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Hereje odiaba a Damian. Lo detestaba, porque él sabía que de algún modo su persona no era más que un reemplazo de aquello en lo que pudo convertirse su "hermano". Talia y Ra's se lo dejaron en claro numerosas veces, inconscientemente quizás. A veces la misma hija del demonio dejaba salir el nombre Damian al llamarle, segundos después su rostro se transformaba en una mueca de amargura por su error y Hereje terminaba con más de tres huesos rotos para después de acabado su entrenamiento.
—Tu no fuiste el único, ¿sabes?—le dijo una vez Ra's, hacía mucho tiempo, mientras luchaban. El sudor caía sobre el pequeño y ovalado rostro del aún niño, mientras el líder de los asesinos no parecía ni siquiera cansado por los cuarenta minutos que llevaban de ese modo.
—¿A qué te refieres? —inquirió, la voz aún infantil.
La espada de Ra's rozó su pecho, justo a unos centímetros de donde latía su corazón. Con un movimiento veloz Hereje logró deshacerse del ataque, interponiendo su espada como un escudo.
—Hubo otro nombrado como tú, y antes de él nuestro heredero original —soltó el demonio, empujando su espada para derribar al niño.
La concentración del infante se esfumó, retrocedió unos cuantos pasos y bajó la espada, entregándose por completo a su oponente. Aquel día tuvo que soportar la curación de una herida sin el privilegio de la anestesia.
—¡Madre! —Había llamado una vez a Talia, mientras sus piernecillas trataban desesperadamente de acoplarse a los pasos que en aquel momento le parecieron gigantescos.
La mujer había volteado entonces tan inesperadamente que Hereje fue a dar directo hacia su cuerpo. Los ojos esmeraldas de ella se clavaron como puñales en los del niño, como si quisiera dejarle algo en claro con ello. Pero él era solo un crío, le adoraba y le conocía con aquel título. Aún cuando ella nunca se hubiera nombrado a sí misma de ese modo.
—¿Qué ocurre, madre? —preguntó él, alarmándose.
El estruendo resonó por todo el pasillo, la mano de Talia había sido veloz y la única prueba de que ese golpe en verdad había sucedido era la marca rojiza que se extendía por la mejilla del pequeño.
—No soy tu madre y jamás lo seré —Fue lo único que dijo ella antes de seguir su camino.
Hereje simplemente se frotó la mejilla una vez que los ojos inquisidores de Talia se apartaron de él. Intentó con todo el corazón que ninguna lágrima se escapara, porque de hacerlo, estaba más que muerto.
Aquel día comprendió que sus labios jamás podrían pronunciar esa palabra, era tan penada entre la casa Al Ghul como lo era el hecho de hacer alguna mención del hijo pródigo. Porque ese era el concepto en el que de algún modo tenían a la figura de su hermano. Él, por otra parte, no era más que un premio de consolación que Talia se había dado a sí misma. Pero Hereje no quería ser solo eso, buscaba aprobación, su cariño, aunque solo fuera una pizca de ello.
Buscó desesperadamente por años la aprobación de ellos, con la esperanza de que algún día valorarían su persona y se olvidarían del primer engendro. Y entrenó, entrenó hasta que la sangre inundó sus palmas, hasta que los músculos y los huesos se sintieron como polvo. Ganó todas las batallas, derribo hasta el mejor oponente, masacró y pisó en nombre de la liga. Se convirtió en el asesino perfecto.
Y solo entonces Talia vio potencial en él, vio al hijo que había perdido, el niño antes de darle la espalda por sus ideales. Y le amó momentáneamente, por ser el reflejo de lo que jamás tendría. Le amó cuando la figura de él se alzaba imponente, con las manos y el traje de asesino cubiertos por sangre, la espada aún clavada en el último de los cien hombres que había derrotado. Se sintió orgullosa de lo que había creado, eso hasta que le miró. El verde contra el verde, chocando fieramente como si de espadas se trataran, entremezclando sentimientos que en otro momento jamás se mostrarían.
Ese fue el único día que Hereje vio, aunque unos fugaces segundos, el brillo que proporcionaba el orgullo, un regalo sin duda. Luego Talia le miró igual que antes, como el reemplazo que era. Pero eso no evitó que le proclamara en voz alta y firme ante las filas de seguidores, como a su dañado antecesor, el asesino más poderoso que el Leviathan alguna vez había visto.
Sin embargo su verdadero regalo llegó años después, cuando se le entregó su primera misión en solitario. Era una tarea sencilla, seguir a Damian como su sombra y averiguar cuál era su talón de Aquiles. No había posibilidad de fallar, así que en cuanto la orden se dio partió inmediatamente hacia la ciudad del murciélago.
Le pareció a primera vista una ciudad caótica, oscura y en cierto modo, hermosa. Había algo en ella que atraía a los visitantes, algo que les hacía entrar a pesar de los enormes carteles que sugerían lo contrario. Hereje aceptó gustoso la invitación que Gotham le ofreció, no tardó en sumergirse en la oscuridad, adoptándola como propia en cuestión de segundos.
Encontrarlo no supuso un gran problema para Hereje, bastaba con inmiscuirse en la frecuencia de la radio perteneciente a la comisaría.
"Robo efectuándose en el banco del centro" había dicho James Gordon aquella noche.
Damian tomó el caso, porque Grayson se encontraba en Blüdhaven, Drake estaba en la mansión resolviendo un caso de asesinato serial, Todd probablemente en los muelles desarmando al narcotráfico y Bruce en una reunión de negocios en el norte de Central City. Pero no solo Robin llegó a la escena del crimen, sino también Spoiler, seguidos cercanamente por una sombra.
No eran más que veinte hombres, armados sí, pero novatos. Spoiler acabó rápidamente con tres, mientras que Robin avanzaba rápidamente entre golpes y patadas para auxiliarla. Hecho insólito, Damian no acostumbraba a ayudar, era egoísta incluso en batalla, eso era lo que Hereje había visto en el expediente que se le otorgó antes de salir del Leviathan, pero ahí estaba, el joven petirrojo, pasando por encima de un hombre justo a tiempo para desarmar a otro que apuntaba su arma hacia la chica. Al final, cuando los ladrones estaban inconscientes en el suelo, Spoiler y Robin se miraron. Hereje no podía ver sus expresiones por completo, sobre todo las de Spoiler, que tenía cubierto casi todo el rostro, pero sí que podía palpar la tensión que se acumulaba entre ellos.
—¿Eres tonta? —Inquirió el muchacho, hablando por fin—. Unos segundos más y ahora mismo estaría informando al resto tu inesperada y estúpida muerte. Aunque creo que les sorprendería más saber que regresaste.
Spoiler no dijo nada, ni siquiera mostró señal de ser afectada por aquellas palabras, simplemente dio media vuelta y desapareció entre las sombras.
Hereje no entendió ese comportamiento hasta dos semanas después, cuando había logrado escurrirse en la mansión Wayne gracias a un pequeño fallo en la seguridad.
Estaba apoyado sobre una gárgola, prestando toda la atención del mundo para comprender la discusión generada en uno de los balcones. Reconoció inmediatamente a su hermano y tardó poco para asegurarse de que aquella muchacha rubia era la misma del robo en el banco.
—No hui —dijo ella—. Simplemente tenía que alejarme de este lugar y de Tim, de todo.
—Eso es huir, Brown —contestó Damian.
—Llámalo como quieras. Nada estaba funcionando correctamente e irme de Gotham fue lo primero que vino a mi mente.
—Drake no estuvo muy contento, pero al final lo aceptó.
Stephanie asintió levemente.
—Es bueno saber que siguió adelante, Dami.
—¿Y tú? —Preguntó él—, ¿seguiste adelante?
Stephanie buscó los ojos de Damian, sorprendiéndose cuando tuvo que alzar la vista en lugar de bajarla a como estaba acostumbrada, seguidamente tomó su mano, apretándola suavemente.
—Sí.
Y fue inevitable, Damian se acercó para besarla, importándole poco que tres meses atrás ella se encontraba muy cerca de comprometerse con Tim. Y sin saber, que con aquel casto beso, la había condenado a un terrible destino.
Ra's no quiso intervenir en seguida una vez que Hereje acudió a él para revelar la debilidad de Damian, quería crearle la fantasía de que estaba a salvo, de que su bien más preciado lo estaba. Pasaron años, de planeación y de espera. Atacarían lentamente y al final, Hereje se enfrentaría a Damian, como era de esperarse, el pequeño demonio moriría y no habría nada que se interpusiera para que Hereje fuera visto como el verdadero heredero de la liga de las sombras y de Ra's. No fue así.
El vástago de su hermano ocuparía su lugar, proclamaría su título ante todos, y Hereje no estaba dispuesto a permitirlo. Al menos eso creyó antes de ver, por primera vez, a Stephanie Brown frente a frente.
La chimenea crepitaba suavemente, arrullándolo como si de una nana se tratase. La oscuridad no era completa, colándose apenas una tenue luz producto de la luna llena de aquella noche. Estaba solo, sin ser consciente de la hora que era o de cuánto llevaba ahí, en la misma posición, pensando en todo y en nada.
Su cabeza dolía, los ojos les ardían y el cuerpo le pesaba. No recordaba sentirse así desde mucho tiempo atrás, cuando su padre había fingido su muerte. Pero ahí estaba, en un estado de seminconsciencia. Intentando, inútilmente, tener una hora de sueño sin ser despertado por una pesadilla, una que mostrara alguna de las mil y un maneras de matar lentamente a Stephanie y a su hijo no nacido.
—¿Por qué no subes a tu habitación? —preguntó Tim, entrando a la estancia con el traje de Red Robin aún puesto.
—Estoy bien aquí.
Tim asintió, sin saber si era buena acercarse a él o simplemente alejarse antes de que algo más sucediera, optó por las palabras reconfortantes.
—La encontraremos —le aseguró—, y a tú hijo.
Pero qué raro sonaba eso para Damian, nunca se hubiera imaginado a sí mismo con alguien, mucho menos con una familia. Ahora tenía una propia y ni siquiera había podido defenderla.
—Sólo vete, Drake —respondió el más joven de los Wayne, con voz apenas audible inclusive para él.
Tim se giró, dispuesto a irse por donde había venido, sin embargo casi chocó contra una persona al hacerlo. Estuvo a punto de gritar un montón de exclamaciones, pero una mano veloz y precavida se apresuró a cubrir su boca, silenciándolo por completo. Lo llevaron a rastras hacia un pasillo solitario de la mansión y seguidamente fue arrinconado contra una pared cercana. Solo era Jason, con una sonrisa de oreja a oreja que lo hizo estremecer, él nunca sonreía de ese modo.
—Lo tengo, reemplazo —explicó Todd—. Sé qué debemos hacer para encontrarla.
Las mejillas de Tim se pusieron coloradas, tanto por la cercanía del otro y la falta de aire.
—Vaya, lo siento —Se disculpó Jason, retirando su mano.
—¿Cuál es tu brillante idea? —jadeó Tim, recuperando su respiración.
Jason retrocedió unos centímetros, oír a Tim jadear era toda una experiencia, aun cuando no fuera por actividades más excitantes.
—Puedo contactar a Talia, ya sabes, podría fingir estar de su lado, todavía suministra algunas de mis armas. Luego investigaría la ubicación de Brown, de ese modo planearíamos una misión de extracción sin mayores complicaciones.
—¿Qué te tomaste está vez?—inquirió Tim, olisqueando suavemente el aroma que desprendía Jason, lo de siempre, tabaco y pólvora.
—¡Hey!—se quejó el mayor—. Solo fue una idea, ya que si quieres darme una mejor.
—Jason, por favor, hablamos de los Al Ghul. Encontrarlos no es una tarea sencilla, inclusive para ti todo poderoso —la sonrisa de Jason se ensanchó más—. Además toda la familia debe saberlo, esto no es solo una misión suicida entre tú y yo, si quieres llevarla a cabo será mejor que lo hablemos mañana, cuando cites a todos y el enano esté en mejores condiciones.
—Está bien, está bien—Jason alzó los brazos en señal de rendición, aunque sin alejarse demasiado.
—Esa, Todd, no es una mala idea del todo —Damian los observaba, pasando la vista de Tim a Jason y de Jason a Tim—. Llamen a todos, quizá al medio día estará bien —comenzó a avanzar entre ellos, y cuando estuvo a punto de perderse al final del pasillo se volvió—. Y por cierto, si van a besarse, esperen hasta que yo me haya retirado, ¿quieren?
Tim se sonrojo, mientras veía como Damian se perdía al girar hacia otro pasillo. Jason, por otra parte, no hizo más que sonreír.
—¿Él sabe?—murmuró Drake volviéndose hacia su acompañante.
—Serás un buen detective, pero no el hombre más discreto del mundo—respondió Todd encogiéndose de hombros—. Así que —pasó su mano por el cuello de Tim de forma lasciva—, ¿será en tu departamento o en el mío?
Debía haber algo, un cabello fuera de lugar, un rasgo, una peca, algo que fuera diferente, algo que le dijera que no se trataba de él. Ese algo era inexistente, porque en efecto, se trataba del mismo cabello negro, los mismos ojos verdes, las mismas facciones, era como tenerlo justo en frente.
—¿Quién eres?—preguntó Stephanie, dándose por vencida.
—Me asignaron como su protector —respondió Hereje.
—No necesito protección.
—No hablaba de ti, hablaba del heredero.
Stephanie alzó una ceja, mientras que él compuso una sonrisa traviesa.
—Es estúpido—dijo.
—Si así lo piensas. Por otra parte, me dieron la tarea de llevarte hasta tus aposentos. ¿Vienes?
Aun cuando Stephanie no cargara un ser en su vientre, sus posibilidades de pelear contra Hereje, ganar y escapar eran limitadas. Todo estaba en su contra, además, no tenía alguna idea de donde se encontraba, qué tan lejos estaba de Gotham o de cualquier civilización. Si rememoraba las viejas y dolorosas historias de Damian, siempre encontraría que los escondites de la liga se encontraban en lugares inhóspitos e inaccesibles. Lo mejor que podía hacer era obedecer, si quería actuar desde adentro tenía que ser paciente y no impulsiva.
—Bien.
Lo siguió por una numerosa serie de pasadizos y escaleras, y Stephanie intentó con todas sus fuerzas recordar cada uno de ellos y cuántos guardias había por cada piso. Su cabeza daba vueltas, y por primera vez pensó en lo afortunada que era Barbara por su memoria fotográfica.
—Hemos llegado —informó él.
Stephanie asintió, dejando que el muchacho abriera una puerta grande y tallada de madera. Cuando entró, se le cortó momentáneamente la respiración.
—Creíste, acaso, ¿qué te tendríamos encerrada de una celda?—inquirió Hereje.
Por supuesto que creyó eso, era aliada de Batman, novia de su enemigo jurado, no tenía sentido la hospitalidad.
La habitación era grande y antigua como el resto del lugar. La cama de dosel estaba en el centro, a la derecha una chimenea ya encendida y en el lado izquierdo una puerta abierta le indicaba el área de baño, el resto estaba ocupado por cosas de uso común, dos mesillas de noche a cada lado de la cama, sillas cerca de lo que parecía ser una ventana, tocador y un armario.
—La madre de nuestro heredero debe tener todas las comodidades —prosiguió—. Al menos eso fue lo que dijo Talia.
—Dudo que ella haya dicho eso —respondió Stephanie con una sonrisa que estaba lejos de ser sincera.
—También insistió en que debías tener una excelente vista del paisaje.
Hereje se dirigió hacia dos cortinas y las abrió de par en par. Estaban bastante lejos de Gotham, eso era seguro. Rodeados de kilómetros y kilómetros de hielo puro, montañas gigantescas y lejanos a toda civilización posible. La noche acentuaba más ese efecto, haciéndolo tenebroso en cierto punto.
Stephanie se acercó a lado de Hereje, prestando especial atención a que las ventanas podían abrirse siendo deslizadas. Alzó una mano y probó, deslizando lentamente el cristal hasta que hubo espacio suficiente para que una persona adulta pudiera salir sin dificultades. Estuvo a punto de dar un paso pero fue detenida justo a tiempo por un brazo fuerte y firme.
—A menos que quieras morir, no lo intentes de nuevo —sugirió Hereje, aunque por el tono en la voz sonaba más como una orden.
Stephanie dirigió su mirada hacia abajo y descubrió de qué hablaba. Debían ser cientos de metros de vacío antes de un montón de rocas puntiagudas, cubiertas suavemente por nieve. Una muerte increíblemente dolorosa, sin duda. La muestra de la ventana por supuesto que había sido planeada, era una advertencia, un modo de decir que no estaba segura del todo en aquel sitio lleno de asesinos.
—Ya veo —respondió ella retrocediendo unos pasos, con el corazón aún latiéndole fuertemente contra las costillas debido al repentino agarre—. ¿Algo más que deba saber?
—Simplemente, no intentes escapar, ¿quieres?
—¿Eso es todo, entonces? Simplemente me tendrán aquí, hasta que…
—¿Hasta que el heredero llegué? —La interrumpió Hereje—. Sí, esa es la idea. Si estuviera en tu lugar estaría feliz de que así sea. Imagino que mi hermano te habrá contado sobre nosotros, ¿no es verdad?
Más de lo que hubiera querido en algunas ocasiones. La infancia no vivida, los huesos y el espíritu roto en cada entrenamiento, la desaprobación que recibió al elegir el camino correcto, el camino de su padre.
—Nada de lo que deban sentirse orgullosos —Le espetó.
—Por supuesto que no —Sonrió el muchacho—. Buenas noches… —dudó unos segundos—. ¿Brown, ese era el nombre?
Stephanie no respondió. Si bien no le gustaba que le llamasen por su apellido, el único que tenía derecho a hacerlo era Damian. Pero tampoco podía corregirlo y darle su nombre de pila, sería para ella el doble de terrible a que solo hiciera uso de su apellido.
—¿Y el tuyo?—preguntó a su vez ella—. Sigo sin saber tu nombre.
—No lo sé, nómbrame como prefieras.
—¿Cómo te llama Talia…?
—Descansa, Brown —le interrumpió—. Hasta mañana.
Hereje salió rápidamente de la habitación, Stephanie no lo detuvo, aunque no podía negar que tenerlo cerca le hacía sentirse tranquila, porque podía engañarse por unos segundos y fingir que se trataba de Damian. Podía fingir que no estaba sola en ese lugar, en donde todos estaban esperando a que su hijo viera la luz para arrebatarlo del seno materno y educarlo para lo que ellos suponían estaba predestinado.
Tenía ocho meses por delante, el tiempo límite para escapar de ahí o ser milagrosamente rescatada, de lo contrario, estaba realmente muerta.
Hola a todos.
¡No me maten! Yo sé, sé que tarde un montón de tiempo pero aquí esta, finalmente un capítulo. Espero que no haya estado tan mal, en verdad.
En fin, ustedes me leen en el siguiente capítulo y yo en los comentarios.
