Capítulo 3: un fugaz matrimonio I.
Minerva quiso contestar algo, pero su voz tembló a último minuto y no tuvo más opción que guardar silencio. Severus no insistió más en su argumento y ella trató de esconder sus manos bajo las mangas de su túnica, para evitar que él pudiera ver la forma en que temblaban.
— ¿Boda? Siquiera me has invitado a cenar ni una sola vez, además tampoco es que realmente te conozca lo suficiente como para decir... que tenemos algo en común.
— Es la única forma... si quieres vivir. — dijo con voz tenue. — No puedo tenerte encerrada aquí de por vida, ¿cierto? Si te planteas una vida fuera de éstas cuatro paredes, la única protección que tendrás será mi apellido , tampoco estoy exigiéndote gran cosa. No creo que vayamos a vivir juntos, ¿o sí? De vez en cuando, Minerva, deberías aceptar la ayuda que se te ofrece y sin importar de quién sea la mano de la que proviene.
Mordiéndose el labio, Snape supo que ella sopesaba sus posibilidades y decidió dejar el tema para otro momento. No estaba obligado a protegerla, con haber salvado su vida ya había sido suficiente y que ella tomara la decisión que quisiera.
— No estaré aquí para siempre. — murmuró mientras guardaba el periódico bajo un par de libros sobre un viejo escritorio de madera caoba. — quiero decir, ya viste lo ocupado que estoy y te daré hasta mañana por la noche, para que puedas decidirte.
Alzó su varita y de un momento a otro, la sala de estar comenzó a cambiar ante sus ojos. El polvo de los libros en la estantería, había desaparecido y los muebles rotos estaban reparados por completo. Cada manija de la alacena, cada botón en la pequeña cocina eléctrica, cada mancha en el refrigerador blanco que tenía. Los juegos de tazas y platos estaba completos y los cojines estaban cosidos y totalmente limpios, como el sofá. Todo estaba impecable y Snape respiró profundamente en el medio del salón.
— Mucho mejor, ya se puede respirar sin tanto polvo y suciedad. — alegó, dándose la vuelta para enfrentarla mientras le había estado dando la espalda y vigilando que todo estuviera limpio y en orden. — lamento que estuviera desordenado antes, creo que no había tenido visitas. Bueno sí tuve, pero no creo que les importara realmente.
No dijo nada y solo lo miró caminar hasta la cocina y detenerse allí, pensativo. Si tenía que alojar a Minerva McGonagall un día más, necesitaría más comida que cereal de maíz y leche. Sabía que no podía salir con ella y también sabía que ya no tenía varita. Pero quizá ella era capaz hasta de hacer algo más que eso y no quería arriesgarse, mejor era prevenir que lamentar.
Y fue entonces cuando lo recordó de golpe.
— ¿Por qué aún no te has convertido en gato y no has escapado? — preguntó con curiosidad y Minerva volvió a morderse el labio. Del estrés lo había olvidado por completo, no había podido pensar con claridad y se llamó tonta al recordarlo en aquel momento.
— No lo sé... creo que lo había olvidado. — dijo un poco más para sí misma, pero de igual forma pudo escucharlo.
— Entonces no tengo otra opción, más que llevarte conmigo.
— ¿Y acaso te importa si escapo? ¿Acaso te importa si algo me pasa?
— Puedo decir que no, pero supongo que moralmente estoy obligado a decir que sí. — confesó mientras volvía a servir brandy en dos pequeñas copas. — escucha Minerva, sé que Albus ya está muerto y aunque él hubiese dicho en el pasado que debería protegerte a toda costa, podría escoger no hacerlo y dejarte a tu suerte y sin varita. Sobrevivas o no, no sería mi problema y sin embargo...
— Entonces acaba con esto, ¡entonces mátame de una buena vez! No veo que seas diferente de todos ellos.
Qué equivocada que estaba, pero no era el momento de hacérselo comprender. Tampoco tenía la fuerza para ponerse a discutir con alguien terco, si no iba a entender a razón alguna. Había mejores asuntos en los que pensar, como emprender una búsqueda para encontrar a Potter y darle fin a toda aquella locura, estaba harto de vivir en ese presente tan gris.
— Si quieres morir, solo abre la puerta y enfréntate a algún mortífago o a los carroñeros del señor tenebroso. Me temo que yo no puedo complacerte.
— ¿Por qué te interesaría si sobreviviera o muriese?
— Insisto, no soy tu enemigo y estás creyendo cosas equivocadas. No soy nada de lo que afirmas que soy y encantado te lo demostraría, pero eso significaría regresar al castillo y entrar en el despacho de Albus. Si es que ya no lo han saqueado por completo. Un pensadero te haría entender de una buena vez, que eres una mujer tonta al pensar que yo daría mi brazo a torcer, con el mago más poderoso de todos los tiempos, después de Merlín y Albus Dumbledore. Tienes hasta mañana por la noche para decidirte y después todo será tu responsabilidad.
Tomó la copa de brandy de la mesa y subió las escaleras, perdiéndose a través del librero y dejándola con un sentimiento de desesperación tan grande, que solo pudo salir como un sollozo y que lo detuvo a medio de la escalera. La mujer se había echado a llorar, lo podía escuchar y por un momento dudó de continuar su camino y pensó devolverse. Pero no, tenía que ser consecuente con sus palabras y que lo entendiera de una buena vez. No iba a seguir implorando por su seguridad, porque se quedara a salvo y a su lado.
Si quería estar segura, podía hacer el esfuerzo de protegerla mientras llevara su apellido. De no ser así, pues no podía hacer nada al respecto. Muy a su pesar, si quería escapar bajo su forma animaga, bien podía hacerlo y ya no se preocuparía nuevamente. Albus ya no estaba vivo y ya no tenía por qué obedecer sus reglas. Supuso que Minerva tampoco.
Estuvo largo tiempo en la habitación, tan solo sentado y preguntándose cómo encontraría a alguien que no había dejado ni una sola pista. Narcisa había sido quien había visto su cuerpo por última vez y había confirmado que estaba muerto, que Potter había sido asesinado por el señor tenebroso finalmente. Estaba seguro de que no era así, de que aún vivía y que la mejor forma de saberlo, era hacerle una visita a la mansión Malfoy. Pero, ¿qué razones tendría ella para mentirle a Lord Voldemort en su presencia y que éste aún lo creyera?
Se llevó dos dedos a la cara y con eso frotó sus cansados párpados, tratando de encontrar una respuesta razonable a todas sus preguntas. Mientras pensaba, lo distrajo un ruido en la planta baja que sonaba como a una taza rota y por un momento había olvidado que Minerva aún permanecía dentro de la casa. Se puso en pie y con varita en mano comenzó a bajar las escaleras rápidamente, dándole un suave golpe al librero frente a el. Dudaba que alguien pudiera entrar en la casa, pero cualquier cosa era posible en aquel vecindario. Estaba casi vacío ya y seguramente alguien buscaba refugio, sin saber que ya estaba ocupado.
Miró a su alrededor, pero todo estaba en un "desesperante" orden. Caminó por la pequeña sala y el último lugar que quedaba por revisar era la cocina. No había señales de que la mujer estuviera en alguna parte, así que supuso que el ruido que había escuchado era ella transformándose en gato y escapándose de la casa. Realmente no le sorprendería de ser así, tenía una desventaja con respecto a ella y ya que no podía convertirse en algún animal, tampoco podía perseguirla.
Pero se había equivocado, había una taza de porcelana rota en el suelo y ella estaba parada en la cocina, mirándola aún con lágrimas en los ojos y sosteniendo su mano derecha. Había una cortada en su muñeca y Minerva solo estaba de pie mirando la sangre gotear sobre lo que le pareció ser agua en el piso.
— ¿Minerva? — preguntó caminando entre los trozos rotos y escuchando el crujido de sus zapatos. — ¿Qué sucedió?
Su voz volvió a temblar y no pudo escuchar absolutamente nada de lo que había dicho. Tentativamente movió sus manos para sostener las suyas y la mujer dejó escapar un pequeño quejido de dolor y una mueca, en cuanto sus dedos tocaron la herida. Con la punta de su varita, simplemente la cerró cuidadosamente y volvió a hacer la misma pregunta que había hecho hacía unos minutos antes.
— ¿Qué sucedió?
— Solo quería... un poco de agua. — dijo con un tono de voz apenas fuerte como para entenderle. — la ventana estaba abierta y... algo me sobresaltó, es todo.
— ¿Qué pudo ser eso? — preguntó y en verdad no quería jugar con su ya destrozada psiquis, pero tuvo curiosidad de pronto.
— Había... había una mujer en la calle y un par de hombres se aproximaron a ella, tenían máscaras y túnicas negras, la arrastraron contra su voluntad y yo... yo tuve miedo y solté la taza. No sé si pudieron verme, cerré la ventana lo más rápido que pude.
Podía ver las huellas de sus dedos ensangrentados, sobre el vidrio de la ventana en la cocina.
— Carroñeros, no dejarán a ningún muggle libre. Los raptarán y tendrán como mascotas o hasta que se cansen de ello o hasta matarlos.
— Yo no... — murmuró y Snape esperó. — tengo la agilidad que tenía antes, para escapar. Yo no sé si... pueda sobrevivir a mis anchas. Ya no sé si... sea tan capaz, tan valiente como antes.
— ¿Qué quieres decir, Minerva?
— No quiero... quedarme sola, tengo miedo. Ahora tengo tanto miedo que no puedo dejar de temblar. Albus está muerto y yo ya no me siento segura en ninguna parte.
— Nadie se siente seguro desde que Albus murió, Minerva. Siquiera yo mismo.
La mujer alzó la mirada y aquellos brillantes y humedecidos ojos verdes, resplandecieron una vez más gracias a la luz de las llamas en el salón. Podía decir que no importaba qué pasara con ella si rechazaba su oferta, pero no podía admitirlo en realidad. No podía dejarla sola, no tenía el valor para hacerlo.
— Solo hay una opción y aunque decidas no creerme, creo que no querría enterarme de que has regresado a esa jaula y que serás la siguiente comida de esa asquerosa serpiente. Ya he visto a muchos profesores de Hogwarts, morir ante mis ojos, no creo soportarlo nuevamente y mucho menos si se trata de ti, Minerva. Nos hayamos profesado odio antes o no, pienso que no podría soportarlo.
Soltó sus manos suavemente y apuntando al suelo con su varita, la taza volvió a su estado original y pulcramente sobre la mesa.
— Toma una decisión y asegúrate de que sea la correcta, Minerva.
Y con esas palabras la dejó sola en la cocina, mientras la mujer trataba de recuperar el aliento y mirar a través de la ventana, preguntándose qué sería de aquella mujer que acababan de secuestrar.
