N/A: ¿Sigue alguien allí?
Es una vergüenza para mí, subir un nuevo capítulo hasta ahora *se le cae la cara*
Tengo una excusa...digo, una justificación! La universidad me ha tenido con los ojos puesto en nada más que textos platónicos, aristotélicos, y demás. Tuve también un bloqueo de escritor del que no he salido completamente, así que espero no decepcionarlos con este capítulo.
Hasta...próximas actualizaciones ;w;
Deslizó el cristal de la ventana tan sigilosamente como los viejos rieles se lo permitieron. Sostuvo el cristal con una mano y, apoyándose en la otra, pasó el cuerpo del otro lado de la ventana. El descanso de la escalera de incendios emitió un eco metálico cuando sus botas se apoyaron en él y poco le faltó para lanzar una maldición contra aquella estructura inanimada que, sin embargo, sabía que era su única ruta de escape. El golpeteo de unos nudillos en su puerta lo hicieron volver la vista al interior del departamento.
Maldita sea. Justo el día que no pensaba hacer más que quedarse en casa tenía que aparecer esa mujer. Era obvio que tampoco pagaría la renta de ese mes, ¿acaso no había quedado claro cuando no respondió el quinto aviso de pago? Ahora no solo tenía que evadirla cada día treinta, sino también toda la semana siguiente a eso; mañana y noche, que era el horario en que no le cabía duda que podía encontrarlo allí. Mujer inteligente. Si tan solo su aparición no representara una molestia en el trasero y no tuviese ese carácter de los mil y un demonios seguramente ya habría intentado algo con ella. No sería la primera vez que se enrollaba con una mujer mayor que él. Finalmente, un buen par de piernas en conjunto con unas agradables curvas y unos pechos bien formados hacen de la edad algo secundario.
Volvieron a llamar a la puerta cuando cerró la ventana y se dio a la fuga.
Es en verdad una lástima.
Bajó los últimos cuatro peldaños de la escalera de incendios de un salto; dio un vistazo a la puerta principal del edificio del que se había escabullido antes de salir hacia la calle, solo para asegurarse de que aquella mujer ―con lo buena cazadora que era― no hubiera previsto su escape y estuviera esperándolo abajo dispuesta a exigirle el pago amenazándolo con una sartén o algo por el estilo. Cuando estuvo seguro de que nada de eso ocurriría metió las manos en los bolsillos de su pantalón y, con la sonrisa de un ladrón que se ha salido con la suya, se alejó del lugar.
No tenía ningún plan para ese día, lo único que habría querido era quedarse en casa y no hacer absolutamente nada, pero ya que no era posible tendría que improvisar algo para ese día. Quizás pudiera encontrarse con buena compañía en algún bar cercano, o ir a visitar a aquella morena que siempre lo recibía con las puertas ―y otro par de cosas― abiertas.
No. A decir verdad no sentía ganas de entablar ningún tipo de conversación, y los juegos de cama eran más interesantes durante la noche. Pasaría el día con la sola compañía de su propia persona, sin exaltar los vicios que tanto disfrutaba al menos por una tarde, y no pensando en nada. Ojalá eso se le hubiera ocurrido tres semanas atrás, cuando tuvo que correr por más de media ciudad para sacarse de encima al policía que lo persiguió por más de una hora. Frunció el ceño ante el recuerdo, y se encontró preguntándose qué habría sido de ese gusano de Craig. Suponiendo que hubiera escapado no dudaba que volvería a encontrárselo en las calles; si, como recordaba, lo habían arrestado, tampoco le importaba. El tipo tenía contactos en todos lados, y aún si lo habían apresado, esos mismos contactos lo sacarían de allí en menos de una semana, no habría registro alguno y su nombre y foto serían borrados de la escena sin más.
Él, por su parte, seguramente seguía siendo objetivo ese maldito policía hijo de puta. Y si por una u otra razón se encontraba de cara con el uniformado, éste seguro lo reconocería y comenzaría una nueva persecución. Empero, si bien la primera vez tuvo suerte ―demasiada suerte―, era consciente de que debía ir con cuidado. No siempre aparecería de la nada un sujeto dispuesto a ocultar en su casa a un fugitivo desconocido.
― Me pareces agradable. ¡Seamos amigos!
¿Qué rayos pasaba por la cabeza de ese chico? Más aún, ¿había algo en su cabeza cuando lo llevó adentro de la casa a empujones y hasta su habitación?
Y luego estaba la manera tan familiar con la que lo trató, pidiéndole que se quedara para hacerle compañía, haciéndole preguntas sobre lo que le gustaba o disgustaba, acompañándolo hasta la salida de calle y hablándole como si lo conociera de toda la vida, y para cerrar con broche de oro, preguntándole cuándo podrían volver a verse.
¡¿Y qué con esa sonrisa?! ¿Quién le sonríe a los extraños con esa facilidad?
Chistó inconscientemente y decidió dejar de lado el asunto. ¿Por qué seguir tratando de responder a eso cuando no tenía importancia?
Llevaba ya un rato caminando y cuando se dio cuenta ya había atravesado el parque y caminaba rumbo a la calle sobre la que estaba el Instituto. Haría una visita, fumaría un par de cigarrillos en el estacionamiento, y tal vez después probaría suerte volviendo a su departamento, cuando atardeciera.
Entró al estacionamiento en el momento justo en que el prefecto Beilschmidt hacía inspección del lugar.
― ¡Buen día! ―saludó con frescura levantando una mano, y pasó a su lado sin la menor preocupación.
La severa mirada del hombre se posó sobre él por un segundo; no se molestó en aparentar su resignación, pero no parecía menos enfadado. Aun así, le devolvió el saludo con su voz grave y autoritaria.
Eso es nuevo, pensó.
Ocupó su lugar de siempre. Recargó la espalda contra el muro del edificio y sacó la cajetilla de cigarrillos que sus dedos llevaban un rato tanteando al interior de su bolsillo. Sostuvo el cigarrillo entre sus labios y aspiró un poco cuando la pequeña llama del encendedor tocó la punta opuesta de su Lucky Strike. La primera exhalación fue gloriosa, y las que siguieron no lo fueron menos.
Giró la cabeza hacia la izquierda. Al parecer habían podado la enredadera que crecía sobre la valla metálica. Ahora podía verse a través toda la zona correspondiente a las canchas de futbol americano, soccer, e incluso parte de la de la basquetbol. Distinguió a un grupo de estudiantes que jugaban a lanzarse un balón de americano. Si no se equivocaba, era la hora de descanso, así que posiblemente estaban entreteniéndose un rato. Claro, no era el tipo de entretenimiento del que él participara. Cuando era un niño disfrutaba ese tipo de actividades, pero ahora ya ni siquiera recordaba la sensación de correr de un lado a otro persiguiendo una pelota por mera diversión.
¿Cómo era no poder ponerse de pie por el cansancio y sin embargo sentirse estupendo?
Lo sé muy bien, lo experimento casi todas las noches.
¿A qué edad había dejado de hacerlo? ¿Por qué?
Son cosas de niños, tontos que todavía no saben lo que es vivir de verdad.
¿Lo había hecho alguna vez?
Soltó el humo lentamente, levantando la barbilla y dejando a su mirada perderse en el vacío. Vació su cabeza de todo pensamiento, incluyendo esas preguntas que hasta entonces nunca se hizo.
Vaya día extraño, murmuró.
Estaba tan ensimismado que no supo en que momento había cambiado su lugar junto al muro por quedar frente al enrejado, su cara a tan solo un par de centímetros de éste. Tampoco pudo ver el objeto ovalado que se dirigía a él a toda velocidad sino hasta que se estrelló contra la valla con tal fuerza que alcanzó a golpearlo justo en el centro de la cara.
El ruido sordo que produjo la valla al sacudirse fue eclipsado por el raudal de improperios que salieron de su boca al tiempo que se llevaba las manos a la cara.
― ¡Perdón! ―gritó alguien― ¿Estás bien?
― ¡¿A ti que te parece, imbécil?! ―gruñó.
Escuchó unas pisadas rápidas acercarse seguidas por el sacudirse del enrejado y un cuerpo cayendo pesadamente de su lado de la valla.
― De veras lo siento, creo que no medí mi fuerza, ¡p-pero no pretendía darle a nadie! ¡En serio!
― Tampoco yo pretendía golpear a nadie hoy.
― No me gusta cómo suena eso. Déjame ayudarte.
El sujeto se acercó y le quitó las manos del rostro. Él Había mantenido los ojos cerrados con fuerza, por lo que, cuando los abrió, no logró distinguir al tipo de inmediato entre el montón de manchas difusas que enturbiaban su visión. Empero, cuando finalmente logró enfocarlo, no fue poca su sorpresa.
― Hey! It's you, Edward!
No. No. No. Justo cuando pensó que su mala suerte se reducía a la mujer que llamó a su puerta por la mañana y por la que tuvo que salir de su departamento como si fuera un delincuente.
¡Maldita sea mi suerte!
― Hola ―dijo él de mala gana.
― Alfred, ¿recuerdas? F. Jones ―el rubio no dejaba de sonreír; tenía en la mirada la satisfacción de haber encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando en vano y que de repente, sin esperarlo, aparece.
― Si, si, lo recuerdo. ¿Te importaría soltarme?
― ¿Uh? ¡Oh! Si, lo siento ―soltó sus manos junto con una risita nerviosa―. No esperaba encontrarte después de aquella vez. Bueno, si lo esperaba, ¡quería!, pero no imaginé que te vería aquí.
― Yo tampoco lo esperaba ―y tampoco quería, pensó para sí.
La sonrisa del rubio se ensanchó, pero enseguida su expresión pasó a ser una de auténtica preocupación.
― ¿Te hiciste daño? ―preguntó temeroso.
― ¿Yo? En absoluto, en cambio tú… ―vio el objeto con el que lo había golpeado, un balón de americano que no solo rebotó por la intensidad del choque, sino que además estaba a varios metros de la valla. Devolvió la mirada hacia el otro y movió la cabeza con desaprobación.
― ¡Juro que no fue a propósito! Se suponía que Matthew la atraparía, ¿cómo iba a saber que era tan lento?
― Ajá.
― P-pero no estás sangrando, ¡eso es algo bueno!
― Como digas ―se tocó la nariz. Dolía, pero no estaba fuera de su lugar y, como dijo Alfred, no estaba sangrando―. Bien, ya te aseguraste de que estuviera completo. ¿Qué esperas?
― ¿Eh?
― Para irte, ¿qué esperas? La campana ya sonó.
― ¡¿Qué?! Damn it, van a matarme si llego tarde a clases―Alfred dio media vuelta, dispuesto a echar a correr, pero enseguida volvió a girarse hacia él― Espera, ¿seguirás aquí dentro de una hora?
― ¿Piensas marcar dos yardas más en mi rostro, o qué? ―cuestionó entornando los ojos.
El de lentes soltó una risotada.
Este tipo está loco, pensó
― Para nada ―aseguró como si hubiera escuchado lo que pensaba, aunque sabía que se refería a lo que había dicho―. Pero pensaba que podíamos hacer algo juntos después de clases.
Ahí estaba otra vez, tratándolo como un amigo al que ha conocido de siempre. No lo entendía. Solo lo había visto una vez, una sola vez hacía tres semanas, cuando lo escondió en su casa por no más de veinte minutos. ¿A dónde quería llegar? ¿De verdad pretendía que fueran amigos? No iba a suceder.
― ¿Eres consciente de las tonterías que dices?
― ¿A qué te refieres? ―preguntó caminando hacia la valla metálica.
― "pensaba que podíamos hacer algo juntos después de clases" ―repitió―. Que me hayas ayudado, cuando, por cierto, no te lo pedí, no quiere decir que de repente somos amigos.
― Un héroe no necesita que le pidan ayuda para hacer lo que debe ―dijo Alfred, levantando un pulgar.
― ¿Estás escuchándome? No sabes nada de mí, yo no sé nada de ti ―arguyó. Estaba comenzando a perder la paciencia de nuevo.
― Bueno…si, tienes razón ―admitió Alfred con cierta disconformidad― Pero sé tu nombre y tú el mío. ¡Lo demás vendrá después!
― Saber el nombre de alguien no basta para decir que la conoces.
― Tengo 18 años. Mi signo zodiacal es Cáncer. Me gustan los videojuegos ―contó mientras trepaba nuevamente el enrejado―. Mi comida favorita son las hamburguesas; me gustan otras cosas como la pizza y los hot dogs, pero nada como las hamburguesas. ―cuando estuvo nuevamente en terreno escolar le dirigió una brillante sonrisa―. Ahora me conoces un poco más, lo justo como para no poder negarte a que seamos amigos.
Estaba completamente descolocado. Su mente formulaba cientos de respuestas, pero las palabras no encontraban salida de su boca.
― Debo correr. See ya later, Ed!
Lo vio alejarse apresuradamente y desaparecer al girar fuera del área de prácticas deportivas.
Luego de todo lo que Alfred le dijo, ¿podría seguir preguntándose quién era? ¿Podía recriminarle tratarlo como un amigo luego de darle esa información, tan inútil como personal?
Tenía la respuesta en la punta de lengua, una respuesta típica de él, una que dejaba entrever la nula intención que tenía de relacionarse con ese chico tan molesto, odioso y desmesuradamente ruidoso.
Pero en vez, masculló:
― No me llames "Ed", estúpido.
