Disclaimer: Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Al margen
Las luces de neón del establecimiento de Tatuajes iluminaron el rostro de la mujer que observaba caer la lluvia tras la ventana mientras, indiferente, Naoki esperaba sentado en el sofá, su pierna derecha colocada sobre la izquierda, cruzándolas. Llevaba allí unos momentos y no le importaba realmente qué estuviera pasando por la mente de la mujer, ni siquiera las lágrimas que derramaban sus mejillas o los gemidos de dolor que abandonaban su boca, a veces formando un humo de vaho que empañaba una pequeña zona del vidrio que la separaba del exterior.
El reloj marcaba las once cuarenta y nueve de la noche con treinta segundos, y simplemente le importaba que pasaran cinco minutos más, para hacer su trabajo.
Llevarse el último soplo de vida de aquella mujer.
Suspirando, se puso en pie y comenzó a caminar despacio sobre el suelo alfombrado, en el que quedaban sólo dos pastillas blancas de las muchas que la siguiente persona en su lista tomó. El qué la orilló, eso no era su asunto; hacía mucho que trabajaba en eso y poner atención a ello era una pérdida de tiempo en la monotonía que era su existir, o, por lo menos, el interés que sintió en sus momentos se había esfumado tiempo atrás, al no suponer diferencia alguna.
Incluso, el uso de las pastillas era tan común en esos días, que verlo otra vez era como parpadear. Desde que inventaran aquellas drogas, la sociedad se había vuelto loca empleándolas.
Lo previno en la época en que habían sido creadas.
—Humanos, cada vez más insignificantes —dijo con mordacidad; la mujer ni se dio por enterada. Su presencia le era invisible, viviendo en medio de dos mundos, los vivos y los muertos, desde siglos atrás.
Él había sido un humano, antes de morir y convertirse en lo que era ahora, pero cuando vivió todo era distinto; aunque, aun entonces, él no actuaba como si los demás importaran. Siempre había sido superior a los demás y, al morir, solo y rodeado de su riqueza, de la que no había creído merecedor a nadie, estuvo satisfecho.
Sin embargo, después de la muerte no llegó ni el cielo ni el infierno que creía su madre, más bien la especie de purgatorio. No recibió explicación de nada, pero su mente ya sabía lo que iba a hacer, y simplemente comenzó a llevarlo a cabo.
No tuvo ni que pestañear para aparecer en un sitio la Europa de finales del Medievo, frente a una joven hermosa a punto de ser prendida en fuego acusada de brujería, a la que, alucinado, avanzó en medio de las llamas que consumían su piel, para colocar su mano sobre su frente y llevarse su vida.
Algo parecido a lo que haría con esa mujer, ya inconsciente en el suelo. Sin hacerle caso, se colocó frente a la ventana, contemplando a los transeúntes pasar corriendo, cubriendo sus cuerpos inútilmente a una lluvia arrasadora. La ciudad Washington estaba frenética antes de que el repentino cambio climático les arruinara su emoción.
Se rió sarcástico, era otra de las cosas que había visto hasta la época actual, que aumentaban su labor.
Volvió el cuerpo y se arrodilló, extendiendo su brazo derecho para posar la palma de su mano en la frente de la mujer rubia, sintiendo su último latido y finalizando sus funciones cerebrales, acabando con lo que iba a hacer ahí.
Casi al momento, escuchó el sonido de una aparición a su derecha, obligándole a erguirse. Christine, una rubia de blanco, en contraposición al color negro que él representaba.
—Hola, Naoki —saludó inclinándose con una sonrisa melancólica hacia el cuerpo de la mujer, a quien besó en la frente, haciendo su parte.
Ante los dos, apareció la figura traslúcida de una niña, de rasgos similares a la mujer del suelo, la representación deseada de la recién fallecida; lo que, según ella, era su verdadero ser, en el fondo de su alma.
—Christine —dijo él antes de desaparecer, dejándola guiar a la niña al otro lado, que solo los espectros blancos eran capaces de conocer, pues los oscuros, como él, permanecían entre los vivos y los muertos, sin poder avanzar, ni tener explicación de por qué se encargaban de lo que hacían.
Él, poseedor de una gran inteligencia al vivir, que no perdió al morir, tenía la explicación que todos aquellos con una vida vacía, eran volcados a aquella tarea hasta que un suceso ocurría y desaparecían, como había pasado con muchos con los que se cruzó en su momento. Ninguno de los suyos sabía el cómo, porque los otros se esfumaban sin que hubiera un nexo común entre sus desapariciones. No se repetían las causas y nadie estaba para explicarles.
Morían y, en vez de haber un espectro blanco esperándoles, había una persona en sus últimos momentos a la que debían dar muerte. Sin saber el cómo lo sabían o por qué adquirían sus habilidades. Nada más pasaba y continuaban haciéndolo hasta que no quedaba rastro de ellos.
Sus opuestos no contestaban a sus preguntas. Ellos sabían el porqué de su existir; del otro lado, se les ofrecía la oportunidad de renacer, y hasta que llegara el turno, hacían de guías para las personas del mundo terrenal.
No obstante, ellos no recordaban el haber vivido como humanos, a diferencia de los espectros oscuros, que tenían a detalle la vida anterior.
Como lo planeó, apareció en Tokio, donde el día brillaba y el bullicio de las personas entraba en la cafetería, donde una joven pelirroja almorzaba inmersa en una novela, ruborizándose visiblemente por la escena que estuviese leyendo al momento, haciéndole a él sonreír, sentándose a su lado, aprovechando el tiempo de descanso que tenía entre una muerte y otra, una rara característica siendo que no tenían otra cosa que hacer.
Aquella joven, Kotoko, japonesa, como el origen del nombre que él escogió, sin tener idea por qué, le intrigaba. Era uno de esos casos de los que había escuchado, pero no presenciado, hasta que le correspondió.
Ella tuvo un accidente con doce años, en el que falleció la madre, a quien él dio muerte, y en el que pudo terminar su vida. La tenía en cuenta en su mente, su corazón se detuvo y estuvieron reanimándola, él tenía su mano sobre su frente…
Entonces no ocurrió lo que estaba acostumbrado y descubrió que, en su mente, en la que una persona por morir aparecía clara, ella había desaparecido, y no podía morir. Los médicos la habían reanimado, la mantuvieron estable y después vino una larga recuperación, que él tuvo oportunidad de observar, curioso de alguien como nunca antes.
Había visto a una adolescente en duelo, pero con increíbles ganas de salir adelante, con una determinación implacable y una actitud hacia la vida tan positiva, que acompañaba a una personalidad bondadosa e ingenua, capaz de ganarse a todos los que se cruzaban en su camino, pese a ser un poco torpe en algunas cosas.
No entendía cómo alguien tan insulso podía tenerle así de intrigado, o fue capaz de burlar a la muerte, pero ahí seguía, quince años después, viéndola, siguiéndola, tratando de descubrir qué era lo que la hacía especial.
En ese momento, cuando ella se colocó sus cabellos detrás de su oreja, en medio de una sonrisa, pensó que todo. Y aquel pensamiento le tomó por sorpresa. Era imposible que alguien tan llena de defectos, pudiese ser considerada como diferente a los demás. Menos por él.
Él, considerado el más frío de todos los espectros oscuros, el más longevo de los actuales y capaz de moverse sin un ápice de emoción en medio de un campo de concentración judío… Lo que hacía haber perdido su humanidad hacía mucho.
Simplemente no podía ser así.
Tenía que alejarse y cortar de una vez con esa muestra patética de atención a la pelirroja.
Con esa intención, se puso en pie dispuesto a desaparecer… pero entonces sucedió. Ella derramó una lágrima por lo que encontrara en la lectura, y él no pudo más que volver a donde estaba y elevar su mano, que consideraba letal, al pómulo de ella, tocándola por primera vez en muchos años. Era un acto inútil que, sin embargo, le transmitió una especie de calor que lo recorrió entero.
La vio por primera vez, rememoró sus risas y su sufrimiento, la alegría de vivir, el empeñó que ponía a todo, el valor que le daba a las cosas, la ternura con que atendía a sus pacientes en el hospital, la cara de felicidad que mostraba al mundo.
Y como nunca pensó, en ese mismo instante deseó vivir, tener una oportunidad de vida a su lado, ser capaz de dejar de ser lo que era y experimentar.
Ser Naoki.
Lo último que ocurrió por su cabeza fue eso.
/…/
El entumecimiento de su cuerpo y el embotellamiento de su mente no le parecieron importantes a Naoki, no tanto como la mano pequeña que apretaba fuerte la suya, de la que no quería soltarse.
Desconocía qué ocurría, pero no quería otra cosa que retener al dueño de la mano que lo ataba a la realidad, a la que todavía no enfrentaba al no abrir los ojos, aunque le parecía que había una voz suave pidiéndole que lo hiciera.
Un presentimiento, muy en el fondo, le decía que la persona a la que sujetaba era alguien importante y vital para él, y que no debía de soltarla por nada. Incluso, aunque no era alguien dado a los sentimientos, sentía que tenía lo más importante del mundo cogido de la mano y se aferraba a ello como si se tratara de la última gota de agua estando en el desierto.
—Si está despierto, abra los ojos, por favor. Dígame que no es mi imaginación —musitó aquella voz suave, a lo que él se vio impelido a obedecer, sin querer decepcionar a la mujer que hablaba. La luz, momentáneamente, le cegó, pero, tras unos parpadeos, consiguió abrir los ojos sin problema.
Ahí la vio…
—Eso es… al final despierta, Irie-sama. Yo soy Aihara Kotoko, su nueva enfermera, iré por el médico…
Era una pequeña mujer, pelirroja y con expresivos ojos castaños, ataviada en un uniforme blanco de enfermera, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro y un aire de calidez que lo inundó hasta lo más profundo.
Su nombre, Kotoko, le sonó de algo, pero decidió que no lo olvidaría por nada del mundo, ahora que lo tenía presente. Más porque tenía planeado seguir ese presentimiento.
Ella intentó apartarse; él, sin saber de dónde venían las fuerzas, presionó fuerte para evitar que se soltara y desapareciera. No quería dejarla ir.
—Naoki Irie-sama, regresaré.
De algún modo, él miró a su estómago y señaló un telefonillo que sobresalía de un bolsillo.
Ella rió y asintió, ganando un tono rosado en sus mejillas, que atribuyó al bochorno. —¡Qué torpe soy! Es cierto lo que dicen de ser un genio. Ni un coma puede detenerlo… Puedo hacer la llamada desde aquí —se rió y lo observó a los ojos con mucha intensidad—. ¿Quiere agua? Enseguida vendrá un doctor a reconocerlo.
La soltó a regañadientes para que pudiera moverse en la habitación y la contempló moverse a sus hombros.
—Estoy tan entusiasmada de que haya despertado, hoy es mi primer día en este hospital y me encargaron su caso. Sólo lo vi y en mi cabeza pensé, este es el día. La enfermera en jefe me dijo que no me hiciera ilusiones y me obligó a apartarme de usted, pero he terminado mi turno y me he quedado aquí… —parloteó ella hasta volver con un vaso de agua—. Estoy feliz de que haya despertado —dijo mirándole a los ojos, casi sin respirar. Siento aquí —susurró al final, señalando su pecho, antes de ayudarle a beber— que es alguien especial.
Curioso que él compartiera el mismo sentimiento que Kotoko, reconoció cuando una serie de médicos ingresaron a la habitación, que le atendieron de todas las formas que consideró oportunas, dándose cuenta de compartir su profesión.
A partir de entonces, mientras empezaba a recordar detalles de su vida, que le parecía había vivido como un mero observador, sólo tuvo constante a aquella Kotoko.
No entendía qué experimentaba, pero se le ocurría que, por primera vez, vivía.
NA: ¡Saludos!
Es una idea que se me acaba de ocurrir y que acabo de terminar de escribir, consideré subirla así sin correcciones, porque si volvía le metería más cosas, y bueno, puede tener muchas inconsistencias y cabos sueltos.
Besos, Karo.
