Era una chica del Rukongai, y como tal siempre se sentía extraña cuando las criadas de la mansión debían ayudarla a vestirse. Un último tirón del obi la dejó casi sin aire. Sintió a una de las mujeres acomodar el largo del kimono antes de anudar el cinturón en un enorme lazo, mientras otra trataba que los kanzashi* no se cayeran de su cabello, utilizando tantas peinetas como podían para mantener atado su corto cabello.
Se dio un vistazo en el espejo.
-Se ve hermosa, Kuchiki-sama. –dijo la mujer que ahora le ponía la última capa del kimono sobre el anterior cubriéndola como si fuese una capa. –Su prometido va a quedar sin habla.
Pero la que estaba sin habla era ella. Se veía tan elegante, tan delicada… se veía hermosa, y ante ese pensamiento no pudo evitar sonrojarse. ¿Ella? ¿Hermosa? Eran dos palabras que no solían ir juntas en la misma oración.
-Recuerde, Kuchiki-sama –le susurró la mujer viéndola a través del reflejo -Lo tradicional tiene una magia ante la cual nadie permanece impávido. –hizo una pausa repasando su labor, despidió a las otras criadas –Vamos, no hagamos esperar a los nobles. Bien sabemos que no tienen buenas pulgas.
Caminó hacia la estancia donde se reunía la familia y otros nobles de otros clanes. Las ropas le hacían complicado el andar y se sentía como una muñeca de porcelana. El corazón el latía a mil por hora. Desde el anuncio de Nii-sama habían pasado un par de meses y el tiempo se le había ido como agua entre los dedos. Inspiró, contaba hasta tres y botaba en un soplido, una y otra vez en el recorrido que se le hacía eterno.
Frente a la puerta Ichigo la esperaba vistiendo un traje tradicional. Él la quedó mirando sorprendido.
-Rukia... te ves...
-Tú también te ves bien –lo interrumpió.
Bajó la vista a sus manos, tiritaba. Miró a su amigo, él parecía más tranquilo, aunque algo en él le decía que estaba tan asustado como ella. Habían llegado hasta ahí, sin negarse, sin cuestionárselo demasiado. Era ahora o nunca…
-Ichigo…
-Vamos.
La mucama abrió la puerta y ambos prometidos ingresaron en la estancia tomando asiento entre Byakuya e Isshin. Rukia repasó a los nobles con la mirada. Todos parecían satisfechos. Un anciano al que reconoció como el líder del consejo de clanes alzó la voz.
-Hemos sido reunidos hoy por llamado de Byakuya Kuchiki, heredero del Clan Kuchiki. Quien hoy hace oficial el compromiso de su hermana Rukia Kuchiki con el hijo de Isshin Shiba, Ichigo Kurosaki. Entiendo que este compromiso está dentro del acuerdo mutuo de las familias y de los jóvenes prometidos. La reunión de hoy consiste en establecer la aprobación del consejo de clanes para con este compromiso. Dejo la palabra a Natsuo Omaeda, en representación del clan Omaeda.
-Me parece acertado, doy mi aprobación. –dijo el hombre, un anciano de presencia bonachona, quien miraba a los muchachos con ilusión. –Kurosaki ha servido bien a la Sociedad de Almas, me parece un legítimo candidato para ingresar a los clanes.
-Considero que esta unión es una decisión arrogante. –interrumpió Kazuo Kuchiki -Los Shiba son una familia que ha sido desplazada de este consejo y de la nobleza. Unir a una Kuchiki con un Shiba es inconcebible. Rechazo esta unión.
Isshin parecía tranquilo, pero Ichigo iba a decir algo, cuando sintió la mano de Rukia en la muñeca con un tacto suave, pero que lo invitaba a mantener la calma. Esta discusión no era para intervenir, simplemente contemplar. ¿Así sería siempre? ¿Él sin poder decir nada? ¿Subyugándose a esos vejestorios y primos políticos resentidos?
-Puede que sea una familia caída en desgracia, pero nadie puede negar el linaje. –interrumpió Taro Hatoyama, un hombre de semblante plácido, le recordaba al Capitán Ukitake -Quizás es una oportunidad para reinvidicar el honor de los Shiba. Apoyo el compromiso.
-Esta muchacha es la siguiente en la línea de sucesión, si desposa a ese mocoso tendremos una nobleza descendiente del rukongai y de una familia venida a menos por honor.
Aquello fue suficiente.
-¡Pues te lo mamas! –exclamó Ichigo y Rukia se cubrió el rostro con las manos, Byakuya le lanzó una mirada que era una mezcla de contrólate y "siempre lo supe". –Ruega porque Byakuya no muera aún y no tenga que ser yo quien tome el liderazgo del clan porque eres rata muerta, Kazuo.
-¡Cómo te atreves a hablarme así!
-¿Cómo te atreves tú a hablarle así a la hermana de tu líder? ¡Cómo te atreves a hablarle así a mi mujer!
-Me agrada este chico, tiene espíritu –le dijo Hatomaya al líder de los clanes. –Y tiene más pantalones que tú, Kazuo. Por algo es el siguiente en la línea de sucesión y no tú. –sonrió malicioso y su sonrisa daba miedo.
Un silencio invadió la sala antes que retomaran los argumentos. Ichigo volteó hacia Rukia cuyo semblante era indescifrable. Byakuya por su parte parecía tranquilo, su padre por otro lado sabía estaba haciendo todo lo posible por controlarse. No podían perder ambos el control en la situación, debía demostrar que era el adulto, por mucho que le picara el orgullo.
Discusiones, argumentos, críticas… Fue cercano a una hora, algo más quizás. Una hora de comerse el orgullo, una hora de contemplar como Rukia y él eran atacados sin poder decir nada. O quizás en su intromisión lo dijo todo. 8 de 10. El compromiso era aceptado. Ahora servirían el té y hablarían de trivialidades de la nobleza que aún no estaba dispuesto a escuchar, no después de todo aquello. En un acuerdo tácito entre ambos prometidos, salieron de la estancia con camino a ninguna parte, recorriendo a paso calmo por los pasillos. Ninguno decía nada. Se sentaron en el jardín junto al estanque frente a la habitación de Rukia.
-Gracias –dijo finalmente la morena con la vista en las flores de loto del estanque. Ichigo la quedó mirando –Por defenderme ahí dentro.
-Sé que no debí hacerlo, mi padre me instruyó en que pasase lo que pasase no abriera mi bocota…
Rukia negó con la cabeza.
-Estuvo bien, Kazuo necesitaba un escarmiento. –dijo suavemente –Te aseguro que hasta Nii-sama estuvo de acuerdo con tu interrupción… Bienvenido a la nobleza, Ichigo –le sonrió triste.
El muchacho repasó el perfil de su amiga en silencio. No, para él no sería lo que fue para ella, no aceptaría el repudio ni el ser menospreciado, él cambiaría eso. No podría resistir verla así cada vez que tuviesen una reunión de clanes. Pero luego de planear las múltiples muertes para Kazuo Kuchiki por sus manos, su zampakuto, por un yakuza… recordó algo más importante.
-Rukia... -la morena se volteó hacia su amigo, ahora oficialmente prometido.
-Tengo algo para ti -sacó una pequeña cajita de entre la ropa -Sé que las cosas acá se hacen de manera diferente, pero del otro lado cuando alguien se compromete, el novio debe darle un anillo a su novia.
La chica tomó la caja y la abrió.
-Gracias está muy lindo. -le sonrió entusiasmada. Al fin le había sacado una sonrisa.
-De nada. –dijo satisfecho.
Tomó la mano de su amiga y le deslizó el anillo por el dedo. Ella se miraba encantada la mano alzándola frente a ella.
-¿Cómo hiciste para que quedara bien?
-Simple suerte.
Rukia estaba feliz mirando su anillo, mientras él guardaba silencio con la vista perdida en el cielo, ya oscurecía. Supuso que los vejestorios esos aún estarían discutiendo sus propios problemas y roces de cientos de años, aprovechándose de esta situación para tirarse mierda los unos a los otros.
-Parece que mi doncella se fue de fiesta –Rukia interrumpió sus pensamientos. -¿Te importaría ayudarme con esto? Me siento prisionera –bromeó tirándose las mangas del kimono.
Ichigo asintió en silencio. Qué problema iba a ser ayudarla a quitarse esa ropa si se habían visto en peores condiciones. Eran compañeros de batalla y en la batalla no hay pudores.
Ingresaron a la habitación, Rukia le dio la espalda. Ichigo tomó el borde de la primera prenda y la deslizó suavemente por los brazos de la chica. Pudo ver la piel de su cuello entre el nacimiento del cabello y el borde del kimono y tragó saliva. Se veía tan suave. Inclinado sobre ella podía ver como los cabellos más delgados se movían al vaivén de su respiración.
-¿Pasa algo? -preguntó Rukia sin voltearse.
-No, nada. -dijo con voz enronquecida. -¿Podrías... soltarte el cabello?
Rukia se extrañó ante la petición, pero supuso que las kanzashi le molestaban.
-Claro.
Saco lentamente cada una de las peinetas y los adornos. Ichigo no sabía de donde había salido esa petición, pero lo estaba disfrutando. Tanto que no había avanzado en su labor encomendada.
-Listo -la chica pasó los dedos por su cabello. -¿Está muy ajustado cierto? -agregó al ver que su amigo no había podido comenzar a desatar la prenda.
-Un poco -apenas le salió la voz.
Llevó las manos al obi y comenzó a desanudarlo, estaba realmente apretado. Sus manos se habían vuelto inusualmente torpes, sin poder dar en cómo desenredar la tela. La respiración se le volvía superficial mientras el tenso tacto de la tela cedía ante su insistencia. Dio un último jalón y el lazo se deshizo.
-Voltéate para quitarlo –le dijo, la voz susurrante.
Ella se volteó y alzó la vista para verlo. El obi se le deslizó de las manos y cayó al suelo. Se quedaron mirando sin saber que decir. Claramente no había sido una buena idea. No era como atarse los vendajes en las batallas o rasgar el uniforme del otro para detener una hemorragia.
La que estaba frente a él era una mujer y una muy guapa, era la que sería su mujer, solo de él... Y solo un par de capas de tela entre ambos. Negó suavemente con la cabeza antes de alzar la voz.
-Creo que puedes con el resto. –dijo.
Ella asintió. Tenía las mejillas tan encendidas que podía sentir toda la sangre de su cuerpo concentrarse en ellas.
-Nos vemos mañana.
Se despidió y salió de la habitación pensando que ese había sido el momento más erótico de su adolescente existencia.
*adornos del cabello
