CAPÍTULO IV – En alta mar

Harry decidió fugarse aquella misma noche. Esperó hasta que sonaron las dos de la mañana, quería asegurarse que todos en palacio durmieran. Se levantó de la cama, con cuidado de no hacer ruido, vistiéndose con una sencilla túnica típica del país, la disdasha, en color oscuro para pasar desapercibido por la noche y la kimma, sombrero típico para cubrirse la cabeza. Llenó una mochila con ropa de recambio y algunos objetos de higiene personal.

Abrió la puerta lentamente, asomando la cabeza para observar si había vigilancia en el pasillo, por suerte estaba despejado y suspiró profundamente antes de empezar a avanzar. Por el camino fue recogiendo piezas de fruta, de algunas fuentes que estaban repartidas por los pasillos, guardándolas en la bolsa. No sabía si iba a encontrar de comer en los próximos días y no tenía dinero.

Llegó sin problemas a la puerta principal del palacio, escondiéndose para observar a los guardias que la custodiaban.

¡No podía creer la suerte que tenía!

Los dos guardias estaban profundamente dormidos y sus ronquidos resonaban por la estancia como una oda a su libertad. Parecía extraño que de día aquel lugar tuviera tanta vigilancia y de noche fuera tan fácil moverse, seguramente confiados que con el té especial que le daban por la noche no despertaría. No iba a quejarse.

Se fue acercando sigilosamente y logró entreabrir la puerta, el gruñido de uno de los guardias congeló cualquier movimiento y le hizo contener la respiración. Viendo que solo se había movido, pero seguía dormido, respiró nuevamente y siguió abriendo la puerta, lo justo para que su delgado cuerpo pasara.

Una vez fuera se volvió a esconder, sabía que había más guardias vigilando. Avanzó despacio, intentando alejarse de las farolas que iluminaban el camino, hasta llegar a la puerta de hierro que daba salida a la ciudad. Aquellos guardias no estaban dormidos y estuvo un tiempo contemplando sus movimientos, agazapado tras una palmera. Iba a ser imposible salir por aquella puerta. En sus salidas a la playa había observado que una de las pequeñas montañas rocosas podría ser escalada sin mucha dificultad y se dirigió lentamente hacia allí, no sabiendo con seguridad si aquel camino le llevaría a la carretera.

Al llegar frente a la playa privada se dirigió sigilosamente hacia la roca, empezando su ascenso. Subir fue complicado y cansado, no acostumbrado al ejercicio. Sus manos se resbalaban y, en más de una ocasión, estuvo a punto de caer al ceder las rocas a sus pies. Bajar fue un poco más fácil y finalmente, de un pequeño salto, logró llegar al suelo. Se quedó quieto, esperando que el ruido no hubiera alertado a nadie y, una vez seguro, fue alejándose de palacio, escondido entre las sombras de la noche.

Tenía un largo camino y solo había una carretera que unía la zona del palacio con el alejado puerto. Todo su plan era encontrar el puerto, donde podría subir de polizón en algún barco y salir de ese lugar, luego ya improvisaría.

Hacía rato que caminaba por aquella interminable carretera, había tardado un par de horas entre subir y bajar de aquella roca y el sol salía ya de su letargo para dar paso a un nuevo y caluroso día. Los vehiculos empezaban a circular por aquella amplia carretera, tras la primera oración del día. Harry siguió su camino, siete largas horas pasaron hasta que pudo divisar el puerto. Estaba cansado de tan larga caminata, pero la esperanza de poder volver a ver a los suyos, de poder escapar de aquel lugar, le daba energías para seguir. Se preguntaba si Dumbledore sabría ya de su desaparición y si lo estarían buscando. Pensó en Ron, en Hermione y en cuanto desearía estar con ellos. Se sentía muy solo en aquellas tierras tan lejanas donde el calor no daba tregua.

Cuando llegó al puerto ya pasaba del mediodía y se desilusionó al comprobar que no había muchos barcos atracados en aquel momento, desde el avión había divisado muchísimos más. Fue revisándolos, uno por uno, para saber a cuál podría subirse, escondiéndose del personal del puerto que iba encontrando. Había dos trasatlánticos de turistas, pero le sería muy difícil subir a aquel tipo de barco, había mucho personal y control en el embarque, mejor encontrar un carguero. Fue grata su sorpresa cuando vio un carguero con bandera inglesa, su nombre era "Luz de Oriente", un gran barco con la cubierta plana para acoger grandes contenedores. Estaba decidido, iba a subirse a ese barco, con un poco de suerte volvían con la carga directamente hacia su país.

Decidir el barco fue fácil, no lo fue tanto subirse a él. Parecía que estaban por partir y los marineros se movían en plena efervescencia. La grúa del puerto estaba cargando los contenedores en la enorme cubierta, que se iban apilando en perfecto orden. Los marineros subían y bajaban por la estrecha pasarela que unía el navío con tierra firme, los oficiales gritaban órdenes y el capitán vigilaba todo desde lo alto de lo que parecía el puente de mando. Muchos entraban con pesados paquetes, otros guiaban a las grúas para la buena ubicación de los contenedores. Harry estuvo un rato escondido, comprobando de donde sacaban los paquetes que los marineros o el personal del puerto subían a bordo. Se cambió la túnica que llevaba por unos pantalones y una camiseta, dejándose un turbante para cubrir su identidad, y se acercó siguiendo a uno de los marineros. Este entró en un almacén, cogió un paquete y Harry se hizo con el siguiente, dirigiéndose hacia el barco. Al pasar la pasarela escondió su cara tras el paquete sobre su hombro, conteniendo el aliento al cruzarse con uno de los oficiales, y siguió el mismo camino que su improvisado guía.

— EY TÚ, DETENTE— gritó el oficial en inglés con voz autoritaria.

A Harry se le congeló la sangre y su corazón se detuvo por unos instantes. Lo habían descubierto, era polizón muerto, bueno ni siquiera había llegado a serlo, igual eso podría servir de atenuante y solo le expulsarían del barco. Debería escapar y esconderse antes de que le atraparan para encontrar un nuevo barco.

— Mira que eres torpe — continuó gritando el oficial — vas a romper los tarros de cristal si les das esos golpes, idiota. Te lo descontaremos del sueldo si rompes alguno de ellos.

El corazón de Harry volvió a latir, él no llevaba tarros de cristal, no le hablaban a él. Con un suspiró volvió a seguir al marinero que, en esos momentos, entraba ya al interior del barco por una pequeña puerta.

Con sus piernas todavía temblando, bajó por unas estrechas escaleras hasta que llegaron, a lo que suponía, era la bodega interior. El marinero dejó el bulto y Harry siguió su ejemplo y apiló el suyo al lado. Simulando que se ataba el cordón de sus deportivas, se apartó poco a poco de la fila de marineros que iban apilando las provisiones. Se escondió tras una enorme pila de cajas, lo más alejado que pudo, y, sentándose en el suelo, esperó a que el barco partiera.

Se despertó sobresaltado, mirando nervioso hacia todos lados, se encontraba en un lugar oscuro y con un desagradable olor a humedad. Se relajó al acordarse que estaba en un barco. Se habría quedado dormido, agotado, después de toda una noche caminando. Se concentró y pudo notar el balanceo bajo su cuerpo, suspirando aliviado, estaban en ruta. Se volvió a sentar y sacó una de las frutas que llevaba en la bolsa, comiéndola lentamente, y volvió a quedarse dormido.

Pasó lo que supuso fueron tres o cuatro días, seguía escondido en la bodega. Con algunos cartones había improvisado una cama y para sus necesidades fisiológicas había encontrado un cubo, pero tendría que vaciarlo, apestaba un montón. Había llegado a deducir la hora del día en la que se encontraban por el ruido que hacían los marineros: por la mañana los oficiales gritando las órdenes del día, a mediodía el ruido en el comedor le llegaba claramente y por la tarde trabajos en el barco, la noche era todo silencio.

La fruta que llevaba en la bolsa se le había terminado y tenía mucha sed. Si quería sobrevivir debía salir de su escondite y proveerse de agua y alimentos. Esperaría a que el barco quedara en silencio y saldría para buscar las cocinas y conseguir algún alimento.

Aquella noche se aventuró a salir de las bodegas, se quitó los zapatos y, moviéndose con cuidado para no hacer ruido, fue inspeccionando el barco hasta que dio con las cocinas. Lo primero que vio fueron los restos de un estofado de carne en una cazuela, que devoró sin pensárselo dos veces. Encontró una garrafa de agua y siguió buscando por la cocina. Cuando descubrió la despensa sus ojos se iluminaron como si hubiera encontrado un maravilloso tesoro. Empezó a llenar su bolsa con tostadas, chocolate, embutidos, queso, fruta, galletas, leche, comida que no necesitara ningún tipo de cocción. También cogió algunos utensilios para poner la comida, un cuchillo, un vaso y encontró una pequeña manta que utilizaría en su improvisada cama. Con la bolsa llena y la garrafa de agua dejó la cocina satisfecho y volvió sobre sus pasos. Le tentó salir a cubierta a respirar aire fresco, pero no quería jugársela cargando su preciado botín y volvió a la bodega.

Pasaron unos días, la mayor parte del tiempo dormía, el cargado ambiente de la bodega, junto al movimiento del barco y el aburrimiento le dejaban aletargado. El cubo, que utilizaba de inodoro, estaba lleno y debía salir a vaciarlo o moriría intoxicado. Así que decidió que aquella noche saldría de excursión a cubierta, para tomar el aire y despejarse. Además tenía que celebrar que, si sus cuentas no eran erradas, hoy era su cumpleaños. Había llegado a sus dieciséis años y, aunque el destino no hacía más que ponerle obstáculos en el camino, seguía vivo y con ganas de luchar.

Cuando el barco quedó en silencio salió de la bodega con precaución, con los pies desnudos para evitar ruidos, subió por la escalera y abrió con cuidado la puerta que daba al exterior. Inspiró una gran bocanada, llenando con aire puro sus viciados pulmones. Era una preciosa noche de luna llena que, junto a un cielo estrellado, le daban las buenas noches. Contempló la luna con nostalgia, pensando en Remus y en sus amigos y en lo lejos que se encontraba de ellos. Se sentó en un escondido rincón, saboreando la tranquilidad del momento y el olor a mar.

— Feliz aniversario Harry, has llegado a los dieciséis con vida, ¡todo un logro!— se dijo a sí mismo y siguió contemplando las estrellas hasta que el sol apuntó en el cielo y se volvió a esconder en la bodega.

A partir de aquella noche dormía de día y aguardaba ansioso a que el silencio en el barco le diera la señal para salir de su escondite a respirar aire fresco. Una vez fuera buscaba siempre la estrella de su padrino para hablar con él hasta el amanecer. Cada vez que su reserva de comida bajaba pasaba por la cocina para recuperar algunos víveres y agua. Atracaron en un par de puertos para cargar mercancías y víveres y tuvo que esconderse bien para no ser descubierto con el frenesí de los marineros al cargar el barco. No sabía en qué parte del mundo se encontraba, ni cuantos días habían pasado, pero los hombres que subían a ayudar con la carga hablaban idiomas que no comprendía, todavía estaban en tierras de oriente.

La falta de problemas le volvió confiado. Se encontraba sentado en su rincón favorito, saboreando la agradable brisa del mar. El sol empezaba a asomar y Harry se sentía reconfortado bajo aquella explosión de rojos intensos que inundaban el cielo. Soñaba en como seria de fantástico volar con su escoba a través de las llamas que consumían el negro de la noche.

— Pero mira lo que tenemos aquí — oyó una voz tras su espalda. Unas fuertes manos le agarraron del pelo y tiraron de él, tumbándole en el suelo. Se vio rodeado por tres grandes y fuertes marineros y el que debía ser el oficial —. Parece que por fin atrapamos a la rata que robaba en nuestra reserva de comida.

Harry los miró inmóvil desde el suelo, entre asombrado y asustado.

— ¿Qué creías? ¿Qué no notamos tus robos? aunque se ha de reconocer que eres escurridizo, llevamos días buscándote

Una primera patada en el costado de Harry, le sacó un quejido de dolor.

— Es tan solo un muchacho, señor — le dijo uno de los marineros a su superior.

— Eso no le ha impedido robar y comerse nuestra comida, no me gustan los polizones — y una segunda patada le dio a Harry en el muslo —. Levantadlo.

Bien sujeto, entre dos de los marineros, el oficial volvió a golpearle con fuerza en el estómago y le dejó sin respiración. Una mano salvadora detuvo el puño del oficial a pocos centímetros de la cara de Harry. El mismísimo capitán estaba sujetando a su oficial enfurecido.

— Oficial Rocco, creo que el muchacho ha entendido su punto. — habló con voz autoritaria.

— Sí capitán — respondió el oficial con rabia contenida.

Le trasladaron al comedor y le sentaron en una de las sillas atando sus manos tras la espalda.

— Bien muchacho, el oficial Rocco, como has podido comprobar, no tiene mucho cariño por los polizones que se atreven a deslizarse en nuestro barco. Si no quieres que le dé permiso para terminar lo que había comenzado, quiero que me contestes a unas preguntas.

— Sí señor, siento haber robado su comida, pero tenía hambre y la mía se había terminado.

— Al menos eres educado, es un buen punto. Dime, en que puerto has embarcado y porqué.

— En el puerto de Mascate — susurró Harry.

— Te falta el por qué — insistió el capitán.

Harry no quería contestar, tenía miedo que si hablaba de su tutor no fuera peor para él y bajo ningún concepto quería volver allí, así que quedó en silencio. El oficial que le había pegado se acercó y le cogió del pelo bruscamente, tirando su cabeza hacia atrás.

— El capitán te ha hecho una pregunta, contesta apestoso polizón— gruñó, soltándole con brusquedad.

— Necesitaba salir de allí y no tenía dinero para pagarme el pasaje.

— ¿Y porque necesitabas salir de Mascate? no pareces nativo del lugar, tu piel es clara y tu inglés perfecto, sin ningún acento, se diría que te han educado en la madre patria.

— Debo volver a Inglaterra, ¿su barco se dirige hacia allí? puedo pagarle cuando lleguemos. — intentó esperanzado de que el dinero apaciguara al capitán.

— Apestoso polizón aquí las preguntas las hace el capitán — volvió a hablar el oficial dándole un golpe que le hizo caer de la silla.

Con las manos atadas a la espalda y lo dolorido que tenía el cuerpo no pudo moverse. Unas manos le agarraron bruscamente para levantarle, sujetándole por el cuello de la camiseta para sentarle nuevamente en la silla.

— ¿Por qué querías salir de Mascate? — volvió a repetir el capitán.

Pero nada salió de los labios de Harry.

— Tendré que dejarte en manos del oficial Rocco si te obstinas en guardar silencio — amenazó el capitán.

— Lo mejor sería tirarlo por la borda capitán— Gruñó de nuevo aquel enfurecido oficial. — Los peces harán un festín con él. — El oficial le tenía ya sujeto por el cuello y empezaba a levantarle.

— No Rocco, suéltale, tengo una mejor idea, creo que podemos sacar mejor partido si se lo regalamos al jeque Ashraf— Cogió a Harry de la barbilla, obligándole a levantar la cabeza para mirarlo atentamente. — El chico es de su tipo — afirmó sonriendo —.Tengo una entrevista con él para negociar la carga de sus sedas para occidente, podremos tener un mejor porcentaje si el jeque está contento.

— No puede hacer eso — gritó Harry levantándose de la silla.

Le sentaron nuevamente con brusquedad, obligándole a abrir la boca para llenársela con una de las servilletas que estaban abandonadas en la mesa, amordazándole.

— En este barco yo soy el capitán mocoso y si quiero regalarte, pues, te regalo. Estás en mi barco, has comido mi comida y ocupado un espacio sin pagar nada a cambio, eso te convierte en algo de mi propiedad.

¿Pero es que llevaba escrito en la cara: haz conmigo lo que quieras? ¿Cómo iban a regalarle? No era un objeto, era un ser humano.

— Curad las heridas que pudiera tener, limpiadle, alimentadle y tratadle bien, debe estar en buen estado para cuando se lo lleve al jeque y, Rocco, no vuelvas a tocarle, eso haría perder su valor — amenazó a su oficial.

Le levantaron y uno de los marineros más corpulento le cargó en su hombro. Con patadas intentó inútilmente soltarse de aquel agarre, prefería tirarse por la borda que ser regalado a nadie. Le llevaron a un pequeño camarote, que más parecía un armario de trastos inútiles. Uno de los marineros trajo una tina, que llenaron con agua fría y, tras quitarle la ropa a la fuerza, le lavaron toda la mugre acumulada y curaron las heridas que le había provocado el oficial.

Vestido con un enorme jersey y ropa interior le ataron, de pies y manos, amordazándole de nuevo. Le dejaron sobre un pequeño catre, temblando de frío y miedo.

Los días pasaron y, como había pedido el capitán, le alimentaban dos veces al día y nadie volvió a pegarle. Seguía la mayor parte del día atado de pies y manos en el catre, pero al caer la tarde le dejaban salir a pasear un rato por cubierta, aunque con una cuerda pasada por su cintura y sujeta por un enorme marinero que no le quitaba el ojo de encima. Aquel marinero no era muy dado a hablar, pero pudo averiguar que los puertos que atracaron después de Mascate eran de la India y que ahora volvían para entrar en el Mar Rojo hacia el puerto de Yanbu Al Bahr de Arabia Saudí y que ese era el puerto donde le desembarcarían. El barco continuaría hacia el canal de Suez para llegar al Mar Mediterráneo y a su Inglaterra natal.

Aquella tarde oyó a dos marineros comentar que por la mañana llegarían a puerto. Harry pasó muy mala noche pensando en que iba a suceder con él al llegar.

— Vamos polizón, despiértate, hoy vas a conocer a tu nuevo dueño. — Fue el saludo del oficial que tanto le quería.

Sin más preámbulos un marinero le desató y le lavó, vistiéndole con sus propias ropas, seguramente habían encontrado su bolsa en la bodega, y le dieron algo de comer. Le dejaron encerrado hasta que vinieron a buscarle. Atándole nuevamente las manos tras la espalda fue empujado fuera del camarote, hacia cubierta, donde esperaba el capitán.

— Capitán lléveme a Inglaterra, puedo pagarle el viaje — intentó Harry desesperado — Le pagaré el doble de lo que pueda sacar de mí con ese Jeque.

— ¿Tu familia pagará? — le preguntó el capitán no creyéndose que aquel muchacho tuviera dinero.

— Yo puedo hacerme cargo de la deuda — confirmó Harry. — Tengo dinero en Inglaterra.

— Si no pudiste pagar el pasaje en el puerto de Mascate, ¿Cómo vas a pagar cuando lleguemos pequeño tramposo? — El chico no habló ni de sus padres, ni de su familia ¿De dónde iba a sacar dinero un huérfano?

Sin una palabra más, le cogió con fuerza del brazo obligándole a descender del barco, dos enormes marineros ejercían de escolta. En el puerto ya había un coche esperándoles.

— Lo siento muchacho no creo que tengas dinero para pagarme el viaje — y le empujó dentro del coche.

El trayecto fue largo y los nervios retorcían el estómago de Harry. Finalmente el coche se detuvo.

— Espero que no hagas ninguna tontería, pequeño polizón — le habló el capitán cuando le sacaron del coche —. Eres un regalo para el jeque. No levantes la cabeza en su presencia, mira al suelo en todo momento y, sobre todo, no hables. Te estoy haciendo un favor, aquí te darán ropa y comida, sé que el Jeque trata bien a sus niños, si te comportas vivirás bien a cambio de poco. Seguro que es más de lo que has tenido hasta ahora.

— Yo no soy ningún regalo, soy una persona libre y no tiene ningún derecho sobre mí — rebatió furioso Harry, forcejeando ferozmente para soltarse de aquellos hombres —. Exijo que se me lleve a la embajada británica, están cometiendo un delito muy grave.

El capitán se rio de la desfachatez del niño.

— Ya veo — y a una señal del capitán, el marinero que le sujetaba, le amordazó. — Ahora ya no hablarás y el jeque no tardará en enseñarte modales. Por tu bien yo no me resistiría mucho — le advirtió el capitán –. Los métodos que pueden utilizar esta gente para enseñarte a obedecer pueden ser… digamos… algo dolorosos.

Harry le dio una patada en las espinillas al marinero que le sujetaba y consiguió soltarse, corriendo lo más veloz que pudo.

— Cogedle imbéciles — gritó el capitán.

Los marineros corrieron tras él, mientras el capitán subía al coche para conseguir alcanzarle con mayor rapidez. Harry corría tanto como le dejaban sus piernas. Oyó el ruido del auto acercándose y salió de la carretera principal para entrar en un pequeño camino. El capitán se percató del movimiento y dio un golpe de volante para entrar en aquel camino. No tardó mucho en alcanzarle, dándole al chico un pequeño golpe con el lateral del coche. Eso le hizo perder el equilibrio y, al llevar las manos atadas, cayó irremediablemente al suelo.

— Quieto fiera — gritó el capitán. Había saltado del coche y le intentaba agarrar para entrarle nuevamente en el coche

Harry se debatía con todas las fuerzas que le quedaban después de la carrera, lanzando patadas desde el suelo y revolviéndose para que no consiguiera sujetarle.

— He dicho quieto. — volvió a repetir, sujetándole del pelo con fuerza hasta que arrancó un quejido al mocoso amordazado, logrando al fin que se estuviera quieto —. Me estás dando demasiados quebraderos de cabeza pequeña peste, quizá hubiera sido mejor tirarte por la borda como sugirió mi oficial.

Los dos marineros llegaron en aquel momento sin resuello y subieron todos al coche.

— Esta vez vigílale y no le sueltes — avisó el capitán a uno de los marineros al bajar del coche, entregándole al atado muchacho —. Si se te vuelve a escapar te haré pasar por la quilla.

El marinero le sujetó con fuerza y le arrastró, siguiendo al capitán al interior de un enorme y ostentoso palacio. Un sirviente les recibió, acompañándoles amablemente hasta donde su amo les esperaba. Harry no perdía detalle del camino que hacían para una posible fuga. Era un edificio mucho más grande y lujoso que el de su tutor y había sirvientes por todas partes, parecía todo sacado de una película de las mil y una noches.

Entraron en una enorme estancia y vio el que debía ser el jeque, un hombre entrado en carnes y no muy alto, vestido con una exuberante túnica dorada, rozando lo ridículo, y con una espesa barba negra. Estaba sentado cómodamente en unos grandes y mullidos cojines. Se levantó perezosamente y se quedó mirando al atado y sucio muchacho con curiosidad.

— Es un regalo alteza — explicó el capitán tras saludarle con respeto —. Le encontramos de polizón en el barco, uno de mis oficiales quería lanzarlo por la borda, pero pensé que usted le sacaría más partido que los peces y lo alimentamos hasta llegar a puerto.

— Es un bonito regalo capitán Clarens — habló en un perfecto inglés —.Me alegro de su decisión, sí un bonito regalo — Se acercó, cogiendo de la barbilla a Harry, que intentó alejarse sin conseguirlo al chocar con el corpulento marinero que le retenía — Con unos preciosos y desafiantes ojos verdes ¿De dónde viene?

— Parece ser británico alteza, solo hemos podido averiguar que se escapó de alguien en el puerto de Mascate. No conseguimos sacarle más información, es algo… digamos que es un joven potro sin domar.

— Interesante…, me gusta la doma del potro salvaje. Acepto gustoso el regalo, sabré recompensarle capitán Clarens — comentó al capitán y dirigiéndose a uno de sus sirvientes les dio órdenes en su idioma.

Harry fue sacado bruscamente del lugar, siendo arrastrado por aquel sirviente hasta llegar a unas enormes puertas blancas. Dos impresionantes hombres de color guardaban celosamente aquellas puertas. Con los brazos cruzados, el ceño fruncido y una enorme espada curvada sobresaliendo de sus ropas, disuadían a cualquiera que quisiera acercarse.

El sirviente les transmitió los deseos del jeque, aunque Harry no comprendió nada al hablarse en su lengua, él solo había podido aprender algunas palabras básicas en sus clases de árabe. Uno de los guardianes le agarró, mientras el otro abría una de las puertas para que entrara. Harry se quedó estupefacto con lo que vio.

Habían entrado en una enorme y lujosa estancia. Todo era de mármol rojo con incrustaciones doradas, el suelo, las columnas y una pequeña piscina cuadrada en el mismo centro del lugar, pero los ojos de Harry solo veían, sin podérselo creer, a la veintena de chicos que se repartían por el recinto, todos ellos de bellas facciones y andrógina figura, solo cubiertos por un pequeño taparrabos. Unos reían dentro de la piscina, jugando a tirarse agua; otros tumbados en cómodos cojines dormitando o leyendo; otros de pie hablando y un par de muy jóvenes correteaban persiguiéndose el uno al otro.

El ruido de la puerta, al cerrarse tras su espalda, le sobresaltó y miró aquel enorme guardia que todavía le sujetaba por el brazo. Harry no pudo evitar un escalofrío pensando en lo difícil que iba a ser salirse de aquel nuevo problema.