Hola, siento haber tardado un tiempo en subir un nuevo capitulo pero he estado muy ocupada y con falta de inspiración. Igualmente ya voy teniendo las ideas más claras y bueno, aquí esta el nuevo capitulo. Por cierto también he reeditado algunos capitulos anteriores y cambiado un poco las cosas. Espero que os guste y por favor, si os ha gustado dejadme un REVIEW que se agradece mucho ^^.
Love is War
Capítulo 4
-Revelaciones-
Hermione Granger se encontraba esperando en el escalón de la puerta principal de Hogwarts. Había llegado pronto porque las puertas del castillo todavía estaban cerradas. Abrió su bolso y sacó un pequeño reloj de bolsillo, faltaban cinco minutos para las ocho en punto, que era la hora a la que Filch solía abrir. Pero claro, Luego se acordó de que era muy poco probable que fuera Filch el que abriera las puertas porque se encontraba en 1943 y Filch sería apenas un niño.
Hermione suspiró, se levantó y comenzó a dar vueltas de un lado a otro, estaba nerviosa; no por la entrevista que tenía con Armando Dippet, estaba segura de que no le sería difícil entrar en Hogwarts ya que tenía preparada una historia convincente para el director. No obstante su principal objetivo al ir a la escuela no era ver a Dippet, si no hablar con Albus Dumbledore.
Después de pensarlo durante días, había tomado la decisión de contarle parte de la verdad a Dumbledore. Le hablaría del extraño accidente con Malfoy y de su viaje en el tiempo, pero omitiría los detalles sobre Voldemort y la guerra que se estaba llevando a cabo en el futuro, ya que si hablaba más de la cuenta desencadenaría cambios irremediables y se encontraría con un mundo totalmente diferente cuando volviera. Porque…podría volver ¿verdad?
Por otra parte esa era una de las dudas que esperaba que Dumbledore resolviera. Dada la situación ¿realmente podría volver a su tiempo?, ¿Y si no volvía a ver a Harry ni a Ron? ¿Y sus padres? ¿Qué pasaría con ellos?
La incertidumbre la estaba matando, un escalofrío le recorría todo el cuerpo con solo pensarlo. "No", se obligaba a pensar a si misma, Dumbledore la ayudaría. No en vano Albus Dumbledore era uno de los magos más poderosos de su momento. Solo esperaba que no fuera una historia demasiado inverosímil cuando se la contara, y que el profesor le creyera porque se encontraba absolutamente desesperada.
Afortunadamente Dumbledore siempre tendía a confiar en los demás y a dar crédito hasta a las historias más rocambolescas, como si fuera capaz de ver la verdad en las personas a través de sus penetrantes ojos azules.
De repente un chirrido metálico la saco de su ensimismamiento. Alguien estaba abriendo los cerrojos del portón. Hermione se giró y vio a un hombre calvo y ceñudo que asomaba la cabeza por la puerta. La miraba con desconfianza, seguramente era muy extraño ver a alumnos por allí cuando todavía faltaba un día para que comenzara el curso.
-¿Puedo ayudarte?.-Gruñó el hombre.
-Bu..buenos dias.-Titubeó.- Vengo a hablar con el director-Dijo Hermione de la manera más educada que pudo.
El hombre parecía pensárselo dos veces antes de dejarla entrar. Miraba su atuendo con recelo, nunca antes había visto ese tipo de ropa, ni si quiera los muggles vestían así. Hermione deseó haberle pedido algo prestado a Alice más adecuado para aquella época. Finalmente el hombre pareció llegar a la conclusión de que Hermione era digna de confianza porque se apartó de la puerta para dejarla entrar.
-Pasa, has tenido suerte, el director está libre en estos momentos.-Dijo haciendo un gesto para que le siguiera.
Hermione siguió al conserje en silencio. Por supuesto ella ya sabía el camino al despacho del director, que se encontraba en el primer piso tras una gárgola de piedra.
Pasaron delante de la gran escalinata de mármol, Hermione advirtió que estaba cubierta de una sustancia verde amarillenta pegajosa.
-Disculpa, muchacha, pero tendremos que dar un rodeo.-Dijo el hombre.-Peeves, nuestro poltergeist cree que es muy gracioso llenar todo de pus de bubotubérculo un día antes del inicio del curso. ¡Como si no tuviéramos suficiente trabajo!-Se quejó.
Hermione sonrió por dentro, al parecer algunas cosas nunca cambiaban. También pasaron por delante del aula 11 donde Firenze, el centauro daba clase y por las galerías del claustro donde solía estudiar con Harry y Ron, ¡Qué extraño se le hacía ver todo tan vacío! Pero a excepción de la ausencia de estudiantes y del cambio de personal, el castillo tenía casi el mismo aspecto que ella recordaba.
De repente algo le golpeó en la cabeza.
-¡Auch!-Se quejó. Miró al suelo y vio un disco volador con colmillos retorciéndose y gruñendo, de esos que Filch tenía en su lista de objetos prohibidos y que tantas veces había tenido que confiscar a los de primer año cuando era prefecta.
Un niño bajito y enjunto apareció de detrás de una de las columnas del patio. No debía tener más de doce años. Tenía los ojos grandes, quizá demasiado grandes para su menuda cara y era muy pálido y le temblaban los carrillos, lo cual le daba un aspecto enfermizo y asustado.
-¡Maldito crío! ¡¿Cuántas veces te he dicho que dejes de jugar con esos artefactos del demonio?!-Estalló el conserje.-¡Ven aquí ahora mismo y discúlpate, pedazo de alcornoque!
El niño se acercó con timidez y recogió el disco del suelo. Murmuró un "lo siento" sin ni siquiera mirar a Hermione.
-No pasa nada.-Dijo ella con dulzura intentando quitarle importancia al asunto.
Pero el conserje agarró de las orejas al niño y lo zarandeó.-¡¿Qué demonios hacías aquí?!-Gritó.-¡Te he dicho que subas a limpiar la sala de los trofeos!
-¡No quiero!-Se reveló el niño.
-¡¿Cómo que no quieres?! ¡Maldito squib holgazán…a mi no me hables así, mocoso!
Entonces el niño se soltó del agarre del hombre, cogió el disco con colmillos y echó a correr hasta la otra punta del pasillo.
-¡Yo no soy como tú! ¡Yo no soy un estúpido conserje, yo voy a ser auror!-Exclamó desde la lejanía.
El conserje soltó una carcajada.-¿Tú un auror?-Se burló.-¡Solo eres un squib! ¿Cómo un squib que no puede hacer magia va a ser auror? ¡Déjate de tonterías y ponte a limpiar ahora mismo!
El niño apretó los puños y bajó la mirada. Por un momento parecía que no iba a replicar, pero entonces levantó la cabeza y les hizo un gesto obsceno a Hermione y al conseje y escapó corriendo.
-Pero será…-Hasta que el niño no se perdió de vista el hombre no reparó en la presencia de Hermione, que estaba un tanto abochornada por la repentina situación.-Perdona.-Se disculpó.-Ese era mi hijo Argus, como ves tiene algunas ideas estúpidas en la cabeza.
¿Argus? ¿No sería acaso...Argus Filch? pensó Hermione.
-Disculpe señor, ¿Cuál es su nombre?-Preguntó.
-Icarus Filch, señorita.
Así que estaba en lo cierto…, se trataba del pequeño Filch.
-¿Usted y su hijo viven en el castillo desde hace mucho?-Se atrevió a preguntar.
-Mi hijo y yo llevamos 4 años en el castillo.-Explicó el señor Filch.-La vida no es fácil para unos squibs como nosotros ahí fuera, el profesor Dippet fue muy amable acogiéndonos.
Hermione no se atrevió a preguntar más. Cuantos más días pasaba en 1943 más se daba cuenta de que en aquella época las diferencias entre clases sociales eran más evidentes que nunca. Ahora entendía por qué el viejo Argus Filch era tan antipático. Al igual que Alice y otros muchos squibs había llevado una vida muy dura. Hermione se preguntó si pasaría lo mismo con los hijos de muggles.
Finalmente llegaron a la gárgola de piedra. Icarus Filch pronunció la contraseña y la gárgola se movió revelando las escaleras que daban al despacho del director. Hermione se despidió del conserje y se dispuso a subir las escaleras, pero a mitad de camino oyó unas voces que provenían del despacho, algo acaloradas. Parecían estar discutiendo.
-Tonterías Armando, estás siendo demasiado confiado.-Advertía la voz de un hombre.
-¡Te digo que Tom es un buen chico, Albus!-Insistía el otro.
Dumbledore chasqueó la lengua.-Temo por Tom, temo que haya escogido el camino equivocado.-Dijo con tono de preocupación.
-Tonterías, ese chico podría llegar a ministro de magia si se lo propusiera. Tus sospechas son tan solo imaginaciones tuyas.-Replicó Dippet.
-Armando, todo el asunto de la cámara de los secretos me tiene preocupado…Opino que el joven Ryddle no nos ha dicho toda la verdad.
Hermione ahogó un grito cuando escuchó el apellido "Ryddle". ¡¿Tom Ryddle?! ¡Pues claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Aquella era la época en la que Tom Ryddle estudiaba en Hogwarts! Un escalofrío le recorrió el cuerpo al pensarlo. No solo estaba la segunda guerra mundial muggle asolando toda Europa y Grindelwald intentando hacerse con el poder mágico, ¡también estaba Tom Ryddle, el mago más peligroso de todos los tiempos dando sus primeros pasos como Lord Voldemort! Definitivamente no había podido acabar en una época peor.
Subió unos peldaños más para poder escuchar más de cerca la conversación.
-¡Pero si fue precisamente Ryddle el que atrapó al culpable! ¡Ese chico es un héroe!-Protestó Dippet.
-¡Por favor! Tú y yo sabemos que Hagrid no pudo abrir la cámara de los secretos. ¡Es simplemente absurdo!-Exclamó Dumbledore
-Escucha Albus, el asunto de la cámara de los secretos fue una verdadera tragedia. Yo tampoco creo que Hagrid sea un asesino, pero todas las pruebas apuntan en su contra. ¡Por dios Albus tenía nada más y nada menos que una acromántula dentro del castillo! ¡Y los ataques cesaron cuando se deshizo del monstruo!-Árgumentó Dippet.
Al escuchar aquello Hermione sintió cómo la rabia se apoderaba de su cuerpo. ¿Tom Ryddle un héroe? ¿Hagrid culpable? ¿Cómo podía Dippet estar tan ciego? Si supiera toda la verdad…Si supiera que era Tom Ryddle el verdadero asesino de la pobre Myrtle y que lo iba a ser de cientos de personas más…
Decidió acercarse un poco más a la puerta pero entonces tropezó con uno de los escalones, con tan mala suerte que se dio de bruces con el picaporte en forma de águila que colgaba de la puerta.
Los dos hombres dejaron de discutir y la puerta se abrió. Un Dumbledore mucho más joven de lo que ella recordaba la miraba incrédulo desde el umbral de la puerta.
-¿Quién es usted?-Preguntó.
-So..soy Hermione Granger. Dijo ella avergonzada.
-¿Y qué hace aquí, señorita Granger?
-Disculpenme, yo solo quería hablar con el director. El señor Filch me dijo...
-Déjala pasar Dumbledore. Seguiremos más tarde con nuestra charla.-Dijo Dippet, que daba la impresión de que quería evadir la conversación con Dumbledore a toda costa y Hermione era la excusa perfecta para ello.
Un poco nerviosa, Hermione entró en el despacho y se sentó en una de las sillas.
-Dinos, ¿qué te trae por aquí, señorita?-Preguntó Dippet con amabilidad.
Les contó con todo lujo de detalles una elaborada historia que se había inventado. Les dijo que había crecido en un orfanato del sur y que al descubrir sus poderes mágicos había sido adoptada por un matrimonio de magos que la habían educado en casa. Desafortunadamente sus padres adoptivos habían fallecido hace unos meses debido a la guerra y ella quería finalizar sus estudios en Hogwarts.
"Pobre muchacha, pobre muchacha", repetía Dippet mientras escuchaba la historia mirándola con lástima. Dumbledore, sin embargo se mantenía al margen, escuchando todo lo que ella decía con atención.
-Bueno, señorita Granger. Normalmente no aceptamos alumnos con tan poco márgen de tiempo, pero supongo que en los tiempos que corren, debemos ser más indulgentes. Puede quedarse en Hogwarts, pero he de advertirle que el nivel que exigimos a nuestros alumnos de EXTASIS es muy alto, ¿Será usted capaz de seguir el ritmo de las clases?-Preguntó Dippet.
-Creo que sí, señor.-Respondió ella con humildad.
-Muy bien, entonces solo queda seleccionarla para una casa.
Dippet se levantó y cogió el ajado sombrero seleccionador de la estantería y se lo puso en la cabeza. Como era de esperar el sombrero la puso en Gryffindor de forma casi inmediata.
-Perfecto.-Concluyó Dippet.-Da la casualidad de que el jefe de la casa Gryffindor es mi buen amigo aquí presente.-Dijo señalando a Dumbledore.- ¿Por qué no acompañas a la señorita Granger y le entregas su horario, Albus? Mientras tanto yo me quedaré tramitando el papeleo.
-Será un placer.-Dijo Dumbledore con cortesía acompañándola hasta la puerta.
-Muchísimas gracias, profesor, estoy deseando empezar.-Respondió Hermione despidiéndose.
-Le deseo un buen comienzo de curso señorita.
Dumbledore la guío en silencio hasta su despacho, el despacho de transformaciones que solía ocupar la profesora Mcgonagall en sus tiempos. La hizo pasar y sentó.
Aquel era el momento que había estado esperando, debía hablar con Dumbledore pero ¿Cómo empezar? Antes si quiera de decir nada el profesor la sacó de su ensimismamiento.
-Una historia conmovedora, señorita Granger.-Dijo Dumbledore de repente.-Dígame, ¿cómo se le ocurrió?-Añadió.
Hermione se puso tensa, ¿Es que a Dumbledore no se le escapaba una?
-Y-Yo…-Balbuceó ella aferrándose nerviosa a los laterales de la silla. Definitivamente no estaba hecha para mentir.-¿Cómo sabe usted…?
-¿Qué cómo sé que se ha inventado esta historia? Bueno, es evidente que usted no ha sufrido los estragos de la guerra, querida.-Explicó.-Y si se me permite, además tengo una excelente intuición.-Dumbledore no parecía enfadado, pero sí parecía estar esperando una explicación.
Hermione tragó saliva.-Tiene razón profesor.-Confesó.-Antes en el despacho del profesor Dippet no he sido sincera… Verá, la verdad es que yo no vengo del sur de Inglaterra, yo vengo de 1997…
Conforme le iba relatando lo sucedido, la expresión de Dumbledore variaba entre el desconcierto y un profundo interés. Hermione le contó con detalle todo sobre el incidente con aquella extraña tormenta de arena y la cabeza de la serpiente roja. La sensación que sintió, cómo todo a su alrededor parecía detenerse…
Cuando terminó, parecía que Dumbledore se había quedado sin palabras.
-Vaya, señorita Granger, confieso que no esperaba algo así...-Dijo el profesor.-Nunca en todos los años que llevo en el estudio de la magia había escuchado semejante historia.
-Estoy desesperada profesor, Usted es la única persona en la que puedo confiar.-Dijo ella con los ojos al borde de las lágrimas- ¿Me cree?
-La creo.-Dijo Dumbledore tranquilizándola.-No obstante, el tiempo es un auténtico misterio y todavía no se sabe mucho acerca de ello. El único medio existente para viajar en el tiempo es un giratiempo, y es absolutamente imposible que pueda transportarla más allá de unas pocas semanas.-Explicó.
-Pero debe haber algo que me permita regresar, lo que sea…-Imploró Hermione.
-Tranquilicese, me comprometo a ayudarla y hacer todo lo que esté en mi mano para investigar este asunto.-Dijo Dumbledore con sinceridad.- Además usted puede quedarse en Hogwarts y llevar una vida completamente normal.-Añadió.-Pero debería ir haciéndose a la idea de que es posible que no pueda regresar...
El corazón de Hermione dio un vuelco al escuchar eso último, sus peores temores se habían confirmado. Si Dumbledore no podía ayudarla , ¿quién lo haría?. Estaba sola, en un mundo que no conocía, en mitad de una guerra mágica y una guerra muggle. En el punto de partida de todos los males que iban a azotar el futuro del mundo mágico. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora?
Entonces lo supo, no tenía que intentar volver a su tiempo, ella no estaba ahí para eso. Lo que tenía que hacer era quedarse allí, quedarse en 1943 y vencer a Tom Ryddle antes de que se convirtiera en Lord Voldemort. Pensó en un Harry creciendo junto a sus padres, sin una cicatriz en la frente, creciendo como un chico completamente normal y en el despreocupado de Ron, feliz junto a su familia, fuera del peligro. Podía hacer eso por ellos, podría hacerlo aunque ellos jamás supieran de su existencia...
Hermione se secó las lágrimas y miró al profesor.
-Profesor Dumbledore, tengo que contarle algo más...
Entonces le contó toda la verdad. Todo sobre la inminente guerra, el alzamiento de Lord Voldemort, Harry Potter, los horrocruxes y Tom Ryddle.
Al terminar, Dumbledore se levantó de la silla con brusquedad, parecía verdaderamente alterado por primera vez desde que Hermione le conocía. Había sacado el desiluminador plateado y había empezado a juguetear con él mientras daba vueltas de un lado a otro.
-Esto es un desastre, señorita Granger.-Concluyó.-Llevaba tiempo sospechando de Tom, pero nunca…, jamás, imagine que las cosas estuvieran tan mal.-Parecía completamente desolado.
-Tenemos que detenerle, profesor. Ayúdeme, por favor.-Sollozó Hermione.
Dumbledore pareció meditarlo unos minutos pero finalmente se paró ante ella y la sujetó por los hombros clavándole sus profundos ojos azules.
-Escúcheme señorita Granger, Tom Ryddle no debe convertirse bajo ningún concepto en Lord Voldemort.-Sentenció.-Escúcheme bien, tengo un plan. Temo estar pidiéndole demasiado, pero necesitaré su ayuda, dígame… ¿Me ayudará?
Hermione tragó saliva, jamás había visto a Dumbledore hablando con tal severidad pero a la vez tan desesperadamente.
-Lo haré profesor.-Dijo ella con seguridad.-Haré todo lo que esté en mi mano.
Dumbledore pareció tranquilizarse un poco porque se apartó y empezó a rebuscar entre los cajones de su escritorio.
-Bien, entonces empezaremos vigilando a Tom. Asistirás a todas sus clases, aquí tienes tu nuevo horario.-Dijo entregándole un pergamino con el horario impreso.-Por el momento, me gustaría que me informaras de todos sus movimientos. Nos reuniremos cada cierto tiempo, le iré dando instrucciones en cuánto sepa cómo proceder…
-Así lo haré profesor.
-Bien, en ese caso, creo que deberíamos dejarlo por hoy.-Dijo el profesor exhalando un suspiro.-Me temo que son demasiadas cosas que asimilar en un solo día, necesito pensar...
-Por supuesto profesor. Estaremos en contacto.
-Le deseo un buen comienzo de curso, señorita Granger.
-Gracias profesor.-Se despidió ella.
Bajó las escaleras del despacho sintiéndose extrañamente tranquila. Si bien todo aquello había resultado ser un desastre, al menos el hecho de tener a Dumbledore de su parte la hacía sentirse segura. Porque a pesar de que lo más probable era que no regresara jamás a su época, ahora tenía un propósito, ya no vagaba a la deriva entre el miedo y la incertidumbre.
Podría hacer más desde allí de lo que nunca habría hecho en 1997. Una última lágrima se le escapó al pensar en todo lo que había dejado atrás pero pronto la apartó, decidiendo que sobrellevaría aquello con la mayor valentía posible, como orgullosa miembro de la casa Gryffindor que era. Por Harry, por Ron, por sus padres y todos sus seres queridos. Jamás les olvidaría, pero ahora debía prepararse, porque al día siguiente comenzaría su séptimo curso en Hogwarts y su particular cruzada contra Lord Voldemort por el destino del mundo mágico.
Al fin llegó el uno de septiembre y ya podían verse las luces del castillo encendidas, que había abierto sus puertas para recibir a los nuevos estudiantes. Cientos de carruajes llegaban cargados de alumnos desde la estación de Hogsmeade. Hermione entró en el gran vestíbulo, que estaba abarrotado de gente. El ambiente era muy parecido al que ella recordaba, los alumnos mayores se reencontraban y charlaban animadamente sobre las vacaciones y los alumnos de primero avanzaban en fila de dos en dos, solo que en vez de dirigidos por la profesora McGonagall, lo hacían dirigidos por una mujer anciana a la que Hermione no conocía. El señor Filch y el pequeño Argus apilaban los equipajes junto a las escaleras e incluso pudo ver a Alice que corría, muy estresada, persiguiendo a Peeves mientras recogía las bombas fétidas que el poltergeist lanzaba riendo como loco.
En otras circunstancias habría disfrutado de aquel ambiente cálido y familiar, pero dada la situación se dirigió al gran comedor en silencio y ocupó un lugar alejado en la mesa de Gryffindor.
Pronto empezaron a entrar los demás alumnos y a ocupar sus asientos. Una ruidosa chica rubia, de pelo muy rizado que parloteaba con su amiga se sentó al lado de Hermione empujándola levemente.
-¡Perdona, ha sido sin querer!-Dijo la chica volviéndose hacia ella.
-No es nada.-Respondió Hermione. Pero la chica no se volvió para seguir hablando con su amiga, si no que se le quedó mirando con curiosidad.
-¡Oye! ¡A ti no te conozco!-Exclamó.-¿Eres nueva?
-Sí, me llamo Hermione Granger.-Dijo Hermione presentándose.
-¡Vaya! ¡Es muy raro tener alumnos nuevos en los últimos cursos!-Dijo muy emocionada dándole un codazo a su amiga.-¿Estás en séptimo?
-Sí.
-¡Nosotras también!-Dijo la chica muy emocionada.-Yo me llamo Jennifer Brown, y esta es Minerva Mcgonagall.-Dijo señalando a su amiga.
¡¿Minerva Mcgonagall?! Hermione miró a la muchacha que no podía ser más diferente de la estricta Minerva Mcgonagall que ella recordaba. Tenía el pelo negro y liso y lo llevaba suelto, ligeramente alborotado dándole un aspecto rebelde. Tenía los ojos pintados con una marcada raya negra y mascaba un superhinchable despreocupadamente . Lo único que parecía encajar era la lustrosa insignia de prefecta que llevaba en el pecho. A Hermione le recordó a una versión de Tonks de los años cuarenta.
-Hola.-Saludó ella sin sonreir mientras explotaba una burbuja de superhinchable.
Al contrario que Minerva, Jennifer parecía desbordada de la emoción. "¡Chicos, ha venido una nueva!" exclamó Al cabo de unos segundos se presentaron tres personas más.
-Este es Tyler Wood.-Dijo Jennifer presentando a un atractivo chico rubio que llevaba unas gafas de aviador en la cabeza.-Es el capitán del equipo de quidditch de Gryfindor.
-¿Qué hay?-Dijo él saludándola con una sonrisa radiante.
-Y este es Ethan Peackes.-Un chico de aspecto más serio y que al igual que Minerva llevaba una insignia de prefecto en el pecho le estrechó la mano.-Él y Minerva son los dos prefectos. Aunque a Minerva casi le dan el puesto de delegada este curso, ¿verdad?
-Esa perra de Ravenclaw me lo quitó.-Dijo Minerva como si utilizar la palabra "perra" fuera lo más normal del mundo.
-Minerva, a veces das un poco de miedo…-Repuso Ethan.
-¡Gracias!-Dijo Minerva como si fuera un halago.
Jennifer soltó una carcajada y le presentó a la última chica. Era una chica alta, que llevaba el pelo recogido en una trenza y tenía el rostro cubierto de pecas.
-Y ella es Augusta Longbottom.-Dijo Jennifer.-Después de ver a Minerva a Hermione ya no le sorprendía escuchar apellidos conocidos. Se giró para saludar a la abuela de Neville y esta le estrechó la mano con una sonrisa.
-Bienvenida a Hogwarts Hermione.-Dijo con dulzura.
-Bueno Hermione, ya has conocido oficialmente el grupo más guay de todo Gryffindor.-Bromeó Jennifer.-Ahora cuéntanos algo más sobre ti.
Hermione les hizo un resumen de la historia que les había contado a Dippet y a Dumbledore el día anterior e intentó parecer muy afectada para que no le hicieran demasiadas preguntas, lo cierto era que no le apetecía hablar mucho.
-¡Oh Hermione, siento mucho lo de tus padres!-Dijo Jennifer tomándola de la mano.
-Sí, cuenta con nosotros para lo que sea.-Añadió Augusta.
Hermione se sentía agradecida, normalmente no le resultaba sencillo hacer amigos ni conocer gente nueva, pero con ellos resultaba fácil hablar. Jennifer parecía deseosa de ponerla al corriente de todo y Tyler la invitó a jugar una partida de naipes explosivos, lo cual agradeció para desconectar un poco del incesable parloteo de Jennifer. Estaba comenzando a sentirse a gusto cuando de repente, Augusta pareció dar un respingo y señalo a la puerta del gran comedor, emocionada, pero esta vez ella no era la única, muchos alumnos habían vuelto la cabeza en esa dirección y cuchicheaban emocionados, sobre todo las chicas. Incluso a Minerva se le había iluminado el rostro.
Un grupo de alumnos de Slytherin acababa de entrar por la puerta con aire petulante. Se podía percibir que eran diferentes del resto nada más verlos, eran altos, sumamente atractivos y Hermione nunca había visto vestir un uniforme a alguien con tanta elegancia.
Todos poseían una indiscutible aura de superioridad y parecían muy pagados de sí mismos, pero uno de ellos, el que iba al frente, poseía un halo extraño, un aura maligna. Hermione lo supo en seguida, aquel chico era Tom Ryddle. Su cabello oscuro y su piel pálida eran exactamente como ella se los había imaginado y sus ojos negros tan vacíos e inexpresivos como seguramente lo sería su perverso corazón. Aun con todo era insoportablemente guapo.
Hermione tragó saliva, realmente Tom Ryddle imponía, incluso siendo tan solo un adolescente.
-¿No es Ryddle increiblemente perfecto?-Dijo Jennifer suspirando.-He escuchado que le han dado el puesto de Delegado.-Informó sin apartar la vista de él.
-Y mira, también está Abraxas Malfoy.-Dijo Minerva señalando a uno de los chicos que estaba de espaldas.-Qué raro, ¿No decían que estaba en San Mungo por un accidente de quidditch?
-Eso decían, pero míradlo, está mejor que nunca.-Dijo Augusta con una sonrisita pícara.
Junto a Ryddle había un chico rubio que estaba de espaldas, enfrascado en una conversación con otro moreno de los de aquel exclusivo grupito. Hermione pensó que le resultaba familiar, aunque realmente allí todos lo hacían, o eran parientes de brujas o magos conocidos, y no le dio demasiada importancia. Solo se trataría de un engreído y elitista Malfoy más. Pero entonces todos se movieron para sentarse en la mesa de Slytherin y Hermione le pudo ver de perfil…
¡Era nada más y nada menos que el insufrible de Malfoy! Pero no Abraxas Malfoy como había dicho Augusta, ¡Draco Malfoy! , de eso estaba segura. Su cara y su estúpida sonrisa de petulancia eran inconfundibles. ¡¿Pero que demonios hacía ese desgraciado paseándose tan campante con todos aquellos proyectos de mortífagos!? ¡Y tan cerca de Ryddle! ¡Si ese imbécil se iba de la lengua desbarataría sus planes antes de que pudiera llevarlos a cabo!
La poca tranquilidad que había sentido hace unos minutos se había desvanecido. Sentía la ira recorrerle el cuerpo como una descarga eléctrica azotandole desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies y Malfoy pareció percibir esa energía porque de repente giró la cabeza y clavó sus ojos en ella.
Al principio le pareció advertir un deje de sorpresa en el rostro de Malfoy, lo cual dejaba claro que él también la había reconocido a ella, pero acto seguido la miró desafiante dedicándole una de sus maliciosas sonrisas, como si estuviera retándola a que se levantara y dijera algo.
Se quedaron así unos instantes, mirándose con odio, de un extremo a otro del gran comedor. La tensión entre la mesa de Gryffindor y la de Slytherin se hubiera podido cortar con un cuchillo.
-Jennifer, háblame sobre ese Abraxas Malfoy.
Continuará...
