Encrucijadas IV

Alain, inquieto por lo sucedido, salió a la calle a buscar a Oscar y André. Siguió a la multitud y al no encontrarlos, continuó vagando hasta que en un callejón, tropezó con el cadáver de Francine y supo que sus amigos habían logrado escapar. No obstante, unos metros más allá, se encontró con un André desangrándose y una Oscar exhausta tratando de arrastrarlo lejos del peligro.

¡Alain, debes ayudarme, André está muy mal herido! No podrá resistir... – le suplicó Oscar no bien lo vio acercarse.

Cálmate, Oscar, vi lo que sucedió. Mi casa está por aquí, vamos rápido.

La noche cayó oscura e imponente aquietando un poco la ciudad. Sin embargo, aún se sentían gritos y lamentos cada cierto rato. En el departamento de Alain, Oscar y Rosalie, quien no tardó en acudir al llamado, no cesaban en su empeño por salvarle la vida a André. Ya en la madrugada, se encontraba fuera de peligro, si bien había perdido mucha sangre. Oscar, sentada a un costado de la cama, acariciaba entre sus manos una de las de André. Se sentía angustiada, tensa y deseaba con toda su alma tener algo de paz y disfrutarla junto a André. El sol del amanecer comenzó a calentar los tejados de París, encontrando a Rosalie y a Alain tumbados en una poltrona y una silla respectivamente, y a Oscar, aún despierta, con el credo en los labios y el rostro bañado de lágrimas. André permaneció inconsciente durante todo el día siguiente pero al amanecer del día subsiguiente:

Oscar... – murmuró débilmente André.

Oscar levantó la cabeza.

¡André! ¡Gracias a Dios, André! – exclamó ella besando la mano que no había soltado en toda la noche - ¡André, tenía tanto miedo!

Pero...Oscar, yo debería estar cuidando de ti...no al revés... Oscar...estás helada. ¿Por qué no te recuestas a mi lado?

Oscar se puso de pie con dificultad pues tenía los miembros entumecidos por la prolongada postura. Se acostó al lado de él y el sólo sentir su calor, la reconfortó como nada en el mundo.

André, tal vez suene como una frase muy dicha pero no sé qué haría sin ti.

André volteó la cabeza y depositó un beso en los cabellos de Oscar.

Eran más de las diez de la mañana cuando Rosalie despertó y vio a ambos acurrucados en la cama. Los observó con ternura y luego los arropó, ambos debían estar más que agotados después de las jornadas anteriores.

Pasaron tres semanas y tanto André como Oscar se estaban hartando del encierro. Alain, Rosalie y Bernard estaban investigando la forma de sacarlos de París y por otra parte, Oscar y André deseaban saber cómo estaban la Nana y el General Jarjayes.

La oportunidad se presentó inesperadamente.

Un brote de peste obligó a mucha gente a abandonar París para huir del contagio. Muchos de ellos ya estaban infectados pero abandonaron igual la ciudad dejando tras de sí la expresión de miedo y asco de sus conciudadanos.

Esa era la oportunidad de huir que estaban esperando. Sin embargo, Oscar y André no querían partir sin antes ver aunque fuera una última vez a sus seres queridos. André logró encontrarse brevemente con su abuela, en tanto que uno de los hombres de confianza de Bernard fue enviado a Versalles a coordinar un encuentro con el General Jarjayes. Tres días después, Oscar se encontraba frente a su padre en la trastienda de una taberna, donde no serían molestados. Tenía tanto que decirle a ese hombre que antaño fuera el furioso y estricto padre que había hecho de ella quien era y que ahora era un anciano disminuido con el rostro marcado por gruesas líneas de sufrimiento.

Jarjayes permanecía encorvado en una silla a la espera de su hija. No pasó mucho rato hasta que se abrió la puerta y una Oscar más vivaz de la que su padre recordaba, entró con paso elegante y se sentó frente a él. Nunca habían tenido muestras físicas de afecto y ya era muy tarde para empezar, pero el General Jarjayes, en silencio, tomó las manos de Oscar entre las suyas y las retuvo.

Padre, yo...

No digas nada, Oscar. Sé que ésta es la última vez que nos veremos y también sé que André cuidará bien de ti. Mi corazón está demasiado cansado para desgastarse con reproches...

Lo sé, mi madre...

No sólo tu madre, hija, todo nuestro mundo se cae a pedazos, exponiendo nuestra fragilidad. Mi lealtad hacia la familia real me impide dejar mi país pero deseo que tú te vayas, ¿de acuerdo? Ya una vez te corté las alas, ahora te doy mi bendición para que las utilices y abandones este infierno...

Oscar bajó la vista mientras lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas.

Padre, no quisiera...

Oscar, es la última orden que te daré – dijo él con tono firme y poniéndose de pie. De pronto, le recordó a Oscar aquel padre que siempre le inspiró miedo en el pasado – Y como siempre fue antes, no admito réplicas. No dejaré que te quedes aquí, eres una noble y si no mueres a manos del populacho, morirás a manos de los de tu propia clase pues decidiste ponerte de parte del pueblo al compartir tu vida con un plebeyo.

Padre... yo... te quiero -- rompiendo con los formalismos y distancias, abrazó a su padre con toda la intensidad de la que fue capaz.

Luego, se dio media vuelta y salió del lugar, sin alcanzar a escuchar las palabras de su padre:

Yo también, Oscar, te quiero más que a nadie en el mundo...

Al día siguiente, Oscar, André, Alain, Rosalie y Bernard comenzaron a planificar la fuga de la comandante y su soldado.

Sería en siete días y aprovecharían el atardecer, cuando cambian la guardia en la salida de la ciudad para que André, disfrazado de un andrajoso buhonero y Oscar, escondida entre las mantas de la carreta en que viajarían, dejaran la ciudad con el pretexto de la peste.

Después de la recuperación de André y del emotivo encuentro con su padre, los pensamientos y sentimientos de Oscar encontraron un poco de reposo y dieron lugar a otros pensamientos, quizás más oscuros. Francine comenzó a atormentar a Oscar. Sus ojos desorbitados ante el disparo del arma, su cuerpo desangrándose en un callejón. El mismo cuerpo que André había amado y que ahora quizás yacía por su culpa en una fosa común, junto con los de otros ajusticiados. Se sintió embargada por la culpa pero André, feliz ante la perspectiva de una vida nueva, parecía no notarlo.

Una noche, despertó bañada en sudor y embargada por el pánico. Había soñado, muy vívidamente, que le contaba a André lo ocurrido con Francine y que la mirada de éste, se endurecía como nunca. Luego, la golpeaba en plena cara y la abandonaba para siempre.

Rosalie, que dormía en la cama de al lado, despertó al sentir la respiración jadeante de Oscar. Se levantó y fue a ver cuál era la causa de su alteración.

Rosalie... yo... yo asesiné a la mujer que estuvo con André.

¿Cómo?

Ella... ella me vio mientras huía con André cuando lo hirieron. Iba... a dar la voz de alarma y yo le disparé. Fue una reacción refleja, no la pensé... André no me lo va a perdonar... – concluyó Oscar rompiendo a llorar.

Rosalie la abrazó comprensivamente.

Oscar, no tuviste alternativa y creo que André lo va a entender pero debes decírselo, este secreto no te hace bien...

Tienes razón, mañana se lo diré y que sea lo que Dios quiera...

••••••

André y Oscar estaban arreglando unas alforjas con lo mínimo necesario para su viaje cuando ella intentó comenzar una conversación.

André…

Sí, dime… - contestó él distraídamente.

Yo… estee… hay algo que debo decirte…

El tono de Oscar fue suficiente para obtener la atención total de André.

A ver, Oscar, dime con confianza qué sucede – dijo él sentándose sobre la cama con una sonrisa burlona en su rostro. No siempre se podía ver a Oscar tan insegura respecto a algo.

André… ¿Recuerdas cuando escapábamos luego de que te dispararon? – preguntó ella con un hilo de voz.

Cómo olvidarlo…

Es que… bueno, tú estabas inconsciente y no te diste cuenta pero… yo…

Bueno, Oscar, ¿me vas a decir o no? Se supone que confiamos el uno en el otro – dijo André algo fastidiado.

André, cuando estábamos escondidos en un callejón, apareció Francine…

¿Francine? – Los ojos de André se abrieron como platos.

Sí…

¿Y qué pasó?

… - Oscar bajó la vista mientras sentía un nudo formarse en su garganta.

¡¿Oscar, qué pasó?!

Ella... ella iba a dar la voz de alarma para que acabaran con nosotros y yo... Yo no dudé en dispararle.

André desvió la vista.

Le disparaste…

André, ¡no tenía alternativa! Ahora estaríamos muertos… ¡Ella nos iba a delatar!

Permanecieron unos momentos en silencio, salvo por la respiración algo acelerada de Oscar.

André, yo sé que tú la amaste…

No, Oscar, no es eso, ya sabes que nunca he dejado de amarte, pero me sorprendiste…

Supongo que ahora estarás furioso conmigo…

Por toda respuesta, André se levantó de la cama y la abrazó muy fuerte.

No, No, Oscar, ella se lo buscó… Ahora debemos mirar hacia delante, ¿Está bien?

Si bien Oscar aún se sentía culpable por haber asesinado a una mujer desarmada, el alivio de sentir la comprensión y el amor de André, alejó un poco las pesadillas. André la besó en ambas mejillas y ella buscó sus labios para profundizar el contacto. Sorpresivamente, ella se dejó caer sobre él sin dejar de besarlo.

Oscar, espera, Bernard y Rosalie… - interrumpió él.

No te preocupes, ellos no llegarán hasta en un par de horas, la casa es nuestra…

André no esperó más y tomándola por la cintura, la puso bajo él. Ni en sus fantasías más osadas, había imaginado el torbellino de sensaciones que comenzaba a experimentar mientras el cuerpo de Oscar se unía cada vez más al de él. Cuántas veces acarició su cuerpo y besó sus labios con el pensamiento, cuántas veces, al oírla hablar con esa voz grave y pausada, deseó escuchar palabras de amor dirigidas a él. Ahora todo era una realidad y tenía a su Oscar dispuesta a entregarse a él con total con confianza.

Su excitación comenzó a hacerse cada vez más evidente para Oscar y ella, a su vez, sintió la urgencia de sentir la piel desnuda de André y también el miedo natural ante la novedad de la situación. Sin embargo, André, conteniéndose, siguió acariciándola con delicadeza y lentitud, mientras de manera casi imperceptible, comenzaba a despojarla de sus ropas. Por primera vez agradeció que Oscar usara ropajes masculinos que eran mucho más fáciles de quitar que los complicados vestidos de las damas. Oscar deslizó sus manos bajo la camisa de André para sentir la calidez y la textura de su espalda. Sus dedos trazaban líneas invisibles en esa firme musculatura mientras le quitaba la camisa por la cabeza. Después de un rato, ambos se encontraron desnudos, explorando lamiendo, disfrutando de esas sensaciones tan nuevas y a la vez, tan naturales. Con paciencia, André trataba de calmar los temores de Oscar, acariciando sus muslos, besando sus pechos, buscando mil maneras diferentes de excitarla, mientras lentamente abría sus piernas y entraba en ella. El dolor paralizó momentáneamente a Oscar, hasta que su cuerpo empezó a recibir a André de manera espontánea, como si siempre hubiese habitado en ella y, acariciando su espalda y sus glúteos, lo instó a comenzar a moverse. El creciente vaivén acompasado por los gemidos de ambos los sumergió en un mundo aparte, borrando todo vestigio de realidad, donde los amantes practican esa antigua danza sin límites de tiempo ni de espacio.

Finalmente, jadeando, se separaron y André posó su cabeza en el pecho de Oscar, donde se quedó dormido arrullado por los latidos rítmicos de su corazón. Oscar miraba por la ventana el cielo teñirse de colores magentas mientras la noche caía impasible sobre ese París convulsionado. Sus oídos no se cansaban de escuchar la respiración regular de André ni sus ojos de observar su expresión casi infantil mientras dormía. De pronto, pensó cómo sería tener un hijo con él, y el solo pensamiento la hizo reprimir una pequeña risa: la dura e inflexible comandante con esos instintos maternales...

Al sentirla reír solapadamente, André comenzó a despertar.

- ¿Qué sucede, amor?

- Perdona, te desperté; no pasa nada, es sólo que estaba pensando...

- ¿Y en qué, si se puede saber? - preguntó él restregándose los ojos.

- Cómo sería... Formar una familia contigo - dijo tratando de buscar las palabras correctas.

- ¿Acaso el comandante está pidiendo mi mano? - preguntó André con una sonrisa traviesa.

- ¡¡¡¡JA, JA, JA, JA!!!! - Oscar no pudo reprimir las carcajadas esta vez.

- ¡Oye! ¡Estoy hablando en serio!

- Perdona es que la forma en que lo dices, suena divertido. - le contestó mientras comenzaba a acariciar los cabellos castaños con su mano - Pienso que tal vez sería una buena idea, ahora que ambos sabemos lo que sentimos el uno por el otro, aunque más que matrimonio, imaginaba cómo sería tener un hijo contigo...

- Me harías el hombre más feliz de la tierra Oscar, pero no olvides que antes de someter tu cuerpo a cualquier otra prueba, debes recuperarte totalmente.

- Es verdad... - dijo Oscar con algo de desazón, que no pasó inadvertida para André.

- Amor, sabes que yo también lo deseo pero lo que más me importa es que te recuperes bien y ya tendremos todo el tiempo del mundo para eso...

Por toda respuesta Oscar lo volvió a besar e hicieron una vez más el amor.

••••••

Pronto se cumplió el plazo establecido para huir de París. Ya eran las seis de la tarde y André y Bernard terminaban de asegurar la carreta al caballo y cargar el pequeño equipaje. Mientras, Rosalie envolvía la cara de Oscar en unas vendas, intencionalmente manchadas para que pareciera una enferma de peste real.

- Rosalie, me pones una venda más y pareceré una momia...

- Paciencia, Oscar, el disfraz debe ser convincente, no olvides que los guardias revisarán la carreta así que tienes que darles el mayor asco posible para que los dejen pasar...

- Esta bien... - Respondió Oscar con resignación. La verdad es que trataba de mantener la conversación en un nivel trivial pero en verdad le dolía hasta el alma tener que despedirse de su "hermana pequeña", pues no sabía cuándo se verían nuevamente.

- Rosalie, no sabes cuánto te extrañaré. Jamás podré pagarte lo que has hecho por mí durante este tiempo.

- Nunca más de lo que hiciste por mí, Lady Oscar. Si no me hubieses acogido cuando apenas era una adolescente, otro gallo me cantaría...

Ambas se abrazaron llorando libremente pues no sabían si volverían a verse alguna vez.

Todo estaba listo y después de las despedidas de rigor, André, vestido como un buhonero zarrapastroso, subió al asiento de la carreta llevando a Oscar acostada atrás y tapada por miles de mantas desteñidas y grasientas (una verdadera prueba de resistencia para el estómago).

Antes de partir, Alain se acercó a donde estaba Oscar recostada.

- Comandante, quiero decirle que fue un honor haberla conocido y espero que sea muy feliz con André - dijo con algo de tristeza pero también conteniendo la risa, pues la apariencia de Oscar era francamente graciosa.

- Alain, no hables como si no volviéramos a vernos, dijo Oscar tratando de sonreír detrás de las vendas. - Te prometo que te escribiremos en cuanto encontremos un lugar para vivir.

Alain bajó la cabeza, avergonzado, las situaciones emotivas no se le daban bien.

Se dirigió a donde estaba André y por toda despedida le dio un fuerte apretón de manos y un "Cuídate, amigo".

Rosalie, Bernard y Alain los miraron alejarse con una enorme tristeza pero también con la satisfacción de haber podido ayudar a sus amigos en tantas vicisitudes.

En la salida de París, un soldado gordo y con el uniforme desarreglado, les cerró el paso. Despedía un intenso olor a alcohol y por un momento, André recordó con nostalgia aquella época en que a los soldados se les exigía vestir siempre impecables y desplegar una conducta intachable y educada.

- ¿Adónde crees que vas, amigo?

- A Normandía, mi mujer está muy enferma...

- ¿Ah, sí? Y supongo que tienes salvoconducto...

- Acá están ambos - le contestó André extendiéndole los dos salvoconductos que Bernard había conseguido.

- ¡Maldita sea, qué asco! - exclamó el hombre - Aquí dice que tu mujer tiene la peste, ¡¡sal pronto de aquí!! - dijo devolviéndole los salvoconductos y dando una palmada al caballo para hacerlo avanzar.

André respiró tranquilo. Por fin salían de París y ahora les quedaba un largo camino hasta Normandía, donde el aire marino terminaría de curar a Oscar y donde empezarían su nueva vida.

Meses después...

Oscar deslizaba los dedos por las cuerdas llenando toda la estancia de música mientras André, tomando una copa de vino, la escuchaba con los ojos entornados y una sonrisa involuntaria en los labios. Le complacía enormemente observar la figura de Oscar, sosteniendo grácilmente el violín, mientras su vientre abultado se recortaba contra la luz de la ventana. Hacía ya varios meses que disfrutaban de una paz relativa y el embarazo de Oscar no hacía sino llenar el corazón de André de júbilo y gratitud por tantas bendiciones. No había sido fácil buscar una ocupación, como tampoco acostumbrarse a vivir en forma tan sencilla y con algunas privaciones.

De pronto, Oscar dejó de tocar para llevarse una mano al vientre.

- Creo que este niño tendrá sensibilidad para la música... - afirmó sonriente.

André se levantó y la abrazó por la espalda para sentir las suaves patadas de su futuro hijo.

- Si hereda el talento de su madre, quizás podría ser un pequeño Mozart...

Oscar volteó y, sin soltar el violín, rodeó el cuello de André con sus brazos, retiró el mechón que cubría el ojo herido, posó sus labios en él y luego lo hizo en los labios de André, sellándolos con un beso.

A muchos kilómetros de distancia, la Revolución se volvía cada vez más cruel y pronto vendría la decapitación de los reyes, el Terror y muchas atrocidades peores pero durante esos instantes, Oscar y André disfrutaban de la plenitud y la tranquilidad que estas dos almas aguerridas merecían.

FIN