Teen Titans NO me pertenece ni sus personajes.
Nota de autora:
Jo jo jo... bueno, demoré como... ¿seis meses? Ni yo lo recuerdo. El punto es que no voy a dejar esto, por más de que demore tres siglos. Ya se los había prometido.
Encontraré la piedra filosofal y seguiré hasta acabar la historia, ¿lo dije eh?
Mis agradecimientos (infinitos, por cierto) para:
Lucila Wheeler; llse Jean Pataki; yobiroth; Zero (¡volví!)
No se si respondí reviews, no lo recuerdo, pero les agradezco por acá :).
Ahora sí, ¡a leer!
.Capítulo IV: La villana de rosa (Editado).
P.O.V Raven:
Abrí despacio mis ojos. Sentía como si mis párpados estuvieran pegados, y que la fuerza que empleaba sólo para abrirlos era más de la normal. A lo mejor sonaba extraño, pero dormir me había dado más sueño y cansancio que antes.
Mis músculos se encontraban entumecidos y podría jurar que mi cuerpo pesaba el doble. No tenía la fuerza suficiente como para moverme, por lo que seguí en la misma posición y suspiré. Fue en ese instante cuando un aroma distinguido se infiltró en mi olfato.
Fruncí el ceño, volviendo a inhalar aire con más ahínco que la vez anterior. Era como... perfume. Sí, eso era; pero... bueno, no podía ser perfume aunque en realidad sí lo era. Porque era perfume de hombre, y en mi cuarto definitivamente no había de eso. Una esencia que infundía la hombría en toda su extensión, con un toque de dulzura para contrarrestar un poco el efecto.
Mis ojos casi se caen de sus órbitas cuando sentí movimiento a mis espaldas, totalmente pegado a mi cuerpo.
─¿Qué demonios?...
Me giré ya sin rastro alguno de sueño, y me quedé en una sola pieza.
Era Robin.
En mi cama.
Dormido.
Abrazándome.
―¡¿ROBIN?
El grito que salió de mi boca de manera pastosa y casi ahogada, rompió el silencio matutino que reinaba en la estancia. Robin se despertó tan de golpe que creí que había sufrido un infarto.
―¡NO ESTOY DORMIDO! ―se sentó de un brinco y buscó con la mirada de un lado a otro algo que ni yo sabia lo que era. Se frenó de pronto, perforándome con la mirada y respirando a bocanadas. Mis labios se entreabrieron gracias a la nueva sorpresa que se presentó ante mí a continuación.
«Por Azar... y yo creyendo que los tenía verdes...»
Azules y cristalinos como el zafiro, los ojos de Robin se revelaron al exterior junto con su identidad ante la falta de su acostumbrado antifaz. Fue inesperado e increíble. En un mísero segundo, pude analizar como libro abierto todo el conjunto de emociones que su sueño profesaba sin impedimento ni clausuras: nervios, preocupación, paranoia...
―¿Qué... haces en mi cuarto, en mi cama? ―enumeré con mi monótona y ahora controlada voz ―Y por último pero no menos importante, ¿qué haces abrazándome?
Apenas terminé de plantear mi interrogatorio, su brazo se alejó de mi anatomía como si de pronto el contacto le quemara. Un bufido de escapó de sus labios y, pasándose la mano por el pelo en un gesto desesperante, se sentó en el margen de la cama dándome la espalda.
―Starfire no estaba en condiciones de custodiar tu salud ayer por la noche. Yo tomé su lugar. ―explicó con un tono casi inaudible.
―¿Y también tomaste lugar en mi cama?
Bien, eso había sonado mal... muy mal.
Lentamente giró su cabeza hacia mi dirección, posando sus orbes en mis pupilas con el entrecejo fruncido. Hubo una pausa; ni siquiera yo tenía el valor para romper la impredecible tensión que se había entremezclado con el ambiente que había entre nosotros.
―Tuviste mucha fiebre. ―dijo, sin siquiera parpadear. De pronto me sentí estúpida ―Llegó un momento en el que no pude soportarlo más, y me tiré a tu lado para dormir un poco. Cerca, para saber si algo ocurría contigo en caso de que mi sueño fuera profundo.
No supe qué responderle aún, no había nada que decir por mi parte.
«Deberías pedirle disculpas»
¿Qué... diablos había sido eso? ¿Eso había sido una voz... hablándome... en mi mente?...
Interrumpí mi divague al momento en el que vi que Robin se ponía de pie y se encaminaba hacia la puerta, con total confianza. Por lo visto aún no se había dado cuenta de cierto detalle con respecto a su identidad.
―Oye, Robin. ―Frenó su andar, volteando su silueta hacia mí.
―¿Sí?
Quedé estática observando sus iris zafiro, en busca de las palabras correctas que pudiera transmitirle a continuación.
─No tienes el antifaz puesto.
─ ¿Que no... ─Su oración serena y desentendida se desvaneció como el aire al comprender mi mensaje verbal. Podría apostar a que se había convertido en piedra de lo tenso que se puso. Acto seguido -y en mi opinión, algo muy estúpido-, cubrió su rostro con ambas manos y me dio la espalda. Arqueé una ceja ―Por todos los... no me mires, Raven.
―¿Crees que acaso ya no he hecho, Richard? ―hice una connotación cuando pronuncié su nombre.
―Basta Raven. Hazme el favor y voltéate.
Parecía estar enojado, mas yo sabía que su enojo no era conmigo. Estaba enojado consigo mismo por haber sido tan descuidado con algo tan valioso e importante para él.
Comprendiendo su actitud, me giré lentamente sobre mí misma y cerré mis párpados, suspirando con algo de fastidio.
―Puedes buscar. ―dije en tono bajo. Comencé a oír sus pasos, de aquí para allá, de allá para acá... estaba nervioso, no era necesario mirarle para saberlo. Pasaron unos minutos en los que buscó debajo de mi cama y a sus alrededores.
―No está... ―bufaba cada cierto tiempo; me removí un poco incómoda sobre mí misma. Fue allí cuando, con extrañeza, tanteé con mi mano izquierda una textura distinta a las de mis sábanas y tapados. Sabiendo lo que era por obviedad, tomé el antifaz de Robin y deleité mis ojos con su vista. Era suave por dentro, casi como el terciopelo, y sus colores no eran tan chillones en la penumbra de mi habitación.
Me volteé para mirar a Robin mientras seguía buscando, ahora con un atisbo de desesperación en sus movimientos. Su alborotado cabello caía con gracia sobre su pálida frente, llegando a tocar sus espesas pestañas. Por un momento no pude pensar en otra cosa que en sus perfectas curvaturas.
―Robin...
―No debió ocurrir esto Raven, no debiste verme sin mi antifaz. ―cortó mi diálogo.
―Pero Ro...
―Sé que no podré cambiar lo que acaba de suceder, y eso me hace sentir como un completo idiota, pero...
―ROBIN.
Dejó de trasladarse de un lado a otro, dándome la espalda por segunda vez. Su respiración estaba agitada. Pasaron algunos segundos hasta que pasó su mano derecha por su pelo, despeinándolo incluso aún más que antes. Inhaló aire con lentitud, conteniéndolo dentro de su pecho durante cierto tiempo.
―Lo lamento Raven. ―murmuró, exhalando el aire contenido. Tragué saliva con cierta incomodidad floreciendo en mi interior... ¿a qué había venido eso?
Desconfiada de lo que iba a hacer a continuación, centré mi atención en la prenda que tenía en mi mano y en su dueño, trazando una línea imaginaria hacia él. Acto seguido, la misma emprendió vuelo bajo el efecto de mis poderes, llevándola hacia su remitente. Sonreí con muchísimo gusto al comprobar que por fin las cosas volvían a la normalidad.
Por su parte, Robin blasfemó algo entre dientes cuando aparentemente vio su antifaz ante él, y se lo colocó en donde debía. Aguardó un momento antes de girarse hacia mi dirección.
Nos quedamos mirando el uno al otro, intentando adivinar qué pasaba por nuestras mentes. Su barrera contra mis lecturas se levantó apenas sus ojos fueron cubiertos por su máscara, por lo que no podía leer nada de lo que él sentía. Miré de un lado a otro, volviendo a sentirme incómoda.
―Gracias. ―dije cuando tomé el suficiente coraje para pronunciar aquella palabra ―Por quedarte aquí anoche, no era tu deber hacerlo. Así que... bueno...
Sonó terriblemente patético y formal... me arrepentía de haber soltado tal tontería. Robin no se inmutó en lo absoluto, y yo ya no sabía hacia dónde dirigir mis ojos.
―No agradezcas Raven, para eso están los amigos. No olvides que no sólo somos compañeros de trabajo. ―me respondió, levantando las comisura de sus labios en señal de sonrisa. Se encaminó hacia la puerta sin dejar de apenas sonreír, frenando su trayecto una vez abierta ―Una pregunta, ¿quieres té de menta o té de manzana y canela?
Me quedé en silencio, meditando mi decisión.
―Manzana y canela. ―dije al final. Momentos más tarde, Robin ya se había ido de mi habitación.
Mi vista continuaba clavada sobre la puerta ya cerrada, mientras que mi mente maquinaba a una velocidad envidiable sobre todo lo que pasó desde que desperté hace un rato. No podía olvidar los ojos de mi capitán... no podía dejar de pensar en aquellas esferas zafiro que se escondían tras aquel trozo de tela, ocultando todos los secretos de Robin con ellas. Había olvidado que él no era sólo un superhéroe, que también era un adolescente, y sus rasgos faciales me lo volvieron a recordar hoy.
Dejando atrás eso, me di cuenta de que ya podía mantenerme sentada. Saqué las cobijas de encima mío y traté de levantarme; quería volver a estar de pie. Con ayuda de mis manos y la cabecera de mi cama, tomé impulso y lo logré.
Por fin... luego de estar un día y una noche en cama, pude ponerme en pie nuevamente. Sonriendo orgullosa de mí misma, caminé un poco alrededor de mi cama. En ese instante sentí un mareo repentino, que me obligó a tomar asiento de nuevo. Fijé mi visión al suelo y contemplé con curiosidad dos artefactos que no debían estar allí. Con sumo cuidado los agarré con ambas manos y acaricie la superficie de los guantes verdes de Robin, con cierta fascinación.
P.O.V Robin:
Primera hora del día y ya tuve problemas... serios problemas. Raven por suerte es la integrante más callada y discreta del equipo, pero eso no le da el permiso de poder saber qué se esconde bajo mi antifaz. ¿Lo peor? No fue por hechos suyos, fue por culpa mía. Lo más extraño de ese asunto, es que no me siento como esperé sentirme... siendo sincero conmigo mismo, creí que iba a ponerme histérico, enfadado y hasta incluso paranoico. Pero no... me mantuve bajo control, y encima pude esbozar una sonrisa luego de ello.
Lo siguiente no tenía nombre. Abracé a Raven mientras dormíamos... ¡abracé a Raven! Ella odiaba el contacto físico, y odiaba aún más que se le tocara sin permiso admitido antes. No hubo permiso admitido ninguno para conmigo; lo que sucedió fue tremendamente fatal...
Dudo que ella recordara algo de lo que sucedió mientras tuvo su episodio de fiebre intensa durante la noche, pero igual me sentía bastante inquieto por si con el paso del tiempo su mente iba aclarando sus recuerdos y finalmente rememorara todo lo que pasó.
«Quédate...»
Me mordí el labio inferior mientras que esperaba que el agua de la caldera calentara. Mis párpados se cerraron mientras mi memoria me traía su aroma a violetas, su piel suave al tacto, su sedoso cabello lacio...
No iba a poder seguir evadiendo todos mis pensamientos durante mucho tiempo más. Ya no iba a evitar que mi mente relacionara todo lo perfecto con mi compañera de equipo... diablos, ¿he dicho "todo lo perfecto"?...
A eso me refería, a que no era lo mismo que antes. Raven estaba pasando a formar parte de otro lado de mí, un lado que no tenía nada que ver con el trabajo o la amistad, con lo fraternal o el compañerismo. Estaba adentrándose en cierta parte peligrosa de mi visión que podría alterarse... o arruinarlo todo. Lastimar inocentes, como a Starfire...
No quiero admitirme nada aún... no es momento ni ocasión para hacerlo. Todo era como un trago de whisky: quemaba. Pero se sentía bien...
El agua hirviendo en la tetera cortó mis pensamientos. Me despejé y puse manos a la obra para preparar un desayuno liviano y gustoso. Hice el té, para ambas personas; por una vez iba intentar romper mi rutina por el café e iba a cambiarla por un poco de hiervas en agua caliente. Serví en las tazas las correspondientes porciones y busqué una bandeja para llevar un poco de tostadas y mermelada. Posicioné las tazas y luego los aperitivos, tomando con ambas manos la bandeja y encaminándome hacia la habitación de Raven de nuevo.
Al llegar golpeé la puerta con uno de mis pies, aguardando.
―Espera un momento. ―oí. Me entretuve olfateando el aroma que me ofrecían los alimentos que aguardaban sobre mis manos, llenándome de ganas por comer. Mi estómago en respuesta crujió sin escrúpulos ni vergüenza.
La puerta se abrió, revelando la silueta de Raven escondida por sus tapados.
―Veo que ya puedes mantenerte en pie nuevamente. ―confirmé con optimismo.
―Qué bueno eres observando. ―me dijo, con una mueca cercana a una ínfima sonrisa. Me dejó entrar cerrando la puerta a nuestras espaldas, y nos sentamos en el margen de su cama. Dejando la bandeja sobre la mesa de luz, tomé con ambas manos las tazas y le ofrecí la suya. Me agradeció con un asentimiento de cabeza, sorbiendo luego de su té.
―No está mal.
El silencio decidió penetrar en la estancia, dándole un atisbo de incomodidad al ambiente. Mis ojos contemplaban de reojo la anatomía de Raven, descubriéndola en su contemple hacia el humo aromatizado que se dibujaba en el aire, despedido de su taza.
Al momento de tomar una tostada y darle una mordida, una migaja se posicionó en su labio superior con gracia. Tracé una sonrisa torcida.
―No te muevas. ―dije sin más, moviendo mi mano hacia su rostro. Con mi dedo pulgar, quité la miga de pan de su delgado labio, con cuidado de no tocarla de ninguna forma. Raven me observaba con una perfecta cara de póker: insípida, callada, sin demostrar ningún tipo de emoción.
―¿Qué haces?... ―preguntó con voz susurrante. Si bien ya le había sacado la migaja, mi dedo continuaba cerca de su labio; sentía su respiración chocar contra él, tibia, serena...
El estruendoso ruido de la alarma, nos hizo dar un brinco sobre la cama del susto. Alejé rápidamente mi mano de la cara de Raven, notando que mi pulso se aceleró de manera importante por el sobresalto.
«Claro... por el sobresalto... no tiene nada que ver el hecho de que casi la tocas estando ella consciente...» me dije hacia mis adentros, con cierto morbo.
―Hay que ir a ver. ―dijo.
―Yo iré a ver. Tu quédate aquí; hasta que Cyborg no te haga algunos análisis clínicos y estés totalmente recuperada de tus dolores, no puedo permitir que salgas a hacer ningún tipo de esfuerzo físico. Y eso incluye las misiones. ―Me miró entregándome el silencio más espeso de todos, esforzándome por ponerme en alerta a por su siguiente diálogo.
―Ya estoy bien, tú me has visto. Puedo caminar, moverme de un lado a otro...
―Raven, entiende que no te dejaré ir.
No iba a esperar a que empezara a discutir contra mis decisiones. Me levanté de la cama, dejé la taza de té en la bandeja a medias y caminé hasta la puerta, cerrándola una vez afuera.
Al salir y me topé automáticamente con Cyborg y Chico Bestia, quienes corrían por el pasillo.
―¡Viejo! ¿En dónde estabas? ―inquirió Chico Bestia.
―Estuvimos buscándote por... ―Cyborg dejó su línea por la mitad y arrugó el ceño ―¿Acabas de salir de la habitación de Raven?
―Le traje el desayuno. ―dije escueto, comenzando a dirigirnos hacia el garaje ―¿Qué sucedió?
―Hay un ataque en un supermercado cerca de aquí. ―explicó rápidamente el enano verde.
―¿Y Starfire? ―pregunté extrañado de no verla.
―Creíamos que estaba contigo...
―¡Aquí estoy! ―lo irrumpió la pelirroja. Sin necesidad de tocar el suelo, se acercó levitando hacia nosotros sin quedarse atrás en nuestra caminata rápida por la torre.
―Star, hoy nos acompañarás. ―gesticulé mientras buscaba las llaves de mi motocicleta.
―Oh... pero Raven se quedará sola, Robin, ella no...
―Raven estará bien, no te preocupes. ―corté, un poco irritado.
―No podemos dejar a nuestra amiga sola, ella...
―¡He dicho que no, Starfire!
Había sonado un par tonos más alto de lo que quería que sonara en realidad. Los tres disminuyeron su velocidad de golpe, observándome con el ceño fruncido. Excepto Starfire, claro está, que me miraba con sus orbes verdes atisbadas en sorpresa y tristeza.
―Sólo... no. ¿Puede ser? ―murmuré, impacientándome más. Estuvo mal... pero no tenía tiempo. Ninguno lo tenía ―¿Ubicación del altercado?
Cyborg demoró unos instantes en responderme, algo resentido por mis anteriores actitudes.
―En un comercio a siete kilómetros de aquí, hacia el sureste. ―dijo.
―No hay tiempo que perder.
Fuimos lo más rápido que pudimos. Cyborg y Chico Bestia en el auto T, Starfire volando y yo en mi moto, todos juntos. En el camino me preguntaba quién sería el agresor que enfrentaríamos el día de hoy.
No hizo falta preguntarnos si llegaríamos pronto. Dos calles antes de la ubicación marcada en nuestras pantallas, nos encontramos con varios autos volteados, la mayoría patrullas, algunos incendiados inclusive. Starfire detuvo su vuelo para ayudar a dirigir a una mujer con dos niñas pequeñas en los brazos hacia un sitio seguro. Un destello rosa, como humo a lo lejos nos llamó la atención, por ende frenamos, nos bajamos de nuestros vehículos y recorrimos el resto del camino corriendo, hasta llegar al punto del altercado.
El ambiente estaba cargado, al igual que cuando se lanza una bomba de humo al suelo y más tarde el mismo se dispersa. Instintivamente nos tapamos los cuatro la nariz y la boca con el brazo, por más de que ya no había rastros del humo rosa. Inmediatamente nos posicionamos en ataque, buscando yo con mis ojos alguna señal del causante de tanto revuelo. Habían varios oficiales de policía apuntando con sus correspondientes armas hacia la puerta de un comercio pequeño, escondiendo sus cuerpos detrás de las puertas de los autos.
El cuadro que empezamos a divisar a continuación fue increíble. Todos los oficiales, primero uno, luego casi todos al mismo tiempo, soltaron sus armas, haciendo que las mismas quedaran de un golpe seco en el suelo de asfalto. Sus ojos comenzaron a brillar de a poco, adquiriendo así un color azul zafiro que ocupaba todo el globo ocular, tapando las iris y las pupilas incluso. Un escalofrío lamió mi espina dorsal. De pie en el mismo instante, absolutamente todos empezaron a caminar como zoombies, extendiendo sus extremidades superiores hacia nosotros.
Ya habíamos visto suficiente. Saqué mi vara- bo y me preparé, seguido de mis compañeros.
―Titanes, éstos son civiles inocentes bajo el control de la mente que los puso en este estado, no lo olviden. ―fue lo único que me permití decir antes de lanzarme contra ellos y esquivar sus instantáneos golpes. Había que hacerles el menor daño posible. Starfire, gracias a sus dotes, simplemente se elevó en el aire y contribuyó en la ayuda a Cyborg y a Chico Bestia desde las alturas.
Me escurrí entre varios oficiales, queriendo acercarme hacia el comercio en el que anteriormente los mismos civiles apuntaban con sus armas. Llegaba a la puerta cuando dejé en estado inconsciente a tres oficiales que me importunaban de forma alarmante. Me lancé contra la puerta de hierro, abriéndola de una patada, y entré dando una voltereta sobre mí mismo gracias al impulso, aterrizando perfectamente.
Las temperaturas allí dentro eran mucho menores que las que habían en el exterior. Apreté en un puño mi vara- bo y agudicé mis sentidos, dando los primeros pasos hacia el interior de aquel depósito de provisiones. En ese instante lo oí: una serie de pitidos al unísono del segundero de un reloj. No podía ser un reloj...
Busqué con desesperación en todos los rincones del cuartucho, encontrando velozmente la bomba entre algunos suministros de un destartalado estante de hierro oxidado. Faltaban dos segundos...
Sólo me dio el tiempo para soltarla y cerrar mis párpados con fuerza antes de sentir impactar contra todo mi cuerpo una serie de... ¿papelitos?
Agité mis brazos, olvidando por completo que con una de mis manos agarraba mi arma. No la oí cuando aterrizó en el suelo gracias a un sonido ensordecedor que llenó la instancia y salía de la nada, por ende fue que llevé mis manos hacia mis oídos y me los tapé con euforia. En la misma pantalla en la que antes se reflejaba el segundero de la falsa bomba, figuraba la oración «Caíste, gatito». Justo en ese momento el ruido cesó, y yo pude volver a recoger del suelo mi vara- bo.
―Que no te carcoma la intriga, Titán. Escribí «gatito» al final del mensaje en honor al dicho «la curiosidad mató al gato»
Me giré tan rápido sobre mí mismo que sentí los huesos de mi espalda tronar. Mi rostro no demoró en acentuar con exagerada precisión mi sorpresa... ¿ésta era la villana?
Una adolescente -la cual aparentaba tener alrededor de mi edad-, vestida con una falda tableada corta y rosa con bordes blancos a conjunto de un top de los mismos colores, se encontraba de pie frente a mí, recargando su peso de lado en la pared gris de la habitación. Se podía contemplar con facilidad la perforación que resaltaba de su ombligo adornado por un brillante con forma de corazón azul zafiro. Llevaba también un par de largas medias rosas con bordados blancos que le llegaban hasta las rodillas y unas zapatillas de ballet blancas. Su espalda cargaba con un carjac marrón lleno de flechas y su mano derecha se aferraba a un arco de tiro.
Todo ese análisis detallado, pasó a una velocidad increíble en mi mente. Dos segundos en la vida real. Con mi pie hice que mi vara- bo terminara en mi mano, por lo cual después me posicioné a la espera de un ataque.
Pero ella seguía allí, recostada contra la pared sin quitarme los ojos de encima.
―Creí que mi vestimenta de por sí ya era llamativa... pero la tuya sí que supera la mía. ―siseó con suavidad, enredando uno de sus dedos en un mechón de cabello rosa con lentitud. Su pelo era ondulado, y se sostenía en gran parte por dos coletas altas. Luego varios broches acomodaban una serie de mechas rebeldes para que quedaran acorde a su cerquillo.
―Baja tu arma. ―dije sin más, sonando con la misma firmeza de siempre. Si bien su antifaz cubría sus ojos, sentí que arqueó una ceja hacia mí con altanería.
―Pues... fíjate que no. No quiero.
Realizó su primer movimiento, enderezando su postura y apretando su arco en un puño. No hizo nada más, pareciera que sólo buscaba alertar al máximo mis sentidos y volverme paranoico ante el mínimo sonido que apareciera en la habitación. Sus labios se curvaron suavemente en una torcida sonrisa, alertándome.
Con una velocidad casi físicamente imposible, estiró su brazo hasta su espalda y tomó una de las varias flechas de metal que se encontraban en su carjac mientras que con su otra mano elevaba su arco hasta situarlo en posición frente a su cuerpo. Colocó con completa perfección la flecha en el arco y mandó a volar el arma hacia mí. Todo eso en un sólo segundo.
Con cierto inconveniente -qué va... sentí mis huesos tronar-, doblé mi cuerpo en su totalidad hacia atrás y evadí el flechazo, el cual pasó tan cerca de mi oreja que, incluso momentos después, el zumbido del metal cortando el aire aún continuaba grabado en mi mente, alertándome. Busqué con total euforia la silueta de la villana, volviendo a toparme con sus ojos ocultos. No lo pensé siquiera: me lancé por segunda vez contra la puerta, saliendo del cuartucho.
Fuera, el calor era abrasador. Mi cuerpo se había acostumbrado a las bajas temperaturas de la despensa, y ahora me pasaba factura haciéndome sudar con sólo moverme. La luz exterior también me estaba jugando en contra, pues me resultó muchísimo más brillante que de costumbre, gracias a la oscuridad que había en el depósito de provisiones. No me costó mucho encontrar a mis colegas, los cuales se encontraban ya se pie en el suelo, prontos para luchar.
Miré que de la despensa, la silueta de la villana rosa se asomaba con cierta majestuosidad, como si al hacerlo empleara algún tipo de magia que enlentecía sus movimientos. Sostenía aún con delicadeza su arma, caminando casi de puntillas, casi flotando y el peso de su cuerpo se igualara al de una pluma de ave.
¿A la de un flamenco, tal vez?...
―¡Ríndete, y tal vez lleguemos a un acuerdo!
La muchacha de cabello rosa se quedó viéndome como si fuera la primera vez que lo hacía, y luego se largó a reír con fuerza.
―¿Llegar a un acuerdo? ¿Con un villano? No espera, aún mejor... ¿rendirme?
Cortó de forma drástica su carcajeo, y colocó a la misma velocidad de la primera vez una flecha más en su arco, lista para disparar.
―Titanes... ¡ataquen!
No terminé de decirlo siquiera, y vi a Starfire maniobrando para evadir el flechazo. Todos nos movimos con tal de hacerle dificultosa la tarea de darnos con alguna de sus armas.
Fue allí cuando, con su brazo izquierdo extendido hacia adelante y su mano cerrada en un puño, comenzó a recitar palabras que ninguno de nosotros comprendió ni llegó a oír por el esfuerzo que hacíamos. Los oficiales que se hallaban en el suelo, se levantaron una vez más e intentaron detenernos por segunda vez.
Su risa se oyó a lo lejos, mientras combatía con un guardia de seguridad.
―Raaaaaveeeen... ―llamaba, con una voz cantarina e infantil, carcajeándose después. Con notable esfuerzo, llegué hasta ella y le propiné una patada, la cual esquivó con una facilidad sorprendente, riendo ―.Oh, vamos Robin... dile a Raven que no se esconda y que salga de una vez.
No le respondí, sin detener mis ataques. En vano, pues ella se movía con soltura y cuidado; mas con velocidad. Comenzaba a enfurecerme al no poder darle ni una sola vez, escuchando su risa.
―¡No tendrás esa satisfacción! ¡Raven no vendrá!
El alarido de Starfire diciendo aquello pareció dejar helada a la villana, la cual dejó instantáneamente de reír y se puso mortalmente seria. Se alejó de mí saltando e interponiendo en mi camino a algunos oficiales hechizados, para detener mi avance hasta ella.
―Ya veremos. ―dijo con simpleza.
Y, tal y como estaba, se esfumó en un parpadeo como si se hubiera desvanecido junto con el viento.
De manera instantánea, los oficiales cayeron al suelo inconscientes. Mi equipo se acercaron hasta mí a las corridas, sin poder creer nada de lo que habían visto.
Era como si Red X le hubiera prestado a aquella chica su maldito cinturón, y ella me hubiera jugado una mala pasada.
―¿Pero qué... diablos fue eso? ―exclamó Cyborg, mirando de un lado a otro como si esperara que de un instante aparecería otra sorpresa de mal gusto para nosotros.
La villana era alguien a la que jamás habíamos visto antes, sí. Pero sin saber por qué, supe en ese mismo momento que ella no sólo quería molestar. Que tenía un significado oculto tras su aparición en Jump City.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Nada para decir, comenten, y seguiré en la edición del próximo capítulo. Muchas gracias.
Mayqui, ¡cambio y fuera!
