Capítulo 4: De caos, miedo y ellas

Nota de autora: Si no recuerdan muy bien como fue el día que nacieron las chicas, pueden darle otra leída al capítulo 3 de "Make my own history" y capítulo 12 para la parte de Yurio.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—No. Definitivamente no vamos a poder salir hoy.

Víktor cerró la puerta de su casa, aporreada con fuerza por la gigantesca tormenta invernal que se había desatado en el transcurso de la tarde y que, según las noticias, era la más fuerte que había en, por lo menos, cinco años. Pero al ruso eso no le molestaba. Tenía cierta fascinación por ese clima tan extremo, y sabía de antemano que había que prepararse cuando diciembre llegaba, pues el clima de San Petersburgo no perdonaba.

El fuego en la chimenea, crepitando a un ritmo que se le antojaba demasiado tranquilo, y su esposo en la cocina preparando delicioso chocolate caliente, eran una escena demasiado cálida, casi irreal. Su corazón no podía sentirse más cálido y feliz. Excepto, claro, cuando veía el adorable vientre de ocho meses y medio de Yuuri, dónde su pequeña estaba a tan poco tiempo de llegar a cambiar sus vidas y regalarles de la mayor felicidad. Y eran perfectos.

La escena sería demasiado perfecta, de no ser porque alguien irrumpía en palabras altisonantes y continuos improperios contra la nieve, sin que su novio pudiera hacer nada para detenerlo. Pero Plisetsky tenía una buena y justificable razón para estar tan molesto y preocupado.

—¡No voy a quedarme aquí! ¡Que la tormenta intente hacerme algo, le ganaré!

—Yura… no podemos salir. La nieve no nos dejará avanzar y podríamos sufrir un accidente o algo así -el kazajo trataba de hacer entrar en razón al joven ruso, mientras se secaban con toallas lo húmedo que la tormenta los había dejado.

—Pero mi abuelo… sus medicinas… tengo que dárselas -Yuri bajó la mirada al piso y los dos hombres junto a él casi podían jurar que iba a llorar -No hubiéramos salido de casa si no fuera por eso, de verdad tengo que regresar con él.

—Escucha, Yurio -Yuuri se acercó a él y le tendió una taza de la humeante bebida - ¿Tú abuelo tiene una enfermera con él? -el rubio asintió levemente, apretando sus manos contra la porcelana -No está solo, entonces. Ella sabrá que hacer. A Nikolai no le sentará bien que andes como demente por las calles con este clima.

—Pero puede sentirse mal, y si yo no estoy…

—Nos iremos en cuanto pase la tormenta, lo prometo -Otabek tomó sus manos y las apretó, tratando de reconfortar un poco al chico.

Y es que Nikolai Plisetsky había estado pasando unos terribles días. Su corazón ya no era el mismo y estaba teniendo algunas recaídas y periodos de enorme cansancio. Por supuesto, eso había tenido a Yuri con los nervios crispados. Sólo por eso había salido de su casa en compañía de su pareja. Pero la tormenta los sorprendió y el refugio más cercano con el que contaban era la casa del matrimonio Nikiforov-Katsuki.

—¿Mejor? -Yurio escuchó que le preguntó Víktor y, tal vez por una sola vez en la vida, no deseó golpearlo.

—Sí… pero de cualquier forma quiero llamarlo para que no se preocupe -murmuró, sacándole una sonrisa de casi orgullo a su novio.

—Claro. Hazlo rápido antes de que la red de teléfono también falle -aconsejó Yuuri sentándose en el sofá largo y colocando un plato sobre su vientre, lleno de malvaviscos y frutillas con chocolate.

Víktor se enterneció sólo de verlo y se fue a reunir con él, proporcionándole calor humano, pero siendo reprimido de siquiera acercarse a los aperitivos del japonés, so pena de quedarse sin cenar.

Mientras Yurio terminaba de hablar con su abuelo, y Otabek terminaba de secar el nuevo estilo de cabello corto del rubio, la pareja de futuros padres comenzaba a quedarse dormida en el sillón, olvidando por completo la película que estaban viendo. O eso fue hasta que Yuuri soltó un leve quejido, como todos los que había dejado ir ese día.

—Oye, ¿estás bien? -lo cuestionó Víktor, despertando por completo del letargo en el que había empezado a entrar.

—¿Eh? Mmm… sí. Solo es lo normal -respondió el pelinegro, restándole importancia al asunto.

—Yuuri... no ha dejado de dolerte en todo el día, ¿verdad? -la voz del peliplata sonaba preocupada, y pasó su mano por la piel henchida y cubierta, como si con eso lo ayudara a sentirse mejor.

—Igual que ayer, amor. Estamos bien, es solo que… no sé. Son punzadas muy raras.

—¿Quieres que llame al doctor Usmanov o… a Fitzgerald para que pregunte? -estuvo a punto de no proponer a Brendan, y sólo lo hacía porque Yuuri parecía sentirse muy cómodo con él.

—No puedes. Las líneas murieron -interrumpió Yurio sentándose en un almohadón tendido en el suelo, recargado en las rodillas de Otabek que estaba en el sillón.

—¿En serio?

—Sí. Apenas pude terminar de hablar con mi abuelo -replicó el chico, tomando las golosinas que el kazajo le tendía -Probablemente vamos a morir congelados hoy.

—¡Yurio! La bebé puede escucharte y asustarse – le recriminó Víktor al rubio.

—No nos escucha, anciano.

—¡Si lo hace!

—Por supuesto que no. Además, ¿Quién querría escucharte?

—Pues a Yuuri le gusta escucharme

—¡El cerdo no cuenta!

—Yura, Víktor…

—Espera, Otabek -interrumpió el peliplata -Para tu información, mi bebé se mueve cuando le hablo. Obvio le gusta mi voz.

—Oigan…

—Ahora no, Beka. El anciano no entiende que…

—¡Yura! -no fue precisamente un grito. Fue más como un fuerte susurro fuerte, pero sirvió para que los dos rusos lo miraran ofuscados y él pudiera señalar a los brazos de Víktor, donde Yuuri había caído en un sueño demasiado profundo.

Yurio entornó los ojos y decidió no seguir la discusión. Se unió al sofá con Otabek y se concentró en ver la película que estaba por terminar, mientras que Víktor sonrió enternecido. Acarició con suavidad la mejilla de Yuuri y después de darle un corto beso en la frente, se unió a él en tranquilo letargo.

No hubiera sido tan tranquilo si Víktor se hubiera percatado de que Yuuri se había dormido con su mano aferrada con firmeza a una almohada, como si quisiera resistir.

Eran la seis de la tarde y la nieve no hacía más que seguir cayendo furiosamente, dejando encarcelados en sus casas a todo habitante de San Petersburgo, incluyendo a las dos peculiares parejas de patinadores.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

Yuuri se despertó de su larga siesta media hora antes de que el reloj marcara las diez de la noche. Absolutamente todo estaba en penumbras y los otros tres hombres en la sala estaban completamente rendidos al mundo onírico. Otabek estaba apoyado en el respaldo del sofá, con expresión completamente serena. La cabeza de Yurio reposaba en sus piernas y una de sus manos estaba enredada en las finas hebras doradas.

Detrás de él, Víktor dejaba escapar unos levísimos ronquidos de sus labios apenas abiertos. Uno de sus brazos servía de almohada mientras que su mano izquierda se entrelazaba con la derecha de su esposo por encima de su vientre.

Hubiera vuelto a dormir, pues estaba demasiado cómodo en el regazo de su marido, de no ser porque una fiera hambre lo atacó. Eso y una ligera urgencia de ir al baño. Como pudo, cuidando de no mover demasiado a su ruso, se soltó de él y se levantó.

Tenía que admitirlo, a esas alturas del embarazo, su bebé comenzaba a pesar demasiado y ya no era tan fácil moverse por la casa. Estaba consciente de que era algo nuevo y su cuerpo estaba tratando con todas sus fuerzas de sobrellevarlo, pero no había sentido tanta incomodidad como en esas fechas, pues era como si el peso fuera mayor a cada día que pasaba.

Una vez que echó una manta por encima de los que estaba dormidos, fue a la cocina a buscarse algún bocadillo. La porción restante de pastel con fresas lucía demasiado tentadora, pero sabía que había consumido demasiada azúcar en el día, así que se decantó por una manzana, misma que no pudo ser comida y acabó rodando por el piso del lugar.

—Dios… agh… -se quejó cuando una punzada considerablemente más fuerte que las demás se hizo presente en su vientre bajo.

Se sostuvo como pudo de la barra de la cocina. Sus manas temblaban, sus nudillos se estaban poniendo blancos por la presión y hasta su mente comenzó a nublarse. Hubiera querido llamar a Víktor, pero su garganta estaba demasiado ocupada aguantando el grito del punzante dolor que quería salir.

—No… no… no me… hagas esto… bebé… -susurró para la pequeña, tocando su vientre y resistiendo lo mejor que podía.

El dolor no era abrumador, no lo estaba doblando, pero si era completamente diferente a los que había sentido durante todo el día y eso lo impresionó. Cuando la sensación pareció desvanecerse poco a poco, dejándolo con una sensación de incomodidad, el peso de lo que parecía ser la realidad cayó sobre sus pensamientos. No le había puesto la suficiente atención en todo lo que había sentido esa semana, y ahora el miedo se cernía sobre su ser. ¿Sería posible que…?

No era una completa locura, y si lo analizaba bien, los mismos síntomas que mencionó el doctor Usmanov lo habían estado aquejando esa semana y se habían intensificado ese mismo día. Todo su cuerpo empezó a temblar ante la perspectiva. Tal vez el momento estaba llegando y su hija estaba a nada de ver la luz del mundo.

Alegría y pánico iniciaron un jugueteo con su corazón. No era el mejor momento para que naciera. No cuando todos estaban atrapados en la casa y la tormenta afuera parecía no tener fin. Iba a resistir lo mejor que podía si se daba el caso, pero hasta él sabía que no podía ser mucho tiempo.

Cuando su estado le permitió moverse de nuevo, caminó lo más rápido que pudo hasta el sofá donde su esposo seguía durmiendo. Ahora, más que nunca, lo necesitaba con él para que le hiciera creer que todo iba a estar bien.

—Vík… Víktor… despierta -lo zarandeó un poco para interrumpir su sueño, pero la voz salió más temblorosa de lo que pensaba.

—¿Amor? ¿Qué pasa? -el ruso se levantó lentamente, pero la alarma se encendió en sus ojos azules cuando vio a Yuuri pálido, sujetándose el vientre y con el cuerpo trémulo - ¡Yuuri! ¿Qué tienes? ¿Qué sucedió?

—Me… me dolió… -intentó explicar, sintiéndose temeroso de nuevo -Estaba en la cocina… no fue mucho, pero… pero tengo miedo, Víktor.

—No, no, mi Yuuri -el peliplata lo tomó entre sus brazos y lo apretó suavemente al tiempo de que besaba su cabello -Estoy aquí contigo. Van a estar bien.

—¿No vas a entrar en pánico? -preguntó, aferrándose a los musculosos brazos.

—Estoy aterrorizado, Yuuri, no te prometo nada -bromeó para relajarlo un poco.

Pero no estaba preparado para la dolorosa presión que sintió en sus brazos cuando las manos de Yuuri lo apretaron con fuerza. Primero pensó que era el miedo, pero al ver el semblante fruncido y desencajado del japonés, no pudo evitar que una sensación parecida al terror inundara sus venas.

—¡Yuuri! ¡Yuuri! ¿Qué está pasando? -gritó cuando lo vio arquear su espalda y llevar una mano a su vientre, estaba haciendo un esfuerzo por no gritar y al ruso le dolió en el alma lo que estaba viviendo -Yuuri…

—¡Cállate! ¿Cómo de que qué pasa? ¡Duele! -gritó por fin, y si no le dio un golpe a Víktor fue porque sus manos estaban ocupadas canalizando la sensación de que los músculos dentro de él se estiraban como ligas.

Víktor calló, pero el grito del japonés despertó a los dormidos. Somnolientos, buscaron que estaba pasando, pero su expresión se desencajó al ver la mueca de dolor del pelinegro, quien ya había comenzado a sudar frío, cuando apenas habían pasado unos segundos. Para sorpresa de todos, el rubio se incorporó inmediatamente y corrió al lado del japonés.

—¿Katsudon? -Yurio tomó su mano y sintió como Yuuri la apretaba con firmeza -Anciano… ¿qué pasa?

—No sé… él… me dijo que le estaba doliendo…

—Ya está pasando… -indicó Yuuri, sintiendo que poco a poco la molestia se iba.

—Yuuri… -Otabek se arrodilló se acercó a donde todos estaban tratando de dar un poco de paz al japonés mientras Víktor iba por un vaso de agua -… ¿Ya? ¿Ahora?

—No… no lo sé -respondió, recuperando el aire que lo había abandonado -Faltan dos semanas…

—¡Yuuri! ¡Aquí está el agua! ¿Ya estás mejor? ¿Qué está pasando? ¿Es la bebé? ¿Llamó al hospital? Pero la nieve… ¿Cómo vamos a llegar? ¿Crees que puedes esperar?

—¡Ya cállate, imbécil! Sólo lo vas a poner peor -Yurio paró las estresantes preguntas de Víktor y le arrebató el vaso de agua, tendiéndoselo al kazajo para que se lo pasara a Yuuri.

—¡No es cierto! ¡Me preocupa! -se defendió el ruso mayor, volviendo a la cocina para buscar que más darle a su esposo, seguido del rubio.

—Si te preocupa deja de portarte como un niño y cálmalo -recriminó Yurio, señalándolo amenazadoramente con el dedo.

—Tú deja de gritar. Tenemos que ir al hospital enseguida. Si es la bebé… tenemos poco tiempo.

—¿Y cómo pretendes que vamos a salir de aquí? Te recuerdo que hay medio metro de nieve allá afuera.

—¿Crees que tengo idea de lo qué vamos a hacer? Estoy pensando -replicó Víktor, comenzando a perder los estribos.

—¡Tú eres el papá! ¡Se supone que debes saber que hacer!

—¿¡Y yo cómo iba a saber que probablemente quiere nacer en medio de una tormenta invernal?!

—Oigan… chicos… -Yuuri se levantó del sofá con ayuda de Otabek. Estaba sintiendo algo raro, demasiado extraño y los dos rusos peleando no estaban ayudando en nada.

—¡No es que sea probable! ¡Es que la cerdita va a nacer! ¡Haz algo!

—¡No estás ayudando! ¡Necesito llamar al hospital! -Víktor corrió a su habitación, seguido de cerca por Yurio, sin prestar atención a que Yuuri le estaba hablando.

—¿Y cómo vas a llamar si las líneas están muertas? -lo escucharon gritar al tiempo que volvían a la cocina.

—Plisetsky… ¿Cuál es tu punto?

—Víktor… la… -tartamudeó Yuuri al darse cuenta de que era lo que estaba pasando.

—Yo sólo estoy diciendo que dejes de ser infantil y te concentres -explicó Yurio, sin dejar de estar alterado.

—Vík… tor… Yurio…

—Podrías ser de más ayuda si empiezas a…

—¡Víktor! -la voz de Otabek se alzó por encima de la inútil discusión que estaban manteniendo los rusos a tiempo de ver una escena que causó pavor entre todos.

Yuuri lo sintió con perfecta claridad. Primero fue un extraño movimiento de la niña, después como si un pequeño globo de agua se hubiera reventado en su interior. A continuación, el líquido solo se resbaló por sus piernas, empapando a su paso y dejando una sensación de frialdad no solo en su piel, sino también en su mente. Tanto así, que sus extremidades le fallaron y hubiera caído desmayado al suelo de no ser porque el kazajo estaba a su lado para sostenerlo.

—¡Yuuri! -Víktor corrió a su lado y sostuvo con cuidado su cabeza, siendo testigo de lo último que esperaba ver ese día.

La fuente se había roto y el tiempo había comenzado a correr en su contra. El reloj marcaba las diez y media, por lo que tenían apenas hasta la una de la madrugada para llegar al hospital. De otra forma, ambos corrían un peligroso riesgo.

—¡Ahora sí llama a alguien! -gritó Yurio, que apenas se podía mover de donde estaba.

Antes de hacer cualquier cosa, Víktor y Otabek llevaron a Yuuri a un sofá. Con las manos aun temblando, el peliplata buscó su celular y marcó los dos números que tenía agendados para esa situación. Estaba a punto de arrojar el móvil a un lugar lejano después de que se escuchara una voz femenina diciéndole que las llamadas no estaban disponibles, hasta que una de esas frenéticas marcaciones logró llegar a su destino.

"—Buenas noches, Víktor. ¿A qué debo tu llamada?"

—Bren… Brendan… -las palabras se atoraron en su garganta. No había modo de que lo explicara sin que sintiera el miedo atenazando su estómago -Es… es Yuuri.

"—¿Qué pasa con Yuuri? ¡Víktor! ¡No te quedes callado! Dime" -el usual tono relajado de Brendan se había modificado para evidenciar que se había alterado en cuestión de segundos.

—La… la fuente… la bolsa… ¡Salió mucha agua!

"—¿Se rompió? No puedes esperar un minuto más, tienes que llevarlo al hospital. No pueden dejar que avance demasiado."

—¡Ya lo sé! -gritó exasperado al teléfono -Ya estuviera ahí si no hubiera una tormenta afuera. ¡El hospital no responde y no puedo sacarlo con el frío que hay!

"—Bien, bien, entiendo. Escúchame. Intentaré comunicarme con el doctor Andrei, ya está listo para esto y hacer que Yuuri resista lo más que pueda."

—¡Pero le duele, Brendan! Se desmayó, pero si despierta va a sufrir de nuevo.

"—Lo sé. Y en verdad que a mí también me duele, pero va a tener que resistir hasta que alguien llegue por ustedes. Por lo que más quieras, evita que puje o haga el mínimo esfuerzo. No debe hacerlo o forzará a la bebé a nacer por donde no debe y…"

—¿Y qué? -Víktor estaba seguro de que, si el americano estuviera ahí, ya lo habría sacudido.

"—Mejor no lo pensemos. Va a despertar y va a necesitarte, Víktor. No flaquees. Si en una hora no me he comunicado y no ha llegado la ambulancia… vas a tener que cubrirlo con todo lo que tengas y lo llevarás como puedas a hospital. ¿Me entendiste? Sí puedes conseguir algo que no sea una ambulancia, también sirve"

—Sí… sí -el ruso notó como Yuuri se removía incómodo en el sofá, apretando entre sus manos las mangas del suéter que usaba -Ya vuelve en sí.

"—Dile que saldré inmediatamente hacia allá y que tiene que ser fuerte por él y… "

La llamada se cortó sin que Brendan terminara la frase. Segundos después, el sonido más desgarrador que había escuchado se hizo presente, helando a todos los que estaban en el lugar.

—¡Ahhh! ¡Víktor! ¡Agh! -Yuuri aporreó con todas sus fuerzas el mullido sillón. Su esposo se apuró a sostenerle la mano y aunque la oprimió con fuerza tan descomunal que sintió que se la rompería, no se apartó de él - ¡Duele! ¡Duele mucho!

—Lo sé, mi amor. Pero estoy contigo. Haré lo que sea para llevarte con Andrei. Resiste un poco más, Yuuri -pidió Víktor, ocultando la desesperación de ver a su esposo sufrir de aquella manera. Su mente comenzó a trabajar al doble, pensando en que podía hacer para llegar a su destino, cuando la idea lo golpeó de repente, al tiempo de que Yuuri se relajaba un poco -Yurio, quédate con él. Tengo que hacer otra llamada.

El rubio atendió a la petición y fue a reunirse con un agotado y sudoroso Yuuri, que respiraba con dificultad. Víktor se levantó y no supo a quién agradecerle que la llamada conectó.

"—Vitya… ¿qué son estas horas de llamarme?"

—No tengo tiempo, Vladya. Tienes que ayudarme.

"—¿Qué carajos pasa, Víktor? –el general se alteró al escuchar las trepidantes palabras de su hermano."

—Es Yuuri… la bebé… ya viene… ¡Ya va a nacer, Vlad!

"—¿Pero qué demonios? ¡Vas a ser papá! ¿Justo ahora?"

—Sí… sí… pero no podemos llegar al hospital. La tormenta bloquea los caminos. Yuuri está sufriendo mucho -explicó, con la voz cortada -Vladya… necesito que me ayudes… lo que sea que puedas hacer, hazlo. Estamos literalmente atrapados en este lugar.

"—Entiendo… -Vladya se tomó unos tortuosos segundos para pensar, que le parecieron eternidades a Víktor - ¿Podrías esperar cuarenta minutos?"

—¡Es demasiado tiempo!

"—No es fácil llegar hasta allá, Vitya. Ponme atención, yo estoy en una reunión, pero enviaré a alguien por ustedes. Es de mi… entera confianza. Estén listos. Y dile a Yuuri de mi parte que todo estará bien"

—Gracias, Vlad… no tengo como…

"—No empieces con sentimentalismo. Y velo de esta forma, ¡Estás a nada de convertirte en papá!"

También esa llamada fue interrumpida porque las redes fallaron. Sin embargo, las ciertas palabras de su hermano se quedaron plasmadas en su mente. Era verdad. Si todo salía bien, para cuando amaneciera y la tormenta hubiera cedido, habría una hermosa bebé en sus brazos y Yuuri y él serían padres. Y eso también lo aterraba.

—¡Víktor! -lo escuchó de nuevo y apartó todo pensamiento que no fuera su esposo. No podía hacer nada para detener su dolor, sólo podía quedarse a su lado y ofrecerle toda la fuerza que pudiera.

—Amor… sólo un poco más. Ya vienen por nosotros…

—¡Haz que pare! ¡Dios, agh! ¡Me duele!

Era una sensación que no se podía equiparar a nada con lo que se hubiera topado antes. Sentía como esos músculos que cuidaban a su bebé la empujaban y cómo sus partes más estrechas se ensanchaban. Podía jurar que estaba a punto de romperse. Incluso creyó percibir que sus caderas también abrían espacio. Una contracción era la cosa más espantosa que hubiera sentido jamás.

—Perdóname, mi amor. Yo te hice esto. Lo siento -a Víktor le estaba calando una intensa sensación de culpa al ver el dolor del japonés. Él no haber estado desde el inicio y que por un momento de arrebato Yuuri tuviera que estar pasando por eso.

—No… no… los dos… ya va a pasar -murmuró el pelinegro cuando la segunda contracción de la noche cedía.

—Sí, cariño. Solo cuarenta minutos y nos pondremos en marcha

El peliplata se conmovió hasta las lágrimas al verlo asentir y cerrar sus ojos, haciendo un esfuerzo sobrehumano para calmar su respiración convulsa, acunando su vientre entre las manos. Víktor ya había empezado a rogar a quien sea que lo escuchara porque todo saliera bien.

—Llamé a Yuko. Dicen que estarán aquí en una o dos horas -indicó Yurio, entrando a la sala de nuevo acompañado de Otabek.

Ambos estaban impresionados por la situación, pero a pesar de que el miedo también los había alcanzado a ellos, estaban seguros de que, de ser posible, los acompañarían hasta el último momento.

Cualquiera que fuese el resultado.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—Gregori… ¿Harías eso? -Vladya lo miró mientras el hombre de cabello azulado colocaba un grueso abrigo a la que niña que sería su acompañante en esa "misión especial".

—Ya te dije que no tengo problema, y ella tampoco. Con la dirección y un poco de morfina será más que suficiente y estará bien -respondió el oficial Koslov.

—Lamento pedirte que hagas esto cuando sé que querías pasar… los últimos días con ella -Vladya respondió a la sonrisa tímida que la pequeña le dirigió, mientras que Gregori guardaba con rapidez algunas cosas en un maletín negro.

—No importa. Ya… pasaremos tiempo cuando vuelva -tomó el maletín y extendió la mano a la pequeña, que la tomó presurosa.

—Si es que vuelves…

—Eso no suena muy alentador, Vladya -salieron al congelado exterior y Gregori se apresuró a abrir una camioneta del ejército, de enormes llantas y que parecía resistente a todo -Volveré.

—No tienes que ir. Puedo… puedo hacer algo todavía. Tengo un día y…

—Ni siquiera te atrevas, Nikiforov. No quiero que te metas en esto.

—Tus asuntos también son los míos -Vlad estuvo a punto de acorralar al hombre contra la camioneta, pero recordó que había una niña que estaba observándolos.

—¡No! ¡Maldición, Vladya! Por una vez deja que yo tome mis decisiones. Desde que entré a esto he estado subordinado a ti, es lo primero que hago porque…

—Porque te quieres alejar.

—Muy listo -Gregori abrió la puerta de la camioneta para subir, pero el peliplata lo detuvo, sujetándolo por el brazo cubierto de una gruesa chamarra -No empiece algo que después no pueda terminar, general Vladya. Además, su sobrina está por nacer y usted tiene una reunión.

—Deja de hacerme esto. Tú empezaste con todo.

—Y ya lo voy a terminar, Vlad. Vendré por usted para llevarlo con su… familia. Permiso -Gregori cerró la puerta con fuerza, dejando estático a Nikiforov.

Vladya vio como la camioneta se alejaba en la ferocidad de la tormenta para ir a socorrer la extrema situación de su hermano y su esposo. Dentro de la residencia, un montón de personas importantes le estaban esperando para hablar de asuntos que, en realidad, nada le importaban.

Eso era tan vano y superficial, cuando él, cuando Gregori Koslov estaba por marchar a un futuro incierto, y por su propia voluntad. No se lo iba a impedir, pero ocuparía hasta el último segundo del tiempo que pasara junto a él para tratar de evitarlo.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—Ya… ya no… puedo… amor… detenlo.

El corazón de Víktor se estrujó, apenas asemejándose al dolor que su esposo estaba sintiendo. Verlo retorcerse, gritar al punto de estar por lastimarse la garganta, lanzar improperios, sentir su sudor frío y su corazón acelerado, cada pequeño detalle del enorme sufrimiento lo rompía un poco.

Cincuenta minutos. Y no había rastro de nadie.

—No puedo, Yuuri. Pero tienes que resistir… por los dos… ¿ya pasó esta?

—Ya… un poco. Pero es peor… cada vez… -el japonés buscó un poco de acomodo en el sillón, sabiendo que era cuestión de minutos antes de que una nueva y renovada contracción se hiciera presente.

—Víktor… no podemos dejar que siga así. Es una tortura -Otabek llegó con una comprensa fría y la puso sobre la frente de Yuuri -Si podemos salir, hay que hacerlo ya.

—La tormenta está cediendo un poco… -Yurio abrió las cortinas de la sala mientras mojaba más paños con el agua del grifo - ¿No tienes un vehículo de nieve? Ese que compraste y nunca has usado.

—Sí, pero… es peligroso, Yuri. No voy a arriesgarme a llevarlo en este estado -replicó el de ojos azules, sin dejar de sostener la temblorosa mano del japonés.

—Víktor, si… es la única opción… -murmuró Yuuri, aferrándose al contacto de su esposo -Ella no va a… esperar mucho. No quiero… que le pase nada.

—No, mi amor, ambos van a estar bien… ya encontraré el modo de… -su mano palpitó en modo de protesta por la enorme presión que otra mano ejerció sobre ella. Ahí iban de nuevo -Yuuri…

—¡Ahh! ¡Ya! ¡Es mucho! ¡Duele! ¡Maldición! ¡Ya no puedo! -gritó con aun más fuerza, contrayendo todo su cuerpo, sintiendo sus entrañas estirarse de una manera descomunal. No sólo dolía, era lacerante – ¡Víktor! ¡La quiero fuera de mí!

—¡Ya estoy harto! -exclamó el rubio, dejando lo que estaba haciendo y corriendo hacia la salida mientras se ponía una chamarra -Iré a buscar lo que sea para llevarnos al katsudon.

—¡No! Estás loco si crees que voy a dejar salir -Otabek se puso de pie inmediatamente y lo sujetó del brazo.

—O vas conmigo o te quedas aquí. No voy a dejar que Yuuri siga sufriendo así -sentenció el chico, retando con todo lo que tenía a su novio.

—Yurio… no… -escucharon decir al japonés -No… aun… puedo esperar…

—¡Estás demente! ¡Sólo mírate! -Plisetsky se soltó del agarre del kazajo y abrió la puerta con determinación -No tardaré. Solo… resiste un poco más.

Otabek y todos ahí se quedaron perplejos. Lo único que se escuchó durante varios segundos fue los jadeos desacompasados del pelinegro. La reacción del vándalo ruso era demasiado desconcertante y Altin no sabía si sentirse orgulloso o darle el peor sermón del que fuera testigo cuando volviera.

—Víktor… de nuevo… -Yuuri respiró con fuerza y se preparó lo mejor que pudo. Aunque fue inútil.

El ruso se levantó, frustrado, desesperado. Ya no podía tolerar la agonía por la que su esposo estaba pasando, y estaba sopesando la posibilidad de seguir los pasos de Yuri, cuando un fuerte golpe en la puerta se escuchó. Otabek casi se abalanzó hacia ella y la abrió inmediatamente.

—¡Les dije que volvería pronto! -Yurio entró con una sonrisa victoriosa.

—Te fuiste hace un minuto… -el kazajo lo miró algo incrédulo, y ofuscado.

—Sí, bueno… la ayuda ya había llegado.

Yurio se hizo a un lado e inmediatamente entró a la residencia un hombre con su maletín y un sombrero del ejército ruso. El alivio llegó casi inmediatamente al corazón de Víktor, aunque Yuuri siguiera pasando por una dolorosa contracción.

—Perdonen la demora. Se complicó un poco el camino -el soldado llegó al lado de Yuuri y tomó su muñeca. Hasta él se impresionó por lo que el japonés estaba pasando -Tiene la presión demasiado alta. Tenemos que llevárnoslo ahora.

—¿Pero no hay modo de detener el dolor? Él está… sufriendo demasiado…

—Si le inyectó la morfina… su corazón puede no resistirlo -aclaró Gregori esperando a que esa contracción pasara para actuar.

Estaba viendo en los ojos ausentes y la piel pálida de Víktor la misma imagen de Vladya cuando supo que se movería al frente. Verdadero pánico por aquella persona a que amaban. Porque estaba seguro que ese era el sentimiento del general por su oficial. Pero no todo siempre era posible. Por lo menos ellos siempre contaban con una esperanza.

—Señor Katsuki… tiene que decirme cuando haya pasado -Koslov lo tomó de la mano para sentir la presión que ejercía sobre él, y como muy lentamente se iba relajando.

—Ya… ya casi… no la siento… -dijo Yuuri entre pesadas respiraciones.

—Bien… Víktor, por favor, debe cargarlo y vamos a la camioneta. No podemos perder un minuto más -Gregori salió de la casa, volviendo al tempestuoso clima, peor volvió sobre su paso -No olviden las cosas de su hija.

Después de que Víktor tomara a un doloroso Yuuri entre sus brazos, se quedó estático unos segundos, para desesperación del rubio.

—¿Qué? ¿Qué diablos pasa? -lo cuestionó, mientras avanzaban lentamente hacia la salida.

—No tengo lista la pañalera de la bebé. Hay que hacerla.

—¡No! ¡Vámonos, Víktor! Por favor… quiero irme… -suplicó Yuuri, enterrando su rostro en el hombro de su esposo.

—Váyanse, Yura y yo los alcanzaremos -Otabek apuró a Víktor a subir a la camioneta que estaba encendida y lista para recorrer el camino hasta la clínica donde lo esperaban.

Así, sin separarse de su esposo, Yuuri entró al automóvil y unos segundos después salieron a la velocidad que la nieve les permitía. Víktor sujetó la mano del japonés con fuerza, quien a cada momento se veía más y más débil. Pero mientras avanzaban, notó la presencia de una pequeña del mismo color de cabello del oficial. Estaba despertando y después de tallarse los ojos, dirigió sus ojos casi negros a varios puntos del auto, chocando con la mirada azul de Víktor.

—Hola… -la escuchó murmurar, sonrojándose de inmediato por la cálida sonrisa que el peliplata le dirigió.

—Hola, pequeña. Qué bonita sonrisa tienes -halagó Víktor, y la niña se volteó inmediatamente para que no viera lo apenada que el comentario la había dejado.

—¿Dónde estamos? -preguntó a Gregori.

—No seas curiosa, Katerina. Vuelve a dormir -respondió, en un tono demasiado gélido.

—Pero… tengo hambre -se quejó ella, jugando con sus delgados dedos.

—Ya volveremos a casa. Duérmete, Katerina, no quiero que me interrumpas por ahora -soltó, y la niña, sin más, obedeció al hombre.

Minutos después, la alta figura del hospital apareció ante la vista los hombres, justo cuando Yuuri parecía más desesperado. Llegaron al frente y tan rápido como les fue posible, Viktor corrió al interior de la clínica para solicitar la ayuda del personal, mientras que Gregori ayudaba al pelinegro a descender.

—Está doliendo de nuevo… -indicó Yuuri, que en cuanto puso un pie en el piso, sus rodillas le fallaron, sujetó su vientre y el dolor lo doblegó hasta casi quedar hincado.

—Katsuki, sé fuerte. Ya estás aquí, ya falta poco -Gregori se topó con la mirada chocolate y aterrada de Yuuri, y pudo jurar que se vio a sí mismo reflejado en él -Vamos, tú bebé y tu esposo te necesitan, no es momento de que te rindas.

Yuuri asintió como pudo y trató de tolerar un poco más, a sabiendas de que eran, probablemente, los últimos dolores. Ya estaban ahí, ya iba a pasar, su bebé ya iba a llegar.

El equipo médico, junto con Andrei y Víktor, salieron del hospital, arrastrando una camilla con ellos.

—Yuuri, ya estás aquí, tranquilo. Ya va a pasar -Andrei llegó al lado del japonés, tomándolo de la mano para ayudarlo a levantarse.

Enfermeras y médicos juntaron esfuerzos para levantarlo y acomodarlo en la camilla. Una vez que estuvo acomodado, la última etapa de esos meses dio inicio. Ya era el momento de que cierta pequeña se uniera a todos.

—Gracias, no tengo como agradecértelo -Víktor se acercó a Gregori y le extendió la mano. El soldado se la apretó firmemente, pero un escalofrío recorrió su cuerpo. Su contacto era demasiado parecido al de Vladya -Yo… yo deseo que regreses sano y salvo.

—Te lo agradezco. Traeré a tu hermano en un rato. Entra ya y ve con él. Felicidades por tu bebé.

Víktor sonrió y entró al hospital, si darse cuenta de lo nostálgica que fue la sonrisa con la que se despidió Gregori, pensando que podía ser la última.

Una vez adentro, Víktor corrió a reunirse con Yuuri, que avanzaba entre pasillos camino al quirófano.

—Señor Nikiforov… sabe que no podrá entrar con él -le dijo el doctor Andrei, generando que el peliplata se tensara -Yo sé que no es fácil, pero… pero es el momento de que se despidan. Ya no podemos esperar.

Se detuvieron frente a una de las salas blancas, y mientras preparaban la sala y se deshacían de la ropa normal de Yuuri y los vestían con una bata, Víktor tomó ambas manos de su esposo.

—Tengo… tengo miedo, Víktor… -murmuró el pelinegro, aferrándose con fuerza al ruso.

—Lo sé, amor. Pero puedes hacerlo, creo que en ti. Y yo me quedaré aquí hasta el final.

—Víktor… si yo no lo logro… cuídala mucho… y dile que la amo… -pidió Yuuri, con lágrimas brotando de sus ojos, enfrentándose a su más grande temor.

—No, Yuuri, mi amor, no me digas eso. Estarán bien los dos -Víktor luchó por no llorar, por verse fuerte para su esposo. Pero era condenadamente difícil, aún más cuando él tenía el mismo miedo.

—Si no… sabes que… te amo, ¿verdad?

—Sí, Yuuri. Y yo te amo a ti. Demasiado. Sé fuerte, por favor. Quédate conmigo.

—¡Estamos listos! -gritó un enfermero tomando la base de la camilla y alineándola para entrar a la sala del quirófano.

—¡Yuuri! ¡Te amo, Yuuri! -exclamó Víktor, soltándole la mano y quedándose sólo en el pasillo.

Las puertas del lugar se cerraron y la luz roja que indicaba una operación se encendió. Su cuerpo tembló por todo el miedo que lo corroía. Pero confiaba en él, sabía que su Yuuri era fuerte, aunque él mismo no lo pensaba.

Estaba por demostrarlo, y Víktor se prometió que, pasara lo que pasara, él también sería fuerte. Para cualquiera de los dos que lo necesitara.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

Apenas se quedaron solos en la casa de Víktor, cayeron en la cuenta de que no tenían la menor idea de que hacer.

—¿Qué se supone que debemos llevarle?

Yurio entró a la habitación de la bebé y buscó en los cajones alguna señal de lo que tenía que poner en la pequeña maleta.

—No hay Internet para que investigue -Otabek presionaba la pantalla de su teléfono con la esperanza de encontrar un mínimo de red que le permitiera informarse de los primeros accesorios que necesitaba un recién nacido.

—Mejor ayúdame a revisar los cajones. Tal vez dejaron algo listo.

Ambos se adentraron a la habitación pintada de coral y gris, totalmente lista para recibir a la pequeña, y por cada cajón que abrían, sacaban alguna cosa que creían importante. Sobre la cuna se iban acomodando varios conjuntos de ropa, pañales, cobijas y frazadas, gorros, zapatos y hasta peluches pequeños. A Otabek le conmovió demasiado ver la concentración con la que Yuri seleccionaba las cosas que iba acomodando en una pañalera gris.

—Yura… ¿Te… te importa mucho esa niña? -inquirió el kazajo, deteniendo los movimientos del rubio.

—¿Eh? Pues… creo que sí.

—¿Crees?

—Es que… pues he estado con él desde que se le metió esta locura a la cabeza. Quiero ver cómo termina -se excusó, evitando la mirada del moreno.

—A mí me parece que te preocupan. Sobre todo, Yuuri.

—No quiero que le pase nada, Otabek. Yo… sólo no quiero -Yurio se detuvo, pero su rostro se sintió como si fuera a explotar cuando los brazos del kazajo lo envolvieron.

—Puedes seguir queriéndolos en secreto.

—¡Beka!

—¿O se los vas a decir?

—No. Ya deja eso.

Otabek rió y terminó de ayudar a Yuri a guardar las cosas. En un momento, el rubio tomó su celular por un mensaje que le había llegado. Su expresión se deformó en una rara mueca de preocupación.

—¿Qué sucede, Yura? -preguntó Otabek, caminando a su lado y echándose la pañalera a su hombro.

—Mi abuelo… al parecer tiene mucha fiebre -Yuri suspiró, y se ajustó la chamarra -Su casa está lejos del hospital… yo…

—Yo iré a dejarle esto a Víktor -resolvió el kazajo inmediatamente, abriendo la puerta y saliendo a la calle, donde la tormenta había bajado considerablemente.

—Pero…

—Sí vas con Yuuri, no estarás tranquilo. Yo iré con ellos y después iré contigo y tu abuelo, ¿está bien?

Yuri tuvo que aceptar, pues lo cierto era que sabía que el japonés ya estaba en el hospital y no podía hacer nada. Prefería quedarse con su enfermo abuelo y salir al hospital de nuevo.

Cuando estuvieron en la calle, Yurio se abrazó a Otabek. Fue demasiado rápido, pero firme. Y no fue necesaria ninguna palabra para que el kazajo entendiera todo. Ese abrazo, sus ojos brillosos y sus mejillas coloreadas de rojo, gritaban un sincero "Gracias".

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

Primero fue una máscara de oxígeno. Después, un feo pinchazo en su brazo derecho. Un grupo de personas iba de un lado a otro y constantemente lo revisaban. Y por extraño que le pareciera, las contracciones se habían detenido después de una inyección algo dolorosa.

—Yuuri… ¿cómo te sientes? -Andrei se acercó a él con un cubrebocas. Apenas podía verlo, pues todo estaba borroso.

—Muy incómodo… estoy mareado… y aún… me duele.

—Ya pasará Yuuri. Sólo estamos esperando a que la anestesia haga efecto. En un momento pondremos los campos quirúrgicos y vamos a proceder a sacar a tu bebé.

—¿Le… le avisaron a… Brendan? -preguntó, notablemente cansado.

—Sí, Yuuri. Hasta hace una hora seguía en Detroit, pero su vuelo ya debe haber salido. Para cuando llegue, la niña ya habrá nacido.

—Doctor Andrei… la anestesia ya hizo efecto -confirmó uno de los enfermeros, colocando la manta. Yuuri pensó que sería la última vez que vería su vientre tan hinchado.

—Dime, Yuuri. ¿Sientes esto?

—¿Qué… se supone que debo sentir?

—Nada. ¿Listo, Yuuri? En cerca de quince minutos tendremos a tu niña aquí.

La máquina que registraba los latidos de su corazón registró un aumento, y es que no era para menos. Todas las vivencias, los malos y buenos ratos, las alegrías y los miedos, se resumían a ese momento, a cuando todo se hacía real. Cuando se demostraba que ocho meses y medio había valido completamente la pena. Hasta el dolor se justificaba por eso.

No sintió dolor, pero si un extraño cosquilleo, estando plenamente consciente de que estaban hurgando en su interior. El tiempo pasaba demasiado lento, y a cada extraña sensación, su mente y su corazón se ponían de acuerdo para hacerlo sentir más nervioso.

Veía a las enfermeras y a algunos médicos ir y venir con instrumentos. En más de una ocasión sintió marearse al ver pasar algunos paños empapados de su sangre. No le gustaba pensar que estaba perdiendo demasiada, lo ponía muy nervioso. Pensó, para relajarse, que una final del Grand Prix era, en definitiva, mucho menos estresante que todo eso.

Pensó en Víktor, y su rostro de genuino miedo cuando cerraron las puertas y lo dejó de ver. No quería imaginar que tan nervioso estaba, que tan asustado. Y es que le hubiera gustado tanto tenerlo ahí. Tal vez el inicio de esa aventura no fue el mejor, pero creía que lo había compensado. Jamás estuvo tan cariñoso como en todo el embarazo, jamás había sido tanto el Víktor del que se enamoró. Jamás…

—¡Yuuri! -escuchó la exclamación del doctor Andrei después de un muy extraño tirón en su interior, demasiado extraño - ¡Aquí está! ¡Tenemos a tu bebé!

La emoción corrió invadió cada fibra del ser de Yuuri. Tan cerca, tan real…

Fue como si lo hubieran dejado vacío, pero estaba seguro de haber sentido a detalle como un pequeño cuerpo era deslizado hacia afuera. Lo vio en el rostro del doctor y todos los que estaba ahí.

Sorpresa, casi incredulidad.

Segundos después, el sonido más real que podría escuchar en toda su vida inundó la sala. Su bebé lloró con fuerza, dejando ver a todos que estaba viva, que era un completo milagro hecho realidad.

—Yuuri… -el doctor se acercó al japonés, con ella en sus manos, moviéndose inquietamente y llorando a todo lo que sus pequeños pulmones permitían -Te presento a tu bebé… es una hermosa niña.

¿Así que eso era amar a alguien que apenas conoces? ¿Ese era el sentimiento de que su vida ya no era suya? Yuuri lo supo inmediatamente. Si algo le llegaba a pasar, habría valido la pena por su pequeña de cabello negro y una enorme necesidad de ser escuchada. Su existencia se había esfumado, porque en ese momento, ella se la había robado. No habría vida sin ella, y de ella era todo.

—Bebé… -su voz salió cortada, y las lágrimas no hicieron más que correr cargadas de la más pura e infinita felicidad -Te amo, hermosa. Te amo.

—Vamos a limpiarla, Yuuri, y apuesto que hay un papá que se muere por conocerla.

El japonés asintió y vio como una enfermera la cargaba hacia otro lugar para que la limpiaran. Algunos médicos fueron abandonando el lugar, quedándose solo los indispensables para suturar. Su último momento de calma fue ver a la enfermera salir con su niña en brazos al pasillo del hospital.

Después, empezó una cadena de hechos que Yuuri no recordaría muy bien.

—Doctor Usmanov… hay algo extraño aquí.

Andrei se acercó rápidamente a comprobar lo que era. Estaba taciturno, hasta que alguien gritó y Yuuri sintió que algo punzaba en su interior, como otra contracción.

—¡Doctor! El pulso del paciente está bajando -una enfermera tomó su muñeca y sintió que su piel se volvía más fría a cada segundo.

—¡No, no! ¡Yuuri! ¡Resiste, Yuuri! ¡Pidan más personal! -el médico fue inmediatamente por una medicina que se le suministró en una inyección.

El mundo se estaba volviendo demasiado borroso y opaco.

—¡Doctor Andrei! Es otro… otro…

—¡Yuuri! ¡Yuuri, no te vayas! ¡Hay otro! ¡No puede ser!

Después de eso, sus ojos se cerraron y el mundo se redujo a nada.

"¿Otro qué?"

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

¡Hola! Estoy segura de que más de una o uno por aquí querrá matarme por el fatídico capítulo 33, pero así tienen que ser las cosas. Pero no se preocupen, que tendremos amor de otros lados. Volviendo a este fic, espero que les haya gustado. Sinceramente no podía imaginarme graciosa esta parte, pues son primerizos y en una situación algo extrema.

Pero… aún nos quedan los de Sasha y Kenji, que esos si son interesantes.

Espero que alguien haya notado la presencia de un personaje aquí que ya fue mencionado en el otro fic. Y créanme que será super importante, aunque por ahora espero que se den una idea de quién es.

Si no tienes la menor idea de lo que estoy hablando y quieres saber algunas otras cosas de este y el otro fic, he creado un grupo en Facebook que encuentras como: Make my own history / Create our history. Ahí nos encuentras, somos pocas, pero hacemos mucho escándalo.

Bien, creo que eso es todo. Si te gusta, me ayudaría mucho un review, un voto, una compartida, lo que sea. De igual forma, gracias por leer.

Zryvanierkic: Sí, te seguiré contestando estos reviews hasta el fin de la vida, aunque hablemos todo el día. Por lo menos hasta que me pidas que me calle jeje. La realidad seguirá así de cruenta hasta que, si no es entender, por lo menos tolerar y respetar. Ahora exijo saber cuál es ese fic, que esto del mpreg me traer vuelta loca. Espero que te siga gustando lo que hago, y siempre es un gusto encontrarte por aquí. Ahora te contestaré por Facebook. ¡Saludos! P.D. Cuidado con mi doctor…

Guest: Bueno, espero que haya llenado tus expectativas todo el circo que fue que nacieran. Tú sigue manteniendo la esperanza, que es la última que muere. ¡Saludos!

Estrellas de Papel: Supuse que preferirías el drama del otro fic, pero es que hasta yo necesito de momentos fluff. Anda que aquí también va a haber pequeñas dosis de drama. Deja que un poco de este amor te invada. Chance y logro que sufras un poquito jeje. Espero que te gusten estas mínimas dosis. ¡Saludos!