¡Holita a todos!

A continuación, la dulce Enallin estará un poco perdida. Una pizquita de Cullen por ahí, un chorrito de Fairbanks por allá… y algo más de propina. (Sí, este capítulo es el más largo… A veces me es imposible no extenderme u_u)

Además de ello, se verá un poco la sutil (?) predilección que la joven elfa siente por su buen amigo Dorian (Ays, culpable… mi mente es un poco calenturienta.)

Ah y… ¡Jim! Aparece Jim, jejeje (Para quienes estéis acostumbrados a ver fanarts y memes de DAI, sabréis quién es el "oportuno 'scout' Jim" XD)

Gracias por continuar leyéndome.

¡Espero no estar aburriéndoos!

Un abrazo.

Anotación: He escrito este capítulo escuchando, entre otras cosas, varias canciones del videojuego "Beyond: Two Souls". Las más especiales: "Dawkin's Suite" y Jodie's Suite", por si os apetece echarle una oidita. Sía y Zayn me acompañaron en la última parte con "Dusk 'till Dawn".

Nota: La gran mayoría de personajes, así como el mundo en el que está ambientada esta historia, son creaciones originales de BioWare. Sin embargo, varios sucesos y personas que aquí aparecen, son obra propia. Esta historia puede contener spoilers de los libros, cómics, vídeos y juegos.


- ¿Petición o Invitación? -


El trayecto estaba resultando más accidentado y extenuante de lo esperado.

A la mañana siguiente del incidente en el que casi pierde la vida, Enallin apenas se sentía con suficientes fuerzas para continuar el recorrido. A pesar de las quejas de Dorian, ella se empeñó en conjurar hechizos básicos cuando la situación lo ameritaba, sobre todo para cubrir la retaguardia cuando alguna amenaza se cernía sobre el grupo. Sentía la imperiosa necesidad de resultar de utilidad y no una carga más para sus acompañantes que ya comenzaban a acusar el desgaste de la jornada. En consecuencia, cada vez que usaba su magia, esta desgastaba rápidamente su maná y vigor, con lo que el comandante se veía forzado a detener o ralentizar el avance cada poco tiempo, retrasando así la llegada al campamento de Fairbanks.

—¿Os… encontráis bien, Inquisidora? —la suave voz de Cullen se advirtió a sus espaldas y Enallin se detuvo un breve instante antes de continuar limpiándose las mejillas con la fría agua del riachuelo.

—Sólo necesitaba refrescarme un poco. No os preocupéis, comandante. —ofreció en tono cansado mientras continuaba frotándose el rostro.

Se detuvo a limpiar concienzudamente la pequeña herida de su frente, donde una esquirla de lirio rojo la había lesionado realizándole un corte profundo en la comisura del cabello. El pequeño fragmento residual había salido despedido del mandoble de la espada del comandante cuando éste arrancó de cuajo la cabeza de un gran templario rojo. El corte ardía y picaba como el demonio, pero sabía que no era prudente gastar su escaso maná en aquella nimiedad que su propio cuerpo pronto sanaría.

El escozor y el frescor del agua la ayudó a despejarse, pero su cuerpo aún dolía y aunque había sido capaz de usar parte de su magia para recuperarse, el hacerlo siempre implicaba un desgaste adicional de sus poderes. En cualquier otra ocasión, hubiera recurrido a sus pociones de lirio para evitar la extenuación derivada de ello, pero Dorian había hecho uso de todas ellas para salvarla. Incluso había utilizado el único vial que poseía el comandante para su proceso de desintoxicación, y eso la hizo sentirse aún más culpable. El haber mostrado tal imprudencia en la refriega no sólo le estaba pasando factura a ella, y el peso de aquella responsabilidad se hacía más notable a medida que era testigo del progresivo cansancio en el rostro de Ser Cullen.

Según su amigo tevinterano, Cullen había mostrado mucha inquietud por su estado de salud y se encontraba aún intranquilo; no había más que observarle cada vez que ella mostraba algo de dolor o cansancio. Era un inesperado comportamiento que jamás hubiera pensado ver en el imperturbable y formal comandante. Parecía genuinamente preocupado por ella y aquello la hacía sentir incómoda, incluso nerviosa, y no sabía explicar el porqué.

Aunque Dorian siempre adornase los relatos con su típica exageración de las cualidades del comandante, Enallin podía observar la evidente angustia en el rostro de aquel humano. Era una novedad inquietante pero, al mismo tiempo, agradable.

Ser consciente de aquello, le hizo sentir una extraña calidez allí donde la pena y la oscuridad habían irrumpido para construir su sombrío hogar. Como acto reflejo ante aquella nueva sensación, se apartó un mechón de su cabello alojándolo detrás de su puntiaguda oreja, evitando entretanto la intensa mirada que sabía que el humano le estaría dedicando.

No era la primera vez que ella evitaba su mirada. Él tenía ese extraño poder de incomodarla incluso cuando sólo se cruzaba por su mente en forma de pensamiento o recuerdo de un momento compartido. No le preocupaba de sobremanera, pero era una sensación que se había acentuado con el abandono de Solas y la misma soledad, y no sabía exactamente qué podía significar. Ella siempre lo achacaba al hecho de que el hombre había sido un caballero templario, situación que, sin duda, repercutía en su inquietud pero… ¿por qué se acrecentaba cuando se encontraban a solas? ¿Habría algo más aparte de aquel temor a su antiguo oficio?

—Comprendo. Si necesitáis ayuda… —contestó el humano, dejando margen para algo más en aquella frase que nunca pareció atreverse a elaborar.

Breves segundos de silencio después, el comandante pareció comprender su deseo de estar sola con sus pensamientos y puso rumbo hacia su posición a la cabeza de la marcha, pero Enallin le interrumpió, girándose para observarle al rostro.

—Os… os lo agradezco, comandante… todo. Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí. —se acercó a él y depositó, vacilante, un delicado y tímido beso sobre su mejilla.

Era la primera vez que le dedicaba tal muestra de cariño; gesto cotidiano con Josie y Leliana, e incluso con Cole, Dorian y Toro, pero completamente nuevo con el comandante. Aunque aquella actitud voluntaria avivó su nerviosismo, sentía que era lo mínimo que podía ofrecerle después de todo lo que había hecho por Thedas… y por ella, a título personal.

Había caído en la cuenta que, en todo este tiempo, jamás se había permitido agradecerle personalmente el desinteresado esfuerzo que dedicaba cada día en mantener a las tropas y en cuidar de las gentes de la región sin más retribución que verles sanos y salvos. De todos sus consejeros, quizás, al que más había infravalorado era a Cullen. Puede que ello se debiera al hecho de que su comportamiento ante ella era siempre en extremo formal y bastante hermético, o puede que fuera por la intranquilidad que Enallin sentía cuando se encontraba frente a él, pero fuera como fuere, era terriblemente injusto y desconsiderado por su parte.

El rostro del hombre se tensó en sorpresa y su mano acudió de nuevo a su nuca, sus ojos, mientras, entreteniéndose con los alrededores, evitando mirarla a toda costa. Un ligero rubor decoró sutilmente sus mejillas y Enallin comprendió que, aquel cercano agradecimiento, había sido inesperado pero evidentemente bienvenido.

Sonrió al verle en esa tesitura, incapaz de emitir sonido alguno salvo una serie de balbuceos ininteligibles.

Meses atrás, el único pilar que parecía necesitar en su vida era Solas. Había descubierto que, si él estaba a su lado, todo parecía posible, real. No obstante, ahora ese soporte ya no sostenía los cimientos de sus sueños y, así como la madera se resquebraja con el tiempo, ella sentía su alma fragmentarse por momentos, como la inexorable caída de los pétalos de una flor caduca.

Pero ahí estaba aún ella, de pie, respirando y sonriendo delante del estoico y famoso comandante de la Inquisición que la observaba ahora con desconcierto y lo que ella intuía era un atisbo de vergüenza.

—Yo… e-es mi trabajo, milady. —ofreció el joven, aclarándose la voz entretanto colocaba torpemente su mano sobre la empuñadura de su espada envainada.

—¿También es vuestro trabajo arriesgar vuestra vida para salvar la mía? —posó su mano sobre el fuerte antebrazo del hombre, notando el sutil temblor de su extremidad.

El comandante no respondió y sus pupilas se cruzaron con las de ella, evidenciando la creciente incomodidad que el humano parecía sentir. En consideración, apartó su mano de él y se aclaró la voz para continuar.

—Hacéis más que eso, comandante. No sé qué sería de la Inquisición sin vos… no sé qué sería de mí sin vos, y creo que no soy la única que os debe algo. —amplió su sonrisa y se alejó lentamente de él, sin apartar su vista de los hermosos y expresivos ojos del comandante.

Con aquella intensa mirada, los latidos de su corazón se aceleraron de improviso y su incomodidad se acrecentó inexplicablemente.

—E-en fin, ¿continuamos, comandante? —ofreció con disimulo mientras sujetaba su vara y la usaba de apoyo para continuar su camino.

El débil y sorprendido asentimiento del comandante fue toda la confirmación que necesitaba. Reanudaron la marcha ante la atenta y burlona mirada del tevinterano que había sido testigo inesperado de aquel singular encuentro.

Enallin estaba segura que, más pronto que tarde, su querido amigo shemlen sacaría el tema. Tan sólo esperaba poder encontrarse con la suficiente energía como para poder sobrellevar, con entereza y humor, los innumerables comentarios socarrones de los que ella sería el evidente blanco.

… … … … … … … … … …

—Os lo agradezco, milord. Ha sido una larga travesía y un pequeño descanso antes de continuar ayudará a recuperar las energías perdidas.

—Por favor, milady, podéis llamarme Fairbanks. Nunca me he identificado con ningún título aunque ahora posea uno. —sujetó delicadamente su mano y besó suavemente el revés, dejando apenas un sutil rastro caliente allí donde sus labios se habían posado.

Enallin se estremeció ante aquel gesto. Al fin y al cabo, era una costumbre shemlen y, aunque llevase ya un tiempo entre ellos, le costaba adaptarse a este tipo de ceremonias sociales que ella consideraba tan íntimas. Y es que besar, fuera donde fuera, no se hacía a la ligera en su clan ni en su cultura. Era algo especial destinado sólo a compartirse con amigos cercanos, familiares o compañeros de vida —O consejeros a los que se desea agradecer —reflexionó, sintiéndose ligeramente azorada por la reciente experiencia.

Sin previo aviso, su cruel y traicionera mente dibujó cada ángulo del hermoso rostro de Solas sobre el del joven noble y ese escalofrío se acentuó, dejándola en evidencia ante el asombrado shemlen.

—E-está bien… Fairbanks. Sois muy amable. Ahora, si me disculpáis… —ofreció, mientras le dedicaba una sonrisa melancólica.

Además de aquel doloroso e incómodo recuerdo, todavía le costaba respirar con normalidad y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dar muestras del pinchazo de dolor en su costado.

—Es… un placer, Inquisidora. —la joven voz del humano sonando más suave que de costumbre —Descansad unos instantes. No obstante, me gustaría que me acompañarais en la cena. Quisiera… hablaros en privado de un asunto que quizá os pueda interesar. —Por un instante Enallin tuvo la impresión de observar un particular brillo en aquella limpia mirada, pero no se le daba muy bien descifrar las expresiones humanas y menos cuando se hallaba a un parpadeo de volver a ver el espejismo de las facciones de Solas sobre aquel joven rostro.

Finalmente concluyó que, aquella notable cordialidad e interés, debían ser tradición entre los de su clase y estatus social cuando la situación requería una atención especial, como tal parecía ser el caso pues, después de todo, ella era la Inquisidora y él un recién reconocido noble que necesitaba fuertes aliados.

—Por supuesto. —dijo, sonriendo débilmente —Hasta la cena, entonces. —deslizó su mano de la de él y el noble le dedicó una media sonrisa acompañada de una leve reverencia antes de alejarse lentamente, perdiéndose al cabo de unos segundos entre los numerosos refugiados que pululaban por el lugar, ajetreados con sus quehaceres.

Apenas conocía a aquel humano pero, cada vez que se reunía con él, una extraña tensión se alojaba entre ellos. Estaba casi segura de poder distinguirlo incluso en la forma en la que el hombre tenía de mirarla; algo poco habitual. Sólo había observado esa intensidad en otra mirada y era aquella que tanto dolía, odiaba y amaba a la vez. Comprendió entonces por qué aquél shemlen le daba escalofríos y rápidamente tuvo que apartar ideas de su mente que sólo aumentaban su notable intranquilidad.

Normalmente Enallin no sabía cómo actuar delante de personas prácticamente desconocidas así que supuso que, la manera en la que ella se mostraba ante él, incitaba al humano a comportase de aquella peculiar forma, provocando en sí misma esa ligera incomodidad que, en cierto modo, se asemejaba a lo que sentía cuando se hallaba a solas con Cullen. Sin embargo, con éste último, todo era diferente; la relativa confianza que sentía por él era algo que acentuaba de sobremanera cualquier sensación agradable.

Ya se percibía todo un gran reto mostrarse tal y como era delante de sus compañeros y amigos, como para hacerlo con auténticos desconocidos que, además, resultaban ser shemlen.

No obstante Fairbanks era, sin duda, un gran hombre, hermoso y noble en la forma en la que sólo puede serlo un humano, y no había que ser muy observador para darse cuenta; bastaba con conocer un poco su trayectoria y observarle interactuar con los necesitados para confirmar que, aquel extraño shem, estaba por encima de las normas y arquetipos representativos de su raza.

Resultó ser toda una inesperada novedad sorprenderse a sí misma sonriendo mientras le veía marchar, pero sentía que Thedas agradecería albergar más personas como aquel honorable ser. Si ese hubiera sido el caso, posiblemente nada de esto hubiera ocurrido en primer lugar.

—Cuidado, Inquisidora, o nuestro inquieto comandante pensará que os gusta más el joven Lemarque. —el sutil golpeteo de un par de dedos en el hombro la sacó de sus pensamientos y un conocido calor invadió sus orejas ante aquel comentario.

—Oh, Dorian… estaba… Pensaba que estabas atendiendo a los refugiados. —carraspeó al contestar y se alisó la túnica, no contando con que el hechicero se daría cuenta de que ésta no presentaba arruga alguna.

La pícara sonrisa del mago retorció ligeramente el cuidado bigote, acentuando así su notable mueca burlona. Era curioso cómo aquella porción de oscuro vello podía intensificar la intencionalidad de las palabras del tevinterano; parecía representar más de él, que su propio sello familiar.

—Atendidos están, no os preocupéis. No obstante, os he visto en la distancia y me preguntaba ¿a qué se debe la sonrisa que nuestra Inquisidora dedica al apuesto caballero? ¿Hm? ¿Acaso Ser Cullen no es el único joven gallardo que le resulta interesante? —el guiño del nigromante electrificó involuntariamente su cuerpo y el poder del áncora se agitó con aquel acostumbrado nerviosismo que, últimamente, parecía sentir por casi todo.

—No sé de qué me hablas… Yo… sólo le agradecía que nos dejara descansar antes de continuar, nada más —ofreció, entreteniendo su mirada en los alrededores mientras convertía su mano en un puño para ocultar la perturbación sobre aquella antigua magia.

—Oh, querida, ¿ahora nos reservamos secretos? —la sonrisa del mago se acentuó y ella no pudo evitar devolverle una parecida; él tenía la mala costumbre de romper sus inhibiciones con una simple mirada cómplice.

—¡Ajá! Os gusta ¿no es así? —señaló, divertido —¡Oh, qué dulce indecisión! ¿Ser Cullen o el joven Lemarque? Ambos atractivos, jóvenes y muy disponibles. En momentos como este, no os envidio. Debe ser complicado ser la epítome de la pureza y la divinidad, cuando lo más probable es que vuestra mente esté deleitándose en secreto con más de cien lascivas formas de recorrer cada ángulo de aquellos intrépidos y dispuestos caballeros. Os compadezco… yo no sería capaz de resistirme a ninguno de ellos.

Ante aquel monólogo de incesantes y gratuitas especulaciones, Enallin soltó una estruendosa carcajada que la hizo arrepentirse en el momento en el que notó crujir sus costillas con aquel repentino esfuerzo. Maldijo a Dorian por ello, pero se apresuró a replicar.

—No… no es eso, lethallin. —explicó divertida y ligeramente dolorida mientras sujetaba a su amigo por el brazo. —Simplemente creo que es un buen hombre, como lo es el comandante, eso es todo... Además, lo que menos necesito ahora es complicarme la vida con un romance interracial ¿no crees?

—¿Sabes, querida? en ocasiones eres agotadoramente aburrida. Recuerda no decir eso muy en alto pues le romperás el corazón al desvalido y vulnerable Ser Cullen, y no queremos eso ¿verdad? Creo que la Inquisición no podría aguantar ese rostro de cachorrito abandonado por más tiempo. Sufriríamos bajas, desertores, incluso resfriados voluntarios… sería una catástrofe igual de grande que los músculos del apuesto comandante. —la carcajada de Dorian resonó por entre los muros de roca natural del lugar. Varios refugiados se voltearon para observarle y él los despachó con una enorme y pícara sonrisa, tal como solía hacer con aquellos que siempre dudaban de sus intenciones como buen tevinterano descarado que se sentía orgulloso al hacerse notar en tierras que no eran las suyas.

—¡Dorian! —Golpeó suavemente la mano del nigromante y éste río quedamente en respuesta —No seas así. Cullen no lo tiene fácil. Llevar el peso de un ejército de estas dimensiones requiere muchos sacrificios, horas sin dormir, y mucho aguante…

—¿Ahora es 'Cullen' y no 'El Comandante'? Vaya, me parece que me he perdido la parte más interesante. ¿Quizá tiene que ver con ese 'aguante' del que habláis? ¿O con ese beso de antes? Por favor, detalles. —si algo sabía hacer bien Dorian era comentar con maña e ironía, cuestiones que podían hacer sonrojar incluso al severo e imperturbable Loghain, ese que, por Thedas, tuvo que quedarse en el Velo redimiéndose así de cualesquiera que hubieran sido sus transgresiones del pasado por las que tan famoso era.

—Aj, eres incorregible. —sonrió Enallin mientras le obsequiaba con un suave pellizco en su fibroso y moreno antebrazo. El nigromante se hizo el ofendido pero la acompañó con una sutil risotada que terminó contagiándola, tal como era su buena costumbre.

Compartir con aquel humano era, sin duda, uno de los mejores presentes que la vida le había otorgado. A pesar de las bromas y provocaciones mutuas, ambos vibraban en armonía, como si sus almas fueran complementarias, en cierta forma gemelas, aunque indiscutiblemente diferentes.

Es posible que, en otra vida y en otras circunstancias totalmente distintas, no hubiera dudado en experimentar con aquel singular humano algo más que una profunda amistad. Sin embargo, en la realidad por la que ahora deambulaba, casi perdida, huérfana de toda pasión, ella era presa del amor que sentía por otro, y él sencillamente no compartía el interés romántico por las doncellas, teniendo, además, especial preferencia por algo más exótico y menos delicado, bastante lejano a lo cotidiano.

—¡Kaffas! Casi lo olvido. —Intervino repentinamente el tevinterano —Un gigante de enormes brazos, entre otras extremidades, me espera inquieto. No quisiera que se hiciera daño jugando él solo. La paciencia no es precisamente su fuerte, ¿sabes?… —Enallin advirtió el escurridizo doble sentido de aquella explicación y rio despreocupadamente, al tiempo que se sujetaba las costillas para evitar que éstas pudieran salir grotescamente despedidas de su tórax, posiblemente ocasionando alguna ceguera permanente entre los refugiados.

—¡Ah! Y tapaos los oídos, Inquisidora. De todos los presentes, vos sois a quien menos quisiera escandalizar. Después de todo, no debemos contaminar esa 'pureza' que tanto os empeñáis en custodiar. —concluyó el mago acentuando su disertación con un travieso guiño.

Enallin asintió enseguida y se ruborizó con lo que sabía que iba a ocurrir entre ellos. Aunque estaba habituada a la picardía del tevinterano, no estaba acostumbrada a que dejara clara evidencia de lo que estaba por suceder. Su imaginación iba por delante de los hechos y ello no ayudaba a su tranquilidad. Después de todo, ella era una mujer y su cuerpo reaccionaba en consecuencia. Aquella íntima situación era algo que jamás había experimentado pero cuya teoría sabía a la perfección; o eso pensaba. Claro está, sólo podría saberlo si alguna vez llegaba a compartirlo con alguien, cuestión que ya creía firmemente imposible, dadas las circunstancias actuales.

La insistente agonía del recuerdo la sobrevino violentamente, y ahogó un quejido para evitar mostrar el dolor de lo que tanto quiso, pero que jamás tuvo realmente.

Dorian, emocionado como se hallaba, pareció no darse cuenta de aquel cambio en su semblante, así que agradeció a los Dioses por no ser también un impedimento en la felicidad de los demás. El joven desapareció al instante después, dejando como rastro su habitual esencia floral de elixir de violetas y almendras que solía usar para hidratar su suave y tostada piel. Enallin imaginaba el intenso contraste de la tersa, firme y morena figura del mago, en contraposición con el grisáceo, musculado y áspero cuerpo de su compañero kossith.

Su mente navegó algunas leguas en aquella escena y tuvo que sacudir la cabeza, mordiéndose el labio mientras, para hacer desaparecer de su mente las imágenes que había creado para su propio y culpable deleite. No era momento ni lugar para recrearse con fantasías que sabía que jamás se atrevería a cumplir, a pesar de las proposiciones que recibía de ellos cuando el brandy sustituía, con excesiva alegría, el inocuo y beneficioso té de hierbas.

Encontrándose finalmente sola y algo más tranquila, fue entonces consciente del persistente agotamiento que padecía. Desvió su mirada hacia los innumerables refugiados hacinados a sus alrededores y, a lo lejos, una silueta conocida llamó su atención; la figura de Cullen destacaba de entre los soldados que le acompañaban, mientras éste daba órdenes a algunos de sus exploradores que se ponían, de inmediato, con lo encomendado. Se le notaba cansado y, por su expresión ojerosa, supuso que se encontraba igual de extenuado que ella.

Se mantuvo largos minutos rondando el cuidado campamento, escuchando las quejas de muchos de los refugiados y las peticiones de hombres atormentados por el sufrimiento de la pérdida; algo que ella conocía muy bien. Hacía lo que podía por otorgarles algo de paz y comprensión, pero la desesperación había arraigado en sus corazones, haciéndolo todo mucho más complejo.

Cuando se detuvo para recuperar el aliento, el brillo lejano de una mirada despertó su interés. Volvió su rostro hacia el comandante y fue cuando le sorprendió contemplándola con especial atención.

Una pequeña corriente sacudió su cuerpo y se estremeció. Aquellos intensos ojos ámbar penetraban dentro de ella ahora más que nunca antes, como si, de alguna extraña manera, fuera la primera vez que estos la veían realmente.

Se le ocurrió sonreír y asentir mientras disimulaba no haberle sorprendido viéndola. El joven pareció sobresaltarse ligeramente con aquello pero, lejos de volver a sus obligaciones, le hizo un gesto con la mano para que se acercase a él.

Tuvo que controlarse para no acudir a trote como uno de sus soldados. En el breve tiempo que duró el trayecto hasta su posición, no supo descifrar por qué, tan repentinamente, sentía la necesidad de hallarse junto a él.

Por primera vez, aquella idea no le resultaba tan incómoda.

—Deberíais descansar, comandante. Fairbanks ha dispuesto todo para cubrir nuestra necesidad de reposo antes de la cena. —comentó apenas se encontró lo suficientemente cerca para que él la oyera.

—Me temo que aún hay cuestiones urgentes que atender. Tenemos numerosos refugiados durmiendo a la intemperie, varios niños están enfermos y aunque el mago ha hecho todo lo posible, necesitan asistencia. También hay una mujer a punto de dar a luz y su marido se encuentra desaparecido. Esta cueva, por muy grande y acogedora que sea, apenas cubre las necesidades de resguardo requeridas y me sería imposible pensar en descansar ahora mismo mientras hay personas que aún no se han llevado tan siquiera un mendrugo de pan a la boca. Todavía hay tanto por hacer… —el suspiro que liberó al terminar su explicación, hizo que Enallin comprendiese más elocuentemente la presión a la que se hallaba sometido.

Se acercó a él y colocó una mano sobre su hombro, su típico nerviosismo e intranquilidad volviendo de súbito a sus extremidades aunque, esta vez, le acompañaba un cálido hormigueo.

—Entiendo, comandante, pero de nada les servís si desfallecéis. Sabéis que no suelo hacerlo pero, si es necesario, tendré que ordenároslo y no quisiera recurrir a ello. Eso es más propio de Cassandra que de mí, así que no me hagáis planteármelo. —ofreció comprensiva aunque contundente.

Era ya demasiado lo compartido con el comandante como para saber que, con suaves y elocuentes explicaciones, él no cejaría en su empeño; su testarudez era incluso más acentuada que la de Cass. La única forma de hacerlo reaccionar era actuando con dureza; una a la que ella no estaba acostumbrada pero, dadas las circunstancias, no tendría otra opción que aplicar.

La mirada del comandante se tornó más oscura y su mano recurrió a una misiva que se hallaba debajo de algunos mapas y documentos topográficos de la región.

—No es todo, Heraldo. Nos ha llegado un mensaje de Cassan- es decir, de la Divina Victoria. Ofrece apoyo a la resolución de la crisis de los refugiados. —la inquietud se hacía patente en su tono y Enallin no supo interpretar el porqué de inmediato.

—¡Son buenas noticias, entonces! —concedió animada mientras le arrebataba al comandante la vitela con el mensaje —Podríamos distribuir los refugiados entre varios enclaves, no sólo en Feudo Celestial. Así podríamos darles una mejor vida a estas personas…

—Me temo que no es tan sencillo, Inquisidora. La Divina solicita, como compensación por ello, vuestra presencia en Halamshiral.

Enallin abrió los ojos en sorpresa —¿A mí? ¿Para qué me querría allí? No soy buena en eso que llamáis el Juego y no dispongo de tiempo para ello. Soy más necesaria aquí, con los refugiados y cerrando grietas. —replicó, molesta.

Las cuestiones diplomáticas con los humanos resultaban más extenuantes que encontrarse al borde de la muerte y pensar tan sólo en acudir nuevamente al Palacio de Invierno para enzarzarse en innumerables eventos e intrigas, mientras los nobles orlesianos la juzgan con cada gesto espontáneo producto de su 'educación salvaje', era peor que imaginarse de nuevo físicamente en el Velo.

—Al parecer, existen dudas sobre la capacidad de la Inquisición para controlar a los magos rebeldes. Además de ello, la Divina Victoria pretende reformar los círculos y solicita vuestro asesoramiento.

—¿Para qué busca mi consejo si duda de nuestra capacidad para controlar a los magos? ¡Es absurdo! —aunque Enallin apreciaba profundamente a Cassandra, saberla rodeada de las estiradas víboras palaciegas le hacía dudar, en última instancia, de sus verdaderas intenciones. Al fin y al cabo, a los ojos de muchos orlesianos, ella era una maga además de una 'salvaje de orejas puntiagudas'.

—Me temo que eso tendréis que preguntárselo vos, Inquisidora. —la voz de Cullen confirmó de inmediato su necesidad de descanso, así que decidió no insistir en ello y plegarse a la voluntad de su amiga.

—Está bien. —suspiró resignada —Informadle que acudiremos apenas volvamos de las Tumbas Esmeralda. Insistid en la imperiosa necesidad de desplegar cuanto antes por la zona refuerzos contra templarios rojos y demonios. No quisiera que al partir con los refugiados, estos se encontrasen con más desgracias que superar. Ya han sufrido bastante...

—Así se hará, Inquisidora. —Cullen asintió, obediente, y se dispuso a redactar la misiva pero Enallin le detuvo.

—Ahora no, comandante. Mañana. —intervino, apartándole la pluma de la mano. —Id a descansar. Ser Fairbanks nos avisará con cualquier novedad.

—Pero…

—Pero nada. Ya habéis organizado todo, ¿o me equivoco? —Cullen suspiró cansado y quiso volver a intervenir, sin éxito.

—Comandante, por favor, habéis hecho suficiente por hoy... —Enallin posó su mano sobre la de él, y este se relajó con su tacto, asintiendo resignado después.

—De acuerdo, milady. Pero, con una condición. —la mirada del comandante se cruzó con la de ella, y Enallin le observó desconcertada por el repentino cambio de actitud.

—¿Cuál condición, comandante? –preguntó, curiosa.

—Si vos descansáis también. Aún no estáis del todo repuesta y os necesitamos completamente recuperada. Mañana nos espera una larga jornada. —la voz de Cullen era apenas un murmullo.

Inesperadamente, el pulgar del comandante acudió para acariciar sutilmente los dedos que ella posaba sobre su mano, avivando así el recuerdo de la noche anterior. Aún podía sentir el temblor en los labios del humano cuando, sin quererlo, estos rozaron los dedos que sujetaban el trozo de carne para él. Había sido una extraña sensación comprobar la humedad y calidez de aquel marcado labio superior, cuando el joven se apartó repentinamente, algo turbado por lo íntimo del momento.

¿Cómo no lo había visto antes? Se hallaba oculto detrás de numerosos y sutiles detalles; miradas intensas camufladas de formalidad o malestar, gestos delicados que duraban apenas unos segundos, consideraciones espontáneas pero que mostraban gran interés… y así una larga lista de gestos y significados que pasaban completamente desapercibidos para ella.

No se había dado cuenta hasta ahora de todo y, cuando quiso percatarse de lo que ocurría en ese mismo instante, tenía ya su mano entrelazada con la de él.

Ambos se sorprendieron a sí mismos deshaciendo aquel inesperado agarre e intervinieron al mismo tiempo, sin saber qué decir.

—Yo, ehm…

—S-sí, yo también… —dijo Enallin, alojando sus inquietas manos detrás de su espalda; su áncora brillando más intensamente que antes.

Su ojos buscaban desesperadamente un cómodo lugar donde dirigir su atención pero, por fortuna, la interrupción de un explorador les salvó de aquel repentino aprieto.

—Comandante, ya están todos en sus puestos y las guardias en rotación. Vuestra tienda también está desplegada.

—Ehm, bien, Jim. Gracias. —Cullen la observaba de soslayo y su reacción fue ofrecerle una tímida sonrisa que él correspondió con cierta inquietud.

—Oh, una cosa más. —continuó el joven antes de marcharse —En vista del escaso espacio, sólo hemos podido levantar una tienda, comandante. Pero me he tomado la libertad de incluir dos jergones, uno para vos y otro para la Inquisidora. Si necesitáis algo más, estaré en el puente superior haciendo la ronda. —y sin más, el hombre se marchó, dejándolos desconcertados.

—¿Cómo? —preguntó estupefacta. No era la primera vez que compartía la tienda con alguien, pero sí con él y, aunque no le suponía un problema, sabía que eso daría más de qué hablar a su amigo tevinterano.

El comandante se hallaba en el mismo estado que ella, pero ofreció con diligencia una solución.

—No os preocupéis, Inquisidora, podéis ir a descansar vos primero. Yo… yo aún tengo cosas que hacer. —de nuevo ese gesto con su mano en su nuca, mientras evitaba mirarla.

—Oh, no. De eso nada, comandante. —Enallin dio un paso hacia él y apartó de su mano los documentos que había comenzado a releer. —Nos iremos los dos y, para cuando sea la hora de cenar, ya habremos descansado lo suficiente como para revisar que todo vaya bien. Habéis guiado la marcha de hoy y todo el despliegue al llegar. Si os incomoda compartir tienda, puedo dormir a la intemperie con Cole. Soy una elfa dalishana, ¿recordáis? —estiró su brazo para sujetarle y le sonrió, buscando reconfortarle.

La timidez del humano era notable aunque tal comportamiento sólo se daba cuando Enallin se mostraba cercana y amable con él. Ahora era capaz de identificarlo, y comenzaba a sentirse extrañamente atraída por todo aquello, por todo lo que parecía significar.

Si bien es cierto que podría haber dado la opción de que fuera él el primero en descansar, Enallin tampoco se encontraba bien y necesitaba cerrar los ojos unos minutos o, en su defecto, meditar. El evidente escaso espacio del campamento había dado margen para desplegar tan sólo dos tiendas más además de la de Fairbanks. En una, Toro y Dorian disfrutaban de lo que sea que estuvieran compartiendo, mientras la otra tendría que compartirse con los que quedaran del grupo principal. A quiénes albergaría, era evidente pues, cuando viajaban, Cole solía subir a la copa de los árboles y descansar, aunque ella nunca le había visto dormir.

El resto de los soldados y los numerosos refugiados se resguardaban en la enorme cueva común que fungía como perfecto emplazamiento de socorro, completamente cobijado y oculto por el característico manto verde de la región.

Las Tumbas Esmeralda eran un entorno colmado de vegetación fresca, abundante y colorida. Enallin podía sentir la magia flotando aún aletargada en cada suspiro de la tierra, en cada arroyo o cueva. Su poder innato vibraba con especial armonía en aquella atmósfera, y el mismísimo áncora se agitaba rítmicamente como si intentase comunicarse con lo que la rodeaba. Incluso las voces del Vir'abelasan revoloteaban como la inquieta alondra que busca su alimento entre los matorrales del valle donde su clan se alzaba al norte de las Marcas Libres.

Todo aquel despliegue de sensaciones se mezclaron con las más mundanas, cuando los ojos del comandante se fijaron en los de ella, dudando de si aceptar el compartir o no el descanso.

Enallin apretó su brazo y amplió su sonrisa, buscando convencerle de que nada malo ocurría por compartir una fina tela por tejado.

—Decidid pues, pero no os quedaréis aquí. —insistió mientras tiraba de él para que la acompañase.

El comandante sonrió y agitó la cabeza en señal de resignación.

—Está bien. Como vos deseéis. —dijo, dejándose llevar finalmente.

Al notar que ya no había resistencia por parte del humano, Enallin liberó su brazo y ambos avanzaron hasta la tienda que compartirían. Cullen se detuvo antes de entrar y apartó la cortina para permitir que ella entrase primero.

Al internarse, las pupilas de Enallin se ajustaron a la escasa luz del lugar y tomó asiento en uno de los jergones, mientras veía al comandante inquietarse por lo estrecho del lugar.

—No os preocupéis, comandante. He compartido tienda con el Qunari y os puedo asegurar que sobra espacio. —sonrió al tiempo que optó por sacudirse los pies antes de disponerlos sobre el pequeño lecho.

El hombre pareció relajarse aunque todavía se percibía algo perdido.

—¿Os quedaréis de pie ahí toda la noche? No es que sea precisamente muy cómodo. —bromeó Enallin mientras se apartaba un mechón de cabello de la cara.

El hombre parecía algo turbado por aquel comentario y sus manos buscaban, desesperadamente, algo en su armadura.

—Es... no puedo…

Balbuceó mientras sus dedos trabajaban sobre su coraza.

Fue entonces cuando Enallin comprendió. La tenue luz del lugar, era prácticamente oscuridad para un humano y el joven estaba teniendo ciertas dificultades para quitarse su pesada armadura.

Claro está, él sabría hacerlo con los ojos cerrados pero, dado su nerviosismo y el ajustado espacio, era evidente que se le estaba resistiendo más de la cuenta.

Aquello le resultó divertido y soltó una pequeña carcajada que controló poniéndose la mano sobre la boca.

El hombre parecía tan contrariado por su incapacidad de desatarse la coraza que Enallin tuvo que intervenir para ayudarle.

—Así, aquí. Ya está… —dijo, mientras desataba de un hábil movimiento una parte de su armadura.

—Gracias.

Al apartar de su torso la enorme placa metálica, el intenso calor del cuerpo del shemlen golpeó de lleno su rostro, un tenue olor a hierro y cuero se hizo evidente en el ambiente y un recuerdo de infancia acudió a ella súbitamente.

—Os… habéis quedado callada. —intervino Cullen mientras la veía trabajar en el resto de su armadura.

—Oh, no es nada. Sólo recordaba mi infancia… –ofreció cabizbaja, la melancolía volviendo a ella como de costumbre.

—¿Buenos recuerdos?

—Sí… en parte.

A pesar de los años que habían pasado, el recuerdo aún dolía.

Aquel instante con Ser Cullen, se asemejaba al ritual cotidiano que solía compartir con su padre cuando ella era apenas una niña. Éste regresaba al campamento después de una larga jornada de exploración o de comercio con alguna ciudad shemlen y ella aprovechaba para hacerle preguntas mientras le desataba, pieza por pieza, la hermosa armadura ligera que él, tan orgulloso, llevaba a diario. Había sido la armadura de su abuelo y su padre sentía especial predilección por aquel engorroso artilugio.

Claro está, el comandante no podía saberlo pero su padre había sido asesinado a sangre fría a manos de unos templarios mientras la protegía de ellos y, desde entonces, la larga sombra de la pérdida había estado acompañándola, dejándole poco margen para el solaz.

El comandante la observó con detenimiento y la expresión en su rostro, dio paso a una incomodidad diferente.

—Lo lamento… No era mi intención despertar recuerdos dolorosos, Inquisidora.

—Enallin… por favor, llamadme Enallin, comandante. —insistió débilmente, mientras desataba otro complicado nudo de la armadura.

—Cullen… por favor, llamadme Cullen, Enallin… —su voz, prácticamente una caricia.

Para su sorpresa, pudo oír el aumento de los latidos del corazón del comandante cuando ella se detuvo a observarle, casi a un palmo de su rostro, mientras sus dedos trabajaban, ahora torpemente, sobre un nudo rebelde.

Le había sorprendido aquella forma de dirigirse a ella, la suave pausa antes de decir su nombre, la delicada exhalación al terminar de hablar… y tuvo que aclararse la garganta y hacer acopio de voluntad para responder de forma casual y no mostrar las numerosas sensaciones que cruzaban por su vientre en ese instante.

—Veo que los dos tenemos un problema con los nombres… —rio quedamente, mientras se sacudía las manos y se apartaba un poco de su torso. Cullen la acompañó en la incómoda risa y carraspeó ligeramente, desviando su mirada hacia otro lugar.

—Ya está. Lo demás, es vuestro. —ofreció Enallin, dando un paso atrás, ordenando entretanto a sus rodillas controlar el absurdo temblor por la deliciosa cercanía del shemlen.

No sólo sus rodillas se mostraron en rebeldía, la marca en su mano se agitó y una descontrolada chispa iluminó la tienda, sobresaltando sutilmente al comandante.

—E-en fin, si ya no me necesitáis… cr-creo que me recostaré un rato.

—S-sí, gracias, Inqu-Enallin —corrigió el joven.

Enallin sonrió y asintió antes de alejarse completamente. La media sonrisa que el comandante le dedicó y la forma que aquella cicatriz tenía de curvarse al sonreír, fueron suficientes para distraerla y trastabillar antes de lograr encontrar el equilibrio final.

Si Cullen se dio cuenta de eso, no dio muestra de ello, pero Enallin se reprendió por actuar de forma tan inexplicablemente torpe.

La figura del humano era, sin duda, magistral. Se sintió culpable por escudriñar de soslayo el cuerpo del hombre, pero no se arrepintió en absoluto cuando pudo observar su silueta sin la enorme e incómoda armadura de por medio.

Enallin no sabía por qué ahora le miraba así. No era la primera vez que veía el torso desnudo del comandante pues él solía entrenar con sus hombres a la intemperie para disfrute de muchos en Feudo Celestial. No obstante, ella nunca se había detenido a observarle realmente hasta en ese instante.

No sabía cuán ciega se hallaba por Solas, hasta ahora. Había cerrado sus ojos y oídos al resto del mundo, y una sensación de rabia descontrolada hizo presa de ella, su áncora volviendo a agitarse con el sentimiento.

Sin embargo, pudo evitar el despliegue de magia a su alrededor y se agitó en su jergón, disimulando estar somnolienta.

Un delicado suspiro del shem, fue lo último que oyó antes de que el mundo onírico la reclamase finalmente, devolviéndola a las habituales pesadillas en donde aquel lobo blanco, con certeza, la estaría esperando.

… … … … … … … … … …

—Ser Fairbanks, ¿queríais verme?

Enallin se anunció al llegar a la tienda del noble y éste la recibió con una amplia y encantadora sonrisa.

—Pasad, Inquisidora. Os estaba esperando. —el joven se acercó a ella y le ofreció una copa de vino que sirvió sin apartar la mirada de su rostro.

—Gracias. —agradeció Enallin, dando un pequeño sorbito mientras miraba a sus alrededores con cierta incomodidad.

Al despertar de la tan necesitada siesta, Enallin se encontró con que el comandante ya no se hallaba en la tienda. No sin sentir cierto pesar por su ausencia, se refrescó el rostro con un pequeño balde de agua fría que, según parecía, había dejado Cullen ahí para ella, y se arregló un poco antes de encontrarse con Fairbanks.

Cierto nerviosismo se hizo patente al observarle tan atento y sonriente, pero el hambre que sentía apenas dejaba margen para otra sensación.

Su estómago rugía y, el pequeño sobro de vino, sólo acrecentó su ya notable apetito.

—Según nuestra última conversación, queríais hablarme de algo importante, ¿no es así? —recordó, dando mientras otro sorbo, esta vez algo más abundante.

El noble la observó con curiosidad y sonrió de nuevo, su mirada más intensa que segundos antes.

—Sí, milady. No sé si es importante pero creo que puede ser interesante para… ambas partes. —dijo cuidadosamente el joven mientras bebía de su copa, sin apartar su rapaz mirada de ella.

Enallin frunció el ceño, su característico recelo por los shemlen, volviendo como un recuerdo biológico más que voluntario.

—Y bien, ¿qué es lo que me queréis decir? —apartó la copa de sus labios y esperó a que el humano explicase su intencionalidad.

—Veréis… —Fairbanks volvió a servir nuevamente vino en su copa y vertió en la de ella también, aclarándose mientras la voz para continuar —Quería haceros una pregunta personal, milady, si me lo permitís.

Aquella petición la pilló por sorpresa. —Depende de la pregunta, pero adelante. —ofreció, más curiosa que desconfiada.

—Me preguntaba si… si actualmente estáis con alguien.

Enallin le miró con asombro y abandonó la copa sobre una mesa cercana, antes de preguntar —¿Para qué queréis saberlo, milord? —preguntó, desconfiada y algo molesta por el atrevimiento.

El humano volvió a sonreír, aunque esta vez una ligera timidez dibujó su expresión, y la observó con señalada intención mientras abandonaba la humilde copa en un rincón de la mesa para dar después un enérgico paso hacia ella.

Aunque su instinto fue apartarse al instante, apenas logró parpadear cuando el shemlen sujetó delicadamente sus manos y se acercó un poco más a ella, su mirada navegando por su rostro, analizándolo, mientras ella podía sentir aquel sutil temblor en los dedos del joven.

—Casaos conmigo, Lady Lavellan. Sed mi mujer...

El grave tono de aquella petición detuvo su aliento súbitamente. A la agitación de aquellos dedos, se unieron su estupefacción y su propio nerviosismo.

Si había algún evento en el que ella pudiera perder el apetito de golpe, jamás hubiera pensado que sería este, pero ahí estaba ella, delante de un humano que, ansioso, pedía su mano sin apenas conocerla.

Mientras que Solas…

…Solas ya era historia.

… … … … … … … … … …

A pesar de la claridad del atardecer, confiaba en su capacidad de pasar absolutamente desapercibido por entre el follaje cercano. No sólo su magia le ayudaba, sino la capacidad de sigilo que, milenios de práctica, había madurado en su hábito de efugio.

Los exploradores del grupo recién llegado, recorrían el lugar con claros signos de extenuación y sabía que, aunque dejase clara evidencia de su presencia, pocos serían los que lograsen deducir su ubicación.

Aquella cueva era prácticamente yerma en magia; un reducto improvisado de la influencia que los shemlen tenían sobre el entorno.

La magia evadía la naturaleza humana y, sin embargo, algunos de aquellos seres mostraban las habilidades de su Pueblo.

Desde lo alto de aquella copa, observó a uno de ellos conversar con la delgada silueta de quien sería ella.

Cerró los ojos y expandió lentamente su aura, fragmentándola en delicados tentáculos invisibles que fluían libres hacia el entorno que le rodeaba, absorbiendo la esencia de quienes se hallaban cerca, hasta finalmente rozar la envoltura mágica de su objetivo final.

Sintió vívidamente el antiguo poder de su presencia y confirmó su identidad. Ella era la clave de todo, y las voces que invadían su mente, guardaban el potencial del caos al que tan ajena se hallaba su portadora.

No era la primera vez que la veía, pero sí la primera vez que estaba siendo testigo de su desinteresada aunque reconocida bondad. Su amo parecía tenerla en alta estima y él sentía especial curiosidad por aquello. No es común que un Dios aprecie a un simple mortal y menos si su reflejo es todo aquello que fue mal.

La ahora débil magia de la joven y lo delicado de su salud, no parecían detener su avance sobre los llantos y peticiones de aquellos shemlen y elfos del bosque que, tan encarecidamente, suplicaban su ayuda.

Durante un tiempo, no pudo apartar su mirada de ella. Detrás de la evidente tristeza que portaba, fiel representación de la suya propia, parecía haber una poderosa determinación, algo que trascendía al mismo poder del orbe en su delicada mano, o a su propia magia innata; algo de lo que, en milenios, no había sido testigo.

No era la primera vez que la veía, no… pero sí la primera en contemplarla.


Kaffas: mierda en teveno/tevíntero (idioma autóctono de Tevinter).

Lethallin: término élfico de cariño hacia un hombre.

Shemlen: rápido/niños rápidos. Nombre despectivo hacia los humanos, o típica alusión a ellos.