Estoy paseando por los jardines del palacio. Las flores, todas ellas, son de color negro o rojo. Salvo una: un rosal de rosas blancas que plantó mi padre cuando nací. Son el único foco de color en la monocromía del infierno, todo oscuro y lúgubre. Me dirijo a la Fuente de las Serpientes, donde suelo ir a meditar. Me siento en ella y observo mi reflejo en el agua.
Soy una rareza entre mi propio pueblo. Todos ellos tienen el pelo y los ojos oscuros, pero yo tengo el pelo blanco, los ojos grises y la piel pálida. Además tengo una cicatriz que forma una estrella invertida sobre el ojo izquierdo que llega hasta la mejilla.
Escucho un gruñido bajo y me giro para ver a Laoming, uno de los wargos de mi manada de un color blanco puro. Siempre me he llevado bien con él por ese motivo. Le rasco tras las orejas y en la cadera, sus lugares favoritos.
-¿Qué te pasa, chico? ¿Maela ha vuelto a dejarte por Domunio?-gruñe y río-. Sí, sé cómo te sientes. Deberías dejar de ir tras ella, no va a elegirte. Prefiere al wargos negro en lugar de al blanco, sin importar que tú seas más grande.
Continuamos paseando entre las plantas y árboles, oliendo las dulces fragancias que flotan en el aire. Un rato después, cuando completamos un círculo, mi madre se acerca a nosotros. Es una diablesa algo bajita, pero de gran fuerza. Tiene una espesa melena castaña siempre recogida en una trenza con dos mechones a ambos lados de la cara y grandes ojos marrones que siempre muestran sus sentimientos, sean amables o furiosos. Papá dice que tengo su nariz y sus ojos.
Se acerca a nosotros, rasca un momento a Laoming tras las orejas y enlaza su brazo en mi codo.
-Te he estado buscando, hijo. ¿Nervioso por la coronación de esta noche?
-Mucho. No sé si seré capaz de gobernar a todos los demonios.
-Estoy segura de que podrás. Te hemos entrenado bien.
-Más que bien, madre. Desde la traición de mi hermano he estado preparándome para la Luna Dorada.
-Y ese momento es esta noche. Tú relájate y deja que la magia te conecte con tu pueblo.
Vuelvo a la consciencia, pero no abro los ojos. Estoy tumbado en algún lugar blando y cómodo, posiblemente una cama. Una manta pesada me está cubriendo hasta el pecho vendado. Puedo sentir una presencia reconfortante sentada a varios pasos.
Abro los ojos y veo una viga cruzando el techo. Giro la cabeza y veo a Kanda sentado en una silla... ¿limándose las uñas? Hago el intento de sentarme y él me mira rápidamente. En un instante está a mi lado con un par de cojines para apoyarme.
-Gracias-mi voz es grave, seguramente no la he utilizado en un par de días.
-Un demonio-le miro sin emociones-. Eres el príncipe demonio.
-¿Cómo lo sabes?
-Todo este tiempo has estado en tu forma original. Orejas blancas entre el pelo, colmillos afilados, cola de lobo blanca y pelaje blanco en la ingle-con eso último me sonrojo y desvío la mirada. (¿Hasta dónde ha visto?)
-Sí, soy el príncipe demonio. ¿Tienes algún problema con eso?
-Ninguno. Pero tenía entendido que todos los demonios eran oscuros.
Miro a mis manos entrelazadas.
-Y lo son, yo soy el único demonio blanco que ha nacido. Cuando mi madre me dio a luz, le dijeron que me dejara en el bosque, que había nacido deforme. Pero ella se quedó conmigo diciendo que mi destino era demasiado grande como para dejarme morir. Crecí fuerte y ágil, pero siempre a la sombra de mi hermano mayor, el heredero al trono, el perfecto hijo. Mi padre le prefería a él, yo no existía.
»Hasta el momento en el que mi hermano intentó un golpe de estado y se vio obligado a desterrarle. Desde ese mismo momento me convertí en el heredero y me entrenaron para ello. Pero nunca era lo bastante bueno. Siempre me comparaba con mi hermano. En la noche de la coronación mi hermano volvió, asesinó a mi padre, se autoproclamó rey y me desterró al mundo humano.
»Pero yo me presenté ante Dios y me convertí en su sirviente. Allí conocí a Asha, otra rareza entre los suyos. Él era un ángel negro. Decidió bajar a la Tierra para ayudarme en mi misión de acabar con mi hermano, pero como ya sabes fue asesinado hace más de seiscientos años.
(Me quedo callado, sabiendo que si hablaba le diría que él es su reencarnación.)
-¿Y tu madre?
Su pregunta me sorprendió, pero mi respuesta inmediata fue una risa seca.
-Encerrada en el palacio como rehén para que yo no intente nada. No la veo desde que me desterraron.
-Eso son más de mil años.
-Muchos incluso para los inmortales y más incluso para un hijo.
Muevo las piernas y noto un fuerte dolor de las heridas cicatrizadas. Hago una mueca, pero reprimo el gruñido.
-No deberías moverte demasiado, están casi curadas, pero pueden volver a abrirse.
-Dame un par de horas más y estaré perfectamente-suspiro-. ¿Cuánto tiempo he estado aquí?
-Un par de días. Todos los Buscadores han vuelto a la Sede, menos Toma.
-Bien, bien. Ya decía yo que mi voz estaba un poco ronca. ¿Hay órdenes de la Sede?
-Komui me dijo que esperara a que te curaras antes de volver. Tienes muchas cosas que explicarles.
-Le hablaré de mis poderes, pero no de quien soy. Podría alertar a mi hermano.
Kanda me miró fijamente y yo le devolví la mirada.
-¿Puedo preguntar tu nombre demoníaco?
(Mi nombre demoníaco... no lo uso desde hace siglos.)
-Zarainur-respondo en voz baja-. Significa "nocturno". Me lo pusieron porque tardé toda una noche en nacer. Irónico, ¿no?
-Mucho. Como todo en tí.
Le observo curioso por el comentario.
-Las leyendas dicen que los demonios son seres crueles, pero tú te has herido a tí mismo para que otras personas pudieran irse a un lugar más seguro.
Río divertido y dejo caer la cabeza hacia atrás.
-Eso es porque he pasado demasiado tiempo rodeado de mortales y ángeles. Pero sigo conociendo todos y cada uno de los métodos de tortura mentales y físicos que existen. Además el sigilo sigue siendo mi punto fuerte.
-Me gustaría luchar contra tí alguna vez, sin tu magia ni trucos. Pura habilidad.
-Trato hecho-le sonrío y sellamos el trato con un apretón de manos. Siento una corriente eléctrica entre nosotros y aparto la mano enseguida. Su mirada es confusa. Me levanto y vuelvo a dejarme caer con un gruñido lobuno. Por suerte ninguna herida se ha abierto. Kanda se arrodilla a mi lado y lo comprueba.
-¿Qué intentas hacer? Podrías haber vuelto a abrirte las heridas.
-¿Toma me ha visto en mi forma real?
-¿Qué pregunta es esa?
-Contesta a la maldita pregunta.
Me llevo la mano a la frente para calmar el dolor de cabeza que empieza a aparecer.
-Sí. Y se lo expliqué todo y le pedí que no dijera nada.
-Gracias, no tenía ganas de volver a contarlo todo.
Nos quedamos en silencio un buen rato. Kanda incluso volvió a su silla y continuó limándose las uñas. En el silencio puedo concentrarme mejor y busco la conexión mental que tengo con mi manada de wargos en los infiernos. Le pido a Laoming y Maela que vengan enseguida, aunque tardarán un poco.
-Quiero acercarme a ver a un viejo amigo en Venecia.
-Eso nos desviaría bastante de nuestra ruta.
-No volvemos en tren. Yo por lo menos no. Es importante que le vea.
-¿Y cómo propones que vayamos, príncipe demonio?
Le lanzo una mirada afilada.
-Laoming y Maela llegarán en una media hora. Son mucho más rápidos que cualquier tren y llegaríamos a la sede en menos de un día, desviándonos por Venecia.
-¿Laoming y Maela?
-La pareja alfa de mi manada de wargos. Laoming y yo crecimos juntos. Él es el único wargos blanco que existe. Otra rareza entre los suyos.
-Estás rodeado de rarezas. Primero Asha y ahora Laoming.
Cuando menciona el nombre de Asha siento que mi corazón se aprieta de nuevo. (Tengo que decírselo, pero no puedo. No quiero asustarle.)
-Te aconsejo que te calles. Ahora mismo mis instintos me envían señales contradictorias y podrías salir muy mal.
-¿Eso es una amenaza?
-Es la verdad.
Nos miramos en silencio hasta que Toma abre la puerta de la casa en la que estamos. El Buscador mira entre ambos.
-¿He interrumpido algo?
Por fin consiguo mirarle. Kanda vuelve a sus uñas. (Sinceramente, me está volviendo loco con el sonido.)
-Nada, Toma. Estamos bien. ¿Qué dices sobre volver a la Sede desviándonos por Venecia?
-Conociendo a los demonios, bien. ¿Cómo iremos?
-En wargos.
Y puntuales como siempre, escucho el aullido de Laoming y me levanto algo tambaleante para salir a recibirles. Me apoyo en el marco de la puerta y sonrío al ver a mis viejos amigos. Laoming parece haber crecido un poco y Maela tiene la misma mirada orgullosa de siempre.
-Hey, chicos-acaricio sus hocicos como saludo y Laoming olisquea mis heridas gruñendo ligeramente-. Tranquilo, estoy casi curado.
Maela le aparta de un empujón y yo río cuando empiezan a pelearse. (Me da pena no haber estado ahí cuando se convirtieron en compañeros.)
-Son increíbles-escucho la voz de Toma. Mi sonrisa se hace más grande.
-Lao es mi segundo y parece que Maela le ha elegido por fin como su compañero. Cuando estaba allí abajo estaba todo el tiempo con Domunio.
-¿Y cómo iremos? Por si no te has dado cuenta ellos son dos y nosotros tres.
Toma y yo nos giramos para mirar a Kanda. Se ha levantado de la silla y observa a los wargos entre nosotros.
-Toma irá sobre Maela, tú sobre Lao y yo correré.
-Ni loco. No pienso subir a un bicho de esos.
Escucho dos gruñidos amenazadores y río.
-Ten cuidado, tienen una gran fuerza en la mandíbula con relación a su tamaño. En el infierno me peleé mucho con ellos como entrenamiento y más de una vez lo comprobé-Laoming se acerca, se sienta junto a mí y le rasco en la mandíbula-. ¿Tú que dices, chico? ¿Serías capaz de llevar a Kanda hasta Venecia y luego a Londres?
Ladra alegremente y mueve la cola de un lado a otro por el suelo. Yo río. Maela me lame la otra mano buscando el mismo tratamiento que le estoy dando a mi wargos blanco. Le indico a Toma que les acaricie también.
Desde el interior puedo escuchar a Kanda removerse inquieto y sonrío malicioso antes de gruñirle una orden rápida. Laoming ladeó la cabeza antes de levantarse y entrar en la casa. Toma me mira confundido cuando río a carcajadas.
-¡Moyashi! ¡Aléjalo de mí!
Ambos nos giramos y mis risas se vuelven mayores cuando veo a Kanda alejándose de Laoming cada vez más.
-¿Miedo, Kanda?
Me lanza una mirada furiosa.
-Solo aléjale de mí.
Silvo y Laoming se sienta en el lugar. Baja las orejas y suelta un gemido lastimero. (Le he enseñado bien.) Kanda traga saliva y yo me acerco a él despacio. Me mira cuando le cojo una muñeca y le sonrío tranquilizador.
-Vamos, no te hará daño.
Le llevo hasta Laoming y extiendo una mano para acariciarle el hocico. Miro a Kanda y la indico que haga lo mismo. Él traga saliva de nuevo y le acerca su mano despacio, quizás demasiado.
Le vuelvo a sujetar la muñeca y me mira.
-No te va a hacer nada si yo no se lo pido. Además huele el miedo tanto como yo.
-¿Y qué quieres que haga?
-Respira hondo y confía en él. Vas a viajar en su lomo y podrías necesitar confiar en él para la batalla.
-¿Tú confías en él?
-Con mi vida. Ahora solo queda que tú lo hagas.
Me mira una última vez y luego a Laoming. Respira hondo como le he dicho y le acaricia la oreja derecha con valor. Lao le anima con pequeños gestos, como ladear la cabeza o mover la cola. Maela se acerca también y reclama su parte de las caricias.
