Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, Yuri on Ice! no es mío, ojalá lo fuera.
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Onnagata.
Por St. Yukiona.
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Susanoo
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—Amaterasu nació del ojo izquierdo de Izanagi después de que éste lo lavara, su hermano Tsukuyomi nació del ojo derecho y Susanoo de la nariz. Eran hermanos y entre ellos siempre hubo tensión —relata con voz suave Yuuri, Viktor no puede apartar sus ojos de él al tiempo que las manos del japonés se mueven lentamente como pequeñas olas provocadas por el mar—. Tsukuyomi era temeroso, pero justo —con un movimiento suave de su mano envolvió una de las cintas de seda que tomó de la cama, era maravilloso como con dos giros la seda quedaba tensa, dejándolo incapacitado momentáneamente de la vista—. Amaterasu era gloriosa pero valiente —inquiere abriendo de golpe el abanico que hace un ruido que provoca el sobresalto de Viktor—. Mientras que Susanoo era el más voluble de los tres —cierra el abanico y con la punta de éste arranca la seda de su rostro haciéndola danzar en el aire. Es un suspiro de aquella tela que hace a Viktor quedar boquiabierto—. Los tres hermanos... tuvieron que aprender a estar en armonía por el bien de la humanidad —narra y en otro movimiento envuelve el lazo en el abanico cerrado para dejarlo frente a él. Una leve reverencia y Viktor no sabe si aplaudir, llorar o pedir que lo vuelva a hacer, en cambio la sonrisa de Yuuri lo derrite por completo produciéndole una sonrisa suave—. ¿Te gustó? —pregunta un poco inquieto el moreno pues el albino ha quedado boquiabierto.
—¡Me ha encantado! ¡Es maravilloso! —dice sobresaltado, tiene ganas de tirarse encima de él para abrazarlo y cundirlo de besos, pero se abstiene porque está seguro que si se tira sobre él terminará por derribarlo para acomodarse nuevamente entre sus piernas y ambos tienen una vida fuera de esa habitación con la que deben de continuar una vez el tiempo se les acabe.
—Me da gusto —suspira el moreno que se tira contra el almohadón de plumas que hay en la cama, no deja de ver a Viktor que a su lado también se recuesta. La punta del abanico enrollada con aquel pedazo de seda tocan sus labios y Viktor lo observa detenidamente.
Ninguno de los dos habla. No saben qué decirse en realidad. Viktor quiere preguntar "por qué", pero Yuuri le respondería "no lo sé", y por ende, prefieren solo observarse. Es el ruso el que se anima a tocar las pálidas y delgadas mejillas ajenas, Yuuri sigue la caricia, como si necesitara prolongar ese toque cerrando los ojos y suspirando doblegado al calor que las puntas de esos dedos le propagan por el cuerpo. Deja arriba de su cabeza el abanico y se acerca a Viktor para encontrar sus labios. Besarse y hundirse nuevamente en la pasión que durante la noche han desatado de a poco.
El ruso los hace girar para dejarlo contra la cama y Yuuri abre lentamente sus ojos.
—¿Qué haces? —murmura Yuuri con una risa atorada en su garganta que se ahoga en los besos que Viktor le reparte por todo el cuello, el sonido alegre y mimoso muere en un suave gemido justamente en el instante en que el ruso propina una mordida suave ("Nada de marcas, Nikiforov" —le ha dicho la noche anterior el onnagata al patinador y éste concedió con un: "Sería incapaz de marcar esa preciosa piel tuya") —. Debes tomar un vuelo —inquiere Yuuri y Viktor sorbe la piel enrojeciéndola solo un poco.
—Puedo tomar el siguiente vuelo... o el siguiente a ese... —relame el cuello, recorre cada uno de los besos que dejó ahí la noche anterior y que solo son visibles para él, son visibles mientras Yuuri se retuerce entre sus brazos contra su cama.
Viktor es incapaz de creer que lo que le ha pedido a los dioses se lo han otorgado, usualmente dios lo ignora y siempre tiene que luchar hasta el cansancio por lo que desea, pero en esta ocasión... en esta, todo es diferente y sonríe contra la piel pálida del hombro derecho del chico que tiene ahí, embelleciendo esa costosa habitación de hotel.
Al tanto las suaves y hermosas manos de Yuuri parecen querer luchar para alejarlo, sin éxito, hasta que se rinden y recorren los fuertes hombres del patinador hasta que se encuentran y se entrelazan en la nuca de éste, lo atrae para besarlo nuevamente.
Se besan como el sol besa a la tierra en los primeros rayos de la mañana.
Se besan como la brisa besa al mar creando las preciosas olas en acto de alegría.
Se besan como se besan los amantes caprichosos y los mojigatos que no saben hacer otra cosa más que besarse y reconocerse y recorrerse y todo lo que el mundo sabe en ellos.
Sus lenguas se enredan con ese tibio acento de hiel, champaña y cerveza rezagada que ha quedado, y aunque es un poco amarga la saliva primera por la mañana a ellos no les importa, para ellos es un dulce despunte para saber que todo es realidad, y ambos se ríen contra sus bocas iluminando Japón. Viktor se deja caer a su lado y Yuuri se gira para quedar nuevamente sobre el pecho ajeno, dibujando surcos con sus esbeltos dedos subiendo hasta la barbilla donde dibuja un pequeño circulo en el medio y se detiene en los perfectos labios, mierda, porque son perfectos y Yuuri puede llorar de emoción.
—¿Cómo llegaste? —pregunta muchas horas después. Porque Viktor es inteligente, es el emperador del hielo y es astuto, primero actuó y ahora, posterior a disfrutar, hace interrogantes, si debe de pagar un costo, como su alma al diablo, lo hará con los ojos cerrados porque ha gozado lo que no ha gozado en toda su miserable y vacía vida de trofeos y fama, de oro y lujuria.
El moreno se esperaba esas preguntas la noche anterior, y la noche anterior era cuando estaba preparado para responderlo ahora, se cubre el rostro abochornado, con un poco de resaca y la vergüenza curtiendo su piel, poniéndola roja y bonita, según Nikiforov.
—Mi manager platicó un poco con el tuyo y la entrevista que tenía anoche se canceló, así que fuimos a cenar... quería enviarte la máscara Kitsune como regalo, pero no tenía tu dirección, ni sabía nada de ti, así que envió a un asistente para que viniera al hotel a investigar.
—¿Y en qué momento el asistente se convirtió en Yuuri? No deja de sorprenderme tus dotes ninjas.
—¿Dotes ninjas? —parpadea Yuuri un poco confundido y suelta una carcajada coqueta, se cubre la boca para no verse irrespetuoso—. ¿Naruto?
—Jutsu de sustitución... ¿O es de cambio?
—Jutsu de sustitución a mi sobrino le encanta —comenta con una sonrisa aún divertida, pero tímida.
—Por lo visto todos los japoneses tienen esa habilidad aunque Yuuri es el mejor de todos... el modo en que cambiabas de vestuario en aquel baile... wooo... fue "increíble" —menciona emocionado, auténticamente emocionado, y el halago hace que Yuuri desvíe la mirada brevemente.
—Ese es Kobayashi Bando, yo... no puedo hacer eso —juega con una arruga de la cama y suspira.
—¿No te gusta lo que haces? —pregunta con el tono de su voz debatiéndose entre curiosidad y preocupación.
—No, es decir... me gusta lo que hago —masculla—. Pero... es difícil.
—¿Entrenar y los bailes?
Yuuri le sonríe con ternura y niega, se acerca para besar los labios rápidamente.
—Esta parte es difícil, Viktor-san —infiere antes de ponerse de pie.
Las piernas le tiemblan, está acostumbrado a usar mucho sus piernas, a la fuerza de sus muslos y la resistencia de sus pantorrillas, al uso general del movimiento exhaustivo de todo su cuerpo, pero el cansancio que siente en ese instante es diferente, y se tiene que sostener brevemente de la orilla de la cama para incorporarse. Silba, y siente a Viktor moverse detrás de él.
—No entiendo —dice un poco desconcertado Nikiforov.
—Bueno, esto... —señala la habitación—. No puede ser, Yuuri no existe, Viktor.
—No entiendo —repite ahora confundido y un poco asustado.
El moreno aprieta los labios, toma aire y recoge la máscara de zorro, se acerca a Viktor que se ha puesto de pie a su lado, y la coloca sobre el rostro del albino, besa el hocico pintado del zorro y enseguida se apresura a recoger su ropa.
Viktor lo observa entre ido y asustado, porque no se puede mover. ¿Acaso lo ha hechizado? Niega, sólo por primera vez en la vida no tiene el control de lo que ocurre, y se atreve a sostener el delgado y pálido antebrazo del artista japonés.
—¿Qué no puede ser? —se quita la máscara sin soltarla, sus ojos polares no recibirán una negativa y Yuuri aprieta los labios para después suspirar.
—Viktor, me gustas —con su otra mano toma la mano de Viktor que lo mantenía cautivo y medita sus palabras cuidadosamente, siempre es difícil—. Pero Kobayashi Bando II es quien tiene el control, Yuuri —baja la mirada—. Katsuki Yuuri sólo es un chico que de vez en vez le gusta leer y salir a caminar, sólo unas horas a las semanas, y con suerte cada 29 de noviembre —infiere con tranquilidad, a esas alturas, con sus veintitantos años ya no le duele, ya aceptó su realidad. La que vive día tras día y lo ha consumido—. Si puedes aceptar eso, entonces lo de anoche fue un bello sueño hecho realidad, si no puedes aceptarlo, Viktor, entonces lo de anoche fue un error.
Aparta la mano con un movimiento más bien suave, seguido hace una reverencia y recoge en el entretanto el haori que llevó como abrigo, sale de la habitación rápido cerrando la puerta, se coloca los lentes y usa el asensor que hay al fondo del pasillo, el que es para empleados. Tantos años en el medio del espectáculo le han brindado la destreza suficiente como para saber cómo moverse, hacia dónde moverse y cuándo moverse. El instante es propicio pues cuando llega al loby se da cuenta que los reporteros están tranquilos frente al elevador principal, seguramente esperan a que Viktor Nikiforov salga. El moreno apresura sus pasos pues de ninguna forma pueden relacionarlos, por el bien de Viktor, por el propio y de todas las personas que dependen de sus carreras para llevar sustento.
A Yuuri no le sorprende en lo absoluto que al salir esté recargado de una de las jardineras su representante, el hombre usa un abrigo grueso mientras sus mejillas se sonrojan por el frío matutino, en sus manos lleva otro abrigo, y una bufanda. El onnagata se acerca tímidamente y se recarga con él. El representante suspira guardando su móvil, le extiende el abrigo que lleva y la bufanda.
—¿Satisfecho?
—¿Quieres que responda eso? ¿En serio? —tuerce los labios mientras que se acomoda el abrigo y el representante bufa mientras empieza a caminar, ofreciendo su brazo al moreno que lo sostiene, recargándose de él. La sensación es agridulce. No esperaba que Viktor saliera corriendo detrás de él, pero de algún modo le duele que no fuese de esa manera. El anonimato de sus sentimientos se mantiene intacto una vez más y traga el dolor que no quiere dejar escapar, lo quiere dejar ahí, en su pecho, guardado, cuidándolo receloso para que nunca escape y eso sirva en el futuro, sirva sobre el escenario donde vive.
...
En casa las cosas no están diferentes a cómo las dejó. Siguen iguales. En el salón de prácticas escucha música, pasa de largo porque no soporta ver los entrenamientos de su "hermano menor", el nuevo aprendiz que probablemente sea adoptado por Sawamura-sensei. En caso de que Sawamura-sensei lo adopte, su propio futuro estará en una gran incógnita, pues no importa el prestigio o talento que se tenga, un onnagata joven no puede fundar su propia casa y si Sawamura-sensei se pone "pesado" es capaz de cerrarle las puertas de todos los teatros en Japón y el mundo.
—No llegaste a dormir —escucha la voz tersa, calmada, profunda y cavernosa por fumador constante desde los quince de su sensei y Yuuri se gira quitándose los lentes haciendo una pronunciada reverencia, perfecta, recta, no hay indicio de error. Sawamura está enamorado de esa disciplina incluso en la forma en que Yuuri se arrepiente, el moreno no se da cuenta pero hace de vivir un arte constante, lleva debajo de las uñas encarnada la delicadeza y una sólida elegancia.
—Lo lamento, Sawamura-sensei, sólo... me distraía un poco, no tenía nada en mi agenda —responde con voz calmada, los mechones largos, lacios y suaves del cabello oscuro resbalan por sus hombros.
El hombre que juega en la línea de la belleza femenina y masculina, de cabello corto y castaño, facciones maduras y ejemplar porte mira al representante que asiente con un suave movimiento de cabeza.
—Muy bien, Kobayashi-san —responde el maestro del chico antes de girarse para regresar al entrenamiento—. Date un baño, desayuna algo, duerme y al despertar practicaremos tu Susanoo.
El representante y Yuuri no pueden evitar mirar sorprendidos al sensei que se aleja con un suave andar, parece flotar sobre la duela que recubre el piso del pasillo de la casa.
—¿Me dará un personaje masculino? —pregunta sorprendido porque sería la primera vez que recibe tal honra.
—Te quedan más los femeninos pero Susanoo es especial —claro que es especial, es pesado, es denso, es violento, es salvaje, es sensual... es erótico, y Yuuri aprieta los labios, vuelve a reverencias a su maestro sin rezongar, agradecer o decir nada, sólo se mantiene firme hasta que escucha el discreto sonido de la puerta ser cerrada de vuelta.
Se incorpora y mira al hombre que lo ha acompañado hasta casa, ambos sonríen de forma cómplice, Yuuri está nervioso, muerto de los nervios y el miedo, pero emocionado porque es un reto, y ese día se siente poderoso. Susanoo en la obra de "Los tres hermanos del rostro sagrado" tiene la particularidad de que ha sido Sawamura Ryunnosuke el que le ha dado ese plus, ese toque que se ha vuelto el favorito entre el público.
Sawamura hace que todos sus alumnos lo aprendan de memoria, es la prueba para decidir si serán villanos, héroes, actores u onnagatas. La primera vez que Yuuri lo interpretó más de uno quedó enamorado, y Sawamura tomó la decisión de que ese no era un Susanoo, sino una Susanooka (versión femenina), ese era la diva que el teatro Kabuki había estado esperando desde hace mucho tiempo. Desde entonces en secreto Yuuri lo había practicado, pero jamás se había atrevido a ir a una audición de las veces que lo habían puesto en cartelera pues Sawamura siempre era convocado. Nadie era mejor que Sawamura en el papel de Susanoo, nadie podía competir contra él.
...
Yuuri llega hasta su alcoba tras desayunar algo, pasar al baño y quitarse los rastros de sexo de su cuerpo, las asistentes se apresuran a untar crema de jazmín y damasco en toda la piel blanca como la leche, cualquier otro hubiese muerto de vergüenza al tener a jóvenes mujeres acariciando su piel, pero Yuuri a perdido la capacidad de avergonzarse por su cuerpo. Ha costado tanto sacrificio mantenerlo de ese modo, en ese estado de aparente perfección que se encuentra lo suficiente cansado como para pensar en bochorno, por eso sonríe al recuerdo de Viktor descendiendo por su pecho, por su vientre, haciendo mitín en su ombligo y susurrándole lo perfecto que es. Estúpido, Viktor. Niega Yuuri concentrándose en el presente y la yukata que le ponen. Es sencilla: Negra con vista azules y pequeños diseños de un azul más intenso. Su futón está preparado y sobre él unas cartas. Las coge con recato y las observa, todas pertenecen al mismo lugar.
Suspira un poco cansado.
Más tarde pensará en la urgencia que tiene la casa Sawamura, y no su maestro pues éste conoce su condición de homosexual, en que pronto se case para tener descendientes. Sawamura fue estéril y no pudo reproducirse, pero todos los exámenes de Yuuri no han arrojado nada fuera de lo normal en su fertilidad, por lo cual no habrá problema en engendrar un heredero. Si aquello llegase a ocurrir, la casa dejaría de ser Sawamura y se convertiría en Kobayashi y Yuuri se volvería la cabeza de un probable imperio dentro del teatro Kabuki, el sueño de cualquier actor. Sin embargo, aquello es tan complicado y él se siente tan fastidiado de recibir cartas con perfiles de probables candidatos que lograrán satisfacer las necesidades del hombre. Engloban gustos muy generales y todas las chicas son preciosas, de familias prestigiosas pero él siente aversión hacia el hecho de tocar una mujer.
Se tira contra el futón y abraza la colcha, hunde ahí su rostro, hunde ahí su pena.
Pasa varios segundos, y la idea de un matrimonio le nubla el pensamiento hasta que la imagen de una boda sintoísta se va hilando en su cabeza. Quien va delante de la caravana no es una chica, sino un ruso que le sonríe cuando ambos se encuentran frente al altar donde el monje dispone la ceremonia. Ahí Viktor le sonríe maravillado porque probablemente nunca había estado en una boda de ese tipo y él, quizás, terminaría por dedicarle una mirada cargada y lleno de significado.
Agita su cabeza negándolo y gime con dolor, porque no quiere volver a lo mismo de siempre no quiere volver a ilusionarse y después darse cuenta que todo eso por lo cual está dispuesto a rechazar su estilo de vida no es más que una ilusión. Le han hecho polvo el corazón que no entiende cómo es posible que lata desesperadamente cada vez que el nombre de "Viktor" quiere ser susurrado por sus labios.
Quizás sólo esté desesperado de amor, o quizás de verdad, de verdad, de verdad, el hilo rojo del destino existe, y ese ruso está al final de su propio hilo. La idea lo va a hacer llorar, y no quiere hinchar su rostro porque va a interpretar a Susanoo en unas dos o tres horas.
Medita sobre la existencia de Viktor en ese mundo.
Sobre el oxígeno que respira el ruso.
Sobre el aire que aspira para hablar usando ese precioso y cascado acento ruso.
Pero poco a poco comprende que si aceptaba amar a Viktor Nikiforov, rompía todo con todos, con el mundo, y con su dolor de amor: No más deslices, ni encuentros prepagados que mojaban sus ganas y quitaban el deseo que el estrés dejaba acumulado detrás, ni miembros venosos esperando por él, rompía con todo, porque el ruso le hacía en su corazón "Doki doki". Si aceptaba que amaba a Viktor Nikiforov ahora era definitivo, no habría más otros. No habría más "mi corazón roto y melancólico", o "la soltería que me proporcionó mi expareja", no existiría el desesperado lazo que él quería ver en la soledad, que su condición como onnagata había regalado al dejarlo aislado del mundo.
Su insana obsesión con sentirse solo y el desolador futuro que no viviría para contarlo como pasado se estaba alejando, la idea le aterró. Pero el recuerdo nítido de la sonrisa de Viktor le hacía creer que había una posibilidad.
El papel de las cartas crujía en sus manos y lo volvía a la realidad, negando la cabeza lentamente.
No quería simplemente dejar ir todo, no quería dejarse ahogar y llenarse de agua, quería seguir firme dónde conocía aunque eso fuera desde una inmunda y dolorosa tristeza. Desear algo más, estaba prohíbido. Trabajar como un maldito esclavo de la perfección y la estética que era para lo que había sido criado aunque en el fondo sólo quisiera juntar las estrellas con líneas imaginarias e inventarle escaleras a Viktor para llegar a ellas. Eso quería Yuuri, convencerse de que debía acunar celosamente en sus recuerdos lo que había vivido con Viktor, con eso alimentarse para seguir siendo miserable, quería seguir siendo miserable... porque feliz jamás había aprendido a ser.
—Kobayashi-san.
El moreno abre de golpe los ojos.
¿Cuándo los cerró?
Jadea mirando para todos lados y traga saliva en seco, tiene resaca. Fatal. Está en casa, y escucha los toques de la puerta, una y otra vez.
—Kobayashi-san.
—Adelante —gime, la voz sale más pastosa de lo que hubiese deseado, se aclara la garganta y sirve agua en un vaso, siempre le dejan una jarra de agua fresca a un lado de su futón. Saca del pequeño cajón del mueble que hay a lado una cartera de pastillas, son escipalopram que el médico le ha recetado para mejorar su ánimo. LE causa mareos y a veces vómitos con jaqueca pero le supervisen que se las tome.
Su habitación se llena de movimiento y él suspira con la espalda encorvada tallándose los ojos.
Llevan cajas de kimonos, abanicos, acomodan ropa, sus yukatas y algunas otras cosas que meten y sacan, hasta la cera con la cual se depila la preparan para que él sólo se encargue de llamarles para usarla según sea necesaria, por el momento no han crecido aún los vellos de ninguna parte de su cuerpo y espera que siga así, ya no duele, pero la comezón a veces llega y eso no es agradable porque debe soportarla pues rascarse significaría dejar roja su piel y su piel, su figura, su imagen, era su trabajo.
Saca otras pastillas, vitaminas para las "energías", energías de vivir es lo que le hace falta. Y justo ve pasar de filón un ramo de flores azules. Aclara la garganta.
—Ema.
—¿Sí, Kobayashi-san? —pregunta la mucama que se hinca frente a la mampara que cubre la cama. Yuuri puede ver la silueta de la chica detrás de esa mampara que le brinda más o menos privacidad.
—¿Qué es lo que han pasado ahorita?
—Sus kimonos, amo Kobayashi.
—No, las flores.
—Son flores, amo Kobayashi.
—¿Por qué?
—Las ha enviado el señor Viktor Nikiforov —informa y el corazón le da un vuelco a Yuuri que se incorpora de golpe acomodándose la yukata y con calma sale de su privado por un costado, ve en la mesa del medio de la habitación un monstruoso arreglo de flores. En medio, hay una petunia junto a una nota. Toma la petunia que sobre sale entre las flores azules, se nota que las han teñido de forma artificial y sonríe suavemente. La huele y es delicioso el aroma, ahora toma la nota.
A mano, escrito en ruso, Yuuri sopone es el nombre de Viktor, se lleva con él la petunia y la nota.
—Devuélvelas, Ema.
—Sí, amo Kobayashi.
—Ésta ponla en agua —ordena entregando la petunia.
La mujer asiente recibiendo solemnemente la flor, sin hacer más preguntas.
Yuuri se sienta cerca de la venta mantiene la tarjeta entre sus manos, desde la ventana de su alcoba es posible ver el jardín interior de la residencia y sonríe con cierta tibieza en su cuerpo sintiendo los bordes de la tarjeta.
Viktor Nikiforov amenazaba con quedarse y no irse, sacarlo de golpe de la basura de la basura emocional en la cual Yuuri se arrastraba. ¿Era efecto del antidepresivo? ¿Quién podía saberlo. Yuuri sonríe, dejando sobre sus labios la tarjeta de papel marfil.
Quizás no sería tan malo dejarse llevar un poco.
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Cronopios del autor: ¿Qué tal? ¿Todo bien? La primera actualización del año. Espero que la hayan pasado súper. Gracias por leer, de verdad. Muchas gracias.
St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
