Hola de nuevo! Aqui un nuevo capitulo de este song-fic!
Esta narrado desde el punto de vista de Scorpius y tomamos como referencia la cancion "Amiga" de Alexander Acha, espero que les guste.
Este fic participa dentro del reto "El Ipod de Rose" del Foro "El Escorpión que coleccionaba Rosas".
4. Amiga.
Mi nombre es Scorpius Hyperion Malfoy, tengo quince años y curso quinto año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería en la casa Slytherin igual que mis ancestros antes que yo, así como mi padre y mi abuelo, en fin, toda mi familia, todo el linaje Malfoy ha pertenecido a Slytherin por generaciones y se esperaba lo mismo por mi parte, claro.
Y asi fue. Soy un Slytherin, cumplí con todo lo que se esperaba de mí desde que entré al colegio, mis notas son altas, no las mejores pero lo son. Sin embargo, algo que nunca esperó mi padre fue que mi mejor amigo fuera hijo del que había sido su enemigo mientras estudiaban, su nombre es Albus Severus Potter, el segundo hijo del que derrotó al Señor Tenebroso, Harry Potter.
Nunca me había importado que nuestros padres se hubieran llevado mal en el pasado, esa había sido su vida y ahora, nos tocaba a nosotros hacer la nuestra, así que por ese motivo Albus se volvió en mi mejor amigo, en mi confidente y cómplice de travesuras pues mi amigo no podía zafarse de los planes de su hermano mayor cuando se le ocurría una broma y ambos nos veíamos envueltos en las bromas de James Potter quien había acabado el colegio hace ya un año.
Pero ya basta de hablar de mis amigos y de mí en el colegio, la razón por la que he decidido contar esta historia es porque marcó mi vida, porque haberla conocido fue lo mejor que pudo haberme pasado, porque tan solo era ella, una chica fuerte, inteligente, valiente que en nuestro tercer año me cautivó gracias a que nos defendió de unos matones de Ravenclaw y algunos más. Ahí fue cuando entendí que mi convicción principal, con la cual había llegado al colegio y me hizo volverme amigo de Albus, ahora cobraba mayor importancia, porque ella, con sus palabras, había dado a entender lo que yo comenzaba a hacer con mi vida.
Ambos habíamos dejado el pasado atrás. Solo existíamos dos chicos estudiando en una escuela de magia y aunque los ideales de mi familia fueran distintos a los de la familia de ella, no podía decirse que éramos completamente diferentes, quizá sin darnos cuenta, el parecido en cuanto a forma de pensar era muy similar y eso me agradó de ella. Eso me gustó.
La historia que voy a contar ahora, no es la típica historia de amor, llena de tragedias y dramas, porque esta historia es mucho más que eso, es mucho más que un romance adolescente, es algo que nació gracias a una amistad; una amistad, la más extraña de todas.
Todo empezó el día que comenzamos nuestro primer viaje hacia Hogwarts, mi padre ya me había advertido con quienes no debía de juntarme y con quienes sí para mantener las apariencias. Rodeé los ojos ante el sermón de mi padre, siempre era lo mismo cuando realizábamos enormes reuniones en la mansión en las cuales estaban invitados algunos funcionarios del Ministerio de Magia y viejos amigos de la familia, así que ya me sabía ese sermón de pies a cabeza.
Encontré un compartimiento vacio casi al final del tren donde me encontré con dos chicos que conocía desde que era pequeño. Richard Nott y Landon Zabini, hijos de viejos compañeros de colegio de mi padre y nos dedicamos a platicar sobre nuestras vacaciones y una que otra conversación sobre quidditch.
A los pocos minutos, la puerta de nuestro compartimiento se abre dejando entrar a dos chicos ya vestidos con las túnicas de Hogwarts pero sin ningún escudo en ellas, pensé que debían de ser de primer año al igual que mis dos acompañantes y yo. Eran un chico y una chica. El chico tenía el cabello negro azabache y los ojos verde esmeralda, tenía un semblante entre tímido y alegre y la chica tenía el cabello rojizo largo cayendo en rizos mal colocados sobre sus hombros, pero su mirada llena de arrogancia y su porte de sabelotodo insufrible me hicieron detestarla de inmediato.
Hice una mueca de disgusto que fue bien vista por los dos chicos que habían llegado como intrusos a nuestro compartimiento y les hablé arrastrando las palabras-¿Podemos ayudarlos en algo?-dije tratando de ser cortés, ¿Cortesía ante todo no?
La chica de cabellos rojizos me miró fijamente como si estuviera retándome y la miré del mismo modo, era un Malfoy y según mi padre, un Malfoy nunca bajaba la cabeza ni se dejaba intimidar. Y sin embargo, ella no abrió la boca, lo hizo el chico que la acompañaba, así que desvié la vista y la dirigí hacia el chico de cabello negro.
-¿Han visto a un sapo?-dijo el chico con una sonrisa tímida-Un chico llamado Frank Longbottom lo ha perdido.
-No lo hemos visto-contesté con rudeza y haciendo un gesto con la mano para que se fueran del compartimiento, ya me estaba hartando de respirar el mismo aire que la chica pelirroja.
El chico de cabello negro asintió con la cabeza en clara señal de haber comprendido y salió de ahí jalando del brazo a la chica que por lo poco que pude escuchar, ese chico la llamaba Rose.
¿Así que se llamaba Rose? Pero, ¿Rose cuanto? Mis pensamientos se dirigieron todo el camino hacia el colegio, a esa chica, a Rose. Algo dentro de mí se encontraba angustiado, como nervioso, quería investigar más acerca de esa chica, quien era su familia, como era, así pasó el tiempo y me encontré frente a la mesa de profesores en Hogwarts en la ceremonia de selección, ahí fue cuando supe su nombre completo: Rose Weasley.
Weasley. Su apellido me era conocido, creo que había escuchado a mi padre mencionarlo, pero había algo, un sentimiento extraño que me hacia dejar todo lo malo que pudo haber dicho mi padre de esa familia y comencé a sentir algo muy parecido a la admiración por ella cuando escuché que fue seleccionada a Ravenclaw, entonces eso significaba que era una chica inteligente.
Fui seleccionado a Slytherin al igual que mis dos amigos y uno nuevo que se agregó a nuestro grupo, Albus Potter. Casi brinco de la emoción en medio del Gran Comedor cuando nos platicó que Rose y él eran primos hermanos. Esa fue la manera que ví mejor para acercarme a ella y conocerla, pero nunca aceptaba compañía, siempre estaba sola.
En nuestro primer año no pude evitar aprenderme su rutina, pues cada mañana o por las tardes, solía dar un paseo por los terrenos sola, perdida en sus pensamientos, lo que ella no sabía era que nunca estaba sola, yo la acompañaba desde lejos, observándola en silencio hasta que en una ocasión, en tercer año, mis amigos y yo fuimos interceptados por esos matones de Ravenclaw y no se que otra casa, pero ella nos defendió.
Aunque las palabras dichas por ella, que solo lo había hecho por su primo hicieron un calorcillo se postrara en mi pecho haciéndome sentir inmensamente fuerte y poderoso, le ofrecí una tregua, una oportunidad para ser solo Scorpius y Rose, no Malfoy ni Weasley. Quería conocerla, quería ser su amigo.
Sin embargo, con el paso de los días y de los dos años que llevaba de conocerla, sentía que cuando estaba cerca de ella, ese calorcillo que sentí, envolvía mi pecho y las ganas de abrazarla eran enormes y era complicado luchar contra eso. La abrazaba como amigo, pero mi mente gritaba que quería algo más, no solo un abrazo de amigos pero eran palabras que no podía decirle, no por miedo al rechazo, sino porque tenía miedo a perder la amistad que teníamos.
¿Qué podía hacer para no sentir lo que inevitablemente sentía? Nada, no podía hacer nada porque me enamoré y ella ni cuenta podía darse. Porque o se enfrentaba a algunos problemas con sus primos o con algunos profesores o le daba por dar un paseo por los terrenos y perderse en sus pensamientos y a veces cuando platicaba con ella ni caso me hacía.
No sabía cómo podía hacerlo pero ella lograba abrir la coraza que mantenía encerrados a mis sentimientos, si ella sufría, yo lo hacía también, si ella era feliz, también lo era yo, pero solo era mi amiga y aunque me encontrara buscando alguna señal por parte de ella de interés hacia mi persona, no hallaba ninguna pero no perdía la esperanza.
Me sentía con el corazón a punto de estallar, a punto de decirle cuanto la quería, que quería que estuviera conmigo siempre, pero todo lo callaba porque no tenía los pantalones suficientes como para decirle lo que en verdad sentía más allá que una simple amistad, pero como se lo explicaba…
Solo se me ocurrían dos palabras: Me enamoré.
