Saludos! ^^
Sin excusas òwoU se me olvidó seguir traspasando este fic del cuaderno al PC, y ahora que estoy atorada en mi otro fic, tengo la esperanza de que transcribiendo algunos fics viejos al Word me ayude a recuperar un poco la vena digi-literaria (?) Seguiré traspasando este hasta acabar, y los publicaré de inmediato. Ha. Mil disculpas xD
Sigamos torturando a OuRyuumon en los siguientes capítulos òwo
Pero ¿qué pasó anoche?
4.- Hasta las 10 de la noche.
El miedo se convirtió en una oscura parodia que amenazaba con aplastarlo. A él y a sus seiscientos años de honor, gloria, dignidad y bravura. Su vida comenzó a mostrársele como series de imágenes que giraban horriblemente a su alrededor, y se iban desintegrando lentamente para dejar únicamente esa escena en donde estaban esos dos digimons. Gaiomon y él. Siquiera en alguna de esas imágenes hubiera aparecido lo del día anterior, pero era como un trozo faltante en la larga película de su existencia. Y todo se reducía al intermedio entre ayer y hoy. ¿Cómo era posible todo aquello?
Se aferró la cara con los ojos fijos en ninguna parte. ¿Qué dirían Omegamon, el resto de los Caballeros y los demás Generales? ¿Cómo era posible que toda una vida llena de gloria y dicha se viera opacada y destruida por una noche que no podía recordar? Su atención regresó a él y se posó sobre el digimon negro, quien con una espada apoyada en su hombro, aguardaba. OuRyuumon se quedó pensando. ¿Cómo pudo haber intentado hacerse amigo de ese demente, sanguinario y manipulador? ¿De quién diablos había sido la idea?
Omegamon… ¡Ah! Se golpeó la frente, controlando su desesperación. Miró al otro a los ojos, esos duros ojos de mirada tan difícil de sostener. Dicen que los ojos son la ventana del alma…pues de ser así este tenía alma fría y dura como el acero. Miró en otra dirección sintiendo el peso de los ojos del virus. No había alcanzado a notar si le mentía y se estaba burlando de nuevo…o estaba hablando en serio. Retuvo aire y lo dejó salir todo de una vez.
—Vas a arruinarme, ¿sabes?—dijo, derrotado.
El otro sonrió.
—No tiene razón para decir eso.
— ¡Sabes que sí!
—Los demás le dirán lo mismo que yo—dijo simplemente y encogiéndose de hombros.
¡Los demás! OuRyuumon tartamudeó varios segundos antes de poder articular algo.
— ¡N-no no puedes decírselos!—exclamó batiendo los brazos.
— ¿A no?—preguntó el virus extrañado.
— ¡NO!
—No veo porqué no. Su demostración ayer fue genial. Quedé impresionado. —dijo sonriendo.
OuRyuumon sintió que enrojecía. No sabía si había sido por vergüenza, rabia o la intención del comentario, la cosa es que le ardía la cara. Gaiomon apuntó esto mentalmente y volvió a hablar.
—Supongo que si recordara lo de ayer, no le molestaría tanto que se lo contara a los demás.
—…Sí…—o por lo menos podría inventar algo o cambiar la versión de la historia.
—Hm—exclamó el otro, sacando la otra espada del suelo, y volviendo con su silencio, más tensa la situación para el dragón dorado.
OuRyuumon decidió que tendría que arriesgar y jugárselo todo si quería salvar su reputación.
— ¿Podrías…por favor decirme qué pasó?—pidió, cerrando los ojos y puños.
Gaiomon rió para sí. Realmente podía considerársele un sádico en cuanto a torturar y hacer sufrir a los otros emocional y psicológicamente… ¡pero era tan divertido! Y con ese dragón lo era mil veces más. Decidió darle una oportunidad y así alargar el juego, viéndolo cocinarse lentamente en su propia salsa de dudas y preocupación.
— ¿Por qué no lo averigua usted mismo General?—le preguntó como si nada—Varios aquí sabían que estaríamos en la inauguración del barrio chino digital. Tal vez alguien pueda refrescarle la memoria.
OuRyuumon se tragó otro rugido y exclamó exasperado, levantando los brazos.
— ¡Qué demonios te cuesta decirme, odioso digimon!
Gaiomon se recargó en una de sus armas y sonrió deliciosa y cruelmente.
—Ayer antes de jugar me dijo que le gustaban las cosas difíciles.
El dragón lanzó otro rugido al aire, echando fuego y maldiciones, y antes de volverse para marchar, le gritó al otro, sonrojado y enfurecido.
—¡Resolveré esto y tú vas a pagármela muy caro!
Gaiomon abrió expresivamente los ojos y la boca.
—¡De nuevo!—exclamó con fingida indignación.
Esto volvió a arrancar otro rugido de exasperación en OuRyuumon, quien hirviendo, se alejó de allí.
— ¡Diez de la noche General!—le despidió el virus desde atrás.
Cuando se quedó finalmente solo, Gaiomon rió por lo bajo. La suave risa se convirtió luego en una carcajada, y poco a poco su cuerpo comenzó a doblarse mientras su diabólica y oscura risa resonaba en el jardín, haciendo eco en los árboles y congelándole la espina a quien alcanzara a escucharla.
Continuará...
