CAPÍTULO 4
Cuando Arthur se levantó por la mañana se sentía exhausto, sin fuerzas. Desde que comenzaron a investigar, dormía mal soñando con hechos de su pasado y con cosas que no había vivido realmente pero puede que sí su abuelo. No sabía cómo sentirse al respecto porque para él su abuelo no había sido nada más que un mero personaje de la familia Kirkland con el que compartía nombre, apellido y un parecido más que evidente. Fuera parte no sentía empatía mucha con él, cosa que achacaba al no haberle conocido nunca y a que muy pocas habían sido las veces en las que su padre había mencionado a su abuelo.
Pero esta vez estaba siendo diferente. Cada vez se sentía más conectado a él y eso le asustaba.
Después de una taza de té rápida y un par de scones, cogió las llaves de su coche y se armó de valor para ir a ver a su padre. Quería a su padre pero su estado empeoraba a pasos agigantados por lo que cada vez le costaba más visitarle y fingir que todo iba "bien".
- Papá, ¿podemos hablar un momento?
Peter dejó sobre su regazo el libro que estaba leyendo.
- Por supuesto, ¿qué pasa? Llevas unas semanas muy raro.
- Verás… ¿Te acuerdas de que te dije que estaba buscando cosas sobre mi abuelo?
El semblante de Peter se ensombreció un poco.
- ¿Encontraste algo?
- Puede pero no mucho, aquí no.
Arthur intentaba buscar las palabras adecuadas pero era tremendamente complicado. Pensó que quizá era muy egoísta por su parte lo que le iba a pedir.
- ¿Quieres ir a investigar a York?
- S-sí.
- ¿Y? ¿No crees que eres ya un poco mayor como para pedirme permiso? – preguntó su padre con una sonrisa burlona.
- Sabes a lo que me refiero… ¡No quiero dejarte solo! ¡No ahora que-¡ - cortó la frase a la mitad. Notó como si un millón de alfileres se clavaran en su corazón.
- Lo sé pero es tu decisión. Cualquiera de las dos opciones es válida para mí y lo sabes. Quedarte aquí para pasar más tiempo conmigo o esclarecer la duda sobre el paradero de mi padre, tu abuelo, lo cual lleva carcomiéndome los últimos 50 años… Decidas lo que decidas siempre salgo ganando algo. De hecho el que sale perdiendo en ambos casos eres tú.
- P-pero – intentó replicar Arthur sin ser capaz de retener más tiempo las lágrimas de sus ojos.
- No te preocupes por mí. Siempre has estado a mi lado y sé que a pesar de haber discutido todo lo posible y más me quieres aunque puede que no tanto como te quiero yo. ¿Sabes una cosa? No te doy opción. Vete. No dejes que una decisión como esta condicione tu futuro. Ya va siendo hora de que rellenes esa laguna del pasado. Tengo la impresión de que te vendrá bien salir y airearte un rato de todo este asunto de mi enfermedad. Además, ¿no me has dicho además que has hecho buenas migas con ese policía? Lo quiero decir es que aproveches ahora que eres joven y no te encierres en ti mismo o en un matrimonio sin amor como hizo mi padre. Sal, conoce gente, diviértete y por lo que más quieres no me des nietos tan rebeldes como lo fui yo en el pasado.
- S-sí pero…
- Arthur, no dejes pasar esta oportunidad.
- ¿Entonces no te importa?
- En absoluto. Vete a York, investiga todo lo que puedas y vuelve para contarme la verdad. Te estaré esperando.
- Averiguaré lo que pasó. Te lo juro.
Arthur abrazó fuertemente a su padre trasmitiendo todo lo que probablemente no podría expresar con palabras.
Alfred esperó ansioso la llamada de Arthur. Cierta parte de él temía que el inglés decidiera no acompañarle, lo cual era lógico dado el grave estado de su padre.
Arthur le llamó un jueves.
- Iré contigo – dijo el inglés nada más intuir que el otro había descolgado el teléfono.
- ¿Quedamos en la comisaría el sábado a las 9?
- Perfecto.
- Hey Arthie, ¿estás bien?
- Bueno Alfred nos vemos allí entonces.
Tras eso Arthur colgó el teléfono. Alfred por su parte, con el insoportable y creciente sentimiento de haber metido la pata, sostuvo el móvil un par de segundos más.
Llegó el viernes y con él, la hora de salida a York. Alfred se ofreció a conducir pero como de costumbre ya Arthur, haciendo honor a la famosa puntualidad inglesa, llegó antes.
Quince minutos más tarde Alfred se presentó en la puerta de comisaria.
- Hola Alfred.
- Hey Arthie, siento la tardanza.
- Arthur.
- Si respondes por ese apodo es que te identificas con él.
- ¿Resulta que ahora soy un perro y no me he enterado?
- Uf, como perro serías horrible. Yo diría que eres más independiente y gruñón como algunos gatos. Seguro que en el fondo te encanta que te llame así.
- Lo que sea.
- Jejeje genial. ¿Tienes todo preparado?
- Creo que sí. Me he traído un poco de todo por si pasamos mucho tiempo allí.
- Perfecto. Alquilé una habitación en un hotelucho de la zona porque me temo que tendremos que pensar en el dinero desde el principio ya que no contamos con la certeza de cuánto tiempo pasaremos allí.
- Claro, no hay problema.
El viaje fue tranquilo. Alfred no se atrevía a preguntarle acerca de su padre así que consideró que lo mejor sería repasar junto a él la información y hablar de temas sin trascendencia alguna.
Varios horas más tarde llegaron al hotel, el cual no tenía demasiada mala pinta. De hecho, el exterior era bonito y algo antiguo pero bien cuidado. El problema estuvo al subir a su habitación.
- ¿¡Una cama de matrimonio!? – exclamaron al mismo tiempo.
- Debe de ser un error.
- Más te vale Jones.
En recepción les atendió una mujer mayor que parecía más pendiente de la revista que estaba leyendo que de atender correctamente a sus clientes.
- Perdone pero ¿no hay otra habitación?
- Me temo que no señor. Por estas fechas suelen llenarse todos los hoteles de la zona.
Resignados, subieran de nuevo a la habitación y deshicieron parte de las maletas. Como habían discutido mucho al respecto, ninguno tuvo ganas de seguir con el caso por lo que se quedaron en silencio, cada uno en un lado de la pequeña habitación.
- ¡Venga Arthie no te enfades! ¡Yo qué sabía! Además no puedes enfadarte conmigo.
- ¿Ah no? ¿y eso?
- Porque es mi cumpleaños.
- Hoy es 4 de julio.
- Pues eso.
- No me creo que sea tu cumpleaños.
- ¿Por qué no?
- Es demasiado… ¿americano? No sé.
- ¿Es malo que sea demasiado americano?
- No me hagas responder a eso por favor.
Se quedaron en silencio hasta que Arthur salió de la habitación sin mediar palabra.
- Hey, ¿dónde vas? – preguntó.
Arthur llegó a los 15 minutos con una bolsita en la mano.
- No es porque me caigas bien pero me estas ayudando mucho y no estoy siendo demasiado considerado contigo así que aquí tienes.
Alfred abrió la bolsa que le ofrecía Arthur.
- ¿Una cupcake?
- Sí, ¿a los americanos os gustan esas cosas no?
Alfred se quedó mirando la cupcake unos segundos. Estaba decorada con una capa de color azul, blanco y rojo.
- Te habría traído una vela o algo para que la soplarás pero no vi ninguna.
La intensa mirada azulada del americano se cruzó con la esmeralda del inglés.
- Gracias Arthur.
El inglés se tensó al escuchar su nombre. El tono que había empleado el americano había sido tranquilo y para nada burlón, cosa poco normal.
Esa noche Arthur volvió a dormir poco, extrañado por la sensación de tener a alguien durmiendo a su lado y porque cada vez que cerraba los ojos la mirada penetrante de Alfred acudía a su cabeza.
A la mañana siguiente se acercaron al pub The Gilbird's nest para hablar con su dueño. El local era como cualquier otro pub inglés pero este estaba decorado con un pequeño pájaro amarillo y varias banderas de ¿Prusia? Arthur no estaba muy seguro.
- ¿Gilbert Bielsmidt?
- ¡El mismo! ¿Qué les pongo? Tengo una cerveza de importación alemana buenísima.
- Lo sentimos pero estamos de servicio. Tal vez otro día – se disculpó el inglés.
- Yo sí que quiero una.
Arthur miró sorprendido cómo Alfred se sentaba en un taburete de la barra.
- ¿De servicio?
- Investigamos el caso de la desaparición de Arthur Kirkland la noche del 14 de julio del 64. ¿Se acuerda de él?
- ¡Como para no! Grandes cejas, mal humor y un gusto exquisito por todo tipo de bebida de cierta graduación.
Arthur aclaró de forma notable su garganta. De alguna forma se sintió extrañamente molesto e incómodo con esa descripción.
- Ahora que me fijo eran iguales que las de ese chico – aclaró señalando a Arthur. – Unas cejas así nunca se olvidan.
- ¿Cuál era su relación con el Sr. Kirkland?
- Yo le servía las cervezas y él se las tomaba.
- ¿Sabe con quién se relacionaba los días previos? – preguntó Alfred para intentar desviar el tema.
- Siempre estaba con ese chino aunque bueno antes siempre venía con un francés.
- ¿Japonés quizá? ¿Kiku Honda?
- Puede ser, todos los orientales son iguales en el fondo.
Arthur suspiró de forma imperceptible. No tenía muy claro que pudieran conseguir algo de ese impertinente camarero.
- ¿Recuerda si pasó algo raro esa noche?
- Defina raro. En este negocio cada noche puede ser una bendición e incluso un castigo al mismo tiempo.
- ¿Esa noche fue una bendición o un castigo?
- Ambas.
- ¿Podría contarnos que pasó?
* Intro flashback *
El pub estaba abarrotado de gente que bailaba o bebía a partes iguales. Arthur estaba sentado en la barra junto a un atractivo joven, rubio, de profundos ojos azules sellados en unas gafas rectangulares.
- No entiendo qué es lo que hacemos aquí.
- En un rato lo entenderás.
El acompañante de Arthur asintió. Sabía que era inútil discutir con el inglés cuando se ponía así por lo que espero pacientemente a algo o ¿puede que a alguien?
- Oh! Qué grata sorpresa. No imaginé nunca que me honrarías con tu presencia el día de mi cumpleaños. Comment ça va mon petit lapin?
- Cállate. Solo vengo por cortesía y por cosas que no te incumben, frog.
- ¿Acaso tienes de eso? Pensé que te las das de perfecto caballero pero que en el fondo no tiene modales.
- Mira me tienes hasta las narices. Una palabra más y te espero fuera – amenazó el inglés cogiéndole de los cuellos de la camisa.
- Arthur cálmate – saltó su acompañante.
- Oh wow, ¿ya le llama por su nombre? Un poco desconsiderado teniendo en cuanta quién es y la brecha de edad entre ambos. Pero no hace falta, gracias. ¿Qué pensaría la gente de moi si pegará a un enclenque enfermo?
- Me sorprende que aún no lo haya hecho. ¿No se lo ha llegado a pedir nunca su jefecillo mafioso?
Francis se mordió la lengua para no seguir hablando. No era momento ni lugar. Gilbert, entre otros curiosos, observaba desde el final de la barra la ya más habitual escena a punto de intervenir en el caso de que alguno de los dos se pasase de la raya.
- Veo que estas en muy buena compañía. Últimamente es difícil verles separados – intentó contraatacar el francés.
Esta vez fue el chico rubio de ojos azules el que contestó a Francis.
- Lo que hagamos o dejemos de hacer no es de su incumbencia. Mi amigo ha dejado claro que no quiere saber nada de usted así que ¿por qué no nos deja en paz y disfruta de la fiesta? ¿O acaso no tiene a nadie más a quién molestar?
Francis no supo que contestar así que se retiró con un gruñido con la sensación de ser derrotado por un niñato de edad mental cercana a los 10 años. Porque había sido derrotado, en todos los sentidos.
*Fin de Flashback*
- Esa noche fue muy tensa. Había algo raro en el ambiente.
- ¿Arthur estaba enfermo? – preguntó Alfred con curiosidad.
- Él insistía en que no pero los últimos meses bajó mucho de peso y su cara estaba más blanca que de costumbre. Entiéndame, era inglés pero parecía un fantasma.
- ¿Sabe el nombre del hombre francés con el que discutió el Sr. Kirkland?
- Francis Bonnefoy. Buen cliente, siempre traía a muchas chicas al local.
- ¿Sabe la relación que mantenían y a qué se pudo referir con lo de su jefe?
- Socios, aunque no sé qué debió de pasar entre ellos porque no les vi el pelo en semanas hasta que Arthur vino con el chino. Antes tenían un negocio muy próspero pero acabaron a la gresca. Después de ello no sé a qué se dedicaba pero dicen las malas lenguas que estaba metido en algo turbio. Creo que nunca se ha llegado a mudar de aquí.
- Y ¿no conocerá por casualidad al hombre rubio que estaba con él?
- De vista. Alfred no sé qué. Empezaron a venir juntos, de hecho creo que se llegaron a conocer aquí pero no lo recuerdo bien.
Durante una décima de segundo Arthur cruzó una mirada con Alfred.
Alfred.
- Bien, gracias. Le dejo mi número por si recuerda algo más. Muchas gracias por su tiempo.
Alfred apuró lo que le quedaba de cerveza y salió junto con Arthur del local.
- ¿Arthur y Alfred? ¿En serio? Parece de chiste – comentó Arthur algo escéptico.
- La verdad es que sí. ¿Me pregunto qué tipo de relación tendrían?
- No lo sé pero con el nombre solo no creo que lleguemos muy lejos.
- Cierto, pero tenemos el de Francis. Me pregunto qué hacía él en el cumpleaños de alguien a quién desprecia profundamente – murmuró Alfred.
- ¿Te fías de lo que nos ha contado?
- Tanto como se puede confiar en alguien que ha escogido ese nombre para nombrar a su pub.
Arthur soltó una carcajada que intentó disimular con poco éxito.
Así comenzó su viaje a lo desconocido.
Quiero disculparme por mi falta de compromiso con respecto a este fic y a mi cuenta en general. Hace relativamente poco que terminé las prácticas del hospital y todos los trabajos que me mandaron pero necesitaba estar un par de días a mi aire. Como tampoco tenía preparado nada para este día, el cumpleaños de Alfie, decidí ponerme las pilas y escribir en un día este capítulo y bueno, salió esto. Tengo unas cuantas ideas más para one-shots y fics cortos UsUk pero prefería seguir con esta porque creo que la tengo más o menos encarrilada y empezar a escribir otra historia era demasiado después de todo el tiempo que he pasado sin escribir palabra.
También me cambié el nombré como fin de una etapa y el comienzo de otra supongo (?)
No os doy más el coñazo. ¡Muchas gracias por todos vuestros comentarios y votos!
¡Nos vemos! Y juro que esta vez será más pronto que tarde.
