Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Personajes: Rusia, Mexico, Francia, Prusia, España, América, Canadá, otros.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, UA (Universo Alterno), humor, Lemon, mpreg, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.
Este fanfic está basado en la película y libro del mismo nombre: Lady Águila.
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Lord Águila
Capítulo 4.- Historia parte II
Alfred entró a su habitación; Itzamma que ya había cumplido catorce años; estaba sentado en el sofá favorito del rey. Leía un grueso libro de pasta negra. Alfred reconoció el ejemplar, era uno de cuentos y leyendas, el predilecto del niño.
El monarca sonrió, se acercó al moreno y le quitó el libro; tomó a Itzamma por las axilas para cargarlo y tomar su lugar; sentó al niño en sus piernas quien no parecía conforme con eso.
—Yo te leeré el cuento que quieras —le dijo sonriendo. Itzamma bufó con intenciones de decir que ya no era un niño y que sabía leer perfectamente; pero se contuvo pues sabía que Alfred siempre hacia lo que se le daba la gana sin prestar atención a los demás.
—Haz lo que quieras —siseó cruzándose de brazos; Itzamma hizo intento de levantarse pero el rubio no se lo permitió —. Suéltame, no estoy cómodo en tus piernas.
—Eres el prometido del héroe de Aquila; tu lugar es en mis piernas —dijo Alfred soltando sonoras carcajadas. Itzamma volvió a bufar molesto; desde que cumplió los doce años, al rubio le había dado por decir que era su prometido.
La corte veía con malos ojos la decisión de su gobernante no era por el hecho de que su futuro consorte aún fuese un niño o varón, si no por el hecho de que Itzamma era un plebeyo y peor aún, ¡esclavo! Si rey en verdad quería desposar a un hombre menor que él… ¿Por qué no lo hacía con el príncipe de Almenia que permanecía cautivo en Aquila? De esa forma podrían someter por completo al rey Fritz y al príncipe Gilbert.
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Gilbert se despertó al sentir que algo o alguien se subía a su cama; hizo un movimiento para inmovilizar al intruso entre su cuerpo y el colchón.
La habitación estaba demasiado oscura para que el albino pudiese ver de quien se trataba.
—¡Auch! Gilbert —el príncipe heredero encendió la lámpara de aceite que tenía en el mueble de noche junto a su cama para alumbrar un poco la habitación.
—¿Ludwig? ¿Qué haces aquí? —el menor no respondió, en lugar de eso, besó a su hermano en los labios.
Gilbert lentamente fue convirtiendo el beso en uno apasionado; llevó una mano bajo el pijama del menor. Ludwig dejó escapar un ligero gemido que logró hacer reaccionar al albino.
—¿Hermano? —Ludwig lo miró confundido. Gilbert sonrió y besó la frente del rubio antes de desordenarle los cabellos; el niño hizo una mueca de disgusto, odiaba que lo despeinaran.
—Lo siento West —se disculpó separándose totalmente del menor —. No podemos hacerlo.
—¿Por qué no? —preguntó dolido —, ¿ya no te gusto?
Gilbert abrazó al menor, sentándolo en sus piernas; ¡claro que le gustaba! ¡Lo amaba! Pero no quería lastimarlo, aún era demasiado joven…
—Ya no soy un niño, Gilbert… y te lo demostraré.
Ludwig bajó hasta quedar entre las piernas del albino; quitó las ropas que ocultaban la virilidad del mayor. El rubio introdujo el miembro en su boca, arrancándole gemidos de placer a Gilbert.
El príncipe heredero de Almenia no podía creerlo; su hermano de doce años le estaba haciendo una felación, ¡y la estaba disfrutando! De un momento a otro, Gilbert tomó los labios del menor en un hambriento beso mientras lo desvestía con tal demencia que terminó por arrancar la prenda.
Amor, pasión, lujuria y deseo se mezclaban en un todo acompañado de los gemidos de los dos hermanos que se olvidaron del pecado que cometían y sólo se entregaron él uno al otro.
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Cabalgaron hacia Hispania bajo el plomizo cielo. Debían pasar por algunas tribus, muchas de ellas hostiles.
Iván estaba cansado de esperar un signo que no se producía... No podía borrar de su inconsciente el convencimiento de que fuera cual fuese el resultado de la lucha él ya había perdido.
Un viento frío premonitor del invierno agitaba los árboles levantando nubes de hojas secas y polvo. Iván se tapó los ojos con la mano. Llevaba el águila en el otro brazo, alojado en el hueco junto a su pecho; el pájaro se acurrucó contra el guerrero en busca de calor.
—Estamos cerca de la tribu de Catay —habló Gilbert. El vaho que salía de sus labios se perdía a segundos de salir —. Conozco al líder, es de los pocos que se oponen a Aquila.
—¿Crees que él pueda ayudarnos? —le preguntó Francis. El albino asintió con la cabeza.
—Creo que no nos queda de otra, ya casi no nos quedan provisiones y por estas tierras es difícil cazar —comentó Antonio. Iván asintió, no por él, si no por Itzamma, no quería que su precioso niño pasara frío o hambre.
Se oyó el crujir de una rama seca. Los caballos se sobresaltaron y el águila levantó el vuelo chillando asustado. Sólo se veían campos abiertos, algunos pajares y un rebaño de ovejas en la lejanía. Pusieron los caballos al trote, ignorantes de que iban hacia una emboscada.
Natasha aguardaba con sus hombres agazapados entre los arbustos del linde del camino, esperando el momento en que los cuatro aparecieran.
Natasha hizo una señal con la cabeza, los soldados cargaban las ballestas. De repente, en lo alto se oyó el chillido de un águila. El sonido de galope se escuchaba cada vez más cerca; un grupo de catayes se acercaban.
—¡Disparen! —ordenó Natasha enfurecida.
Cayó sobre los cuatro una nube de flechas; una de ellas alcanzó Iván en el muslo y la sangre salpicaba la silla. El águila chillaba furioso bajando en picado, mientras Iván y los nobles desenvainaban las espadas.
Los miembros de la tribu Catay, llegaron en auxilio de los nobles e Iván; los gritos y las voces de la lucha se hacían cada vez más potentes.
Antonio vio como Natasha alzaba la vista hacia el águila. Era la segunda vez que salvaba a su dueño y no iba a haber una tercera. La mujer levantó la ballesta y apuntó.
Un joven chitay tensó sus músculos y se arrojó contra Natasha por la espalda, le echó el látigo que traía al cuello, apretando con fuerza. La mujer se llevó las manos a la garganta para tratar de liberarse. El chitay tiraba con todo su peso pero ella logró zafarse con una sacudida que lanzó al joven por encima de su cabeza, lo apartó de un puñetazo y se agachó a recoger la ballesta. Acto seguido montó a caballo para intervenir en la lucha, pero sin dejar de mirar al cielo.
El águila estaba ya fuera del alcance de su vista y acudía en ayuda de Iván, que cargaba con el negro corcel contra los matorrales con furia inusitada. Luchaba como un poseso haciendo retroceder a los guardias con sus arrulladores embates. Pero conforme iba haciendo que los guardias se retiraran, dejaba libre sus espaldas a Natasha; un blanco perfecto a merced de su ballesta. Natasha entrecerró los ojos, complacida, disponiéndose a efectuar un disparo que no podía fallar.
—Muere.
En aquel momento, Gilbert, de rodillas, viéndole apuntar, tomó una piedra y se la arrojó con fuerza; la piedra golpeó el casco de Natasha y la flecha se desvió, una fracción de segundo antes de sentir como si le estallara la cabeza al recibir un golpe con una ballesta. Ya no oyó el penetrante chillido del águila alcanzada en el pecho por la flecha perdida. Iván sí lo oyó, al igual que los otros dos nobles; miró hacia arriba, viéndolo caer entre una nube de plumas, batiendo las alas indefenso. Iván dio un grito horrible, como si la flecha le hubiera alcanzado a él en el corazón y el caballo se encabritó por efecto del convulso tirón a las riendas.
Al avanzar los guardias, vio a Natasha montada al borde del camino, con la ballesta en las manos y una mueca feroz. Iván cargó hacia ella blandiendo la espada y vociferando enfurecido. Natasha levantó la ballesta y lanzó otra flecha. La saeta se clavó con fuerza en el hombro de Iván y el impacto le desmontó, haciéndole perder la espada en la caída. Por un instante quedó aturdido en el suelo, jadeante de dolor. Al levantar penosamente la cabeza, vio que Natasha se abalanzaba sobre él espada en alto.
—¡Si no eres mío no serás de nadie! —gritó la enloquecida mujer.
Iván logró ponerse de rodillas, y, al verse desarmado y sin defensa, se arrancó la flecha clavada en el muslo consiguiendo incorporarse tambaleante con ella en la mano en el momento en que se le echaba encima el caballo de la mujer. Logró esquivar la espada de la que una vez fuera su hermana y dirigirle al pecho la punta de la flecha que se le hundió en el corazón por impulso del caballo. Natasha cayó de la silla, muerta antes de llegar al suelo.
El choque había vuelto a derribar a Iván; consiguió incorporarse penosamente. Estaba cubierto de sangre, la suya y la de Natasha. Miró en torno, vio su espada y la recogió. Los pocos guardias que quedaban en pie retrocedieron tirando las armas y montando a toda prisa para emprender la huida hacia Aquila perseguidos por la mayoría de los chitay para darles muerte.
Ajeno a lo que hacían, Iván se dirigió tambaleándose entre los cadáveres hacia el lugar del camino donde había caído el Águila. Goliat le seguía como una enorme sombra. El ave rapaz yacía en el polvo y la flecha le atravesaba un ala ensangrentada; tenía sus ojos dorados vidriosos de dolor. Iván clavó la espada en el suelo y se arrodilló junto a él, entrelazando acongojado las manos. La sangre manaba de sus heridas, pero entonces ya no sentía dolor. Recogió tembloroso el ave con suma delicadeza y trató de limpiarle la herida para ver la gravedad. Demasiado profunda. Alzó la cabeza y miró hacia poniente donde el sol caía como oro derretido sobre la cresta de las montañas. Sus ojos se humedecieron de coraje y desconsuelo. Posó de nuevo los ojos en el Águila, inerte entre sus manos, y, por primera vez en muchos años, musitó una plegaria: Dios mío, ayúdame. Ayúdame.
