Título: Deseo, deseo
4. La genio de la lámpara
─ ¿Estás bien? ─ la voz de Zoro rompió el silencio que había en la habitación del príncipe. Sobre la cama estaba estirado Luffy, mirando el techo. Chopper se había echado en un rincón, llorando a moco tendido. Y Zoro había decidido observar en silencio, pero no se había podido contener más debido que no soportaba la tranquilidad con la que el príncipe se había tomado el asunto, sobre todo porque no protestó ni puso objeciones a las palabras de Boa.
Sólo un sonido de aprobación salió de los labios de Luffy. No tenía ganas de hablar. No tenía ganas ni de respirar. ¿Cómo pudo permitir que frente a sus ojos ocurriera semejante atrocidad y no haberse percatado de aquello? Sabía que Zoro estaba preocupado y hasta molesto porque no hizo nada, pero no había remedio. Si Hancock le dijo que ya la habían matado, estaba convencido de que eso era la verdad, por más dura que fuese.
─ Esa chica está viva ─ insistió Zoro, no porque realmente lo creyera, sino porque quería provocar a Luffy, para que aunque sea le gritara un poco. Pero, por el contrario, vio cuando se incorporó, se puso de pie, se acercó al reno y se agachó junto a él.
─ ¿Cómo es su nombre? ─ preguntó. El animal levantó la vista, con sus ojos llenos de lágrimas.
─ Nami ─ susurró.
─ Zoro, nos vamos ─ dijo con seguridad, el peliverde sonrió con alivio.
Escaparon hacia el bosque por el sitio de siempre. No llevaban más que lo puesto. Luffy no parecía estar en sus cabales, ya que no quiso llevar comida, y no protestó por nada, ni salió alocadamente por la puerta del frente. Muy por el contrario, fue sigiloso y tuvo cuidado en todos sus movimientos. Chopper continuaba sollozando, pero estaba más calmo.
El frío que sentía era cruel. Sus manos y sus pies estaban entumecidos. Sentía todas sus heridas con claridad, estaba hecha polvo. Le dolía hasta respirar. Su mente estaba nublada, pero recordaba que estaba queriendo salir de allí cuando se desmayó. No se oía nada. Le costaba respirar ya que el aire se había vuelto denso. Abrió los ojos y logró divisar la lámpara a unos centímetros de ella. Se había metido en eso sólo por esa lámpara y no había podido dársela al guardia. Eso sin contar con que estaba atrapada en esa cueva, con los tobillos atados, y con muy poca sangre en las venas. Sonrió, riéndose de sí misma.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, tomó la lámpara y se arrastró hacia el interior de la cueva una vez más. Se sorprendió al notar que todo el oro había desaparecido. Sólo quedaban rocas y oscuridad, apenas alumbrada por el resplandor de la lava al fondo de la grieta. Divisó a la alfombra, aún bajo la roca y se acercó a ella, que parecía hasta alegrarse al verla. Nami sonrió, después de todo aún estaba mal ya que veía que la alfombra se movía. Se sentó.
─ Veamos ─ tomó la lámpara para inspeccionarla. Era una lámpara de aceite de procedencia árabe, se notaba bastante antigua. ─ Es un objeto espantoso ─ la giró varias veces. ─ Que sucia ─ puso una expresión de asco, y con la mano, que estaba mucho más sucia que la lámpara, la frotó para así limpiarla.
Un resplandor la cegó. Arrojó la lámpara. Hubo unas ráfagas de viento que la arrastraron hacia atrás. La piedra que apresaba a la alfombra se movió y ella inmediatamente fue a cubrir a Nami, para así evitar que se lastimara aún más. Cuando todo volvió a la normalidad, y pudo abrir los ojos, se encontró con algo que jamás podría siquiera haber imaginado. Había una mujer de pie frente a ella, que le mostraba una agradable sonrisa. Llevaba una falda corta con vuelo color negro, una blusa ceñida color uva, que resaltaba su exuberante busto, y tacones. Su cabello era negro y largo, y lo tenía suelto sobre su espalda. Al verla, se acercó y se acuclilló frente a Nami, que no podía salir de su asombro.
─ Hola ─ le dijo. Su voz era agradable y calmada.
─ Hola ─ respondió Nami por reacción. Sacudió la cabeza. ─ ¿Cómo? ¿De dónde has salido tu?─ estaba tan confundida que no podía articular palabras.
─ Bueno, tú me llamaste ─ dijo la mujer, como si fuera obvio.
─ ¿Eh? ─ soltó Nami. La alfombra se movió y la mujer también.
─ ¡Oh! ¿Cómo has estado? ─ la extraña mujer había saludado amigablemente a la alfombra. Si. ¡A la alfombra! ─ Hace mucho tiempo que no nos vemos ─ la acarició suavemente.
─ Lo siento, pero no comprendo ─ Nami decidió sincerarse, no tenía caso continuar haciendo conjeturas.
─ Soy la genio de la lámpara. Tú la frotaste, y aquí estoy para concederte tres deseos ─ informó la mujer.
─ ¿Genio? ¿Existen esas cosas? ─ Nami reía nerviosa, de incredulidad. La mujer cerró los ojos. Esto iba a ser difícil.
─ Bueno, pídeme algo y verás ─ y allí fue cuando la mente de la ladrona hizo clic. ¿Debería pedir algo? ¿O probar que era cierto lo que estaba diciendo?
─ No te creo ─ dijo, con seriedad. ─ Si de verdad eres un genio, deberías se capaz de salir de aquí sin problemas, sin embargo estabas aquí atrapada. Es más, acabas de decirle a la alfombra que hacía mucho que no se veían
─ Mi último amo ─ la mujer se puso de pie y se alejó dándole la espalda a Nami. ─ Eso fue hace mucho tiempo, quizá décadas ─ se cruzó de brazos, pensativa.
─ Seguro… ─ Nami cerró los ojos y se cruzó de brazos. ─ No eres capaz de sacarnos de aquí entonces ─ la mujer volteó y abrió los brazos, sus ojos se volvieron blancos y resplandecientes. Hubo un resplandor y cuando Nami quiso acordarse, se encontraba en la oscuridad de la noche, en el bosque, escuchando el cantar de los grillos.
─ ¿Y bien? ─ esta vez fue la mujer genio la que habló. ─ ¿Fue suficiente para que te convencieras? ─ insistió y Nami movió la cabeza de arriba abajo, afirmativamente.
─ Está bien ─ aunque todavía no podía creerlo, Nami debía sacar provecho de esa situación. Si realmente esa mujer era una genio y podía cumplir cualquier deseo, entonces esa era su oportunidad.
─ Muy bien, te quedan dos deseos ─ dijo la mujer.
─ ¿Qué? Yo no te pedí en ningún momento que me saques de la cueva, así que esto no cuenta como un deseo ─ Nami se cruzó de brazos. Los ojos de la mujer se abrieron un poco más de la cuenta y cambió la expresión.
─ Es cierto, técnicamente no dijiste las palabras correctas ─ soltó un sonido de resignación. ─ Me has timado ─ rió. ─ Las reglas son simples, puedes pedir cualquier cosa, lo que se te ocurra, menos que mate a alguien o que alguna persona se enamore de otra ─ Nami se acomodó en el suelo, sentándose. La alfombra se colocó sobre el pasto y la genio se sentó sobre ella.
─ Esto es demasiado bueno para mi ─ soltó. Sintió un mareo repentino, pero decidió no hacerle caso. Muchas cosas pasaron por su mente. Chopper, la casa en el árbol, sus sueños, el palacio, el príncipe. Miró a la genio a los ojos unos cuantos segundos.
─ Oh, no te he preguntado tu nombre ─ quiso cambiar el ambiente.
─ Nami. ¿Y el tuyo?
─ Yo ─ dudó un momento. ─ No tengo un nombre ─ bajó la mirada.
─ Vamos, todo el mundo tiene un nombre, no puedo ir por ahí diciéndote "genio", quedará mal ─ la mujer levantó nuevamente la vista levemente ruborizada.
─ Hace muchos años, uno de mis amos, me llamaba Robin ─ suspiró. ─ Ese nombre me gustaba
─ Entonces Robin ─ Nami sonrió. ─ Dime, ¿qué pedirías tu? ─ Robin se sorprendió por la pregunta.
─ ¿Yo? ─ la pelirroja asintió expectante. ─ Bueno, pediría… libertad
¡Gracias por leer!
Y gracias por darme ánimos a seguir esta historia y Tatuaje! Hoy pude subir un capítulo de cada una gracias a ustedes!
Nos leemos pronto, Mary
