Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.
Kate se encontraba de pie frente al armario, contemplando toda su ropa y preguntándose por dónde empezar. Sin tener la menor idea, cogió el primer montón de perchas más cercanas a ella y las lanzó sobre la cama. Estaba a punto de volver a por un segundo montón cuando alguien llamó a la puerta. Pero, pensó Beckett, ¿Castle no se había llevado las llaves cuando se había marchado, 40 minutos antes?
Mientras se dirigía a la entrada, Kate vislumbró la suave lluvia que había empezado a caer tras las ventanas del salón. Cuando le abrió la puerta a Castle, éste estaba en medio del pasillo, con diminutas gotas de agua brillándole en el pelo y una docena de cajas de cartón plegadas a sus pies.
—Creía que tenías las llaves —mencionó ella.
Castle no dijo nada y tampoco hizo ningún movimiento de querer entrar. Beckett vio que tenía las manos tras la espalda y llevaba una sonrisa sospechosa en la cara.
—¿Qué? —le preguntó.
La sonrisa de Castle se hizo más grande y sus ojos la miraron con amor. Luego movió los brazos de detrás de la espalda para revelar dos tazas de café en un portavasos de cartón y una bolsa de papel de pastelería.
Una sonrisa deslumbrante se extendió en los labios de Kate e inclinó la cabeza hacia abajo, su larga melena cayendo como una cortina y ocultando su cara.
—Ahí está —murmuró Castle, sonriendo. Kate se colocó un mechón detrás de la oreja y le miró desde debajo de las pestañas, atrapándose el labio inferior entre los dientes—. Mi sonrisa matutina —añadió él con voz suave y tierna.
Ella alargó las manos hacia el café y la bolsa de pastas pero Castle retiró los brazos y volvió la cara hacia un lado. Beckett sonrió y dio un paso al frente. Estaba a punto de besarle la mejilla cuando Castle volvió a girar la cabeza hacia ella y sus labios se fundieron en un dulce beso.
—Supuse que esta sería la última vez que tendría la oportunidad de traerte café por la mañana —murmuró Castle—. No es que no vaya a traerte café nunca más —añadió enseguida—, es sólo que… ahora que te mudas conmigo...
—...y nos despertaremos juntos cada día… —agregó ella.
—Exacto —susurró Castle.
Kate soltó un pequeño suspiro y le dio otro beso en la comisura de la boca.
—Gracias.
Kate alargó las manos y, esta vez, Castle le permitió que le cogiera los cafés y la bolsa. Él agarró las cajas y entraron en el apartamento.
Después de desayunar Kate regresó a su dormitorio y siguió vaciando su armario mientras Castle se instalaba en la sala de estar y empezaba a vaciar las estanterías.
—¡Castle! ¡No metas todos los libros en una sola caja o no habrá manera de que podamos levantarla! —exclamó Beckett mandona desde su habitación.
—Sí, querida —respondió Castle en tono burlón y poniendo los ojos en blanco. Ya había llegado a esa conclusión él solito. Kate asomó la cabeza por el marco de la puerta del pasillo y frunció el ceño en su dirección—. Sí, señora —tartamudeó él. Ella le sostuvo la mirada durante dos segundos más antes de desaparecer pasillo abajo. Castle soltó un suspiro frustrado.
—¡Lo he oído! —gritó ella desde el fondo del apartamento.
Castle no podía comprender por qué Beckett no toleraba que él se dirigiera a ella con apodos románticos, ni siquiera cuando estaban los dos solos. Él sabía que en la escena de un crimen o en el trabajo era inapropiado, ¿pero aquí? ¿Dónde nadie les podía oír? A veces podía volverle loco.
A la hora de comer, toda la ropa de la detective estaba metida en cajas y otras cuatro estaban medio llenas con todos sus libros; las estanterías del salón y las escaleras que conducían al jardín de la azotea habían quedado vacías.
Beckett estaba sentada a la isla de la cocina observando cómo Castle preparaba algo de pasta. Fuera en la calle, la lluvia caía a cántaros y no daba señales de que fuera a parar pronto. Castle se desplazó al frigorífico para coger algunos ingredientes y, cuando cerró la puerta, sus ojos se posaron sobre el pequeño calendario sujeto con un imán a la nevera. Se acercó un poco más para mirarlo detenidamente y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Castle?
—¿Mmm? —éste se volvió hacia Kate.
—¿Va todo bien? —sonrió ella.
—Tu… —la voz de Castle se apagó. Kate arqueó una ceja y él soltó una pequeña risa—. Tu cumpleaños es dentro de diez días. Vamos a poder celebrarlo juntos. Y nuestras primeras navidades juntos también —dijo con una gran sonrisa.
Castle no quiso mencionar su aniversario de 6 meses, que era en menos de seis semanas. Tenía algo muy especial planeado para ese día.
Beckett le devolvió la sonrisa y él siguió cortando las verduras hasta que, un momento más tarde, se tuvo que pasar el dorso de la mano por debajo de los ojos.
—¿Por qué estás llorando? —rió Kate.
—Son las cebollas. Siempre me hacen llorar —respondió él, restregándose los ojos irritados con los puños—. Me he dejado las gafas de cortar en casa.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella, divertida.
—No, lo tengo todo bajo control —pero cinco segundos más tarde, Castle añadió—, Aunque… ¿podrías meter la pasta en el agua?
—Claro —rió ella entre dientes y rodeó la cocina. Vertió la pasta dentro del agua hirviendo y echó una cucharadita de sal. Cuando pasó por detrás de Castle, quien estaba totalmente concentrado removiendo la salsa de tomate, Kate se detuvo y puso los brazos a su alrededor. Se levantó ligeramente sobre las puntas de los pies y le besó la nuca y apretó la mejilla contra su ancha espalda. Arrullada por los familiares latidos del corazón de Castle, sus ojos se cerraron de forma automática.
—Vamos a necesitar unas cuantas cajas más —la voz de Castle retumbó a través de su pecho—. Todavía tenemos que empaquetar todo lo de tu oficina, todos los accesorios… Por no mencionar tu extensa colección de abrigos colgados en la entrada —agregó el escritor, con un pizca de burla en su tono.
Con los brazos todavía alrededor de su cintura, Kate le dio una palmada juguetona en el estómago.
—¡Lo digo en serio! Vamos a tener que hacer un viaje extra sólo para llevar todos tus abrigos y chaquetas al loft.
—Cállate —murmuró ella contra su espalda, pero no pudo evitar que una sonrisa tiñera su tono de voz.
—De hecho —Castle siguió burlándose de ella—, creo que voy a tener que construir un segundo armario sólo para tus —Kate le retorció una oreja—. ¡Ay,ay! ¡Manzanas! ¡MANZANAS! —chilló él y luego gimió—, ¡Lo siento, lo siento! —Kate le soltó—. Jo, hacía mucho tiempo que no me hacías eso —Castle se volvió hacia ella a la vez que se frotaba la oreja.
—Bueno, lo merecías.
—Au... Me ha dolido de verdad —masculló él en voz baja.
Kate vio las lágrimas en los ojos de Castle y algo le dijo que ya no era por culpa de las cebollas. Quizás había utilizado un poco más fuerza de la necesaria.
—Perdona —susurró Beckett, con una pequeña sonrisa de disculpa, y le secó una lágrima que le rodaba por la mejilla—. Ven aquí —Kate le tomó la cara entre las manos y le besó la oreja con ternura—. ¿Mejor? —preguntó con dulzura, como si estuviera hablándole a un niño.
—Esta mañana, toda la escena en la ducha con el agua y la barra de la cortina, y ahora esto… Voy a tener que presentar una denuncia por violencia doméstica —refunfuñó Castle pero Kate pudo ver que sólo estaba jugando con ella.
Beckett apretó los labios para no reír y dijo:
—Creo que la salsa se está quemando.
—¡Ostras! —Castle se dio la vuelta rápidamente y apartó la sartén del fuego.
—¡Muy bien! Creo que hemos hecho suficiente por hoy, ¿no crees? —expresó Castle mientras cerraba la décima caja con cinta adhesiva. Ya estaba oscureciendo fuera. Se enderezó y miró la hora en el reloj—. Son más de las 5. ¿Qué te parece si cargamos estas cajas en tu coche y lo dejamos por hoy?
—Sí, de acuerdo —respondió ella—. Las llaves están en mi bolso.
Fueron capaces de meter en el coche seis cajas y una bolsa de viaje con su neceser y algo de ropa para el día siguiente. Cuando llegaron al edificio de Castle, el portero les ayudó a descargar el coche y llevar todas las cosas hasta arriba, pero aun así necesitaron dos viajes para subirlo todo.
—Estoy agotado —jadeó Castle y se dejó caer en el sofá. Ella se sentó a su lado y él la rodeó con un brazo. Kate apoyó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos—. ¿Tienes hambre de pizza o chino? —murmuró Castle y la besó en la cabeza.
Beckett meditó durante medio minuto.
—¿...Pizza? —bostezó finalmente. En ese momento la puerta de entrada se abrió y Martha entró en el loft.
—¡Hooola! —llamó alegremente—. Oh, ¿qué es todo esto? —preguntó la mujer, casi tropezando con una de las cajas esparcidas por la entrada.
—Oh, dios mío —Castle le susurró a Beckett al oído—. Me había olvidado por completo de mi madre.
:D
