Hola amigos, cuarto y último capítulo
¡Gracias por leerme!
Otoño, felicidad.
Era primero de septiembre. Aquél otoño era dorado como el sol poniéndose. El frío llegó de nuevo, pero era tolerable. Agradable, luego del sofocante verano. La relación de Rose y Scorpius había causado revuelo. Muchas odiaban a Rose. Los que pretendían a la chica—casi imposible de conquistar— odiaban a Scorpius; y ellos, ellos solo eran felices, muy a su manera. Eran distintos. Eran opuestos. Pero se complementaban perfectamente como una rueda de un engranaje con otra.
Draco lo tomó mal, pero terminó por aceptar; que sin haberlo imaginado en un millón de años, acabaría emparentando con los Weasley, no le agradaba la idea, pero se mostraba indiferente al respecto. En cambio, Ron lo tomó muy mal, realmente mal, exageradamente mal. Harry no paraba de reír cuando la ya no tan pequeña, frágil y delicada florecita de sus mejores amigos, reveló la noticia meses atrás. El pelirrojo enloqueció, eso claro, luego de haber despertado del desmayo. Alzó al joven Malfoy de las solapas de su camisa y, de no ser por la intervención de Hermione, estuvo a punto de meter su cabeza en el horno. Poco más de un mes había pasado desde ese día, y aún así el torpe, pero adorable Ron se mostraba renuente a aceptarlo. Ya de vuelta en casa, cuando estuvieron a punto de finalizar las vacaciones de verano; las citas se hacían más frecuentes, pero el pelirrojo que Rose tenía por padre, no entendía muy bien el concepto de aquella palabra, ya que iba a donde quiera que ellos se dirigían. Se atravesaba en el medio del sillón entre su hija y Scorpius cada vez que él la visitaba. Le obligaba a sentarse en el rincón más alejado posible de ella a la hora de comer. Sobornaba al menor de sus hijos para que los supervisara cuando él no se encontraba en casa. Pero con el tiempo notó que Scorpius Malfoy, no era la versión más siniestra de Draco, como él afirmaba. Era lo mejor que pudo haber venido de él. Era amable y paciente; era prudente y lavaba los platos. El chico, en secreto—y muy en contra de su voluntad—, le agradaba.
Pero Ron era Ron, y se encargaba de serlo. Sus hijos y su esposa eran su tesoro más preciado y no permitiría bajo ningún pretexto, ni circunstancia, que algo los dañara. Su 'pequeña' Rose lo amaba y él lo sabía, pero aún no superaba el miedo a perderla y, peor aún, que la lastimaran. Así que receloso, al joven Malfoy le dió un frágil voto de confianza. Ahora las circunstancias eran otras y sus vidas daban un nuevo giro.
La estación de King's Cross estaba cubierta por la típica niebla vaporosa que solía invadirla por aquella fecha. Los estudiantes entusiastas abordaban el expreso de Hogwarts. Unos por primera vez, otros una vez más. La pelirroja y el rubio iban de la mano, ante las miradas indiscretas de los que les conocían. Estaban a punto de arribar al coloso escarlata cuando unos gritos encolerizados les hicieron girarse.
—¡Tengo contactos malfoy, daña a mi hija y lo lamentarás! ¡Y... Y probablemente sea lo último que hagas!— Gritó Ron señalándolo con su dedo índice acusatoriamente.
—No habla en serio— dijo Hermione halándole por una oreja. Draco puso los ojos en blanco, y sin inmutarse hizo un ademán despidiéndose de su hijo, para luego girarse y retirarse del lugar, con su esposa aferrada a uno de sus brazos.
—Tu hija me agrada— dijo Draco cuando pasaba a su lado, de modo que solo Ron pudiera escucharle. El pelirrojo se descolocó y avergonzado rió nerviosamente ante la mirada reprensiva de su mujer. Hermione tensó los labios, pero luego sonrió. Ron, seguía siendo él mismo. Él mismo que siempre amaría. Depositó un suave beso en su mejilla. Su hija terminaba de abordar el tren, ya era el último llamado. Momentos después, la pelirroja se asomó por la ventanilla que se encontraba justo frente a ellos.
—¡Los amo!— moduló a través del cristal, mientras Scorpius acomodaba los baúles en la parte superior de la cabina. A los pocos minutos el tren arrancó. El joven Malfoy entrelazó sus dedos con los de Rose. Tomó su barbilla y se colocó a solo centímetros de ella.
—Te amo— dijo acariciando con su mano libre su tersa mejilla.
—Somos demasiado jóvenes aún para...También te amo.— Respondió finalmente vencida, Rose Weasley; una insufrible, que se enamoró de un irresistible sobrevalorado. Pero eran felices. Se complementaban, como la rueda de un engranaje con otra. No sabían lo que el destino les depararía, aún así, estaban seguros que lo que quiera que eso fuera, deseaban les sobreviniera juntos.
Esta es la historia de como una nariz rota cambia un concepto y como lo que dicen de alguien termina desmoronándose a medida que le conoces, porque parecido a las estaciones del tiempo, es el corazón del ser humano. Alberga sentimientos álgidos como el invierno; dulces como la primavera; irreverentes, recios e incluso sofocantes, como el verano; serenos y templados, como el otoño. Cambiante es, como el mismísimo clima.
FIN
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