Las voces detrás del velo.

Siguiendo a la luna no llegaré lejos,

Tan lejos como se pueda llegar,

Son casi las cuatro de la madrugada,

Tu casa brillaba cruzando aquel mar.

Los rumores se habían extendido por todo Howgarts. Al principio no había hecho caso de ellos, pero en vez de disminuir, iban en aumento. Se decía que Harry Potter era un demente. Se había inventado todo lo de final de curso para llamar la atención. Luna trabajaba en herbología, plantando con sumo cuidado el retoño de una hiedra mágica, mientras escuchaba las murmuraciones al respecto. El cabello le caía en la cara y le estorbaba, sacó un prendedor y como pudo lo recogió en una extraña coleta. A su lado, alguien dijo a media voz – dicen que ahora se pone a gritar por todo – refiriéndose a Potter, seguramente. Dirigió su mirada hacia Ginny, que trabajaba un poco más allá. Al parecer ella no había escuchado nada de todo lo que ahí se contaba, o de lo contrario ya hubiera saltado como fiera para defender a Potter. Suspiró. Si era verdad que Potter ahora gritaba por cualquier cosa, Luna lo entendía. Si ya de por sí era común que se hablara de él, y no le gustaba, ahora con todo lo que se decía seguro era mucho peor. Lo tachaban de loco. Por primera vez en mucho tiempo, sus compañeros se habían olvidado de ella, para burlarse ahora de Potter. Él era quién ahora tenía que aguantar que la gente riera a su paso o cuchicheara descaradamente. Aunque se lo negara a sí misma, sabía muy bien que eso dolía. Resopló. No se lo explicaba ¿Porqué no creían lo que aseguraba Potter, si todos lo habían visto en el campo de quidditch junto al cadáver de Cedric Diggory? ¿Cómo podían pensar que sólo quería llamar la atención? ¿Por qué dudaban que se había enfrentado a Quién-no-debe-ser-nombrado y se había librado por pura suerte? Por que, por si lo habían olvidado todos, ya antes se había enfrentado al Lord Oscuro... ¿no contaban todos, cuando ella entró a Hogwarts, que un año antes él había salvado la piedra filosofal? ¿no lo habían considerado un héroe? ¿Y en su segundo año? ¿no encontró la Cámara de los secretos y salvó a Ginny de un horrible basilisco? Y el Lord Oscuro ¿no era obvio que tenía que regresar? ¿No podría comprender eso cualquier persona con sentido común? Pero al parecer a nadie le importaba todo aquello. Preferían creer a ese intento de periodicucho como lo era el Profeta. Si tan sólo los demás leyeran un medio honesto como el Quisquilloso, nada de eso pasaría. Se decidió. En la primera oportunidad que tuviera, le diría a Potter que ella si le creía.

La hiedra mágica se había resistido rotundamente a ser plantada, así, que no sin cierto esfuerzo, Luna pudo cumplir con su trabajo después de lidiar un rato con su rebelde retoño. Tan ensimismada estaba, entre la hiedra y Potter, que no se percató de que ya todos sus compañeros habían terminado y salían ya de herbología. Incluso Ginny. Alcanzó a ver como la pelirroja salía con paso lento del invernadero. Se lavó las manos aún llenas de tierra y se acomodó los pendientes. Un regalo de su padre y por lo tanto de incalculable valor. Salió detrás de sus compañeros sin mucho interés. Su corazón dio un brinco imprevisto. Ahí, a unos cuantos pasos, Potter se dirigía justo a Herbología.

Oyó los cuchicheos sobre él nuevamente.

Era ahora o nunca.

Dando saltitos llegó hasta él y con toda la honestidad que había dentro de ella, soltó – Yo si creo que Él-que-no-debe-ser-nombrado regresó y que tú peleaste con él – La mirada, entre extrañada y agradecida de Potter, se deslizó, con imprudencia, en algún pasadizo recóndito de su interior.

La madrugada avanzaba con pasos gigantescos y Luna intentaba hacer rugir el gorro con forma de león que se había ideado. La cabeza lucía presentable, pero el rugido no salía por nada del mundo. Haciendo florituras con la varita iba hilvanando sus pensamientos. Dolores Umbrigde no sólo era desagradable, era completamente detestable. Tenía la certeza de que los castigos impuestos a Potter eran absolutamente injustos. Había escuchado los rumores y Ginny se los había confirmado, ¿por qué castigarlo si decía la verdad? Una noche, con el sueño ausente, Luna salió a caminar por los pasillos, y por uno de tantos vio a Potter desaparecer corriendo y acariciándose la mano. Lo que Dolores Umbrigde lo obligaba a hacer en sus castigos escapaba del conocimiento de Luna, pero estaba segura que era algo tan cruel y retorcido como esa bruja.

Ginny le contaba muchas cosas. Ginny siempre hablaba de Harry. Tal vez era por eso que ahora Luna siempre pensaba en él.

El Ministerio estaba oscuro y olía a humedad y antiguos sortilegios. Se acercó aún más a Harry. Tal vez iba demasiado pegada a él, pero es que aquél lugar la intimidaba y junto a él se sentía en cierta forma protegida. Sabía que él no dejaría jamás que nada malo les pasara.

Llegaron a una sala curiosa, llena de gradas de piedra. Al centro, misterioso y enigmático, un arco de piedra se levantaba imponente a pesar de su vetusto y desgastado aspecto. Un velo oscuro y raído, ondeaba sobre él sin razón alguna. Al otro lado no había nada que cubrir. Luna miraba de un lado a otro por si veía alguna señal de peligro.

Entonces las oyó.

Voces susurrantes, profundas y suaves que parecían una fría caricia, hablaban bajito, detrás de lo oscuro del velo.

Detrás de ese arco había gente.

Una dolorosa emoción golpeó su pecho. No podía equivocarse. Una de esas misteriosas voces pertenecía a su madre.

Se acercó. Por un momento tuvo la tentación de rozar el velo. De atravesarlo. Pero la voz de Hermione Granger la devolvió a la realidad.

Mientras caminaba detrás de ella y Ginny, en busca de la sala que le interesaba a Harry, no podía dejar de observarlo.

No había sido su imaginación.

Él también las había escuchado.

¿Qué sería lo que le habían susurrado a él?

Al final de cuentas había sido un curso muy raro. Y viniendo de ella es por que realmente había sido considerablemente singular. Una campaña de desprestigio contra Harry, Umbrigde, el E.D y por último el Ministerio.

Sentada sobre el alféizar de una ventana, Luna dejaba su mente rodar. La madrugada llegaba con pasos torpes, a trompicones, sin permitir que le venciera el sueño y se llevara a Luna a su territorio. En la habitación común ya todas sus compañeras dormían, y eso en cierta forma era bueno, al menos no tendría que aguantar sus miradas extrañadas.

Como no podía pensar en una sola cosa las imágenes del curso se revolvían en su cabeza. De pronto podía verse llegando ante Harry y diciéndole ante todo el mundo que ella sí le creía. Y era así. Sencillamente era así. Ahora que lo pensaba a Harry podría creerle cualquier cosa. Era una especie de confianza que no había sentido con nadie más. Era, simplemente, la indestructible fe en que Harry siempre haría lo correcto. Pensando en los demás. Era eso. Luego a su mente venía la imagen de Ron y la copa de Quiddicht en sus manos. Dio una ojeada al gorro con cabeza de león que reposaba encima de su baúl. Había sido todo un triunfo lograr que rugiera. Y todo por demostrarle su apoyo. No sabía si a él le importaba. Antes del partido final pudo ver a Hermione Granger dándole un beso en la mejilla, frente a todo el Gran Comedor. Curioso. Había dolido menos de lo que hubiera esperado. Y más curiosa era aún la sensación de inseguridad y de... de... bueno, no sabía exactamente. Era como si de pronto se hubiera vuelto extremadamente ligera, casi volátil, y un fénix silbara muy quedamente dentro de ella, en algún sitio indescifrable de su pecho, y todo por qué se había encontrado junto al muérdago al lado de Harry Potter.

Los muérdagos siempre están llenos de nargles. Cierto. Se lo tenía que advertir. Y aún así no sabía por que se preguntaba de pronto que hubiera hecho si Harry se hubiera atrevido a... no tenía caso. Suspiró. Todavía le parecía oír el canto del fénix, muy bajito, como un pequeño silbido, por debajo del viento.

Sus ojos comenzaron a pesarle. Ahora sí el sueño llegaba. Miró hacia donde Ginny le había dicho que se encontraba la torre de la casa Gryffindor. Esa noche, brillaba con especial belleza. Si al menos Harry pudiera verla, sabría que hay cosas muy simples que producen alivio. Sabría también que hay cosas que no pueden saberse con certeza, pero están ahí y vibran y se sienten como un buen presentimiento. Presentimiento de que siempre habrá algo mejor. Luna hubiera querido decírselo a Harry aquella noche que lo encontró en los pasillos mientras ella colgaba anuncios para que le devolvieran sus cosas. Parecía tan triste. Por eso se lo dijo. Por eso le había dicho lo de su madre. Y por eso le dijo lo de las voces.

Allá, detrás del velo, en algún lugar lleno de sombras, estaban las personas que ellos querían.

Miró una vez más la torre de Gryffindor, brillando perfecta bajo las sombras de la noche. Tal vez Harry estuviera despierto y pensara en las voces. O tal vez pensara en ella. Un poquitito en ella. Bajó del alféizar y se acomodó en su cama.

Durmió pensando en voces, velos, niños que vivieron y en un mar de soledades que, sólo de la mano de alguien que nos entiende, puede cruzarse.