Queridas lectoras,
Aquí las dejo con un nuevo capítulo de Ricos, famos y ¿Felices? Y ¡Mil gracias por leer!
Besos,
Karen
Capítulo IV
El diamante de mi padre
Bajé al subterráneo convertido en un energúmeno e incluso pasé a llevar a una pareja al salir del ascensor. Probablemente, si no hubiesen estado tan enamorados de seguro me habrían encarado, en cambio, por la expresión de sus rostros deduzco que deben haber pensado que era un psicópata egoísta, huraño y solitario. No estaban lejos, lo era.
En vez de escoger el camino a casa, me desvié al departamento de Jessica, una vieja amiga de la secundaria… de esas "amigas" que están siempre disponibles.
Sentía rabia, no sabía porqué tanto, pero una ola de frustración se apoderó de mí con tanta fuerza que era capaz de cualquier cosa en ese minuto.
Quería dejar de pensar por algunos segundos en la inmensa tristeza que me provocaba mi madre, de cómo cobijar a Alice para que no se viera tan afectada con la situación, de cómo contener a Emmett para que no siguiera haciendo estupideces que perjudicaran aún más en la familia, del irresponsable e idiota de Carlisle y por supuesto, sacármela a "ella" de la mente ¿Por qué pensaba en esa mujer que ninguna relación tenía conmigo? ¡Arg! Menos mal mañana partía a primera hora a China, por dos semanas y quizás más, dependiendo de mi ánimo.
En un barrio más antiguo, pero igualmente sofisticado vivía Jess. La llamé unos segundos antes y menos mal, estaba en su departamento.
—¡Jess! Hola, Edward —me reporté de inmediato.
—¡Edward Cullen! ¿Cómo estás? —contestó seductora.
—Bien, bien ¿y tú? —disminuí la velocidad, de lo contrario le avisaría que iría a verla cuando ya estaba aguardando en el estacionamiento de su edificio.
—Bien… ¿y a qué debo el honor de tu llamado matutino? —interpeló suspicaz.
—Pasaba cerca… y bueno, me acordé de ti… ¿estás ocupada? —de repente me cayó el tejazo, perfectamente podría estar con alguien, después de todo no teníamos ningún compromiso.
—No, no… —decretó dubitativa— avísame cuando estés abajo —me sentí un triste idiota mendigando sexo. Me arrepentí de ir, pero si me retractaba quedaría muy mal y ella sospecharía de que me había dado cuenta de que estaba con alguien.
Finalmente seguí y aparqué en el estacionamiento diez de visitas. Las puertas del ascensor demoraron un tanto en abrir. Miré el visor, estaba justo detenido en el piso al que yo iba. Luego, paró en el uno y por último, llegó a mí. Entré. Pude oler de inmediato el penetrante perfume barato masculino ¡Qué más daba ella sólo era una amiga! Y en verdad no me daba una pizca de celos, sin embargo, me molestaba que todo me pasara en una misma mañana. Se abrieron las puertas dobles en el piso cinco. Abrió Jess envuelta en una bata blanca de toalla.
—Hola —saludó espontáneamente, a pesar de que acababa de despedir a "otro". Jugueteó con su cabello castaño claro y me extendió la mano para invitarme a su jacuzzi de la terraza privada.
—Hola Jess —le di un beso casual en la mejilla. Inmediatamente corrió su rostro unos centímetros a la derecha y posó sus labios en los míos con fogosidad. Entreabrí sus labios con necesidad, más por venganza de la escena en el departamento de Carlisle que por deseo, pero, a esas alturas daba lo mismo.
Llevé mis manos al lazo de la bata para desanudarlo y con un movimiento lento dejé esa dificultosa prenda en el suelo. Quedó completamente desnuda. Sus pechos eran medianos y firmes, con aureolas cafés claras que se confundían con su piel. Se lamió los labios. La cogí con ímpetu por los glúteos y la aprisioné hacia mí, en tanto ella cruzaba sus piernas sensuales tras mis caderas. El piso estaba resbaladizo y lejos de hacer el papel de galanes eróticos, caímos sobre la bañera y por poco la aplasto y luego, la ahogo.
Emergió del agua desesperada, con el cabello tapándole los ojos, la nariz y la boca, totalmente exasperada, botando agua por la boca ¡Nada sexy! Me hice a un lado, cuando ya supe que estaba bien, y me senté en el borde del peligroso jacuzzi. No podía hablar de la risa, me cogía la barriga a raíz de las risotadas compulsivas ¡Esto era lo más ridículo que me había sucedido! Y ella que estaba toda sensual esperándome en la entrada de su casa, incluso había despedido a su otro amigo. Se despejó la cara con ambas manos y me clavó una mirada de furia.
—¡Idiota! —escupió por su sexy sensibilidad, herida.
—Pe… per…do… na —ni siquiera pude ayudarla a subir, los músculos se me debilitaron por la risa repentina. Salió totalmente desnuda de la bañera y se colocó la bata nuevamente.
—¡Imbécil! —replicó enojada y dio un "ventanazo" al entrar en el departamento. Me quedé ahí, mojado de pies a cabeza. Salí estilando y le golpeé el ventanal para que me abriera, pero me ignoró.
—¡Lo siento! —le dije modulando lentamente para que me entendiera, porque probablemente de adentro no me escuchaba. Se dio media vuelta y me levantó el dedo corazón. Obviamente, su reacción me causó aún más risa. Uní las manos para suplicarle y se las mostré para que abriera, pero no podía sacar la absurda sonrisa de los labios y mientras siguiera así, no me dejaría entrar ¡Era imposible contenerla!
Debajo mío había una posa de medio metro de diámetro. Golpeé otra vez, hasta que se asomó nuevamente. Doblé mis rodillas, apoyándolas sobre el suelo y junté mis manos "¡Perdona!", insistí frenético y me comí la risa por unos segundos. Se apiadó, acercándose lentamente con el ceño fruncido. Estiré las piernas, pero cuando estuvo frente, exploté en risa nuevamente.
—¡Idiota! —cerró el ventanal bruscamente, pero alcancé a tomarlo antes de que se cerrara.
—No te enojes Jess —la cogí por la espalda y la arrullé por la cintura, mientras su trasero quedaba muy pegado a mi "acompañante". Despejé su cuello con la mano izquierda y lo humedecí con mis labios, se estremeció ¡Batalla concluida!
Continué mordisqueando hasta el borde de sus hombros, seguido siempre de mi lengua, con serias intenciones de provocarle un ardiente cosquilleo. La dejé así, adosada a mi cuerpo, mientras la arrastraba lentamente hacia el mesón de la cocina. Con sutileza incliné su tronco hacia delante, en tanto levantaba su bata para dejar libre sus glúteos e intimidad. Desabroché mi pantalón con agilidad hasta liberar mi masculinidad, completamente erguida. Doblé unos centímetros las rodillas y me sumergí en su mundo cálido y húmedo. Sus gemidos no se hicieron esperar y fueron acrecentándose en intensidad y volumen. Sin quererlo, y como una verdadera excepción porque me encantaba mirar, era un voyerista por naturaleza, cerré los ojos y casi llegando a la cúspide del placer me pregunté si "ella" se sentiría igual…
Continué moviéndome con más intensidad, cogiéndola por las caderas hacia mí, en tanto Jess se mantenía sujeta de los bordes de la mesa. Me estaba quemando… la imaginé a ella y su centro dulce y jovial. Los gritos desaforados de Jess me volvieron a la realidad, en verdad a veces estaba para actriz porno, nada que ver con los jadeos sutiles que había oído de la boca de Isabella. Me desilusioné un tanto, pero seguí hasta acabar.
Salí de su cuerpo y ella no tardó en voltearse. Me dio un picotón y con voz risueña me dijo.
—¡Imbécil!
—Yo también te quiero —le respondí irónicamente y le guiñé un ojo.
Como si nada hubiese pasado, caminó hacia la cafetera.
—¿Quieres uno? —ofreció amablemente, con una gran sonrisa en los labios. Modestia aparte siempre las dejaba a todas así "contentas", en verdad me sentía un colaborador de la felicidad femenina colectiva de este mundo, jejeje. Debo reconocerlo estaba un poco pagado de mí mismo.
—¡Gracias! —le devolví la risita, mientras me entregaba un jarrón con un líquido negro y aromático— ¿Podría colocar mi ropa en la secadora? —solicité un poquitín urgido.
—¡No! —respondió pícara.
—¿En serio? —enarqué las cejas confundido, no sabía si hablaba en serio o en broma. Sonreí, temiendo que fuera de verdad.
—Obvio —me guiñó un ojo.
—¿Tú venganza? —esbocé una risita perdedora.
—Evidente… —soltó una carcajada.
En el cuarto del lado se oyó mi móvil ¡Menos mal lo había alcanzado a dejar en la chaqueta! Era lo único seco en ese momento. Sólo por fastidiar a Jess corrí hacia la sala contigua, dejando huellas de mis pisadas en su lustroso parqué vitrificado. Cogí mi celular, era Esme.
—Edward, hijo ¿hoy almorzarás con nosotros? —miré la hora: una y cuarenta y cinco ¡Uf! Lo había olvidado con todo lo acontecido durante la mañana. Recordé los gemidos de mi padre y "ella" y la piel se me puso de gallina.
—¡Lo siento, mamá! Pasé donde Jess y nos quedamos conversando…—mentí, obvio, era mi madre, lo creía.
—¡Salúdala de mi parte! ¿Te esperamos? —insistió.
—¡Claro, voy para allá! —corté, le di un besito en la mejilla a Jess y ella movió su mano en señal de despedida.
—Gracias por todo… —le susurré al oído. Quedó muda y seria.
Emmett me había advertido que estas visitas recurrentes a Jessica me podían empezar a traer problemas, ella creería que esto iba más en serio y en verdad, no pasaba de una simple amistad, al menos para mí. Sin embargo, al ver la decepción en su rostro noté que quizás mi hermano tenía razón.
Dejé el auto empapado. Me bajé de prisa para subir a mi cuarto y el resto no notara el pequeño detalle de la ropa mojada, pero para mi "buena" suerte de hoy, los tres —Esme, Alice y Emmett— iban de camino al comedor.
—¿Qué te pasó, Edward? —musitó mi madre extrañada. Sus ojos tostados recorrían mi cuerpo de pies a cabeza. No supe que contestar, me pilló de improviso.
—¿Qué te pasó, Edward? —replicó Emmett, burlándose, con una gran sonrisota en los labios. El muy imbécil tenía claro de dónde podía provenir mi ropa húmeda, sin embargo, se empecinó en ponerme en aprietos frente a los inocentes ojos de mi madre. Le devolví la sonrisa al muy idiota, mientras Esme continuaba examinándome. Alice le hizo un gesto a Emmett para que le contara de dónde venía. Él se inclinó a su oído y mi hermana rió también.
—¡Vaya hermanito a cambiarse! Nosotros lo esperamos en la mesa —¡Salvado por la campana! O mejor dicho ¡Salvado por la hermana! Mi madre desvió la atención y se fue con ellos a almorzar, pero cuando subía las escaleras, Emmett se giro hacia mí con el rostro resplandeciente en morbo, y me apuntó con el dedo, mientras modulaba sin voz "¡Te salvaste!".
Me cambié y bajé a comer con ellos. No hubo preguntas al respecto, excepto por las bromas e indirectas de mi hermano.
Estuve doce días fuera. El negocio fue redondo y los inversionistas asiáticos quedaron satisfechos. Volví un viernes a media mañana. Almorcé con Esme y en la tarde me fui al hotel de mi futuro cuñado, Jasper. Estuvimos bebiendo unas copas durante la tarde, hasta que llegó el momento de volver a casa, para cambiarme y continuar disfrutando de la noche. Tanya, una amiga de Emmett me había llamado para que nos juntáramos a "cenar". El sol se había escondido y el cielo se extendía rojizo y celeste. La tarde estaba tibia. Mi cara ardía a raíz del alcohol, pero estaba "alegre", no borracho. Las calles estaban atestadas de gente que salía de sus trabajos y otros que volvían de la playa. Había un taco feroz.
Encendí el aire acondicionado para no asarme dentro del carro, cuando me tocó un semáforo rojo. Las chicas lindas iban y venían, todas con diminutos short y faldas e insinuantes escotes que demarcaban sus prominentes pechos ¡Qué delicia! Miré hacia mi izquierda había un Mazda 3, negro. Lo conducía Isabella. Miraba al frente, muy concentrada, con la frente compungida, mordiendo su labio inferior. Tenía las mejillas levemente sonrojadas, probablemente venía de la playa. Llevaba su sensual cabello castaño suelto, con rizos que le caían sobre los hombros. Aunque la miré insistentemente, no me dirigió ni un segundo de su tiempo. La seguí observando, se cogió el pelo hacia un lado y de inmediato se me vinieron a la mente los recuerdos de ella revolcándose con mi padre. Dieron la luz verde.
Apreté el acelerador al máximo, cargándome hacia la pista izquierda para bloquearle el camino. Ahora me daba cuenta de que estaba ebrio, porque de otra manera no hubiese hecho esta escenita ridícula. Tocó la bocina para advertirme. Sonreí y miré por el espejo retrovisor. Noté que abrió levemente los labios cuando reconoció el auto. Me volvió a tocar la bocina, más fuerte y más persistentemente.
Los autos se movían a toda velocidad, en cambio yo, me mantuve en la pista a menos de treinta por hora. Intentó pasarse a la pista derecha, pero la volví a bloquear. Insistió con la izquierda, pero continué interponiéndome una y otra vez en su camino. Se oían las bocinas desesperadas, pero me importó un bledo. Hizo rugir su pequeño autito y reí aún más. Hice ademán de acelerar, pero frené enseguida. Ella no alcanzó a hacer lo mismo y se estrelló, sutilmente, contra mi Lamborghini.
Llegué a sus nervios medio a medio. Sin importar el tránsito se bajó del coche roja de ira. Lucía un sensual vestido plateado, cortito, dos manos sobre la rodilla y tacones aguja del mismo tono. Por el espejo lateral vi como se acercaba a mi carro. Esbocé una gran sonrisa de triunfo ¡Había logrado fastidiarla! Llegó a mi lado y me golpeó la ventana. No le abrí. Insistió con más fuerza hasta pegarle manotazos al vidrio con potencia controlada. Enarqué una ceja, no pude dejar de reír, hasta que accedí enfrentarme a su débil furia.
—¿Qué te pasa, idiota? —me gritó furiosa, cuando decidí bajar el vidrio de la ventana. Seguí burlándome.
—Nada —contesté, haciéndome el desentendido.
—¿Por qué me bloqueas el paso? ¡Estúpido! Me hiciste estrellar…
—Lo sé —torcí una sonrisa socarrona.
—¿Y contestas así cómo si nada hubiese pasado? —el volumen de su voz iba en aumento. A pesar del ruido ambiente la oía muy bien. Estaba fucsia de ira. Se veía aún más hermosa enojada— ¿No te piensas mover? —continuó.
Negué con la cabeza. Se inclinó rápidamente por la ventana, dejando medio cuerpo dentro de mi coche, y sus pechos muy cerca de mi rostro. Quedé sin aliento, olía de maravilla.
—¿Qué haces? —la increpé, mientras desde las pistas laterales se deshacían en piropos para las piernas y el trasero de Isabella.
—¡Esto! —me mostró las llaves de mi automóvil, las sacó en menos de un pestañeo. Mis reflejos fueron lerdos a raíz del alcohol, no creí que fuera capaz de algo así. Traté de detenerla, sosteniendo su brazo con fuerza, pero ella se zafó con fiereza.
—¡Ebrio! —me susurró con una sonrisa de satisfacción.
Se fue caminando sensualmente con mis llaves. Abrí la puerta y salí tras ella.
