Advertencia: subí al día siguiente, misma, te felicito.
Capítulo cuatro.
Miré con curiosidad el sobre que estaba dirigido a mí, seguía sellado y mi temor a abrirlo era mayor que mi necesidad de conocer su secreto. El remitente claramente era el rubio, el Mayor me lo había precisado al momento de entregármelo esta mañana cuando pisé el hangar. Y como un espectro, sólo me dirigí al ascensor para llegar a la planta baja con el sobre en las manos. Más tarde tendría el valor de leer.
—Buen día, Mimí. —dijo Davis cuando me vio entrar al comedor. Él estaba ordenando las mesas junto a las chicas del aseo, era tan servicial e hiperactivo que seguramente toda la loza del desayuno estaba limpia y guardada en su lugar correspondiente. —Cómo estuvo el Centro de Investigación, supe que te quedaste para el toque de queda.
—Nada mal. —respondí con la expresión de nada y tomé asiento en una de las mesas. Davis se quedó extrañado y abrió la boca para decir algo para subir el ánimo pero se distrajo enseguida con una visita imprevista: la hermana menor de Tai estaba en la puerta, y buscaba algo como si ese algo se le hubiese perdido.
—¡Buen día! —dijo él, con una sonrisa desbordante. Quedé anonadada ante su poco interés en el estado anímico de su superiora, pero luego lo comprendí. Con Michael, habría corrido de inmediato y habría dejado a mi querido asistente con todo a su alero. —¿Puedo ayudarte?
—Me apena pedirlo. —respondió ella con voz dulce y tierna. —No alcancé a llegar al desayuno y me muero de hambre. —confesó y pude notar un poco de sonrojo en su rostro.
—Puedes venir siempre que quieras. —resolvió él enseguida, y la guió hasta una mesa vacía y ordenada perfectamente. —Espérame aquí, te traeré algo.
Levanté una ceja y me encaminé a la cocina también.
—Sabes que está prohibido salirse de los horarios. —dije un poco molesta. No era que me alterara en lo más mínimo, sólo me fastidiaba estar en este mundo y ser a la única que se le reprendiera por actos inocentes. Seguramente, si llamara al Mayor, me diría loca, puesto que yo era la única persona en todo el planeta que se negó a alimentar a una persona.
—Estoy seguro de que no le dirás nada a nadie. —dijo, más contento que nunca. Bueno, no era mi política hacer a todos los colonos unas máquinas a las que se le imponen horarios para que jamás se les ocurra sublevarse. Pero como Kari era más que una colona, sino que más bien era un holograma andante, se le podía perdonar. —Tráeme un pedazo de palmon, por favor.
—Seguro. —expresé con un tono sarcástico y salí de la cocina en dirección a la huerta. No vi ninguna flor con pétalos rosados y un gancho amarillo, por lo que me senté en la tierra húmeda y esperé. Podría verme desde las lejanías y correr a mi lado, le contaría mis problemas para luego leerle la carta en voz alta para conocer su opinión; no sin antes enseñarle a entenderme y a evitar imitaciones.
—¡Mimí! El almuerzo. —gritó mi asistente desde la puerta, no me había dado cuenta de que me había quedado dormida sobre la tierra a la espera de mi pequeña y verde amiga. La noche en vela me había pasado la cuenta. —¡Mimí! Apúrate, que debo ir al hangar del Centro de Investigación por unos encargos. —confesó y me pareció que era más por su amiga que por un asunto de la Cocina principal.
—Ya voy. —dije mientras me levantaba de la tierra mojada y me encaminaba hacia la cocina, ignorando cuánto tiempo había dormido a la intemperie.
—Mimí, alguien está esperándote en el comedor. —mi asistente me miraba con picardía mientras revolvía una sopa que estaba dentro del menú del día y sólo levanté una ceja al encontrar incoherente su comentario. Todavía me sentía aturdida al despertar de golpe. —Parece que causaste sensación dentro del Centro de al lado.
—¿De qué hablas? —me fastidió su tono y me dirigí a la ventanilla en donde usualmente Davis y yo espiábamos a nuestros invitados, y mi sorpresa fue máxima cuando vi al científico pelirrojo parado en una esquina con jefe médico del Centro, Joe. Estaba sin su bata de trabajo y estaba erguido con sus manos resguardadas en un pantalón bien bonito. —¡Koushiro!
—Recuerdo ese nombre. —pensó en voz alta mi asistente, arrojándole especias a la sopa y mirando hacia arriba en forma pensativa. Quizás, anoche cuando me comuniqué con él, la oficina principal habría dicho por el transmisor que Koushiro Izumi, del departamento de Física, quería comunicarse urgentemente con él; pero como Davis todavía vagaba en sueños, ese recuerdo pasó a ser simplemente un sueño más.
—¿Hablaste con él? —dije de pronto, sólo para que no recordara más de lo que ya hacía.
—Claro, vino para acá preguntando por ti, pero como no quise que te viera en esa posición poco profesional, le dije que estabas haciendo unos encargos y que luego te presentarías para el almuerzo. Aunque, no sé cómo explicarías salir de la cocina si supuestamente estabas afuera. —tenía razón, pero ya inventaré algo. Tomé una olla del estante y busqué mi reflejo para arreglar todo rastro de tierra pegada o maquillaje corrido.
—¿Cómo me veo? —pregunté finalmente, lo que le causó risa explosiva. Se sacó el delantal y lo colgó en su debido lugar. —¿Dónde vas?
—En primer lugar, te ves igual que todos los días. —dijo en un tono simpático. —Y en segundo, ya te dije que debo salir a hacer unos encargos. Me cuentas más tarde cómo te fue.
—No me puedes dejar. —suspiré aterrada pero no tenía moral alguna, lo dejé abandonado casi todo un día, y tan gentil como es, me preparó en primer plato sin que se lo pidiese.
—Debo irme. —dijo finalmente y abrió la puerta para salir. El movimiento de la cocina alertó al científico en el comedor, y fijó su vista a lo poco que la puerta le dejó ver antes de que volviera a cerrarse: a mí. Su expresión me indicó curiosidad y yo salí para satisfacerle respuestas. No tenías nada más que hacer, ya me había descubierto.
—Disculpa. —se excusó y se encaminó hacia mí. Me sentí un tanto cohibida, y alterada, vi el sobre que seguía en mis manos, y rápidamente lo oculté en uno de mis bolsillos del delantal que usaba de distintivo. Como si el científico representara una amenaza al recuerdo del rubio. —Pensé que estabas con unos encargos, no te vi pasar directo a la cocina. —habló directamente por curiosidad y yo me reí.
—Debe ser que nosotros tenemos oculto un agujero de gusano en la cocina. —bromeé y causó efecto inmediato. —Debo irme, no comerás en el horario indicado si no vuelvo a trabajar.
Me despedí y entré nuevamente a la cocina.
Despaché a las camareras con el segundo plato, estaba más que acalorada con el fogón encendido cocinando lo que sería una exquisitez de postre. Extrañada por la ausencia prolongada de Palmon, espié la huerta en busca de señales de ella, pero nada en el paisaje cambió desde que había despertado. Suspiré y desganada volví de mi pequeño descanso estando pendiente en la huerta.
Un estruendoso sonido me alertó, parecía como una explosión lejana, proveniente del lugar más alto de la torre del Centro de Comandos. Sujeté la olla con el postre caliente con la esperanza de que sólo haya sido un pequeño desperfecto eléctrico o algo incluso menor; quizás otra tormenta de arena. Segundos más tarde, el horrible sonido se volvió a repetir, esta vez con todas las instalaciones moviéndose como un flan dulce. El postre se derramó en el sueño y todos los utensilios y loza comenzó a caerse de los estantes de arriba.
Grité asustada y corrí a tropezones hasta la puerta que daba hasta la huerta con las manos sobre la cabeza para que ningún objeto me golpeara fuerte.
No pensaba en qué era lo que podría estar ocurriendo, ni cuál era la mejor opción en un situación tan inusual como la que estaba viviendo; no pensé si era mejor quedarme dentro del edificio desmoronándose o ir afuera y encontrarme con lo que lo estaba ocasionando. Lo que vi afuera fue aún más espeluznante: una gran nube de humo cubriéndolo todo, con una figura gigantesca que parecía la responsable del caos habitando la nube.
Comencé a ahogarme con todo el humo y la ceniza, por lo que empecé a gatear por la tierra húmeda buscando equilibrio en el suelo convulsionante con mis cuatro extremidades y un poco de aire limpio.
Del techado del edificio, se desprendió una enorme viga y pensé que sería lo último que vería.
—¡Mimí! —oí decir a la lejanía y desperté por segunda vez con mi cara sobre la tierra. Escupí algunos granos que se metieron dentro de mi boca y con mis manos obligué a mi cuerpo a erguirse, no estaba segura en qué condiciones me encontraba, por lo que traté de enfocar algo a mi alrededor que me lo indicara. Las cenizas seguían cayendo, pero con menor intensidad y se podía sentir el fuego apagándose a la distancia.
—Mimí. —volví a escuchar que me llamaban, pero ésta vez reconocí a la pequeña voz gangosa de la que parecía ser Palmon a mi lado.
—¿Palmon? —articulé casi en susurro y como respuesta recibí una cálida risita proveniente de la plantita animada. Aclaré mi garganta y volví a llamarla por su nombre, pero sólo oí a sus pequeños pies alejarse a paso rápido y escurridizo. —¿Qué sucede?
—Mimí. —llamó una voz masculina y aventó un trozo de aluminio que otrora recubría el techo del edificio y que ahora reposaba sobre mí. La intensidad de la luz me frió los ojos acostumbrados a la sombra que antes, el pedazo metálico, me proporcionó. El pelirrojo me sonrió y Joe corrió hasta nuestro encuentro. Ambos estaban cubiertos de escombro y cenizas.
—Qué sientes. —comenzó el médico y examinó mis pupilas en busca de mi conciencia. —¿Sientes algún malestar?
—Mi cabeza. —dije simplemente y él sólo asintió con la cabeza, apretando distintos puntos sensibles de mi cuerpo para verificar mis reflejos. —¿Qué sucedió?
—Todavía no lo sabemos. —expresó el científico. —Empezó a desmoronarse todo y salimos por la puerta de emergencia, pero no sabemos si alguien más alcanzó a salir. Creo que ha sido un mal día para visitar el Centro de Comandos.
—Creo que sí. —respondí y Joe me ayudó a levantarme con delicadeza, ofreciéndome su brazo para sujetarme mientras la movilidad volvía a mi cuerpo. Observé por primera vez la magnitud de la destrucción y quedé muda del impacto. No entendía cómo alguien pudo salir ileso desde tanto escombro. —¿Qué se supone que debamos hacer?
—Esperar, las fuerzas armadas deben estar en camino. —opinó el médico, quien en un intento de buscar mi bienestar, me ayudó a sentarme sobre un gran pedazo de edificio que había caído sobre la huerta.
—No podemos quedarnos aquí, cualquiera sea la cosa que destruyó el Centro podría volver en cualquier momento, o incluso estar más cerca de lo que creemos. —reclamé contrariada. —Deberíamos ir a ver si hay algún transbordador intacto e ir al Centro de Investigación enseguida.
—Mimí, Joe tiene razón. Quizás vengan por algunos sobrevivientes. Podríamos esperar unas horas, y si no vienen, caminaremos. —resolvió Izzy, hincándose a un lado de mí, como si supiera que estaba a punto de reventar en gritos y lágrimas, y así hacerme entrar en razón.
—No quiero caminar. —dije desganada, y miré hacia otro lado para intentar tragarme las lágrimas que amenazaban por salir. —Quiero irme a casa.
—Y nos iremos, pero, por ahora, deberíamos ver si hay alguien por aquí que necesite de nuestra ayuda. —y dicho esto, se levantó y comenzó a recorrer el lugar con extrema cautela. Quedé muda, comencé a remover el polvo de mis mangas para mantenerme ocupada en algo, puesto a que no podía dejar de tiritar ni de sollozar.
—Oye, Joe. —llamé en voz baja al médico encargado. —Deberíamos ir a ayudarlo, no creo que seamos sólo tres personas en todo el Centro que salieron ilesas.
—Entendido. —dijo él, estaba tanto o más bloqueado que yo.
Caminé en círculos por más de media hora, estaba de brazos cruzados y removía el polvo y las cenizas con un sólo pie. Pensaba en lo suertudo que era Davis en ese momento, se le había ocurrido la excelente idea de ir al Centro de Investigación una hora antes del incidente, y seguramente no estaba muy entendido del tema. Quizás pensaba en volver y ayudarme con la cena, además de preguntarme por el científico que había ido a verme ese día.
Con ese pensamiento, miré al pelirrojo que estaba a unos cuantos metros más allá. Daba las mismas vueltas que yo, pero más rápido; se podía decir que era más maniático y obsesivo con las cosas que se proponía.
—Oye, Izzy. —dije pero no pareció oírme, reiteré el llamado y fue entonces cuando se sobresaltó y se volteó a verme. —Qué será de nosotros en la noche. Sé que falta mucho para eso, pero me da miedo pensar en que vengan más de esas cosas.
—Si quieres podemos subir a la copa de un árbol y pasar allí la noche. La mayoría de éstos animales reptan, por lo que es lo más probable que, si vienen, sea por tierra. —estudió todas las posibilidades y me dio una respuesta concisa y precisa, miré al médico que todavía no se recuperaba del impacto sufrido y, con mis divagaciones mentales, preferí estar dando vueltas más cerca del pelirrojo. —¿Te parece?
—Claro. —respondí, y me acerqué sutilmente al pelirrojo. —¿Estás seguro de que vendrán a buscarnos?
—¡Koushiro, Mimí! Vengan rápido. —exclamó Joe, y me sobresalté, temerosa de correr por lo sólo caminé a paso acelerado.
—Qué sucede. —dije al momento en que quedé detrás de ellos, que estaban mirando algo que parecía moverse a una considerable distancia. Contuve el aliento y esperé a que las siluetas se dibujaran con mayor nitidez. —Vienen por nosotros. —comenté en susurros, claro que no me refería en las fuerzas armadas que Joe tanto confiaba. —Deberíamos escondernos.
—Aguarda, Mimí. Todavía no estamos seguros. —replicó Izzy, concentrado en las siluetas que lentamente no nos aproximaban.
—¿Y lo estaremos cuando nos vean? —rompí en la histeria. Y ahogué al médico conmigo.
—Izzy, Mimí tiene un punto.
—Ya los vimos, ahora vámonos, por favor. —supliqué y jalé de su manga en dirección opuesta. El pelirrojo analizó nuestros rostros de espanto y les dedicó una última miraba a las siluetas que teníamos en frente, la histeria colectiva era bastante contagiosa.
—Esperen. —dijo de pronto, ofreciéndome resistencia a mi insistente urgencia a abandonar el lugar y buscar un árbol muy, muy grande. —Son personas.
—¿Qué? —comenté dudosa al unísono con el médico, y me dediqué a afinar la vista y el oído. Una de las siluetas tenía los brazos extendidos y nos hacía señas mientras gritaba para que notáramos su presencia. La otra figura se mantenía estática a su lado.
—¡Oigan! —alcancé a identificar, sonaba como una mujer.
—Vamos. —dijo simplemente el médico y nos echamos a correr hacia las siluetas. Posiblemente tenían alguna respuesta o un transbordador. Quizás, hasta formaban parte de las fuerzas armadas que venían a rescatarnos.
Ambos llegaron más rápido que yo, y antes de toparme con las siluetas, me detuve y comencé a paso lento a caminar mientras recuperaba el aliento. Joe estaba sudando copiosamente e Izzy tampoco tenía la mejor condición física.
—Qué suerte encontrarlos. —indicó la chica, que más tarde reconocí como el holograma. —Siento no poder ir hacia ustedes, pero como verán, Tk ha sufrido una complicación en la pierna, podemos caminar a ratos. —siguió informando, y comprobé que el chico rubio estaba apoyado en un escombro mientras ella hablaba, con su pierna extendida por su adolorido estado, él era la silueta inmóvil.
—Déjame ver. —ordenó amablemente el médico encargado.
—Seguro. —replicó amablemente el escritor y lo ayudo a arremangar el pantalón para que éste le diera un mejor vistazo. Curiosa, me arrimé a ver lo qué le había sucedido, y vi lo que tenía: su pierna estaba completamente morada, pero no venía ninguna fractura expuesta que me hiciera gritar.
—No es tan grave como creía, sólo necesitamos desinfectar la herida. —y le dio una vista panorámica al lugar, suspirando finalmente, puesto a que el escenario no era el más alentador de todos. —Necesitaremos un poco de agua hervida al menos.
—Cerca de la huerta teníamos un depósito para regar los frutos. —dije como si fuera la enfermera de turno.
—Perfecto. —dijo el enfermo y sonrió. Kari tomó lugar a su lado y le acarició el hombro; no podía haber más gente optimista que ellos. Tk la miró. —Te dije que estaría todo bien.
—Siento haberme desesperado. —replicó ella y quedé muda, no la imaginaba en ese estado. Joe me distrajo otra vez.
—Mimí, anda a buscar el agua. La necesitamos urgente.
—Pero no quiero ir sola. Qué pasa si vuelve esa cosa.
—No irás sola, yo te acompañaré. —intervino el pelirrojo y tuve la sensación de que me sonrojaría. Miré hacia la huerta y quise ver si Palmon seguía deambulando la huerta o si estaba en el bosque observando, sabía que no se me acercaría con tanta gente a mí alrededor. —¿Vamos?
—Sí. —afirmé, y nos devolvimos por sobre nuestros pasos en silencio. Él iba con ambas manos en los bolsillos y yo tenía la vista clavada en el suelo. —Siento haberte invitado a venir. Ahora estás atrapado aquí.
—Tenía que venir de todos modos. —explicó y aclaró la garganta seca a causa de todo el polvo y las cenizas suspendidos en el aire. —Lo que siento es haber venido cuando Tai y Matt están en el Centro de Investigación justo hoy. Ellos saben qué hacer en estas situaciones.
—Seguramente ya vienen en camino. —intenté replicar el optimismo embriagante de la hermana menor de Tai, pero realmente no era de ese tipo de personas.
—Seguramente.
—Maldición. —dije simplemente, e Izzy se me acercó con la duda. Indiqué con un dedo alzado donde se encontró alguna vez el gran depósito de agua y que ahora estaba reducido a la nada. —No tendremos agua.
—Debe haber en otro lado. —comentó para sí, pero yo ya no tenía ninguna pizca de optimismo y fui a lo que fue el depósito rebosante en agua fresca. Tanto caminar, el ambiente caliente a causa de las explosiones y el fuego, además de las cenizas, me tenían sedienta. Para colmo, si no moríamos de sed, moriríamos por criaturas alienígenas.
—Podemos buscar tubérculos en la tierra, tiene bastante agua en su interior. —expuse como sugerencia, y sin esperar a que me respondiera, con un trozo de aluminio puntiagudo proveniente del techado, comencé a escarbar tal cual lo hacía Davis.
—Pero faltará agua para la herida de Tk. —murmuró, y caminó por la huerta. —¿Cómo decías que regaban?
—Con cañerías. Están por toda la huerta. —respondí y me levanté limpiándome las manos de tierra húmeda. Izzy no dejaba de sorprenderme, había empezado a desenterrar una cañería y de ella salió un chorro pequeño de agua. —¡Buscaré un recipiente!
Corrí hasta lo que fue la cocina principal del Centro, y tiré escombros pequeños y techumbre pequeña que me impedía el paso hacia el interior. Ollas y otros recipientes de metal probablemente habrían sobrevivido al remesón.
A medida que me acercaba, un intenso olor al gas de la estufa me golpeó la nariz, y con el temor de que con una chispa todo lo que quedaba fuera envuelto por las llamas, gateé lo más rápido que puse por una olla que resplandecía anunciando su presencia. Estiré uno de mis brazos y con la punta de los dedos rosé su superficie, pero con eso no la podía alcanzar. Traté de seguir estirando mis extremidades, contorsionando mi cuerpo para conseguirlo.
—Mimí. —me llamaron desde más al interior, y de la impresión grité y quise levantarme para salir corriendo, pero sólo logré golpearme fuertemente la cabeza. —Mimí. —llamó una vez más, y reparé en lo gangosa y femenina que era.
—¿Palmon? —respondí, y la planta asomó su cabeza florida en la cocina, a un lado de la olla. Reí ante mi suerte. —Palmon, alcánzame esa olla. —pero mi querida amiga todavía no entendía el idioma con el que me desenvolvía.
—Mimí. —replicó contenta, dispuesta a escalar por los escombros para llegar hacia mí. Seguramente se había escondido en la cocina esperándome, puesto a que sólo yo entraba a esas dependencias.
—¡No!, Palmon, necesito que me des la olla, después puedes venir conmigo. —gesticulé para que me llegara a entender mejor, pero para mi suerte, la planta animada se asustó y se escondió nuevamente detrás de los escombros. —Palmon, ven, Mimí necesita la olla.
—¿Olla? —y tomó una pequeña piedra a un lado de la olla y me la mostró. Le di una negativa y tomó la olla que necesitaba, con lo que me contenté y extendí mis brazos para que corriera a darme un abrazo. Así lo hizo, y ahora tenía la interrogante de qué hacer con la pequeña planta sin que el científico se asustara.
—Mimí, ¿estás bien? Te escuché gritar. —oí Izzy hablarme desde afuera. Palmon puso mala cara y se arrimó a mi espalda para permanecer oculta por un tiempo.
—Estoy bien, pensé que había visto algo. —repliqué e intenté que la poseedora de la voz gangosa no se escapara hacia dentro de las destruidas instalaciones tomándola de uno de sus pequeños pies. —Izzy, ayúdame a salir.
—Sí. —dijo y me tomó la mano que extendí para que me impulsara a salir al exterior. Palmon se escabulló hacia el interior al momento que lo vio. —¿Qué fue eso? —murmuró extrañado.
—Qué. —intenté sonar serena y desentendida, si Palmon se sentía incómoda por la compañía de humanos desconocidos, no podía obligarla a quedarse, lo que me complicaba era que se encontrara en la cocina con intenso olor a gas. Por lo tanto, lo mejor era desaparecer de allí para que la plantita nos siguiera de lejos.
—Había algo en tu espalda.
—Claro que no, y no me asustes. Busquemos el agua y salgamos rápido de aquí.
—¿Y tus tubérculos? —murmuró, aún con la imagen de algo en mi espalda grabada en la cabeza.
—Debe haber más en el bosque. —y sin decir más, me dirigí a recolectar el agua que aún estaba en las cañerías.
Ambos caminamos con la olla a cuestas, cada uno la tomaba de una oreja para repartir el peso del agua entre los dos. Pude observar el sol poniéndose y me urgió llegar lo más rápido posible para buscar un lugar más alto para pasar la noche.
Tk se veía acalorado y Kari estaba secándole la frente perlada con una de sus largas mangas. Joe dormitaba un poco apoyando la cabeza en un desnivel que hacía una suerte de almohadón.
—Llegaron. —expresó la hermana de Tai, y nos recibió contenta con los brazos extendidos. Izzy y yo dejamos la olla con agua en el suelo y dejé que la chica cándida me abrazara, y luego lo repitió con el pelirrojo.
—Estoy agotada. —confesé y me dediqué a seleccionar al árbol más cercano que tuviera una altura aceptable. Empezaba a pensar que los de las fuerzas armadas ya no vendrían, puesto a que esa estación también estaba completamente destruida. Y quedaríamos para siempre, varados en este bosque sin fin.
—Es hora de subir. —dijo el científico, pudiendo leer mi expresión corporal.
—¿Subir? —replicó la Yagami, dispuesta a limpiar la herida de su amigo, el escritor. —Debemos quedarnos aquí, sé que mi hermano está en camino.
—Kari, debemos subir, es más seguro estar arriba por la noche. —explicó Izzy a lo que el médico lo secundó.
—Escúchalos, debemos ir. —y finalmente la logró convencer su eterno acompañante. —Mañana bajaremos y estaremos visibles otra vez para las naves que sé que llegarán.
Mmm, me gusta historia, no me canso de decirlo D:
