Había algo raro en el espejo esa mañana. No era ningún defecto de fábrica, ningún arañazo nuevo ni tampoco una huella dactilar pegada a él como era habitual. No. Estaba limpio, seguramente su madre lo había limpiado el día anterior. Pero eso seguía sin ser lo extraño, lo que llamaba su atención de la imagen que le era transmitida. Lo que devolvía el reflejo.

Repasando datos eran las seis de la mañana, eso le había dicho su despertador al sonar cuando las agujas llegaron al punto de encuentro establecido por él la noche anterior. Es decir, había dormido unas escasas cuatro horas, sus ojeras ahora que se las veía, podrían ser la envidia del contorno de ojos de un gótico antes de salir de casa. Por otra parte estaba su pelo, desordenado, enredado y revoltoso. Como él y su torturado corazón, aunque nunca lo admitiría. Normalmente ajustado con cera y bien alicatado para obtener una mejor imagen, ahora caía sobre su frente con sutil gracia, haciéndole cosquillas también en la parte baja de su nuca.

Quizá debería plantearse un corte, aunque no le gustaba mucho ir al peluquero, no desde aquel último atentado contra la moda con el que lo habían torturado a los nueve años y los dos siguientes a ese.

Escalofríos tenía sólo de recordarlo.

Menos mal que no había pruebas de que ese peinado había existido, había quemado todas las fotos que había encontrado una tarde de aburrimiento mortal. Tuvo suerte de que la alarma de incendios no se disparase por quemar cosas en su cuarto. Ni que se activase cada vez que fumaba en la cama, se quedaba dormido con el pitillo en la boca y se despertaba por el repentino olor a quemado emanando de sus sábanas.

Mientras abría el grifo del agua para lavarse la cara antes de que se volviese a quedar dormido, esta vez de pie, se preguntó si habría alguna sábana en su casa que no estuviese llena de círculos perfectamente hechos mediante ignición. Seguramente las de su madre, aunque tenía el extraño presentimiento que ella también fumaba, salvo que lo disimulaba mejor para no darle un "mal ejemplo".

La vida era un sarcasmo mal empleado. Mejor dicho, su vida lo era.

Volviendo al tema del espejo, ¿qué ocurría con aquel reflejo? No estaba seguro de ser él ese ser que le era mostrado en la imagen. Había algo demasiado extraño y todavía no caía en qué podía ser. Aunque, bien mirado, eran las seis y cuatro minutos, normal que no cayese en qué era. A esas horas de lo único que te puedes caer es de la cama al levantarte.

Por la puerta del cuarto de baño pasó su madre en dirección a su habitación para despertarle en caso de que no lo hubiese hecho ya. Al verle allí quieto, mirándose con tanta atención, hizo que una sonrisa apareciese en su cara antes de apoyarse contra el marco de la puerta y contemplarle ella a su vez.

Había crecido tanto que aún no se daba cuenta de qué era lo que estaba de raro con él esa mañana. A lo mejor eran horas de buscar a alguien para hablar de aquel tema que quería plantearle desde hacía tanto tiempo.

―Justo debajo de tu nariz, ―puntualizó mostrando una pequeña sonrisa antes de dejarle a solas con aquella pista, canturreando mientras se alejaba en dirección a la cocina. Su niño era todo un hombre.

Tras haberse quedado mirando hacia la puerta con una expresión de enfado, confusión y sorpresa, todo muy bien mezclado para que resaltara el cabreo desde cualquier punto de visión, devolvió la mirada al espejo, no queriendo hacer caso a su madre, pero haciéndoselo de todas maneras.

Justo debajo de su nariz estaba su boca. No, eso no era lo extraño. Estaba igual que siempre, ninguna llaga, ni erupción, ni granos a su alrededor, ni-

― ¡Ostia puta!

Dio un par de pasos hacia atrás, chocando con sus piernas contra la taza del váter, quedándose sentado en la tapa del mismo. ¿Qué demonios acababa de ver justo debajo de su nariz y encima de su boca? ¿Qué era aquel engendro peludo que se había situado encima de su labio superior de la noche a la mañana? Porque no, aquello no estaba ayer. O eso creía, al menos. Se habría dado cuenta de que esa aberración había crecido tanto en tan poco tiempo.

Aunque dos años de retraso para que te salga el bigote no era tan poco tiempo. Lo que hace pensar el pánico.

Lo que tenía claro, ya que no sabía el origen de procedencia de aquel vello clarísimamente antiestético, era que así no podía salir a la calle ni ir a clase. Si alguien lo viese así su imagen se iría por la cañería. Sengoku se reiría de él tan pronto apareciese por la puerta de clase, por lo que tendría que pegarle y acabaría castigado. Después al volver a casa se encontraría a Kawamura por la calle y al verle… ¡Dios! Así jamás se fijaría en él y… ¿Acababa de pensar eso o lo había dicho en voz alta?

―Lo has dicho en voz alta, cariño, ―contestó su madre desde la cocina, haciéndole pasar el mayor bochorno de su vida. Lo mejor de todo es que ella lo sabía.

Y hablando de saber, ¿su hijo gustaba de Takashi Kawamura? Menuda sorpresa. No sabía si grata o ingrata, pero con toda seguridad que lo era.

Se encogió de hombros, escondiendo su cabeza entre sus manos, todavía sentado en la taza del váter. Perfecto. Su vida no podía ser peor, ¿verdad?

En lo que todavía no había caído era que ya llevaba un par de semanas con aquello en su cara y que no era por un chiste por lo que Sengoku se rió en su cara hace un tiempo en clase. Claro que, cuando se diera cuenta, al pobre se le iba a ir toda la suerte por la cañería más cercana, al igual que un litro o dos de sangre, quién sabe.


Por su parte, Takashi ya llevaba despierto un buen rato, no por nada se levantaba a las cinco y media para ayudar a su padre a cargar el pescado de la furgoneta al restaurante. Una vez todo bien guardado para que se conservase fresco hasta la hora de apertura, mientras su padre hacía el desayuno y la comida para sus hijos, para tomar en el colegio antes de sus respectivas prácticas con el club de tenis y el de voleibol, Takashi se aseaba lo más rápido que podía para no interrumpir el ritual de belleza que llevaba a cabo su hermana todas las mañanas durante una hora en el cuarto de baño.

¿Qué hacía allí dentro? Sólo ella lo sabía. Para él salía igual que como había entrado, salvo que peinada y con una sonrisa de oreja a oreja en vez de pelos de loca, heredados de su madre, y un puchero que significaba "me estoy enfurruñando, acaba ya antes de que haga una escenita y se te caiga el pelo". Benditas hermanas pequeñas, aunque a la suya sólo le llevase un par de meses de diferencia. Ni siquiera llegaban al año entre ambos, sus padres tenían mucha prisa por engendrar a otro vástago.

― ¡Takashi! ―La voz de su padre le llegó escaleras abajo cuando acaba de salir de la ducha, sólo tapando sus partes nobles y más de media pierna con una toalla para no escandalizar a su hermana, como ya era costumbre. ― ¡Corre, ven aquí! ―La chica aprovechó que estaba distraído para colarse en el cuarto de baño y cerrar la puerta tras de sí.

― ¡Voy! ―Tenía que ser urgente si requería de su ayuda de una manera tan repentina por lo que ni siquiera pensó en ponerse algo de ropa antes de bajar.

Mientras bajaba por las escaleras no vio ninguna bomba en el mostrador de pescado, ni un ladrón amenazando a su padre para que le diese todo su dinero, ni siquiera vio a su padre. Justo cuando iba a llamarle lo vio parado frente al televisor. Con razón no lo había visto antes, estaba en un ángulo muerto desde las escaleras por lo que era imposible poder verlo.

―Mira, mira, ―señaló la pantalla con uno de sus largos y huesudos dedos, lleno de cicatrices de pequeños cortes con el cuchillo que ya tenían años de antigüedad. En la pantalla se podía ver la noticia de un nuevo restaurante de comida rápida en el que, entre sus especialidades, servían sushi al minuto. ―Deberíamos mandar espías para observar sus recetas y tratar de mejorarlas. ―Su padre era muy competitivo y le gustaba que fuese así. De esa manera se obligaban a mejorar para el consumidor y lograr mayores beneficios.

―Tienes razón, viejo, ―según decían, acababan de abrir en el centro comercial que había a tan sólo tres calles de su casa por lo que la competencia sería brutal para ellos. ―Hay que librarnos de ellos, pero de una manera sutil.

―Deberíais cerrar la puerta si no queréis que se enteren de vuestros maléficos planes, ―una voz mullida y opacada les llegó por la espalda, sobresaltando a los Kawamura, en especial al que estaba desnudo.

Al girarse, vieron parado bajo la puerta a Jin Akutsu con una mascarilla tapándole la mitad de la cara. En un primer momento, ambos pensaron que finalmente se había hecho de una banda de yakuzas y la mascarilla era el primer síntoma de ello. Sin embargo, Takashi también se planteó el hecho de un posible resfriado que no quería contagiar a nadie. Lo más común después de lo de la mafia.

Nada más lejos de la realidad.

―No tienes muy buena cara, ―comentó mientras se colocaba tras el mostrador para esconder un poco su desnudez. Su padre, en cambio, subió escaleras arriba para hablar con su mujer sobre un posible cambio de las puertas del restaurante para convertirlas en mamparas blindadas de fuerte resistencia a robos. Si no recordaba mal, había cerrado la puerta. ¿Cómo había entrado ese demonio?

―Tú sin embargo tienes un cuerpo de infarto, ―a completa disposición de sus ojos, además. Una pena que aquella toalla no quisiese caerse por voluntad propia. Si no fuera porque sería demasiado obvio, no dudaría en ayudarle a vestirse aunque disfrutando un poco primero de los placeres al desnudo. ―Así que dejaré de mirarte no vaya a ser que me dé un ataque al corazón.

―Yo sí te daría algo, ―la ceja enarcada de Jin le ayudó a seguir hablando. ¿Acababa de confundir sus intenciones? Con toda seguridad. Después de todo, era un adolescente hormonado. Como él. ―Una patada para sacarte del restaurante, ―aclaró mientras se giraba para coger una de las toallas para secarse las manos que tenía su padre por allí guardadas para taparse un poco más. ― ¿Qué querías? No sueles pasarte por aquí a estas horas, que yo sepa.

―Vi la puerta abierta y pensé "vamos a despertar a Kawamura". Como veo que ya estás despierto, me iré, ―había utilizado su tono de dar pena para conseguir un indicio de que Takashi podría estar interesado por él y no dar todas sus esperanzas por perdidas. Al final iba a tener razón cuando le dijo que era un homosexual reprimido. Uhm, qué injusta era la vida.

―Para despertarme tendrías que levantarte a las cinco y media, Akutsu, o antes, ―la incredulidad que había anidado en la cara de Takashi al escucharle se había pasado a la de Jin al oírle a él. Levantarse tan temprano y tener siempre una sonrisa en la cara sólo podía significar una cosa: drogas. Si no, no se lo podía explicar. ―Oye, ―miró de reojo hacia la televisión. Todavía seguían con el reportaje sobre aquel nuevo restaurante. ― ¿Te apetece ir conmigo? ―Señaló el aparato para que se diese cuenta de qué estaba hablando.

Por dentro, Jin estaba que daba saltos de alegría. Eso era una cita. Cita. Cita. ¡Cita! La primera cita de su vida. Takashi pensaba sólo en el bien del restaurante y lo sabía, después de la conversación que había oído no podía ser más claro al respecto, pero seguía siendo una cita. Si había otras intenciones de trasfondo no le importaban en absoluto.

― ¿Qué te hace pensar que iré contigo? Suena aburrido sólo de oírlo. ―Al final diría que sí, que iría con él, pero ni de coña lo admitiría a la primera de cambio. Prefería averiguar un par de cosas primero tales como qué tanto quería Takashi que le acompañase.

―Bueno, no lo sé, quizá lo que me dijiste el otro día como despedida y lo que me has dicho hace nada, me haya dado pie a entender que no tendrías problemas en ir…Conmigo, ―golpe bajo. Muy bajo. No sólo le había recordado aquella suntuosa frase llena de doble sentido y que implicaba un ataque de seducción por su parte, si no que, además, le había añadido un toque de decepción al que también había sumado su cabeza gacha y la mirada caída.

Vale. A dar pena podían jugar los dos. Sin duda, si algún día llegaban a salir juntos, su relación sería muy entretenida.

―No tengo problemas, sólo preguntaba, ―bien, salvando el orgullo, el poco que le quedaba, lograría no parecer tan cabrón. ¡Qué delicia! Takashi realmente quería ir con él a ese restaurante de mierda que seguramente tendría una comida asquerosa en comparación con lo que él cocinaba.

No. No estaba loco. Le gustaba el sushi picante, cuanto más wasabi mejor, ¿qué le iba a hacer?

― ¿Cuándo quieres ir?

―Quizá cuando te recuperes, ¿no crees? ―Se había olvidado de la mascarilla y su "supuesta" enfermedad. ¿Cuándo se recuperaría? Cuando encontrase una solución a ese problema. ―No quiero que te pongas peor, ―Jin sabía que Takashi sólo estaba siendo él mismo al preocuparse pero se le hacía tan raro y tan adorable al mismo tiempo…

―Para el sábado seguramente esté recuperado, ―ya encontraría la manera de averiguar maneras para deshacerse de aquello sin tener que soportar la charla. Aunque con la suerte que estaba teniendo últimamente, empezaba a sospechar que tarde o temprano la tendría que escuchar. ―Procura no enfermarte tú al exhibirte así ante cualquiera, ―todavía podía ver su ombligo entre eses abdominales tremendamente tonificados. Ahora más que nunca adoraba la devoción de Kawamura por machacarse a entrenar.

Takashi se sonrojó mientras trataba en vano de cubrirse un poco más. Tendría que haberse vestido antes de bajar. ¿Quién iba a decir que su padre había dejado la puerta abierta para que cualquiera pudiese entrar y verle así? Eso sí, no sería el único que sufriera comentarios sarnosos.

―Tú no eres un cualquiera, ―se recostó contra la barra y le sonrió, ya de paso, guiándole un ojo.

Para alguien que le conociese, como Akutsu, ese comportamiento era impropio para él. Sin embargo, estos actos venían derivados del encontronazo que habían tenido en la cocina de su casa hacía ya casi un mes. La primera semana trató de salir de casa lo mínimo posible para no encontrarse con él de improvisto, de la misma manera que evitaba estar en el restaurante, por lo que se dedicó a sus estudios más que nunca. Durante un par de días lo consiguió, pero no todo el monte es gozo, y al cuarto día su mente volvió a recordar la situación en la que había estado metido, en los gestos, tocamientos y sobre todo, el beso que se había dado entre los dos.

A partir de entonces, ni siquiera el tenis había conseguido distraerle de pensar en el tema.

Alguna noche de la segunda semana que había pasado sin verle, se la había pasado en vela recordando su infancia junto a Akutsu, lo bien que se lo pasaban sin el conocimiento de los mayores y las travesuras que hacían y que nunca les habían pillado hacer.

Lo peor de todo vino cuando se apareció en el restaurante para comer una tarde de esa misma semana. Desde el primer momento supo que no podrían estar en la misma habitación sin sentirse cohibido ni avergonzado. Por lo tanto, a pesar de que había bajado expresamente para ayudar a su padre, cambió de opinión y se fue de allí argumentando estar con el cerebro a medio derretir por haber estado estudiando durante horas. Había esperado en un parque cercano, sentado en un columpio, hasta que consideró que Akutsu ya se había ido. Pero no. Cuando llegó al restaurante, justo salía de él.

Gracias a lo que le dijo antes de irse, pasó las peores noches de su vida y no precisamente por pesadillas o no poder dormir. ¿Cómo explicarles a tus padres que tienen que volver a lavar tus sábanas si decirles la razón de que estén sucias? Por suerte, su padre lo entendió a la primera, se lo debió comentar a su madre y, esa última semana, no había habido ninguna pregunta sobre el tema.

En cualquier caso, todo eso había desembocado en una pequeña idea que se había iluminado en alguna zona de su cabeza. Empezaba a sentirse atraído por él. Quizá eran sólo hormonas, quizá no. Hasta que lo averiguase, no se iba a quedar con las ganas de conocerse mejor…Mutuamente.

―Al menos, ―continuó diciendo, saboreando cada palabra con lentitud y gula. ―Yo no te veo como otro más del montón, ―básicamente porque, dejando a un lado lo que sentía o dejase de sentir, Jin Akutsu era de todo, menos uno más. Ya sólo con tener el pelo teñido de gris le daba un aspecto exótico que pocos tenían.

Aunque entre los que jugaban al tenis, a cual peor con los tintes y peinados.

―Veo que compartimos opinión, ― ¿Eran imaginaciones suyas o se le estaba insinuando? ―Yo también creo que soy único en mi especie, ―viva la modestia, todo hay que decirlo. Y aún con estas, Takashi sonrió ante lo dicho. ¿Qué más podía hacer?

Unos pasos bajando por las escaleras de forma atropellada les libró a ambos del contacto visual en el que estaban sumergidos, cada uno ahogándose en la profundidad de la mirada del otro. Apareció entonces la pequeña de la casa, repeinada y con el uniforme puesto, cargando con su mochila al hombro y buscando con la mirada su bolsa con el almuerzo en la barra del restaurante.

Al ver la escena enarcó una ceja antes de dirigirse a su hermano, sonriendo de forma sádica.

―Siempre diciéndome que no coquetee con los chicos y tú eres el primero que lo hace, ―negó reiteradamente con la cabeza, con lentitud para no despeinarse, mientras metía la bolsa en su mochila.

― ¡No estoy coqueteando! ―Exclamó exaltado, mirándola con los ojos abiertos de par en par y las mejillas coloradas. A veces se preguntaba quién disfrutaba más metiéndose con él, si Akutsu o ella, pero parecía que ambos tenían el mismo nivel de disfrute.

Su hermana podía seguir argumentando con esa información que le daba la extrema timidez de su mayor, pero no quería llegar tarde a clase. Había quedado con un chico para ir juntos a clase, Arai para ser más concretos, por lo que tenía algo de prisa.

―Si me disculpais, Takashi, Akutsu. ¡Me voy pitando! ―Y de esta guisa salió por la puerta del restaurante en dirección al Seigaku, dejando la impavidez flotando en el lugar.

Jin podía decir que ella era la razón por la que no se fiaba de ninguna mujer. Era retorcida, sarcástica y malvada en el interior, aunque sabía disimularlo muy bien cuando tenía algún objetivo marcado. Falsa como ella sola y tenía catorce años. Cualquiera se fiaba de las de su edad o mayores.

―Yo también me largo, ―aunque no quería, más si comparaba lo que estaba viendo con lo que le esperaba al llegar al Yamabuki. Uh, no gracias, estaba mejor allí contemplando el panorama frontal de Kawamura, aunque siendo sinceros, prefería verle el trasero. ―He de patear un par de culos antes de entrar en clase, ―pura rutina a decir verdad. Un poco de calentamiento, se ganaba el dinero para la comida y se perdía las dos primeras horas de clase por estar escuchando la bronca de su tutor. El pan de todos los días para él.

― ¿Seguro que en vez de patear no quisiste usar otro verbo? ―Ahí estaba otra vez la referencia a su homosexualidad. Porque era quien era, que si no ya habría muerto un par de veces por tocarle en demasía los cojones.

―No, Kawamura, cuando hablo de otros es patear, ―se inclinó hacia él y al ver que no se echaba hacia atrás, siguió con su camino hasta que alcanzó sus labios. Una pena que la mascarilla estuviese de por medio y una suerte de que no fuese de plástico o sino no podría estar sintiendo la boca de Takashi a través del objeto. No se podía considerar un beso por lo que ninguno de los dos se había alterado al respecto. ―Si hablamos del tuyo, otros verbos están disponibles, ―dio un paso hacia atrás, del mismo modo que una última mirada a ese cuerpo serrano y moreno, y se dirigió hacia la salida. Seguro que ya llegaba tarde, el camino hasta el Yamabuki era largo, pero, ¡madre mía, qué manera de empezar el día!

―Supongo que serán los mismos que pienso cada vez que me das la espalda, baby, ―comentó antes de que se fuese, girándose en dirección a las escaleras para ir a vestirse de una vez por todas.

Un escalofrío lo sacudió desde los dedos de los pies hasta la nuca al escucharle, pero ni se atrevió a darse la vuelta. Echó la cabeza hacia atrás, soltó una carcajada y aceptó la "derrota" sin más mientras se iba. Sinceramente, Kawamura había cambiado mucho con la adolescencia, para bien o para mal eso no se puede decir.

Lo que sí se podía decir era que los meses siguientes iban a ser muy divertidos como siguiesen picándose entre ellos. Pero una pregunta rondaba sus cabezas, ¿quién sería el primero en reconocer el juego y hacer de él la realidad que sus corazones anhelan con desespero?