Lucy palpó la extraña tela del tocado de novia. Resultaba difícil imaginar cinco piezas parecidas a aquélla cada día, como hacían las vírgenes vestales. El peso del tocado hizo empeorar el dolor de cabeza en el momento que abandonó el tempo de Venus para dirigirse a casa de su padre. Se había entretenido en el templo lo más que se había atrevido, pidiéndole a la diosa que bendijera su futuro y su inminente boda, pero con la secreta esperanza de que se produjera el milagro y encontrarse una solución al problema.

La diosa guardó silencio.

La noche anterior sus sueños habían estado plagados de hombres que se convertían en voraces lobos y ánforas de vino rebosantes de oro que desaparecían en cuanto ella intentaba tocarlas. Había despertado con el canto del gallo, empapada en sudor y con las sábanas enrolladas en el cuerpo.

Era la mañana de su boda y la casa bullía de actividad. Lucy no había conseguido respirar con tranquilidad ni un instante porque todo el mundo tenía algo que preguntarle o un problema que solucionar. Entones había aparecido su padre acusándola de llegar tarde para la procesión al templo.

El collar de metal se le pegaba al cuello y el velo no dejaba de metérsele en la boca. El aroma de la hierbaluisa y el mirto de la guirnalda no contribuía a calmar sus nervios. No quería prestar atención a las miradas de los curiosos, por lo que mantenía la mirada baja, como correspondía a una novia de los Heartfilia. No iba a dar motivo alguno para que se chismorreara sobre ella en el foro o se dijera nada en contra de su familia.

Era perfectamente capaz de hacerlo. Se dijo a sí misma que no era diferente de cuando se había casado con Gray, pero sabía que mentía. Entonces había llegado al matrimonio si no con alegría, sí con satisfacción. Había conocido a Gray desde la infancia. Aun así, en los pocos días que habían estado juntos antes de que Gray marchara con su padre en aquel fatídico viaje, su esposo había cambiado; el muchacho sumiso de siempre se había convertido en un hombre orgulloso y autocrático.

Laxus Dreyar era algo completamente distinto, si eran verdad las escabrosas historias que le había contado Lisanna. Cómo que hasta el mar lo obedecía por miedo a la furia de su temperamento. Si un hombre como Gray se había vuelto arrogante y había desoído sus consejos, no quería ni pensar lo que pasaría con Laxus, ni lo que era ya.

Pero el roce de las manos de Gray nunca había hecho que se sintiera tan viva como se había sentido la noche anterior. El recuerdo de su boca tocándole los labios aún le aceleraba el corazón.

Quizá por culpa de aquel recuerdo, Lucy se tropezó con las piedras del suelo, pero la mano firme de su padre la agarró del codo y la condujo hacia un lado de la calle.

—Hija, espero que no me olvides a mí ni a tu antiguo hogar —le dijo su padre con una voz temblorosa cuando ya se acercaban a la villa—. Ven a visitarme siempre que te lo permita tu marido. Y procura que los asuntos de la familia sigan siendo sólo de la familia. Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Gracias, hija mía —le puso la mano en la mejilla y la mantuvo allí—. Siempre serás la única hija verdadera de mi casa —añadió con lágrimas en los ojos.

Lucy sintió un escalofrío en la nuca.

¿Qué estaba insinuando? ¿Había algo que no le había dicho? Era muy propio de su padre hacer un comentario aparentemente inocente y esperar que ella siguiese adelante como si nada hubiese pasado.

Pero ella debía saber toda la verdad.

—Padre, voy a casarme sine manu —dijo ella sonriendo con inquietud—. Conservarás el control legal sobre mí. Podré visitarte siempre que lo desee y desearé hacerlo a menudo, así que no temas por ello. Laxus no decidirá nada por mí.

—Calla, hija. No hagas una montaña de un grano de arena. No tengo la menor duda de que tu esposo será un hombre razonable. Después de todo, le interesa que se le relacione con los Heartfilia.

Jude Heartfilia le dio unos golpecitos en el brazo a modo de consuelo, pero sus ojos se apartaron enseguida de ella. Lucy se mordió el labio inferior. No había respondido a su pregunta. Su padre y su hermano tenían algo en común, el continuo empeño de tratar de evitar cualquier tipo de desavenencia. Había perdido la cuenta del número de veces que ella había tenido que atender a los acreedores simplemente porque ellos no habían estado disponibles. ¿Sería aquélla otra de esas veces?

—Padre, ¿qué quieres decir con que mi marido es un hombre razonable? —le tembló la voz al pronunciar la última palabra.

—No es momento para hablar de esto, hija. Mira, el novio y su séquito acaban de llegar. Demuestra que los Heartfilia siempre estamos a la altura de las circunstancias.

Lucy miró adonde apuntaba su padre y se quedó sin aliento. Había imaginado que Laxus Dreyar llevaría una túnica, pero iba ataviado con una elegante toga de lino que podría haber sido de malla por el modo en que moldeaba su musculoso cuerpo. El blanco inmaculado de la tela resaltaba su piel dorada, su cabello rubio y sus misteriosos ojos. Describirlo como un lobo era bastante aproximado. Poderoso e indómito.

Se acercó a ellos acompañado por sus testigos, entre los cuales había cuatro senadores de pelo gris, resplandecientes con sus togas blancas y con la banda púrpura. Lucy observó la escena boquiabierta durante unos segundos, después cerró los labios con fuerza.

Vio también cómo su padre se inflaba de orgullo y acudía a toda prisa a saludarlos.

—Siento la tardanza, Laxus Dreyar —le dijo con una especie de reverencia—. Ya sabes cómo se entretienen las mujeres en el templo de Venus. Mi hija quería hacer un último sacrificio.

—La espera ha merecido la pena —en sus ojos había más destellos dorados que nunca—. La novia nos llena de felicidad a todos.

Lucy sintió el ardor que le coloreaba las mejillas y un cosquilleo en los labios al recordar el roce de su boca. La atracción física era un aliciente para el matrimonio, o eso solía decir su niñera con gran solemnidad.

Aquel pensamiento fue como un jarro de agua fría. Aquél no era un matrimonio de dos almas como el de sus padres; era un matrimonio político que ella había aceptado tan sólo para salvar la dignidad de su padre. Un matrimonio que duraría sólo el tiempo que su padre estimara necesario, nada más. Lucy sería lo que siempre había sido, una hija obediente.

—¿Empezamos con la ceremonia? —sugirió ella con voz tranquila y sin mirar a Laxus. La emoción no tenía cabida en aquel casamiento, tan sólo era una transacción comercial. Una esposa en lugar de un cargamento de vino—. ¿Dónde está el auspex?

—Está con mis invitados —dijo Laxus señalando a un hombre delgado ataviado con una túnica sacerdotal—. Sus predicciones suelen ser muy certeras.

Lucy vio entonces cómo su padre se colocaba la toga y adoptaba la expresión que reservaba para cónsules o tribunos, aquéllos a los que consideraba sus iguales.

—Será mejor que pasemos al atrio, estamos atrayendo muchas miradas —apuntó su padre—. Hacía mucho tiempo que no recibía la visita de tan ilustre sacerdote.

—Lucy —le susurró Lisanna al oído mientras caminaban juntas hacia el atrio—, ¿cómo lo habrá conseguido Laxus Dreyar? Ese hombre es el ayudante del Pontifex Maximum. Es casi como si fuera a casarte el pontífice, como si fuera un matrimonio de dos patricios.

—El dinero lo compra casi todo, Lisanna —respondió Lucy con una tranquilidad que no sentía. Después se acercó al auspex intentando contener los elefantes de guerra que parecían habérsele alojado en el estómago.

A juzgar por la elección de los testigos y del sacerdote, parecía que aquel casamiento se hubiese preparado hacía tiempo.

Alguien llevó el cerdo al atrio para dar comienzo a la ceremonia. Lucy observó cómo lo abrían contenido la respiración y casi esperando que las entrañas del animal no fueran favorables. Pero no fue así, el auspex no tardó en dictaminar que aquel matrimonio contaba con el favor de los dioses y que, por tanto, podía celebrarse con su bendición. En todo momento, Lucy fue consciente de la cercana presencia de Laxus, pues su toga le rozaba la túnica.

—Debes estar contento —le dijo ella en un susurro—. Los dioses han bendecido nuestro matrimonio.

—¿Contento? —repitió él enarcando una ceja—. No es ni más ni menos que lo que esperaba. Las cosas tan importantes no se pueden dejar al azar.

Lucy abrió la boca con sorpresa, pero los invitados que de pronto los rodeaban hicieron que no siguiera preguntando.

Tan pronto como se intercambiaron los contratos y se les pusieron los sellos de los testigos, Lucy se volvió a mirar a Laxus Dreyar y se dio cuenta de que su aspecto era más el de un tribuno o un senador que el de un simple capitán de barco.

¿Había cometido un error? ¿Quién sería exactamente la familia de aquel hombre?

Todos los senadores por los que se había hecho acompañar habían sido simpatizantes de Cayo Mario, el hombre que había luchado y perdido ante Sila, hombres con los que su padre no había tenido apenas relación. Al principio de la guerra civil su padre había apoyado a Sila y la fortuna de la familia había aumentado considerablemente.

Lucy sintió un repentino terror. Tenía la sensación de que Laxus Quinto Dreyar era algo más de lo que en un principio había creído. Aquel matrimonio había sido muy rápido, demasiado.

—Padre…

—Hija, ¿cuándo aprenderás a estar callada? Casi interrumpes al auspex.

Antes de que pudiera preguntarle nada, el auspex prosiguió con la parte final de la ceremonia, la unión de las manos. Lucy trató de olvidarse del nudo que tenía en el estómago. Su padre sabía algo y pretendía ocultárselo hasta el último momento.

Movió la cabeza intentando sacudirse el miedo que empezaba a apoderarse de ella.

Aquella parte de la ceremonia era pura formalidad, un vestigio de tiempos pasados. Laxus declinaría el ofrecimiento de su mano por parte de su padre y Lucy quedaría bajo la tutela paterna.

Así sería. Ese miedo que sentía era producto de su exagerada imaginación. Tenía que comportarse con la dignidad y la elegancia propias de una mujer perteneciente a una de las familias más importantes de roma.

—Yo, Jude Heartfilia, te concedo la mano de mi hija, Lucy Heartfilia, a ti, Laxus Quinto Dreyer.

—Acepto el honor.

Su padre puso la mano de Lucy sobre la de Laxus y él la agarró.

Lucy miró la mano fuerte que cubría la suya y después a su padre. Sintió también las cosas más nimias: el velo rozándole la boca, el roce de las tiras de las sandalias. Todo y nada mientras Laxus Dreyar completaba el ritual. Al principio creyó que había oído mal las palabras de su padre. Esas cosas ya no pasaban en la Roma que ella conocía. Pero entonces miró a su izquierda, vio el gesto asustado de Lisanna y supo que era verdad.

Lo había hecho.

Su padre había hecho lo impensable.

La había casado con Laxus, el Lobo de Mar, entregándole su mano. Y el Lobo de Mar la había aceptado.

¿Cómo había podido hacer una cosa así? ¿Cómo había podido su padre dejar que eso pasará sin decírselo, sin darle siquiera la oportunidad de protestar?

Sintió deseos de gritar, pero de su boca no salía sonido alguno. El auspex estaba ya envolviendo sus manos con una tela en lugar de ponérsela en la cabeza. Estaba hecho. Lucy ya no pertenecía a la familia Heartfilia.

Ahora todo pertenecía a su marido.

Su padre seguía allí de pie, con el rostro totalmente falto de expresión y la mirada al frente. Se disponía a dar el paso atrás que formaba parte del ritual como símbolo de su renuncia a todo control sobre su hija. Su padre había sabido el tipo de ceremonia que sería y se lo había ocultado intencionalmente. La había engañado igual que Ulises había engañado a los Cíclopes.

—Padre —le susurró ella para que se detuviera.

—No tenía otra opción, hija, pero debes confiar en mí. Haré todo lo que pueda —dijo apretándole brevemente el brazo antes de echarse atrás—. Haz que me sienta orgulloso de ti.

Laxus no dio señales de haber visto nada extraño y siguió adelante, hablando con voz suave:

—Prometo cuidar de tu hija con mi vida. Ubi tu Lucy Dreyar, ego Laxus Quinto Dreyar.

—Y ahora, Lucy —le dijo el auspex mirándola fijamente—, te toca a ti. Repite conmigo. Ubi tu…

Tenía que hacerlo, no tenía elección. Si se negaba a hacerlo, pondría en vergüenza a su padre delante de aquellos senadores y Laxus no dudaría en reclamar el oro que le debían, haciendo pública su deuda. Laxus estaría en su derecho de exigir que lo vendieran todo para pagarle. Ningún amigo de su padre movería un dedo para ayudarlo; todos ellos se comportarían como buitres, intentarían hacerse con todo lo que pudiesen por poco dinero, aunque siempre con palabras de comprensión. Lucy había visto muchas situaciones parecidas en los últimos años.

No, no tenía elección.

Para salvar a su padre y su reputación tendría que renunciar a su familia y entrar a formar parte de la de su marido. No tendría derecho a divorciarse de él ni a abandonarlo. Al entregarle su mano a Laxus su padre la había privado de tal derecho.

Lucy pronunció la primera palabra, cerró los ojos y se concentró para seguir hablando sin que le temblara la voz. No podía avergonzar a su familia. Tenía que ser fuerte y mostrarse segura de sí misma. Abrió los ojos y se encontró con los de Laxus, que la miraban fijamente. El sonido se negaba a salir de su boca.

Su padre le dio un suave codazo en la espalda. Volvió a intentarlo.

Ubi tu Laxus Quintus Dreyar, ego Lucy Dreyar.

—Ahora sois marido y mujer, cum manu —declaró el auspex—. Puedes besar a la novia.

Lucy levantó el rostro obedientemente, esperando el breve roce de sus labios como el día anterior. Los brazos fuertes de Laxus la rodearon y la atrajeron hacia su pecho para que tomara lo que ya era suyo por derecho. Sintió los labios de Laxus estrellándose contra su boca, capturándola y haciendo que se entregara a aquella increíble sensación. Lucy abrió la boca y de pronto nada importaba, sólo aquel beso.

Pero acabó tan repentinamente como había empezado. Laxus retiró los brazos y ella quedó sin aliento, luchando por respirar. Una sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro. Nadie, ni siquiera Gray, la había besado de ese modo. Y mucho menos delante de tanta gente.

Los gritos de alegría no se hicieron esperar; los presentes los felicitaban y pedían a gritos que volvieran a besarse. Lucy se alegró de poder refugiarse tras el velo que había vuelto a colocarse. Al mirar a Laxus se dio cuenta de que la multitud se comportaba exactamente como él deseaba.

Sintió su mano en la cintura mientras veía cómo muchos invitados se decían cosas al oído. No era difícil imaginar lo que decían.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó en voz baja.

—¿Hacer qué? —dijo él sin el menor atisbo de arrepentimiento—. ¿Es que no puedo besar a mi esposa el día de mi boda?

—Pero has hecho que parezca que… que ya habíamos intimado.

—¿Y?

—Mañana en los baños, todo el mundo me mirará el vientre para ver si ya estoy criando —dijo confesando sus temores—. Entre el auspex, los senadores y ahora ese beso, nadie creerá que este matrimonio se preparó en un solo día. Seguro que los rumores ya han empezado a extenderse por el foro.

—La gente dirá lo que quiera. La verdad no importa, sólo importa lo que la gente crea. Es una lección que aprendí hace ya mucho tiempo —se encogió de hombros, pero no retiró la mano de su cintura—. Estamos casados legítimamente y nadie puede decir que haya otros motivos para este matrimonio.

—Pero no es la verdad.

Entonces retiró la mano y Lucy sintió frío donde antes había sentido su calidez.

—¿Preferirías que dijeran que tu padre tiene problemas económicos? —le preguntó con voz áspera—. ¿Que vendió a su hija por un cargamento de vino?

Lucy bajó la mirada al suelo y no respondió.

—¿Preferirías que se le pusiera en ridículo y perdiera su condición de senador? Te aseguro que puedo hacer que sea así.

Aquello hizo que Lucy levantara la mirada hacia él.

—No, pero…

—Deja que los curiosos te miren el vientre. No tienes de qué preocuparte , tu figura es tan esbelta que casi puedo rodearte la cintura con las dos manos —dijo demostrándolo.

Lucy tensó el cuerpo y trató de no sentir el calor de sus manos. De otro modo, no tardaría en suplicarle que la besara de nuevo. Se sentía traicionada por su propio cuerpo. Tenía que hacerle entender que había eliminado su buena voluntad al casarse con ella de ese modo.

—No es lo que esperaba.

—¿Qué es lo que esperabas?

Se frotó la nuca mientras consideraba la respuesta. Tenía que pensar, pero su cabeza no dejaba de dar vueltas a aquel beso.

—Esperaba que las cosas fueran como suelen ser… que todo el mundo se comportase decentemente.

—¿Quiere eso decir que no te ha gustado el beso? —preguntó mientras recorría su mejilla con el dedo—. ¿O me estás pidiendo otra demostración?

¡Estaba malinterpretándola intencionadamente!

—¿Otra demostración de qué? ¿De tu habilidad con las mujeres? No hace falta que demuestres nada, pero te recuerdo que yo no soy una de tus aburridas mujeres de Baiae —no sabía si estaba más molesta con él por haberla besado de ese modo o con su propio cuerpo por responder a sus caricias. Se humedeció los labios con la lengua—. El banquete a empezado. N sabes lo difícil que ha sido encontrar carne e higos de buena calidad en tan poco tiempo…

Su mano la agarró del brazo y la obligó a volverse a mirarlo de nuevo.

—Yo jamás te compararía con las mujeres de Baiae. No te pareces en nada a ellas.

Lucy volvió a bajar la mirada y se concentró en la tesela que faltaba en la aleta del delfín del mosaico. Le debía algún tipo de explicación, pero si se la daba allí, alimentaría los chismorreos. Si alguien lo oía, el bien que le había hecho aquel matrimonio a su padre quedaría anulado.

Los invitados empezaban a rodearles para desearles buena suerte y felicidad. Por el momento, tendría que mantener silencio, pero no pararía hasta averiguar por qué Laxus se había casado con ella de ese modo.

Consiguió que la soltara con un ligero movimiento. Un alivio temporal. Las Parcas habían enredado bien el hilo de su vida. Acababa de perder todas sus costumbres y rutinas. Ya no podría ver a su padre, al hombre que la había criado y velado por su bien, su protector frente al mundo. Su existencia dependía ahora un hombre al que apenas conocía, un hombre de temible reputación. Un hombre cuyas intenciones desconocía.

—Están llegando los invitados a la fiesta. Hablaremos de esto más tarde —le dijo ella con tranquila determinación.

—Como desees, pero debes saber que no tengo intención de dejarme engañar —dijo antes de hacerle una pequeña reverencia y volverse a saludar a un invitado.