Capítulo 2: Identidad
"Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad"
Howars Philips Lovecraft
Las antorchas emitían sobre el suelo y las paredes tenebrosas sombras que trataban de alcanzarla. Mientras esperaba las palabras de Mito, que llevaba minutos observándola sin siquiera moverse, no podía evitar pensar en ello. De niña solía observar las formas que la luz de las velas construía en un cuarto oscuro, las figuras que las nubes al pasar bajo el sol proyectaban sobre las calles, e incluso los esbozos que su cuerpo, ayudado por las aguas de un lago en pleno atardecer, recortaba en la superficie de las rocas. En ese entonces gustaba pensar en ellas, las sombras, como seres sin identidad que se sabían existentes sólo cuando un tercero reparaba en ellas.
Siempre se había identificado con esas entidades de formas cambiantes, y aunque en su niñez ese pensamiento era reconfortante, ahora le ponía los vellos de punta; no había nada más asfixiante que sentirse atada a la existencia de otro para sentirse viva, nada más abrumador que saberse sin nombre ni historia cuando decidía aparecer en las calles de su mundo. Ella era un rostro que, según cada persona, recibía una identidad distinta. Y eso la hacía sentir vacía.
—¿Cuánto tiempo llevaba sin verte?, no logro recordarlo.
Tan tensa como cuando traspasó las puertas de aquella sala, la joven pensó antes de responder.
—Tres años, maestra.
Durante lo que parecieron minutos, Mito no agregó nada luego de su respuesta. La muchacha escuchó el susurro de la tela cuando su superior se movió para alcanzar algo con sus manos, sintió el aroma tranquilizador de nuevas varillas de incienso, y por las sombras vio a su maestra extender una mano en su dirección.
Los fríos dedos de Mito se cerraron alrededor de su barbilla, obligándola a alzar el rostro mientras la mayor la inspeccionaba. La joven, apretando las manos sobre sus piernas, aprovechó para estudiar los rasgos de su maestra en lo que ésta hacía lo mismo con ella. Mito era una mujer que imponía respeto, tenía una mirada capaz de congelar al más insoportable fuego y de destruir la serenidad de cualquier adversario. Nunca la había visto dudar ni quejarse, normalmente permanecía en silencio, observando y al parecer memorizando los movimientos y reacciones de quienes la rodeaban.
Ahora, pese a estar entrando en años, nada de eso parecía haber cambiado. Los ojos que la observaban desde ese rostro neutro con finas marcas del paso del tiempo sobre su superficie, eran imposibles de descifrar.
—Es evidente que ya no eres una niña —habló Mito en un susurro mientras la soltada. La muchacha le mantuvo la mirada, identificando así el diminuto gesto de hastío que se formó en los labios de la mayor a pocos segundos de terminar la frase—, pero tampoco veo lo que Yumi dice ver en ti.
—No estoy segura de entender a qué se refiere, señora.
Mito, enfundada en un sofisticado kimono que resaltaba el desafecto de sus ojos, desestimó sus palabras mientras llevaba a su boca una pipa que reposaba a su lado. La joven aprovechó ese momento para observar el mapa que su maestra había extendido en medio de ambas y las figuras que señalaban los lugares donde se hallaban los principales pueblos de cada país. Un pergamino apretado en una cinta blanca reposaba justo a un costado del mapa, llamando inmediatamente su atención.
—Que veo frente a mí a una muchacha inexperta y de aspecto frágil, no a la mujer fuerte y decidida que me describió Yumi.
—La recuerdo a usted diciendo que una buena Kunoichi oculta su valía cuando no es necesario que ésta se vea.
Los labios de Mito se apretaron en una fina línea después de liberar el humo que detrás de ellos se acumulaba. Sus ojos brillaron cuando respondió.
—¿Acaso no encuentras necesario impresionar a tu maestra?
La muchacha se atrevió a formar una leve sonrisa, en lo que ideaba una respuesta. Por el rabillo de sus ojos observó la ancha sala de reuniones, las linternas puestas en los costados, la elegante madera del suelo y los sobrios paneles traslucidos que creaban pasillos dentro de la misma galería. La luz de varias velas se transparentaban desde ahí. Era la estancia en la que se llevaban a cabo las reuniones más importantes, donde lo dicho entre esas paredes pocas veces se conocía.
—Creo que si estoy aquí queda de más tratar de asombrarla. —Mito arqueó las cejas y ella reconsideró rápidamente sus palabras—. Pero si no es así me disculpo, no es mi intención sonar prepotente.
Su maestra sacudió la cabeza, dejando a un lado la pipa. Sólo en ese momento la muchacha reparó en la larga cabellera que cubría la espalda de Mito, encontrando de nuevo los rasgos que tenían en común. Sobre todo en ese momento en que ella misma llevaba el suyo de la misma manera, cayendo en cascada tras su espalda, con las puntas descansando sobre la madera del suelo.
Esas semejanzas siempre lograban incomodarla, además de también meterla en problemas. Era como una marca con que la median y así mismo le exigían, ella no entendía exactamente a razón de qué.
—Acepto tus disculpas —apostilló la mujer, tomando el pergamino que la joven antes había observado—. Aunque creo conveniente señalar que el que estés aquí es más por merito de Yumi que tuyo, fue ella quien insistió desde un principio en que fueras tú quién ocupara este puesto. Si hubiera sido una decisión sólo mía, jamás hubiera pensado en ti.
Aunque trató, le resultó imposible contener la respuesta que a la velocidad de un relámpago había tomado forma en sus cuerdas bocales. Antes de darse cuenta había hablado y Mito alzaba la cabeza para observarla con sorpresa.
—No es usted conocida por dejarse persuadir una vez tiene algo en mente.
Los ojos de su maestra brillaron cuando se inclinó sobre el mapa como quien cuenta un secreto, y ella, deseando no haber dicho nada, agachó la cabeza.
—No he llegado hasta aquí desestimando las opiniones de personas que tienen más experiencia que yo. En este mundo hay que aprender a distinguir qué de lo que dicen nuestros consejeros puede significar un beneficio, y aunque no lo creas, muchacha, Yumi es de las personas más sagaces que he conocido en toda mi vida. —Mito no mostraba signos en su voz de estar molesta, más bien había adoptado el tono de quién imparte una tediosa clase frente a un grupo de desconcentrados chiquillos a los que resulta difícil enseñar. La joven no respondió y Mito le tendió el pergamino que ella no tardó en recibir. No obstante, cuando sus dedos se cerraban sobre el rollo, con un movimiento veloz su maestra la tomó de la muñeca y ella, sorprendida, alzó la mirada hasta fijarse en la de la otra mujer—. Pero eso no quita que me sienta recelosa con la decisión que tomamos. Te veo muy joven… bastante inexperta en algunas cosas, aunque según Yumi no es nada que no se pueda arreglar de aquí a cuando el trabajo de inicio. Ahora hazme el favor de abrir el pergamino.
Mito la soltó y la muchacha, reprimiendo el impulso de frotar la piel que antes había entrado en contacto con los dedos de su maestra, quitó la cinta del pergamino y lo desenrolló. Sintió la pesada mirada de la otra mujer sobre ella como si se tratara de punzantes dagas de hielo, mientras observaba los detallados esbozos de varios rostros en la hoja. Los datos básicos se hallaban escritos al lado de cada dibujo.
Buscó respuestas en su maestra, pero ésta ahora estudiaba el mapa.
—Tengo entendido que hace dos días llegaste del país del Viento, ¿escuchaste algún rumor en todo el tiempo que viviste ahí?
—Rumores hay muchos, maestra —respondió deseosa por dejar una impresión buena en Mito. De momento la reunión no parecía avanzar como a ella le hubiera gustado.
—Hay uno en particular que llegó a oídos de dos grandes clientes. Ambos contactaron conmigo para confirmarlo y al final ofrecieron una buena suma de dinero por dos trabajos que bien pueden realizarse al mismo tiempo. —Mito sonrió aún mirando el mapa—. Aunque eso ellos no lo saben, por supuesto.
Mito era una mujer que con esfuerzo e inteligencia se había forjado un pedestal dentro de un mundo patriarcal. Teniendo a su servicio un numeroso grupo de jóvenes deseosas de cumplir sus órdenes, a lo largo y ancho del mundo, también era una fuerza a tener en cuenta. Su vida giraba en torno al misterio, era sabido que venía de una familia que siempre se había esforzado por pasar desapercibido, pero más allá de eso todo eran rumores. Ni ellas mismas, sus pupilas, tenían más información, y tampoco era como si la quisieran; la mayoría de ellas antes de Mito recogerlas y ofrecerles otra vida, no pasaban de ser mujeres de las noches con pocas esperanzas a futuro, herederas de familias en la ruina y huérfanas que contaban con la calle como único hogar. Personas vulnerables, fáciles de convencer y comprar su lealtad.
Su maestra les ofrecía un sinfín de beneficios al recluirlas en lo que de cara al exterior era un instituto de artes, pero que en el interior de eso forjaba además de artistas ordinarias, también mujeres con conocimientos amplios en el arte de matar. Eran las perfectas espías, nadie desconfiaría de una mujer de aspecto angelical y frágil que se desplazara por las calles de cualquier pueblo o ciudad.
Eso y los contactos con los que parecía disponer la hacían poderosa. Una persona atractiva para negociar y a la que deber un favor podía convertirse en un verdadero infierno. Ella misma, que llegó a manos de ella siendo una niña sin nada en las manos, podía con toda la seguridad del mundo afirmarlo.
—¿De qué rumor se trata, señora?
Los dedos pálidos, casi traslucidos de Mito, señalaron un punto en la esquina izquierda del plano. La muchacha sintió un cosquilleo excitante en sus brazos al vislumbrar el camino que parecía tomar la reunión. Su maestra señalaba un punto tabú dentro de su mundo, un lugar que muchos podían llegar a considerar su tumba en caso de dársele la orden de cumplir con un trabajo ahí.
—Al parecer, según fuentes muy cercanas a la alta cuna del país del Fuego, el Tercer Hokage está muriendo en algún escondite de su patética aldea.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Por qué?
—No lo sabemos, no podemos decir que de vejez porque ciertamente anciano no está. Se dice que está cruzando por la etapa terminal de una fea enfermedad. Informantes nuestros que se encuentran dentro del país del Fuego afirman que desde hace más de un año no se le ve fuera de Konoha, y según lo que han logrado sonsacarles a las personas que salen de la aldea, allí tampoco se le ve con la misma frecuencia de antaño.
Hiruzen Sarutobi, el tercer líder de la gran ciudad amurallada del país del Fuego, lugar al que no habían podido acceder desde que sus puertas se cerraran para los extranjeros y la mayoría de habitantes de aquel país del sur. De dos décadas para acá todo lo que la incluyera era desconocido, ni Mito ni nadie había logrado hacerse con información fiable sobre cómo se vive allí. Y de las pocas especulaciones que llegaban a oídos del exterior un mayor porcentaje respondía a comentarios hechos por borrachos en las tabernas y por prostitutas que repetían lo que sus clientes, en momentos de poca lucidez, revelaban.
Mito señaló los límites del país en cuestión, deteniéndose en la línea fronteriza con los pequeños espacios territoriales que aún se disputaban los grandes señoríos. Era de conocimiento general la tensión que se vivía en lugares como aquellos, que despertaban el interés de las grandes naciones que se habían formado décadas atrás. Sitios que vivían a la expectativa por una invasión militar por parte de sus vecinos, que bien podía darse en cualquier momento. Un miedo que se hacía fehaciente cuando las relaciones diplomáticas entre las naciones se rompían.
De momento, sin embargo, trataban de ser neutrales. No les convenía declarar abiertamente su enemistad o amistad con cualquiera de los señoríos que los pretendían.
—La presencia militar del país del Fuego ha retrocedido, especialmente en Amegakure —indicó Mito retrocediendo las fichas rojas que representaban las fuerzas armadas ya mencionadas—. Y las del país del Viento y la Tierra, por el contrario, han avanzado. Hasta el momento no tenemos pruebas de un enfrentamiento bélico entre los tres actores militares, pero es claro que el Fuego en estos momentos no está interesado en entrar a una guerra con el Viento y la Tierra por estos territorios, a pesar de haber sido el más insistente a lo largo de los últimos años.
Lo que quería decir que al Señor Feudal le preocupaba más preservar la soberanía de sus territorios, que incorporarse nuevos. Acción que sugería una posible ruptura entre las elites del país. Para nadie era un secreto que las familias samuráis, encargadas de la seguridad de sus naciones, nunca vieron con buenos ojos la afiliación de una aldea oculta en sus países.
Siempre se habían mostrado inconformes, temiendo el momento que aquellas fuerzas que vivían de incognito, pudieran llegar a desplazarlos a un escalón más bajo de su sociedad. Recelaban de la aparente aceptación que éstos tenían de cara a las gentes del común.
—Pero el Viento y la Roca, por el contrario, sí han de estar interesados en medirse ante un adversario como el Fuego. Y si resulta ser cierta la enfermedad del Hokage, no hay dudas que intentarán hacer algo al respecto.
La posible carencia de salud, cuando se trataba de un personaje tan importante como aquel que mencionaban, siempre traía repercusiones políticas, y por ende, sociales y militares. Mito asintió repetidas veces, moviendo las fichas amarillas y cafés un poco más cerca a la línea fronteriza de aquel país. Luego miró hacia el Este, deteniendo sus ojos en las ficha azules. La muchacha elevó las cejas mientras veía a su maestra acercar estas también.
—Y el país del Agua no se queda atrás. Hace unas semanas se presentó un altercado entre una embarcación del Fuego y otra del Agua por una aparente violación a los límites marítimos que establecieron las dos naciones hace ya tres años. Escaramuzas que se han intensificado con el paso de los días y que obligaron a los navíos del Fuego ceder territorio.
La muchacha había escuchado algo sobre todo esto antes de salir del país del Viento. Se rumoreaba en los mercados sobre supuestas riñas entre naciones, y aunque había procurado no olvidar ningún detalle de las habladurías, no le concedió mayor importancia. No era nuevo que las gentes, temerosas ante la idea que explotara de nuevo un conflicto de grandes proporciones como esos que llevaban años sin suceder, se dejaran llevar por esa desbordante imaginación alimentada por las heridas resultantes de enfrentamientos pasados.
Observó con detenimiento el mapa y las fichas. Ahora veía, con inexplicable satisfacción, que la suerte parecía estar echada. Los señoríos se estaban moviendo de acuerdo a sus intereses. Y teniendo en cuenta que gran parte de los líderes actuales parecían compartir la impulsiva necesidad de demostrar el alcance de lo que tenían bajo sus manos, probablemente llegarían a últimas instancias.
Detuvo de nuevo sus ojos fascinados en el país del sur. Según la interpretación que su maestra estaba dando a los acontecimientos recientes, parecía ser que además de compartir su impulsividad, también tenían un objetivo en común.
Pese al hermetismo que los caracterizaba, todos en el mundo conocían el gran flagelo del Fuego, aquél punto débil que los había obligado a encerrarse en sí mismo e instalar un sistema de seguridad inalienable para visitantes originarios de otros países, ese mismo que forzó a sus fuerzas armadas a vivir de incognito: sus descuidados líderes. Aún con las décadas que llevaba de existencia, la aldea oculta del país del Fuego tenía una política inestable, jamás había logrado nombrar un gobernante equilibrado que los guiara al éxito.
Al mundo de afuera habían llegado los testimonios de gentes que vivieron las guerras tanto internas como externas que cada uno de sus Hokages había traído para la aldea. A ella no le extrañaba que de entre los muchos enemigos que tenía Konoha, algunos quisieran sacar provecho de una desventurada situación como lo era la inevitable muerte del único líder que no parecía haber generado mayores problemas en aquella urbe.
—¿Qué hecho confirma el rumor?
Mito formó una sonrisa que, de no ser por la frigidez de su mirada, habría parecido alegre. Señaló los pergaminos desperdigados en el regazo de la joven con un movimiento sutil de su cabeza.
—Caravanas enteras de gentes que entran y salen de Konoha. Una aldea tan recelosa con su seguridad, en la que lograr un permiso de entrada era casi imposible hasta hace unos meses, da mucho de qué hablar si de repente, sin explicación alguna, grupos numerosos de personas salen y entran a sus anchas. Nuestros contactos están haciendo un seguimiento preciso de estos movimientos, la información que tienes en tus manos es lo que han logrado traer a mí.
La mujer miró esos rostros en el pergamino de nuevo y con mayor detenimiento. Todos parecían hombres y mujeres comunes, artistas, dueños de negocios, prestamistas, consejeros de la casa feudal del Fuego, campesinos… variedad de nombres, apellidos, ocupaciones y rasgos. No parecían tener nada en común, salvo pertenecer al conjunto de personas que entraban y salían con mayor regularidad de Konoha.
De momento no había forma de saber si eran shinobis, pues aparte del Hokage, no se tenía conocimiento de quién más de sus habitantes eran ninjas. Ellos permanecían ocultos entre los civiles que allí vivían, eran las sombras de los campesinos, comerciantes y artesanos.
Esa agitación social sugería mucho y nada a la vez. Pero fuera lo que fuere, esa situación de vulnerabilidad les resultaba tentadora al resto de Naciones y comunidades guerreras que deseaban deshacerse de ese enemigo del que no sabían absolutamente nada. El Señor Feudal del Fuego era una persona que andaba a su antojo por todo el mundo, confianza que los demás atribuían al hecho que el país contaba con el suficiente poderío militar como para contrarrestar cualquier ataque, o inclusive, lanzarse a la guerra con intereses expansionistas. Si antes no se había hecho un intento por derribar sus murallas y acabar con el peligro era por el temor a dar un paso en falso gracias a la desinformación, pero de resultar los rumores ser ciertos, tenían una oportunidad irrepetible de franquear sus fronteras y hacerse con esos datos que tanto les faltaba para la logística de un plan de guerra.
Eran muchas y diversas las emociones que suscitaba aquel señorío para con sus vecinos. La cantidad de tierras que éstos en conflictos pasados habían invadido y quitado eran casi incontables. Ese parecía ser el instante coyuntural que muchos en el mundo esperaban; el momento en que las tensiones estaban tan altas como parar recordar lo que cada provincia había hecho para con las otras y emprender una lucha armamentista para recuperar lo que antes era suyo.
Tomó aire con la emoción nadando en su sangre, esta podía ser su oportunidad para demostrarse a sí misma, a Mito y a sus maestros, que podía llegar a superar sus expectativas. En sus anteriores trabajos siempre lograba el cometido, pero eso ante Yumi y su maestra no parecía ser suficiente; ellas aparentaban desear mucho más de ella, y ese daba la impresión de ser el trabajo oportuno para cumplir con dichos deseos.
—¿Quieren que me ocupe como informante?
Su maestra sacó de entre los pliegues de su ropa un nuevo pergamino, esta vez uno mucho más pequeño. Ella lo recibió y abrió sin esperar el permiso para hacerlo, encontrándose con la ficha técnica de otra persona. Los trazos delgados y elegantes los reconoció al instante; era la letra de Mito.
—Es la identidad que suplantarás cuando llegue el momento —informó su maestra mirando el mapa con suficiencia —, debo decir que esta misión la llevamos preparando desde hace casi un año y no se pondrá en práctica hasta que se ultimen detalles. Inicialmente iba a estar a cargo de una compañera tuya, pero ella no regresó de su última misión y Yumi intercedió para que te fuera asignada.
—Entiendo…
—Quiero que estudies y memorices a la perfección ese perfil. Que le des matices al rol que cumplirás, que le des vida y color a ese nombre y a esa historia. —La muchacha fijó sus ojos en el lugar al que miraba Mito, asintiendo al mismo tiempo—. Lo primero que haremos será entrar al país. A partir de ahí te seguiremos dando instrucciones.
—Así lo haré —aseguró en un susurro.
—Cuando logres entrar al país, permanece alerta a todo lo que veas. Mira los detalles, pero no te expongas demasiado. Cumple sólo con tu rol un tiempo, gana la confianza de personas comunes pero no descuides lo que te rodea, deduce quién puede ser útil para obtener algún tipo de información que nos ayude más tarde a derribar las barreras de la aldea. Quién parece ser influyente, quién parece ser un marginado, quién parece más propenso a caer bajo la presión del chantaje… rumores, habladurías, lazos, odios, amistades, matrimonios… —Luego de soltar todo eso de sopetón, Mito suspiró y de nuevo centró su atención en el mapa. Parecía exhausta, ese tipo de cansancio que se siente cuando se dice, al fin, algo que se desea desde hace mucho tiempo—. Es una misión de gran riesgo e importancia. Entiendes eso, ¿verdad?
Las cejas de la muchacha se elevaron y sus ojos observaron un segundo los pergaminos. Por supuesto que entendía lo que tenía en las manos, no es como si fuera algo nuevo para ella. Quizá involucraba más tiempo, preparación y responsabilidad, pero en últimas era lo mismo que venía haciendo desde niña. Sospechaba que su maestra quería advertirle algo, pero no alcanzaba a entender qué exactamente.
De cualquier manera hizo lo que Mito esperaba; una pequeña sonrisa se deslizó por sus labios y su cabeza se inclinó mientras cerraba los ojos. El crepitar de las llamas pareció incrementarse y la luz emitida por las velas en las lámparas bailó de la mano con las sombras que se proyectaban sobre ellas.
—Por supuesto que lo entiendo, maestra. Daré lo mejor de mí.
—Ocuparemos los siguientes meses para prepararnos. Cómo entrarás y bajo qué circunstancias, lo iremos planeando en lo que llega más información. Esto para prevenir que el plan de acción se filtre antes de tiempo. —La joven asintió sin mudar su posición—. Dejando eso claro, debo pedirte que te retires. Es todo por hoy.
Efectuando una última inclinación de respeto, la chica se apresuró a guardar los pergaminos entre sus ropas y luego se levantó. Mientras se aproximaba a la salida sentía la carga que había puesto sobre sí, la inusual confianza que Yumi parecía haber descargado en ella y las expectativas que despertaba en su maestra. Todo junto, formando remolinos en lo bajo de su estomago, se le antojó intrigante y estimulante.
No todos los días se le adjudicaba un trabajo como ese, no todos los días ni todas las personas tenían la oportunidad de demostrar su valía tal como a ella se le había presentado.
Kushina, pensó mientras descorría las puertas y ponía un pie en el pasillo lamido por la oscuridad. Repitió ese nombre y los pocos datos que había alcanzado a leer en la sala sobre la identidad que adoptaría. Suspiró. No sería en absoluto el papel más interesante que interpretaría, pero de momento sonaba bien.
Cuando la muchacha salió, el rostro de Mito cambió de forma radical. Entre la luz parpadeante de las antorchas, allí sentada frente al mapa, sus labios se tensaron y sus cejas se estrecharon delatando parte de sus atribulados pensamientos.
Acababa de emprender la carrera que muchos en su mundo aún estudiaban. Una carrera peligrosa pero emocionante que prometía grandes beneficios de llegar a concretarse, pero que para ello debía desentrañar de su pasado secretos de sí misma y su familia que nadie podía siquiera imaginar.
Llevó los dedos hasta su rostro, acariciando la fina piel que lo cubría. El tiempo que llevaba en silencio se hallaba marcado en su dermis, en sus pensamientos, en sus emociones. La había hecho ser lo que era. Inspiró hondo poniéndose en pie, el aroma dulzón del aire entró a su cuerpo y el peso de sus vestiduras se asemejó al de las confesiones que pensaba llevarse a la tumba.
Caminó ausente hasta la puerta, la acarició con suavidad y finalmente, con un suspiro de resignación, apoyó su frente en la pared. El mundo olía a sangre y hollín, las naciones y los pueblos empezaban a aliarse en un intento por adelantarse a los fuertes vientos que anunciaban discordia para los próximos años. Viejos rencores empezaban a hacer mella en las relaciones tanto políticas como comerciales de los países, potenciando esos avisos que durante años se habían temido. Y esos mismos países, en su estructura interna, también empezaban a fragmentarse.
Las armas parecían ser la única salida, dentro de las instituciones se leía el inconformismo, los ninjas, los samuráis y las kunoichis parecían perfilarse como los protagonistas de las nuevas disputas, tal como en el pasado recordaba que había sido. Tal como en el pasado ella, su padre y su familia habían combatido.
Debía seguir como hasta ahora. Infranqueable, incuestionable e inmutable.
Como su madre no quería que fuera, como su padre le insistió en convertirse, como ella misma había escogido ser.
No había vuelta atrás.
¡Hola!
¿Qué tal les ha parecido?
En los capítulos que vienen poco a poco se irá conociendo más sobre este mundo, sus problemas, la vida de los personajes y de la trama. Hay misterios que pronto se plantearán y que trataré de ir solucionando.
La realidad de cada Nación es compleja. Nos iremos dando cuenta de esto en cuanto empecemos a ver la vida que se lleva en el país del Fuego y luego, específicamente, en Konoha. También quería precisar que en los dos primeros capítulos la protagonista es unos años más joven a como será a partir del tercero. No será mucho pero en la madurez del personaje se va a notar.
¡Igual entiendo si no es de su gusto!, a veces creo que este no es un fic pensado para obtener muchos lectores xD pero igual quiero seguir publicando, no importa si sólo leen dos o cinco personas.
Agradezco de antemano a quienes lo lean, y aprovecho también para invitarlos a comentar. No importa si es una crítica, leo y respondo todo.
¡Adiós!
Palabras: 4.477.
Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son propiedad de Masashi Kishimoto.
