Disclaimer: Ya lo saben, nada me pertenece.

El próximo es el último.

We can work it out

4.

Había días como aquel en los cuales ni siquiera cruzaban palabra ni se llamaban la atención el uno al otro poniendo la música fuerte o charlando de cualquier cosa con tal de sacar conversación. Luego aparecía Roxanne por la chimenea y Dominique recordaba así como de repente que se había olvidado avisar en casa, y entonces Bill se deshacía en reproches y regaños, pero también en sonrisas para con su sobrina, que ni lenta ni perezosa, se acomodaba en el sillón de la sala a esperar que acabara la guerra.

–Me encanta que hayas venido –sonrió Dominique –No te das una idea de lo que es estar aquí sola.

–Le pregunté a papá y dijo que pueden venir cuando quieran, los dos. Pero también dijo que sería mejor para ti si te quedaras aquí y aprendieras a convivir con tu padre. Dijo que puede ser un poco pesado y otro tanto tonto, pero que es de esos barbudos buenos que se quedan contigo en las noches de resaca o luego de los temibles castigos de la abuela Molly, pero eso era cuando hacían explotar todo con su hermano, ya sabes, el tío Fred.

Dominique se rió entre dientes.

– ¡Dile a George que me afeité! –gritó Bill desde la cocina.

– ¿Estás escuchando? –inquirió Dominique con cara de pocos amigos –Papá, ¿por qué no vas a escribirle una carta a tu princesa y nos dejas en paz un rato? Venga, que Roxanne quiere comer Pizza de Londres, ¿te das una vuelta por allá?

Roxanne se rió entre dientes.

–No seas así –la reprendió su prima. Dominique puso los ojos en blanco. –Está bien, tío Bill, no quiero la pizza. Me da igual, pero estaría bien hacer una guerra de espuma. Mamá no me deja hacerlas en casa.

Dominique se rió entre dientes.

–La última vez que hicimos una guerra de almohadas con Louis mamá nos gritó por días y nos obligó a limpiar todo –rememoró con una sonrisita.

–Pero eso fue porque rompieron un jarrón que nos regalaron unas primas suyas para nuestra boda –comentó Bill. Lo cierto es que el asunto del jarrón se solucionó con un simple movimiento de varita antes de que los niños acabaran con su castigo.

–No vas a dejar de escuchar nuestra conversación, ¿eh? –le reprochó, levantándose y llevándose a Roxanne con ella hasta su habitación, donde pudieron hablar tranquilas sobre esas cosas que hablan las niñas cuando hace tanto rato que no se ven y quieren contarse mil novedades. Saltar una sobre la otra, tumbarse juntas en la cama a mirar revistas de Victoire, buscar muñecas y juguetes, entrar en el mundo prohibido de Louis, donde todo es un caos con olor a calcetines sin lavar.
Todo eso hasta la merienda, donde Bill entretuvo un buen rato a Roxanne con sus aventuras de adolescente junto al tío Charlie (Dominique no va a admitirlo, pero le gustó enterarse de todas esas cosas que hacían que papá fuera una persona más como una y menos como papá), de cuando habían ido a un concierto de las Brujas de Macbeth y el tío Charlie se metió en problemas por flirtear con una rubia que estaba con su novio, o cuando fueron a ver a los Tornados jugar y perdieron a los gemelos entre la gente. Pasaron toda la tarde buscándolos para evitar la furia de la abuela Molly y resultó ser que habían regresado horas atrás a la carpa, porque tenían hambre.

A Roxanne le encantaba oír cosas de su propio padre, y no perdía ocasión para alardear del tío George, como si fuera otro padre o un compañero de bromas y juegos que está siempre presente, todo el tiempo explícito. Dominique había pasado algunas vacaciones con ellos y sabía lo geniales que podían ser, por eso era que sentía algo de envidia por esa prima que debería ser su hermana.

Hablaron sobre un montón de cosas (incluyendo el mundial de Quidditch del noventa y cuatro, cuando el tío Ron llevó a la tía Hermione y al tío Harry, porque entonces los tíos Ron y Hermione eran solamente amigos, de esos que se llevan especialmente mal porque siempre están peleando por tonterías, y la tía Ginny era más bien tímida con el tío Harry, y no había nada entre ellos) e incluso Dominique aceptó jugar juegos de mesa con su padre hasta que Roxanne se fuera, porque ese día era para su prima.

– ¿En serio te molesta tanto estar aquí? –le preguntó Bill de pronto, guardando las fichas del juego en la caja. Todavía quedaban chispas verdes en la chimenea que hablaban de Roxanne.

–Bueno, en realidad… –comenzó, incómoda. Nunca le habían ido las mentiras, porque sentía una necesidad urgente de decir siempre la verdad y ser sincera incluso en las cuestiones más crueles; cómo envidiaba a James y a Albus, que eran dos reyes en esa materia de manipular un poquito la verdad.

–Entiendo.

A Bill le gustan las chicas que dejan reviews, ¿vale?