Respuestas a Reviews:
Guest: Te entiendo.. jjajajaja.. Es que Ciel se busca que uno le odie a ratos.. :DD Gracias por el review.. :DD
KuroFan: Me alegro que te haya gustado.. :DD Y pues aquí está ya la continuación.. :DD Gracias por el review.. :DD
Mi-chan: Síiiii… el momento se interrumpió y pues, ya verás lo que sucede en este capítulo.. Más con Ciel, con Sebastián hasta el próximo.. XDD Gracias por el review.. :DD
PerlhaHale: Hola! :DD jajajaja.. Bendito sea Dios en verdad porque te dejó venir a leer esta historia que tanto he luchado por escribir.. XDD La verdad es que así pasa, uno no sabe cuándo va a encontrar una historia que le guste y, desde ya puedo decirte que sí habrá un poco de Alois y Claude juntos.. pero, aún no diré como jajajaj.. :DD Y pues, Ciel es diferente, a mi parecer porque aquí es mayor, aparte que no está traumatizado ni nada como el de la historia original y, Sebastián pues, está como dirían "hasta las manitas" por Ciel porque ha sido su único novio. Algo que no he mencionado por aquí aún pero, que creo se hace saber un poco por lo que Sebastián recuerda de su vida con Ciel años atrás. Me alegro mucho que te haya gustado la historia, la fiesta y las traiciones de Ciel jajajaj.. :DD Gracias por el review.. :DD
AbSe: Pues… ahhh eso está todavía por verse.. DD: Ya leerás este nuevo capítulo y verás por qué te lo digo.. DD: Me alegro muchísimo que te esté gustando y, Ciel es muy malo mintiendo así que será una excusa realmente mala.. XDD Gracias por el review.. :DD
Dix Love: Tienes mucha razón en eso, el amor a veces puede ser débil y parecer de lo más fuerte.. Así que veremos, que tanto se quieren este par.. DD: Y ahí en lo de la falta de trabajo de Sebastián es donde empieza la parte central de la historia en cierta forma.. Claro, que Ciel busca una justificación también para serle infiel a Sebastián.. DD: Gracias por el review y me alegro que te esté gustando la historia.. :DD
Sakura Lawliet Kou: Muchas gracias por el elogio y, espero que te guste este nuevo capítulo, que yo hago con todo esmero para ustedes.. :DD Gracias por el review.. :DD y, la verdad a mí también me da pena Sebastián.. DD:
Charles Grey-Perrible: Has dicho muy bien! :DD Mata la preocupación de Ciel, que en medio del problema hasta se le olvidó lo que hacía jajajaja.. :DD espero que te guste este nuevo capítulo.. :DD Ahí podrás saber lo que le pasó ahora a Alois.. XDD Gracias por el review.. :DD
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Lo siguiente que Sebastián sintió fue la suavidad de la cama en la que se encontraba acostado. La textura de las sábanas con las que se hallaba cubierto. Abrió los ojos, preguntándose en dónde se encontraba. Por suerte, se trataba del cuarto que compartía con el ojiazul.
No recordaba muy bien lo que había sucedido. Solamente recordaba que de repente sintió como si le golpearan en la cabeza y todo se volvió negro. – Hmm… - Gimió. La cabeza todavía le dolía. Levantó la sábana y notó que no vestía nada más allá de sus boxers negros.
-¿Sebastián? – Ciel estaba en la entrada de la habitación. – Veo que por fin despiertas. – Dijo con una sonrisa. - ¿Cómo te sientes?
-Pues, bien. – Musitó el moreno, restregándose los ojos. - ¿Qué me pasó?
El ojiazul tragó en seco. - ¿No… No recuerdas nada? – Toda la noche había estado más preocupado por el hecho de pensar que Sebastián le había visto besando a Alois que por el hecho que el mayor estuviese ahí, postrado en cama sin saber si estaba inconsciente o solo dormido, aún cuando la chica pelirroja le había contado lo que consumieron juntos.
-No muy bien. – Se agarró la cabeza. – Yo venía para acá cuando… No sé. Creo que te vi y luego sentí un dolor extraño en la cabeza y ya no supe más.
Ciel sintió como si un balde de agua tibia le cayera encima, contrastando al frío que sintió cuando vio al moreno a la entrada de su cuarto desmayado y, él se había besado con Alois unos segundos atrás. ¡No sabía! En medio de todo, ese simple hecho ya era algo increíble. Sebastián no sabía de su pequeña "aventura" en la fiesta. Le acarició el rostro. – Yo estaba viniendo para la habitación también. Seguro ahí fue cuando me viste. – Sus manos temblaron ligeramente ante esa mentira. – Yo te encontré tirado en el suelo, justo al lado de la puerta.
Sebastián pensó en los hechos, intentando encontrar una pista que le ayudase a recordar. Miró hacia la entrada. Una distancia considerable separaba la entrada de la cama. ¿Sería que él en medio de aquel momento difuso había visto una alucinación al lado de la cama?
-¿Qué fue lo que tomaste? – Preguntó el ojiazul, interrumpiéndolo.
-La chica con la que estaba bailando me compartió media pastilla de éxtasis. – Gimió y volvió a esconder el rostro entre sus manos. Hasta la luz le molestaba.- ¡Qué idiota fui al tomármela! –Masculló, odiándose momentáneamente.
-No niego que estuvo mal. – Dijo el menor. – Pero, lo importante, es que te encuentras bien. Debo admitir que me asusté cuando te vi en el suelo.
Sebastián sonrió y lo atrajo hacia sí, tomándolo por la muñeca. - ¿Temías perderme? Qué dulce eres. – Rió y le dio un tirón a Ciel.
-Sí, temía perderte porque entonces ya no habría quien cocinara para mí. – Bromeó el ojiazul, cayendo a su lado. Le miró en silencio. Algo en él no se encontraba del todo bien. Era como si quisiera decirle todo a Sebastián, sin importar las consecuencias porque así eran ellos en la intimidad, siempre se contaban todo.
-¿Pasó algo más? – Inquirió el mayor, adquiriendo un tono más serio. – Pareces preocupado.
"Es la consciencia, o lo poco que queda de ella." Pensaba el ojiazul. – Nada. – Sonrió fingidamente. – Gracias por organizar la fiesta. Estuvo increíble.
-Por nada. – Respondió el moreno, girando en su costado y mirando hacia el techo. – Aunque recuérdame no contarle a Claude, me mataría si supiera que olvidé invitarlo. – Ambos rieron. – Por cierto, ¿invitaste al chico de aquel restaurante de hamburguesas? ¿Él que te pidió el autógrafo?
Y la mentira fluyó sola por su boca. – ¿Qué chico? No. ¿Por qué me lo preguntas?
-No sé. Tuve idea de verlo. – Negó con la cabeza, sonriendo. – Seguro fue mi idea. Estaba muy subido.
-Quizás sí viste bien. Tal vez vino con alguien. Había mucha gente que no conocíamos en la fiesta. - Intentó hacerlo ver como algo que simplemente podía pasar. – Joker trajo casi hasta a su madre.
Sebastián se echó a reír. – Y no es mentira. Seguro si hubiéramos buscado bien la habríamos encontrado. Se estiró en la cama. Todo el cuerpo le dolía. - ¡Ah! Te juro que no vuelvo a tomar otra droga en mi vida.
Ciel rió por lo bajo. – ¿Debería succionar en medio de tus piernas para probarla? – Le miró lascivamente. – Recuerda que yo no puedo consumir nada de eso en otra forma.
El moreno rodó sobre la figura del ojiazul y le apresó las manos sobre la cabeza. – Me encanta cuando dices esas cosas. Pero hoy no podrá ser, joven amo. Mi cuerpo no quiere nada más que un baño y una taza de café. – Le besó profundamente. Ésa era una de sus tácticas para mantener a Ciel deseándolo, no siempre le daba lo que quería. A veces, le obligaba a esperar.
-Maldito éxtasis. – Murmuró el ojiazul contra sus labios, jugando con su lengua en la boca de Sebastián, quien sonrió ante la situación. Su pareja estaba reamente deseosa de hacer el amor. Probablemente eran los efectos del licor de la noche anterior.
-Te amo. – Musitó. – Y te prometo que para esta noche estaré bien.
-También te amo. – Respondió. – Y más te vale o te cambiaré por un juguete de goma.
-Hazlo. – Le retó Sebastián. – Pero no te consentirá tan bien como yo. – Ciel solamente cerró los ojos, dejando que el moreno le besara el cuello a su gusto. Aunque su cuerpo se sentía demasiado deseoso esa mañana y el no de Sebastián lo hizo "encenderse" aún más.
El ojiazul llevó una mano a la entrepierna del moreno, apenas cubierta por la delgada tela del boxer. – Por favor… - Susurró contra los labios de su amado.
-Dije que no. – En realidad no se sentía del todo bien y, quería dejarle esperando. – De noche te sabrá mejor si lo esperas. – Presumió, empujándole y levantándose de la cama.
Ciel jadeó. ¿Quién se creía Sebastián que era? Él le tenía en su casa, viviendo de gratis y, ¿no podía ni siquiera complacerle? Nunca antes pensó así pero, nunca antes tuvo tampoco tanto como tenía ahora. –Cualquiera en este mundo querría estar con alguien como yo. – Murmuró para sí. El despecho se estaba haciendo paso dentro de él o, bien, seguía pensando en el beso del rubio la noche anterior.
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Ciel salió un par de horas después. Sebastián se había quedado cocinando la cena y después saldría con Claude, así que tenía bastante tiempo para dar una vuelta por la ciudad. Quería comprar unas cosas. Sí, solo eso era lo único que lo traía a la ciudad con tanta prisa que había preferido tomar un taxi que esperar un bus o pedirle al moreno que lo llevara.
Mentira. La verdad era que quería salir solo. Tenía un lugar en particular que quería visitar.
Detuvo sus pasos frente al lugar en el que se encontraba su perdición y, hasta tenía nombre. – Alois. – Musitó, con la vista en el rótulo que anunciaba el restaurante "Hamburguesas de cinco". Quería entrar y a la vez, algo le decía que no lo hiciera, que volviera a su apartamento, sacara una cerveza de la nevera y se la pusiera en esa cabeza tan dura que tenía. – Sebastián. – Dijo, sintiendo una presión en el estómago. ¿Qué diría el moreno si supiera que él estaba interesado en alguien que apenas conocía? Ni siquiera sabía su apellido.
Sin embargo, una fuerza superior a la suya deseaba entrar. La fuerza que provocaban los deseos que guardaba dentro de sí. Nunca había estado con otro que no fuera Sebastián. ¿Qué se sentiría tocar otra piel que no fuese la suya? ¿Besarlo mientras estaban en la cama? ¿Lanzarlo sobre ésta y ser él quien mandaba en ese juego? Porque Alois no parecía del tipo de los que ponen resistencia. Es más, se notaba que le gustaba ser sumiso si de amor se trataba. De lo contrario, no habría esperado que Ciel le besara.
Abrió la puera del restaurante y entró. El local olía a papas fritas y salsa de tomate. Todo se veía muy limpio, tal como el día en que vino con… él. Tragó en seco, ya no se sentía tan dispuesto como la noche anterior con el licor encima. Había que mencionar que era una suerte el que no tuviera una resaca terrible ese día. Sacó su teléfono celular y lo apagó.
-¡Vaya, vaya! – Exclamó una voz masculina pero, de notas bastante agudas, justo detrás de él.
Ciel se giró y le sonrió. – Alois. – Musitó con una sonrisa. Ahora sabía para qué había llegado hasta ahí. El rubio provocaba tantas sensaciones en él. Pero, sobre todo le provocaba un sentimiento en particular, algo que él no había probado. La certeza de saber que tienes a alguien que sabe que eres superior a él y se conforma con lo que tú quieras darle.
-¿Debería pensar que estás muy hambriento o muy deseoso de verme? – Preguntó, sonriendo con coquetería.
-Quizás un poco de ambas. – Respondió Ciel, acercándose al rubio, quien le miró con curiosidad. –Creo que tengo ganas de continuar lo de ayer. – Tomó el rostro de Alois por el mentón y lo besó en los labios.
El rubio le alejó de inmediato. - ¡No, Ciel! ¡Aquí no! – Exclamó en voz baja pero, jadeando a causa del contacto. En verdad le gustaba Ciel, sin importar si le pertenecía a alguien o no. Era algo que no le había preguntado y, que venía dando vueltas en su cabeza desde la noche anterior. – Mi padre, ¿lo olvidas?
-¿Hay algún lugar donde podamos hablar? – Inquirió el ojiazul, sonriendo picarescamente mientras colocaba una mano en el bolsillo de sus pantalones. Un gesto muy propio de Sebastián, al cual ahora imitaba sin pensar.
Alois se mordió los labios y luego sonrió. – Podría tomar mi hora de almuerzo e ir contigo a alguna parte. ¿Tienes algo en mente?
Ciel lo miró a los ojos. Le gustaba mucho su color. Eran de un azul cielo precioso a su vista. – Si eres un poco atrevido, pueda que tenga un lugar que te agrade.
-¿Atrevido? – Preguntó el rubio y Ciel asintió. Alois pareció sopesarlo por un instante y luego, se quitó la gabacha. – Espérame un momento. – Tomó la prenda y entró a la parte trasera del restaurante por una puerta abatible roja, de esas que si las empujas bruscamente pueden regresar de golpe y romperte la cara.
El ojiazul pensó que entraría a traer a su padre o peor, que le llevaría al guardia de seguridad. – Me jode. – Murmuró. Le metería en un problema, seguro tan grande que terminaría en una comisaría. Lo peor es que tendría que llamar a Sebastián y ¿cómo iba a explicarle que se había metido en un problema por querer acercarse al chico de las hamburguesas más de apropiado?
Pasaron unos minutos y, el rubio no asomaba. El ojiazul sentía que los nervios iban a traicionarle de un momento a otro. Finalmente, apareció por la misma puerta. Ciel tragó en seco. – Vámonos. – Dijo, adornando la palabra con una sonrisa.
Ciel suspiró, de alivio y de felicidad. – Te prometo que valdrá la pena el que le pidieras permiso a tu padre. – Guiñó un ojo al rubio.
-Eso espero. – Respondió el chico, entregándole una sonrisa ladeada que combinaba a la perfección con su rostro. - ¿A dónde iremos?
-Ya verás. – Ciel le entregó una sonrisa ladeada, mientras caminaban hacia la calle.
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Tomaron un taxi. Ciel le murmuró algo al oído al conductor. Alois no fue capaz de escucharlo pero, después de eso, el ojiazul subió con él a la parte trasera del automóvil. Traía una sonrisa que al rubio se le antojó muy seductora. En general, Alois se sentía increíble de pensar que alguien como Ciel Phantomhive estuviera poniendo sus ojos en él.
-¿Listo? – Preguntó el ojiazul y Alois asintió. – Voy a llevarte a mi restaurante favorito. – Se inclinó hacia el frente, entrecerrando los ojos mientras buscaba los labios del rubio. - ¿Te gustaría eso?
Alois entendió el gesto y de inmediato correspondió el beso. Los labios suaves de Ciel, la ligera humedad que dejó la saliva de éste en sus propios labios. – Cualquier cosa que venga de ti está bien para mí.
Ciel le rodeó la cintura con un brazo. Eso era exactamente lo que quería escuchar. El beso se hizo más profundo. Sus manos estaban ansiosas de tocar otra piel, de sentir otros latidos, de probar lo prohibido, lo que no era suyo. Deslizó sus dedos dentro del cinturón del pantalón del rubio, acariciando la piel de su cadera con dos dígitos apenas.
Obligó al rubio a separar sus labios, entrometiendo su lengua en la boca de éste y frotándola contra la lengua del otro. – Así me gusta. Haz todo lo que yo te diga.
El rubio entendió por dónde iban las cosas. "¡Ay Ciel, qué fácil eres de atrapar!", pensó. – Lo que tú digas es ley para mí. – Respondió Alois, sonriendo mientras el ojiazul le recostaba en el asiento ligeramente, acariciando su trasero con lascivia.
Alois no esperó más y también acarició la espalda del ojiazul mientras le besaba. No había que olvidar que los labios de Ciel sabían exquisito. Dulces y amargos a la vez, como comer un chocolate que estaba hecho completamente de cacao. De cierta forma, ambos pensaban lo mismo del otro. Alois había visto muchos de sus problemas resueltos ante el hecho de llamar tanto la atención de Ciel. – Aunque no sé qué podría ofrecerle a alguien a quien su padre se lo da todo.
-No todo. – Musitó el rubio contra los labios de Ciel, cortando el beso por un instante. – Me apartó de la única persona que quería. – Sabía por dónde tenía que atacar al corazón del ojiazul si quería obtener algo más de esa relación.
Ciel se alejó por un instante. – Lo sé. – Le miró a los ojos, alejando sus mechones de su rostro. – Pero, yo podría hacerte olvidarlo. – No sabía en qué momento se le había ocurrido decirle eso al rubio pero, algo en su interior carcomía por tener más de esos labios, por explorar ese cuerpo que lloraba la compañía de uno que le había sido prohibido. ¿Existía acaso manjar más delicioso que el de tomar algo que no está destinado para uno y disfrutarlo?
-No lo dudo. – Respondió el rubio, componiéndose en el asiento. Luego, se recostó en el respaldo y giró su rostro hacia la ventanilla. Dejando a Ciel de un lado para ver si el ojiazul iba hasta él y pedía más.
-Dime. – Susurró, a su oído, frotando su nariz contra el lóbulo de su oreja. - ¿Qué puedo darte que te haga feliz?
Alois se giró de nuevo. – Nada más que tus besos. Me gustan mucho. – Acarició la mejilla de Ciel con una mano. – A cambio, yo podría darte todo eso que seguramente quieres probar de mí. – El rubio separó las piernas ligeramente. Si Ciel gustaba solo de los hombres, no lo sabía pero, lo que sí imaginaba era que ninguno le dejaría tener el control que ahora le estaba siendo ofrecido.
Ciel jadeó de placer, apretando uno de los muslos del rubio por encima de sus pantalones negros de casimir, seguramente parte del uniforme del restaurante. Alois gimió ante el contacto. Las manos de Ciel eran fuertes, más de lo que aparentaban. Era claro, sostener un bate y golpear con tanta fuerza seguro provocaba algunos cambios por más delicado que se intentara ser.
-Llegamos, jóvenes. – Les interrumpió el chofer del taxi, quien venía en el camino ocupándose de conducir e intentando no prestarles atención. Ciel tenía la vista clavada en los ojos del rubio, se obligó a regresar al mundo real y, pagar al hombre por su servicio, junto a una buena propina.
Bajaron del auto. Alois se compuso la ropa y Ciel arregló su cabello ligeramente despeinado. El rubio se acercó y le tomó de la mano. Contrario a la actitud que tenía con Sebastián, el ojiazul permitió que Alois le tomara la mano sin ningún problema. Sonrió, mirándolo. Aquí, él era el conquistador y eso le gustaba demasiado.
-Espero que te guste el restaurante que escogí. El Langham Place de la Quinta Avenida es el hotel donde se encuentra mi restaurante favorito. – Explicó el ojiazul.
Alois aspiró el aroma que emanaba la sola elegancia del lugar. – Me gusta mucho. Especialmente porque tú lo escogiste. – Sonrió, entrando con Ciel.
-Aunque… - Ciel se detuvo en ese momento, sonriendo lascivamente. Tomó al rubio por el mentón, su aliento cálido chocando contra los labios de éste. – prefiero estar en una habitación del hotel antes de comer. – Los deseos de su entrepierna se acrecentaban a cada momento y, no podía olvidar que Sebastián le había dejado deseándolo. Eso era algo que el orgullo de Ciel no le perdonaba al moreno.
El corazón de Alois se aceleró ante esa propuesta. El ojiazul removía en él emociones que solo junto a su anterior pareja había conocido. Emociones a las que su padre les puso un candado y, con eso, se convirtieron en deseos ocultos, fantasías que creía se quedarían en eso porque nadie le buscaría en un restaurante de hamburguesas. Por más que quisiera ver a Ciel como solo una ventaja económica, el chico le atraía demasiado. – Yo también quiero estar ahí.
El ojiazul le dedicó otra sonrisa ladeada y lo jaló por un brazo hacia la recepción. Alois rió por lo bajo. Ciel habló con la chica encargada del puesto y, de inmediato, le entregó una llave y le indicó como encaminarse a la habitación.
Ciel atrajo al rubio nuevamente, esta vez, llevándolo a un ascensor. Por un momento tuvo dudas, mientras se encontraba en medio de ese espacio de metal que avanzaba su recorrido a prisa. Desvió la vista hacia el botón que marcó. Era el número veinte y estaban llegando al nivel diez.
Alois se acercó a él y le besó el cuello, haciendo que con un gemido de placer el ojiazul quebrara cualquier duda o pensamiento que estuviese teniendo. Tomó al rubio por las caderas y le empujó hacia uno de los extremos del ascensor, besándolo apasionadamente. El chico correspondía cada uno de sus ataques y, eso le hacía correr la sangre más aprisa. Sus manos se volvían más ágiles al apretar con fuerza esa cola del rubio que le estaba haciendo delirar.
Apenas fue capaz de notar cuando llegaron al nivel en el que se encontraba su habitación. Sonrió, mientras Alois se le sujetaba de la cintura, mientras él intentaba ubicar dónde rayos estaba el cuarto con el 2012.
-Ciel… hagámoslo en el pasillo… - Jadeó el rubio en su oído y eso le hizo encenderse más.
-Cállate. – Respondió, girándose para encararlo mientras sostenía un dedo contra sus labios. – No te gustaría que los demás huéspedes te escucharan gemir con lo que tengo planeado hacerte.
Alois le atrajo, recostándose en la pared para tomar más fuerza en su agarre. Ciel se dejó y terminó pecho contra pecho con el rubio. - ¿Qué harías si te dijera que nuestra habitación es la de enfrente? – Musitó, deslizando su mano en medio de las piernas del ojiazul, acariciando su entrepierna.
-Diría que tienes demasiada suerte. – Respondió Ciel contra sus labios pero sin besarle. Luego, se giró y fue hasta la puerta de madera bien tallada en la que se hallaba el siguiente capítulo de su vida. Alois fue tras él. El ojiazul abrió la cerradura, tomó al rubio por la camisa y lo lanzó dentro de la habitación, riendo. - ¿Te gustaría que fuera siquiera un poco generoso? – Preguntó, entrando y cerrando la puerta tras de sí.
El rubio se mordió el labio inferior. – No. – Respondió y, antes que pudiera siquiera respirar, tenía el cuerpo de Ciel contra el suyo, lanzándole sobre el lecho cubierto por un edredón blanco y adornado con almohadas de plumas envueltas en lujosas sobrefundas de seda.
El ojiazul le sacó la camiseta al rubio y acarició el pecho de su hoy "amante". Una piel que no había sido marcada en mucho tiempo por unos labios y, los suyos se encargarían de eso hoy. Se inclinó, besando los pezones de Alois mientras sus manos recorrían los costados de éste.
Alois gimió, sintiendo como la boca de Ciel le mordía, le besaba con tanta pasión y, como sus manos le tocaban. No sabía como reaccionar. Nunca le había tocado de esa forma. Con su anterior y única pareja solo habían llegado a las caricias fogosas pero, nunca había sentido lo que era ser lanzado en una cama en esa forma. – Ahh… Ciel…
Deslizó sus manos por la espalda del ojiazul y apretó su trasero, provocando que éste gimiera, mientras sus besos bajaban por su abdomen, dirigiéndose a su entrepierna, la cual se apretaba contra su ropa con ferocidad, deseando solo conocer el placer que Ciel podía darle.
-¿Se siente bien? – Preguntó el ojiazul. Su boca llegó al ombligo del rubio y, su lengua se abrió paso, dibujando un círculo alrededor de éste.
Alois arqueó su espalda, sintiendo el calor de la boca de Ciel, mordiendo su labio inferior. - ¿Qué planeas? – Jadeó, separando sus piernas más para que el ojiazul quedara en medio de ellas.
-Voy a hacerte gemir como nunca. – Le amenazó, tomando el cinturón de los pantalones del rubio con ambas manos y jalándolo bruscamente, haciéndolo bajar hasta sus rodillas. Alois lo pateó y lo dejó caer al suelo, junto con su ropa interior, mostrándose completamente desnudo frente al ojiazul.
Ciel, quien aún conservaba toda su ropa, se sacó la camiseta y los pantalones mientras sus rodillas apresaban al rubio contra la cama. –Quiero sentir cada centímetro de ti. – Dijo Alois, viendo con asombro la bien dotada entrepierna del ojiazul, acariciándola con una mano trémula porque no sabía lo que se sentía tener algo así dentro suyo.
El ojiazul se irguió en la cama, moviéndose para permitirle cambiar su posición al rubio. – Date la vuelta. – Ordenó. – Te quiero en manos y rodillas.
Alois asintió y obedeció, apoyándose en las palmas de sus manos y sus rodillas, dejando a Ciel una deliciosa vista de su cola. El ojiazul separó su trasero, mirando su entrada y frotando su miembro contra ella. No sabía ni siquiera qué era lo que más deseaba hacer pero, aquello era algo que Sebastián siempre hacía con él. Ahora era su turno, ¿no? – Mmm… ¡Dámelo duro, Ciel! ¡Muéstrame qué se siente ser follado por ti! – Gimió el rubio, mientras sus pezones se endurecían aún más y su entrepierna sufría una erección. El miembro de Ciel tenía el tamaño perfecto, la temperatura perfecta, la textura perfecta… -¡Ah!
Ciel le propinó una nalgada y comenzó a jugar a darle embestidas. El rubio movía sus caderas contra su miembro y eso le estaba provocando punzadas de deseo. – Ahh… No me aguanto más. – Jadeó, besando el hombro de Alois mientras con una sola estocada lo penetraba. – Mmmm… - Gimió, sintiendo el cálido interior del rubio.
-¡Ah! ¡Ciel! – Gritó, intentando acostumbrarse al dolor de la intromisión, moviendo sus caderas ligeramente.
El ojiazul deslizó una mano entre las piernas del rubio y masturbó su falo con presteza. Con Sebastián había aprendido a hacer eso bastante bien. Alois gemía y Ciel podía sentir como su entrada se relajaba cada vez más, dejándole embestirlo a su gusto. Penetrándolo más profundamente y haciendo que el rubio gimiera de placer por primera vez. - ¡Ngh!
El ojiazul comenzó a mover las caderas con más fuerza, embistiéndolo profundamente, alcanzando el punto dulce del rubio. - ¡Ahh! ¡Ahh! – Sus pensamientos no existían en ese momento. Le encantaba, simplemente le encantaba la sensación que su cuerpo experimentaba. Alois era exquisito, o quizás era lo que él le hacía lo que se le antojaba tan único.
Volvió a masturbar el miembro del rubio pero, no lo suficiente, quería ser él quien terminara primero. Le embistió un par de veces más, gozando del roce del interior de Alois contra su miembro, mientras se derramaba en el interior de éste. El rubio jadeó, terminando en su mano.
Ciel salió de su interior y se dejó caer en la cama, jadeando de gusto. Se sentía tan bien. Alois deshizo la posición y se acostó a su lado pero, ninguno de los dos le proporcionó una caricia o un beso al otro después del acto porque, simplemente, no era un acto de amor. Era puro y sencillo deseo.
-¿Qué soy para ti, Ciel? – Le atajó el rubio de repente, girándose en su costado para ver mejor al Ciel que no despegaba la vista del techo.
-¿Quieres saber si tengo a alguien más? – Alois asintió. – Lo tengo. Su nombre es Sebastián. Sebastián Michaelis. Ya lo conoces, es quien estaba conmigo el día en que nos conocimos en el restaurante de hamburguesas.
-¿El que se desmayó anoche? – Alois sospechaba que existía algún vínculo entre ellos mayor a la amistad. Ningún amigo se preocupa tanto por otro en medio de una noche de copas.
-Sí, él. – Suspiró. Hasta ahí podía llegar la verdad si quería que el rubio siguiera con él. – Pero, ya no somos como antes. Sebastián y yo tenemos muchos problemas porque él es una persona sin ninguna ambición y yo, yo quiero a alguien que desee ser mejor de lo que ya es. Es por eso que tú me has atraído tanto.
Alois jugó con su labio inferior entre sus dedos, jalándolo suavemente. – Por mí, está bien. No me importa ser solo "el otro". – Dijo, sonriendo. – Yo sé que con el tiempo me preferirás a mí. Alois Trancy será el único nombre que quieras pronunciar.
-Trancy. – Repitió Ciel, dándose cuenta que hasta ese instante no sabía siquiera cómo se apellidaba el rubio. Su pecho subía y bajaba cadenciosamente mientras respiraba profundo, ya casi se sentía como si nada hubiera pasado. - ¿Quieres comer algo? – Propuso.
-Seguro. Pero antes… – Alois estiró el brazo y cogió la mano de Ciel. – Yo quiero en mi vida a alguien como tú, Ciel. Que no se deja vencer por las circunstancias. Pronto comenzaré a desarrollarme en el negocio de mi padre y, estoy seguro que tú me podrías ayudar a entender mejor este medio. – El rubio sabía que debía rematar esa fachada. – No quiero ser por siempre un ayudante. Seré el dueño y quiero empezar a ser un empresario.
Ciel suspiró, embelesado por las palabras de Alois. ¿Sería acaso que existía un ser más perfecto? Alguna vez había creído que Sebastián era el mejor de todos pero, ¿podía acaso competir el moreno con el rubio? Lo encontraba difícil. Mientras más hablaba con el rubio mayor afinidad encontraba. Se llamaba Alois Trancy. Le gustaba el ajedrez, las comidas elegantes, degustaba vinos y admiraba pinturas. Ciel podía haberse convertido en un jugador de béisbol pero, no por eso, podía negar de donde venía. Su familia le había abandonado porque creían que el béisbol no era más que un deporte vulgar. No obstante, él se había criado en una mansión rodeado de comodidades y de sirvientes. Podía evitar ese mundo, negarlo por momentos pero, era imposible que dejara de existir en él. Sobre todo, con alguien a su lado que se lo recordaba tan bien. Además estaba ese rostro, precioso a los ojos de Ciel, su cuerpo delgado y a la vez varonil, ese cabello rubio…
Ordenaron comida para la habitación y comieron en medio de una amena charla, risas y coquetería. Despues, se despidió de Alois, quien alegó que tenía que regresar a su trabajo. Se vistió, montó en un taxi y se marchó. Ciel se quedó solo, de pie en una habitación del hotel más lujoso de Nueva York. No quería que esto terminara ahí. Alois lo movía y era como un trago de aguardiente después de un vino rosado. Algo que te sacude las entrañas. Tomó su teléfono y le envió un texto.
"Quiero verte mañana. Misma hora. Mismo lugar"
Y lo envió. Sonrió, sintiendo ese cosquilleo dentro del cuerpo que tanto le gustaba. – Alois Trancy.
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Regresó a su apartamento pero, estaba como ausente. Se sentía increíblemente liberado, como si algo dentro de él hubiese necesitado esa follada que le dio al rubio. Sonrió. Sebastián aún estaba fuera con Claude y, él se encontraba solo, mirando la televisión, recostado en el sofá de la sala. Era increíble pensar que hacía menos de 24 horas el lugar había estado repleto.
Recordó que había dejado su teléfono apagado y fue a la cocina a buscarlo. El Iphone seguía esperándolo ahí, ¿con gesto acusador? No, era imposible. Su consciencia le hacía sentir así. Lo agarró con brusquedad y lo encendió.
-¿Dos mensajes de voz de Sebastián? – Se preguntó, sorprendido. ¿A Sebastián le importaba tan poco que solo le dejó dos mensajes de voz? Marcó el buzón y escuchó el primero.
"Imagino que estás ocupado pero, cociné algo delicioso para ambos. ¿Te gustaría venir a comer temprano? Estaré esperando tu llamada."
Ciel caminó hacia la estufa mientras el segundo mensaje llegaba. No había nada ni sobre ella, ni en el horno.
"Tiene dos mensajes de Sebastián Michaelis. Segundo mensaje." Decía la grabadora. "Ciel, ¿dónde estás? Supongo que no escuchaste mi mensaje. Debo irme con Claude ahora, porque ya está aquí. Iré a conocer el nuevo centro de llamadas donde trabaja. Después iremos a tomar algo. Si quieres acompañarnos llámame." Luego murmuró, quizás para que Claude no lo escuchara. "Debo admitir que te extraño y, que en verdad quería que cenaramos juntos." El mensaje había sido grabado a las cinco de la tarde, por lo que Ciel imaginó que el moreno aún se encontraba en el lugar donde hubiesen ido a tomar algo con Claude.
Se acercó a la refrigeradora y la abrió. Dentro Sebastián había dejado una lasaña que en verdad se veía deliciosa. Un nudo se formó en su garganta, mientras dejaba el teléfono sobre el gabinete de la cocina y sacaba el recipiente con ambas manos. Sebastián podía no ser tan refinado como Alois, quizás tampoco conocía tantas cosas de la clase alta como él pero, definitivamente, el moreno sabía como hacerse paso en el corazón de Ciel. Lo había conseguido durante los últimos tres años, sin fallar ni una sola vez. Y si atacaba al lado sexual, por mucho, Sebastián tenía lo suyo. Nunca le había dejado "dirigir el juego" pero, eso no significaba que Ciel se lo hubiera pedido. De hecho, nunca habían tocado el tema siquiera.
El ojiazul llevó el recipiente a la mesa, buscó cuchillo y espátula, también un plato. Cortó un trozo de la lasaña y la llevó al microondas. Mañana buscaría alguna excusa y no iría a ver al rubio. Esa decisión de alguna forma le tranquilizaba y de otra le alteraba. Sin embargo, estaba tomada. Mañana no iría a ver a Alois.
Subió la vista, el reloj marcaba las nueve de la noche. ¿Cuánto tiempo había pasado frente a la televisión? Probablemente mucho pero, era muy poco lo que recordaba porque desde que se sentó tenía en mente la misma cosa. ¿Qué diablos estaba haciendo?
El timbre del microondas, el cual terminaba de funcionar, le devolvió a la tierra. Abrió el aparato y sacó el plato con lo que sería su cena. Entonces, el sonido de la puerta de su apartamento al abrirse. Seguro Sebastián se había llevado la copia de la llave. Sonrió, pero no se dirigió a la puerta. Prefirió en cambio, cortar otro trozo de lasaña y calentarlo para el moreno.
Se encontraba de espaldas a la puerta de la cocina cuando un pequeño ósculo en el cuello le hizo sonreír con más ganas. – Buenas noches. – Saludó el moreno.
-Buenas noches, Sebastián. – El ojiazul rió suavemente, girándose para verlo. – Al fin regresas.
-Lo mismo digo. – El moreno llevaba una botella de vino en sus manos. – Quise traer algo para nuestra cena. – Le guiñó un ojo. – Espero no la hayas comido aún.
-No, aquí está aún. – Dijo, señalando los platos. -Mmm… ¿Estamos de gala? – Preguntó el ojiazul, llevando la comida a la mesa.
-No. – Sebastián se echó a reír. - Es broma, ¿cierto?
Ciel intentó recordar si era algún día especial. ¿San Valentín? ¿Su cumpleaños? ¿Día de la Independencia? Pero se encogió de hombros con cara de susto.
-¿Feliz aniversario te dice algo? – Arqueó una ceja, entregando al ojiazul una copa de vino mientras él se quedaba con la otra.
El ojiazul se sonrojó ligeramente y luego sonrió. Se sentía avergonzado, terriblemente avergonzado. – ¿Ah? ¿Aniversario? ¡Feliz aniversario, Sebastián! – Exclamó.
-Feliz aniversario, Ciel. – Respodió el moreno, algo mosqueado porque el ojiazul lo olvidara.
-Perdóname, ¿sí? – Le rodeó por la cintura con un brazo, obligándolo a permanecer donde estaba. El moreno se giró y le miró de frente, aún le llevaba esos tres o cinco centímetros de altura que le permitían colocar su frente contra la del menor mientras miraba por completo ese rostro que tanto le gustaba.
-Olvídalo. Solo estoy feliz de estar contigo. – Musitó el moreno, chocando la copa contra la de Ciel para luego besarle dulcemente.
El ojiazul correspondió el beso, cerrando los ojos para no enfrentar al moreno con la mirada. De alguna forma, eso le hacía sentir más culpable. Suspiró ante el contacto. Sebastián deslizó sus labios por la mejilla de Ciel, el lóbulo de su oreja hasta llegar a su cuello. Éste solo gimió suavemente cuando los dientes del moreno le mordieron esa piel sensible.
Sebastián aspiró el aroma del cuello del menor. Pero, algo le hizo detenerse. ¿Qué perfume usaba el ojiazul hoy? No era el suyo, tampoco ninguno de los de él. - ¿Cambiaste de perfume hoy? – Le preguntó en un susurro contra su piel en medio del beso que le daba.
-Eh… Sí. – Mintió el ojiazul, repentinamente alarmado. Sebastián no podía saber lo que había sucedido. ¡No podía! – Lo acabo de comprar. – Agregó, mientras sus dedos acariciaban los cabellos del moreno. – Por cierto, ¿cómo has comprado el vino?
Sebastián tragó el vino que tenía en la boca de un solo. – Claude… Claude me prestó el dinero.
