Adaptación de novela
Autora original: Deborah Releigh. Derechos reservados©
Titulo de la obra: Some Like It Brazen
Sin fines de lucro
Capitulo 4
Por primera vez desde su llegada a Londres, Edward se levantó de la cama con un sentimiento de expectativa.
Podía atribuir su ansiedad por empezar el día al maravilloso sol primaveral que ingresaba por su ventana, o a su misericordioso valet, que le había infligido apenas unas pocas heridas mientras lo lavaba, afeitaba y luchaba por hacerlo caber dentro de los estrechos pantalones y una chaqueta azul. O incluso al café caliente que su cocinero se había por fin decidido incluir en la bandeja de desayuno, en vez del insípido té que él detestaba.
Por desgracia, nunca había sido capaz de esconderse de la verdad.
Por más agradables que encontrase al sol y al café y la falta de heridas, ninguna de esas cosas constituía la razón por la cual estaba canturreando en voz baja.
Canturreando, por el amor de Dios. Un hombre en sus cabales volvería a meterse en la cama y se cubriría con las mantas hasta la cabeza. Canturrear no era nada bueno. En especial no después de una noche llena de los más deliciosos sueños acerca de una muchacha con cabellos rubios y los labios más deliciosos de toda Inglaterra.
En cambio, con toda docilidad dejó que Rick se afanara a gusto con el ridículo nudo de su corbata. Ni siquiera intentó huir cuando su sirviente fue interrumpido por un discreto golpecito a la puerta.
Hubo un suave murmullo mientras un mensajero uniformado le pasaba un mensaje a Rick. De regreso a su interrumpida obra de arte, el valet descubrió la mirada intrigada de Edward en el espejo.
—Parece que lord Hugues ha venido, milord.
—¿A esta hora? —preguntó con una mueca.
Ya había soportado un severo sermón de su amigo cuando regreso al salón de baile la noche anterior. Era evidente que todo el mundo había advertido que había pasado unos minutos a solas con lady Winry, y Hugues no perdió tiempo en asegurarle que solo el más torpe de los inútiles desearía enemistarse con el poderoso duque de Lockharte.
Una sabia advertencia, sin duda. Pero Edward no estaba con ánimo de ser razonable. Lady Winrylo había fascinado de una manera inexplicable. Y, mientras su instinto le decía que ella estaba por completo fuera de su alcance, él no podía obligarse a sacársela de la cabeza. No después de los besos compartidos.
—¿Señor? —le insistió su sirviente, mientras Edward estaba perdido en sus pensamientos.
—Oh, por todos los diablos, dígale... dígale que me atacó una jauría de perros salvajes y que estoy al borde de la muerte.
El rostro delgado y avinagrado permaneció impertérrito mientras levantaba una ceja en un gesto de desdén.
—¿Perros, milord?
—¿Cree que sería mejor decir piratas?
—Mucho más distinguido.
Edward lo consideró por unos instantes.
—Sí, pero con seguridad un caballero bien entrenado no debería ser vencido por unos rufianes.
—Usted estaba rescatando a una doncella indefensa y por lo tanto no tenía libertad para arrojarse en la contienda por no herir su delicada sensibilidad.
—Mmmh, un toque interesante.
Rick le hizo un gesto de asentimiento mientras retorcía la tela de la corbata en un nudo perfecto.
—Puede confiar en mí.
—Maldición —gruñó Edward mientras luchaba por respirar—. Si en realidad quiere acabar conmigo, Rick, sería mucho menos doloroso que me cortara la garganta con una navaja.
—No soporto ver sangre, señor.
—¿Y una lenta tortura es algo mucho más satisfactorio?
Rick le hizo una reverencia.
—En efecto.
—Maldición —poniéndose de pie, hizo deslizar por su dedo la pesada sortija de sello que había heredado junto con su título, igualmente pesado—, supongo que también puede hacer subir a Maes, aunque insista en que primero abandone su bastón. Ya es bastante molesto ser golpeado por su ridículo abanico, no quiero ser castigado con un bastón.
—Haré lo que pueda.
Deslizándose fuera de la habitación con su silencioso aire de superioridad, Rick dejó la puerta abierta, y en unos instantes hizo su aparición el esbelto Maes, con su extravagante atuendo.
—Edward, mi muy querido amigo —ronroneó el noble, mientras le hacía una profunda reverencia.
El conde no pudo evitar una sonrisa de simpatía. Por más diferentes que fueran, consideraba a ese zorro uno de sus mejores amigos.
—Buenos días, Maes —se acercó a la bandeja del desayuno—. ¿Café?
—Demonios, no. —Con un escalofrío Maes extrajo una botella de su chaqueta para tomar un trago de un brandy sin duda excelente—.Ya es lo bastante espantoso andar levantado a esta insípida hora de la mañana para tener además que ingerir algo tan parecido al alquitrán.
—¿Y puedo preguntarte qué es lo que te tiene levantado a una hora tan insípida?
—Tú, por supuesto. Quiero asegurarme de que no intentarás cometer ninguna tontería.
—¿Por "tontería" te refieres a correr desnudo por Hyde Park? ¿O quizás, horror de horrores, a manchar el lustre de mis botas?
La puntiaguda nariz se frunció con enojo.
—Me refiero a que permitas que tu breve encuentro con la Princesa de Hielo te lleve a intentar nadar en aguas demasiado peligrosas.
Edward descubrió que su mandíbula se ponía rígida.
—¿Supongo que te refieres a lady Winry?
Lord Hugues se acercó unos pasos, con una expresión severa.
—Escucha, Edward, seré el primero en admitir que posee una extraña belleza y el suficiente encanto para que el más empedernido seductor arroje su corazón a sus pies. Pero ella también ha resultado ser una consumada coqueta que ha dedicado cuatro temporadas a seducir a hombres sensibles y después dejarlos de lado cuando se aburre de ellos.
Edward consideró con atención la advertencia. Nada raro en él: no era un caballero proclive a sacar conclusiones apresuradas o tomar decisiones en un abrir y cerrar de ojos. Había quienes pensaban, por supuesto, que su hábito de considerar con parsimonia las cosas era un signo de falta de rapidez mental, pero a él no le importaba. Ser poco estimado le aseguraba una ventaja.
—¿Piensas que es una femme fatale?
—De primera clase.
—¿Y crees que desea romperme el corazón?
—Solo si eres lo bastante ingenuo como para permitírselo —repuso tajante. Evidentemente condenaba a cualquiera que fuera capaz de portarse de una manera tan estúpida—. Sigue mi consejo y evita a lady Winry como a la peste. Muchas jóvenes que debutan en sociedad estarían felices de convertirse en condesas y han sido educadas para hacer de su hogar en un remanso de paz y de armonía.
—¿Y eso es todo lo que esperas de una esposa, Maes? ¿Paz y armonía? —preguntó con malicia. Ambos sabían que paz y armonía no eran palabras que se le pudieran aplicar a lady Gracia Hugues.
—Quizá no —concedió de mala gana—. De todos modos, no quiero verte herido, viejo amigo.
Edward tironeó de su corbata.
—Si eso fuera cierto, nunca habrías contratado un valet que está firmemente decidido a estrangularme poco a poco hasta mi muerte.
—Edward...
—Perdóname, Maes —posó su mano sobre el hombro de su amigo—. Debes saber que aprecio mucho todo lo que has hecho por mí.
—¿Y tendrás en cuenta mi advertencia?
El conde vaciló un instante antes de alzarse de hombros. Él sabía mejor que nadie que las apariencias podían ser engañosas. Fuera cual fuere la opinión de Maes, sospechaba que lady Winry era algo más que una coqueta sin corazón. Al menos, eso era lo que él esperaba. Y había una sola manera de descubrir la verdad.
—Estoy dispuesto a aceptar tus consejos en materia de etiqueta, moda y convenciones sociales, Maes . Representan, por supuesto, un total misterio para mí. En cuestiones de política o asuntos de mujeres, en cambio, debo seguir mis propias inclinaciones.
—¿Aunque te conduzcan al desastre?
—Una vida sin riesgos no vale la pena ser vivida.
—Cielos, si no vas a escucharme, te abandono a tu destino —se estremeció Maes—. Es demasiado temprano para tanta insensatez.
Edward rió entre dientes.
—Tal vez es que no soportas estar demasiado tiempo lejos de tu mujer.
En sus delgadas facciones se dibujó una expresión traviesa.
—Sabes, todavía no es tarde para que te encargue un corsé.
—Maldito.
Edward dio un paso hacia atrás y señaló la puerta.
—Vete a fastidiar a la pobre Gracia.
Maes se dirigió de inmediato hacia la puerta, aunque no pudo resistir echar una mirada por encima de su hombro.
—Mantente lejos de lady Winry, te lo advierto. No te traerá más que problemas.
Edward le sonrió inexpresivo. Tenía toda la intención de mantenerse apartado de lady Winry. Al menos por el momento. Sencillamente no era conveniente ir a visitarla fuera del horario adecuado.
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A pesar de su intención de quedarse en la cama todo el día, Winryse levanto al amanecer.
Siempre había sido una persona con un exceso de energía. Un defecto que con tediosa regularidad le señalaban su madre, su institutriz, su profesor de piano y sus más queridas amigas. La idea de dedicar el día retozar entre las sábanas en un gesto de espléndida melancolía le parecía pésima.
No, era mucho mejor estar ocupada. Quedarse rumiando sus propias iras solo la conduciría a otro desastre. Y desde la noche anterior ya contaba con una montaña de desastres.
Desastres para una semana entera.
Por desgracia, apenas terminó de disfrutar de su desayuno y le permitió a su doncella ataviarla con un vestido de muselina de un claro color damasco y arreglarle los cabellosen un prolijo rodete, se sintió perdida. Había, por cierto, una buena cantidad de actividades que podrían despertar su interés: una visita a la modista, un desayuno con lady Marrow, una momia egipcia que estaba exhibiéndose en el museo, una reunión de caridad para ayudar a los soldados heridos que regresaban de la guerra, y unas cuantas amigas que estarían encantadas de recibir su visita.
En circunstancias normales, cualquiera de esas posibilidades hubiera atraído su interés. Esta mañana, sin embargo, rechazaba las invitaciones de ribete dorado con un suspiro de frustración. Jugando con el medallón de plata que colgaba de su cuello, advirtió que deseaba algo que la distrajera mucho más. Algo...
Con exquisita sincronización, se abrió la puerta de su cuarto y la doncella del piso inferior entró corriendo; el delantal con borde de encaje revoloteaba a su alrededor. Poniéndose de pie, Winry la observó levantando una ceja.
—¿Qué pasa, Molly?
—Por Dios, lady Winry, debe bajar y verlo por sí misma.
—¿Ver qué cosa?
—Ay, nadie recibió jamás flores tan hermosas —suspiró, casi sin aliento, mientras sus mejillas se encendían por la emoción—. Rosas, tulipanes y las margaritas más maravillosas. La casa está casi llena, y la puerta no deja de abrirse y cerrarse porque siguen llegando más.
El fugaz despertar del interés de Winry se disipó con rapidez. Después de cuatro temporadas, ya estaba acostumbrada a las parvas de flores que le llegaban por la mañana. Después de todo, eran más un tributo a la suerte de ser la hija de un duque que a sus propios encantos.
—Qué bien.
Sin inmutarse ante su falta de entusiasmo, la doncella unió las manos sobre el pecho.
—Y no solo flores. Hay media docena de cajas de mazapán del que tanto le gusta y el más magnífico abanico de marfil con cintas. Cielos, también había un precioso medallón con una miniatura de lord Cassel.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Winry. ¿Abanicos? ¿Medallones? ¿Qué demonios estaba sucediendo? Tenía que admitir que sonaba un poquito exagerado. Y solo podía haber un motivo para tan súbito desborde de admiración.
—Parece que mi padre no ha perdido el tiempo —murmuró en voz baja, comprendiendo que el duque había aprovechado su ausencia en el baile en su propio beneficio.
Oh, si todo debería haber sucedido con una exquisita discreción. Una palabra que se deja caer, una sonrisa cómplice. Para ese entonces toda la alta sociedad ya estaría enterada de que el duque de Lockharte había despreciado a lord Heidrich y que una vez más Winry estaba disponible en el mercado matrimonial.
Por todos los demonios.
—¿Cómo dice? —la interrogó Molly, frunciendo el ceño.
—Nada importante, Molly —controlando a duras penas su mal humor, se las arregló para esbozar una sonrisa forzada—. No necesito nada más por ahora.
—Oh, pero... —un súbito rubor cubrió su rostro redondo.
—¿Sí?
—¿No quiere que la espere en la sala? Sus admiradores ya empezaban a llegar, y no habría que dejarlos esperar demasiado.
—Por mí pueden esperar hasta el día del juicio. Pienso pasar la tarde leyendo.
—Pero usted no puede hacer eso —imploró la doncella, solo para morderse el labio ante el gesto de asombro de Winry—. Lo que quiero decir es que los caballeros están muy ansiosos por verla. Quedarán muy desilusionados si no pueden ni siquiera saludarla.
Sintió un escalofrío alarmante. Molly nunca hubiera insistido tanto sin un motivo. Un poderoso y molesto motivo ducal.
Su padre, maldición.
—Puedes informarle a Su Excelencia que no tengo la menor intención de bajar para ser adulada por una jauría de chacales socialmente famélicos —declaró con firmeza.
Los ojos de la doncella se abrieron espantados.
—¿No va a bajar?
Cuando comprendió que Molly temía enfrentarse con el duque y aceptar que no había podido convencer a la terca hija para que bajara a ver al tropel que la esperaba, Winry murmuró:
—Quizá sería mejor que hoy ayudes a la señora Felton en la cocina.
—Sí... oh, sí, muchas gracias —suspiró Molly aliviada.
—Ahora puedes retirarte.
Con una rápida inclinación de cabeza, la doncella salió y Winry se dirigió de muy mal humor a la ventana para contemplar el jardín.
¿Acaso su padre no tenía escrúpulos? ¿No se daba cuenta de que todavía tenía herido el corazón? Winry no deseaba la compañía de ningún caballero, menos todavía elegir a uno por esposo. A ninguno.
Sin embargo, la asaltó el recuerdo del hombre de la víspera, tan altivo y buen mozo. Sorprendida, se dio cuenta de que no había pensado en Alphonse cuando lord Harrington la tomó entre sus brazos y la besó. Su corazón pegó un brinco antes de que desechara el peligroso pensamiento.
No. No ahora. En ese momento, debía concentrarse en algún medio para evadirse de la horda de maridos en ciernes que llenaban la sala. Y mostrarle a su padre que no se dejaría manejar con tanta facilidad.
Winry se irguió con ímpetu, se puso un gracioso sombrero y envolvió sus hombros con un chal. Que su padre atendiese a las visitas. De todos modos, estaban allí solo para darle el gusto a él.
Abandonando sus aposentos, tomó la precaución de usar la escalera de la servidumbre para deslizarse fuera de la casa hasta el jardín. A pesar de sus actitudes desafiantes, no estaba con ánimo de tener otra discusión con su padre. No una que sin duda perdería.
Por fortuna la casa era lo bastante grande como para permitirle escabullirse sin problemas, y una vez en el jardín se dirigió directo hacia las caballerizas. Con su carruaje y su mozo de cuadra iría a visitar a su primo Alexander. El muy burlón sería la persona indicada para quitarle de la cabeza sus preocupaciones.
Presintiendo que su padre pronto vendría en su búsqueda, Winry se apartó del sendero y atravesó el jardín de rosas hacia el portón trasero.
Era una buena idea hasta que su huida apresurada se vio de pronto interrumpida de un modo abrupto cuando sus faldas se engancharon en la rama espinosa de un enorme rosal.
—Oh, malditos, desgraciados, condenados infiernos —exclamó mientras fulminaba con la mirada a la inocente planta—. Maldito rosal. —Sus palabras resonaron en el jardín silencioso, e inesperadamente se escuchó una risa sofocada proveniente del portón. Winry se quedó petrificada—. ¿Quién anda ahí? Preséntese, de inmediato.
Un instante después, una figura corpulenta y conocida cruzó el portón. Lord Harrington parecía aun más grande de lo que ella recordaba y asombrosamente buen mozo a la luz del día.
Contuvo el aliento. Él era tan... cielos, ¿cuál era la palabra? ¿Terrenal? ¿Masculino? ¿Viril? Su presencia llenaba la atmósfera con una fuerza casi tangible. Una fuerza que parecía envolverla con un cosquilleo de excitación en todo el cuerpo.
Muy alarmada por esa sensación desconocida, Winry se exigió no ponerse nerviosa bajo la divertida mirada de los ojos color avellana. Las hijas de los duques no se ponen nerviosas. Ni siquiera si tienen que enfrentar a un extraño que las estuvo besando hasta hacerles perder el sentido la noche anterior.
—¿Qué haces escondido en las caballerizas? —inquirió ella.
Un asombroso par de hoyuelos apareció en las comisuras de sus labios.
—En este momento, estaba admirando tu más bien colorido vocabulario —murmuró en un tono profundo y cálido—. No tenía idea de que las institutrices enseñaran ese lenguaje.
Contra su voluntad, Winry sonrió. La mayoría de los caballeros solían fingir que no escuchaban su poco elegante forma de maldecir o la reprobaban. Pocos, o más bien ninguno, la encontraban una fuente de diversión.
—Si quieres saberlo, mis institutrices siempre fueron mojigatas y gazmoñas. Fue el mozo de cuadra el que me enseñó las palabras más interesantes del idioma —explicó con coquetería.
—Entiendo —dio un paso acercándose a Winry, de modo que ella pudo percibir el aroma de su cálida piel varonil. Delicioso—. Debería haberlo adivinado. Hay cierta cadencia en la forma que tienen los mozos de cuadra de modular las frases que me gusta especialmente. Sin embargo, si te interesa un vocabulario de veras espectacular, debes pasar un tiempo con un marinero. Ellos saben maldecir en casi una docena de idiomas diferentes y hacen distintos gestos con las manos agregándoles a las expresiones un encanto peculiar.
—Lo tendré en cuenta —volvió a sonreír, un poco más relajada—. De todos modos, debo señalarte que será difícil que tenga la oportunidad de compartir mi tiempo con un marinero. Por cierto, no con uno que esté dispuesto a enseñarme a maldecir.
—Pues, si así lo deseas, me ofrezco para presentarte todos los marineros que quieras. Siempre me deleita ayudar a una hermosa muchacha.
—Una encantadora propuesta, pero me temo que no podré aceptarla.
Él rió entre dientes, lo que le produjo a Winry un inesperado escalofrío.
—Como gustes.
Winry se quedó unos instantes fascinada por su atractiva sonrisa, antes de sacudir la cabeza. Oh, por el amor de Dios. ¿Cómo demonios hacía este hombre para hacerla sentir tan a gusto? Ella debería estar intentando averiguar por qué se había deslizado en sus caballerizas como un vulgar ladrón, en vez de tratarlo como a un viejo y apreciado amigo. Intentando parecer lo más digna posible, teniendo en cuenta que estaba enganchada a un rosal, lo miró con expresión de desconfianza.
—Todavía no me dijiste qué estabas haciendo aquí.
—En verdad estaba a punto de llevarme mi carruaje cuando escuché tus... curiosas protestas —sonrió—. Parece que tu mayordomo ha hecho una excepción en mi caso y se ha negado a aceptar mi tarjeta de visita.
Winry parpadeó confusa.
—¿Harrison?
—¿Un sujeto delgado, narigón, con rostro de vinagre?
No había ninguna posibilidad de error. Era la descripción perfecta de su viejo mayordomo. De todos modos, no le encontraba sentido al asunto.
—Eso es absurdo. ¿Por qué iba a rechazarte?
—Bueno, tengo todas las garantías de que no se trata del corte de mi chaqueta o del brillo de mis botas —hizo una mueca—. Por lo tanto, solo puedo conjeturar que, o estaba convencido de que podía birlarles alguna pieza de plata, o tu padre le dijo que yo no era bienvenido en la mansión ducal.
Una aguda y dolorosa oleada de vergüenza la embargó mientras contemplaba su expresión inmutable. Él tenía todo el derecho a estar furioso por haber sido tratado con tanta grosería. Por el amor de Dios, ¡si él era un conde!, con un linaje impecable a pesar de sus humildes orígenes. Y lo que era más importante aún, parecía decente, algo muy raro encontrar entre los nobles. Por cierto, ninguno de los rufianes, los canallas y los decrépitos libertinos que de costumbre poblaban su sala podía hacer alarde de ello.
—Estoy empezando a sospechar que se ha vuelto por completo senil.
—¿Tu mayordomo?
—No, mi padre.
La miró divertido.
—¿Por qué? ¿Por qué no quiere que entables una relación con el campesino? No es el único.
El simple hecho de que pareciera tan indiferente ante la afrenta la hacía sentir aún peor.
—Antes nunca le había dado importancia a esas cosas.
—Entonces quizá Maes esté equivocado y el problema sí sea mi chaqueta —replicó con una leve sonrisa, e inclinándose de pronto para empezar a desenganchar la falda de las espinas que la retenían—. Puede ser que tu padre le tenga aversión a Weston.
Mientras Edward iba desenganchando la delicada tela, Winry observó sus fuertes manos bronceadas por el sol. Su corazón se sobresalto. Esas manos poderosas la habían estrechado en la oscuridad. Fuertes de una manera difícil de encontrar entre los nobles. Incluso en ese preciso momento podría jurar que conservaba la sensación placentera de sus caricias.
Resistió el impulso a abanicar sus mejillas ardientes y trató de distraerse.
—¿Te molesta?
—¿La estupidez de la alta sociedad?
—Tener un apodo tan ridículo.
Él levantó la cabeza. El sol resplandecía sobre los mechones de sus cabellos dorados.
—¿Por qué debería molestarme? Algunos de mis mejores amigos y las personas en quienes más confío son campesinos.
—Sí, pero...
—¿Pero no debería confesar que tengo esos vínculos? —apretó su mandíbula en un gesto de determinación—. Me temo que a mi edad, mi personalidad ya está formada y no podría fingir ser superior a lo que soy, aunque lo quisiera.
—Haría más fácil tu ingreso en la alta sociedad —acotó ella con gentileza.
—Es posible. Pero, aunque deseo poder soportar la vida en Londres y la estupidez de la moda, no puedo cambiar quien soy.
Winry no dejó de advertir la firmeza de su mentón, ni el tono incisivo de su voz. El conde de Harrington no carecía de orgullo.
—O eres demasiado terco como para hacerlo —murmuró.
Un instante después su expresión se distendió gracias a su sentido del humor.
—Touché, muchachita. —Una vez que hubo rescatado su falda de las espinas, el caballero se puso de pie—. Te expliqué las razones de mi presencia aquí. Ahora es tu turno.
—¿Mi turno?
Él dirigió una mirada intencional hacia la mansión.
—Sé muy bien que hay más de una docena de caballeros esperándote. ¿Por qué tratas de escapar?
Sus facciones se pusieron rígidas. Si él hubiera sido cualquier otra persona, nunca podría haberle confesado la verdad. En Londres no suelen ventilarse los secretos sórdidos de la familia. Pero había algo en su mirada que la incitaban a descargar la frustración que bullía dentro de ella.
—¿Qué importancia tiene si aparezco o no? Mi padre es perfectamente capaz de descubrir cuál de esos tontos tiene la mayor fortuna.
Edward arqueó las cejas, aunque por suerte evitó decirle que se expresaba como una niñita caprichosa.
—¿Y estás satisfecha de dejar que te elija el marido de esa manera?
—¿Satisfecha? —se le encogió el corazón al recordar el rostro de Alphonse—. Por supuesto que no. Por desgracia, no puedo hacer nada para cambiar las cosas.
—¿Sabes que no puede obligarte a casarte? —le preguntó con amabilidad.
—Quizá no, pero sí sabe que nunca abandonaría a mi familia o les crearía problemas a ellos, a nuestros arrendatarios o a nuestro personal. Si debo casarme con una fortuna, entonces eso es lo que haré.
Él escuchó sus palabras, silencioso y cabizbajo; parecía estar pensando bien lo que iba a decir. Un hábito suyo al que ella se iba acostumbrando.
—Sentido del deber hacia la familia.
—Sí.
—Eso lo puedo entender.
Sin advertencia previa, extendió una mano y le apartó con gentileza un mechón que le caía sobre la mejilla. Era un gesto distraído, intrascendente, pero no había nada de intrascendente en el fuego que ella sintió en sus entrañas.
—También entiendo que a veces cumplir con el deber puede resultar insoportable. Me parece que es algo que tenemos en común.
Ella abrió muy grandes los ojos.
—¿Consideras que recibir una herencia es un deber?
—¿Te sorprende?
—Cualquiera se sorprendería.
La mano abandonó su mejilla, y Winry tuvo que luchar para no tocarse el rostro y cerciorarse de que no le había quemado la piel. Oh, Dios, ese hombre era letal.
—Aunque sea difícil de creer, yo estaba muy satisfecho con mi vida de granjero. Tenía una casa cómoda con el suficiente personal como para cubrir mis necesidades, amigos fieles, y la satisfacción de convertir una propiedad abandonada en una granja floreciente. Ahora paso mis días dando vueltas como un payaso y lo más cerca que estoy de mis tierras es cuando recibo las cartas de mis administradores.
Winry intentó protestar. Que a uno le cayera del cielo un título y una gran fortuna era difícil de conciliar con idea de un pesado deber. De hecho, debía de ser la secreta fantasía de todo plebeyo inglés. Pero, antes de que las irreflexivas palabras brotaran de sus labios, se contuvo.
Por cierto, la herencia había sido algo inesperado. Pero lo había precipitado en una sociedad que no le había dado la bienvenida, y lo cargaba con responsabilidades para las cuales no había sido entrenado. Aún peor, era obvio que él sentía nostalgia de la tranquila vida que había llevado antes de convertirse en conde.
—Tal vez sí tengamos algo en común —aceptó de mala gana.
—Es un comienzo —murmuró él, con una sonrisa misteriosa. ¿Un comienzo de qué? Antes de que pudiera averiguarlo, la distrajo la inconfundible voz de su padre.
—Debe de estar en alguna parte. Infórmele que se presente en la sala sin demora.
—Sí, Su Excelencia —contestó la voz nerviosa de un sirviente.
—Y cuando digo sin demora, quiere decir sin demora ¿ha entendido? —gruñó el duque—. Aunque haya que traerla arrastrándola de los cabellos.
—Yo... Por supuesto, Su Excelencia.
Apretando los puños, Winry dejó que su mirada se encontrase con unos divertidos ojos color ambar. Diablos, no debía haber perdido el tiempo. Ahora ya era demasiado tarde para escapar.
Con calma desconcertante, lord Harrington fue leyendo las emociones que pasaban a toda velocidad por su rostro, y se adelantó para susurrarle algo al oído.
—¿Te vendría bien un caballero de reluciente armadura?
La muchacha se puso tensa, más por sentir su cálido aliento acariciándole la piel que por su extraña pregunta.
—¿Cómo dices?
—Mi carruaje me espera justo del otro lado del portón. Puedo llevarte a otra parte antes de que te descubran.
¿Llevarla a otra parte? ¿Lejos de los idiotas charlatanes a quienes ella no les importaba nada? ¿Lejos de su padre, que en cierto modo se estaba convirtiendo en su enemigo? ¿Lejos del aterrorizado valet que se estaba dirigiendo hacia ella para arrastrarla a su casa por los cabellos? Le parecía un sueño, pero tenía que tener cuidado de no escapar de una trampa matrimonial para caer en otra.
—No puedo ir sola contigo en tu carruaje —se lamentó.
—Ah, es un tílburi; Maes me aseguró que es lo más elegante. No es un coche cerrado. Además, no estaremos solos. Llevo a un mozo de cuadra y a un lacayo conmigo.
Así era distinto. No había nada escandaloso en un paseo en coche por el parque en un carruaje abierto y en la compañía de sirvientes. De todos modos, ella vacilaba. No porque desconfiara de lord Harrington. Todo en él inspiraba confianza.
No confiaba en los escalofríos que le recorrían la espalda.
Winry oyó unos pesados pasos en el sendero, y entró en pánico. Cualquier cosa era preferible al horror de una tarde encerrada en un cuarto lleno de aduladores sin personalidad.
—Yo... Sí —masculló antes de recuperar la calma.
—Entonces, un caballero de refulgente armadura viene en tu rescate —la tomó del brazo y la envolvió con firmeza con el suyo—. Por aquí, mi damisela en problemas.
Continuara…
Este capitulo creo que es el mas largo de todos xD, pero me encanta ver juntos a Ed y Winry x3
Pasense a leer el fic "Insidioso" de "Le Confidant"
Agradecimientos a:
-Le Confidant (si estan mas o menos en celo, ademas tu eres mi confidente XD y sabes mas cosas que el resto de los lectores de aki XD)
-Athenafrodite
-meems
-doshi-san (lento pero seguro, cuando vayamos llegando ya casi al final te quedaras con ganas de mas)
-Mephisto Reffart Lark Kukabara (me pasa igual ke a ti, cuando ya se sabe la historia se pierde totalmente el interes de leerla o a veces como que los personajes no encajan)
-Yo was here XD (metera 3 primero, ya despues las 4 XDDD)
-Lucy Heartfilia (creo ke cualquier chica haria eso xD)
