había sido herida. La visitó tantas veces y en una de sus visitas, la encontró durmiendo.
Ella lucía tan endeble, tan dulce, hermosa, preciosa. Aaron acercó su mano a su cabello, pero luego retrocedió asustado, tantas veces pensó que se veía linda y ahora, resplandecía eso sumado su delicadeza, mientras dormía.
Ella se movió hasta finalmente despertarse, habló y mucho, pero él miraba embelesado esos labios carmines, que no podía apartar su vista. ¿Por qué? ¿Por qué esa muchacha, que tenía edad para ser su hija, debía ser poseedora de labios tan rojos? Y la vez tan bonitos y seductores y... tentativos.
Apartó su vista en un movimiento brusco, acto que alertó a Joana.
–¿Aaron? –preguntó ella, en medio de la charla–. ¿Te pasa algo malo?. –El negó esquivo, formando una sonrisa forzosa.
–Claro que no –contestó desviando sus ojos a cualquier punto, menos sus labios.
–Parecía que viste algo que te aterró mucho –comentó la mujer riendo entre dientes. Aquel acto hizo que sus labios se vieran más grandes y carnosos de lo que eran, y sus dientes se reflejaron más brillantes.
–Pues... algo así –comentó en voz baja y con los ojos desviados.
Esto no podía ser cierto, Eliazar no podía tener razón, él no podía volver a enamorarse y menos de una joven de edad para ser su hija.
–¿Algo así, que? –siguió ella su interrogatorio, sin borrar su sonrisa.
Él jugó con su vista, y pasó los ojos por toda la habitación, buscando alguna excusa o tratando de cambiar de tema, no podía mentir, ni decir falsos testimonios y menos como sumo sacerdote.
–La carpa de Ana es muy bonita –atajó a decir para cambiar de conversación.
–¿Eso era lo que temías? ¿Esa es la razón por la que no dejas de contemplar todo el lugar, a tal punto, que no tienes tiempo para mirarme a los ojos? –interrogó con indagaciones.
–Eh... –balbuceó algunas palabras ininteligibles, sin procesar las preguntas de su compañera, pero al instante agrandó sus ojos sorprendido, cuando las procesó–. Espera, ¿Te diste cuenta de que yo... no te miraba a los ojos?
–Claro, tú siempre eres de una mirada muy penetrante y nunca temes ver a los ojos de tú acompañante cuando hablas. ¿Cómo podría pasar desapercibido las desviaciones de tus ojos?
–¿Qué tienen de especial? –preguntó emitiendo una risa nerviosa.
–Son... –ella bajó su cabeza y Aaron estiró su cuello, curioso de tal movimiento tímido por su parte–. Son azules y yo... –Joana se volvió a interrumpir, antes de inhalar y decidirse a continuar su declaración–. Y yo siempre pensé que eran muy difíciles de pasar desapercibidos. Personalmente pienso... que son especiales.
Si antes estaba sin habla, ahora no sabía con que respuesta lógica contestar. Se sintió halagado, no era la primera vez que Joana le decía esas palabras, pero en aquel momento, no se sintió tan jubiloso, como ahora.
–Tú también eres especial Joana –la aludida inclinó su cabeza, incrédula de su cumplido–. Quiero decir, pienso que tus labios... son muy bonitos –quiso tapar su boca y golpearse como reprimenda de habersele escapado tal confesión que nunca planeó decir.
–¿Es... es en serio?
–Si –aunque quería morder su lengua, esta se movió sola y continuó su confesión, con todo el pesar de su dueño–. Digo, cuando sonríes, tus labios se agrandan más y pienso que así se ven más bonitos.
Ella agrandó más su sonrisa, casi como respuesta al cumplido.
–Entonces... tal vez deba sonreír más seguido, si eso hace que me vea mejor –comentó y carcajeó–. Estoy tan terrible en este estado, aunque agradezco a Dios que mis heridas estén sanando.
–No te ves tan terrible, te ves linda. De hecho, siempre te ves linda.
Quiso cerrar su boca y una vez más, habló sin su permiso ¿Cómo podían sus sentidos engañarlo y poner sus sentimientos tan expuestos como si nada? Y cuando se refería a sentimientos, no estaba infiriendo en que eran románticos o algo por el estilo, por supuesto que no, porque no estaba enamorado de Joana. Los ojos de la muchacha no paraban de brillar y sumado a su sonrisa, hipnotizaron a Aaron de tal forma que no podía alejarse, solamente deseaba acercarse más a ella, mucho más de lo que nunca había estado.
–¿Siempre? ¿Así lo crees? –preguntó usando un tono tan inocente como feliz y esperanzador. La esperanza de que él tal vez pudiera corresponder a sus sentimientos.
–Bueno, yo... –no sabía que decir, porque podría responder con cualquier estupidez que lo pondría muy expuesto. No estaba de más decir, que ahora se estaba aproximando mucho a ella mirando sus labios, como si estos lo llamaran.
–¿Tú qué... Aaron? –lentamente, ella empezó a corresponder sus miradas, y también a acercarse de manera un poco... peligrosa.
–Yo... –eso no era correcto, si seguía así podría infligir alguna ley y él era el sumo sacerdote, más que nadie no podía infligir la ley–. Yo olvidé que iba a decir...
Posó su mano en la mejilla derecha de Joana y la acarició con mucha suavidad, como la última vez que la había visitado. La joven le volvió a sonreír muy afectuosa por la caricia, el no tardó en corresponderle y aproximarse más. Faltaba poco para sentir los labios carmines de la muchacha sobre los suyos.
–Joana, he vuelto –saludó Ana entrando en la carpa. Ambos retrocedieron rápidamente asustados, como si hubiesen sido atrapados en medio de una fechoría. Ana alzó sus cejas sorprendida ¿Había visto, lo que creyó ver?–. Shalom, Aaron. No esperaba que Joana estuviese en compañía –dijo tratando con todas sus fuerzas de no reír o hacer una mueca que delatara sus intenciones.
–Solo vine a verla, shalom también, Ana.
–Perdón si les interrumpí algo –continuó la joven. Aaron reaccionó en un respingo y casi tartamudeó en su respuesta.
–No-no no interrumpías nada, ya me iba de todas formas. –El sumo sacerdote dirigió la vista a la joven herida e inclinó su cabeza como forma de despedida. Joana notó que él no la miraba a los ojos otra vez y realmente estaba muy nervioso–. Shalom, Joana.
–Shalom, Aaron –contestó ella.
Después de despedirlas y marcharse de la carpa, Ana soltó la risa reprimida mientras estuvo él presente.
–¿Ustedes estuvieron a punto... –pero antes de terminar sus palabras, fue chitada por su amiga, que lucía avergonzada por el acto casi hecho.
–Silencio, Ana. No lo digas en voz tan alta.
–Está bien amiga, pero debes admitir que no pudiste evitar tentarte ¿No? –acotó con sorna, le parecía hilarante las reacciones de ambos, tanto de Aaron como Joana.
–Lo sé, eso no fue... no hubiese sido correcto. Si nosotros hubiéramos hecho... lo que estuvimos a punto de hacer... no, no quiero ni pensarlo –se estremeció de solo recordar el momento.
–Si, es verdad, no hubiese sido correcto. Pero él lo quiso y tú sabes lo que eso significa ¿Verdad?.
Joana asintió lentamente, sonriendo a tientas, si, sabía lo que quería decir Ana.
–Tal vez, es probable que él sienta lo mismo... es solo una pequeña posibilidad –no quería tener falsas esperanzas.
Aaron llegó a su carpa inquieto, con el corazón palpitando y las mejillas encendidas, empezó a caminar en círculos por la habitación. Eso que estuvo a punto de hacer de no ser interrumpido por Ana, pudo haber sido una falta muy grave. En el fondo agradecía a la joven de haber llegado justo a tiempo, pero por otro lado, no dejaba de pensar en la incertidumbre que le provocaron esos labios y que ahora no podía dejar de pensar en ellos. Eliazar llegó al poco tiempo también, había estado buscando a su padre en el trabajo del tabernáculo, el sumo sacerdote estuvo mucho tiempo de descanso. Cuando lo encontró dando vueltas en su carpa, no dudó en preguntar.
–Papá ¿Qué te pasa? No volviste al tabernáculo ¿Ocurrió algo muy malo para que estés así de inquieto y rojo? ¿El calor te afectó mal?
–No es nada grave, hijo... es que yo... me tardé por algunas razones. –Trató de explicar sin contar tanto de los hechos, pero sabía en el fondo, que debía hablar de ese tema con alguien cercano. Decidió que no con Moises porque él ya tenía muchos problemas de por si.
–¿Cuales razones? ¿Y por qué estas así? –insistió un poco su hijo por que lo contase y Aaron se decidió a resignarse.
–Bueno, tengo este problema –inició tranquilo, pero su corazón todavía temblaba de la emoción por lo casi ocurrido–. No puedo dejar de pensar en... los labios de Joana –susurró para no ser oído por nadie y mirando a su alrededor, con seguridad de que nadie lo haya escuchado.
–¿Qué tienen? ¿Tienen algo grave? –preguntó su hijo confuso.
–No, no tienen nada grave, todo lo contrario, son perfectos –mordió su lengua, le era su perdición ser tan bocón, desde niño que tenía ese problema–. Lo que quiero decir, es que hoy, cuando fui a visitarla a la tienda para ver si se encontraba bien, en nuestra charla, yo...
–¿Tú? –preguntó su hijo, curioso en lo que contaba su padre.
–Yo no dejaba de mirarlos y tuve el osado pensamiento de querer aproximarme a ellos... y casi lo hice, de no ser por Ana –su hijo alzó las cejas más o tan sorprendido como Ana cuando lo aconteció–. Estuve a punto de cometer tal falta y estoy muy arrepentido. No quería, pero al mismo tiempo, quería. No sé porque me estoy contradiciendo, pero es así. No se que me pasa, Eliazar. Es como si algo me obligara o me hipnotizara y no puedo controlarlo.
Su discurso fue interrumpido por las carcajadas de su hijo. Aaron se detuvo confuso ¿A qué se debía esa risa? No había contado nada gracioso, todo lo contrario, algo muy grave ¿Y Eliazar respondía con una carcajada?.
–¿Por qué te ríes, hijo? No te conté nada gracioso, no le encuentro la gracia estar muy cerca de infligir una de nuestras leyes.
–Tienes razón, papá. No es gracioso eso y no fue precisamente eso lo que me causó la gracia. Fue el que no te dieras cuenta de tus acciones por Joana, ni tus sentimientos hacía ella. Lo que tanto te llena de incertidumbres, papá, es algo muy simple y es llamado amor –como siempre, o cada vez que tocaban ese tema, Aaron no evitaba sonrojarse y molestarse.
–¿Otra vez con eso? Ya te dije que yo solo le presto atención porque está herida.
–Si, claro –dijo con sarcasmo y burla–. Y por esa razón quisiste aproximarte a sus labios. Papá, estas enamorado.
–Basta con eso, Eliazar, no es gracioso y no es verdad.
–Entonces, papá, dime; si no estas enamorado de Joana ¿Por qué otra razón más desearías acercarte a sus labios, sino es más que para besarla? Un hombre no besa a una mujer, al menos que la ame.
–¿Quién dijo que quería besarla?
–Creo que tú, cuando afirmaste que te deseabas aproximarte a sus labios –su padre desvió su vista, buscando en su mente alguna excusa para refutarle, pero era innegable porque esas razones tenían lógica y coherencia. Al notar su frustración, Eliazar sonrió y se le ocurrió una idea–. No te preocupes, papá. Hay una solución muy simple para acabar con este problema.
–¿En serio? ¿Cuál, hijo? ¡¿Cuál?! –preguntó exaltado y ansioso por conocer la solución a su dilema con la muchacha.
–Cásate con Joana, así no sentirás culpa si vuelves a desear besarla.
Aaron rodó sus ojos y decidió ignorar el consejo de Eliazar, así como sus carcajadas. Por nada en el mundo se dejaría convencer de que la razón de su extraño comportamiento era a causa de tener sentimientos románticos hacía Joana. y mucho menos con el recuerdo de su querida Elizeba en mente.
–Deja de decir tonterías y volvamos al tabernáculo, estoy seguro que Itamar no podrá hacer todo solo.
