Noviembre de 2016 estoy aquí muy decidida a darle final antes que se acabe el año, gracias por su paciencia.


"Ofrecer amistad al que pide amor, es como dar pan al que muere de sed." Ovidio

Después de haber atendido a su veinteava paciente del día, Jan Di se dejó caer en su silla y cerró los ojos, agotada. Necesitaba una siesta de al menos veinte minutos, antes de salir para el aeropuerto. No sería responsable hacerlo en el estado en que se encontraba ahora. Estas serían sus primeras vacaciones desde que entrara a trabajar a la clínica. Y de eso, hacía ya más de un año. La respetabilidad que se había granjeado entre las personas de la comunidad; aunque le llenaba de satisfacción, le dejaba exhausta al final del día. A veces, las filas parecían interminables.

Cuando despertó, confirmó la hora en su reloj, tomó su bolso, y salió apresuradamente del consultorio.

Encontró a Ji Hu en compañía de la nueva recepcionista.

Se detuvo un instante. La manera en que ella lo miraba… No lo había notado; pero ahora resultaba obvio. Kim Yun Seo sentía algo por Ji Hu. Llevaba un mes trabajando en la clínica, tiempo suficiente para caer bajo su encanto. No sería la primera.

Si tan solo se diera una oportunidad. Pero no, seguro la despedirá en cuanto descubra sus sentimientos. Ya lo ha hecho antes. Sin embargo, por un momento su mirada fue casi tierna. ¿Será posible que esta vez…?

—¡Sunbae! —dijo con suavidad—. ¿Podemos hablar un minuto?

Ji Hu suspiró con fuerza. Yun Seo seguía a su lado; pero él ya no la veía. Cuando Jan Di aparecía, era como si todo lo demás se desvaneciera.

—¿No deberías estar camino al aeropuerto? —contestó, avanzando hacia ella.

Jan Di notó la decepción en el rostro de Yun Seo; pero no podía preocuparse por eso en este momento. Estaba contra el tiempo.

—Sabes que ese avión no despegará sin mí —dijo sonriendo—. Solo quería preguntártelo una vez más. De verdad… ¿no vendrás con nosotros?

Ji Hu negó con la cabeza.

—No puedo dejar la clínica.

Jan Di sabía que era una excusa. Y, aunque pareciese egoísta de su parte, anhelaba que él fuera parte de ese viaje; y de sus nuevos buenos recuerdos. Pero, no podía obligarlo. Hacerlo, era como ir en contra de su amistad.

—Entonces —dijo, resignada—, nos veremos en dos semanas.

—Así será —respondió Ji Hu.

Y cuando lo dijo, su rostro, joven, hermoso, reflejó su sufrimiento. El corazón de Jan Di se quebró junto con el suyo; pero no estaba en sus manos ofrecerle algo más allá de la amistad.

Él lo sabía.

Jan Di subió a su auto, y dejó la clínica atrás. Llevaba media hora de retraso y su móvil no paraba de sonar. Le había dicho a Gu Jun Pyo que iba camino al aeropuerto; pero él insistía en llamar cada cinco minutos.

—Si —dijo por quinta vez—. Ya voy en camino.

Lo único que había obviado decirle, es que antes debía hacer una parada. Afortunadamente, la casa de Jin Hee se hallaba camino al aeropuerto. Eso era bueno, al menos no tendría que desviarse, y perder un precioso tiempo que no tenía.

El resto del grupo ya estaba en el avión.

Solo faltaba ella.

Ella, y Jin Hee.

Se había tomado la libertad de invitarla. Siendo Choi Jin Hee la prometida de Woo Bin sumbae, consideró lógico hacerla parte del grupo. La ocasión les ayudaría a conocerse mejor. Si ambos habían aceptado seguir adelante con el compromiso, no tenía caso ignorarse mutuamente. Además, había tomado un café con Jin Hee, y se le había hecho muy simpática. Tal vez no era bonita; pero nadie podía negar que fuera simpática. Cuando Woo Bin la conociera, se daría cuenta de eso. Aunque, según Jun Pyo, esa relación estaba destinada al fracaso.

Cuando llegó a casa de Jin Hee, vio con incredulidad que se trataba de una residencia bastante modesta. Esto era extraño. Había escuchado que Toyo Ito, uno de los arquitectos contemporáneos más respetados del mundo, había diseñado su casa personalmente. Entonces, ¿qué significaba esto? ¿Se habría equivocado?

No, la dirección era correcta.

Jin Hee le saludaba desde el portal.

Llevaba uno de esos overoles que tanto se usaran en la década de los ochenta; y que solo podía perdonárseles a los jardineros. No tenía nada que ver con las últimas tendencias de la moda. La blusa no era más favorecedora. A pesar de todo, la encontró casi bonita detrás de sus gruesos espejuelos. Eso, si le comparaba con la noche del compromiso.

—¡Unnie! —exclamó Jin Hee, con alegría casi infantil—. Por un momento pensé que te habías olvidado de mí.

De no ser por los brackets, su sonrisa podría ser hermosa.

—¡Claro que no! —dijo Jan Di, consultando su reloj.

Señalaba las tres de la tarde y el vuelo estaba programado para las dos.

Una hora de retraso.

—Será mejor que nos pongamos en marcha.

Jin Hee miró el auto con recelo.

—¿Viajaremos allí?

Jan Di sonrió.

—Es más espacioso de lo que parece —dijo con orgullo—. Vamos, te ayudaré con las maletas.

Pero antes que pudiera echarle mano al equipaje, una mano masculina se le adelantó.

—Yo llevaré eso.