Capítulo 4—Vacaciones
Ya es verano.
Es lo primero que pienso nada más despertarme. Me desperezo y me pongo en pie, frotándome los ojos. El calendario está en frente de mí, y es entonces cuando me doy cuenta.
Ya hace cuatro meses que vivo con los Aihara.
No puedo evitar suspirar.
Al ir al baño, me encuentro con Kotoko, bostezando como si se tratara de un gran león rugiendo.
—Qué boca tan grande—comento, y ella da un pequeño saltito, sobresaltada. Se gira hacia mí—. Date prisa, yo también necesito usarlo.
—¡Ya estoy terminando, espera!—gruñe ella, y se echa a un lado mientras pone pasta de dientes en su cepillo.
Procedo a coger el mío y hacer lo mismo mientras escucho unos pasos familiares acercarse. Mi madre aparece en la puerta, con un ridículo sombrero rosa de dormir.
—Cielos, los dos os levantáis muy temprano para ser vacaciones de verano—dice, sorprendida.
—Buenos días—responde Kotoko, inclinándose, su cepillo, ya limpio, aún en su mano.
—Yo tengo actividades del club—digo, mirándola de reojo—. Pero parece que sus razones son diferentes.
La voz del yakuza llega desde la ventana, llamando a Kotoko.
Ella va hacia el alféizar y parece conmocionada.
La ignoro y empiezo a lavarme los dientes, pero los ojos se me van hacia ella.
—¿Clases extra?—dice mi madre—. ¿No saliste en el puesto cincuenta?
—Sí...—responde ella, avergonzada.
Dejo el cepillo en su sitio.
—Esos eran del período medio. Los finales te fueron horriblemente mal, ¿verdad?—digo, calmo.
Permanece callada, humillada, y me marcho del cuarto. Al llegar a mi habitación, me doy cuenta de que estoy esbozando una sonrisa.
Al bajar, escucho a mi hermano hacer de rabiar a Kotoko, evitando que vea su cuaderno. Ya me ha explicado sus intenciones de "estudiarla". Según él, una persona tan tonta y torpe es algo interesante que investigar.
—Me voy—digo, dirigiéndome hacia la puerta.
Inmediatamente, Kotoko se yergue, nerviosa.
—¡Yo también tengo que darme prisa!—exclama—. ¡He olvidado el bolso!
Lo último que escucho antes de cerrar la puerta son sus pasos precipitados subiendo las escaleras.
Por algún motivo, se me hace extraño no caminar con ella hacia el instituto. Es como si faltara algo...
Sacudo la cabeza, frunciendo el ceño. Ni siquiera me doy cuenta de que el yakuza está ahí hasta que casi lo paso rozando.
—Buenos días, señor genio—dice. Le dedico una breve mirada. Prefiero no responder.
Bueno, al menos él la acompañará.
Mierda. Por algún motivo, eso no me pone precisamente de buen humor.
—Qué clase, jugando tenis tan temprano por la mañana—añade en tono burlón.
—Tú parece que también te estás esforzando mucho—replico, irónico, sin darme la vuelta.
—¡Ja! ¡Nunca sabes cuándo ser llamado "genio" todos los días podría volverte un monstruo!—responde.
Me paro en seco. ¿Qué diablos...?
Me giro hacia él y le dedico una mirada condescendiente.
—Sí, es cierto—digo, tranquilo, y continúo mi camino sin más.
Le escucho gritar y escandalizar tras de mí.
Maldita sea, ese chico... Algún día acabaré dándole un puñetazo.
La práctica de tenis no suele ser difícil, pero esa mañana descargo toda mi rabia en ella. Por primera vez desde el festival, me veo concentrado en un deporte, y con cada golpe y revés, la sangre me palpita en las venas.
Diablos, odio esta sensación. Esto no ocurría antes de...
El pitido del silbato marca el fin de mi práctica, y me dirijo hacia el banquillo, sudoroso y cansado.
Antes de que viniera Kotoko.
Frunzo el ceño conforme me llevo una botella de agua a los labios.
¿Pero por qué todo es tan complicado?
Los sentimientos no tienen sentido.
Al llegar a casa, tratando de ignorar mi confusión interna al máximo, encuentro a mis padres sentados ante la mesa junto al padre de Kotoko. Tienen un plano ante ellos. En el momento en que entro en el salón, escucho a mi madre hablar de un plan.
—¿Proceder con cuál plan?—inquiero, molesto. La conozco, sé lo entrometida que es, y esto no me gusta un pelo.
—Nada—dice ella entre dientes, congelada en el sitio. Todos parecen haberse quedado de piedra.
—¡Nao!—dice mi padre, asustado ante mi cara de enfado.
—¡Na... Naoki-kun!—exclama Aihara.
Comienzan a explicármelo todo. La construcción de una nueva casa a la que iríamos todos, incluyendo a los Aihara. Sus intenciones de casarnos a Kotoko y a mí y vivir en esa misma casa. Incluso han empezado a pensar en bebés. Conforme más hablan, más siento la sangre subirme a la cabeza de puro enfado. ¿Quiénes se creen que son para decidir algo así por mí? Mi instituto, mi profesión, todo lo han decidido ellos. ¿Y ahora ni siquiera me dejan esto a mí? ¿Ni siquiera a quién querer? ¿Pero qué mierda creen que están haciendo?
—¡Esto no es divertido!—grito, escandalizado. No pueden estar bromeando con algo así. No puedo casarme con ella, no puedo quererla. Solo consigue causarme molestias y dolor y rabia e impotencia. Maldita sea, maldita sea—. ¡¿Yo casándome con ella?!
—Por favor, cálmate, Naoki—dice mi padre, apurado.
—Es que... Seguramente te ibas a oponer si te lo contábamos—replica mi madre.
—¡Por supuesto! ¡No hay forma de que pueda quedarme con alguien como ella para siempre!—exclamo. Es algo tan obvio. Es tan evidente que somos opuestos, que solo podía salir mal...
Maldita sea, quiero golpear a algo. Convierto las manos en puños y reprimo mi ira como bien puedo.
En ese momento, oportuna como siempre, aparece Kotoko abriendo la puerta del salón.
—¿A qué te refieres con eso?—dice, molesta.
Por algún motivo, su presencia me calma un poco, aunque ella esté enfadada por mis palabras.
—Solo digo que debería tener el derecho de elegir—respondo, más tranquilo.
—¡Aunque después digas que quieres casarte conmigo, definitivamente no lo haré!—replica ella, su cara en una mueca de enfado.
Esbozo una sonrisa y enarco una ceja. Que ella diga eso sí que es divertido. Noto mis manos, en mis bolsillos, relajarse y volver a su posición normal.
—Eso sí que me tranquiliza—digo—. De esa forma, si me enamoro de ti, me ahorraré esa equivocación.
Estar con alguien como ella... Impensable.
—¿E... enamorarse?—repite ella, sorprendida de haberme escuchado decir esa palabra. Su cara cambia a una de maravilla.
Diablos, ¿qué estará pensando ahora?
Aparto eso de mi mente y vuelvo al tema que nos ocupa a todos.
—De todos modos, terminemos con otra discusión—digo, molesto, y procedo a marcharme.
Tras darme una ducha, me siento más tranquilo. Me voy a mi cuarto y me acuesto a leer un rato. No tardo en perderme en la lectura.
Sin embargo, esa noche, al tratar de dormir, no puedo dejar de dar vueltas. No dejo de pensar en Kotoko, en las palabras de mi madre, e incluso en las mías propias.
Maldita sea.
Doy un golpe a la almohada, tratando de no hacer ruido.
Es imposible que pueda enamorarme de ella.
Ella... Ella...
Vuelvo a verla en mi mente. Y de nuevo siento que me relajo.
Mierda.
Suspiro.
No. Definitivamente no puede pasar. No puedo dejar que pase. Ella... Frunzo el ceño al recordar todo lo que ha hecho y hace mal.
Siempre molestando, siempre espiándome, siempre pendiente de mí; no sabe cocinar, es distraída, torpe, sus esfuerzos son inútiles en incontables ocasiones; no sabe cuándo rendirse, no admite la derrota, es cabezota, insistente, pesada incluso...
Pero siempre es optimista, y nunca deja de creer en ella misma.
¡No!
Me doy la vuelta sobre mí mismo.
No.
Vuelvo a enumerar sus defectos, uno a uno, y haciendo esto, consigo dormirme.
Y a pesar de todo, no puedo enfadarme del todo con ella.
Los días de verano transcurren, y Kotoko sigue haciendo cosas molestas. Yuki registra todo en su cuaderno, y yo lo veo dedicarse a ello con diligencia. Sacudo la cabeza mientras le veo colorear con la lengua afuera, tumbado en el suelo de nuestro cuarto.
Realmente quiere a Kotoko.
O eso o la odia a rabiar.
Llega el día en que los dos hombres de la casa deben irse por una reunión de antiguos alumnos.
Y un par de días más tarde, estando sentado en el salón una noche, mi hermano se acerca a mí y me sugiere ir a la piscina.
—¿Piscina?—digo, sorprendido.
—Mamá dijo que solo puedo ir si tú vienes conmigo—añade. Realmente parece que quiere ir.
—¿Por qué yo?
—¡Hey!—se acerca mi madre, frunciendo el ceño—. Eres su hermano mayor, ¿verdad?
Suspiro y, resignado, me vendrá mal algo de agua y sol.
Al llegar allí, no puedo creerlo.
Kotoko ha ido con sus amigas y el yakuza. Es por esto que no estaba en casa esta mañana.
Nada más verla, Yuki abre la boca.
—Qué traje de baño tan poco atractivo—comenta.
La miro y siento los colores subirme a la cara. Me controlo, tranquilo. Es verdad que lleva el traje de baño de la escuela, pero no le queda realmente mal. Pongo mi mejor cara de póker.
—¡Irie-kun!—exclama, sorprendida, y se sonroja al darse cuenta de su aspecto. Trata de taparse un poco más con la toalla que tiene sobre los hombros.
Reprimo una risa. Realmente es distraída.
—¿Qué es esto? ¿Nos estás siguiendo?—dice el yakuza, señalándonos—. Buen trabajo.
La sensación de diversión se me pasa al instante, y de nuevo siento algo desagradable. Suspiro, molesto.
—Por supuesto que no, no somos como vosotros—observo a Kotoko, que está cabizbaja—. Ya veo—musito, recordando la escena con mi madre—. Así que esa es la razón.
—¿Es una buena idea para el grupo de clases extra estar aquí?—pregunta mi hermano, insidioso—. Aún no has terminado tus deberes, ¿verdad?
—¿No te lo dije? Los terminaré en los últimos dos días—replica ella.
—Después de todo, son las vacaciones de verano—dice el yakuza—. Olvidaos de las cosas como los deberes. ¿Cuál es el punto si no las disfrutas?—y sin dar tiempo a responder, sujeta a Kotoko del brazo—. Bien, Kotoko. Vamos—dice, y la arrastra tras ella.
Los veo alejarse, perplejo. ¿De verdad ha dicho algo tan irresponsable? Y encima la agarra de forma tan brusca. ¿Qué diablos hace?
Les perdemos la vista, pero Yuki insiste en estar cerca de ellos. Suspiro. Se toma demasiado en serio su tarea escolar, pero acepto igualmente.
Al cabo de un rato, acaban en la piscina, y llevo a Yuki a la que está al lado, la de niños. Tomo asiento en una hamaca y me dedico a leer, tratando de distraerme y no mirarlos. Si lo hago, acabaré igual de molesto que siempre.
Después de un tiempo, escucho la voz de Yuki desde la piscina.
—¡Oye, onii-chan, quiero helado!—dice
—¿Helado?—repito, extrañado. Bueno, no es tan raro. Suspiro otra vez—. Entonces espera aquí.
Dejo el libro y voy en busca de helado.
Tardo apenas un par de minutos en llegar al puesto.
Justo cuando el heladero me tiende el cono de vainilla, escucho a una pareja hablar sobre un niño que casi se ahoga.
Me quedo petrificado e inmediatamente echo a correr en dirección a la piscina.
Yuki.
No puede ser. No puede ser. No sería tan irresponsable. Yuki no haría nada raro.
Y a pesar de todo, corro como nunca lo he hecho en mi vida. Siento un nudo en la garganta que me impide tragar.
Si le ha pasado algo...
No tardo mucho en llegar, y al ver la escena que se me presenta, no sé qué pensar. Me quedo parado a cierta distancia, aliviado y sintiéndome un completo idiota.
Yuki se encuentra sentado, de espaldas a mí, y Kotoko y el resto de sus amigos están a su alrededor, con caras de alegría, dándole el suficiente espacio para despejarse.
Veo al yakuza tocarle la cabeza, y entonces escucho a Yuki alzar la voz, aunque no sé qué dice. Me quedo quieto en el sitio, confuso. ¿Qué debo hacer?
En ese instante, mi hermano se levanta y echa a correr. Doy un paso, pero antes de poder reaccionar, Kotoko le persigue, y eso me confunde más aún.
Ella...
Ella realmente no es una mala persona.
La veo desaparecer entre la gente, su coleta bamboleándose, y por primera vez siento un fuerte latido en el pecho.
Me llevo la mano al corazón, la boca ligeramente abierta. ¿Qué ha sido eso?
Sacudo la cabeza y decido dejarlos en paz, pero no perderles de vista.
Y unos minutos más tarde me encuentro en la parte baja del tobogán, donde la piscina de olas. Veo bajar a Yuki con el yakuza y esbozo una pequeña sonrisa. Parece mucho más alegre que antes. Sea lo que sea que haya hecho Kotoko, lo ha hecho bien.
De nuevo aquella sensación de alivio, y algo más brillante con ella.
Es entonces cuando baja Kotoko, y la escucho gritar por el tobogán, asustada. Conforme más baja, sé que algo no anda bien. Lo siento por todas partes, hasta en el cuero cabelludo, y en el instante en que cae a la piscina, me lanzo a por ella y la saco del agua con rapidez, preocupado. Reconozco el mismo nudo en la garganta de antes.
—Oye, ¿estás bien?—consigo pronunciar mientras ella tose agua. Me agarra de la manga de la camiseta y me mira, al borde de las lagrimas, muy asustada.
—Irie-kun—dice, su voz aguda, y por fin consigo relajarme.
Con cuidado, la llevo a un lado de la piscina, y después de que me cuente dónde le duele, comienzo a masajearle el tobillo tal y como leí una vez.
—Irie-kun...—dice, y siento más alivio al escucharle pronunciar mi nombre de nuevo.
—¿Mmm?
—Gracias—musita ella, avergonzada.
—No hay problema—respondo—. Tú salvaste a Yuki, ¿verdad?
¿Quién iba a estar tan pendiente de él si no? ¿Quién iba a ser tan valiente de lanzarse a por alguien en apuros?
¿Quién si no iba a estar llorando de alivio cuando Yuki se irguió?
—¿Eh?—parece sorprendida—. Sí...
Su voz es tan tierna que me hace esbozar una pequeña sonrisa.
Continúo con el masaje durante un rato, y por alguna razón, no me siento molesto en absoluto.
Volvemos a casa juntos, pero nadie dice nada. Y sin embargo, no puedo dejar de sonreír.
Al día siguiente, mi madre anuncia que se tiene que ir con Yuki a ver a la abuela, porque puede que esté enferma. Claro, y yo me chupo el dedo.
¿De nuevo con ese estúpido plan? Frunzo el ceño, enfadado. Kotoko parece nerviosa, con esas dos trenzas tan ridículas.
—Hey—le digo, y se sobresalta. Cielos, ¿tanto miedo doy? Procuro suavizar el tono. Después de todo, no es su culpa—. Por favor, ocúpate de la cena.
Asiente, y yo me marcho tranquilo a mi habitación.
Me paso el resto de la tarde distraído en mi cuarto. Al bajar esa noche, me encuentro con que Kotoko ha quemado la comida. Suspiro, resignado.
¿Qué podía esperar de ella?
Leo la receta y la hago como puedo. Mientras estoy salteando las verduras, ella me observa, cabizbaja.
—Lo siento, Irie-kun—dice, arrepentida.
No respondo, y ella de pronto parece maravillada.
—¡También sabes cocinar!—exclama, sorprendida.
La miro, divertido.
—Acabo de aprender—respondo.
Unos minutos más tarde, cenamos uno frente al otro. Nada más probar un bocado, sonríe.
—Está delicioso—dice, sonriente.
La miro de hito en hito, no sabiendo qué contestar. ¿Por qué está tan alegre?
Es cierto que yo también estoy... contento, más o menos, pero tanta euforia es extraña.
Ella sonríe otra vez.
—Esto, Irie-kun...—dice de pronto, dubitativa—. Sobre los deberes...
—Los terminé en un día—respondo.
Ella grita, sobresaltada.
—Solo por decírtelo, pero no podrás acabarlo en dos días con esa cabeza que tienes—añado.
—¿Realmente es tan difícil?—dice, perturbada.
Mastico el filete, pensativo.
—Bueno, esfuérzate—respondo, y continúo con mi cena.
—¿No podrías ayudarme un poco...?—dice por lo bajo.
—No—replico. Ya me puso de los nervios la otra vez, no quiero tener que repetirlo si puedo evitarlo.
Esa noche, un sonido extraño consigue despertarme. Al abrir los ojos, veo a Kotoko sujetando la silla de Yuki, con una linterna en la mano y una mueca extraña. Ha debido de darse con algo, porque el sonido ha sido un grito ahogado de dolor.
¿Qué está haciendo?
Finjo estar dormido, expectante
Parece ver el cuaderno de deberes de mi hermano, y al leerlo comienza a garabatear furiosamente, mascullando en voz casi inaudible. Al terminar, satisfecha, parece darse cuenta de que se ha distraído, y se acerca a mi escritorio.
Busca por toda la mesa, apurada, pero no parece encontrar nada. Es entonces cuando la veo mirar la estantería. Coge mi cuaderno de deberes y sonríe, aliviada.
—Es este—exclama en un susurro, y se dispone a marcharse tranquilamente.
En aquel instante, veo su muñeca pasar frente a mi rostro, y no puedo resistir la tentación.
La sujeto, sin hacer demasiada fuerza. Ella se sobresalta y se gira hacia mí, asustada.
—¿Qué estás haciendo?—pregunto, mi ceño fruncido, boca abajo en la cama, sujetándome con un brazo.
Se le cae el cuaderno y se libra de mi agarre. Parece muy apurada y temerosa de mi reacción.
—¡N... n... no estoy haciendo nada!—dice, bamboleando la linterna con las manos en alto.
—¿Eh...?—digo, y ella se da cuenta de que aún sujeta la linterna. La deja caer con una exclamación.
—¡No he robado nada!—repite, con el mismo gesto.
—Lo sé—le respondo, divertido.
Ella me mira de hito en hito. Es entonces cuando lo recuerdo.
Estamos solos en casa.
Me levanto y la sujeto por el brazo. La echo sobre la cama, una mano sobre su hombro.
Es el momento de hacer que se avergüence por querer copiar mis deberes sin mi permiso.
—No te preocupes. No lo haré vergonzoso para ti—le digo, calmo, y ella me mira sin entender—. Él ya lo dijo antes. Nunca sabes cuándo un genio se convertirá en un monstruo.
Y con estas palabras me tiendo con todo mi peso sobre ella, acercando mi cara a la suya.
Ella echa el rostro hacia un lado y cierra los ojos.
—¡No! ¡Me gustas, Irie-kun, pero...!—comienza a trabarse, completamente nerviosa, y yo trato de reprimir la risa—. ¡...aún es muy temprano! Deberíamos tener una sana relación primero...
No puedo más.
Suelto una carcajada y me levanto, riéndome.
—No te preocupes—le respondo, entre risas, sentado a su lado—. No importa la parte sana, no intentaba salir contigo en absoluto.
Y continúo riendo, divertido por sus palabras.
Ella me mira, incrédula y enfadada.
—¡Te estabas burlando de mí!—exclama, y se marcha hecha una furia.
Al verla alejarse, cojo el cuaderno.
—Hey, has olvidado algo—digo, tendiéndoselo. Ella se marcha sin tomarlo y cierra la puerta tras ella, sin siquiera girarse—. Es una pena—alzo la voz para que me oiga—. Pensaba dejártelo como una disculpa por haberte asustado. Qué mal que no lo quieras—la ironía es más que clara en el tono que estoy hablando.
La puerta vuelve a abrirse y aparece Kotoko como una presentadora de televisión.
—Lo aceptaré ya que insistes—replica, alegre, y la miro de hito en hito, incrédulo—. Además, necesito tu ayuda para copiar—añade, avergonzada.
Dios bendito. Se me cae el alma a los pies y siento que me va a dar un ataque. No puede ser cierto.
¿Por qué ella...?
Y unos minutos más tarde, me veo sentado a su lado. Es muy tarde, mis libros están por todas partes en su mesa, y la observo copiar, alegre como siempre.
—Oh, ya veo—dice—. Creo que entiendo.
Cielos, realmente está mejorando.
Se gira hacia a mí.
—Irie-kun, ¿qué es esto?
—¿Ah?—me quedo a cuadros—. Espera, ¿hace un momento no has dicho que lo entendías?
—Eh... Bueno, entendí un poco cuando me lo dijiste—dice, evitando mirarme a la cara, y vuelve a continuar escribiendo.
—No puedo creérmelo—replico, sintiendo la vida escapárseme por los poros de la piel. Esto me desgasta más que nada en el mundo.
—¿Así?—dice. Dios mío, lo hace todo mal.
—¡No!—exclamo, de los nervios.
—¿Qué? No puede ser. ¿Por qué?—parece triste.
Comienzo a explicárselo medio a gritos, nervioso.
¿Por qué me estoy alterando tanto?
Le golpeo suavemente con una regla en la cabeza, y ella suelta un pequeño "ay".
Se lo merece.
No acabamos hasta bien entrada la noche, y es entonces cuando me marcho a mi cuarto, malhumorado y cansado a la vez.
—Esto... Irie-kun—dice Kotoko, en su puerta. Me giro en el marco de la mía, molesto, y la miro de hito en hito. Ella se contempla los pies—. Gracias—y sin esperar una respuesta, me dedica una sonrisa mirándome directamente a los ojos y cierra la puerta.
Me quedo plantado en el sitio, y rápidamente entro en mi cuarto. Siento el rubor en las mejillas. Apoyo la espalda contra la puerta, y me paso la mano que no estoy sujetando el cuaderno por el pelo.
Maldita sea, de verdad que tiene los ojos grandes.
¡Muchas gracias por los comentarios! Me encanta leerlos y me anima mucho a seguir con esta historia. Me alegra que os vaya gustando esto. Naoki es un personaje realmente difícil... Es muy inexpresivo en el anime. Pero eso también da bastante juego :3 . ¡Espero que sigáis leyendo y os siga gustando!
P.D.: La semana que viene y la otra (Semana Santa) es probable que suba 4 capítulos en total, así que ¡estad atent s! C:
