Faltaban unas horas para el amanecer cuando Vlad decidió regresar al castillo, se encontraba seguro que descubriría a Lisa dormida a su regreso. Sin embargo, cuando entró al salón principal ahí estaba ella, recostada sobre uno de los sofás de satín, hermosamente vestida con una bata de seda color celeste, inmediatamente sintió el ímpetu de tenerla entre sus brazos y en sobre todo en su cama. Pero esa noche lo último que ella quería era eso, ahora solo buscaba respuestas.
Vlad se acercó, la besó y se sentó a un lado de ella, colocó las piernas de Lisa sobre su regazo.
— Sigues despierta — Decía mientras acariciaba sus piernas, amaba el tacto suave de su piel — Lamento la reacción que tuve… — Hizo una pausa para acomodar sus ideas — Como te dije, jamás pensé que pudiera ser posible… que bajo estas circunstancias pudiéramos tener un hijo, no es que no me sienta feliz por esta noticia, es que no sabemos cuál va a ser el resultado.
Tenía cuidado con cada palabra que decía.
— Sobre todo, temo que algo te suceda. Si yo fuera un hombre mortal todo el miedo se iría…— aclaró la garganta antes de continuar— pero Lisa, a pesar de que a tus ojos soy como cualquier hombre, no puedes ignorar el hecho de lo que soy, y cómo eso puede afectar a este bebé y a ti.
Lisa tomó su mano, notó que estaba tibia y suave como la de cualquier persona.
—No importa, Vlad, ¿no lo entiendes?, es un milagro, una señal, una recompensa, Dios nos dio la oportunidad de crear una nueva vida, sin importar las circunstancias — Los ojos de Lisa se llenaban de esperanza mientras hablaba, Vlad no soportaba que hablara de Dios de esa forma.
Qué sabía ella de Dios. Hacía mucho tiempo que Vlad había dejado de creer en Él, cuando le arrebató lo que más amaba, pero Lisa con su pasión mortal creía fervientemente en su existencia, y quién era él para quebrantar su fe. ¿Dónde estuvo Dios cuando lo perdió todo, cuando cayó en la tentación, cuando se condenó por la eternidad? Si existía un Dios había hecho todo esto para después arrebatárselo, demostrarle lo que pudo tener si hubiera elegido la vida de un hombre común. Sí; eso era, una cruel jugada de Dios. Y ahora lo que le entregaba era el miedo de perder lo único bueno que tenía en su inmortal existencia: Lisa.
— Vamos a estar bien — Sus palabras parecían un consuelo para todos, incluso para ella, quería convencerse que todo iba a estar bien.
Vlad recorrió con su mano sus delicadas piernas, subiendo lentamente por sus muslos pasando por su entrepierna hasta llegar a su vientre. Lisa se estremeció con cada roce. Entonces él dejó su mano sobre el abdomen de ella, como intentando sentir al pequeño ser que se formaba dentro de ella. Lisa se sintió conmovida con ese gesto y enseguida se incorporó lentamente para alcanzar sus labios. Vlad entendió y se acercó para besarla, sus manos continuaron subiendo hasta llegar a sus suaves senos, después volvió a bajarlas hacía sus piernas levantando poco a poco la bata.
Lisa suspiraba con cada caricia y a su vez intentaba desasir la camisa de Vlad, quería sentir su piel antes de que se lo arrebatara el amanecer. Vlad no podía pensar en otra cosa que no fuera poseer a Lisa; su aroma, su piel, sus caricias, sus besos, todo lo hacían desearla cada vez más.
De pronto, comenzó a sentir ese terrible malestar, el amanecer. Todo el cuerpo empezaba a dolerle, cada musculo de su cuerpo se tensaba y sentía desgarrarse por dentro. Un calor interno excesivo le impedía continuar. Aún con su eterna fortaleza no podía competir contra la luz del día.
Lisa se detuvo, supo lo que pasaba, por la ventana pudo distinguir las primeras luces del alba, recordó los similares colores que había visto hacía una horas al atardecer, cuando esperaba que cayera la noche. Para Vlad era hora de buscar refugio.
— Debes resguardarte… El amanecer… — Murmuró suavemente Lisa en su oído
—Lo sé… Lo siento… — Le dio un largo beso antes de retirarse.
Vlad partió hacia la habitación donde tenía su féretro. No había más que decir, aquello estaba hecho, no había vuelta a atrás solo esperaba que en unos meses, si la buena suerte estaba de su lado, su hijo fuera como cualquier mortal.
Lisa se sentía muy cansada pero feliz, de inmediato se retiró a descansar, quería que el tiempo pasara deprisa para poder tener a su pequeño en brazos. Con ese solo pensamiento se quedó dormida.
