Capítulo 4
Aquella era la mejor hora para salir a correr; antes de amanecer, cuando apenas hay tráfico y las calles están casi vacías.
Enjolras nunca escuchaba música mientras corría; le gustaba oír el murmullo de la ciudad nocturna, aquel primer bostezo con que despertaba a la vida, y respirar su pulso latente con cada inspiración profunda y con cada pisada de sus zapatillas.
Cruzó el Puente Real a buen ritmo, sobre la acera mojada por la humedad del río. El asfalto brillaba irisado bajo las luces de los semáforos, que cambiaban de color sobre la calzada desierta. Se cruzó con un camión del servicio de limpieza y con tres coches de policía. La presencia policial se había incrementado mucho desde el cambio de gobierno, y la ciudad se había llenado de ojos invisibles, de consignas alarmantes y de pintadas disidentes, aunque sus autores tuvieran que ocultarse y sus voces se hubieran silenciado. Todo sucedía lentamente, los cambios casi pasaban inadvertidos, pero Enjolras veía con claridad y preocupación lo que estaba pasando, y lo frustraba no poder impedirlo.
Dejó de correr a unos metros de su calle y respiró para bajar las pulsaciones. No llevaba pulsómetro ni móvil ni nada. Grantaire le había regalado uno de esos monitores de actividad, pero cuando Enjolras descubrió el precio le pidió que lo devolviera. De todas maneras no sabía usarlo, y tampoco le encontraba mucha utilidad.
Un pitido agudo y desagradable lo recibió al entrar en casa. Enjolras lo ignoró. Fue directamente a la cocina y se bebió media botella de agua, y después subió a darse una ducha rápida. La luz del sol ya atravesaba la cristalera del salón, desvelando el escenario del pequeño crimen que la noche anterior había dejado los cojines del sofá revueltos. Aquel sofá… Dios. Pintar las paredes había sido una buena idea; las estanterías suecas imposibles de montar hasta que Éponine les ayudó habían sido una buena idea; pero el sofá no. El dichoso sofá era igual de incómodo que su predecesor, solo que este no podían tirarlo porque todavía lo estaban pagando. La parte positiva era que no invitaba a remolonear mucho y, bueno, que pasaban más tiempo en la cama.
Grantaire, en especial.
―Por dios, R. ¿Es que no oyes el despertador? ―le dijo Enjolras al bulto de debajo del edredón.
―Es que está muy lejos ―lloriqueó Grantaire desde las profundidades de la almohada―. Estaba esperando a que volvieras. Apágalo, anda.
―Lo que tienes que hacer es levantarte. Vas a llegar tarde ―dijo Enjolras, inconmovible, mientras buscaba en el armario algo que ponerse.
―Si hoy no trabajo.
―En el horario de la nevera dice que sí.
―¿A quién vas a creer? ¿A la nevera o a mí?
Enjolras supuso que Grantaire le habría cambiado el turno a alguien, así que no insistió.
―Entonces sigue durmiendo.
―Ya no puedo ―le respondió Grantaire desde la cama. Se había aventurado a asomarse al cruel mundo de más allá del edredón y había descubierto que Enjolras solo llevaba encima una toalla―. Me he desvelado de repente.
―Me tengo que ir ―respondió Enjolras a la sugerencia no formulada pero más que explícita. Conocía demasiado bien aquella comisura curvada.
―¿A dónde? ―dijo Grantaire en tono desdeñoso.
―A trabajar… ¡R! No… ―Grantaire lo había cogido de la toalla para atraerlo hacia él. Enjolras tuvo que sujetarla―. Grantaire, basta. Llego tarde, ¡de verdad!
―Ajá, se cambian las tornas ―se burló él―. ¿Quién es ahora el perezoso irresponsable?
―¿Perezoso yo? ―se indignó Enjolras. Estaba perdiendo la guerra por la toalla pero eso sí que no.
―E irascible, soberbio… Y orgulloso, oh, sí. No creo que pase nada por un poco de lujuria. Venga, ven aquí.
Lo atrapó por la cintura, y antes de que Enjolras se diera cuenta estaban los dos debajo del edredón. Grantaire lo besó con la sonrisa en los labios, pero acariciándolo de una forma que hizo que Enjolras se estremeciera.
―¿Diez minutos? ―susurró Grantaire en su oído.
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Pero no fueron diez.
El café estaba a reventar cuando Enjolras llegó pidiendo disculpas. Cosette le tiró su delantal a la cara. No tenía tiempo para oír excusas.
―Péinate por lo menos ―le dijo―. Es que ya ni disimulas. Santo dios. ¡Céline latte de soja mediano!
―Hoy tampoco ha venido, ¿no? ―comprendió Enjolras mientras se anudaba el delantal.
―Pues no ―gruñó ella. Y estampó otro café en la barra―. ¡Céline!
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No es que Enjolras fuera el mejor consejero en asuntos como el que aquejaba a Cosette, pero pasaban juntos la mayor parte del día y por lo menos trataba de escucharla. Ella se había colado por un chico que debía trabajar por la zona ya que venía siempre muy temprano, vestido de traje y agobiado. Se llamaba Marius, un nombre que Cosette escribía en su capuchino en letras cursivas cada vez más elaboradas antes de entregárselo con una sonrisa. Una vez, por si no había captado el mensaje, le dibujó un corazoncito sobre la i, pero todo lo que consiguió fue que el muchacho derramase medio café y huyera literalmente escaldado. Al día siguiente no apareció, y el día después de ese, para vengarse, Cosette escribió "Marcos" en su café y lo dejó allí hasta que se quedó helado. Aquello surtió algún efecto (algunas personas solo aprenden por las malas), porque a la mañana siguiente Marius intentó flirtear. Enjolras casi se murió de vergüenza ajena, pero Cosette parecía encantada. Estuvo encantada hasta el día siguiente, cuando él volvió a brillar por su ausencia, y así estaban desde entonces, un día sí y otro no.
Cosette había intentado hablar con Éponine, pero ella siempre evadía el tema, y Cosette se sentía sola y dejada de lado. Las dos se conocían desde niñas, y había sido Éponine quien le había conseguido aquel trabajo a Enjolras cuando aún era en todos los sentidos un apátrida indocumentado, un "ciudadano del mundo", como Grantaire lo llamaba. Pero aunque Éponine solía pasar por el café casi a diario, últimamente apenas se dejaba ver, y Cosette estaba medio desquiciada.
―Es que no entiendo por qué no habla conmigo ―se quejaba mientras recogían las mesas y limpiaban―. Si le pasa algo, ¿no puede decírmelo y ya está? Lo siento, estamos cerrando ―dijo a una pareja que se asomó a la puerta.
Enjolras no dijo nada. Con mucha frecuencia a ella le bastaba con expresarse en voz alta. Por otra parte, tampoco quería decirle lo que pensaba, o más bien lo que pensaba Grantaire, que tenía una teoría bastante delicada que no convenía airear mucho, no por ahorrarle el mal trago a Cosette, sino por ahorrarle el viaje al hospital al chico de la discordia si se enteraba Montparnasse.
Ajena a todo eso, Cosette seguía divagando.
―No sé qué piensa que le he hecho, pero las cosas se arreglan si se hablan. ¡Cerrado, jolín! ―dijo cuando volvió a sonar la campanilla.
―Perdón, perdón. Esperaré fuera con la basura.
―¡R! ―dijo la chica―. Cielo, perdona. Entra, vamos. Pero no pises por ahí.
Grantaire pasó por donde pudo con extremo cuidado, como si el suelo fregado fuera lava, y le dio un beso a Enjolras.
―Ya estamos acabando ―le dijo él.
―Vete tú. Yo cierro ―ofreció Cosette.
Pero Enjolras no quiso dejarla sola, y pasaron quince minutos hasta que salieron. Cuando cerraron y Cosette se marchó, Grantaire puso alrededor del cuello de Enjolras la bufanda que se había dejado en casa y lo besó de nuevo. Había bajado la temperatura y parecía que iba a llover.
―¿Cenamos por ahí?
―Me encantaría… ―dijo Enjolras.
―Genial. ¿Qué te apetece?
―Pero tengo que estudiar.
Grantaire hundió los hombros.
―Vale ―suspiró―. Cocinaré.
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En otros tiempos aquello habría sido una amenaza, pero la cena no estuvo tan mal. Grantaire estaba mejorando en la cocina, y la injusta consecuencia era que siempre cocinaba él.
Cenaron en el sofá porque la mesa estaba llena de apuntes y libros, y después de comer Enjolras siguió estudiando un par de horas más. Se había matriculado en Derecho hacía un año. Estudiaba a distancia porque era más barato, porque el trabajo no le dejaba mucho tiempo libre a menos que encontrara algo a media jornada (lo que lo dejaría con medio sueldo), y también porque las universidades ponían bastantes pegas a su situación legal. Después de muchas, muchísimas, interminables gestiones, y de haber presentado los diagnósticos de hasta tres psiquiatras distintos, le habían concedido una identidad provisional que le permitía estudiar y trabajar, tener una cuenta corriente y acceder a la sanidad pública, aunque no había conseguido que le dieran un pasaporte. No es que pensaran irse de vacaciones, pero Grantaire tonteaba mucho con la idea de mudarse a otro país. Las cosas se estaban poniendo feas, decía. Precisamente por eso, opinaba Enjolras, era por lo que debían quedarse.
Pasadas las once cerró los libros (porque se le estaban cerrando los ojos) y se sentó en el sofá. Grantaire había subido a la azotea a fumarse un cigarrillo, el único que fumaba al día, si Enjolras podía confiar en su palabra. Enjolras aprovechó para poner las noticias. Habían aprobado un nuevo paquete de leyes que restringían la libertad de prensa en gran medida. Por supuesto, la televisión no hablaba de ello (no podía), y en lugar de eso se limitaba a dar cifras económicas ficticias. Grantaire se quejó al regresar y le pidió que cambiara de canal. Formaba parte de su estrategia de saber lo menos posible acerca de "toda la mierda del mundo", y a veces Enjolras le reprochaba su desinformación deliberada; los problemas no desaparecían solo porque los ignorara, le decía, pero Grantaire opinaba que sabiéndolos tampoco se arreglaban y que, si no podías arreglarlo, "hakuna matata". Enjolras cometió el error de preguntar "¿qué?", y acabó viendo otra película para niños.
Solía dormirse antes del final, pero aquella lo dejó pensando.
Esa noche, mientras yacía en la cama con los ojos abiertos, Grantaire se pegó a su espalda y lo rodeó con los brazos. Le besó suavemente la nuca y descansó la frente en su cabello.
―No es la mejor idea que he tenido, ¿verdad? ―dijo en voz baja―. Me he dado cuenta a la mitad. Lo siento.
―No lo sientas. No es culpa tuya que le dé vueltas de vez en cuando.
Aunque lo cierto era que pensaba en ello cada vez menos, y había días en los que ni recordaba que Eric no era su nombre. Había dejado de preguntarse quién era porque ya lo sabía.
―Sólo es una película para niños ―le dijo Grantaire, peinándole los rizos con los dedos. Enjolras cerró los ojos; la sensación lo adormecía.
―Sí ―suspiró.
¿Por qué querría recuperar una vida de la que no sabía nada y arriesgarse a perder la que ya tenía?
Era feliz. ¿Cuántas personas podían decir eso?
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La mañana siguiente amaneció lluviosa, pero Enjolras salió a correr. Le gustaban los días de lluvia porque en el parque había menos gente de lo habitual. Tampoco estaba lloviendo mucho, y la hierba olía especialmente bien. Se concentró en su respiración y en el rítmico sonido de sus pisadas sobre el camino de grava. Entonces oyó ladridos a su espalda, y cuando se giró a mirar vio un perro detrás de él.
Venía corriendo muy deprisa. Lo estaba… lo estaba persiguiendo.
Mierda.
¡Mierda, oh, joder!
Corrió todo lo que pudo, pero el perro lo alcanzó sin dificultad y saltó sobre él. Enjolras trastabilló y estuvo a punto de caerse, y el perro volvió a saltarle encima. Le entró el pánico. Levantó las manos por si le mordía y estuvo a punto de ponerse a gritar socorro, pero entonces vio que el animal no parecía agresivo, aunque estaba terriblemente excitado. Era un cruce de tamaño mediano con algo de collie blanco y negro. Estaba de pie sobre sus patas traseras y apoyaba las delanteras en su pecho, tratando de llegar más arriba mientras emitía incesantes gañidos. Su cola se movía locamente en todas direcciones. Enjolras se calmó un poco.
―Sí, vale ―dijo. Le dio unas palmaditas tentativas en la cabeza y el perro intentó lamerle la mano―. Eres muy simpático. Ahora vete, ¿vale? Venga, fuera.
Hizo un par de aspavientos, pero el perro siguió allí lloriqueando. Alguien venía corriendo hacia ellos, gritando algo. Enjolras esperó que fuera el dueño del perro.
―¡Rob! ―lo oyó decir cuando estuvo más cerca―. ¡Vamos, ven aquí!
Era un joven de su edad o algo mayor, alto y rubio, con gafas y un abrigo no muy nuevo. Llevaba un paraguas en la mano, y en la otra una correa enrollada y el periódico. Enjolras frunció el ceño en su dirección.
―Por favor, sujeta a tu perro ―exigió mientras el animal seguía brincando a su alrededor.
―Disculpa, no… ―empezó a decir el joven. Y se quedó callado.
―No quiero ser desagradable ―siguió diciendo Enjolras―, pero esto es un parque público y los perros tienen que ir atados porque, si no, pasa esto.
El joven no le respondió. Tampoco llamó al perro. Su rostro había perdido el color mientras lo miraba fijamente. Dijo algo que Enjolras no entendió, aunque no le hizo falta. El perro seguía llorando y ladrándole.
Enjolras acababa de entender por qué.
Dios…
―Enjolras ―repitió el joven en voz más alta, aunque no menos temblorosa. Parecía a punto de desmayarse, pero Enjolras también. Se alegró de que no se acercara, porque hubiera echado a correr.
Dios mío…
Tuvo que obligarse a mirarlo. Él tenía los ojos azul claro y un rostro que inspiraba confianza. Era bastante atractivo, con o sin gafas. Se las había quitado y las tenía en la mano; puede que creyera que le engañaban. Enjolras lo veía a él perfectamente.
Pero no.
Nada.
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Se llamaba Robespierre. El perro, claro. Apoyaba la cabeza en su rodilla con una mirada suplicante y le arañaba la pierna cada vez que dejaba de acariciarlo. Enjolras lo estaba mirando porque era más fácil que mirar a la persona que se sentaba junto a él en aquel banco bajo los árboles.
Él se llamaba Combeferre.
Era difícil saber cuál de los dos estaba más afectado. Combeferre lo miraba como a un fantasma, y Enjolras a él como a un extraño. Habían hablado poco y apresuradamente, con miedo a decir algo inapropiado. Enjolras le había contado lo poco que sabía: que despertó en el hospital después de cuatro meses, que no recordaba nada y que seguía sin recordarlo. Pero ¿cómo le cuentas a alguien su vida entera? ¿Cómo le dices que lo dabas por muerto y que lo habías enterrado?
Combeferre había ido a comprar un par de cafés, puede que para darle espacio a Enjolras o puede que para dárselo a sí mismo. A Enjolras le trajo un americano y seis sobres de azúcar. No le había preguntado qué quería.
―No sé qué decirte ―confesó Enjolras. Se pasó las manos por el rostro y el perro protestó―. Esto es…
―Lo sé. Yo… tampoco puedo creerlo. ―Combeferre se quitó las gafas por enésima vez, las sostuvo un momento y se las volvió a poner. Su café se enfriaba junto a él, completamente olvidado.
―Es que… tengo muchas preguntas ―dijo Enjolras―. Es decir, ¿tengo familia? ¿Amigos? ¿Trabajo? No sé ni qué edad tengo.
―Cumples veintinueve el mes que viene.
Enjolras parpadeó.
―¿Veintinueve? ―repitió. No aparentaba más de veinticinco.
Combeferre sonrió, aunque su sonrisa se transformó en una mueca y tuvo que taparse la cara. Recobró la compostura de forma admirable. Parecía muy dueño de sí mismo.
―Siempre has parecido más joven de lo que eres ―le explicó―. La gente se sorprende casi siempre. Solía molestarte mucho.
―Ironías de la vida, ¿eh?
―Supongo.
Lo que era irónico era perder cuatro años de golpe, aunque bien mirado había perdido como veintisiete.
―¿Familia? ―preguntó mirando al perro. El animal movió la cola cuando vio que tenía su atención.
―Tu madre tuvo un accidente ―le explicó Combeferre con todo el tacto que pudo―. Fue cuando vivíamos en Marsella. Tú tenías seis años. Tu padre vive en España con su familia. Tienes una medio hermana de dieciséis… no, diecisiete años. Con tu padre no hablabas mucho, pero… estaba muy afectado. Habló conmigo cuando… ―Se quedó callado unos segundos, y añadió después―: Deberías decírselo.
―¿Que no estoy muerto? ―dijo Enjolras antes de poder contenerse. No esperaba que su voz sonara tan áspera.
―Desapareciste dos años y medio ―dijo Combeferre, aunque Enjolras no sabía si se estaba justificando con él o consigo mismo. Probablemente él tampoco lo supiera.
¿Y por qué no me buscasteis?
Enjolras no se atrevió a preguntarle eso. Vivían en Bruselas, sí, de acuerdo; Combeferre le había contado eso. Pero él sabía que había viajado a París, y fue entonces cuando desapareció. ¿Por qué no le buscaron? ¿Por qué coño no? De todo aquel inexplicable asunto, aquello era lo que más le había dolido: convivir con la idea de que, fuera quien fuera, nadie le echaba de menos, y tener que preguntarse qué habría hecho para merecerse estar tan solo. Ahora resultaba que tenía familia y amigos, y la policía no tenía ni una denuncia ni una foto. Era de locos.
Se concentró en otra cosa. Había muchas que aclarar, pero solo una que emitiera señales de peligro. Enjolras se estaba temiendo lo peor.
―Hace mucho que nos conocemos, ¿no? Tú y yo.
―Desde niños ―respondió Combeferre.
Enjolras asintió. Él había hablado de Marsella y lo había hecho en plural. Hablaba en plural casi siempre. "Vivíamos en Bruselas", había dicho.
―Fuimos juntos al colegio ―siguió diciendo Combeferre―. Y también a la universidad. Vivimos en París algunos años.
―¿A qué te dedicas? ―quiso saber Enjolras.
―Soy médico.
Enjolras casi se rio al preguntarle:
―¿Y yo?
Él sonrió también. Esta vez casi lo logró.
―Estudiaste Derecho.
―Me lo temía ―dijo Enjolras. Por eso le resultaba tan fácil…
Fue la primera vez que se reconoció un poco en la persona que al parecer era. Tenía algo en común con ella, aunque no supo si aquello le agradaba o no. No sabía a dónde le conduciría aquel descubrimiento, y sentía que debería ser mucho más difícil mantener aquella conversación. Pero, como casi todos los momentos importantes en la vida, estaba sucediendo sin más, de forma desconcertante y decepcionante, sin los sobresaltos ni las terribles revelaciones que uno esperaría. Se llamaba Enjolras, estaba muerto y acababa de resucitar, todo porque a un perro le había dado por perseguirle. A aquel perro. Al perro… de alguien…
―Tu perro… ―dijo cuando logró despegar los labios, que apretaba en una línea tensa cada vez que terminaba de hablar― es muy cariñoso.
Combeferre se cubrió el rostro con las manos. Estuvo así unos segundos antes de coger aire y hablar.
―Es tuyo, Enjolras.
―Ah.
―Lo habían atropellado. Tú lo encontraste y lo trajiste a casa.
Enjolras cerró los ojos. ¿Qué hora era? Tarde, seguro, y Grantaire lo estaría esperando. No le había hablado a Combeferre de él. Casi se sintió culpable.
―Yo no lo quería ―siguió diciendo Combeferre―. La verdad es que tú tampoco, aunque le pusiste nombre enseguida. No teníamos tiempo para él y no admitían mascotas en nuestro edificio. Pero en la perrera dijeron que no lo adoptaría nadie, porque ya era adulto y además cojea un poco. Discutiste con el casero y nos lo quedamos. Nos subió el alquiler.
Enjolras se estaba pellizcando el puente de la nariz. Ya ni notaba las demandas de atención del perro. Intentó no ver que Combeferre se frotaba los ojos por debajo de las gafas.
―¿Íbamos en serio o…?
―Joder, sí ―dijo él. Le pegaba tan poco aquel lenguaje. Pero la pregunta lo había cogido desprevenido. Se quedó mirando a Enjolras, y fue como si por fin comprendiera que no le recordaba. La idea le resultó devastadora, y Enjolras se sintió terriblemente mal. ¿Pero qué podía hacer? Por más que se fijara en cada detalle, por más se esforzara, no se acordaba de él.
No se acordaba de nada.
Se despidieron poco después. Fue Enjolras quien lo sugirió al recordar que tenía que irse al trabajo. Al trabajo de Eric. Se dieron la mano como dos viejos amigos, y Combeferre no intentó abrazarlo. Como Enjolras ya había notado, era muy dueño de si mismo. Intercambiaron sus teléfonos y acordaron verse al día siguiente.
El perro lloró mientras Combeferre se lo llevaba.
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Robespierre estaba hecho un ovillo en su cama cuando llegó Courfeyrac. Traía una pizza que no lo dejaba ver por dónde iba, y tropezó con las cajas de la mudanza.
―¡Mier…! ¿Por qué está esto aquí? ―se quejó―. Ferre, ¿no ibas a guardar tus libros? ¿Estás en casa? ¡Ferre!
Encendió la luz del salón, y se llevó tal sobresalto que de milagro no soltó la pizza.
―¡Joder! ―exclamó con el corazón encogido. Aquel edificio ya parecía bastante una mansión del terror sin gente sentada a oscuras de forma siniestra.
Combeferre lo miró desde donde estaba. Había perdido la noción del tiempo y se le había hecho de noche, pero la presencia de Courfeyrac lo hizo volver en sí. Courfeyrac comprendió de inmediato que sucedía algo. No porque la expresión contenida de Combeferre delatara gran cosa, sino porque lo conocía bien.
―¿Qué pasa? ―quiso saber. Dejó la pizza en cualquier sitio para sentarse a su lado―. Ferre, ¿ocurre algo?
Él lo miró a los ojos. Tenía una expresión extraña y las gafas en la mano.
―Courf, tengo que de decirte una cosa.
―¿Qué? ―musitó Courfeyrac, sintiendo como su corazón daba un vuelco.
¿Estaban todos bien? ¿Había pasado algo? No quería sacar conclusiones precipitadas, pero la última vez que vio a Combeferre así… No, no, no, no. Estaba palideciendo rápidamente y le temblaban las manos. Combeferre las tomó entre las suyas.
―No te asustes, no es nada malo.
―¿No?
Combeferre negó con la cabeza y estrechó sus manos con más fuerza.
―¿Entonces ―preguntó Courfeyrac― por qué estás llorando?
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A Enjolras le pasaba algo.
No es que las señales fueran muy evidentes. Todo parecía ir bien cuando Grantaire pasó por el café a buscarlo, y habían caminado juntos hasta casa en lugar de coger el metro. Se habían cruzado con Éponine y Montparnasse en la calle, pero él no les dijo nada y ellos lo ignoraron. Hacía tiempo que se había cansado de sus putos juegos, de mostrarse intimidante y de provocarlos.
Grantaire preparó la cena como de costumbre, pero en lugar de estudiar mientras tanto Enjolras se había ofrecido a ayudarlo. Cenaron y Enjolras fregó los platos, pero cuando regresó, en lugar de ponerse a estudiar, se sentó en el sofá y se quedó mirando la televisión. Cuando Grantaire le preguntó si se encontraba bien, él respondió que estaba cansado, pero no habló de irse a la cama. Grantaire sabía demasiado bien que Enjolras no dejaría de lado sus responsabilidades ni aunque estuviera agonizando, así que se fijó bien, y entonces reparó en su mirada ausente y distraída. No estaba viendo la televisión en absoluto, sino pensando en algo, y se estaba rascando el dedo anular sin darse cuenta, una pequeña manía que ya casi había olvidado.
Grantaire no quiso presionarlo, pero pasó su brazo alrededor de él y comprobó con alivio que Enjolras se recostaba en su costado. Recibía con placer cualquier pequeño gesto cariñoso, y cuando se fueron a la cama Grantaire se abrazó a su espalda y se amoldaron el uno al otro, compartiendo el calor bajo las sábanas aun frías.
Pero Enjolras no se durmió. Grantaire lo sabía porque conocía su forma de respirar dormido, porque notaba tensos los músculos de su espalda y porque no estaba acaparando el edredón. Así que pasado un rato besó sus hombros, sin decirle nada, solo para hacerle saber que estaba allí si lo necesitaba. Enjolras permaneció en silencio unos minutos. Después, sin mirarle, le dijo en voz baja:
―Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?
―Pues… claro ―dijo Grantaire con inquietud creciente. No es que Enjolras no se lo dijera nunca, pero tampoco lo decía a la ligera.
Pasó su brazo alrededor de su cintura y, besado sus suaves rizos, le dijo que él también lo quería. Después esperó, convencido de que Enjolras quería decirle algo, pero él no dijo nada más, así que Grantaire le susurró pequeñas tonterías hasta que notó que se relajaba y finalmente se dormía. A Enjolras le gustaba que le hablara al oído, pero Grantaire no le dijo "dime qué te pasa". Sería muy fácil pero con él no; con él nunca más.
"Me gusta tu voz", solía decirle Enjolras.
Grantaire ya lo sabía.
