Abuelos con plata en los cabellos y oro en el corazón.

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"Nadie puede hacer por los niños lo que hacen los abuelos: Salpican una especie de polvo de estrellas sobre sus vidas"

Alex Haley

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Era una tarde calurosa de enero. Por alguna extraña razón, para esa época del año, el sol brillaba imponente sobre el cielo. Anastasia descansaba en un suave mar de hierba al lado de su esposo, quién no apartaba las manos de su abultado vientre, al escuchar su pregunta respiró hondo intentando contener la paciencia.

—¿Estás segura? ¿Es esto es lo que quieres? —preguntó por quinta vez ese día.

—Christian, me gustaría intentarlo. Unos juegos dentro del cuarto rojo no me parece que sea algo por lo que alarmarse. Eres mi esposo, confío en ti.

—Debo decirte algo —dijo de golpe—, es sobre el cuarto rojo. Había pensado poner uno en la casa, cuando Elliot vio los planos me preguntó para qué quería ese espacio.

—¿Y le dijiste? —Anna tensó las manos que acariciaban los brazos de su esposo.

—Por supuesto que no. Pero me quedé mudo, no quiero que mi familia lo descubra. Es personal, nadie debe entrometerse en nuestra intimidad —se detuvo un momento a meditar sus palabras—. Fue entonces cuando llegué a la conclusión.

—¿Quieres parar con todo esto? ¿No más cuarto rojo para nosotros? —Christian sonrió ante el tono de desilusión de su esposa.

—No quiero tener que esconder nada de los niños —Anna no pudo evitar una sonrisa al escuchar el plural de la oración—, y será un maldito infierno cuando caminen y deseen entrar en cada habitación de la casa. No me parece que sea una buena idea tener esa habitación aquí —ambos rompieron el abrazo que los unía y se sentaron.

—Podemos escaparnos del trabajo. Tu apartamento está muy cerca de ambos. Encontraremos un momento para tener unas horas para nosotros —Anna tomó las manos de su esposo y plantó un suave beso.

Esa mañana se había sentado en su oficina ante una Grettel desconsolada. Afirmaba que su esposo la había dejado por una mujer más joven, que la monotonía sexual fue la causa del amor en su matrimonio. Anna definitivamente no quería eso para ella, quería ser feliz y disfrutar de los placeres sexuales que su esposo le otorgaba pero sobre todo quería hacerlo feliz a él.

—Quería hablarte sobre ello, debes saber que solo es una opción. Mi madre es pediatra, la mejor de la cuidad, así que no debes preocuparte por eso.

—Dilo de una vez Christian, no estoy entendiendo nada. —Anna acarició su vientre por unos segundos.

—En mi familia existe una tradición, un fin de semana al mes los nietos pasan en casa de los abuelos —Christian meditó en sus palabras antes de decirlas—. Desde que tengo memoria el primer fin de semana del mes íbamos a casa de mis abuelos maternos. Mi madre se ha ofrecido a continuarla.

—¿Quieres dejar a mi hijo con tu abuela? Discúlpame Christian pero la última vez que vi a tu abuela no podía ni con ella misma.

—No, mi abuela no —soltó una fuerte carcajada—. Hablo de mi madre. Ella está muy ilusionada de tener a su nieto para ella sola un fin de semana entero.

—No sé qué decir —Anna mordió su labio inferior.

—Yo había pensado que ese fin de semana podría ser usado para nosotros —Una suave brisa levantó unas hojas a tres metros de distancia. Christian tomó ese momento de distracción para frotar sus manos en su cabello—. Podemos ir un fin de semana al mes a nuestro apartamento y disfrutar del cuarto rojo.

—¿Tu madre lo ha ofrecido? ¿Ella sospecha que nosotros..? —Anna sintió un frío recorrerle la columna vertebral. La cachetada que le dio a la Sra. Robbinson no será nada en comparación a la que podría hacerme…

—Respira, Anastasia. Mi madre sabe que somos muy jóvenes, que no disfrutamos de un romance muy largo y quiere permitirnos un poco de tiempo —La atrajo hacia su regazo—. No puedo darle una respuesta ahora, pero no dudes que ella y Mia harán un plan para poder robarse al bebé.

—Me parece que es una generosa idea. Me gustaría tener un poco de tiempo para nosotros, y sé que no habrá mejor niñera que tu madre. Es solo que mi bebé aún no nace y me hace sentir mal buscar la manera en como librarnos de él.

Durante mucho tiempo Anna fue la segunda prioridad en la vida de su madre. Siempre pensó que Ray la quería mucho más que ella. Su atolondrada madre siempre eligió a sus maridos antes que a ella, y la dulce Anna pensaba que eso era lo correcto. Pero ahora, con un bebé en su vientre no podría ni pensar en hacer lo mismo para su hijo.

—Cuando era niño, los fines de semana en casa de la abuela eran fabulosos. Estábamos los tres en aquella enorme casa antigua, el abuelo salía de pesca con nosotros mientras Mía horneaba galletas. Aún puedo sentir el aroma a jengibre y canela.

Recordó la primera vez que entró a esa enorme mansión, su abuela lo esperaba en la entrada con una bandeja de galletas. El abuelo, aquel imponente hombre, sostenía la cadena de un enorme danés juguetón.

—Los padres de mi madre murieron antes que pudiera recordarlos. Mis abuelos paternos, del biológico, nunca quisieron formar parte de mi vida. Creo que se sintieron molestos de que Ray me adoptara.

—Lo siento mucho cariño —Christian dejó un beso en su cabello.

—Me gustaría escuchar más sobre ellos —Anna, aquella niñita amante de escritores oscuros estaba emocionada ante la idea de una clásica familia americana.

—No me gusta hablar sobre mí, lo sabes.

—Si me convences aceptaré el trato y tendremos un fin de semana al mes para nosotros —Anna le guiñó un ojo. Christian le dedicó su extraña sonrisa ladina. La persuasión era su especialidad.

—El chofer llegaba cada sábado por la mañana. No era necesario llevar una maleta con ropa, ellos tenían la suficiente en casa. Bueno, Mia siempre llevaba una chillante maleta purpura con todos sus muñecos. No podía dejarlos.

—No puedo imaginar a tu elegante hermana con una chillante maleta purpura —Anna comenzó a reír, tanto que su bebé brincó dentro de ella.

—Créeme, era muy fea. Tenía un puto mono amarillo, ese mono era su adoración.

—¿Tan feo era? —Anna continuó entre carcajadas.

—Sacado de tus pesadillas, nena.

Anna tomó un fuerte respiro en un intento de controlar las carcajadas.

—Al llegar a casa de la abuela subíamos a la habitación, siempre había un regalo sobre nuestra mesa. La habitación era gigante, tenía que compartirla con Elliot. Mia dormía en la antigua habitación de mamá.

—Todo suena muy hermoso. Como una vieja novela de Louisa May Alcott[i].

—Y lo era. Mia pasaba todo el tiempo en la cocina con la abuela, creo que de ahí viene la decisión de estudiar cocina en Francia. Los domingos desayunábamos unos panqueques, cada mes era una receta diferente. Ese mismo día salíamos con el abuelo de pesca. Recuerdo que muchas veces teníamos que correr al supermercado más cercano a comprar pescado, era una tradición cocinar lo que pescáramos.

—¿Y no se daban cuenta?

—Mia pensaba que éramos los mejores pescadores del mundo, la abuela sabía cuando comprábamos de emergencia en el supermercado local. Recuerdo un día que el abuelo envió a Elliot a traer un filete de pescado mientras el compraba una tarta de queso, el muy idiota confundió el filete de pescado con uno de pollo.

—¿En serio? —Anna no podía imaginar a su elegante esposo como un pequeño con su traje de pesca haciendo compras en un supermercado—. ¿Mía supo la diferencia de las carnes?

—Ella tenía unos 8 años y cocinaba a la perfección cualquier corte de carne y filetes. Cuando descubrió que era pollo lo persiguió por toda la casa para golpearlo con el filete en la cabeza. Ella se había esmerado en preparar un adobado de hierbas caribeñas y eso no quedaba muy bien con el pollo.

—Al final, Elliot desveló su secreto. ¿Debería de extrañarme? —Ambos soltaron un par de carcajadas.

—La abuela ya lo sabía —dijo entre lágrimas—, creo que llegar con un filete limpio nos descubrió la primera vez. Lo importante para ella era pasar un tiempo entre hombres.

—Tu abuela es una persona adorable, lamento decir que estaba vieja.

—Mi abuela está vieja cariño —le dio un casto beso en los labios—, pero no se lo digas en la cara. Mi abuelo me enseñó todo lo que sé sobre barcos y aviones.

—¿Tu abuelo?

—Él fue un capitán en el ejército, aprendió a navegar ambos equipos. En algunas ocasiones me gusta llevarlo en el Charlie Tango o Grace, esa la única vez que sedo el control a alguien. Sabe controlar esas máquinas mucho más que a su esposa.

—Debe estar molesto conmigo, desde que regresamos no han salido de paseo. ¿Por qué no lo dijiste? Pensará que soy una controladora y no quiero que te relaciones con él —Anna hiperventiló.

—No cariño —La sentó sobre su regazo y besó sus labios con ternura—, Él está maravillado de que pase tiempo contigo. Un día podemos salir los tres de paseo, solo esperemos que tus mareos disminuyan.

—Estaré encantada de hacerlo. ¿Tu hermano sabe pilotear también?

Christian se atragantó, a causa de una traicionera carcajada, con su saliva al imaginar a su hermano piloteando una máquina.

—Elliot apenas y sabe manejar un auto, aprendió del abuelo su amor por construir cosas. Mi abuelo era carpintero, mucho antes de unirse al ejército, y nos enseñó a fabricar nuestra propia casa del árbol.

—Tu abuelo es fabuloso ya no podré verlo de la misma manera.

—Es maravilloso, dedicado en cuerpo y alma a su esposa —Christian succionó el cuello de su esposa—. Como deseo hacerlo con usted Sra. Grey.

Anna contuvo un gemido.

—Yo también espero dedicarme en cuerpo y alma a usted Sr. Grey. Pero dígame una última cosa para cerrar este trato ¿Qué pasaba con sus padres?

—Ambos regresaban muy diferentes, mucho más relajados y felices. Creo que alejarse de las preocupaciones de la casa por un tiempo les hacía recobrar energías. Tener a un hijo como Elliot volvería loco a cualquiera.

—¿Y ustedes no se sentían abandonados por ellos?

—No, en ningún momento. Nosotros amábamos ir a casa de la abuela, toda mi vida pensé que ese fin de semana era un premio para mí. Es una pena que dejara de ir a los 15 años, Mia aún va un fin de semana al mes.

—¿Por qué dejaste de ir a los 15 años?

—Ya sabes porque —Christian bajó su mirada avergonzado—. No te molestes Anna, era un joven emocionado por algo nuevo. Creo que esa confesión le restó valor a mi proposición.

—Ella es tu pasado, no puedo cambiarlo aunque quiera —Ahora fue su turno de besarlo—, solo puedo ofrecerte un futuro mejor. Te amo.

—Contigo, todo se vuelve más. Te amo. Y con respecto a la negociación he decidido aceptar su oferta. No por nuestro tiempo libre, aunque aprovecharé cada minuto en el cuarto rojo, sino por el bebé. Me gustaría que viviera eso que tú viviste. Pasar un fin de semana con sus abuelos y aprender de ellos cosas maravillosas.

—Bueno, Sra. Grey. No es necesario que firme este contrato pero le aseguro que suplicará por piedad al pasar dos días completos conmigo. Recordarás el mes entero que yo estuve dentro de ti.

—Eso tendré que verlo.

Se besaron apasionadamente por un tiempo, la sensación de la hierba sobre sus cuerpos aumentaba el deseo de quedarse ahí para siempre.

Unas horas más tarde ambos fueron a revisar la remodelación de su nueva casa. Christian sonrió al ver la ilusión en el rostro de su esposa, y se permitió imaginar su futuro dentro de esa casa. Por mucho tiempo pensó que la sombra de la soledad lo abrazaría toda la vida, al ver la calidez del hogar que pronto formaría sonrió de manera sincera a su esposa.

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Había pensado que este capítulo tuviera una escena sensual pero me pareció que el contenido no era apropiado para mezclarlo con esta. En pocas horas subiré el siguiente.

Espero que disfruten de este capítulo, son de mis favoritos.

Gracias por sus votos y comentarios, son tan calurosos como una abuela horneando galletas de mantequilla y chocolate.

Laters, Baby.

[i] Escritora de una famosa novela "Mujercitas" donde relata la vida familiar de un grupo de hermanas.