Disclaimer: La historia pertenece a Heidi Betts y los personajes a Hiro Mashima.
Empezó a subir las escaleras de dos en dos y entró entró corriendo. Su tía estaba paseando de un lado a otro, intentando calmar al niña.
–Pobrecita –dijo Lucy, tomando a su hija en brazos.
–Gracias a Dios que estás aquí –comentó Stela aliviada–. Iba a darle un biberón, pero he esperado un poco porque sé que prefieres darle tú el pecho.
–Es cierto –le respondió Lucy, acunando a Nashi mientras iba a sentarse desabrochándose la blusa–. Muchas gracias.
–¿Cómo ha ido? ¿Se ha marchado ya Natsu? –le preguntó su tía.
–Sí, se ha marchado –murmuró ella.
Y se dio cuenta de que no estaba tan contenta como debiera. Había pensado que Natsu había salido de su vida para siempre, pero volver a verlo no había sido tan desagradable como había imaginado.
Le había bastado con ver sus ojos verdes para que le temblase todo el cuerpo. Y enseñarle la panadería no había sido tan horrible. De hecho, si no hubiese sido por el secreto que escondía en el primer piso, tal vez hasta le hubiese invitado a una taza de café. Lo que, en realidad, no era buena idea, así que tanto Lo que, en realidad, no era buena idea, así que tanto mejor que se hubiese marchado.
Tenía a Nashi pegada contra el pecho, tranquila después de haber empezado a comer, cuando Lucy oyó pasos en las escaleras. Teniendo en cuenta que las dos únicas personas que sabían de la existencia del apartamento ya estaban en él, sospecho que iba a llevarse una desagradable sorpresa.
No le dio tiempo a levantarse y esconder a la bebé, ni a gritarle a su tía que se pusiese en la puerta. De repente, vio a su exmarido, sorprendido y furioso, en la puerta.
Natsu no supo si sorprenderse o enfurecerse. Tal vez lo que sentía era una mezcla de ambas cosas. En primer lugar, Lucy le había mentido.
El espacio que había encima de la panadería no era un almacén, ni el lugar donde descansaba su octogenaria tía, sino un apartamento en toda regla, con una mesa, sillas, un sofá, una televisión… una cuna en un rincón y una manta amarilla llena de juguetes en medio del suelo.
En segundo lugar, Lucy tenía un hijo. No estaba cuidando el de una amiga; ni lo había adoptado después de su separación. Aunque no lo hubiese estado amamantando cuando él había entrado, habría sabido que era suyo por el protector brillo de sus ojos y la expresión asustada de su rostro.
Y, para terminar, aquél niño era suyo. Estaba seguro. Podía sentirlo. Lucy no habría intentado ocultarle que era madre si no hubiese sido suyo.
Además, sabía sumar dos más dos. Lucy tenía que haberse quedado embarazada antes de su divorcio, o haberlo engañado con otro hombre. Y a pesar de las diferencias que los habían separado, la infidelidad nunca había sido una de ellas.
–¿Me quieres explicar qué está pasando aquí? – inquirió Natsu, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones.
Lo hizo para evitar estrangular a alguien, en concreto, a ella. Por el rabillo del ojo vio moverse una sombra y tía Stela apareció con una manta para tapar el pecho desnudo de Vanessa y la cabeza del bebé.
–Estaré abajo –murmuró Stela a su sobrina antes de fulminar a Natsu con la mirada–. Grita si me necesitas.
Natsu no supo qué era lo que disgustaba tanto a tía Stela, cuando allí la única víctima era él. A él le habían ocultado que era padre. No sabía cuánto tiempo tendría el bebé, pero teniendo en cuenta el tiempo que llevaban divorciados y el que duraba un embarazo, debía de tener entre cuatro y seis meses.
La tía Stela y Lucy eran las malas de aquella película. Le habían mentido. Le habían ocultado aquello durante todo un año.
Natsu miró por encima de su hombro para comprobar que se habían quedado solos y dio otro amenazador paso al frente.
–¿Y bien?
Lucy no respondió inmediatamente, se tomó el tiempo de colocar la manta para que le tapase el pecho, pero no el rostro del bebé. Luego suspiró y levantó el rostro para mirarlo a los ojos.
–¿Qué quieres que te diga? –le preguntó en voz baja.
Natsu apretó los dientes y cerró los puños con fuerza.
–Estaría bien que me dieses una explicación.
–Por entonces no lo sabía, pero me quedé embarazada antes de que firmásemos el divorcio. Nuestra relación no era precisamente cordial, así que no supe cómo decírtelo y, si te soy sincera, no pensé que te importase.
Aquello enfureció a Natsu.
–¿No pensaste que me importaría mi hijo? –rugió–. ¿Que iba a ser padre? ¿Qué clase de hombre creía que era? ¿Y si tan malo pensaba que era, por qué se había casado con él?
–¿Cómo sabes que es tuyo? –le preguntó Lucy en voz baja.
Natsu rió con amargura.
–Buen intento, Lucy , pero te conozco demasiado bien. No habrías roto los votos del matrimonio por tener una sórdida aventura. Y si hubieses conocido a alguien que te interesase de verdad mientras estábamos casados… Natsu se quedó callado de repente.
–¿Es por eso por lo que me pediste el divorcio? –le preguntó–. ¿Porque habías conocido a otro?
Sabía que Lucy jamás le habría sido físicamente infiel, pero, emocionalmente, era otro tema. Había trabajado y viajado mucho durante su matrimonio y Vanessa se había quejado de que se sentía sola y de que la trataban como a una extraña en su propia casa, cosa que él podía entender, dado el carácter frío de su madre y que nunca le había importado la mujer con la que él se había casado. ¿Acaso no se lo había dejado claro desde que había llevado a Lucy a casa y le había anunciado su compromiso?
No obstante, en esos momentos sabía que, a pesar de No obstante, en esos momentos sabía que, a pesar de haber oído las quejas de Lucy, no las había escuchado.
Se había desentendido de su infelicidad y se había dejado consumir por el trabajo, diciéndose que era sólo una fase, y que Lucy la superaría. Hasta recordaba haberle sugerido que se buscase algún pasatiempo con el que distraerse.
No era de extrañar que lo hubiese dejado, después de que el hombre que se suponía que debía amarla y mimarla más que nadie en el mundo, la hubiese tratado así. Natsy fue consciente de que lo había hecho muy mal.
Y eso significaba que, si Lucy había conocido a otro, no podía culparla, ya que sólo había intentado ser más feliz de lo que lo era con él. La idea de que otro hombre la hubiese acariciado hizo que a Natsu se le nublase la vista, pero seguía sin poder culparla.
–¿Es eso? –volvió a preguntar.
De repente, necesitaba saberlo, aunque ya diese igual.
–No –respondió Lucy en voz baja–. No hubo nadie más, al menos, en mi caso.
Él arqueó una ceja.
–¿Qué significa eso? ¿Piensas que yo te fui infiel?
–No lo sé, Nats. Dímelo tú. Eso explicaría que pasases tanto tiempo supuestamente trabajando.
–Acababa de asumir el mando de la empresa, Lucy.
Había muchas cosas que requerían mi atención.
–Y, al parecer, yo no era una de ellas –murmuró Lucy en tono amargo.
Natsu los ojos, se le estaba empezando a formar un fuerte dolor de cabeza. No era la primera vez que la veía tan frustrada y descontenta.
–¿Vamos a empezar otra vez con eso? –inquirió.
–No –respondió ella enseguida–. Es lo bueno de estar divorciados, que no tenemos que hacerlo.
–¿Por eso me ocultaste que estabas embarazada? ¿Porque no te presté la suficiente atención?
Lucy frunció el ceño. El bebé seguía mamando de su pecho, a juzgar por los sonidos, porque Natsu no podía verle la boca.
–No seas tan obtuso –replicó ella–. No te ocultaría algo así sólo porque estuviese enfadada contigo. No sé si recuerdas que no nos separamos precisamente de manera amistosa, y que fuiste tú quien se negó a hablar conmigo.
–Pues tenías que haber insistido.
Ella lo fulminó con sus ojos cafes.
–Lo mismo podría decir yo de ti.
Natsu suspiró. Sabía que no iba a conseguir nada discutiendo con Lucy. Así que intentó calmarse y ser diplomático.
–Supongo que en eso podemos estar o no de acuerdo, pero, en cualquier caso, creo que me merezco algunas respuestas, ¿no?
La vio darle vueltas al tema, preguntarse por dónde empezar y qué contarle.
–De acuerdo –dijo por fin, aunque no parecía contenta con la idea.
Mientras él sopesaba sus opciones, la vio cambiar al niño de postura y abrocharse la blusa. La bebé estaba profundamente dormida. Y Natsu supo de repente qué era lo primero que necesitaba saber.
–¿Es niño o niña? –preguntó, con un nudo de emoción en la garganta.
–Niña. Se llama Nashi.
Nashi. Natashi.
Su hija.
A Natsu le costó respirar y se alegró ver que Lucy se levantaba del sofá y se giró para dejar la manta en el respaldo de éste, porque así no pudo ver cómo se le humedecían los ojos.
«Soy padre», pensó, mientras intentaba tomar aire y recuperar el equilibrio.
Habían hablado de tener hijos nada más casarse. Él había esperado que ocurriese pronto, se había sentido preparado. No obstante, como el bebé no había llegado el primer año, ni el segundo, la idea había ido apagándose poco a poco en su mente.
Y no había pasado nada. Él se había sentido decepcionado, y probablemente Vanessa también, pero habían seguido siendo felices juntos, optimistas acerca de su futuro. Natsu estaba seguro de que si no habían conseguido tener un hijo del modo divertido, tradicional, más adelante habrían hablado de adoptar, hacerse una fecundación in vitro o acoger un niño.
Al parecer, nada de eso había hecho falta. No, Lucy ya había estado embarazada antes de firmar los papeles del divorcio.
–¿Cuándo te enteraste? –le preguntó, siguiendo sus movimientos con la mirada.
Lucy tenía a la bebé apoyado en el hombro y le daba golpecitos en la espalda mientras se balanceaba suavemente.
–Más o menos un mes después de firmar el divorcio.
–Por eso te fuiste –dijo él en voz baja–. Pensé que te quedarías Magnolia después de la ruptura. Luego me enteré de que te habías marchado, pero no supe adónde.
Aunque en realidad tampoco había intentado averiguarlo, aunque sí que había mantenido los oídos abiertos, por si se enteraba de algo.
Ella se encogió de hombros.
–Tenía que hacer algo. No había nada que me atase a Crocus y pronto iba a tener una niña al que mantener.
–Habrías podido acudir a mí –le dijo él, intentando contener la ira y la decepción–. Habría cuidado de ti y de mi hija, y tú lo sabes.
Lucy se quedó mirándolo un segundo, pero con la mirada en blanco.
–No quería que tú te ocupases de nosotras. No por pena ni por responsabilidad. Estábamos divorciados. Ya nos habíamos dicho todo lo que nos teníamos que decir y cada uno había seguido su camino. No iba a ponernos a ambos en una situación en la que no queríamos estar sólo porque me hubiese quedado embarazada en tan mal momento.
–Así que viniste aquí.
Lucy asintió.
–Mi tía Stela llevaba ya un par de años viviendo aquí. Se había mudado con su hermana cuando tía Hikari había enfermado. Después de su muerte, Stela me dijo que la casa era demasiado grande para ella sola y que le vendría bien tener compañía. Cuando llegué, intentó solucionar, o al menos aliviar mis problemas dándome de comer. Y un día se me ocurrió la brillante idea de abrir una panadería juntas. Sus recetas son increíbles y a mí siempre se me había dado bien la cocina.
–Bien hecho –le dijo Natsu .
Con toda sinceridad. Le dolió no haber sabido nunca que Lucy tenía la habilidad de cocinar, y que había preferido mudarse con su tía antes de acudir a él al darse cuenta de que estaba embarazada.
Él tenía medios más que suficientes para mantenerla a ella y a su hija. Aunque no se hubiesen reconciliado, le habría puesto un apartamento en algún lugar donde pudiese ir a verlos y pasar así el máximo tiempo posible con la niña.
Pero eso Lucy ya lo sabía, así que si había decidido marcharse y mantenerse sola, había sido porque había querido. Jamás la había impresionado su dinero.
Nada más casarse, no había querido ir a vivir a la Nada más casarse, no había querido ir a vivir a la enorme mansión de su familia, y Natsu se preguntó en esos momentos qué habría ocurrido si le hubiese hecho caso.
Lucy dejó de dar golpecitos a la bebé en la espalda y Natsu le preguntó:
–¿Puedo tomarla en brazos?
Ella miró al niña, que dormía en sus brazos, con indecisión.
–Si no va a despertarse –añadió Natsu.
Lucy levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Lo que la hacía dudar no era el miedo a que la bebé se despertase, sino a que Natsu se acercase a su hija, o a tener que compartirlo, ya que hasta entonces había sido sólo suyo.
Luego suspiró.
–Por supuesto –le dijo, acercándose a darle la bebé.
El último niño al que Natsu había tenido en brazos había sido su sobrina, que ya había cumplido tres años, pero por adorables que fuesen los hijos de su hermano, por mucho que los quisiera, tenerlos en brazos no había sido comparable a tener a su propio hijo pegado al pecho.
Era tan pequeña, tan linda, transmitía tanta paz dormida.
Intentó imaginárselo recién nacida, nada más salir del hospital… pero no pudo, porque no había estado allí para verlo.
Frunció el ceño y supo que no podría marcharse de Magnolia sin su hija, sin haber pasado más tiempo con ella y sin enterarse de todos los detalles que se había perdido desde el nacimiento de la niña.
–Creo que tenemos un pequeño problema –le dijo a Lucy–. He estado al margen de esto y tengo que recuperar el tiempo perdido, así que voy a darte dos opciones.
Antes de que a Lucy le diese tiempo a interrumpirlo, continuó:
–O preparas la maleta y Nashi y tú venís a Crocus conmigo, o me das una excusa para que me quede yo aquí. En cualquier caso, voy a estar con mi hija.
Lucy deseó arrebatarle a Nashi y salir corriendo.
Encontrar un lugar en el que esconderse con su bebé hasta que Natsu perdiese el interés por ella y se marchase por donde había llegado.
Pero conocía bien a su marido y sabía que no iba a marcharse y dejar a su hija allí. Así que supo que tenía que enfrentarse a la realidad. De todos modos, había estado preparada para contarle a Natsu que estaba embarazada cuando lo había averiguado, y sus valores morales seguían siendo los mismos que entonces. No obstante, eso no significaba que estuviese preparada para hacer las maletas e ir con él a Crocus.
Su vida estaba allí. Tenía a su familia, a sus amigos y un negocio.
La idea de que Natsu se quedase en Magnolia hizo que se le acelerase el corazón, sintió pánico.
Estaba entre la espada y la pared.
