-Por favor, si sabe algo de él, llámenos-de nuevo, el sonido de una llamada cuando se corta le llegó al oído-En casa de los Fuji tampoco saben dónde puede estar-la voz quebrada, rota de tanto llorar, de una mujer entrada en años, se volvió a escuchar.

-No debemos desesperar, tarde o temprano aparecerá-esta vez habló un hombre, justo al lado de ella, tratando de confortarla con un abrazo fuerte y pequeños besos en su frente.

-Eso no me consuela-apretó con fuerza el móvil que todavía tenía en la mano hasta que no pudo más y se derrumbó-Quiero ver a mi niño-lloró desesperada entre los brazos de su marido, sin dejar de pensar en su hijo querido que ya llevaba tres días desaparecido.

No podían evitar sentirse culpables por lo sucedido. Ambos habían visto la súbita desgana que había aparecido en los hábitos comunes de Takashi pero ninguno se había preocupado por preguntarle si le había pasado algo malo. Atribuyeron el cambio a los exámenes que ya se acercaban, el final de un curso tan lleno de emociones, a las hormonas alocadas de un chico de catorce años y, sobre todo, a la edad. Por experiencia propia sabían que cuando uno es joven se hacen locuras, todo cambia y hasta el más mínimo detalle puede arruinarte un plan de vida la mar de satisfactorio. Creyeron, ilusos ellos, que se le pasaría en un par de días, unas semanas a lo sumo. Pero desaparecer era algo que no se esperaban. Un niño tan correcto como era su hijo no podía irse sin dejar rastro de la noche a la mañana. Había ido a clase y simplemente no había vuelto.

En el colegio ni compañeros ni profesores sabían dónde estaba, sus amigos del club de tenis sabían quizá algo menos debido a que el tiempo de práctica les ocupaba más de lo que querían y apenas se veían. Incluso su madre había ido a hablar con Yuuki Akutsu, al bar que actualmente regenta, por si lo había visto. Ella acudió entonces a su hijo, sentado en la mesa más alejada de la puerta y casi oculto por la barra, y preguntó lo mismo que le habían preguntado. Al principio, como sería lógico, soltó una carcajada escéptica. Alguien como Takashi Kawamura, directamente, no se iría de casa sin avisar primero a sus padres o algún amigo. Tras pensar en ello, se le vinieron a la mente las marcas de su muñeca, su aspecto alicaído, las bolsas bajo sus ojos, lo delgado que se encontraba. Por primera vez en su vida, se preocupó por alguien que no era él mismo y también lo demostró cuando se levantó ignorando a su madre, caminó hacia la puerta y salió en búsqueda de los amigos de Takashi, móvil en mano marcando el número de Syusuke Fuji, para convencerlos amablemente de que le dijeran todo lo que sabían.

Hablar con el prodigio del Seishun Gakuen y con Kunimitsu Tezuka no entraba en sus planes del día, pero la situación lo había sacado de quicio ya no sólo por la repentina desaparición sino porque había visto aquellas malditas marcas en sus muñecas y no le había amenazado de muerte para descubrir al cabrón que había osado hacerle eso a un amigo suyo. Porque sí, después de todo, lo consideraba su amigo. Quizá no hablaban mucho, tampoco se veían muy a menudo, pero sabía y lo tenía comprobado, que si algún día necesitaba algo, por muy insignificante que fuese, Takashi estaría allí para ayudarlo. Se maldijo más de mil veces por no haberse metido donde no le llamaban desde el instante que la madre de su vecino entró por la puerta del bar preguntando por su hijo. También él se culpaba de lo ocurrido cuando, realmente, en esta historia no parecía haber culpables.

Aún.

-Desde que dejó el club de tenis hace un mes a penas le vemos.

Había sido la escueta respuesta de Syusuke a una pregunta no formulada. Era obvio para todos que sólo tenía dos razones para querer hablar con él y puesto que no cargaba con una raqueta de tenis al hombro, habían sacado la solución por descarte. El resto del equipo dijo cosas parecidas, quizá el que más datos dio fue Sadaharu, añadiendo el amorío que mantenía con Tetsuo Ishida y que nadie más parecía saber. Con pelos y señales había expuesto todo lo que sabía al respecto y tanto Syusuke, como Kunimitsu, como Jin, mano de obra por si hacía falta sonsacar una confesión, se encaminaron hacia el Fudomine dispuestos a encontrar una respuesta más esclarecedora. Pero hablar con él no les sirvió de nada. Con toda la calma del mundo les dijo que hacía tiempo que habían cortado, semanas ya, y desde ese entonces no había vuelto a verle, aunque se mostró ligeramente preocupado cuando Syusuke le dijo que hacía tres días que no podían localizarle. Ni las miradas que prometían una muerte dolorosa por parte de la oveja negra del Yamabuki parecían inquietar al muchacho por lo que regresaron sobre sus pasos, esta vez en dirección a sus respectivas casas.

Si había algo que sabían con toda certeza era que les esperaban unos días de completa desesperación y en los que no pararían de buscar hasta encontrar una mínima pista del paradero de Takashi. Tan sólo un par de horas más y tendrían que informar de la policía. ¿Serviría de ayuda?

-¿Crees que estará bien?

Fue lo único que se escuchó en su casa antes de meterse en su cuarto a pensar rodeado por la oscuridad más infinita, unas palabras preocupadas levemente torturadas por un llanto que no quería dejar salir. Quiso responderle que sí, que era una persona fuerte, con carácter, que nunca se dejaba imponer por nada ni nadie. Sin embargo, no pudo. Había mirado a su madre de reojo, las palabras le habían fallado y se había encerrado en su propio mundo, ajeno al llanto irrefrenable de una familia rota a tan sólo un par de metros calle abajo.

-Dónde estás, Takashi Kawamura.

Tumbado en su cama con un pitillo en la boca, las manos tras la cabeza, las rodillas flexionadas, un cenicero lleno a rebosar de ceniza y colillas, que cuando había ingresado en la habitación estaba completamente vacío, haciéndole compañía en la mesilla de noche y el humo deslizándose por sus pulmones calmando sus nervios, Jin meditaba sin descanso una razón, tan sólo una, por la que alguien como él hubiese hecho algo así, lo que había detrás de su desaparición. ¿Qué había pasado en su vida para llegar a tal grado de desesperación para dejar atrás a sus padres, hermana y amigos? ¿Por qué no se lo había comentado a nadie? ¿Qué tan grave podía ser?

-Dónde cojones estás.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido inquietante del teléfono fijo que no tardó en atender su madre. No pudo escuchar lo que decía, estaba seguro de que no le interesaba saberlo, mas se equivocó cuando la vio entrar por la puerta del cuarto. Los rulos en su pelo, una chaquetilla de punto sobre el camisón y la cara de sueño de la mujer que tenía ante él le dieron pie a entender que ya habían pasado horas desde que había llegado a casa. Se atrevería a decir que, incluso, había amanecido.

-Ha llamado Fuji-kun-la llamada la había dejado confusa y ligeramente extrañada-Dice que bajes hasta el restaurante, van a hacer una búsqueda antes de ir a la policía y te necesitan.

-¿No dijo nada más?-se incorporó con pesadez, apagando el cigarro en el cenicero ante la mirada de reproche de su madre, quien asintió ligeramente.

-No, pero escuché de fondo la voz de Kawamura-san diciendo que había dos muchachos que se pasaban todos los días por su casa-hizo una pausa tratando de recordar algún detalle que pudiera ser importante-Sus apellidos eran Ishibashi o quizá Ishimaru-Jin miró a su madre de reojo, la penumbra cubriendo más de la mitad de su cara. Sus ojos brillaron con intensidad, un brillo que no le gustó nada a Yuuki.

-¿Ishida?-algo en su interior se rompió. Quizá había sido el límite de su paciencia o el de la cordura. ¿A quién le importaba?

-Sí, es probable-al ver como su hijo casi la empujaba para poder salir por la puerta, no dudó en preocuparse todavía más por lo que pudiese suceder.

Jin iba cegado por la rabia. Les había mentido. Ese hijo de la grandísima puta se había atrevido a mentirle a él, Jin Akutsu. No tenía ni puta idea de dónde se había metido, no tenía ni la más jodida idea de lo que se le iba a caer encima. Dos puños con sus respectivos cinco nudillos que creyó que nunca utilizaría más allá de los ligeros puñetazos que le daba a Takashi. Al llegar al restaurante comprobó que no era el único que estaba dejando salir su espíritu asesino. Takeshi Momoshiro y Kaoru Kaidoh, los dos miembros del equipo más impulsivos, junto a Eiji Kikumaru y Syusuke, estaban sentados en los taburetes de la barra dispuestos a repartir ostias a quien fuera sin importar las consecuencias. Sadaharu dictó la dirección de ambos hermanos y se pusieron en marcha con rapidez.

Y mientras tanto, Takashi seguía sin dar muestras de vida a sus seres queridos. Se encontraba agazapado, envuelto en unas sábanas lo suficientemente finas como para no molestarle al roce y lo suficientemente calientes como para no necesitar una manta o incluso un edredón. En esos cuatro días tan sólo había abierto la boca para comer y, acto seguido, para vomitar todo lo que había ingerido. Dos de esos días se los había pasado desmayado, recuperando todo el cansancio que tenía acumulado en su cuerpo. Ahora que había despertado y había reconocido al fin a la persona que lo había frenado de cometer una absoluta locura, sabía que todo estaba perdido. Seguramente sus padres no tardarían en aparecer para llevárselo de allí. Lo llevarían a terapia o a cualquier mariconada de esas en las que te hacen un montón de pruebas inútiles y te dan consejos que, o no te llevan a ninguna parte o te acercan cada vez más al suicidio. Para él, que ya había encontrado ese camino solito, no necesitaba un matasanos que lo ayudara a redireccionarse. Sabía que vendrían, que tendría que aguantar la vergüenza. Nunca más volvería a mirar a sus padres a los ojos. Nunca.

-¿No crees que es hora de afrontarlo?

Esa voz provenía del gran ventanal que había a su derecha. Nunca habían tocado el tema. Ambos sabían lo que había pasado, no necesitaban llevarlo a las palabras ni tampoco recordarlo. Takashi quiso decir que ya hacía tiempo que había aceptado que su vida era así y sería así hasta que se cansaran de él. Sus palabras no salieron, tampoco esperaba que lo hicieran.

-A veces pienso qué hubiese pasado si no te hubiese encontrado-hizo una leve pausa en su discurso sin moverse un ápice de donde estaba-Fue una completa casualidad, Kawamura, los baños públicos no me atraen lo más mínimo-y, como coletilla final, añadió-Ore-sama se alegra de que su limusina se retrasara aquel día y estoy seguro de que Kabaji opina lo mismo.

Keigo Atobe y Munehino Kabaji. Ni más ni menos. Sus salvadores no eran otros que el rey de los monos, como diría Ryoma Echizen, y su fiel escudero.

-Todavía no he avisado a nadie de tu familia-aquellas palabras hicieron que levantara la mirada con rapidez-Estoy seguro de que no quieres que se enteren-la negación que siguió aquella declaración, terminó de confirmar sus sospechas-No hay nada de lo que avergonzarse, Kawamura, son tus padres y lo entenderán si se lo explicas. Lo que sí deberías hacer-Takashi vio como metía la mano en el bolsillo de su pantalón y sacaba de él un teléfono móvil-sea llamar al alguien y decir que estás bien. Seguramente llamen a la policía y no quiero que me acusen de secuestro-terminó con una pequeña sonrisa-Si no te ves con fuerzas, puedo hacer los honores, pero tendrás que marcar un número-se acercó a la cama y le tendió el objeto.

Takashi miró hacia él con sus ojos marrones completamente abiertos. ¿A quién debía llamar? No quería que nadie se enterase pero tampoco quería molestar a Keigo durante más tiempo ni tampoco que lo acusaran, como bien había dicho, de tenerlo secuestrado en contra de su voluntad. Con dedos temblorosos cogió el móvil y marcó los dígitos de un teléfono. Acto seguido, el capitán del Hyotei se llevó el aparato a la oreja con suma elegancia.

-¿Tezuka?-miró extrañado hacia el moreno, quien asintió levemente-Me sorprende que a estas horas no estés en clase ya-hubo un breve silencio-De eso quería hablarte. Está conmigo y está bien-frunció levemente el entrecejo al escuchar unas voces procedentes del otro lado de la línea-¿Qué pasa ahí atrás, Tezuka? ¿Por qué estáis en casa de los Ishida?-vio, con total incredulidad, como Takashi empalidecía y comenzaba a temblar, mirando aterrado hacia él. Se agarraba con tal fuerza a las sábanas que tenía los nudillos completamente blancos, haciendo competencia con la palidez que ahora adornaba su cara-Tezuka, espera un segundo-aprovechando el shock, buscó en las opciones del teléfono para activar el manos libres y que así Kunimitsu escuchara lo que iba a venir a continuación-Kawamura, sé sincero conmigo, ¿ha sido alguno de los hermanos Ishida?-esperó con paciencia y tranquilidad por un gesto que no llegó. Los labios de Takashi se entreabrieron y, con el miedo completamente reflejado en la voz, murmuró una palabra que dejó a ambos capitanes helados.

-Ambos.