IV
La luna estaba a punto de alcanzar su punto más alto el cielo lleno de ennegrecidas nubes que parecían adherirse para siempre sobre el arco celestial. Con todas las luces del imperio apagados, todos los ponies de cristal se encontraban durmiendo plácidamente en sus camas viviendo fantásticas experiencias en los tranquilos sueños. Sólo, ligero y liviano como el arrullo de una cuna, se hallaba la luz violácea del Corazón del Cristal bailando sobre las casas y el cielo en una esfera luminosa tenue sobre toda la ciudad. Las auroras resplandecían con languidez consciente y controlada pese a la presencia de las nubes que parecían pintar la noche de melancolía, recomendando cautela. Todos dormían, todos menos los que se encontraban en lo alto del castillo en la sala real donde habían ventanales con el tamaño de tres minotauros uno encima de otro, transparentes y anchos con una vista espectacular sobre casi toda Equestria. Se veían a lo lejos montañas que podían alcanzarse probablemente en diez días de galope sin descanso, playas y mares que alcanzaban hasta donde la vista llegaba, volcanes y desiertos también. Pero no era esto lo que todos observaban con intranquilidad y enervamiento.
La Princesa Valeria se encontraba de frente mirando por uno de los ventanales hacia donde apuntaba un bosque de enorme espesura, lleno de un verde obscuro que se meneaba con el viento como una masa invisible que viaja sobre las hojas. A sus espaldas se hallaba Hooves, Celestia, Luna y Sombra; habían sido situados ahí para que la princesa diera un anuncio importante que era preocupante y triste, al recibir el recado corrieron sin perder tiempo a su encuentro pero ya llevaban así varios minutos con la princesa en silencio mirando en algún punto perdido en el bosque. Hooves tosió fingidamente para tratar de hacer reaccionar a la princesa, funcionó. La princesa al volverse miró a su hermano pequeño esperando palabra alguna de ella, se acercó a él y le dio un abrazo sin causa alguna, a Sombra le pareció que en ese abrazo había algo de suma tristeza. Ella se separó y se puso enfrente de todos. Comenzó a hablar:
"Gracias por haber venido, agradezco a todos por su fidelidad y disposición conmigo y con el reino."
Estuvo a punto de interrumpir Hooves y Luna, estaba segura de que lo que dirían era que no era nada para quien era una gran persona, llenándola de halagos para tratar de animarla pero no lo permitió continuando su anuncio. Ambos, Hooves y Luna, se resignaron a escuchar y no hablar.
"Me han llegado noticias de horror y tristeza. Por la tarde de este día llegó galopando, sin poder descansar durante unos días, un pony que venía de las lejanías del este de Equestria para entregarme un mensaje en persona: Algunos grupos de nómadas fueron capturados para ser llevados al sur para ser objeto de diversión de un personaje del que ya les platicaré después. Aquél pony fue recorriendo varios pueblos para advertirlos pero quedó aterrorizado cuando encontró que varios de ellos estaban abandonados e incluso algunas casas parecía que se raían como si la podredumbre tuviera vida propia. El pueblo más cercano del Imperio de Cristal, que se encuentra en los bosques, ha quedado también abandonado. En estos momentos está siendo carcomido por algo misterioso y terrible. El valiente corredor ya está descansando en un dormitorio del castillo, mañana partirá de nuevo a su hogar con los primeros rayos de sol."
Guardó silencio mientras elegía las palabras para formular la siguiente frase sin saber si realmente quería o debía expresarlas. Los otros se quedaron mirándose confundidos los unos con los otros sin saber que decir o pensar. La princesa prosiguió:
"Temo, mis pequeñas hermanas –se dirigía a Celestia y Luna, esta era la primera vez que se refería a ellas de esta manera-, por ustedes. Aún son casi niñas y su fuerza no es del todo experimentada para la tarea con les voy a encomendar. Hooves –este al escuchar su nombre se irguió y respondió con la disposición de un militar-, tú irás con ellas y mi hermano pequeño para ayudarlas y que des tu valoración de que tan precaria es la situación, los protegerás ¿verdad? –Hooves asintió-. Sombra, mi hermanito –este desde que escuchó la noticia que vino desde afuera comenzó a temblar de miedo-, no puedo salir del imperio para que no tengas miedo. Sé que conoces este fenómeno muy bien pero ahora tienes compañeros, amigos, que te protegerán y te cuidarán con su vida. Confía en ellos, te lo pido. También tú irás. Confío que mientras más le hagas frente más serás capaz de vencer tus miedos."
De nuevo se unieron en un abrazo. La Princesa les recomendó ir a descansar puesto que partirían junto con el pony extranjero al salir el alba. Cuando se fueron a dormir, Luna notó a Celestia inquieta –ambas se encontraban inquietas-, se acercó a su cama y se recostó a su lado. Ambas conocían también el fenómeno, o más bien habían vivido parte de él. Ellas huyeron solas de su pueblo que se veía atacado por una sombra que parecía socavar las casas y engullir a ponies en una obscuridad. ¡Tantas eran las desgracias que acaecían por todos los ponies en Equestria!
-¿Tienes miedo? – Dijo Celestia juntando sus cuellos en un abrazo fraternal.
-Sólo un poco.- Se mantuvo en silencio un momento.- La princesa dice que será peligroso ir allá, pero tengo miedo porque pienso que no somos aún lo suficientemente fuertes para enfrentar esa"cosa". Tengo miedo, hermana. No quiero perderte…
Celestia besó la frente fruncida de Luna, llena de miedos y pesares. La abrazó con más fuerza.- Pero no me perderás, lo sabes. Te prometí que siempre estaríamos juntas, ¿no es así? No temas, nos protegeremos. Y estoy segura que tú serás tan fuerte y decidida en esta misión, como siempre, que serás tú quien me proteja a mí. Eres fuerte, muy muy fuerte.
-No te burles de mí, hermana. Sabes que estoy preocupada, no quiero bromas ahora.
Lentamente cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño bañada en su propia luminiscencia onírica donde todo era perfecto y no cabía de felicidad. Celestia, mirando como descansaba tan tranquila en sueños con una expresión de absoluta tranquilidad, se acobijó junto a ella y se recostó antes de susurrar: No bromeo, Luna, no podría jugar contigo.
Se marcharon sobre una carreta que dispuso la princesa para acercarlos lo más que se pudiera hasta el bosque, la carreta después seguiría su curso para llevar al pony que trajo el mensaje hasta su hogar. Era la primera vez que ambas hermanas salían del imperio de cristal después de mucho tiempo, no suponía un cambio digno de mención pero podían ver de nuevo la extensa magnificencia del mundo. Antes, sólo habían estado en la Arboleda de las Delicias y con sus extravagantes animales, pero volver a ver conejos, gorriones, liebres e insectos comunes les exaltó el corazón con una alegría tal que no paraban de sonreír ante cada detalle pequeño que se encontraban. Sombra las miraba con cierto recelo y seguía con su típica nube de temor, a su lado Hooves tenía la mirada perdida en el castillo que se iba reduciendo en tamaño conforme pasaban más minutos. Aquellos que arrastraban la carreta al llegar con el ponie extranjero a su destino darían una valoración de la situación, tanto de comida, población y necesidades que hicieran falta en los pocos grupos nómadas que aún quedaran para mandar tropas con víveres y toda la ayuda que pudiera requerirse. La Princesa Valeria estaba en lo alto del castillo mirando desde que salieron del imperio hasta que la carreta se volvió un punto pequeño y éste parte de todo el paisaje sin poder distinguirse, aun así se mantuvo observando largo tiempo parada cerca del ventanal mismo en el que hubiera estado de la misma manera horas antes en la madrugada.
Llegado el momento, se bajaron de la carreta y se despidieron del forastero. Continuaron su camino durante algunos minutos por una vereda llena de polvo donde la vegetación crecía más alta y prominente cada vez. Con esta misma secuencia el rostro de cada uno iba cambiando pasando por varias facetas desde la inquietud, el valor, la felicidad, e incluso el miedo. Se divisaba un muro de altos árboles que se mecían con el vaivén del viento haciendo crujir sus ramas en un rechinido que estremecía el alma. Continuaron caminando con fervor, más aún Sombra quién tenía la cara sumida en una expresión de altiva valentía. Desde la lejanía, desde las copas de los árboles daba la impresión que con el movimiento del ramaje se formaba, entre el polvo arremolinado y las hojas que cedían y flotaban al separarse de sus ramas, una figura de un ser grande e imponente, probablemente una serpiente. Luna fue la primera en notarlo y se lo advirtió a Celestia, quien tuvo que entrecerrar los ojos para poder percibirlo pero no pensaba que fuera algo real sino más bien sólo la casualidad de la forma de los árboles y la manera en que se movía el aire en ese espacio. La vereda por donde caminaban comenzaba a perderse entre el polvo y el pasto que se levantaba más alto hasta sus cuellos, y en el pecho, para Hooves.
Cuando estuvieron más cerca Hooves ordenó que se detuvieran. Se quedó callado con la mirada fija en el bosque que ya se alzaba varios metros sobre ellos a menos de cincuenta metros de distancia. Desde los adentros salió una brisa acompañado de un sonido que parecía un suspiro grave, ronco y largo. Se puso delante de todos y pudieron notar en su expresión más seriedad que nunca, esta expresión fue lo que dividió su vida pasada donde todavía podían jugar y los días tranquilos de sol y calidez a uno donde se esbozaba una línea negra y gruesa donde deberían comenzar a tomarse su papel en serio, pues las consecuencias de no hacerlo serían riesgosas.
-Escuchen ahora, muy atentamente.- Exclamó.- Tenemos que tomar muchas precauciones. Ésta ya no es una misión común y corriente, no estaremos resguardados por el poder del cristal, no estaremos seguros en ningún momento. En los bosques como estos se resguardan criaturas fuertes y peligrosas que no dudarán dos veces en atacarnos, es de suma importancia que comprendan lo peligroso que es esto ya que no tendremos una segunda oportunidad. Sé que todavía son unos pequeños, pero son los mejores y la princesa Valeria confía en ustedes. Yo también lo hago.
Sombra por un momento se vio ataviado por la pesadumbre. Luna parecía notar siempre estas expresiones y se compadecía de él.
"Tenemos que tener reglas para esta misión, cumplirlo a la brevedad posible y regresar inmediatamente a casa. Primera regla: No se separen jamás, ¡jamás!, del grupo. Tenemos que estar siempre unidos y si se presenta algún problema lo resolveremos juntos. Los bosques son extensos y perderse es muy sencillo, no tenemos a algún pegaso con nosotros y aún con uno sería difícil encontrarlos. Segundo: Si ven algo, cualquier cosa que sea peligrosa, algo que se mueva, comuníquenmelo. Si es alguna criatura peligrosa optaremos por dejarla en paz y retirarnos. Si por otro lado nos atacan, tendremos que defendernos y por eso como grupo podremos hacerlo sin problemas, de ahí la importancia de mantenernos unidos. Segunda regla: Ya que los tres son unicornios, mantengan su magia presta para cualquier imprevisto. No sabemos si cierto "ente" conocido se encuentra aquí. Hasta que hallemos el pueblo podremos saber, pero si lo está corremos un alto riesgo. Este peligro no tiene una forma concreta, se desliza por todas las superficies como sombras y roba la luz de las cosas, se alimenta de ello. Se le conoce como "Consciencia Lunar", sólo la realeza del Imperio de Cristal conoce la historia de este extraño fenómeno. Lo único que sabemos es que podemos combatirlo con fuego o hielo. Los tres ya han aprendido hechizos para esto, para poder combatirlo deben de crear ante ustedes una barrera de cualquiera de los dos elementos. Celestia, tienes a Philomena contigo, esto te ayudará. Son de las pocas criaturas que han sobrevivido a este mal e incluso son capaces de sentir su presencia antes que cualquier otro. Mantente atenta de cualquier desvarío que tenga. Tercera y última regla, la más importante: Si todo llegara a salir mal tendremos que huir de aquí. Dejaré un rastro de polvo rojo, una vez que entremos en el bosque. Tengo un costal que se irá vaciando lentamente conforme nos adentremos, sigan esa línea que se forme para poder salir de aquí. ¿Entendido?"
Todos asintieron. Philomena dio un alarido extendiendo sus alas. Sombra se acercó a Celestia y Luna, se había desdibujado su semblante lleno de coraje, ahora incluso sus ojos parecían a punto de llorar. Celestia miraba a su hermana, estaba preocupada por ella. "No te separes, Luna. No quiero que algo te pase" le dijo. Y Luna le respondió con una de sus cálidas sonrisas. Hooves dio media vuelta y se acercaron a él. Comenzaron a caminar lentamente, las miradas se desplazaban de un lado para otro en busca de cualquier indicio de peligro. Nerviosos, asustados, ansiosos de que algo apareciera. Sus cuernos se iluminaban por el color de su magia, listos para defenderse.
Pasaron algunos minutos, todo estaba en relativa paz. Dentro los árboles no eran tantos, el espacio entre ellos permitía caminar libres al grupo y la altura de los mismos permitía vislumbrar a lo lejos sin problemas. Celestia constantemente dirigía su mirada a su fénix con la esperanza de que éste jamás se enervara ni mostrara señal de peligro, hasta entonces estaba tranquila metiendo su pico entre sus plumas para rascarse. Luna miraba maravillada, y con algo de temor, la naturaleza frente a ella, tan magnífica, de colores profundos, de troncos anchos y fuertes. Un escenario de miles de años, que no habría cambiado demasiado en ese transcurso, dando vida, dando refugio a todos los animales. Expedía de todo el lugar una esencia de tranquilidad, de "hogar", pero también uno de peligro. Como una preciosa flor con colores llamativos que exclama a todo el que lo ve que es peligrosa, pese a lo seductor de sus matices. Imponía un respeto, y esto lo aprendió Luna inmediatamente al sentir la solemnidad del bosque, un templo sagrado para venerar, una diosa sin nombre que se alza a la vista aureolada de matices cálidos y fríos, la representación de la vida y la muerte en todo su esplendor. Mientras Luna permanecía exorbitando en estos pensamientos, Sombra parecía amedrentarse ante el crujido de los árboles con el viento, sin darse cuenta se había acercado mucho a Celestia casi tocándose los flancos. Celestia no estaba molesta, no le daba importancia. Cierto era que Celestia no demostraba mucha apertura con los demás más que con su hermana, relativamente, pero esto no era porque fuera de corazón frío e indiferente, sino más bien se sentía responsable de todo en cuanto hacía y no quería tener un margen de error, muchos menos si afectaba a su hermana. Su amor por ella era infinito, y esto lo sabía Luna, por ello se esforzaba demasiado para poder protegerla. Este era el amor de una hermana, de la familia que protege y resguarda.
-Celestia.- Dijo Hooves.- Llevamos un rato caminando, por la línea del polvo rojo sé que no estamos caminando en círculos. Pero el bosque es engañoso y su propia magia es poderosa. Necesitamos saber el tiempo.
Celestia susurró un par de palabras a Philomena y esta se lanzó hacia arriba hasta la copa de los árboles con la fuerza de sus grandes alas para abrir un hueco en el follaje. Con su magia, Celestia lo mantuvo abierto. Sólo se podía ver el cielo, sin nubes, en un tono rojizo y anaranjado. Se estaba poniendo el sol.
-Parece que sólo hemos caminado por casi una hora, pero ya que entramos casi al medio día noto que han pasado algunas horas sin que nos diéramos cuenta. Ya se oculta el sol y no hemos podido encontrar nuestro objetivo. Tendremos que acampar por aquí. No debemos arriesgarnos a caminar en la noche.
Recolectaron algunas ramas grandes y hojas de arbustos y plantas que se encontraban por todo el lugar para armar una tienda de campaña muy improvisada. Pese a la escasez de recursos, Hooves pudo construir uno decente. Su conocimiento y experiencia lo había hecho en un experto, un perfecto líder para confiar. Quién sabe por qué cosas ya habría pasado, cuántas batallas peleadas, pérdidas y heridas. Era comprensible su inexorable actitud, y aun así compasivo y preocupado por los suyos. Colocado en un punto estratégico, la tienda de campaña no era presa de las repentinas brisas que pudiesen volcarlo. Todo estaba colocado y planeado gracias al resultado de la veteranía. De la misma costumbre que la experiencia sabe qué es lo apropiado para estas situaciones encendió una fogata para ya entrada la media noche todos se durmieran y él montara guardia, aunque la distancia no debía dar más allá de dos días caminando no escatimaría en precauciones ni desgastaría la energía de sus soldados (a quienes comenzaba considerar como hijos). Sombra con celo observaba todos estos cuidados y acciones de una persona tan elogiada por su pueblo, que inspiraba tanta confianza y la emanaba cual fuego escarlata que expande sus brazos llameantes y envuelve a las personas dotándolas de su fuerza, la misma que los haría pelear por él sin dudar. Deseaba con todo su ser llegar a ser aunque sea un poco como él. Causaba una impresión similar en Celestia, más ella sólo deseaba continuar con la tranquilidad que les brindaba y esa seguridad con la que ahora habían vivido desde su llegada al imperio, agradecía de todo corazón esto tratando de regresar el favor ayudando a la princesa al igual que a todos aquellos quienes han prestado su cariño y atención. Prestar su magia, que la princesa Valeria llamaba como "única", era lo menos que podía hacer y usarla para proteger a todo pony que le importara.
Sacaron parte de las provisiones y las calentaron al fuego. Ya empezaba a levantarse la luna sobre la copa de los árboles y las brisas se volvían más frías. Ya no se podía percibir lo que había a la distancia, la noche había sumido al bosque en una obscuridad que de no ser por la fogata sería casi imposible ver lo que tenían enfrente. Sombra, sentado al lado de Hooves, miraba embelesado su porte altivo y orgulloso. Philomena se mantenía en el centro del fuego, alimentándolo de su propio fuego para que la luz resistiera por más tiempo. Las hermanas potrancas reían y bromeaban sentadas sobre sus patas; Luna disfrutaba de jugar con su hermana haciendo gestos siempre que la situación era tensa. Era, para ella, de las pocas cosas que podía hacer por su hermana para hacer menos insufrible las situaciones. Por otro lado, Hooves charlaba con Sombra tratando de no permitir que su coraje se disipara, el deber de mantener la moral alta de los suyos. Pasaron un par de horas cuando la luna estuvo en su punto más alto y todos se fueron a dormir, menos Hooves, por supuesto. Philomena se quedó cerca con su tenue luz azul, era muy importante que ante cualquier reacción de la consciencia pudieran anticiparse para la situación. Después de un rato se quedó absorto con la mirada perdida en algún punto de los árboles, se encontraba acostado sobre sus patas con la cabeza recargada en la tierra húmeda. Dentro de sí una imagen se evocaba lentamente, sin brío y con recuerdos que pasaban veloces y borrosas. Evocaciones que llevaban gritos y fuego, débiles como un susurro pero aun así presentes e inamovibles. De pronto, esas imágenes se tornaban más reales y nítidas. De algún lugar se arremolinaba el viento, subiendo hasta la copa de los árboles que se perdían en una masa negra hasta dejarlas fuera de la vista. Desde el interior de aquél torrente de polvo salían algunos susurros suaves y largos, suspiros de voces que eran conocidas de algún tiempo lejano. El remolino se comenzaba a dispersar y de su centro se vislumbraba el tejado de varias casas de madera y paja que se extendían por orden de cientos de metros. Había en sus calles ponies charlando, un panadero que reía con su cliente por un acontecimiento de atrás tiempo del que ambos formaron parte; desde otra calle un grupo de potrancos corrían con juguetes estambre y palitos de madera en sus hocicos a toda velocidad correteándose entre las calles sin rumbo fijo; una pareja se mantenían con sus cuellos posados en el otro con la parsimonia deleitante que sólo los amantes tienen. Y Hooves, recargado en la enhiesta columna que se levantaba de una piedra sobre otra, masticando un poco de heno mientras esperaba con la mirada fija en una puerta de madera tallada de la casita más grande del lugar. De aquél lugar había salido un pony mayor, con la melena adornada de algunas canas que se percibían fácilmente gracias al color azabache de aquellos que no encanecían aún. Detrás de él, su esposa de melena larga blanca con mechones rojos. Algo decía a una persona que venía detrás, cierto era que esta pony era hermosa y vestía prendas de lana y joyas, además de una corona menos grande y ataviada de joyas que el del semental. Eran los reyes del imperio de cristal. Y saliendo, dando brincos acompañadas de carcajadas, dos potrancos; uno con el pelaje gris como su padre y la misma melena negra, sus cortas patitas tropezaban constantemente pues no tenía mucho de haber nacido, con rebosante deseo de vivir para salir y descubrir el mundo por su cuenta; la potranca, de un pelaje rosa y melena blanca con violeta y ciertos mechones dorados, brincaba alentando a su hermano pequeño a salir y jugar en la pequeña plaza de enfrente. Ella siempre tan enérgica, tan deseosa de vivir, tan linda y femenina. Hooves se acercó y con él otros seis ponies. No los reconocía inmediatamente, eran mayores que él. De hecho, no se dio cuenta que él también era un potranco ya entrando a adulto. Estos ponies eran parte de la guardia real y uno de ellos su padre. El rey al reunirse con ellos metió en una bolsa a su costado un pergamino que parecía tener suma importancia. Dijo algunas palabras y asintió con una sonrisa en la boca. Miró a su reina y junto sus cabezas en un ademán de cariño y alivio. Hooves miraba atentamente a la princesa que seguía jugando con su hermano que no paraba de tropezar y reír.
Su padre se acercó a él y le murmuró algo. Apenas si podía distinguir algunas palabras: …debes proteger… ahora todo estará mejor… espero entiendas lo importante de esto. Y él asintió esbozando una sonrisa. "Debes proteger" ¿o era "tenemos que proteger"? Quizá era "debes proteger-la", ¿cómo saber? Tiene tanto tiempo que quizá ya no tenga importancia. ¿Qué tanto? No desea recordarlo realmente. Pero es un momento especial que guarda en lo más recóndito de su corazón. Recuerda incluso los días en que, supuestamente cuidando de los hijos del rey, terminaba jugando con ellos y metiéndose en problemas. Recuerda a su padre sermoneándolo de que no debe de tratarlos así. Algún día, decía él, la diferencia entre castas se hará presente. No quiero que sufras por ello, decía.
De nuevo un remolino de polvo, esta vez polvo añil y verduzco, se alzaba de nuevo. Hooves despertó. Durmió casi toda la noche, aún era de madrugada. Pero un extraño suceso se había producido. El aire estaba repleto de partículas grises, ¿ceniza, quizá? No, Hooves alzó la pata y dejó que una de ellas se posara en su casco. Su crin estaba repleto de ello, pero al contacto se derretía. Era una brizna misteriosa. Como gotas grandes que normalmente no flotarían como lo estaban haciendo. Miró a Philomena quién su fuego se había reducido demasiado a causa de la humedad. La tomó y la metió a la casa de campaña. Esta también se encontraba ya un tanto húmeda y casi alcanzaba a los tres que dormían ahí. Con sus patas formó alrededor de los durmientes una línea un poco profunda para que el agua antes de tocarlos a ellos se quedara estancada en ese pequeño surco.
Aún no había pasado nada, dejando a un lado la inusual brizna, y se perdonaba así que se quedara dormido cuando debía estar montando guardia. Habrían pasado probablemente cuatro horas desde que se durmió, una cantidad preocupante. En un par de horas comenzaría a levantarse el sol. Por un momento pensó en despertar a su grupo y continuar su búsqueda, pero después recapacitó en que no había necesidad alguna. ¡Cuán útil sería tener un cuerno por su magia! Pero él era un pony de tierra, y un pony de tierra sabía cuidarse bien sin tener que necesitar de magia ni de alas. Retomando su tarea, montó guardia hasta pocos minutos antes de que comenzara a salir el sol. Llegada esta hora los levantó, pero se dio cuenta de que Philomena aún permanecía en ese estado frágil. Su dueña lo notó y pidió a Hooves una explicación. Él confesó su falla y mostró a Celestia la brizna de gotas gordas. Ambos no tenían explicación para algo de este estilo, daban por hecho que sería algo peligroso pero no para Luna quien saltaba de un lado a otro mordiendo y tragando las gotas, Sombra le imitaba.
Tiraron la tienda de campaña improvisada y continuaron su marcha. Esta vez, conforme avanzaban, todo el lugar pasaba por varias escenas muy misteriosas. Comenzando por la brizna, que mientras más avanzaban se hacía más profusa y se enfriaba más el ambiente hasta que tales gotas se transformaban en pequeños hielos flotantes. Gracias a la misma humedad, la crin y el pelaje de nuestros personajes se encontraba cubierta por una película de escarcha. Constantemente tenían que sacudirse para librarse de ella, pero a los pocos minutos se volvía a formar. Mientras más se adentraban, menos luz había y los árboles parecían moverse y rugir con sus crujidos, todos empezaron a tomar una expresión más seria. Philomena se encontraba más débil y parecía caer en un letargo entre más apagadas sus plumas se encontraban. Celestia tuvo que taparla con una manta que tenían para dormir, sus llamas eran tan bajas y azules que no podrían causar que la manta se incendiara. Tal como si fuera la noche, la luz se había casi extinguido y debían ahora iluminarse por la luz de la magia de sus cuernos.
Luna se enervaba cada vez más, el bosque no era un lugar para jugar. Lo había sabido desde aquél pequeño pueblo donde antes vivían. Nadie debía ir ahí, sólo los adultos e incluso estos debían ir en grupo. El bosque tenía maravillas, pero también tenían grandes peligros. Nadie se acercaba ni por chiste. Pero, por las noches, siempre se sentía atraída por él. Siempre quiso convencer a su hermana de ir, aunque fuera de día. Pero sabía que al escuchar la idea se negaría, pues era demasiado peligroso y su vida correría peligro. Por esto mismo ella nunca se lo dijo a su hermana, pues comprendía que tampoco le agradaba la idea de que algo le pasara a su hermana mayor, ya que eran lo único que tenían en la vida. Por las noches a veces se quedaba muy atenta mirando a la luna, una figura redonda con "corchos, decía ella, que parecía resbalar en un canal tan lento o más que un caracol, se preguntaba si habría vida ahí. Si no la había, tal vez se sentiría sola. ¿Qué se sentiría estar completamente sola en el mundo? Sin nadie que te apoye, sin nadie que cuide de ti y quien te quiera, ¿Qué? Luna no quería ni pensarlo, no podía imaginarse su vida sin su querida hermana. Mientras la miraba se germinaba dentro una pasión por un objeto sublime. El sol, claramente, era algo muy bello aunque no se pudiera ver directamente a los ojos, y era esto justamente lo que hacía a la luna más bella que el sol para Luna. Aunque el sol daba luz a todo el mundo y permitía que la vida se formara en la tierra, le parecía que mirar directamente a la luna era como mirar a los ojos de alguien. Pues mirando a los ojos es la manera en que descubres la sinceridad de las personas, por los ojos, dicen, se asoma el cosmos. Por esta simple razón para Luna la luna siempre sería más hermosa que el sol. Tan misteriosa, tan hermosa y a la vez tenebrosa, había algo en ella que la atraía. Hubo un par de ocasiones en que algo mágico ocurrió, en esas noches con la mirada perdida. Desde que tiene memoria, siempre platicaba con aquél lucero nácar, contándole del día transcurrido convirtiéndola en su confidente. Cierta noche, mientras hablaba con ella, y con Celestia dormida, pensó que tal vez a luna podría sentirse –si fuera capaz de sentir algo- sola, lejos de toda la naturaleza y la vida. ¿Habría alguna leyendo o cuento, algún dato que mencionara porqué existe la luna? ¿Por qué existe la luna? Y en ese justo instante en que la pregunta terminaba de formularse en su mente las vigas platinadas que entraban desde las ventanas parecieron dirigirse hacia ella y que comenzaba a elevarse, parecía que la luna la llamaba y la abducía, ella no ponía resistencia. Volvió a tierra, por así decirlo, cuando su hermana se despertó. La segunda ocasión, habiendo abandonado el pueblo en aquella fatídica noche de conmoción y terror y habiéndose adaptado con Millie y los nómadas, peregrinaban por campos abiertos y llenos de pasto, con pocos árboles a la vista. Después de varias horas de su peregrinaje, decidieron descansar bajo el cobijo de un gran árbol que se encontraba cerca, prendieron fogatas y prepararon camastros. Terminada la cena, se prepararon para dormir. Platicaba y bromeaba como siempre con Celestia de la voz y ademanes de la Sra. Dina, a quien podía imitar muy bien, hasta que escuchó un murmullo proveniente de algún lugar. Aquello la tomó por sorpresa y se levantó con brusquedad, le preguntó a su hermana si había escuchado lo mismo, a lo cual ella respondió que no había escuchado. Suave pero gradual se escuchaba un pequeño susurro, muy bajo, como un secreto de aquellos más íntimos que sólo se dicen sin nadie más que el oyente y su confidente. Así permaneció por pocos minutos hasta que tal murmullo cesó y tranquila ella se dispuso a dormir. Aquella noche la asedió un sueño, el más mágico de todos; se veía cruzando el ancho mundo sobre el cielo, atravesando las esponjosas nubes que perlaban su pelaje y su crin de gotas que titilaban como perlas de plata. Desde aquél punto todo parecía soberbio, todo era fuente de belleza y magnificencia; los vastos bosques se expandían como manchas, como lunares de un cuerpo gigantesco, los mares brillaban con su soberbio azul flameante y las montañas no ejercían más su intimidante tamaño sobre ella como antes, ahora estaba a su altura y, si así lo quería, más arriba. Arriba donde podía sentir el calor del sol, donde más calor diera y donde también se formaran las auroras boreales, donde las nubes se formaban, donde todo era reducido en comparación. Descansar sobre las delicadas y sedosas nubes mirando a las estrellas bailar y escuchar su canto contrastando con el del viento sobre su cuerpo reverberando al suelo donde todo cobraba vida. Ahí, todo cobraba brillo y lustroso se presentaba como maravillas relucientes y recién formadas especialmente y sólo para ella. Y mientras cabalgaba, surcando los cielos con unas fuertes y veloces alas, escuchó de nuevo un murmullo. Una voz extraña, a veces femenina, a veces masculina, tierna y cálida, grave e ingrávida, que se cuela por el cuerpo hasta el cerebro. Ahora sabía de dónde venía aquella voz, aquella que era hogareña y suave como el verano y, a la vez, fría y calante, como el invierno. Aquél sonido bisbiseaba bajando cada tono de azul a naranja, de naranja a rojo, de rojo a naranja y de naranja a un azul profundo, obscuro, desde su manto lunar. Fijó la mirada y sólo vio a la luna, tan esplendorosa como siempre, con sus cráteres y tonos blancuzcos. Su mirada no dejó de observar en ningún momento ni tampoco lo dudó, era de ahí de dónde provenía y de su incólume halo bajaba hasta donde ella se encontraba. Pero, ¿qué era lo que decía? ¿Qué musitaba aquella criatura macho y hembra, luz y sombra, que parecía desesperada por comunicarle? Agudizaba el oído pero no lograba entender. Ella respondía: No puedo entenderte, habla más fuerte. Pero la voz no cambiaba su tono ni lo que parecía decir. Ella volvía a girar la cabeza para escuchar mejor, en dirección a la luna, pero no había éxito. Aquél susurro de pronto se volvió más claro, y el sonido se convirtió en un sollozo. Cuando Luna fue capaz de reconocer la naturaleza del sonido descubrió que la luna se tornaba negra y de su redondeada figura se alzaban masas negras. En ese momento, despertó. Pero jamás pudo olvidar aquellos momentos que parecían mágicos y que hacían de su vida un poco más interesante. En estas cavilaciones se mantuvo ensimismada un rato sin darse cuenta de que se había separado del grupo y se encontraba ahora sola. Enfrente de ella hallábase el pueblo, roído, casi destruido, con las gotas de hielo flotantes y el suelo cenizo.
