Capítulo cuarto: Estamos solos
La primera semana en la Arena del Vasallaje termina sin pena ni gloria para nadie, al menos no más pena de la que ya les había ocasionado. La tristeza sigue impregnando cada instante en el vivaracho grupo de Johanna, pero al menos ella ya siente que las dos personas que la acompañan están allí, que han regresado desde los obtusos laberintos del dolor para estar de cuerpo presente, y al menos medio acompañándola.
Recuperar a su amigo Finnick es un alivio de por sí, pero no evita la sensación de que hay algo que va terriblemente mal. La noche y el día han comenzado a difuminarse; las noches duran menos o los días duran más, cuando no sucede a la inversa. Y es como si se les hubiera estropeado el termostato en el estadio. Algunas partes del día, que a veces se corresponden con la oscuridad y otras no, empiezan a ser terriblemente frías para la ligereza de las prendas que llevan puestas. Ahora necesitan recurrir a la parte superior del mono adhesivo que les obligaron a ponerse la mayoría del tiempo. Pero hay otros momentos en los que literalmente se cocinan debido al bochornoso calor. Los bruscos cambios térmicos no le hacen bien al estado anímico de ninguno, aparte de que chafan la mayoría de las plantas que les rodean.
La parte positiva del paso del tiempo es que Everdeen ha empezado a cazar y su dieta ya no se compone exclusivamente de esos roedores-ardilla que consumían muy a regañadientes durante los primeros días en el estadio. El conejo sabe considerablemente mejor que la rata, por no hablar de que tiene mucha más carne.
Johanna también se ha dado cuenta, aunque en realidad, de alguna manera lo supo desde el principio, de que están caminando en círculos. La ausencia de cañonazos o el sonido de algún aerodeslizador le indican que no ha muerto nadie más, pero entonces, ¿dónde demonios se encuentran el resto de tributos?
La respuesta lógica a esa pregunta es que los demás, al igual que ellos, también están trazando círculos concéntricos en torno a la cornucopia, y por eso sus caminos nunca llegan a encontrarse. Supone que se habrán formado grupos; y es de suponer que los demás, al igual que ella, ya se habrán dado cuenta de lo extraño que resulta todo lo que está sucediendo allí dentro.
Son tantas las cosas que han cambiado desde el primer día que sería imposible enumerarlas con los dedos de ambas manos: los ciclos de luz, las variaciones de temperatura, la vitalidad de las plantas (antes exuberantes, ahora lánguidas o directamente chamuscadas). Por no hablar de que se han esfumado no sólo los mutos (que no han vuelto a aparecer desde el espantoso episodio de los cuervos que llevó a la muerte de Annie), sino cualquier ruido o señal indicativa de que alguien les controla desde fuera. No hay himno, ni proyecciones de tributos a la luz de las estrellas. No hay episodios meteorológicos reseñables, nunca llueve o hay tormentas.
En realidad, todo esto se puede resumir que en el estadio no pasa absolutamente nada.
—Es evidente que hay algo que estamos haciendo terriblemente mal —observa Johanna la mañana del décimo día de reclusión forzada en la Arena del Vasallaje, durante el almuerzo.
Finnick, que se sienta a su lado e intenta desgarrar con los dientes la carne de un hueso a medio roer, entorna los ojos para mirarla.
—Vengo pensando lo mismo desde hace días —conviene el chico.
—Es motivo de celebración si has decidido volver a pensar, estimado Odair —repone ella. Se siente inmensamente feliz cuando su amigo da muestras de estar encontrando el camino de vuelta a la realidad—. Tendrías que pedirle disculpas a tu maltratada mano. Eso sería igual que una declaración de buenas intenciones por tu parte.
Él se contempla su magullada mano derecha con infinita ingratitud hacia sí mismo; pobre Finn. La izquierda salió mucho mejor parada de la refriega contra el árbol. Pero su derecha aún tiene los nudillos descarnados y todavía conserva el tono amoratado y la hinchazón. Probablemente se fracturara algún huesecillo, pero seguro que Finnick también le ha estado dando la bienvenida al dolor. El dolor físico siempre nubla las ideas y evita que pienses en otras cosas. A Johanna al menos le suele funcionar. El día después del arrebato de Finn, solucionaron el tema colocándole la mano más afectada en cabestrillo, haciendo uso de una hoja grande y la cuerda que les había dejado el escaqueado de Blight.
Cuando Finnick decide levantar la cabeza del regazo de sus manos, lo hace para mirarla a ella, otra vez con esa expresión de culpabilidad, pena y ruego de perdón.
—A mí no se te ocurra decirme nada —le corta ella antes de que empiece a hablar—. Me lo tenía merecido.
De repente escuchan agitadas respiraciones de Katniss acercándose al pedrusco sobre el que están recostados ellos dos.
—Se acerca gente —anuncia con angustia en la voz—. He escuchado pisadas. Son unos cuantos. Seguro que más de dos.
Finnick salta como un resorte, tridente en mano izquierda, mano derecha en cabestrillo. Pero Johanna se limita a soltar una exhalación de casi casi felicidad.
—¡Por fin pasa algo! —exclama la chica.
—Ponte de pie Johanna. Puede tratarse de un ataque inminente —le increpa Finnick. Everdeen ya está posicionada para atravesar con una flecha a cualquier cosa que aparezca a su alrededor, girando sobre sí misma y con el cuerpo tan tenso como la cuerda del arco que sujeta entre las manos.
Johanna no puede evitar sonreírle también a ella. De repente, parece que Katniss también quiera vivir, y eso le alegra. Se levanta pausadamente, sacando el bonito hacha del cinturón y lanzándolo al aire para que haga una cabriola. Los otros dos se apartan de ella asustados, pero a Johanna se le da tan bien hacer cualquier cosa con el hacha que está segura de que nadie corre peligro.
—Pero a ver —les dice a sus amigos—. Pensad un poco. En el peor de los casos serán los cazurros de los profesionales del Uno y el Dos. Cuatro en total, y las cosas no han estado demasiado bien para llenar el gaznate por aquí últimamente. Nosotros somos tres, no les superamos en número, pero sí que lo hacemos, y mucho, en inteligencia global. ¿A qué viene tanta alarma?
—¿Has perdido el juicio, Mason? —pregunta Everdeen, escandalizada por sus palabras.
—No, pequeña. Lo he estado pensando —replica ella con mucha calma y absoluta seguridad.
Cuando el ruido se vuelve más nítido y cercano, una maraña de pasos pisoteando arbustos y plantas bajas y haciéndolas crujir (todo el esplendor verde que era la Arena en un principio empieza a estar reseca) se hace evidente que, o los cuatro intrusos intuidos resultan de lo más ruidosos, o se trata de unos cuantos tributos ruidosos más.
Los primeros en aparecer entre la hojarasca son Chaff y Blight, a modo de avanzadilla. Johanna no dudaba que su compañero de distrito siguiera vivo. Le siguen los esperados cuatro profesionales, quienes avanzan hasta ellos en fila de uno, con armas en las manos pero sin intención aparente de amenazarles con ellas. El grupo final lo componen el resto de vencedores que era de suponer seguía vivo ante la ausencia de ningún cañón. Tal y como pensaba Johanna, no ha habido más muertes tras la de Annie, y es una sorpresa satisfactoria que los cuatro cazurros del Uno y el Dos se hayan unido al grupito. Eso quiere decir que lo saben todo, y están con ellos. O si no es el caso, al menos han dejado de representar una amenaza. Ahora podrán atarles en corto.
Blight y el tributo manco del once se ven obligados a alzar las manos, ya que Everdeen no cesa en su amago de dispararlos.
—Baja eso ya —tiene que decirle Johanna a la chica, acercándose hasta ella y atizándole un manotazo a su arco. La flecha cae al suelo y Everdeen se queda mirándola con desconcierto. No se explica qué es lo que está pasando allí—. Vienen como amigos. Acompáñame —le dice a Finnick.
Él tampoco suelta su tridente, y Johanna, por una cuestión de prudencia, agarra el hacha que había dejado en el suelo. Los dos se acercan a la pequeña formación profesional y los examinan cuidadosamente.
—Por fin se os ha encendido la bombilla —escupe Johanna a Cashmere y su hermano Gloss, los títeres del Uno, y a las bestias pardas del Distrito dos: Enobaria y Brutus —. Las armas al suelo, amigos —prosigue, indicando con un dedo un punto de tierra reseca.
Los cuatro cazurros, como ha decidido empezar a llamarlos de manera coloquial, sueltan el arsenal en un visto y no visto. Johanna se regocija viendo la forma en que acatan sus órdenes. Resulta que ahora tiene dotes de mando; si se lo hubieran dicho unos meses antes, Johanna habría llamado tonto y absurdo al interlocutor que le comentase tal chorrada. Pero allí está, dando órdenes a los cazurros. Y lo cierto es que se siente bastante bien.
Lo siguiente que hacen, ahora que están todos reunidos, es ponerse al día. A quien le ha pasado tal cosa, las muertes que no se han podido evitar, o lo que cada uno piensa sobre la actual situación de la Arena. En ese último punto todos coinciden en que está pasando algo extraño. Todos son vencedores, ya habían pasado por el estadio una primera vez, y se habían visto obligados a ver muchas ediciones de los Juegos. Saben de lo que hablan cuando afirman que todo es muy raro allí dentro.
Por la noche, después de organizar el camping y poner los víveres y armas que tienen en común, aquello empieza a parecerse a un fuego de campamento. Han hecho una hoguera y todos se encuentran sentados a su alrededor, no les falta más que alguien se saque de la manga una guitarra y ponerse a cantar canciones, y sospecha que Chaff está a un suspiro de empezar a hacerlo (bueno, lo de la guitarra no), y eso que es imposible que haya bebido una gota de alcohol.
Johanna tiene a Beetee sentado a un lado y Finnick se ha acomodado en el otro; siempre nota algo vibrando en el pecho, cada vez que tiene así de cerca a Finn, aunque no se digan nada. El científico del Distrito Tres, por su parte, le está poniendo gran empeño en lograr entablar una conversación con ella. El tío no para de hablar, aunque Johanna no entiende una palabra de lo que dice; supone que es sobre cables y electricidad, que es a lo que se dedican en su distrito. No da la cháchara por finalizada hasta que Everdeen acude desde el otro lado de la fogata y se sienta frente a ellos. Johanna, Finnick y Beetee la miran expectantes, sabiendo lo que les espera tras las furiosas mirada con la que Katniss les está recorriendo uno por uno.
La chica finalmente ha debido de sumar tres más tres. Y ahora no parece triste o desesperada por la prematura muerte de su amor. En ese momento lo único que parece es peligrosa.
—Está claro que vosotros sabéis algo que yo no sé… —comienza a decir Everdeen.
—Esa es una forma de resumirlo —indica Johanna, en cierta medida divertida con la situación, aunque se sienta tentada de esconderse detrás de Finnick, o directamente fugarse de allí.
De todas formas, divertida o no, Johanna tiene bastante claro que va a dejar que sea Finnick el que se explique. Todavía le pican en las mejillas los arañazos que las uñas de Katniss Everdeen le propinaron allí, por un simple cometario desafortunado. El tema del trío era realmente gracioso y se lo tomaron fatal. Con lo que tienen que decirle ahora, va a arder Troya. Johanna prefiere verlo desde la barrera y a una distancia prudencial, confiando en que Finnick la defienda, si se diera el caso.
A la narración y las explicaciones que se le ofrecen a Everdeen acaban por sumarse casi todos los vencedores, a excepción, por supuesto de los cazurros, desconocedores de la trama rebelde en todo su esplendor. Le cuentan, entre otras cosas, que habían aceptado sacrificarse para salvarla a ella y también a Peeta, que existía una posibilidad de sobrevivir, si conseguían sacarlos de la Arena a tiempo, pero que a afectos del plan, tramado a escondidas entre diversos grupos subversivos del Capitolio, rebeldes de los distritos y el Propio Distrito 13 —Katniss alucina cuando le hablan de esto último— lo más importante era ella, su supervivencia, para que pudiera ser el rostro de la Futura Revolución, la voz que diera aliento a los desmoralizados esclavos de los distritos, la persona que capitanearía el cambio en el mundo.
Everdeen tiene la cara descompuesta y parece temblarle todo el cuerpo mientras escucha. Johanna habría esperado un arranque de rabia, pero no es eso lo que sucede. Parece pequeña y desvalida frente a todos esos adultos que le hablan y le explican que estaban dispuestos a morir. A morir para que viviera ella. No es más que una cría, piensa Johanna, una niña desbordada por todo lo que le ha pasado y abrumada al darse cuenta de que ha estado representando un papel que cree que le viene grande.
Cuando el silencio empieza a dominar la reunión, los restos de la hoguera no son más que carboncillos en ascuas y la mayoría de los vencedores ha cedido ante el sueño, Katniss Everdeen hace la gran pregunta.
—¿Y qué es lo que tenemos que hacer ahora?
Ya sólo quedan despiertos Finnick, Voltios, Majara, Chaff y la propia Everdeen, además de ella misma. Todos los presentes hacen gestos de estar pensando o pierden las miradas en el oscuro horizonte a la espera de que otro empiece a hablar, igual que si no se dieran por aludidos. Al ver que nadie se decide, Johanna toma la palabra. Alguien lo tiene que hacer.
—Seguir vivos —dice con voz firme y clara, ya que está segura de que es eso lo único que se puede decir—. Eso es lo que tenemos que hacer. Seguir vivos y enfrentarnos a lo que haya fuera cuando salgamos. Es lo que siempre hemos hecho. Lo haremos ahora, y venceremos.
—Las cosas están sucediendo de una forma extraña —apunta Beetee ante su exaltada exposición.
—Nadie sabía cómo sería la Arena —señala Finnick—. Pero nos habían asegurado que las cosas seguirían un curso… normal. Parecido al de otros Juegos. La idea era reagruparnos y encontrar un vértice desprotegido en el campo de fuerza del estadio. Usando esa brecha, los rebeldes prometieron que iban a sacarnos de aquí.
-En teoría —vuelve a hablar Beettee—, íbamos a estar en contacto permanente con nuestros mentores. Habíamos planificado todo un sistema de comunicación a través de los regalos que nos llegasen en los paracaídas. La cuestión es que nadie ha recibido ningún regalo. Lo cual nos lleva a pensar que fuera está pasando algo.
Mientras Finnick y el vencedor del Distrito 3 continúan dándole detalles a una muy contrariada Chica en Llamas sobre la verdad de las cosas, Johanna se fija por primera vez en toda la velada en la compañera de Voltios, Majara o Wiress, o como se quiera llamar. La mujer se encuentra dibujando con un palito sobre la tierra, o mejor dicho, escribiendo algo, al tiempo que tararea una canción.
Esa tipa tiene una pinta de loca que da miedo y es evidente que en los últimos tiempos ha descuidado bastante el tema de la higiene personal. Su vestimenta especial para la Arena luce más destrozada que la de ninguno, está llena de arañazos que no se ha molestado en limpiarse y posiblemente su maraña de pelo se haya convertido en el hogar de alguna nueva especie. Sin embargo, y a pesar de que el conjunto no es alentador, cuando Johanna se sienta a su lado, y Majara levanta la cabeza para que sus miradas se crucen, lo que hay en sus ojos no es locura, no hay en ella ningún tipo de enajenación mental, sino inteligencia, y una inusitada certeza para tratarse de alguien que ha pasado por los Juegos, que se encuentra en los Juegos.
—¿Qué escribes? —le pregunta Johanna, indicando con la mirada las desgarbadas letras del suelo.
Majara usa un pie para borrar todo lo hecho previamente, como si no quisiera que Johanna pudiera leerlo. Y entonces vuelve a escribir, claro y en letras mayúsculas. Las letras ahora se distinguen a la perfección y Johanna siente como un escalofrío le sube por la columna al comprenderlas.
ESTAMOS SOLOS
Se acuesta esa noche con las dos palabras resonándole en la cabeza. ¿De verdad están solos? Y de ser así, ¿cómo de solos están? ¿No tienen ningún espectador? Johanna todavía siente la presencia de las cámaras en la Arena, pero estás ya no les buscan. No se mueven en su misma dirección. Por otro lado, ahora ellos no son un grupo pequeño, pueden averiguar la manera de salir de ese lugar todos juntos, son muchas cabezas pensando a la vez. Incluso parece que cuentan con la colaboración de los cazurros y eso es una novedad de lo más significativa, aunque Johanna no cree que ellos cuatro vayan a aportar muchas ideas de utilidad. Aun así, le cuesta creer que los cerebros de allá fuera les hayan abandonado. Plutarch Heavensbee fue el ideólogo de todo ese maldito plan. Haymitch participó activamente, convenciendo a todos los posibles tributos; hablándoles con palabras que sonaban a chiste en su boca, como justicia o libertad. Él les hizo querer y también creer. ¿Cómo es posible que les hayan abandonado a su suerte?
Johanna cambia de postura otra vez. Parece que haya ido a tumbarse sobre todas las piedras de la Arena; se le clavan en la espalda mientras ella no puede parar de dar vueltas, tratando de encontrar una postura que le permita descansar. El reencuentro, las confesiones… Ha sido un día de lo más agotador y necesita dormirse, pero parece tarea imposible. Está apunto de levantarse e ir a dar conversación a Chaff, que es quien se ha propuesto a sí mismo para hacer la guardia de esa noche, cuando escucha la voz de Katniss, que está tendida en el suelo, junto a ella.
—Cuando entre aquí tenía un plan ¿sabes? —susurra.
—Pensaba que estabas dormida —dice Johanna.
—Aquí dentro me cuesta mucho dormir —responde la chica.
—Bueno —observa Johanna—, si soltaras tu arco en algún momento tal vez encontrases facilidades. Parece que te hayan unido a esa cosa de acero con pegamento. —Aunque siendo honestos, ella tampoco deja el hacha demasiado alejada de su mano, y Finnick siempre se acuesta a la vera de su tridente—. ¿Y cuál era ese plan tuyo?
—Iba a salvar a Peeta —susurra ella otra vez, casi con un hilillo de voz—. Ahora ya no me queda nada. Me da igual morir.
A Johanna esas palabras le molestan igual que una bofetada en la boca.
—Deja de decir chorradas, Everdeen. A nadie le da igual morir. La vida siempre puede ofrecerte posibilidades. La muerte no te ofrece nada.
—Estoy cansada —prosigue Katniss—. Han estado utilizándome. Todo el mundo ha estado utilizándome y estoy muy cansada. Lo único que quiero es que llegue el final para poder descansar. No me quedan fuerzas.
Johanna se incorpora, un poco fuera de sí. No entiende la razón por la que Katniss ha decidido sincerarse con ella, ni tiene ningún cuidado con el tono que usa para responder.
—Y una mierda Everdeen. Sí que te quedan fuerzas, yo lo he visto. ¿Y qué me dices de tu familia? ¿No tienes fuera una familia, personas que te quieren y esperan que vuelvas? Eso es mucho más de lo que podemos decir la mayoría de nosotros. Vi a tu madre y a tu hermana en las entrevistas de los últimos Juegos. Sé que te presentaste voluntaria para sustituirla a ella. Ahora no puede darte igual.
—No me da igual. Pero siento que no sabré cómo vivir en el Distrito 12 si no está Peeta. Nunca nadie me llegará a comprender, desde luego no mi madre, ni siquiera Prim.
Johanna resopla al escuchar el nombre de Peeta.
—Katniss, tienes que asumir que él está muerto y que no lo vas a recuperar —replica haciendo un aspaviento con las manos para indicar que no piensa continuar con ese tema—. ¿Y qué me dices de todos esos primos? Había un montón de primos. También les vi a ellos.
—No son mis primos.
—¿Y amigos? Porque algún amigo tendrás. Todo el mundo tiene algún amigo, por muy insufrible que seas. Mírame a mí. No es que sea el mejor ejemplo, pero hasta yo tengo a Finnick.
—Ya me he dado cuenta de eso —murmura Katniss
— Y reconozco que soy muy difícil de soportar la mayoría del tiempo —prosigue Johanna—. Incluso tengo a Haymitch, el borracho de tu mentor. Me he pasado media vida pensando que estaba sola. Hasta hace poco no me había dado cuenta de que no es verdad. No puede ser que no haya nadie.
Con esto, Katniss decide callarse, su breve conversación de chicas parece darse por finalizada y ambas hacen como que vuelven a dormir. Sin embargo, tras permanecer una considerable cantidad de tiempo con la boca cerrada, Everdeen finalmente da su brazo a torcer. No es más que un susurro suave pronunciado en la oscuridad de la selva (ya no hay estrellas), pero lo admite.
—Sí que lo hay.
—¿El qué? —inquiere Johanna, tratando de obligarle a que diga algo más.
—Hay alguien.
—Qué escueta eres. ¿No puedes darme más pistas?
—Hay un amigo con el que sí que puedo contar.
a/n: Mikah, no puedo dejar de acordarme de que esto es para ti. Espero que lo disfrutes. Prometo más momentos cursis en el siguiente.
Mundo en general: ¿un review?
